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26 abril

235. El retorno del cesante jubilado


El cesante. Ilustración incluida en Los españoles pintados por sí mismos (1851)

Por más que aún haya quien le siga otorgando el título de condesa (⇑), el caso es que su padre ingresa con diecinueve años de edad en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas como escribiente de la clase de terceros, con un sueldo anual de cinco mil reales. El joven Felipe de Acuña Solís había abandonado su Jaén natal cuatro años antes para realizar estudios de Leyes en Madrid, quedando al cuidado de un tío suyo, de nombre Miguel de Cuadros. Tras estudiar tres cursos en un colegio preparatorio, en 1846 obtiene el grado de bachiller en Filosofía e ingresa en la Facultad de Jurisprudencia. Parece ser que no concluyó la carrera, al menos no me consta que lo hiciera. Y no es de extrañar, pues a finales de 1847, al poco de haber iniciado los estudios, asumirá nuevos compromisos que, sin duda, vendrían a alterar su recién estrenada vida de universitario: en diciembre se casa con la joven Dolores Villanueva de Elices y, como queda escrito más arriba, algunas semanas antes había comenzado a trabajar como escribiente en el ministerio. El sueldo no es muy alto, pero el trabajo ofrece cierta seguridad y, gracias a sus contactos familiares, promete algún que otro ascenso en un futuro no muy lejano. Tres años más tarde, cuando ambos contaban con veintidós años de edad, nacerá Rosario.

Unos meses después del feliz acontecimiento, en enero de 1852, el joven padre asciende en el escalafón, pasando a ser escribiente octavo de la clase de segundos del ya denominado Ministerio de Fomento, lo que supone un aumento del veinte por ciento en su sueldo, que alcanza los seis mil reales anuales. Al año siguiente se convierte en auxiliar, categoría que desempeñará durante doce años con varios ascensos de clase y con los aumentos de remuneración pertinentes, de manera tal que en el verano 1861, el funcionario Acuña ocupa el puesto de auxiliar noveno de la clase de quintos con un salario anual de doce mil reales. 

Aunque por los datos anteriores bien podemos constatar que durante este periodo, los diez años que han transcurrido desde el nacimiento de Rosario, los ingresos que entran en casa por el sueldo ministerial han aumentado sensiblemente, quizás resulte conveniente establecer un punto de comparación que nos permita hacernos una idea más ajustada de lo que ese dinero podría suponer en aquel momento. Comparemos, pues, con otras remuneraciones conocidas, las que por entonces perciben maestros y catedráticos. Según establece el Real Decreto de septiembre de 1847 por el que se reorganiza la instrucción primaria, el sueldo mínimo de los maestros se sitúa entre los dos mil reales anuales (en los pueblos de menos de cuatrocientos vecinos) y los cinco mil (en las localidades de más de cuatro mil). Dos años antes, otro real decreto había hecho lo propio con el de los profesores de enseñanza secundaria y superior: «El sueldo de los catedráticos de instituto de la enseñanza elemental no bajará de 6 000 reales ni excederá de 10 000, según la asignatura que desempeñen y la población en que se halle el establecimiento. En Madrid podrá subir hasta 12 000 reales». Por tanto, el nivel de vida atribuible a la familia formada por Felipe de Acuña, Dolores Villanueva y su hija Rosario sería el equivalente a la de un catedrático de los institutos madrileños Cardenal Cisneros o San Isidro.  

Dibujo de la Torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886La situación mejorará en la década de los sesenta. En 1864 el padre de familia tiene un nuevo destino en el ministerio, pasando a ocuparse de los ferrocarriles, primero como inspector (1864) y más tarde como inspector jefe (1868), con un haber anual que alcanzará los 24 000 reales (que por entonces se convierten oficialmente en 6 000 pesetas). Además, todo indica que el patrimonio familiar se habría incrementado durante este tiempo con los bienes de su tío abuelo Cristóbal Solís Abellán, propietario de hectáreas de tierra y ganados en la jiennense localidad de Alcaudete, que había dejado en herencia a Felipe y a sus hermanos. De la bonanza de estos tiempos pueden dar testimonio los viajes que por entonces realizaba la familia con cierta frecuencia. A los que desde su niñez llevaban a Rosario a pasar temporadas en la campiña jiennense para mitigar sus dolencias oculares, se sumaban ahora los que realizaba a otros puntos de la geografía nacional (⇑) o del extranjero (⇑), y de los cuales nos ha dejado constancia escrita.  

Los del Sexenio serán años que llevarán cierta agitación a su hoja de servicios, como consecuencia de sus afinidades políticas. Un decreto de octubre de 1869 le concede los «honores y consideración de Jefe de Administración civil» (incluyendo el tratamiento oficial de «Ilustrísimo señor»). La disposición está firmada por Francisco Serrano, regente del Reino y uno de sus compañeros habituales en las cacerías por las serranías de Jaén (⇑). Durante la regencia del duque de la Torre, además de esta distinción honorífica, Felipe de Acuña se convierte en delegado del Gobierno en la Compañía de los Ferrocarriles de Zaragoza a Pamplona y Barcelona (ZPB). Tras el ascenso, llegará la primera de las cesantías en el mes de junio del setenta y dos, situación que mantendrá hasta que Serrano se convierte, tras el golpe de Estado de Pavía, en presidente del Poder Ejecutivo de la República. Tan solo uno días después de este suceso, Felipe de Acuña recupera su puesto de jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros. No tardando, en el verano de ese mismo año, es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura y, en calidad de tal, vocal de la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia. Si su amistad con Serrano y Sagasta (a quien públicamente ofreció «sus sentimientos de leal adhesión, cariño y respeto») parecen ser la razón de tales nombramientos, su afinidad con el Partido Constitucional que aquellos lideran debió ser la razón por la cual, a los pocos días de que Antonio Cánovas tuviera el control de la Gaceta de Madrid, en las páginas del periódico oficial aparece una resolución del Ministerio-Regencia del Reino fechada el cinco de enero de 1875 por la que se le declara cesante. En esta situación permanecerá hasta que tres años después las autoridades ministeriales tienen a bien concederle la jubilación que había solicitado. 

