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11 marzo

154. Alpargatas para todos


Noviembre de 1900: ¡España camina hacia el abismo! «Hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Aquella era la imagen que por entonces dibujaba de su querida patria:

Muchas plazas de toros donde chilla
muchedumbre de brutos sanguinarios,
juventud de maricas o sectarios;
infancia que en pedreas acribilla.

Llevaba años clamando por la regeneración; llevaba años batallando contra la superstición y la ignorancia. La España del fin de siglo: «hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Si desolador era el panorama a finales del XIX, el futuro no pintaba mejor: «Infancia que en pedreas acribilla». Con una niñez abandonada a su suerte, el porvenir no resultaba nada alentador para aquella España que se hundía en el abismo. La salvación seguía estando en la educación, en la formación de las nuevas generaciones.  Pero no en aquella escuela libresca, monótona, aburrida, dominada por el catecismo, alejada de la realidad.

Es preciso que la niñez aprenda a conocer motu proprio cuanto a la naturaleza y a la agricultura se refiere y que lo aprenda sintiendo el acicate de la curiosidad; que estudie la zoología y la botánica sin bostezar de hastío e insuficiencia al verlas en el indigesto libro; que le sean asimilables estas ciencias al encontrarlas sin la terminología pedantesca[...] Que vaya a buscar, sobre las ásperas escolleras, la atmósfera saturada de sodio y el yodo del mar, y salte, sobre las rocas descubiertas al bajar la marea, hasta encontrar los charcos de agua recogida en las grietas y cavidades de los peñascos, esmaltados con las incrustaciones de los erizos, orlados por los diáfanos flecos de las anémonas. Que allí, extasiado ante aquellos océanos en miniatura, estudie el hábil y diminuto ermitaño, de formidable cabeza y blando cuerpo, buscando al caracol confiado, para sacarlo con sus pinzas de la concha, metiendo en ella la parte débil de su organismo... 

Así pensando, no debe de resultarnos extraño que a poco de instalarse en Gijón, aquella escena le llamara poderosamente la atención: un grupo de niños reunidos en torno a un joven maestro en el Campo Valdés.

Gijón, Campo Valdés con la iglesia de San Lorenzo al fondo, fotografía publicada en 1930

A poco que el tiempo acompañara, allí se congregaban, en aquella explanada situada ante la iglesia. Los podía ver desde su nueva casa, aquella que se había hecho construir sobre un acantilado, en El Cervigón, al otro lado de la bahía. Estaban en la escuela. Al aire libre. Frente al mar.

La curiosidad la llevó un día hasta aquel lugar. Se acercó al grupo, se presentó y preguntó al joven maestro, que apenas tendría veinticuatro o veinticinco años. Supo que se llamaba Julio, que era andaluz, de Granada. Le contó que había llegado a Asturias unos años antes, lo hizo para hacerse cargo de la escuela que en Lugones había fundado la Unión Española de Explosivos para los hijos de sus trabajadores. Con entusiasmo le habló de los métodos activos, de la importancia pedagógica de atender las necesidades del niño. La suya era una escuela nueva, basada en  una enseñanza que pretendía ser agradable, intuitiva, progresiva y eminentemente práctica. De ahí que cuando el tiempo lo permitía prefiriera impartir sus clases al aire libre, en contacto directo con la Naturaleza.

Su interlocutora escuchaba con atención. Le agradaba aquello que oía. Tanto que se ofreció a colaborar con el joven maestro. Tenía cosas que contar a aquellos niños. Les leería algunas de sus poesías, algunos de sus cuentos... Al fin y al cabo Misterios de un granero, La casa de muñecas o Certamen de insectos eran relatos para niños y contaban con la aprobación del Ministerio, pues eran obras que en el pasado habían obtenido la declaración de «útil para texto en la primera enseñanza» por el Consejo de Instrucción Pública.

Ahí la tenemos, en el Campo Valdés, rodeada de niños que atentamente escuchan los cuentos que les contaba, las poesías que les recitaba. Interrumpida de tanto en tanto por la ruidosa presencia de alguna gaviota y acompañada por el rítmico vaivén del rompiente mar, su melodiosa voz conseguía mantener la expectación de aquellos infantes, hijos en su mayoría del barrio alto gijonés, de Cimavilla.

