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09 septiembre

196. El exitoso estreno de Rienzi


Cartel del estreno de Rienzi el tribuno en La Coruña. Archivo Rosario de Acuña, Biblioteca Historica Municipal de Madrid
«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después del exitoso estreno de Rienzi el tribuno en el madrileño teatro del Circo. La autora tiene veinticinco años y un aspecto que no debía de ser muy diferente del que muestra el grabado que ilustra este comentario, pues fue publicado por entonces. Su condición de mujer, de mujer joven, fue uno de los elementos nucleares que articularon las opiniones de buena parte de los críticos. Al parecer, aquel semblante risueño, aquella blanda sonrisa, rimaban mejor con el ensueño lírico femenil (⇑); eran más propios de poetisa empeñada en «pulsar las cuerdas laxas de la lira degenerada de Safo». Pero no, en aquella obra, en aquellos versos, hay una fuerza, un vigor, que, a los ojos de los críticos, convierten a esta joven de ademán tranquilo y sereno en «poetisa viril», categoría tan poco habitual, tan imperceptible para sus lectores, que, uno tras otro, se ven obligados a acudir como único referente a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida en Madrid tres años antes.

Grabado de J. A. Camacho, incluido en su poemario Ecos del alma (1876)«Continúa representándose en el teatro del Circo con excelente éxito Rienzi el tribuno, original de la señorita Rosario de Acuña. El público se levanta en masa a aplaudir con entusiasmo la escena del segundo acto...». El eco de la favorable respuesta obtenida por la obra llega a los oídos de los responsables de las compañías dramáticas. El director y primer actor Francisco Domingo no tarda en ponerse en contacto con su autora: en carta fechada en Oviedo el día 25 del mismo mes de febrero la felicita por el éxito obtenido, al tiempo que le comenta que piensa ponerla en escena a la mayor brevedad. Así lo hará. La incorpora al repertorio de la compañía en la gira que por entonces realiza por Galicia: La Coruña, Ferrol, Santiago y Vigo. Tras el estreno en esta última ciudad  El Faro de Vigo se une a las alabanzas de los críticos madrileños: «Este drama parece escrito en uno de esos momentos de sublime inspiración que solo a las almas elevadas le es dado expresar».

La compañía del barcelonés teatro del Olimpo la estrenará en la capital catalana, mientras que la de Rafael Calvo lo hará en Málaga. La lista de ciudades donde se estrenar el drama se irá incrementando en los meses siguientes: Valencia (teatro Principal, 29 de abril), Santander (agosto), Zaragoza (noviembre), Cartagena (enero de 1877). A finales de febrero la compañía de Rafael Calvo abre la temporada en el teatro Calderón de Valladolid. El empresario Aureliano Tresgallo, que lo gestiona desde el año anterior, parece decido a darle el mayor realce posible invitando a alguno de los autores de las obras que se presentan. El estreno de O locura o santidad, que tiene lugar el 7 de marzo, cuenta con la asistencia de José Echegaray, y el señor Tresgrallo pretende que para la puesta en escena de Rienzi, prevista para los primeros días de abril, Rosario de Acuña también esté presente en el teatro. Tras el largo viaje desde Zaragoza, la autora es testigo de un nuevo éxito cosechado por su obra: «fue llamada a escena repetidas veces, recibiendo en ella palomas, versos, flores, aplausos y una magnífica corona».  A Valladolid le sigue de nuevo Madrid (en abril se representa en el teatro Apolo), Barcelona (Gran Teatro del Liceo, octubre), Alicante (teatro Español, noviembre)...

A los parabienes de la crítica y la fervorosa respuesta de los teatros patrios, se unen las invitaciones a colaborar en periódicos y revistas, las propuestas para nuevos estrenos o las numerosas felicitaciones que recibe la autora. En su archivo personal (⇑) se conservan cartas de la escritora María del Pilar Sinués; de Sofía Bisso Zulueta, marquesa de Dos Hermanas; de Juan Bautista Topete, quien con ese nombre, ese apellido y en aquel momento, no puede ser otro que el por entonces vicealmirante de la Armada y uno de los protagonistas de La Gloriosa; de Manuel Elola Heras, gobernador de Navarra; del marqués de Dos Hermanas (que le anuncia la intención del rey de acudir al teatro del Circo); de Emilia Llull, encargada de organizar los actos del Liceo Piquer, que había fundado su marido; del escritor Eduardo López Gago; de Rafaela López Guijarro, viuda reciente del escritor Fermín de la Puente Apecechea; de Isabel de Borbón, quien desde el exilio parisino le escribe en carta fechada el 30 de abril: «Tu drama Rienzi el tribuno es una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura»; del escritor Antonio Sánchez Pérez, director por entonces del semanario El Solfeo;  del tenor italiano Enrico Tamberlick... Algunos veteranos poetas deciden homenajear a la recién llegada con unos versos plagados de felicitaciones y lisonjas que recogen en un álbum que piensan entregar a la joven. Allí se juntan, con ingenio más bien forzado, los versos de autores consagrados como Pedro Antonio de Alarcón, José Echegaray o Gaspar Núñez de Arce con los de otros más veteranos aún como Ramón de Campoamor o Juan Eugenio Hartzenbusch.