A pesar de que el real decreto sustente la aprobación del expediente promovido por Felipe de Acuña en su «notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado», ninguna referencia de las que dispongo me da pie para suponer que esa imposibilidad (notoria) hubiera obligado al padre de nuestra protagonista a reducir de forma significativa su actividad, ni en los años anteriores, cuando figuraba en la lista de los cesantes, ni ahora que, con cuarenta y nueve años de edad, pasa a integrar la de los jubilados. Antes al contrario. Quizás sea la década de los setenta uno de los periodos más fecundos de su biografía. No conviene olvidar que en este tiempo, además de las labores profesionales anteriormente mencionadas (inspector de ferrocarriles, delegado del Gobierno, Consejo Superior de Agricultura...), se dedica a impulsar de forma activa e intensa (⇑) la prometedora carrera de su hija como poeta y dramaturga, abriéndole las puertas de las redacciones de la prensa amiga o requiriendo el apoyo y consejo de algunos escritores veteranos. Tras el éxito de Rienzi, la actividad que desarrolla en apoyo de su hija no decaerá, dedicándose con entusiasmo a tareas de promoción de la obra y a la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. Y así seguirá durante algún tiempo (⇑), por más que Rosario se haya casado en el verano de 1876 y, poco después, se haya instalado en Zaragoza. Tampoco disminuirá su actividad cinegética: si noticias tenemos de su participación en cacerías con anterioridad al mes de mayo de 1878, momento en el que se convierte oficialmente en jubilado, noticias también tenemos de algunas otras en las que participa con posterioridad a esa fecha, acompañando al duque de la Torre. 

En el mes de febrero del año ochenta y uno las páginas de la Gaceta abrirán un nuevo capítulo en su vida: el día 10 se hace público el nombramiento del gaditano José Luis Albareda como ministro de Fomento del Gobierno presidido por Práxedes Mateo Sagasta; el miércoles 16 el nuevo titular del ministerio convierte a Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros (⇑) en director general de Agricultura, Industria y Comercio; al día siguiente, el periódico oficial inserta un real decreto firmado por el señor Albareda por el cual se nombra jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros del Ministerio de Fomento a don Felipe de Acuña y Solís. Treinta y tres meses después de que le fuera concedida la jubilación en razón de su notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo, el primo del director general no solo recupera el puesto del que estaba cesante en el momento de su jubilación, sino que se convierte en director de Agricultura y, en calidad de tal, pasa a ser el secretario del Consejo Superior de Agricultura, Industria y Comercio, así como  miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas. Actos oficiales, viajes familiares, 

Fuera por el reconfortante apoyo familiar, fuera por los positivos efectos de las aguas del balneario de Panticosa que visita en estos años, lo cierto es que el cesante jubilado parece haberse recuperado de sus pasados males, a tenor de la intensa actividad que desarrolla por entonces: preside el Congreso de Agricultores y Ganaderos que se celebra en Madrid; visita Baeza en compañía del duque de la Torre para asistir a la feria local y al programa de carreras de caballos que organiza la Sociedad Hípica que preside su hermano Cristóbal; participa en los actos de inauguración de la Estación Enológica de Sagunto; en los que dan inicio a la feria ganadera que, gracias a los desvelos de su nueva vecina y a las gestiones de su padre, se celebra por primera vez en Pinto (⇑); o en los que tienen lugar en Ciudad Real con motivo de la feria vitícola. Actos oficiales, viajes familiares, alguna que otra cacería... Nada que ver con lo que se espera de una persona que ha sido jubilada por una notoria imposibilidad física.

Nada hacía pensar, ciertamente, que en el mes de enero de 1883, dos años después de su retorno al servicio activo del Estado y cuando estaba próximo a cumplir los cincuenta y cinco años de edad, una pulmonía acabara con su vida de manera fulminante. En la tarde del último domingo del mes, unos setenta carruajes precedidos por los porteros del Ministerio de Fomento, los guardas de la Moncloa y los alumnos peritos agrícolas de dicha escuela, acompañaron el coche fúnebre que trasladó sus restos mortales al cementerio de la Sacramental de San Justo. A tenor de la relación de integrantes de aquella comitiva, en la cual, además del ministro del ramo y el duque de la Torre, figuraban personalidades de apellidos bien conocidos en la vida social madrileña del momento, bien pudiera suponerse que el finado, otrora cesante y jubilado, había logrado escalar posiciones en el entramado social y situar a los suyos en una posición desahogada. Pues, no. Al menos, en lo que a la pensión de viudedad de su mujer respecta. Aunque sea tema para tratar en un nuevo comentario, bien se puede avanzar aquí que a su viuda le asignaron una pensión de mil doscientas cincuenta pesetas anuales (1250), las que le correspondían por los veinticinco años, siete meses y dieciocho días de servicios al Estado «abonables», y de nada le sirvieron los años de papeleo, ni las solicitudes que presentó ni los recursos que interpuso, para conseguir una pensión adicional del Montepío del Ministerio. La realidad administrativa insistía machaconamente en el mismo punto: su difunto marido «no pudo adquirir nuevos derechos después de la jubilación». Los casi dos años que Felipe de Acuña y Solís ocupó tan relevante papel en el Ministerio de Fomento no sirvieron para que le añadieran ni una sola peseta a la pensión que se le asignó a su viuda.




