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25 febrero

152. El Evangelista


A nuestras plantas se extendía un océano de montañas, cuyas crestas, como olas petrificadas, se levantaban en escalas monstruosas a 1000 y 1500 metros sobre el nivel del mar. Al sur, las dilatadas estepas de Castilla, con sus desolados horizontes de desierto, iban perdiéndose en límites de sesenta leguas, entre un cielo caliginoso, henchido de limbos de oro y destellos de incendio. Al norte, un inmenso telón límpido, azul, como tapiz compacto tejido con amontonados zafiros, se destacaba, lleno de magnificencias, intentando con la grandeza de su extensión subir hasta las alturas: era el mar. A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico. Estábamos sobre la misma cumbre, en el remate mismo de la crestería de piedra con que se yergue, como atleta no vencido, El Evangelista, uno de los colosos de la cordillera Las Peñas de Europa, coloso que levanta sus pedrizas enormes, sus abismos inmedibles, sus ventisqueros henchidos de cientos de toneladas de nieve a 2600 metros sobre el nivel del mar.

El texto es un fragmento de la «Dedicatoria» que, a modo de introducción, aparece en las primeras páginas del drama El padre Juan, estrenado el  tres de abril de 1891 en el madrileño teatro Alhambra. Dos son los protagonistas: la autora y «un ser valeroso» que con ella está, muy probablemente Carlos Lamo Jiménez, fiel compañero durante casi cuarenta años. El escenario: la cima de uno de los picos de las Peñas de Europa. Hasta ahí todo normal, pues sabemos de sus expediciones a caballo por diversos lugares de España, de su gusto por ascender a las montañas, de su místico amor por la Naturaleza... Es el nombre de la cumbre lo que parece que no acaba de cuadrar a quienes leen con entusiasmo esta  Dedicatoria  en un recuperado ejemplar de El padre Juan. Aquel topónimo no era habitual en la cartografía  de la zona, no era conocido por quienes la frecuentaban. ¿Era aquella una ascensión novelada, ficticia, contada para ambientar adecuadamente el prólogo de aquel drama? No era propio de ella ¿Se había equivocado la librepensadora con el nombre de aquella cima?

Daniel Palacio Fernández, farmacéutico y socio del Ateneo Obrero de Gijón, se puso a investigar el asunto: Picos de Europa... Nada en el macizo occidental o Cornión, nada en el central (Los Urrieles)... ¡Ah! Después de mucho buscar encontró alguna referencia en la zona oriental o de Ándara. Se citaba un lugar denominado «el hoyo del Evangelista». Ahí puede estar un buen indicio. Se centra en esta pista y, tras nuevas consultas, da con la clave que nos desvela en «Rosario de Acuña pionera del "Tourismo"» que se publica en 1992, en un folleto editado por el Ateneo Obrero de Gijón que lleva por título Rosario de Acuña. Homenaje:

Esta denominación del hoyo del Evangelista es consecuencia de una explotación minera que existía en el lugar, propiedad que era de don Juan Evangelista. Al hoyo le rodea la cresta de los tres picos del Jierro: Morra de Lechugales (2441 m.), Silla Caballo Cimero (2420 m) y Pica del Jierro. Esta vecindad fue la responsable de que la Pica del Jierro fuese rebautizada como Pico del Evangelista (según Enríquez de Salamanca) así se alterna en los mapas.

El texto de Palacio va acompañado de varios planos y mapas, entre ellos el que se incluye en el presente comentario, obra de José Arias Corcho y publicado en 1965; también  alguno de los incluidos en la obra Por los Picos de Europa. De Ándara al Cornión, de Cayetano Enríquez de Salamanca a quien en el texto se atribuye la información que aclara el asunto del doble nombre del pico en cuestión. 

Fragmento del plano de los Picos de Europa realizado por José Arias Corcho

Gracias a la investigación de Daniel Palacio ahora sabemos que lo que nos había contado Rosario de Acuña en la «Dedicatoria» de El padre Juan  no era una ensoñación novelesca. Que en el año 1890 –quizás en 1889–  ascendió al pico El Evangelista o Pica del Jierro situada a 2426 metros de altura. Cierto es que yerra en la altitud, que no alcanza  los dos mil seiscientos que ella le atribuye, probablemente por un error en el documento que maneja. Pero, puestos a fijarnos en los números, hagámoslo en el que refiere el año en que esta ascensión tuvo lugar: 1890, si no fue en el anterior. Este dato sí que tiene importancia pues, como también cuenta Daniel Palacio en su escrito, por estas fechas Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, más conocido como «el conde de Saint-Saud», se encontraba por el lugar, explorando esta zona de los Picos de Europa. De hecho, se dice que fue él quien protagonizó la primera ascensión a la Morra de Lechugales (en el mapa «Tabla de Lechugales»), y que lo hizo el 7 de julio de 1890.

