26 abril

235. El retorno del cesante jubilado


El cesante. Ilustración incluida en Los españoles pintados por sí mismos (1851)

Por más que aún haya quien le siga otorgando el título de condesa (⇑), el caso es que su padre ingresa con diecinueve años de edad en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas como escribiente de la clase de terceros, con un sueldo anual de cinco mil reales. El joven Felipe de Acuña Solís había abandonado su Jaén natal cuatro años antes para realizar estudios de Leyes en Madrid, quedando al cuidado de un tío suyo, de nombre Miguel de Cuadros. Tras estudiar tres cursos en un colegio preparatorio, en 1846 obtiene el grado de bachiller en Filosofía e ingresa en la Facultad de Jurisprudencia. Parece ser que no concluyó la carrera, al menos no me consta que lo hiciera. Y no es de extrañar, pues a finales de 1847, al poco de haber iniciado los estudios, asumirá nuevos compromisos que, sin duda, vendrían a alterar su recién estrenada vida de universitario: en diciembre se casa con la joven Dolores Villanueva de Elices y, como queda escrito más arriba, algunas semanas antes había comenzado a trabajar como escribiente en el ministerio. El sueldo no es muy alto, pero el trabajo ofrece cierta seguridad y, gracias a sus contactos familiares, promete algún que otro ascenso en un futuro no muy lejano. Tres años más tarde, cuando ambos contaban con veintidós años de edad, nacerá Rosario.

Unos meses después del feliz acontecimiento, en enero de 1852, el joven padre asciende en el escalafón, pasando a ser escribiente octavo de la clase de segundos del ya denominado Ministerio de Fomento, lo que supone un aumento del veinte por ciento en su sueldo, que alcanza los seis mil reales anuales. Al año siguiente se convierte en auxiliar, categoría que desempeñará durante doce años con varios ascensos de clase y con los aumentos de remuneración pertinentes, de manera tal que en el verano 1861, el funcionario Acuña ocupa el puesto de auxiliar noveno de la clase de quintos con un salario anual de doce mil reales. 

Aunque por los datos anteriores bien podemos constatar que durante este periodo, los diez años que han transcurrido desde el nacimiento de Rosario, los ingresos que entran en casa por el sueldo ministerial han aumentado sensiblemente, quizás resulte conveniente establecer un punto de comparación que nos permita hacernos una idea más ajustada de lo que ese dinero podría suponer en aquel momento. Comparemos, pues, con otras remuneraciones conocidas, las que por entonces perciben maestros y catedráticos. Según establece el Real Decreto de septiembre de 1847 por el que se reorganiza la instrucción primaria, el sueldo mínimo de los maestros se sitúa entre los dos mil reales anuales (en los pueblos de menos de cuatrocientos vecinos) y los cinco mil (en las localidades de más de cuatro mil). Dos años antes, otro real decreto había hecho lo propio con el de los profesores de enseñanza secundaria y superior: «El sueldo de los catedráticos de instituto de la enseñanza elemental no bajará de 6 000 reales ni excederá de 10 000, según la asignatura que desempeñen y la población en que se halle el establecimiento. En Madrid podrá subir hasta 12 000 reales». Por tanto, el nivel de vida atribuible a la familia formada por Felipe de Acuña, Dolores Villanueva y su hija Rosario sería el equivalente a la de un catedrático de los institutos madrileños Cardenal Cisneros o San Isidro.  

Dibujo de la Torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886La situación mejorará en la década de los sesenta. En 1864 el padre de familia tiene un nuevo destino en el ministerio, pasando a ocuparse de los ferrocarriles, primero como inspector (1864) y más tarde como inspector jefe (1868), con un haber anual que alcanzará los 24 000 reales (que por entonces se convierten oficialmente en 6 000 pesetas). Además, todo indica que el patrimonio familiar se habría incrementado durante este tiempo con los bienes de su tío abuelo Cristóbal Solís Abellán, propietario de hectáreas de tierra y ganados en la jiennense localidad de Alcaudete, que había dejado en herencia a Felipe y a sus hermanos. De la bonanza de estos tiempos pueden dar testimonio los viajes que por entonces realizaba la familia con cierta frecuencia. A los que desde su niñez llevaban a Rosario a pasar temporadas en la campiña jiennense para mitigar sus dolencias oculares, se sumaban ahora los que realizaba a otros puntos de la geografía nacional (⇑) o del extranjero (⇑), y de los cuales nos ha dejado constancia escrita.  