Parece, pues, evidente que el estreno de Rienzí el tribuno resultó todo un éxito, que su autora, una joven veinteañera de rostro ovalado y tirabuzones clareados, con la mirada perdida, entre esperanzada y temerosa, había logrado los aplausos del público y el beneplácito de la crítica para iniciar una prometedora carrera como poeta y dramaturga. No obstante y a la vista de lo sucedido con posterioridad, bien pudiera pensarse que quizás aquel exitoso estreno no llegó en el mejor momento, pues Rosario se adentraba por entonces en una nueva etapa de su vida. Su boda, que tuvo lugar dos meses después del exitoso estreno, y su posterior traslado a Zaragoza, ciudad a la que fue destinado su marido, dieron inicio a un periodo de acomodación y reajuste que no parece que fuera el mejor escenario para que pudiera disipar las dudas (⇑) acerca de su capacidad para escribir un nuevo drama que estuviera a la altura del Rienzi. No la ayudaba en nada estar lejos de Madrid, estar lejos de los suyos. No la ayudaba en nada el que la distancia le impidiera poder hablar cara a cara con sus editores, que avisos y liquidaciones llegaran unas veces a su padre y otras a su marido, en una suerte de tutela compartida (⇑). No la ayudaba en nada enterarse del extravío del manuscrito de un drama inédito en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa, que en el verano de 1880 envió al editor Guillermo Gullón... ¿Sería capaz de traspasar el umbral del Parnaso en el cual le había colocado Rienzi? ¿Sería capaz de escribir una nueva obra que estuviera a la altura de aquella? Temores y vacilaciones que su  residencia en Zaragoza (⇑), la lejanía de la capital,  no hacía más que avivar.

Bien pudiera pensarse que el exitoso estreno de Rienzi no llegó en el mejor momento.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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12 febrero

183. Mujeres coronadas



Entre 1914 a 1918 las armas acabaron con la vida de millones de personas, ya fueran civiles o militares. La muerte cubrió los campos de batalla con los cuerpos de jóvenes soldados. La metralla mutiló la vida de otros muchos, sin importarle que fueran rusos, alemanes, húngaros, austriacos, británicos, franceses, estadounidenses, turcos, italianos, serbios o rumanos. Las pugnas imperiales sembraron Europa de horror y miedo.

La zarina Alejandra Romanova y sus hijas en un fotografía publicada en 1915

Como no podía ser de otra forma, en aquellos aciagos días las crónicas de la Gran Guerra sobrecogen el corazón de quienes las leen en la retaguardia. También el de las mujeres coronadas. Reinas y emperatrices penaban por el padecimiento de sus súbditos en las trincheras. Europa estaba sumida en el sufrimiento y alguna emperatriz hubo que, al parecer, llegó a enfermar ante la visión de tanto dolor, al menos eso es lo que contó en alguno de sus artículos Basilio Álvarez Rodríguez, periodista y político, también sacerdote, aunque un tanto heterodoxo. Las palabras de aquel cura llegaron hasta la mismísima casa de El Cervigón, y doña Rosario de Acuña no puede menos –tampoco en esta ocasión– que tomar la pluma y, en carta publicada en El Parlamentario y dirigida a don Basilio (⇑), poner las cosas en su sitio:

En mi negociado antimonárquico, antidogmático, antirracional y anticabronil, se anota el estado patológico de una emperatriz enferma... por mirar DOLORES. ¡Ay, hermana mujer! ¿Enferma por MIRAR dolores cuando hay tal cantidad de mujeres que están sanas a pesar de sufrir dolores?

Tras la irónica extrañeza que el asunto le provoca, echa la vista atrás y juzga, con rigor y severidad, el papel que a lo largo de la historia protagonizaron esas cabezas coronadas que ahora enferman por mirar dolores, sin hacer distingos entre reyes y reinas, entre emperadores y emperatrices:

Y para ellos, para todos los que, teniendo ojos no vieron y teniendo oídos no oyeron; para todos los que, dueños de la fuerza, no supieron o no quisieron atajar en sus reinos la corriente de las iniquidades y ensamblaron sus tronos con ayes de víctimas e imprecaciones de aplastados; para los que engastaron en las orfebrerías de sus cetros o diademas la miseria, la ignorancia, la brutalidad y el idiotismo de sus pueblos, para esos, si caen en la caldera, no se puede pedir otra cosa sino que crucen valientemente las manos y procuren pasar pronto el mal rato, seguros de que al otro lado de la quema les espera con la paz la recapacitación de lo que no supieron recapacitar en vida; y ¡quién sabe si les parecerá entonces poco el dolor de unos minutos para recoger el que sembraron en largos días, y elijan ellos mismos un retorno bajo el sayal de astroso mendigo que se rasque la sarna con una teja y se le figure pavo trufado la bazofia de un asilo regido por hermanitas de los pobres!...