En el verano de 1890 el conde de Saint-Saud asciende a la Morra-tabla de Lechugales; en el verano de 1890 (quizás en el de 1889) Rosario de Acuña lo hace al pico de El Evangelista...




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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31 julio

8. Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano


Hace más de un centenar de años, allá por los ochenta del siglo diecinueve, que las más renombradas cumbres de la cordillera Cantábrica vieron interrumpida su virginal soledad con la llegada de una mujer, una pequeña mujer, que hasta allí ascendía para rendir su particular ofrenda a la Naturaleza. Su nombre: Rosario de Acuña y Villanueva; una madrileña nacida en 1850,  que desde su juventud quiso ser asturiana: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo...»

Para los cientos de viandantes que a diario recorren el paseo que bordea el gijonés arenal de San Lorenzo, el nombre de Rosario de Acuña es uno más entre los hitos que jalonan su cotidiana caminata: el puente del Piles, Les chapes, La Lloca, El pulpo, Los taper... la casa de Rosario de Acuña. Para los miles de visitantes que asoman su rostro  a la brisa marina en el Campo Valdés, la  blanca casa que se alza al otro extremo de la bahía supone un atractivo final para un seductor paseo. Unos y otros encuentran, tras un tramo empinado de la sinuosa senda, tras cuatro mil metros de placentero caminar, la que fuera su casa: «En esta casa vivió Rosario de Acuña y Villanueva, notable escritora y adelantada del movimiento feminista en España...». Escritora notable que abandonó su brillante camino para convertirse en propagandista de las ideas que defendía: libertad de pensamiento, regeneración y progreso.

Aquella niña que se crió en los alrededores de la Puerta del Sol se asfixia en la capital. Sus artículos y conferencias se convierten en una loa constante a la vida rural que la lleva a vivir en pequeñas localidades: primero Pinto, luego Cueto y Bezana (ambas en Cantabria) y finalmente, Gijón.

El Urriellu, un pico imposible para Rosario de Acuña, resultaba «insuperable a mis fuerzas su escalamiento» (Archivo del autor)

La pasión de doña Rosario por la Naturaleza le viene desde la cuna.  Su padre, «cazador de osos en los montes de Reinosa»,  la llevaba desde bien chica a  las monterías que organizaban en su casa solariega por  las serranías jienenses. Al tiempo, su abuelo materno, «el famosísimo médico y naturalista, el doctor Villanueva», le explicaba los secretos de la vida a la luz de los últimos avances de la ciencia, conociendo, de forma temprana,  las teorías de Darwin cuando éstas apenas comenzaban a ser difundidas en España, para disgusto de aquellos que las tachaban de pura herejía.

Este gusto por la vida agreste, que la llevó a recorrer España de norte a sur y de este a oeste a lomos de un caballo andaluz, encontró en Asturias el escenario propicio para tan apasionado amor por la Naturaleza. Recorrió su territorio palmo a palmo, a pie y a caballo; por valles y cañadas, por la costa y por el interior más profundo.

Conservamos algunos testimonios de sus innumerables andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heleras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en el Soto del Barco»... Recorriendo Asturias  desde los quince años, cuando  sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa yodada, hasta poco antes de morir. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco años, recién vuelta de  dos largos años de exilio portugués a causa de aquel afamado artículo en el que defendía el derecho de la mujer a estudiar en la universidad,  realizó la que, probablemente, fue su última singladura por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón a los Oscos. El itinerario seguido  por nuestra librepensadora podría ser ahora rescatado para ser ofrecido a los amantes del senderismo, los  propios y los foráneos. Veamos: por la costa hasta Ribadeo; subida  a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos («¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! [...] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro...»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en  tierras de Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y... vuelta a El Cervigón. ¡No está nada, pero que nada mal! A la luz de lo contado hasta aquí, podemos afirmar que la escritora tenía sobradas razones para decir aquello de «Asturias me la sé». Pero, ¡vayamos a la montaña!... que en eso habíamos quedado.

Doña Rosario, que se caracterizaba por observar sistemática y minuciosamente todo lo que sucedía a su alrededor, anotaba cuanto acontecía en sus andanzas por las montañas españolas. Conservamos testimonios de algunas de sus ascensiones en Sierra Morena, Guadarrama, la sierra de la Estrella, los Pirineos, picos de Mampodre, pico Cordel (en cuya cima nos cuenta que puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre»)...