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13 mayo

188. De Pinto, mi reina


Grabado de Ana de Mendoza, princesa de Éboli, publicado en los primeros años del siglo XX
Hubo un tiempo en el cual Rosario de Acuña fue nacida en Pinto, compartiendo con Bezana, Galicia o Cuba su errática cuna. A pesar de no ser pinteña, como fehacientemente sabemos (⇑) desde hace unos años, esta villa de la provincia de Madrid tuvo un destacado protagonismo en su biografía, pues en una finca campestre situada a las afueras de la localidad vivió una etapa trascendental.

Le puso por nombre Villa Nueva y allí comenzó una nueva fase en su vida, tras la no muy satisfactoria etapa zaragozana (⇑). Alejada de las aglomeraciones ciudadanas, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o voltadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, imprescindibles compañeros en sus habituales expediciones por los caminos patrios (⇑); frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Gracias a las gestiones que realizó su padre en el ministerio de Fomento (⇑), consiguió Pinto la ansiada feria de ganados que llevaba ya un tiempo intentando conseguir, lo cual debió de favorecer la consideración y el aprecio de la población hacia los nuevos vecinos. En Villa-Nueva su vida parece haber cambiado para mejor y en ello debe tener mucho que ver el nuevo escenario en el que viven. Pinto era el lugar ideal para los propósitos de Rosario: estaba poco poblado (por esas fechas apenas tendría unos 1 800 habitantes) y, sin embargo, no se encontraba muy alejado de sus padres, pues la línea de ferrocarril que unía la capital con Aranjuez tenía estación en el pueblo, en las proximidades de su villa campestre.

Entusiasmada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, emocionada con la recuperación de las sensaciones rurales, restablecido su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida, en fin, de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y, por ende, para la sociedad, la nueva vida que ha emprendido en Pinto parece satisfacerla plenamente. No obstante, aquella aventura vital, aquella nueva y esperanzadora etapa, va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. En el mes de enero de 1883 fallece su padre, joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. La muerte «vino a recoger de mi lado el más querido, el más idolatrado de cuantos seres me rodeaban», se lamentaba a los pocos meses su desconsolada hija, quien ha dejado escritas numerosas muestras del cariño y admiración que sentía por su progenitor.

La muerte del padre parece precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio. En el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia y Auset en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola, revista del ministerio de Fomento en la cual había encontrado trabajo por mediación de Pedro Manuel de Acuña, un pariente muy cercano (⇑). Cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Desde entonces sus vidas discurrirán por alejadas trayectorias. Huérfana de padre y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. A finales del siguiente año hace pública su adhesión a la causa del librepensamiento (⇑), su intención de convertirse en tenaz luchadora en defensa de la libertad de pensamiento, de la libertad de conciencia. En febrero de 1886 se desplaza de Pinto a Alicante para ingresar en la logia masónica Constante Alona.

A pesar de que en Pinto ansiaba llevar una vida retirada, manteniéndose a cierta distancia de sus nuevos convecinos, sin involucrarse en la cotidianidad colectiva, el jueves dos de julio de 1885 se echa a las calles para pedir dinero en ayudar de las víctimas del cólera (⇑): «...adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento; y buscando en mi memoria los nombres de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea...»

Aquel pueblo que sabía conmoverse no la ha olvidado. En 1988, la Asociación de Mujeres de Pinto, que contaba por entonces con varios centenares de socias, decide incluir el nombre de quien fuera ilustre vecina de la ciudad para pasar a denominarse Asociación de Mujeres Rosario de Acuña. Por esas mismas fechas, el pleno del Ayuntamiento aprueba por unanimidad dar el nombre de la librepensadora a una de sus calles. Años después, fue la comunidad vecinal la que decidió, tras el proceso de votación abierto con este motivo, que el suyo fuera el nombre elegido: Centro Municipal Rosario de Acuña (⇑).

Imagen de la portada del libro De Pinto, mi reina
Tampoco la ha olivado Mario Coronas Arquero, autor del libro De Pinto, mi reina, que se ha presentado hace tan solo unas semanas. La obra realiza un recorrido por la historia de la localidad a través de doce reseñas biográficas de algunos de sus más ilustres vecinos. También de algunas de sus más ilustres vecinas, entre las que se encuentra Rosario de Acuña, quien, según su parecer, es «una mujer que te atrapa. Cuanto más profundizas en su vida y en su obra, más la admiras. Tuvo una vida apasionante en todos los campos. Renunció a una vida cómoda por defender sus principios. Fue una mujer transgresora en su tiempo, una de las primeras feministas, defendiendo la emancipación de la mujer. En Pinto su estancia no pasó desapercibida y todo lo que hizo aquí está plasmado en uno de los capítulos». Soy conocedor del interés de Mario Coronas por Rosario de Acuña desde hace ya unos cuantos años. En 2010 le propuse publicar un este mismo blog un escrito acerca de sus investigaciones sobre la posible ubicación de la que fuera su casa en Pinto. El resultado fue el comentario 52. «En busca de la casa de Rosario de Acuña» (⇑). Varios años después compruebo que, al igual que les ha sucedido a  otras personas que han profundizado en la vida de nuestra protagonista, él también ha quedado cautivado por el testimonio vital de esta mujer ejemplar.




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10 agosto

175. La sobrina descarriada


A pesar de haber nacido en pleno centro (⇑) del Madrid isabelino (en las cercanías de la Puerta del Sol y de la que más tarde será la Gran Vía madrileña), las tierras jiennenses formarán parte de su infancia y juventud, pues allí, en los salutíferos aires de sus serranías, encontraban temporal remedio sus dañados ojos. Cuando ni los grandes oculistas del momento, ni los remedios farmacológicos por ellos recetados conseguían mitigar los dolores, llegaba la sabia prescripción de su abuelo paterno: «¡Venga esa niña al campo!» Y al campo se iba la niña acompañada, las más de las veces, de su joven padre: «…en el tren andaluz hacia las posesiones de mi abuelo en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena».