Visita a visita, escuchó a aquel maestro hablar de las bondades del proyecto pedagógico de Andrés Manjón,  de la escuela que había fundado para los hijos de las familias pobres en su Granada natal en el año 1889. De cómo el proyecto inicial fue creciendo: al primer carmen sucedieron otros, a la primera escuela siguieron otras más; del Sacromonte al Valle del Paraíso, frente a la Alhambra; de la cueva a la colonia escolar; de Granada al resto de Andalucía; de Andalucía al resto de España.

Ahora sabemos que, tras su paso por Gijón, aquel maestro granadino se hizo cargo en 1913 de la escuela del Ave María de Arnao, fundada por la Real Compañía Asturiana de Minas e inaugurada en el verano de ese año con la presencia del padre Manjón. Que años después aprobó las oposiciones pertinentes, convirtiéndose en «maestro nacional» y que obtuvo destino en Madrid. Que durante varios años se desplazó a Asturias con un grupo de alumnos madrileños para pasar parte del verano en la colonia escolar de La Isla (Colunga). Que se había casado en la localidad asturiana de Arnao y que mantuvo una prolongada amistad con el también maestro Luis Huerta, uno de los habituales contertulios de doña Rosario. Que fue director del grupo escolar Joaquín Sorolla y miembro activo del ateneo madrileño.

Será precisamente en su condición de representante de la Sección de Literatura del Ateneo  y en el transcurso de un homenaje que se le dedica a Rosario de Acuña en el año 1933, al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, cuando Julio Noguera López rememore los tiempos en que, en el gijonés Campo Valdés una librepensadora colaboró con él en aquella escuela del Ave María:

Julio Noguera siguió, en representación de la Sección de Literatura del Ateneo, haciendo un bellísimo discurso, esmaltado de recuerdos y anécdotas imperecederas para su alma de maestro ejemplar. Con palabra serena y emocionada cautivó al auditorio, pendiente de sus labios, viendo resurgir escenas de doña Rosario entre sus muchachos, allá en el Campo Valdés de Gijón –escuela al aire libre en que se complacía Noguera, dando sus clases frente al mar–, siendo ayudado por ella en su labor pedagógica ultramoderna, con cuentecillos ensoñadores y versos escritos expresamente para aquellos niños. Y no paraban aquí las aportaciones de la gran española; a veces aparecía con obsequios para los chiquillos –nos decía Noguera. Uno de ellos consistió en alpargatas para todos. Eran niños de pescadores paupérrimos, criados y cobijados bajo las barcas del cerro de Santa Catalina. Ella misma fue calzándolos a todos, y al llegar a uno de ellos, a quien en otra ocasión había reñido por sorprenderlo tirando piedras a unos pajaritos, y habiendo observado que, desde entonces, el niño estaba siempre ante ella cohibido y temeroso, al terminar de ponerle las alpargatas le dio un beso en una de sus piernecitas.




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21 enero

147. Un patronato para el colegio


Alcalá Zamora con una niña durante la inauguración del grupo escolar Rosario de Acuña
En el año 1995 uno de los institutos de Gijón pasó a denominarse oficialmente «Instituto Rosario de Acuña» (⇑). Supuso una novedad para casi todos. Casi nadie sabía entonces quién era ella. A pesar de todo, no era la primera vez que había ocurrido. Sesenta y dos años antes otro centro escolar había recibido ese mismo nombre. Estaba situado en Madrid, en la calle España (actualmente calle María del Carmen, en el distrito de La Latina).

El Gobierno de la Segunda República puso en marcha un ambicioso plan de construcciones escolares para paliar la escasez de plazas existentes en los centros públicos. El grupo escolar Rosario de Acuña era uno de los previstos en el denominado Plan de 1931, que había sido diseñado en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid: a los seis grupos escolares que se habían construido entre 1922 y 1928 (Jaime Vera, Pardo Bazán, Joaquín Costa, Concepción Arenal, Pérez Galdós y Menéndez Pelayo) se iban a sumar otros dieciocho... ¡en menos de dos años!  Y, en efecto, se consiguió el objetivo; todos fueron inaugurados en 1933: cinco el 11 de febrero, siete el 14 de abril y los seis restantes lo hicieron el primero de septiembre.