Durante el verano de 1889 o 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa en compañía de un «fiel compañero». Se trataba, con casi total probabilidad,  de Carlos Lamo Jiménez, con quien convivió durante los últimos treinta y tantos años de su vida; primero como separada de su marido, el militar, y después como viuda: la viuda de Laiglesia. Para acercarse a la cima, se servían de dos caballos asturcones que les facilitaban la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia... De sus escritos conocemos que son varias las cumbres por ella coronadas: Peña Ubiña, La Silla del Caballo, El Evangelista, Torrecerredo...

En un artículo suyo publicado en la primavera de 1891 en el semanario madrileño Las Dominicales del Libre Pensamiento, nos relata pormenorizadamente el peligroso descenso de Torrecerredo  que realizaría el verano anterior en compañía de su acompañante habitual y de un lugareño que actuaría como guía:

«...el lance era serio [...] en aquella elevación colosal, el frío, así que cae el sol, es cruelísimo; no teníamos abrigos, el hambre nos acosaba ya, y ni la sed podíamos calmar, porque las neveras se hallaban en precipicios inabordables... Se imponía la bajada so pena de jugarnos la vida quedándonos sobre las agudísimas aristas que nos servían de pedestal, y en las cuales les pareceríamos a las águilas, que giraban en torno nuestro, tres gigantescas hormigas puestas en pie. [...] Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos 2 km. atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 m. sobre el nivel del mar: entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana...»

De confirmarse que tal suceso tuvo lugar en el verano de 1890 (por nuestra parte seguiremos estudiando el tema), obligaría a adelantar en dos años la fecha de la  primera ascensión a  esta emblemática cumbre, pues la que realizó el conde de Saint-Saud  tuvo lugar en 1892. En todo caso, no sería ésta la primera vez en la que Rosario de Acuña aventajase al conde en una cumbre de los Picos. Tal parece que ocurrió con el pico El Evangelista. ¡Ah!, «El Evangelista», la mención por la escritora de su  ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de  topónimo semejante. La tenacidad investigadora de Daniel Palacio vino a poner las cosas en su sitio. Las conclusiones de sus estudios sobre el tema  han quedado reflejadas en las páginas de Rosario de Acuña. Homenaje, publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992. En efecto,  en algunos mapas de finales del XIX aparecía con la denominación «pico El Evangelista» al que conocemos como Pica del Jierro, situado en el Macizo de Ándara, entre Asturias y Cantabria. El nombre utilizado por la escritora y montañera, objeto de la confusión, parece ser debido a la existencia en las cercanías del monte de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista. A pesar de  las dudas iniciales, aquella cima que doña Rosario dijo haber ascendido sí existía. El habitual carácter riguroso y realista de sus escritos quedaba patente una vez más. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint-Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al pico El Evangelista;  por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El padre Juan (⇑), y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Por todo lo dicho hasta aquí, creo que hay motivos suficientes para afirmar que estamos ante una verdadera pionera del montañismo asturiano no sólo por la entidad de las ascensiones que realiza, sino por la fecha en la que éstas tuvieron lugar. No debemos olvidar que ocurrieron con anterioridad a 1891, fecha en la que fueron públicamente relatadas. Y en ese momento nos encontramos en los comienzos del montañismo asturiano: no muchos años antes se habían realizado las primeras ascensiones a los picos más altos de la cordillera para colocar los vértices geodésicos; a fines del XIX, se realizan las primeras con finalidad deportiva, esto es, sin motivaciones geológicas.

En estos tiempos en los que la conmemoración del centenario de la primera ascensión al Urriellu, realizada el 5 de agosto de 1904 por Gregorio Pérez, El Cainejo, y Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa, nos ha obligado a repasar la nómina de aquellos pioneros que en el montañismo asturiano han sido, no está de más que reivindiquemos la inclusión en la misma de doña Rosario... y ello a pesar de que no se hubiera atrevido con la ascensión al Naranjo de Bulnes, "por ser insuperable a mis fuerzas su escalamiento". Si con el Urriellu no se atrevió, las que si llevó a cabo en fecha tan temprana le hacen acreedora a tal distinción. Espero que a partir de este momento el nombre de Rosario de Acuña y Villanueva figure junto a los de Gregorio Pérez, Pedro Pidal, Casiano de Prado, Loriere,  Vernuil, Frasinelli, Guillermo Schultz, el conde de Saint-Saud, Juan Suárez, Francois Salles y algunos otros, en la historia del montañismo asturiano, puesto que, no me cabe  duda alguna,  en esto de la ascensión fue una auténtica pionera.

¡Que así sea!

Macrino Fernández Riera
La Nueva España, Oviedo, 6-2-2006


Nota. En el comentario 163. Por la canal del Embudo (⇑) se recogen nuevas informaciones que complementan lo aquí publicado.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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