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19 noviembre

138. Arreglos florales


¡La naturaleza!, o, como ella prefería escribirla, «Naturaleza», así con mayúscula, era la fuente de todas las bondades, de todos los bienes, de todas las bellezas. Y nos dejó páginas y páginas en las que describe con deleite riscos y montañas, analiza el comportamiento de los animales, proclama sus efectos salutíferos, por ella comprobados. Páginas llenas, también, de flores, de muchas flores. 

Imagen del cuadro Muchacha en un jardín haciendo ramilletes, del pintor barroco Tomás Yepes

En cuanto abandonó la ciudad y se fue a vivir al campo, a la casa que mandó construir en las afueras de Pinto, se rodeó de flores: «guirnaldas de rosas y de pámpanos en sus ventanas; entoldaba sus cenadores con madreselva y enredaderas». Más que un jardín, lo que ella tenía en su Villa-Nueva era un trozo de Naturaleza prendido al lado de su vivienda.

...vuestro jardín ha de semejarse en todo a obra de la naturaleza, y no a un artefacto industrial: las plantas, creciendo libres y mezcladas, sin otro orden que el necesario para su mayor desarrollo y amplitud; las flores estacionales, brotando al natural impulso de los agentes creadores de la atmósfera, ni forzado su desarrollo en cálido invernadero, ni perturbada su generación por el ensanchamiento y multiplicidad de sus pétalos; que a la vez haya entre ellas flores campestres las más bellas y admirables de todas las flores: vuestro jardín ha de ser todo lo más rústico y natural que sea posible en un recinto plantado y cuidado por la mano del hombre; pero tanto como sencillo, ha de ser rico en abundancia de flores y plantas; que podáis coger las rosas, las lilas, las azucenas, los claveles, los jazmines, las dalias, el geranio y la verbena, materialmente a cargas...

Tanto le gustaban que, cuando la ocasión lo requería, ése era su regalo: un buen ramo de flores. Tal fue el obsequio que envió al madrileño teatro Español –«una bandeja con ramos de flores» y un abanico seda y concha– con ocasión del homenaje tributado a la actriz Elisa Mendoza Tenorio en abril de 1880.

Andando el tiempo, su situación económica empeora hasta el punto de que el hecho de encargar un ramo de flores para hacer un obsequio constituye todo un lujo para su bolsillo. No por ello deja de regalar flores. Claro está que por entonces son sus manos las que las cortan; son sus manos las que dan forma, las que preparan los ramos y las coronas.

Tras el abandono obligado de su quinta Villa-Nueva, no tardó Rosario de Acuña en tener otro huerto repleto de plantas. Primero fue en Cueto y más tarde en Bezana. Allí  residía en 1906, cuando la muerte se encontró con el escritor santanderino José María de Pereda. Su entierro constituyó todo un acontecimiento social en la capital cántabra, donde cerraron la mayoría de los establecimientos en señal de duelo. Con todo, la prensa destacó un aspecto singular:  «Al pasar la fúnebre comitiva por el pueblo de Bezana, la ilustre escritora doña Rosario de Acuña colocó sobre el féretro una soberbia corona de flores naturales». Este sucedido, que la única corona que embellecía el féretro de quien fuera persona de hondas creencias católicas hubiera sido elaborada por las cariñosas  manos de persona tan «apasionadamente anticlerical» como nuestra protagonista, sorprendió tanto como el hecho de que el diseño del panteón en que habrían de reposar los restos de Pereda fuera obra de Benito Pérez Galdós.

Cuando, años más tarde, las flores que adornan su vida crecen en El Cervigón, son las páginas de la prensa gijonesa las que nos dan cuenta de otros arreglos florales, de otras coronas. Sus destinatarios no son en ese momento actrices famosas o célebres escritores, no. Sus regalos son reconocimientos postreros a quienes deciden que sus restos reposen en el cementerio civil. Tal sucede en abril de 1914, recién regresada de su exilio portugués. Es entonces el féretro de un obrero gijonés, de nombre Rafael Díaz Secades, miembro de la Agrupación Socialista Gijonesa y de la sociedad El Despertar, el depositario de un ramo que doña Rosario había elaborado con las flores de su huerto. Al año siguiente, también en abril, la familia de Guadalupe de la Campa y Trabanco, suegra del conocido dirigente obrero Pedro Sierra, es quien agradece a la ilustre escritora «por la atención que ha tenido al enviar un magnífico ramo de flores que se colocó sobre el féretro». En 1917 tendrá lugar el entierro civil de Julián Moreno Villazón, «excelente ciudadano de ideas sanas y progresivas». Cuatro años más tarde fallece Javiera Zaspe Uriz, viuda de Casimiro Acero, miembro de la logia Jovellanos y uno de los promotores de la Escuela Neutra gijonesa. No falta entonces el ramo de flores enviado por doña Rosario de Acuña. Tampoco faltó una corona suya en el homenaje que los socialistas asturianos tributaron en 1915 a Eduardo Varela Bellido, uno de los pioneros del socialismo asturiano que había fallecido tres años antes. Gracias a una carta suya (⇑), escrita en respuesta a la que le había enviado el presidente de los socialistas gijoneses agradeciéndole su participación en el homenaje, sabemos de los primores con los que realizaba estos trabajos florales:

la corona que les mandé como ofrenda a la buenísima memoria que conservo de Varela fue tejida por mis propias manos, que también hicieron primero el dibujo y la armadura y, por último, el cartel con la dedicatoria. Compradas las flores a los aldeanos de Somió, que con la venta de ellas se ayudan a su penosa vida de colonos esquilmados, estuve trabajando en esa pobre ofrenda, sin casi comer ni dormir, durante veinticuatro horas y muy gozosa de poder dedicar a la memoria del noble muerto no un objeto adquirido por un puñado de plata, sino el producto de largas horas de esfuerzos y de atención.  

Más sorprendente puede resultar el último caso al que me voy a referir. No se trata ni de un ramo, ni de una corona de flores. El arreglo floral que realiza nuestra librepensadora tiene forma de aeroplano. Sí, de aeroplano. Veamos. En el verano de 1916 la gijonesa sociedad Arte y Sport organiza un homenaje al aviador Valentín Díaz en un restaurante gijonés. Una vez dispuestos los comensales a dar cumplida cuenta del banquete, llama la atención de los presentes el arreglo floral situado en la mesa presidencial. Se trata de  «un hermosísimo aeroplano, hecho de flores, obra y regalo de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña, admiradora del aviador desde que pudo apreciar sus vuelos desde el retiro de El Cervigón». Las alas del aparato estaban hechas con claveles, figurando la bandera española.  De las hélices del aparato pendía una tarjeta que decía:

Al señor don Valentín Díaz: Aunque ese aeroplano no vuele, él lleva, como trabajo de mis manos, mi admiración y agradecimiento por los hermosos vuelos con que nos obsequia usted.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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06 febrero

97. De la admiración del fundador del Sporting a Rosario de Acuña


El Cervigón, fantástico cerro, parece andar, moverse; parece querer marchar por los ámbitos del mundo como presuntuoso y orgulloso sostén de un templo desamparado por una raza dormida, y en cuyo templo se halla la Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y escribe, madre que pudiera ser de una raza de gigantes

Esa diosa, esa esclarecida escritora, no es otra que Rosario de Acuña, a quien el autor dedica el artículo que con el título «Mirando a Gijón» fue publicado en El Noroeste el 24 de enero de 1917: «Dedico la pobreza de esta crónica a la muy culta y esclarecida escritora doña Rosario de Acuña y Villanueva. Dispense el atrevimiento y lo malo de la oferta, porque mi pluma, ilustre mujer, no sabe describir los nobles y sinceros sentires de mi alma.»

Anselmo López, fundador del Sporting (Real Sporting de Gijón. Boletín informativo, enero 1976) ¿Fue Anselmo López, fundador y primer presidente del Sporting, el autor de ese artículo en el cual describe las sensaciones que despierta en sus sentidos la contemplación de la silueta de Gijón vista desde lo alto? ¿Es suya esa contraposición de los dos núcleos antagónicos que se ciernen sobre su ciudad: de un lado El Cervigón, donde se halla el templo del progreso librepensador; del otro, a la parte opuesta «…una fortaleza jesuítica que, como yugo dominador del gigante dormido, parece querer elevarse al espacio, y en guerra de su egoísmo incendiar el Cervigón, arrojando sobre aquel templo del saber humano bombas de fuego y metralla… »?

Tengo el convencimiento de que, en efecto, esas líneas son obra de Anselmo López. Y me explico.

Para empezar, ése es el nombre y ése el apellido, que aparecen al final del artículo. Claro es, que tal coincidencia no resulte suficiente, por más que como tal, como Anselmo López, fuese citado en cuantas informaciones a él referidas aparecieron en la prensa hasta entonces. Me dirán quienes lean estas líneas, y con razón, que otros en Gijón habría con ese nombre y ese apellido. Además estaba lo del lugar, pues su artículo aparece firmado en «Alto de Somió» y, por lo que sabemos, el domicilio familiar estaba situado en la calle Dindurra.

Admitido que la firma por sí sola no es prueba concluyente, queda por encontrar otro punto seguro, fiable, en que apoyar mi convencimiento. Pues si por un punto pueden pasar innumerables rectas, por dos, como todos sabemos, sólo pasa una. Vayamos a ello.