Dibujo de Antonio de Acuña Solís publicado en 1882Aunque tanto su padre como sus tíos habían nacido en Arjonilla, localidad de poco más de dos mil habitantes de la que su abuelo había sido alcalde primero, es muy probable que las correrías infantiles de Rosario tuvieran por escenario Andújar, la cabecera comarcal, pues como vecino del lugar figura el abuelo Felipe de Acuña Cuadros en un documento del año cincuenta y tres. Quizás el prematuro fallecimiento de su mujer, ocurrido nueve años antes, fuera una de las causas que motivaron su traslado. Lo cierto es que, en la mitad de la década de los cincuenta, cuando nuestra protagonista contaba con cinco años de edad, la muerte había mermado sensiblemente el número de familiares que poblaban aquella casa solar. A la ausencia de la abuela,  fallecida en 1844, se habría de sumar la de Pedro Antonio, el hijo mayor, y la de Petra, la única hija del matrimonio, que murió en el verano del cincuenta y cinco mediada la tercera década de su vida. Así pues, Felipe, Cristóbal y Antonio eran los tres hermanos que sobrevivían y los tres se mantuvieron muy unidos a lo largo del tiempo. Formaban una sociedad muy bien avenida, en la cual habría que incluir también al primo Pedro Manuel ⇑, (en realidad, como hijo de un primo carnal, era sobrino segundo), de una edad pareja a la suya y con quien compartían aficiones, inquietudes políticas y proyectos empresariales.

«¡Venga esa niña al campo!» Y a la Campiña de Jaén se iba encantada Rosario, pues allí, en los saludables escenarios de la sierra de Andújar, encontraban sus doloridos ojos la pócima reparadora; allí encontraba el cariño de su abuelo Felipe, de su tío abuelo Antonio María y de sus numerosos hijos,  de su primo Pedro Manuel y de sus tíos Cristóbal y Antonio. La esperaban con los brazos abiertos, en Andújar  y en Baeza, localidad muy ligada a su familia desde que a finales del siglo XV allí se asentara  la rama de los Acuña de la cual descienden, y a la que trasladaron tanto Antonio como Cristóbal su residencia y donde el abuelo morirá en el mes de septiembre de 1873. Baezanos eran también los hermanos Benavides, Antonio y Francisco de Paula, que como tíos eran tratados aunque realmente lo fueran de la mujer de su tío Cristóbal.

El viaje desde Madrid resultaba toda una aventura. Después de varias horas a bordo del tren correo de Andalucía (Aranjuez, Tembleque, Villacañas, Alcázar de San Juan, Manzanares, Valdepeñas...),  debía de apearse en una estación de nombre engañoso, pues aunque había sido titulada como Baeza para diferenciarla de otra que también se localizaba en las proximidades de Linares, se encontraba a casi veinte kilómetros de su destino. Para recorrerlos era preciso tomar un coche de caballos que durante años realizaba el trayecto en dos etapas, pues hasta que no se construyó el puente sobre el río Guadalimar resultaba obligado cruzar a la otra orilla en una pequeña barcaza.

Fotografía de la fachada del Ayuntamiento de Baeza publicada en 1920

Llegada, al fin, a su destino, en la casa solar encontraba el afectuoso recibimiento y el cariño de una red familiar que cada poco se incrementaba con nuevos vástagos. El nacimiento en 1856 de Felipe de Acuña Robles, el primer hijo de su tío Antonio, puso fin a su condición de nieta única y dio inicio a una larga lista de primos, hijos de sus dos tíos carnales: Rosario, Antonio, Francisco, María Teresa, Joaquín, Rafaela, Ana María, Petra, Ramón, María del Carmen y Teresa. Aunque no con todos pudo mantener la misma relación, pues entre el primero y la última había veintisiete años de diferencia, lo cierto es que todos ellos formaban parte de su largo elenco familiar, que aún podría ampliarse a Bernardo José, María Florencia, Juan Bautista, María Josefa, María de los Dolores y José María de Acuña y Jiménez de Soto, los siete hijos de su tío abuelo Antonio María de Acuña Quadros que ella pudo conocer (hubo otros dos que fallecieron antes de su nacimiento); y también a Rosario, Josefa y Francisca de Acuña y Espinosa de los Monteros, hermanas de su primo Pedro Manuel (⇑), y a sus descendientes. Una hija de la última de ellas, de nombre Petra de Solís y Acuña, figura en su testamento (⇑) escrito por su mano unos cuantos años después. A ella le dejará todas sus ropas de su uso particular «para que las use en memoria del cariño que nos unió desde la más tierna infancia». No será esta la única mención a sus primas que figure en sus escritos. Ya en Ecos del alma, su primer poemario, encontramos la poesía titulada A mi prima R. de A. y R. (⇑) , dedicado probablemente a Rafaela de Acuña y Robles (hija de Antonio de Acuña y Solís y de María de los Dolores Robles López), quien en la fecha en la cual fue escrito el poema contaba con cinco años de edad, pues había nacido en Baeza el 24 de diciembre de 1868.

Aquel entramado familiar no solo nutría con afectos a sus miembros, constituía también un eficaz instrumento de promoción social para la familia. El tío Antonio Benavides, que había sido ministro en diferentes gobiernos a lo largo del reinado de Isabel II,  fue nombrado embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede en el mes de enero de 1875. Su hermano, Francisco de Paula, es por entonces senador y obispo de Sigüenza. El primo Pedro Manuel, que en los primeros años setenta era diputado por la circunscripción de Baeza, había sido gobernador civil en Jaén, Toledo y Sevilla; el tío Antonio lo fue de Albacete y Castellón; y el tío Cristóbal era alcalde de Baeza en el año 1874, cargo que ya había ocupado su hermano desde el año sesenta y nueve.