Con gran brillantez se celebró ayer el LX aniversario de la proclamación de la Primera República española. Y la conmemoración en Madrid se efectuó con la mejor fiesta para un régimen democrático: la inauguración de cinco grupos escolares que se han colocado bajo los auspicios de los nombres gloriosos de Pablo Iglesias, Rosario de Acuña, Vicente Blasco Ibáñez, Tomás Bretón y Lope de Rueda.

Así iniciaba el diario La Libertad la información referida a  tan significado evento. Los textos iban acompañados de varias fotografías, entre los cuales figuraba la del presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, con una niña. En otra página se daba cuenta de una velada en honor de doña Rosario de Acuña (⇑).  Se había celebrado el mismo día, sábado 11 de febrero, en el Ateneo.

Detrás de todo esto debían de estar Carlos y Regina, los hermanos Lamo, quienes nada más proclamarse la república redoblaron sus esfuerzos para conseguir que, al fin, doña Rosario de Acuña Villanueva tuviera el reconocimiento público que, a su juicio, merecía. La nueva situación política parecía más favorable a sus objetivos. No tenían tiempo que perder. En el mismo mes de abril del año treinta y uno Carlos Lamo fue recibido en audiencia privada por el ministro de Fomento Álvaro de Albornoz. Regina, por su parte, seguía, erre que erre, empeñada en dar cumplida cuenta a aquel encargo testamentario de «ordenar, coleccionar, corregir y publicar» todas sus obras literarias publicadas o inéditas, en prosa o en verso. En 1933 vería  la luz Rosario de Acuña en la escuela. Cuentos y versos, anunciado como «Tomo I», el inicio de una serie, de una colección.

Grupo escolar Rosario de Acuña. Una de las aulas y la biblioteca
El grupo escolar Rosario de Acuña, inaugurado el 11 de febrero de 1933 por el presidente de la República, cuenta con comedor, biblioteca, duchas, patio cubierto, servicio médico-escolar, vivienda para el conserje  y seis secciones para unos trescientos alumnos y, merced al empeño de Regina Lamo Jiménez, también con el auxilio del Patronato Rosario de Acuña, que se pone en marcha poco después, con el objetivo de servir de soporte, de complementar la actividad educativa, incluso de «atender materialmente» a los alumnos de aquel colegio y, por extensión, a cuantos reciban enseñanza en los centros del distrito de La Latina, con la puesta en marcha de un dispensario infantil de asistencia médica y económica. Todo ello sin menoscabo del enaltecimiento de la mujer que da nombre al grupo escolar. 

Una de las primeras iniciativas que toma la junta directiva del patronato es la de organizar un acto de homenaje a doña Rosario. Tiene lugar el 6 de abril en el local de la madrileña Sociedad Económica de Amigos del País y cuenta con la participación de Miguel Tato y Amat, Julián Noguera, Gonzalo de Reparaz y la propia Regina Lamo. Diose la circunstancia de que entre el numeroso público asistente se encontrara Belén Sárraga, considerada por algunos la discípula más distinguida de la homenajeada, quien no tardando sería una de las participantes en el ciclo de conferencias que el patronato iba a poner en marcha poco tiempo después, destinado tanto a las madres y padres como a los alumnos de las clases de adultos de aquel grupo escolar.

A lo largo del mes de junio del año treinta y tres, ponentes de reconocido prestigio en sus respectivas especialidades ocuparon la tribuna del patronato. Luis Huerta Naves (⇑), maestro e higienista,  dio inicio al ciclo de conferencias con la titulada  «Una lección de eugenesia: la paz por las madres». El jurista y político Luis Jiménez de Asúa intervino para hablar de «La Constitución», analizando sus diferentes tipos y explicando las circunstancias y el modo en que se elaboró la de 1931. «Actuación de la mujer en la vida política española» fue el título elegido por el periodista y escritor eldense Miguel Tato y Amat quien. Belén Sárraga Hernández, masona, republicana y librepensadora, disertó sobre «Principios educativos».