Mi primera aproximación a la figura de Anselmo López tuvo lugar hace unos años, cuando recopilaba información para Deporte y educación física en Asturias. De los inicios a la guerra civil. Me sorprendió. Su perfil difería un tanto del de aquellos otros pioneros del fútbol que por aquel entonces, primeros años del siglo XX, ocupaban sus ratos de ocio practicando el novedoso deporte en el ovetense Campo de Maniobras, en El Bibio gijonés o en el avilesino Prado del Carnero. Sus objetivos no parecían ser los mismos que los de aquellos otros de apellidos tan conocidos (Alvargonzález, Navia-Osorio, Maribona, Adaro…) que compatibilizaban sus estudios universitarios con la práctica del lawn tennis o del foot-ball. No. Para Anselmo López el deporte tenía mucho que ver con lo educativo, con la regeneración patria, con la formación de «una verdadera legión de sanas y hercúleas juventudes».

Me sorprendió, que, fundado el Sporting, no tardara en crear Arte y Sport una sección –en 1914 la denominaban Real Sección Arte y Sport–, que pretendía prestar su contribución al fomento de estas dos disciplinas, lo cual hablaba bien a las claras de la diversidad de sus objetivos. Amplitud de miras que también podemos atisbar en la organización de carreras de aros para niñas; la de campeonatos locales de fútbol infantil, para «propagar la afición y entusiasmo al tan sano e higiénico deporte»; en las proclamas a favor del atletismo «bajo cuyo pórtico excelso cabe toda manifestación evidentemente deportiva»; o en la introducción en la ciudad del Joku-on (pelotón higiénico), deporte creado en el Club Deportivo de Bilbao que consistía en lanzar con los brazos un pelotón de cuero relleno de lana lo más lejos posible.

Resultaba evidente. Para Anselmo López el fútbol, y el deporte en general, era mucho más que ocio, más que un entretenimiento. Parecía tener las ideas muy claras al respecto y ello a pesar de su juventud, pues no debemos olvidar que no tendría más de catorce o quince años cuando se convirtió en el primer presidente del Sporting y unos veintitrés o veinticuatro cuando, en calidad de tal, presidirá la Federación Asturiana de Clubes, de diciembre de 1914 a mayo de 1915. De ahí, de su vinculación al fútbol como fundador, portero y presidente de club y federación, a las páginas de la prensa deportiva. Sabemos que, entre otras revistas, escribió para Madrid Sport y, puesto que ese dato sí que está suficientemente documentado, ahí será donde encontremos lo que, en mi opinión, constituye un apoyo firme a mi hipótesis.

El 17 de enero de 1918 aparece publicado en esa revista deportiva un artículo suyo que lleva por título «Allá en Gijón…», del que paso a reproducir algunos fragmentos:

Allá, en aquella bella llanura; allí, donde relampaguean aquellas luces de puerto, en aquella culta villa, emporio del trabajo que ahora descansa y duerme las fatigas del día, se envuelve, no en las tinieblas de la noche, sino en el odioso y frío manto de la indiferencia, un nombre, un noble y patriótico nombre de regeneración; el sacrosanto nombre de la redención de la raza. ¡Deporte!
¡Pobre juventud! ¡Pobre deporte! ¡Pobre patria!
De la llamada sólo nos trae la brisa el apagado ambiente del fútbol que le vemos esfumarse en lontananza. De la llamada de la ciudad donde todo es impureza, miserias y envidias nos sube el escalofrío del miedo.
¿Miedo a los hombres? A los hombres no, a sus cobardías, a sus ruines pasiones, a sus bajezas desenfrenadas, a sus degenerados vicios y sus costumbres denigrantes. El fútbol muere por eso, porque somos los menos y ellos son los más.

A mí, la música de ambos escritos me resulta bastante similar. En los dos subyace cierta visión pesimista que comparte espacio, casi mitad por mitad, con la esperanzadora ilusión de la llama regeneracionista; en ambos, las monedas tienen por cara la esperanzadora luz del progreso, la regeneración, la redención de la raza; la cruz, está protagonizada por la oscuridad de las impurezas y las costumbres denigrantes.

Como no se trata de dejarlo todo a la apreciación subjetiva de quien esto escribe ahí están los dos artículos para comprobación de cuantos sientan interés en ello. Por cierto, los dos están firmados en el Alto de Somió. Coinciden también en esto, y tal coincidencia abre un nuevo hilo del que harían bien en tirar todos aquellos que quieran conocer mejor a Anselmo López, pues allí, en el Alto de Somió, tenía su taller por aquel entonces un joven pintor del mismo nombre y apellido de quien en estos días, al cumplirse el 125 aniversario de su nacimiento, rinde homenaje el club del que fuera su fundador y presidente.


Notas

(1) La contestación de Rosario de Acuña a aquel escrito del joven presidente esportinguista fue publicada en El Noroeste el día 29 de enero de 1917 con el título «El paisaje y el hombre. Carta abierta» (⇑).

(2) Este comentario fue publicado en el diario El Comercio de Gijón el 2 de febrero de 2016.




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