Los del Sexenio serán años que llevarán cierta agitación a su hoja de servicios, como consecuencia de sus afinidades políticas. Un decreto de octubre de 1869 le concede los «honores y consideración de Jefe de Administración civil» (incluyendo el tratamiento oficial de «Ilustrísimo señor»). La disposición está firmada por Francisco Serrano, regente del Reino y uno de sus compañeros habituales en las cacerías por las serranías de Jaén (⇑). Durante la regencia del duque de la Torre, además de esta distinción honorífica, Felipe de Acuña se convierte en delegado del Gobierno en la Compañía de los Ferrocarriles de Zaragoza a Pamplona y Barcelona (ZPB). Tras el ascenso, llegará la primera de las cesantías en el mes de junio del setenta y dos, situación que mantendrá hasta que Serrano se convierte, tras el golpe de Estado de Pavía, en presidente del Poder Ejecutivo de la República. Tan solo uno días después de este suceso, Felipe de Acuña recupera su puesto de jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros. No tardando, en el verano de ese mismo año, es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura y, en calidad de tal, vocal de la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia. Si su amistad con Serrano y Sagasta (a quien públicamente ofreció «sus sentimientos de leal adhesión, cariño y respeto») parecen ser la razón de tales nombramientos, su afinidad con el Partido Constitucional que aquellos lideran debió ser la razón por la cual, a los pocos días de que Antonio Cánovas tuviera el control de la Gaceta de Madrid, en las páginas del periódico oficial aparece una resolución del Ministerio-Regencia del Reino fechada el cinco de enero de 1875 por la que se le declara cesante. En esta situación permanecerá hasta que tres años después las autoridades ministeriales tienen a bien concederle la jubilación que había solicitado. 

A pesar de que el real decreto sustente la aprobación del expediente promovido por Felipe de Acuña en su «notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado», ninguna referencia de las que dispongo me da pie para suponer que esa imposibilidad (notoria) hubiera obligado al padre de nuestra protagonista a reducir de forma significativa su actividad, ni en los años anteriores, cuando figuraba en la lista de los cesantes, ni ahora que, con cuarenta y nueve años de edad, pasa a integrar la de los jubilados. Antes al contrario. Quizás sea la década de los setenta uno de los periodos más fecundos de su biografía. No conviene olvidar que en este tiempo, además de las labores profesionales anteriormente mencionadas (inspector de ferrocarriles, delegado del Gobierno, Consejo Superior de Agricultura...), se dedica a impulsar de forma activa e intensa (⇑) la prometedora carrera de su hija como poeta y dramaturga, abriéndole las puertas de las redacciones de la prensa amiga o requiriendo el apoyo y consejo de algunos escritores veteranos. Tras el éxito de Rienzi, la actividad que desarrolla en apoyo de su hija no decaerá, dedicándose con entusiasmo a tareas de promoción de la obra y a la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. Y así seguirá durante algún tiempo (⇑), por más que Rosario se haya casado en el verano de 1876 y, poco después, se haya instalado en Zaragoza. Tampoco disminuirá su actividad cinegética: si noticias tenemos de su participación en cacerías con anterioridad al mes de mayo de 1878, momento en el que se convierte oficialmente en jubilado, noticias también tenemos de algunas otras en las que participa con posterioridad a esa fecha, acompañando al duque de la Torre. 

En el mes de febrero del año ochenta y uno las páginas de la Gaceta abrirán un nuevo capítulo en su vida: el día 10 se hace público el nombramiento del gaditano José Luis Albareda como ministro de Fomento del Gobierno presidido por Práxedes Mateo Sagasta; el miércoles 16 el nuevo titular del ministerio convierte a Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros (⇑) en director general de Agricultura, Industria y Comercio; al día siguiente, el periódico oficial inserta un real decreto firmado por el señor Albareda por el cual se nombra jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros del Ministerio de Fomento a don Felipe de Acuña y Solís. Treinta y tres meses después de que le fuera concedida la jubilación en razón de su notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo, el primo del director general no solo recupera el puesto del que estaba cesante en el momento de su jubilación, sino que se convierte en director de Agricultura y, en calidad de tal, pasa a ser el secretario del Consejo Superior de Agricultura, Industria y Comercio, así como  miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas. Actos oficiales, viajes familiares, 