Como queda dicho, Rosario disfrutaba en el terruño paterno no solo de los saludables efectos que los paisajes serranos proporcionaban a sus delicados ojos, sino también de los beneficios que sus relaciones familiares le brindaban. De unos y de otros tenemos alguna constancia escrita. La más relevante se produce en 1875. En la primavera de aquel año pasa una larga temporada en Andalucía: en Córdoba, tierra de su abuela paterna,  escribe «La vuelta de una golondrina» (⇑); en Baeza, «A una flor» ( ⇑); en Navalahiguera «Correspondencia de Andalucía» ( ⇑); y en Solana del Tamaral, ya en la vertiente manchega de la serranía,  «Las tres ilusiones» (⇑) y «Los dos ángeles» (⇑). La novedad de aquel año es consecuencia del reciente nombramiento de su tío Antonio Benavides como embajador ante la Santa Sede al que he me he referido más arriba. Apenas unos pocos meses después, Rosario viaja a Roma y se instala en la residencia oficial del embajador. No desaprovecha la ocasión: es recibida por el papa Pío IX, viaja por Italia y escribe Ante el sepulcro de Rafael (⇑), Al niño Manuel Baldasano y Godinez (⇑), Una ramilletera en Venecia (⇑)...

De la buena sintonía existente en el grupo formado por los tres hermanos (Felipe, Antonio y Cristóbal) y su primo Pedro Manuel son buena prueba tanto las actividades económicas conjuntas como las afinidades políticas. Sirva como ejemplo de las primeras El Fomento Minero, una sociedad constituida a finales de 1877 para la explotación de la mina de plomo Alcolea, sita en Linares. En cuanto a la política, los cuatro se encuadran en el ámbito liberal, en las cercanías del general Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre desde que Isabel II así lo decidiese a principios de los sesenta.

Aunque gaditano de nacimiento, el general Serrano mantenía estrechos vínculos en la provincia de Jaén, con propiedades rústicas y urbanas en Andújar y Arjonilla. Luego estaba el Coto del Socor, una finca de más de tres mil hectáreas «situada en el corazón de Sierra Morena», a unos veinte kilómetros de Andújar, que era su lugar de descanso preferido y escenario de afamadas monterías a las cuales, además de  destacados empresarios, solían acudir diputados, senadores y altos cargos de la administración del Estado, afines al duque. Los Acuña al completo, los tres hermanos y su primo, no solo eran asiduos participantes de las cacerías que se organizaban en el Socor, sino que alguno de ellos,  también era acompañante habitual de Serrano en otras que tenían lugar en diversos lugares de España.

Para aquellos que conocieran el vínculo que mantenían desde tiempo atrás con el duque de la Torre no debió de resultarles sorprendente que, tras la llegada al poder de los liberales de Sagasta en 1881, los Acuña recuperaran el protagonismo político que habían perdido durante los gobiernos conservadores de Cánovas. Antes de que terminara el año, Antonio volvió a ser nombrado gobernador; entonces lo fue de Sevilla y al año siguiente, de Granada. Menos tiempo tuvo que esperar Pedro Manuel: la Gaceta de Madrid del 16 de febrero publica su nombramiento como nuevo director general de Agricultura, Industria y Comercio. Quizás no fuera casualidad que el ministro de Fomento que firma el decreto fuera José Luis Albareda, otro de los participantes en las monterías del duque. Menos aún –claro está– que unos días después su primo Cristóbal fuera nombrado comisario de Agricultura, Industria y Comercio de la provincia de Jaén; tampoco que Felipe, jubilado por enfermedad tres años antes, retornara al ministerio de Fomento como oficial para convertirse en la mano derecha de su primo, acompañándolo a inauguraciones y otros actos oficiales, ocupando un puesto en la Junta Central de Exposiciones Agrícolas o ejerciendo como secretario del Consejo Superior de Agricultura (privilegiada posición que utilizó para echarle una mano al Ayuntamiento de Pinto y, con ello, mejorar las relaciones de su hija con sus nuevos vecinos ⇑). Estos nombramientos son un claro ejemplo de nepotismo que aún tendrá nuevos beneficiarios, pues, tal y como quedó de manifiesto en un comentario anterior (⇑), Rafael de Laiglesia, el marido de Rosario, va a ser nombrado visitador de Agricultura, con un suculento sueldo que será incrementado con el que recibirá como miembro del equipo responsable de la Gaceta Agrícola, revista editada por el ministerio de Fomento.

Aunque no desconocieran que, como consecuencia de la alternancia de partidos que se había iniciado entonces con la llegada al poder de los liberales de Sagasta, aquella privilegiada situación no podría mantenerse durante mucho tiempo, parece evidente que aquel era un buen año para los Acuña y no desperdiciaron la ocasión de dejarlo bien patente durante la inauguración del hipódromo de Baeza, que tuvo lugar durante las ferias de mayo de ese venturoso año de 1881. Cristóbal de Acuña, el flamante comisario de Agricultura de la provincia, era también –además de alcalde de la localidad– presidente de la Sociedad Hípica de Baeza y no desaprovechó la ocasión que aquel evento le brindaba. Sus caballos compitieron en las carreras inaugurales y entre sus invitados se encontraba el mismísimo general Serrano que había viajado desde Madrid con tal motivo, en compañía de Pedro Manuel y de Felipe.

No duró mucho aquel estado de gracia que parecía acompañar al grupo formado por los tres hermanos y su primo. La causa del fin no fue la acordada alternancia de poder entre conservadores y liberales, sino la repentina muerte de Felipe de Acuña,  ocurrida el 27 de enero de 1883. Nada fue igual desde entonces. Mucho menos para Rosario, su única hija, la mayor de las sobrinas de Antonio y de Cristóbal de Acuña Solís.

