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sábado, 11 de marzo de 2017

154. Alpargatas para todos



Noviembre de 1900: ¡España camina hacia el abismo! «Hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Aquella era la imagen que por entonces dibujaba de su querida patria:

Muchas plazas de toros donde chilla
muchedumbre de brutos sanguinarios,
juventud de maricas o sectarios;
infancia que en pedreas acribilla.

Llevaba años clamando por la regeneración; llevaba años batallando contra la superstición y la ignorancia. La España del fin de siglo: «hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Si desolador era el panorama a finales del XIX, el futuro no pintaba mejor: «Infancia que en pedreas acribilla». Con una niñez abandonada a su suerte, el porvenir no resultaba nada alentador para aquella España que se hundía en el abismo. La salvación seguía estando en la educación, en la formación de las nuevas generaciones.  Pero no en aquella escuela libresca, monótona, aburrida, dominada por el catecismo, alejada de la realidad.

Es preciso que la niñez aprenda a conocer motu proprio cuanto a la naturaleza y a la agricultura se refiere y que lo aprenda sintiendo el acicate de la curiosidad; que estudie la zoología y la botánica sin bostezar de hastío e insuficiencia al verlas en el indigesto libro; que le sean asimilables estas ciencias al encontrarlas sin la terminología pedantesca[...] Que vaya a buscar, sobre las ásperas escolleras, la atmósfera saturada de sodio y el yodo del mar, y salte, sobre las rocas descubiertas al bajar la marea, hasta encontrar los charcos de agua recogida en las grietas y cavidades de los peñascos, esmaltados con las incrustaciones de los erizos, orlados por los diáfanos flecos de las anémonas. Que allí, extasiado ante aquellos océanos en miniatura, estudie el hábil y diminuto ermitaño, de formidable cabeza y blando cuerpo, buscando al caracol confiado, para sacarlo con sus pinzas de la concha, metiendo en ella la parte débil de su organismo... 

Así pensando, no debe de resultarnos extraño que a poco de instalarse en Gijón, aquella escena le llamara poderosamente la atención: un grupo de niños reunidos en torno a un joven maestro en el Campo Valdés.

Gijón, Campo Valdés con la iglesia de San Lorenzo al fondo, fotografía publicada en 1930

A poco que el tiempo acompañara, allí se congregaban, en aquella explanada situada ante la iglesia. Los podía ver desde su nueva casa, aquella que se había hecho construir sobre un acantilado, en El Cervigón, al otro lado de la bahía. Estaban en la escuela. Al aire libre. Frente al mar.

La curiosidad la llevó un día hasta aquel lugar. Se acercó al grupo, se presentó y preguntó al joven maestro, que apenas tendría veinticuatro o veinticinco años. Supo que se llamaba Julio, que era andaluz, de Granada. Le contó que había llegado a Asturias unos años antes, lo hizo  para hacerse cargo de la escuela que en Lugones había fundado la Unión Española de Explosivos para los hijos de sus trabajadores. Con entusiasmo le habló de los métodos activos, de la importancia pedagógica de atender las necesidades del niño. La suya era una escuela nueva, basada en  una enseñanza que pretendía ser agradable, intuitiva, progresiva y eminentemente práctica. De ahí que cuando el tiempo lo permitía prefiriera impartir sus clases al aire libre, en contacto directo con la Naturaleza.

Su interlocutora escuchaba con atención. Le agradaba aquello que oía. Tanto que se ofreció a colaborar con el joven maestro. Tenía cosas que contar a aquellos niños. Les leería algunas de sus poesías, algunos de sus cuentos... Al fin y al cabo Misterios de un granero, La casa de muñecas o Certamen de insectos eran relatos para niños y contaban con la aprobación del Ministerio, pues eran obras que en el pasado habían obtenido la declaración de «útil para texto en la primera enseñanza» por el  Consejo de Instrucción Pública.

Ahí la tenemos, en el Campo Valdés, rodeada de niños que atentamente escuchan  los cuentos que les contaba, las poesías que les recitaba. Interrumpida de tanto en tanto por la ruidosa presencia de alguna gaviota y acompañada por el rítmico vaivén del rompiente mar, su melodiosa voz conseguía mantener la expectación de aquellos infantes, hijos en su mayoría del barrio alto gijonés, de Cimavilla.

Visita a visita, escuchó a aquel maestro hablar de las bondades del proyecto pedagógico de Andrés Manjón,  de la escuela que había fundado para los hijos de las familias pobres en su Granada natal en el año 1889. De cómo el proyecto inicial fue creciendo: al primer carmen sucedieron otros, a la primera escuela siguieron otras más; del Sacromonte al Valle del Paraíso, frente a la Alhambra; de la cueva a la colonia escolar; de Granada al resto de Andalucía; de Andalucía al resto de España.

Ahora sabemos que, tras su paso por Gijón, aquel maestro granadino se hizo cargo en 1913 de la escuela del Ave María de Arnao, fundada por la Real Compañía Asturiana de Minas e inaugurada en el verano de ese año con la presencia del padre Manjón. Que años después aprobó las oposiciones pertinentes, convirtiéndose en «maestro nacional» y que obtuvo destino en Madrid. Que durante varios años se desplazó a Asturias con un grupo de alumnos madrileños para pasar parte del verano en la colonia escolar de La Isla (Colunga). Que se había casado en la localidad asturiana de Arnao y que mantuvo una prolongada amistad con el también maestro Luis Huerta, uno de los habituales contertulios de doña Rosario. Que fue director del grupo escolar Joaquín Sorolla y miembro activo del ateneo madrileño.

Será precisamente en su condición de representante de la Sección de Literatura del Ateneo  y en el transcurso de un homenaje que se le dedica a Rosario de Acuña en el año 1933, al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, cuando Julio Noguera López rememore los tiempos en que, en el gijonés Campo Valdés una librepensadora colaboró con él en aquella escuela del Ave María:

Julio Noguera siguió, en representación de la Sección de Literatura del Ateneo, haciendo un bellísimo discurso, esmaltado de recuerdos y anécdotas imperecederas para su alma de maestro ejemplar. Con palabra serena y emocionada cautivó al auditorio, pendiente de sus labios, viendo resurgir escenas de doña Rosario entre sus muchachos, allá en el Campo Valdés de Gijón –escuela al aire libre en que se complacía Noguera, dando sus clases frente al mar–, siendo ayudado por ella en su labor pedagógica ultramoderna, con cuentecillos ensoñadores y versos escritos expresamente para aquellos niños. Y no paraban aquí las aportaciones de la gran española; a veces aparecía con obsequios para los chiquillos –nos decía Noguera. Uno de ellos consistió en alpargatas para todos. Eran niños de pescadores paupérrimos, criados y cobijados bajo las barcas del cerro de Santa Catalina. Ella misma fue calzándolos a todos, y al llegar a uno de ellos, a quien en otra ocasión había reñido por sorprenderlo tirando piedras a unos pajaritos, y habiendo observado que, desde entonces, el niño estaba siempre ante ella cohibido y temeroso, al terminar de ponerle las alpargatas le dio un beso en una de sus piernecitas.


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