Fuera por el reconfortante apoyo familiar, fuera por los positivos efectos de las aguas del balneario de Panticosa que visita en estos años, lo cierto es que el cesante jubilado parece haberse recuperado de sus pasados males, a tenor de la intensa actividad que desarrolla por entonces: preside el Congreso de Agricultores y Ganaderos que se celebra en Madrid; visita Baeza en compañía del duque de la Torre para asistir a la feria local y al programa de carreras de caballos que organiza la Sociedad Hípica que preside su hermano Cristóbal; participa en los actos de inauguración de la Estación Enológica de Sagunto; en los que dan inicio a la feria ganadera que, gracias a los desvelos de su nueva vecina y a las gestiones de su padre, se celebra por primera vez en Pinto (⇑); o en los que tienen lugar en Ciudad Real con motivo de la feria vitícola. Actos oficiales, viajes familiares, alguna que otra cacería... Nada que ver con lo que se espera de una persona que ha sido jubilada por una notoria imposibilidad física.

Nada hacía pensar, ciertamente, que en el mes de enero de 1883, dos años después de su retorno al servicio activo del Estado y cuando estaba próximo a cumplir los cincuenta y cinco años de edad, una pulmonía acabara con su vida de manera fulminante. En la tarde del último domingo del mes, unos setenta carruajes precedidos por los porteros del Ministerio de Fomento, los guardas de la Moncloa y los alumnos peritos agrícolas de dicha escuela, acompañaron el coche fúnebre que trasladó sus restos mortales al cementerio de la Sacramental de San Justo. A tenor de la relación de integrantes de aquella comitiva, en la cual, además del ministro del ramo y el duque de la Torre, figuraban personalidades de apellidos bien conocidos en la vida social madrileña del momento, bien pudiera suponerse que el finado, otrora cesante y jubilado, había logrado escalar posiciones en el entramado social y situar a los suyos en una posición desahogada. Pues, no. Al menos, en lo que a la pensión de viudedad de su mujer respecta. Aunque sea tema para tratar en un nuevo comentario, bien se puede avanzar aquí que a su viuda le asignaron una pensión de mil doscientas cincuenta pesetas anuales (1250), las que le correspondían por los veinticinco años, siete meses y dieciocho días de servicios al Estado «abonables», y de nada le sirvieron los años de papeleo, ni las solicitudes que presentó ni los recursos que interpuso, para conseguir una pensión adicional del Montepío del Ministerio. La realidad administrativa insistía machaconamente en el mismo punto: su difunto marido «no pudo adquirir nuevos derechos después de la jubilación». Los casi dos años que Felipe de Acuña y Solís ocupó tan relevante papel en el Ministerio de Fomento no sirvieron para que le añadieran ni una sola peseta a la pensión que se le asignó a su viuda.




También te pueden interesar


Amazonas 215. Amazona
Años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega. Los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa...



Fragmento del cartel anunciador de la mesa redonda190. Regreso al Ateneo
El próximo cuatro de junio, ciento treinta y cinco años después, Rosario de Acuña volverá al ateneo madrileño. Ese día está programada una mesa redonda para hablar del libro Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923). Emoción y razón...



Puerta de acceso al cementerio civil de Gijón (archivo del autor)140. Más cerca de la Luz
Lo tenía bien pensado. La muerte de su amigo el científico Augusto González Linares, ocurrida unos tres años antes, y la de su madre poco después, estaban muy presentes en sus recuerdos. Conocía de primera mano las presiones...



Imagen de la Biblioteca de Autor dedicada a Rosario de Acuña91. Rosario de Acuña en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
El 28 de febrero de 2013 la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes inauguró un portal dedicado a Rosario de Acuña y Villanueva, con lo cual esta infatigable luchadora pasa...



Fotografía de Lidia Falcón publicada en la contraportada de Los hijos de los vencidos45. Carta de Lidia Falcón al diario Público
La autora agradece el contenido del artículo titulado «Memoria del Olvido» que Félix población dedicó a Rosario de Acuña. En su escrito apunta algunos datos sobre las relaciones de su familia con la librepensadora...