El primero en darse cuenta de que las cosas no iban como acostumbraban debió de ser Pedro Manuel al enterarse que Rafael de Laiglesia abandona las rentables ocupaciones que le había proporcionado: cesa en su trabajo como visitador de Agricultura, Industria y Comercio al tiempo que abandona sus funciones como responsable de Gaceta Agrícola. La confirmación de la ruptura de su matrimonio (⇑) con Rosario no tardará en llegar, pues a finales de mayo ya se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España. Su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. Luego vino lo de su carta en Las Dominicales del Libre Pensamiento en la cual anunciaba su firme propósito de convertirse en una combativa librepensandora, en una tenaz luchadora en defensa de la libertad de conciencia frente a las fuerzas clericales. Apenas dos años más tarde se conocía su ingreso en la masonería...

Juan de Acuña Jiménez (Archivo de Jose María de Acuña Torres)
Las noticias no tardarían en llegar a sus tíos; tampoco a cuantos la conocían en Baeza (que contaba por entonces con unos trece mil habitantes) y en Andújar (lugar de residencia del primo Pedro Manuel y de sus otros primos, los nietos de su tío abuelo Antonio María), pues aun en el caso de que en estas poblaciones no se distribuyera el semanario librepensador, ya se encargaba la autodenominada «buena prensa» de dar cumplida cuenta de las impiedades publicadas en la «prensa del demonio» y de quién eran sus colaboradores. No tardaría en ser público y notorio que la única hija de Felipe de Acuña Solís; la sobrina de don Antonio, el gobernador; de don Cristóbal, el alcalde de Baeza, el presidente de la Sociedad Hípica, el comisario provincial de Agricultura; la sobrina segunda de don Juan de Acuña Jiménez, el alcalde de Andújar; la prima segunda de don Pedro Manuel, el diputado, el director general de Agricultura, Industria y Comercio; la sobrina de su eminencia Francisco de Paula, cardenal y arzobispo de Zaragoza; se había separado de la senda, del carril por el cual había transcurrido su vida hasta entonces, en compañía de sus ilustres familiares: caminaba descarriada, alejada del amparo familiar.

La vida para los Acuña continuó por derroteros similares a los que habían seguido hasta entonces. Pedro Manuel, que volvió a ser diputado por diversas circunscripciones de la provincia de Jaén, parece que también retoma su antigua afición por el teatro en verso, por las loas de asunto religioso. Si en 1867 había participado en la representación de la obra La institución del Rosario, de José Martín y Santiago, compartiendo escenario con su hermana Rosario y con su cuñado Enrique Lassús (véase el comentario 123. La otra Rosario de Acuña ⇑), en 1885 se convierte en autor (aunque algunos afirman que está escrita por su hija Camila) de la que lleva por título Loa de la Aparición de Nuestra Señora de La Cabeza. Antonio –gobernador de nuevo en los años noventa– y Cristóbal siguieron combinando política y negocios, dejando su impronta en la trama urbana de Baeza. El primero compra los restos de la iglesia del convento de San Francisco, demuele las partes dañadas y construye El Liceo, un teatro con capacidad para mil quinientos espectadores que acogerá las primeras proyecciones cinematográficas en el verano de 1906. También obtiene la concesión para la construcción de un mercado de abastos en las inmediaciones del teatro, para la cual utilizará parte de los materiales del convento derruido. Por último, la plaza de toros, que fue inaugurada en 1892. Hay quien dice su construcción  «fue sufragada por Cristóbal de Acuña»; en otros lugares se afirma que la obra se realizó también por iniciativa de Antonio.

Bipartidismo monárquico, loas a la virgen, cinematógrafo («¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve»), toros... Sí, está claro que Rosario se ha salido completamente del carril por el que transitan sus tíos. Se ha convertido en la sobrina descarriada.

____________

Nota.  Una vez terminado el borrador de este comentario quise contrastar su contenido con José María de Acuña Torres quien, además de nieto de Juan de Acuña Jiménez (el primo de Felipe de Acuña y alcalde de Andújar que se menciona en el texto), es autor de una exhaustiva Historia genealógica y heráldica de la Casa de Acuña que complementa los trabajos sobre los Acuña de Baeza que Fernández de Bethencourt concluye en los inicios del siglo XX. Quiero dejar aquí constancia de mi agradecimiento pues, como era previsible, sus indicaciones y sugerencias me ayudaron a perfilar con mayor detalle el entramado familiar que Rosario se encontraba cuando visitaba Jaén. Gracias a José María conocemos a otros tíos, tíos segundos por ser hijos de su tío abuelo Antonio María de Acuña Quadros. Suya es también la fotografía de Juan de Acuña y Jiménez que ilustra el texto.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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10 septiembre

128. El primo Pedro Manuel


Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros (Don Lope de Sosa, Jaén, 1/2/1918)
Felipe de Acuña y Solís tenía un primo que contó con cierto protagonismo en su vida y también en la de su hija Rosario: se llamaba Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros. Bueno, en realidad don Felipe no era primo suyo, sino de su padre Pedro Antonio, pero por cuestiones de edad fue con el hijo con quien mantuvo una relación más estrecha.

Había nacido Pedro Manuel seis años más tarde que Felipe de Acuña. Los dos lo habían hecho en la provincia de Jaén; el uno en Andújar, el otro en Arjonilla. Ambos iniciaron la carrera de Leyes, por más que fuera bien diferente la suerte que corrió cada cual: Felipe los abandonó antes de concluir,  integrándose como escribiente en la plantilla del ministerio de Fomento después de haber contraído matrimonio; Pedro Manuel, en cambio, los finalizó con éxito, lo cual debió de facilitarle su carrera política: gobernador civil de Jaén (1868), Toledo (1869), Sevilla (1871); diputado por Baeza (1871, 1872, 1881-84), Martos (1884-86), La Carolina (1896-98); director general de Beneficencia, Sanidad y Establecimientos penales (1874).