Al juicio le sigue la sentencia, dictada con palaras claras, directas y contundentes, propias de quien, alejada desde la juventud de las riberas cortesanas, se ocupa por su mano de las labores domésticas, de la fregadura de los suelos, de la limpieza de la casa:

¡Conque a sufrir toca, mujeres coronadas o descoronadas! Con sangre y con lágrimas se está lavando la especie humana las cascarrias de la brutalidad; está del todo mal que cuantos debieron haber sido en todo tiempo estropajos limpios, en vez de propagadores de infección, empiecen ya a esponjarse con el baldeo. 

Resulta evidente que en sus palabras afloran sus ideas republicanas (⇑).  ¡Cómo han cambiado las cosas! ¡Cómo ha cambiado su pensamiento! ¡Qué lejos quedan aquellas cartas cruzadas con Isabel de Borbón, la depuesta reina de las Españas! ¡Qué lejos los parabienes recibidos por el éxito de Rienzi («Una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura...») ¡Qué lejos aquella cariñosa felicitación por su boda con Rafael! («Yo, que admiro tu talento, comprendo tu corazón y no dudo que harás feliz al que no puede ser sino muy dichoso a tu lado») ¡Qué lejos, aquel aromático canto (⇑) que la joven poeta le envía desde la Bayona francesa! ¡Qué lejos la afectuosa respuesta de la destinataria! («Las humildes violetas que en su suelo nacieron, y que tu cariño puso en mi mano, adornadas con tus delicados pensamientos, vinieron, como tu inspirado canto de hoy, a llenar mi alma de consuelo; que nada hay tan grato para mí como el eco de un corazón castellano y por lo tanto leal, que late al par del mío»).

No fue esta la única ocasión que aquel cura-político se ocupa de los padecimientos de alguna de aquellas mujeres coronadas. Ante las alarmantes noticias que, según avanza el año 1918, llegan sobre la situación de la familia imperial rusa, cuyos miembros fueron encarcelados tras la Revolución de Febrero, Basilio Álvarez pide públicamente misericordia para la zarina Alejandra Romanov y sus hijas. La hidalguía española no puede, en su opinión, abandonar a aquellas desvalidas mujeres, es menester que las ampare y las proteja. Se unía así a quienes proponían acoger en España a la familia de Nicolás II. La réplica de doña Rosario deja entonces el perfil republicano que había utilizado en el texto anteriormente citado para adoptar un enfoque mucho más feminista: «Las mujeres tenemos el derecho al cadalso». Sus afanes igualitarios alcanzan hasta la misma muerte: «Lo justo es que toda esa familia zarista se quede allá, en ese infierno de dolores que ha ido acumulando durante los años de su reinado sobre el suelo de Rusia». Tanto el zar como la zarina, que en asunto de coronas parece no hacer distingos entre aquellas que las lucen por ser hijas de emperadores o reyes (tal es el caso de Guillermina, la reina gobernante de los Países Bajos) o por su condición de consortes, como sucede en la mayoría de las casas reinantes, sean emperatrices (Alejandra Romanov, de Rusia; Zita de Borbón-Parma, del Imperio austrohúngaro; María de Teck, del Imperio británico) o reinas (Isabel Gabriela de Baviera, de Bélgica; Elena de Montenegro, de Italia; Alejandrina de Mecklenburg-Schwerin, de Dinamarca;  Maud de Gales, de Noruega; Victoria de Baden, de Suecia o Victoria Eugenia de Battenberg, de España).

Los reinados femeninos, las regencias femeninas, las consortes de reyes o emperadores, toda esta feminidad y la que rodea sus solios, si merece la guillotina, ¡arriba con ella, si se les puede coger! ¡Es la menor compensación que pueden dar a sus pueblos destrozados por su poder...

Como cabe suponer, no fueron muchos los parabienes recibidos, antes al contrario: no hay más que recordar el comentario 109. Ni mujer ni española (⇑), referido al texto que con el mismo título fue publicado en agosto de 1918 por La Voz de Galicia, en el cual, tras arremeter contra su autora –que «ni es mujer más que fisiológicamente, ni española, porque no desperdicia ocasión de escarnecer la patria generosa en que nació»–  los responsables del periódico solo desean para ella «la reclusión en una casa de salud y que Dios le dispense su misericordia».

Mientras tal cosa no suceda, allá en El Cervigón hay una anciana mujer que tiene muy claro lo que hay que hacer con las mujeres coronadas: «Si merecen la guillotina, ¡arriba con ella!».




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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