Grupo escolar Rosario de Acuña, semanas antes de su inauguración

En cuanto a las actividades dirigidas a los alumnos del grupo escolar, además de la atención prestada en el dispensario infantil al cual se ha hecho mención más arriba y dejando a un lado el proyecto de creación de una colonia escolar a la que tengo intención de dedicarle un próximo comentario, son de destacar aquellas que se organizan en alguna festividad o fecha significada. Tal sucede con la velada artística, con chocolatada incluida, que tiene lugar con ocasión de la celebración del Día de la Cooperación Internacional o las que se celebran coincidiendo con el aniversario de la proclamación de la República.

La defensa que de los ideales republicanos realiza el patronato se va a ver impulsada con la llegada de Julia Álvarez Resano para hacerse cargo de la dirección del grupo escolar, habida cuenta de la significación política de esta maestra y abogada, presidenta de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza y diputada por Madrid en las elecciones de febrero de 1936.

Cuando las armas se obstinaron en aniquilar los cimientos de la joven república, la junta directiva del patronato, con su presidenta Regina Lamo a la cabeza, se apresuró a hacer público un comunicado en el cual brinda su total apoyo a las autoridades republicanas, poniéndose a su entera disposición, al tiempo que anuncia su voluntad de poner en funcionamiento una guardería infantil para atender las necesidades de la barriada de Aluche,  «a la cual pertenece el grupo escolar que ostenta el nombre de la insigne republicana librepensadora Rosario de Acuña».

Claro está, que tan decidido apoyo a la causa republicana tuvo sus consecuencias. Cuando los nuevos gobernantes se hicieron con el control de la situación el grupo escolar dejó de ostentar el nombre de «la insigne republicana librepensadora» y pasó a denominarse colegio San José de Calasanz, denominación que el edificio mantiene en la actualidad, aunque ahora lo sea como un centro sociocultural dependiente del Ayuntamiento de Madrid.



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07 enero

145. Un admirador en la otra orilla


San Francisco en meditación, de Francisco de Zurbarán
A finales del año 1884 hace pública su adhesión a la causa del librepensamiento. En el mes de febrero de 1886 adopta el nombre simbólico de Hipatia al ingresar en la masonería. Para ella ya nada será igual desde entonces.

En una orilla –la que por su origen y educación para ella estaba reservada– ha dejado a buena parte de sus amigos y familiares. En la de enfrente –por ella elegida tras largas y profundas meditaciones– vitorean el nombre de la recién llegada.

Al principio hubo algunos intentos para que lo reconsiderara, para que volviera al territorio que le era propio. Sirva como ejemplo el relato que nos ha dejado nuestra protagonista acerca de las conversaciones que a mediados de los ochenta, «allá por los años de mi campaña en Las Dominicales», mantuvo con el benedictino José María Benito Serra y Juliá por entonces obispo in partibus de Daulia y cofundador de la comunidad de las Oblatas del Santísimo Redentor. Algunas décadas después, cuando el citado prelado ya duerme en paz, cuenta doña Rosario que en más de una ocasión habría acudido a visitarla, presumiblemente a su casa de Pinto, con la pretensión de que ésta abandonara el campo enemigo y regresara al lugar que, en su opinión, nunca debería de haber abandonado. Al obispo en cuestión, carlista confeso y muy dado a atacar por medio de sus habituales Cartas abiertas a cuanto prelado osara mostrar algún atisbo de comportamiento liberal, no le dolían prendas a la hora de conseguir recuperar para su causa a tan ilustre contrincante: «¿qué ventaja hay para esa pobre clase aldeana y popular en abrirla los ojos? Pan y catecismo es lo que necesita el pueblo para ser feliz». Lo que no sabía aquel obispo sin sede era que esa posición de la Iglesia con respecto al pueblo fue precisamente una de las razones que a ella la llevaron a abandonar a quienes, con argumentos tan cínicos, pretendían mantener a sus compatriotas sumidos en la oscuridad. Tampoco debía de saber que con su interlocutora, firmemente convencida del paso que había dado, no darían resultado aquellas aduladoras palabras con las que apoyaba sus argumentaciones: «¡Ah, si usted quisiera sería, entre nosotros, otra Teresa de Jesús, aunque no fuera santa!». No parece caber duda alguna, el Excelentísimo e Ilustrísimo fray Benito Serra y Juliá, Caballero Gran Cruz de Isabel la Católica, antiguo obispo de Puerto Victoria en Australia y, a la sazón, de la entonces inexistente diócesis de Daulia, encarna, a juicio de nuestra protagonista, muchos de los males que aquejan al clero español y que ella se ha propuesto combatir. De todas formas, es a la casta sacerdotal en su conjunto, al Sumo Sacerdote que asola «el país del Sol» (⇑) esparciendo por todas partes la sombra y el error, a quien dirige sus diatribas, no a tal o cual prelado. A su interesado visitante, por ejemplo, lo despacha con una irónica despedida:

Pobre obispo de Daulia, a quien le hice comer un día de viernes de cuaresma un pastelillo de foie-gras (¡sin duda consintió en pecar con la esperanza de catequizarme!) a la salud de los pobres aldeanos y del pobre pueblo, «el de los ojos cerrados».

No. No hubo retorno. Rosario de Acuña permaneció en la otra orilla hasta el momento de su muerte. En el otro lado quedan antiguos amigos y familiares que se van distanciando. También nuevas y numerosas enemistades: muchas mentes escandalizadas, muchos púlpitos condenatorios, muchas plumas beligerantes. Cierto es que también hubo entre los miembros de la grey alguno que, cautivado por la pureza y honestidad, por el testimonio vital de aquella librepensadora y masona, quiso proclamar a los cuatro vientos sus virtudes. Me estoy refiriendo a  Nicolás E. Ozalla, doctor en Farmacia y profesor mercantil. De su relación con Rosario de Acuña tenemos noticia por varios escritos. En uno de ellos, titulado «La barca de Acuña» (⇑), el maestro Luis Huerta Naves nos da cuenta de una de estas reuniones, una velada en la que Acuña y Ozalla «confraternizan encantadoramente».

Plácido arrobamiento nos invade, sintiendo en el fondo de nuestro ser la vibración sentimental de la belleza. Estamos en el augusto Templo de la Libertad. De labios del femenino apóstol del librepensamiento brotan sutiles pensamientos plasmados en formas impecables de lenguaje. El santo misionero de la Libertad, sincero y afectuoso, nos descubre su alma delicada, profundamente religiosa y profundamente humanitaria... Y he aquí el prodigio del espíritu de tolerancia: Acuña y Ozalla confraternizan encantadoramente. ¡El librepensamiento y el franciscanismo fundiéndose en fraternal abrazo de espíritus!

Ciertamente, Juan Nicolás Elías y Ozalla era terciario franciscano, es decir,  miembro de la tercera orden fundada por Francisco de Asís, integrada por seglares de uno y otro sexo. Un franciscano seglar, casado, padre de siete hijos y residente en Gijón, donde regentaba una farmacia sita en la calle Pi y Margall.  Su afición por la ciencia y la naturaleza le venía de tradición familiar, pues su abuelo (Nicolás Elías y Lázaro, farmacéutico en la localidad riojana de Soto de Cameros) compartió casa en Madrid con el también farmacéutico Xavier de Arizaga (1748-1830), pionero de la Botánica en La Rioja y el País Vasco, que al morir dejó sus trabajos en forma de cuatro manuscritos inéditos. Pues bien, tres de esos manuscritos estaban en Gijón, en manos de Nicolás Ozalla.

En 1923 falleció Rosario de Acuña, a la edad de setenta y dos años. Un año después lo hizo su amigo, el farmacéutico franciscano. Era joven, tenía cuarenta y ocho años y, según parece, no pudo resistir el dolor  que de él se apoderó tras la muerte, con tan solo dieciséis años, de una de sus hijas ocurrida unos meses antes.

Unos días después de conocerse el luctuoso suceso, El Noroeste publica en su primera página el artículo titulado «Un recuerdo de Nicolás E. Ozalla. Ofrenda». Carlos Lamo, su autor, compañero durante tantos años de la librepensadora y conocedor de la admiración que Nicolás sentía por ella, nos da cuenta de alguno de sus propósitos:

A la muerte de doña Rosario, este hombre puro tuvo la idea que me comunicó, lleno de emoción sentida,  de escribir un estudio para justificar, a los ojos de los católicos, en una revista, órgano de una orden religiosa de vuelos filosóficos, la vida austera y pura, las opiniones y la verdad y la sinceridad de doña Rosario en sus creencias espirituales y deístas... El «¡non possumus!» debió levantarse en alguna parte para impedirla realizar su noble propósito. Tengo la plena seguridad de que el alma de Ozalla sufrió, al no realizar lo que él me dijo iba a ser «¡Una justicia!» y «¡Una buena, honrada y debida acción!»... Después, cuando el tiempo pasó, yo le veía molesto al encontrarme, no atreviéndose a hablar larga y tranquilamente conmigo... ¡Pobre alma sencilla y honrada!... Yo sabía que no podrías efectuar tu propósito... Mas, tú estabas al otro lado de las pasiones, iluminando tu corazón y tu pensamiento con la mágica luz de tu lámpara inmaterial, alimentada solo de! más puro amor a la justicia y a la caridad... Y estos valores no cuentan entre las gentes del día o ante hieráticos poderes formidables...

 Aquel propósito no llegó a convertirse en realidad. No debe de extrañarnos. Hubiera estado bien, aunque solo fuera por el ejemplo de tolerancia que tal estudio pudiera llegar a representar para todos, para los fieles católicos, también. Sí, hubiera estado bien. Aunque, puestos a pensar en lo que pudo haber sido y no fue, mucho mejor sería poder escuchar la conversación mantenida entre aquella anciana heterodoxa y su admirador, el terciario franciscano.





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24 diciembre

143. El Cervigón: parada y fonda


Un día que pasé por delante de su puerta vi colgado del muro este cartel: «Es inútil llamar, no se abre a nadie» Algo parecedlo se encontró el Dante a las puertas del Infierno –dije para mí– y en esto bien se echa de ver el poco espíritu comercial que posee esta señora. Si fuera tan lépera como algunas de sus colegas podría explotar el fenómeno poniendo a peseta la entrada, lo cual la enriquecería, porque acudirían a verla y a oírla gentes de todos los vientos.

Para nadie, en efecto, se han abierto jamás aquellas puertas, ni para los ahítos ni para los hambrientos, ni para los dichosos ni para los infortunados. El que se aventurase a llamar podía correr el riesgo de ser destrozado por un perrazo enorme que de día y de noche vigilaba la entrada. Era el Cancerbero de aquella pavorosa mansión.

La utilización del adjetivo «lépera» lo delata, pues en Cuba se utiliza como sinónimo de «perspicaz». El astuto autor de los párrafos anteriores es un escritor nacido en el asturiano concejo de Tineo que en Cuba ejerció de periodista. Se llamaba Manuel Álvarez Marrón, y de su pluma salió un artículo en el cual se afirmaba que Rosario de Acuña era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba (véase su contenido en el comentario  2. La casa del diablo).

Aunque la leyenda (negra; negra jesuítica, diría la interesada), pintaba aquella casa con lúgubres colores, lo cierto es que el hogar de doña Rosario tenía las puertas siempre abiertas. Claro es que no para todos. Faltaría más.

Bodegón con manzanas  de Juan de Zurbarán (hacia 1640)

Hasta allí sube con cierta frecuencia el periodista Antonio L. Oliveros, quien, según sus propias palabras, aceptó la dirección de El Noroeste por consejo de su anfitriona; al igual que lo hacía su antecesor Rafael Sánchez de Ocaña Fernández. También acude de vez en cuando el  maestro Luis Huerta, con quien la escritora mantiene largas conversaciones acerca de la maternidad, la naturaleza y las nuevas generaciones (véase lo que al respecto cuenta el interesado en «La barca de Acuña»). Hasta El Cervigón se acerca algunas tardes José Díaz Fernández, un joven periodista que gustaba de charlar largo y tendido con la escritora, a pesar de que a ella no le gustaran ni el cine ni sus poesías (⇑). Tampoco se olvida de visitar a la escritora el joven marino (⇑) Fernando Dicenta quien, habiéndola conocido en su niñez, no dudaba en pasar por su casa cada vez que arribaba a puerto. Además de estas amistades que han dejado rastro escrito de sus visitas, sabemos que también la visitaban otros conocidos gijoneses como Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial y distinguido republicano; Lucas Merediz, uno de los más destacados militantes del Partido Reformista gijonés que será nombrado delegado regio de Primera enseñanza de la provincia en 1919; Eduardo García, quien fuera presidente del Ateneo Obrero de Gijón cuando la escritora llegó a la ciudad; Javier Aguirre de Viar, agente de Cambio y Bolsa y sucesor del anterior en la presidencia; y otras personas menos conocidas, pero no por eso menos apreciadas en la casa de la anciana librepensadora. Entre éstas últimas es preciso destacar a las hermanas Rosario y Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑) con quienes mantuvo una relación bastante estrecha.