No obstante, será su nombramiento como director general de Agricultura, Industria y Comercio el que tendrá mayor trascendencia en la vida de don Felipe y de su hija Rosario. Y es que con la llegada al poder de Sagasta el sistema bipartidista ideado por Cánovas empieza a consolidarse: la alternancia de victorias electorales lleva aparejada una profunda renovación de los ministerios, cuyos puestos son ocupados por algunos de los miembros de las familias influyentes de cada turno. Tras la publicación del nombramiento en la Gaceta de Madrid del 16 de febrero del año 1881, Pedro Manuel, convertido en un alto cargo del nuevo gobierno, no tarda en situar a los suyos en el Ministerio de Fomento: apenas unos días después de tomar posesión de su cargo, Cristóbal de Acuña y Solís es nombrado comisario de Agricultura en la provincia de Jaén. No esperó tanto con Felipe, hermano del anterior, quien  es reincorporado a su puesto de jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros en el ministerio. La decisión resulta un tanto sorprendente pues, por más que en la Gaceta de Madrid se dice que se encontraba cesante de este puesto, la situación administrativa de don Felipe era la de jubilado, tal y como señala el Real Decreto publicado el mismo diario oficial el 18 de mayo de 1878, en virtud del cual se le concede la jubilación que solicita «siendo notoria su imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado, y reuniendo los años de servicio que las disposiciones vigentes exigen». En fin, cosas de familia y, es de suponer, del turno de partidos que por entonces se estaba poniendo en práctica.

Lo cierto es que aquella reincorporación debió de resultar muy estimulante para don Felipe de Acuña que ahora recobraba cierto protagonismo social, tras haber pasado por la cesantía a los cuarenta y seis años y  por la jubilación a los cincuenta. Y lo debió de ser no tanto por haber recuperado su puesto en el ministerio, sino porque, en la práctica, se convirtió en el hombre de confianza del director general, participando junto a su primo en ceremonias y banquetes, al tiempo que hacía valer su influencia a la hora de conceder alguna petición (véase el comentario 19. El agradecimiento del pueblo de Pinto a Felipe de Acuña y Solís ⇑).

Portada de la revista Gaceta Agrícola editada por el ministerio de Fomento
Para Rosario de Acuña no fue esta la única alegría que le supuso la llegada del primo Pedro Manuel a la Dirección de Agricultura. Apaciguados los ánimos de aquel venturoso 1876, el del éxito de Rienzi y su boda con Rafael, vivía ahora un momento de transición. Las dudas habían terminado por nublar su entusiasmo inicial y ansiaba dar un cambio radical a su vida. Regresaron a Madrid, tras los más de tres años pasados en Zaragoza,  y su marido busca una alternativa laboral a su carrera militar. El primo Pedro tiene la solución. Todo se precipita. El primer día de marzo de 1881 Rafael de Laiglesia  es nombrado visitador de Agricultura, Industria y Comercio, con un sueldo anual de 9000 pesetas; unos días después la administración militar le concede el pase a la situación de supernumerario  por el término de tres años «a fin de dedicarse a asuntos de familia»; y por esas fechas Rafael y Rosario se instalan en una quinta campestre situada a las afueras de Pinto. Recibe el nombre de Villa Nueva y el matrimonio parece iniciar allí una nueva vida.

Gracias a la posición que por entonces ocupa Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros, Rafael de Laiglesia ha visto incrementarse notablemente sus ingresos, pues al sueldo que recibe como visitador hay que añadir otras 3000 pesetas más que percibe como miembro del equipo responsable de la Gaceta Agrícola, revista editada por el Ministerio de Fomento.  De las 2250 pesetas anuales que percibía en el Ejército ha pasado a 12000, lo cual constituye un notable impulso a esa nueva etapa que el matrimonio está iniciando en Pinto. Además,  Rosario de Acuña tiene a su disposición las páginas de la revista para divulgar las bondades de la vida en el campo y allí publicará El lujo en los pueblos rurales (⇑) y La educación agrícola de la mujer (⇑).




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22 agosto

19. El agradecimiento del pueblo de Pinto a Felipe de Acuña y Solís


En febrero de 1881 es nombrado director general de Agricultura Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros, primo de Felipe de Acuña y Solís (bueno, primo segundo, pues de quien era primo carnal era de su padre, Luis de Acuña Valenzuela). El tal Pedro Manuel había accedido al citado cargo tras haber sido gobernador en Jaén (1868), Toledo (1869) y Sevilla (1871), así como diputado a Cortes por el distrito de Baeza (1871 y 1872). Desde la muerte de su padre en 1861, era Señor de la Torre de Valenzuela y jefe de la Casa de Acuña en Baeza (véase el comentario 128. El primo Pedro Manuel ⇑)

La llegada de Pedro Manuel a la Dirección General de Agricultura, Industria y Comercio va a propiciar la vuelta de Felipe de Acuña al ministerio de Fomento, tras haber sido jubilado tres años antes en el puesto de jefe de administración que desempeñaba en ese ministerio, dada su «imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado» (cosas del turno de partidos, supongo; las mismas que lo llevaron a la situación de cesante en enero de 1875, cuando Cánovas se hizo con el poder). Sea como fuere, el caso es que la familia de Rosario de Acuña se va a ver bien favorecida con el nombramiento de su primo para tan alto puesto, pues tanto su padre, como su marido obtendrán nombramientos para puestos de responsabilidad. Así, mientras Felipe de Acuña se convierte en jefe del Negociado de Agricultura, Rafael de Laiglesia, con quien todavía convive la escritora, es nombrado visitador de Agricultura, Industria y Comercio (con un sueldo de 9000 pesetas anuales), al tiempo que se integra en la plantilla de la Gaceta Agrícola dependiente del Ministerio, (lo cual le aporta otras tres mil pesetas más). No está nada mal.

