lunes, 9 de septiembre de 2019

196. El exitoso estreno de Rienzi


Cartel del estreno de Rienzi el tribuno en La Coruña. Archivo Rosario de Acuña, Biblioteca Historica Municipal de Madrid
«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después del exitoso estreno de Rienzi el tribuno en el madrileño teatro del Circo. La autora tiene veinticinco años y un aspecto que no debía de ser muy diferente del que muestra el grabado que ilustra este comentario, pues fue publicado por entonces. Su condición de mujer, de mujer joven, fue uno de los elementos nucleares que articularon las opiniones de buena parte de los críticos. Al parecer, aquel semblante risueño, aquella blanda sonrisa, rimaban mejor con el ensueño lírico femenil (⇑); eran más propios de poetisa empeñada en «pulsar las cuerdas laxas de la lira degenerada de Safo». Pero no, en aquella obra, en aquellos versos, hay una fuerza, un vigor, que, a los ojos de los críticos, convierten a aquella joven de ademán tranquilo y sereno en «poetisa viril», categoría tan poco habitual, tan imperceptible para sus lectores, que, uno tras otro, se ven obligados a acudir como único referente a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida en Madrid tres años antes.

«Continúa representándose en el teatro del Circo con excelente éxito Rienzi el tribuno, original de la señorita Rosario de Acuña. El público se levanta en masa a aplaudir con entusiasmo la escena del segundo acto...». El eco de la favorable respuesta obtenida por la obra llega a los oídos de los responsables de las compañías dramáticas. El director y primer actor Francisco Domingo no tarda en ponerse en contacto con su autora: en carta fechada en Oviedo el día 25 del mismo mes de febrero la felicita por el éxito obtenido, al tiempo que le comenta que piensa ponerla en escena a la mayor brevedad. Así lo hará. La incorpora al repertorio de la compañía en la gira que por entonces realiza por Galicia: La Coruña, Ferrol, Santiago y Vigo. Tras el estreno en esta última ciudad  El Faro de Vigo se une a las alabanzas de los críticos madrileños: «Este drama parece escrito en uno de esos momentos de sublime inspiración que solo a las almas elevadas le es dado expresar».

La compañía del barcelonés teatro del Olimpo la estrenará en la capital catalana, mientras que la de Rafael Calvo lo hará en Málaga. La lista de ciudades donde se estrenar el drama se irá incrementando en los meses siguientes: Valencia (teatro Principal, abril), Santander (agosto), Zaragoza (noviembre), Cartagena (enero de 1877). A finales de febrero la compañía de Rafael Calvo abre la temporada en el teatro Calderón de Valladolid. El empresario Aureliano Tresgallo, que lo gestiona desde el año anterior, parece decido a darle el mayor realce posible invitando a alguno de los autores de las obras que se presentan. El estreno de O locura o santidad, que tiene lugar el 7 de marzo, cuenta con la asistencia de José Echegaray, y el señor Tresgrallo pretende que para la puesta en escena de Rienzi, prevista para los primeros días de abril, Rosario de Acuña también esté presente en el teatro. Tras el largo viaje desde Zaragoza, la autora es testigo de un nuevo éxito cosechado por su obra: «fue llamada a escena repetidas veces, recibiendo en ella palomas, versos, flores, aplausos y una magnífica corona».  A Valladolid le sigue de nuevo Madrid (en abril se representa en el teatro Apolo), Barcelona (Gran Teatro del Liceo, octubre), Alicante (teatro Español, noviembre)...

A los parabienes de la crítica y la fervorosa respuesta de los teatros patrios, se unen las invitaciones a colaborar en periódicos y revistas, las propuestas para nuevos estrenos o las numerosas felicitaciones que recibe la autora. En su archivo personal (⇑) se conservan cartas de la escritora María del Pilar Sinués; de Sofía Bisso Zulueta, marquesa de Dos Hermanas; de Juan Bautista Topete, quien con ese nombre, ese apellido y en aquel momento, no puede ser otro que el por entonces vicealmirante de la Armada y uno de los protagonistas de La Gloriosa; de Manuel Elola Heras, gobernador de Navarra; del marqués de Dos Hermanas (que le anuncia la intención del rey de acudir al teatro del Circo); de Emilia Llull, encargada de organizar los actos del Liceo Piquer, que había fundado su marido; del escritor Eduardo López Gago; de Rafaela López Guijarro, viuda reciente del escritor Fermín de la Puente Apecechea; de Isabel de Borbón, quien desde el exilio parisino le escribe en carta fechada el 30 de abril: «Tu drama Rienzi el tribuno es una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura»; del escritor Antonio Sánchez Pérez, director por entonces del semanario El Solfeo;  del tenor italiano Enrico Tamberlick... Algunos veteranos poetas deciden homenajear a la recién llegada con unos versos plagados de felicitaciones y lisonjas que recogen en un álbum que piensan entregar a la joven. Allí se juntan, con ingenio más bien forzado, los versos de autores consagrados como Pedro Antonio de Alarcón, José Echegaray o Gaspar Núñez de Arce con los de otros más veteranos aún como Ramón de Campoamor o Juan Eugenio Hartzenbusch.

Parece, pues, evidente que el estreno de Rienzí el tribuno resultó todo un éxito, que su autora, una joven veinteañera de rostro ovalado y tirabuzones clareados, con la mirada perdida, entre esperanzada y temerosa, había logrado los aplausos del público y el beneplácito de la crítica para iniciar una prometedora carrera como poeta y dramaturga. No obstante y a la vista de lo sucedido con posterioridad, bien pudiera pensarse que quizás aquel exitoso estreno no llegó en el mejor momento, pues Rosario se adentraba por entonces en una nueva etapa de su vida. Su boda, que tuvo lugar dos meses después del exitoso estreno, y su posterior traslado a Zaragoza, ciudad a la que fue destinado su marido, dieron inicio a un periodo de acomodación y reajuste que no parece que fuera el mejor escenario para que pudiera disipar las dudas (⇑) acerca de su capacidad para escribir un nuevo drama que estuviera a la altura del Rienzi. No la ayudaba en nada estar lejos de Madrid, estar lejos de los suyos. No la ayudaba en nada el que la distancia le impidiera poder hablar cara a cara con sus editores, que avisos y liquidaciones llegaran unas veces a su padre y otras a su marido, en una suerte de tutela compartida (⇑). No la ayudaba en nada enterarse del extravío del manuscrito de un drama inédito en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa, que en el verano de 1880 envió al editor Guillermo Gullón... ¿Sería capaz de traspasar el umbral del Parnaso en el cual le había colocado Rienzi? ¿Sería capaz de escribir una nueva obra que estuviera a la altura de aquella? Temores y vacilaciones que su  residencia en Zaragoza (⇑), la lejanía de la capital,  no hacía más que avivar.

Bien pudiera pensarse que el exitoso estreno de Rienzi no llegó en el mejor momento.



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