Además de las visitas más o menos habituales, hubo otras que han dejado constancia de su estancia en la casa de El Cervigón. Tal es el caso de Eduardo Torralba Beci (⇑), quien, llegado a Asturias para intervenir en algunos mítines, no quiso desaprovechar la ocasión y subió hasta el acantilado en compañía de Wenceslao Roces y del joven socialista César Rodríguez González; o de Virginia González, madre de este último y la primera mujer española que formó parte de la dirección de una organización política española al incorporarse en el año 1913 al Comité Nacional y a la Ejecutiva del PSOE; fue miembro también de la ejecutiva de la UGT. Se conocieron en un mitin celebrado en Turón (⇑). Allí hablaron largo y tendido y en Gijón consolidarían su amistad.

 Sabíamos que la puerta de la casita solitaria, situada en un alto a orillas del mar,que nunca se abría a ninguna visita convencional, quedaba de par en para cuando se aproximaban a ella los obreros. Tardes inolvidables, en las que, cogidas del brazo, marchábamos por aquellos acantilados hablando de tantas cosas. Hablando del problema social, como una iluminada, profetizaba el gran cataclismo que pondrá fin al régimen capitalista.

Como señala Virginia González, la casa de El Cervigón estaba abierta de par en par cuando a ella llegaban los obreros. Prueba de ello fueron las tradicionales giras que, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, tenían por destino la casa de Rosario de Acuña. De la última, ocurrida cuatro días antes de la muerte de la librepensadora, tenemos un testimonio valioso. Manuel Tejedor, uno de los que hasta allí acudieron, publicó un artículo (⇑) en El Socialista dando cuenta de sus impresiones acerca de aquella visita.

Parece, pues, evidente que, en contra  de lo que se afirma en el artículo publicado por Álvarez Marrón en El Diario de la Marina, las puertas de la casa de Rosario de Acuña sí que se abren, de par en par, para muchos de los que hasta allí se acercan. La mayoría pasan en su compañía unas horas en animada conversación. Otros hay que, llegados desde más lejos, se alojan  en la casa de El Cervigón unos días, disfrutando de la tranquilidad, de las incomparables vistas que el lugar ofrece y de las atenciones que les brindan sus anfitriones.

Tal es el caso del escritor Joaquín Dicenta Benedicto de quien sabemos que en alguna de sus visitas a Gijón estuvo allí alojado (⇑). También de algunos miembros de la familia portugaluja (⇑) Conde-Pelayo con la cual doña Rosario mantuvo relación, tanto con Volney (⇑), como con su hermano Ángel y su cuñado, el actor y músico José Tejada, quienes en el verano de 1917 pasaron unos días en El Cervigón. Así como del propagandista Ángel Samblancat (⇑) que no dudó en acercarse hasta allí cuando en 1919 visitó Asturias para pronunciar varios mítines. Y ya en los últimos años era habitual la visita veraniega de Tito y Esperanza, hijo y nuera de quien fuera presidente de la Primera República. Exoristo Salmerón García era uno de los hijos de don Nicolás, nacido en el exilio parisino –de ahí el nombre– y un notable ilustrador y caricaturista  que, como ha dejado escrito Carlos Lamo, acudía en compañía de su mujer, siempre en agosto, a aquella cita anual que tenía en la  «casa del diablo», a la cual y al decir de algunos, nadie se atrevía a entrar. 

Manuel Azaña en la terraza del Real Club de Regatas de Gijón (22-9-1932; fotografía de Constantino Suárez, Fototeca del Pueblu d'Asturies)

Hubo otros ilustres personajes que también quisieron conocer la casa de El Cervigón, aunque no lo hicieran como invitados. Tal es el caso del también madrileño Manuel Azaña Díaz, quien en septiembre de 1932 y siendo jefe del Gobierno realizó un viaje a Asturias, visitando Oviedo, la fábrica de armas de Trubia y Gijón, donde el Ayuntamiento de la ciudad le obsequió con un banquete en el Real Club de Regatas. La concha de San Lorenzo aguardaba a los comensales cuando salieron a la terraza a tomar el café. En el otro extremo del escenario se encontraba la que había sido la última morada de Rosario de Acuña. 