Así las cosas, el nombramiento de don Felipe de Acuña resultó providencial para la villa de Pinto que, al fin, pudo conseguir la ansiada feria de ganados que tenía solicitada. Veamos lo que al respecto nos cuenta su hija:

Poseía yo una finca campestre en Pinto, pueblecito de los alrededores de Madrid, famoso entre los cortesanos por la brutalidad de sus habitantes.


Había construido mi casa en una de las esquinas de la posesión, cercada de altas tapias, de modo que una fachada de ventanas (mi escritorio, alcoba y gabinete) daba a un camino vecinal; así que se concluyó la casa empezaron a romper a pedradas los cristales de la fachada exterior; y pasó un año rompiéndose cristales y poniéndose cristales.

Tenía entonces de fidelísima servidumbre, pues mi fortuna me permitía pagarlos espléndidamente, a un matrimonio y una hija (por cierto que como buenos manchegos, así que me quedé arruinada se apresuraron a marcharse de mi casa, la hija de ama de cura, los padres a comerse veinte o treinta mil reales que habían ahorrado en siete años que me sirvieron) En aquella época eran aún fieles servidores, y la hostilidad de los pinteños hacia los cristales de mi casa los tenía fuera de tino, hasta el punto de que, en más de una ocasión, hube de contenerlos para que no hicieran una barbaridad. Yo ínterin pensaba cómo arreglaría el asunto. Me enteré de que el Ayuntamiento tenía solicitado de la Dirección de Agricultura y con gran empeño, una feria de ganados con premios, etc.; cosa que, por más que hacían, no podían conseguir; me puse en campaña; eché mano de amistades, de influencias, de trabajo intelectual, de todo cuanto estuvo a mi alcance, y con la ayuda de mi inolvidable padre, providencia bendita de mi vida, la feria y los premios por valor de tres mil pesetas les fue otorgada. La concesión la envié por mi conducto al Ayuntamiento y al día siguiente de mandarla llamé al alcalde y enseñándole mi fiel compañera, una escopeta belga de caza, le dije:

–Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.

Enseguida monté una guardia permanente entre mis criados y yo en la ventana del desván que dominaba el campo; de día se respetaron ya los cristales, pero una noche estando estudiando casi una piedra ¡zas! una piedra se mete hasta la mesa escritorio; no se que fue antes, si el ruido del cristal roto o el ruido de dos tiros que mi criado Gabriel disparó al apedreador; cargada la escopeta con mostacilla, toda la carga la aprovechó el mozo; pero como quiera que el vecindario estaba ya en autos de lo sucedido, y aquel salvaje suelto se iba a encontrar solo ante la indignación de sus congéneres, se tragó el tiro, se curó en su casa y en silencio los rasguñotes de la mostacilla y mis cristales permanecieron incólumes durante nueve años que habité en mi finca...

En efecto, gracias a las gestiones de la nueva vecina y la situación privilegiada de su padre, Pinto inaugura durante las fiestas patronales del siguiente año su ansiada exposición de ganados, lo cual constituye todo un acontecimiento según nos cuentan los periódicos de la capital:

La corporación municipal, para dar mayor solemnidad al acto –primero de su clase que se registra en nuestra numerosa población rural– se dirigió tímidamente al director de Agricultura invitándole para que inaugurara el certamen; y el señor Acuña, teniendo en tanto el interés de las pequeñas localidades, como el de los grandes centros productores, no vaciló un instante en aceptar la invitación, se trasladó ayer mañana al mencionado pueblo, acompañado del jefe de negociado de Agricultura, D. Felipe Acuña, del señor D. Pablo Luque y de otras varias personas.

La hija de este último, la inspirada autora de Rienzi posee en el término de Pinto y casi enfrente de otra que es propiedad de Pérez Escrich una quinta, que así en su construcción como en su mobiliario y en sus más insignificantes detalles revela haberse hecho bajo la dirección de una artista que a la vez tiene la refinada coquetería de la mujer de buen tono. [Véase la aclaración de la aludida en su artículo Los pájaros (⇑)].

En esta quinta, residencia del gallo Pipaon, nombre que ha hecho célebre Pérez Galdós, fueron obsequiados el director general de Agricultura y las personas que le acompañaban con un espléndido almuerzo, del que no pudo hacer los honores la dueña de la casa por hallarse actualmente en Burdeos...

Esquela de Felipe de Acuña publicada por el Ayuntamiento de PintoEl pueblo de Pinto no podía menos que estar agradecido por los desvelos de su nueva vecina y por las gestiones realizadas por su padre, el jefe del negociado de Agricultura y así lo puso de manifiesto tan solo unos meses después.
 
Enterado de la muerte de Felipe de Acuña, Cesáreo González Maldonado y Leis, conde de la Concepción, con casa en la localidad (la llamada Casa del Conde) y presidente que fue el año anterior de las comisiones de fiestas y de la exposición de ganado, se apresura a enviar su pésame a la familia del difunto, con quien dice haber simpatizado en las celebraciones del verano anterior. Dos días después,
la corporación municipal muestra su pesar y agradecimiento: en la sesión ordinaria celebrada el 31 de enero de 1883, una vez que el presidente dio cuenta de su fallecimiento producido cuatro días antes, los regidores municipales acordaron «que tan luego como sea posible se celebren en esta parroquia exequias fúnebres de primera clase por el eterno descanso del alma de don Felipe Acuña y Solís (QEP), invitando a ellas a todas las autoridades, empleados municipales y a cuantas personas puedan asistir al acto». Los gastos ocasionados por las honras fúnebres (incluidos los de la inserción de la esquela en La Correspondencia de España que aquí se reproduce) debieron ser considerados por los munícipes pinteños como el «justo tributo» a los beneficios obtenidos por la villa tras las fructíferas gestiones realizadas por el difunto, padre de su ilustre vecina. 





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