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sábado, 10 de diciembre de 2016

141. «Rosario Acuña. En muerte como en vida», por Roberto Castrovido



Aún no hace un año que murió en  Gijón doña Rosario de Acuña.  Valía mucho aquella mujer por el temple de su voluntad, por lo mucho de ejemplaridad, por el arte de poetisa, de autora, de  periodista y por sus virtudes de mujer. Era buena, era abnegada era sincera, era firme en sus convicciones, era franca y era artista.

Fragmento del artículo publicado en El Pueblo

Aristocrática por linaje, amaba al proletariado; católica por su ascendencia y el bautismo, fue librepensadora por convicción. Nació rica, murió pobre. Joven gozó del aplauso, de la adulación de la lisonja; vieja sufrió, con entereza destierros, persecuciones, censuras, apartamientos de las gentes, murmuraciones, injurias.

Estrenó triunfalmente un drama Rienzi, se le prohibió de El padre Juan. Se aparenta desdeñarla y hay contadas prosistas como ella. Hace un año escribía en el número extraordinario de  El Motín un precioso artículo. Y si la colaboradora de Las Dominicales del «Libre Pensamiento valía mucho como prosista, su valer como poetisa es verdaderamente extraordinario.

Basta para hacer perenne su fama literaria un soneto: el publicado después de fallecer la autora [Probablemente se refiera al titulado «Mi última confesión» (⇑), que fue publicado en El Motín el 30 de junio de 1923]

Ni muerta dejan aún de perseguirla dice muy bien El Noroeste de Gijón: este suelto que copio del número 9787 del citado colega, correspondiente al día 20 de este mes y de este año:

Entérese el lector de la información municipal siguiente:

 «En la Alcaldía se recibió un oficio del Gobierno civil, aprobando el recurso presentado por varios propietarios de los terrenos por donde pasa el nuevo camino del Piles a la Providencia, contra el acuerdo municipal de dar á dicha avenida el nombre de la insigne escritora Rosario de Acuña.  Se funda dicha decisión en no haber transcurrido los diez años, que prescribe la ley, desde el fallecimiento de la mencionada señora, y no haber mostrado su conformidad las dos terceras partes de los propietarios.

 »No se trataba de cambiar el nombre de una calle por otro, sino de dar a una nueva vía el de la gloriosa escritora que estableció en Gijón y quiso tener aquí su tumba. El nombre de Rosario de Acuña está en la Historia de España mucho antes de morir la mujer superior que tanto lo enalteciera en las letras y en la ejemplaridad de los ideales. Sus mezquinos enemigos no lograrán alcanzar nunca, no ya una parte de merecimientos ni un destello siquiera del glorioso prestigio  universal que goza el nombre de la ilustre dama y que perdurará a través de los años como uno de los valores espirituales positivos de su época.

»Quien tiene una página en la Historia que es el libro de las generaciones, pese a quien pese –y lo inmortal sólo abruma a los espíritus ruines– vive permanentemente en el recuerdo del mundo.

»¡Qué importa el nombre de una calle!

»Si se pensó en que Gijón se honrase dando a una de sus avenidas el nombre de aquella inolvidable mujer, espejo de bondad, de amor al prójimo y de elevadas virtudes cívicas,  fue, no por ella que no lo necesita, sino como exteriorización de la honda y fervorosa admiración que la mayoría del pueblo gijonés sintió por doña Rosario de Acuña, en vida, y siente ahora por su memoria.

»El jesuitismo local se ha opuesto al noble y sentido homenaje del pueblo.  Así que supo del acuerdo del Ayuntamiento de dar el nombre de la gran escritora a la nueva  avenida de la Providencia, movilizó a uno de sus instrumentos y asesorándole de ciertos artilugios de legalismo, consiguió que el acuerdo no prosperase.

»Así está Gijón: boicoteado el sentimiento liberal por un jesuitismo sectario y perseguidor que no respeta ni a la muerte.

»Ayer se anotaba un triunfo contra una agrupación de ciegos infelices que un día rehusaron sometérsele; hoy se apunta otro contra la memoria de doña Rosario de Acuña, presidenta de honor de esos ciegos gijoneses.

»¡Y aún hay quienes llamándose liberales conviven con ese jesuitismo perseguidor le hacen el juego y lo secundan admirablemente en sus cálculos!»

Si el nombre ilustre de Rosario de Acuña se dio a una calle nueva, ¿qué vecinos habían de protestar? Y si hay que esperar a la década de la muerte, muchas, muchísimas calles han de cambiar de nombre. Se trata de una jesuítica añagaza que no debe consentirse.

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En relación con este tema se recomienda la lectura del comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑)

 

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