No parece probable, dado lo apretado del programa de aquella visita, que el señor Azaña se acercara hasta el otro extremo de la bahía para visitar aquella casa que se contemplaba desde la terraza del Club de Regatas.  Pero si no fue posible en 1932, sí que lo fue al año siguiente, en un nuevo viaje que realizó el jefe de Gobierno a Asturias. A mediados de agosto visitó Oviedo, Covadonga, Ribadesella... y volvió a Gijón... y subió hasta El Cervigón para conocer la casa de aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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17 agosto

16. «La barca de Acuña», por Luis Huerta


Fotografía de Luis Huerta publicada en la  revista Gaceta Médica  Española (19-4-1928)
Ofrenda fervorosa de admiración y simpatía a la excelsa mujer, sabia y buena, doña Rosario de Acuña y Villanueva.

Orilla al mar de Cantabria turbulento y brumoso, se mece tranquila la barca de Acuña. Como en la estatuaria griega, dentro de su estática se descubre el maravilloso dinamismo que la impulsa. Como la barca de Pedro, príncipe de los apóstoles, es un símbolo consolador, que nos habla de una heroica avanzada española hacia la rica pesca de almas para el banquete universal de la concordia...

Tano, el fiel marinero que sabe sujetar con destreza las amarras, nos conduce –en nuestra visita– hasta el camarín del experto capitán femenino, que empuña el timón con la pulsación divina de un espíritu vidente de longincua tierra de promisión...

Estamos a bordo, en la grata compañía de dos queridos amigos: Ozalla (Nicolás) y Aguero (Santos) (1). Desde cubierta columbramos un dilatado horizonte de perspectivas bellas: cielo, tierra y mar nos envuelven en su seno ingente de misterio... La campiña nos brinca su polícromo paisaje de sin rival belleza y la ciudad, desnudándose a nuestra vista, nos muestra las pétreas moles de humanas construcciones multiformes...

Plácido arrobamiento nos invade, sintiendo en el fondo de nuestro ser la vibración sentimental de la belleza. Estamos en el augusto Templo de la Libertad. De labios del femenino apóstol del librepensamiento brotan sutiles pensamientos plasmados en formas impecables de lenguaje. El santo misionero de la Libertad, sincero y afectuoso, nos descubre su alma delicada, profundamente religiosa y profundamente humanitaria... Y he aquí el prodigio del espíritu de tolerancia: Acuña y Ozalla confraternizan encantadoramente. ¡El librepensamiento y el franciscanismo fundiéndose en fraternal abrazo de espíritus!

Doña Rosario nos cuenta pasajes divinos de su amarga Vida, de su gigante Vida, de su gloriosa Vida, hasta tal extremo emocionantes, que, en más de una ocasión, las lágrimas nublaron nuestros ojos: ¡así es de acerbo el dolor de la noble Vida de una mártir!, ¡así es de sublime la existencia de esta íntegra mujer, gloria de España!...

Y ¡qué tristeza da el pensar que el ambiente levítico que nos mata, coarte inicuamente la libre emisión del pensamiento! Porque si no existiera este hórrido valladar de la España negra, la pluma varonil y genial de esta mujer nos revelaría con toda maestría el rico contenido ideológico, que como secreto oculto, llevará consigo a la tumba...

¡Algún día llorará la Patria esta irreparable pérdida!

Gijón, agosto de 1918

El Noroeste, lunes 26 de agosto de 1918
Lamo, Regina (ed.): Rosario de Acuña en la escuela, Madrid: Ferreira Impresor, 1933



Notas

(1) En Rosario de Acuña en la escuela aparece: «Estamos a bordo en la grata compañía de tres queridos amigos: Ozalla (Nicolás) y del Amo (Carlos) [por Carlos Lamo] y Aguero (Santos).

(2) Luis Huerta Naves (Sobrescobio, Asturias, 1889-Madrid, 1975) fue un maestro de reconocido prestigio que desarrolló una intensa actividad como propagandista de sus ideas pedagógicas y eugenésicas, bien como conferenciante, bien como director y colaborador en diversas revistas.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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