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25 diciembre

69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández

Como se contaba en el comentario anterior (⇑), en el año 1924 Carlos Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922), que de cuando en cuando subía hasta El Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas, aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia:

Imagen de una biblioteca (archivo del autor)

La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos, que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

En un retrato reciente (⇑), bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de don Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.
La Libertad, Madrid, 19-10-1924


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 23-7-2010.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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68. Noticia sobre el destino de una parte de su biblioteca


El pago de los intereses de la hipoteca con que está gravada la casa de El Cervigón fuerza a Carlos Lamo a poner a la venta la nutrida biblioteca de Rosario de Acuña. En esa tesitura, prefiere que sea una sociedad cultural gijonesa la destinataria del legado. Así fue como en 1924 la recién creada Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla se hace con una parte los volúmenes atesorados a lo largo de los años, tal y como se recoge en la crónica de la inauguración de la citada sociedad:

En el local que ocupa en la Casa de Nava, se celebró ayer a las siete y media de la tarde, la inauguración de la nueva Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla, instalada allí por los animosos elementos del barrio alto, que no desmayaron en sus gestiones hasta ver colmada una de las más vivas aspiraciones de aquellas gentes buenas y sencillas, deseosas de incorporarse al movimiento cultural latente en un núcleo de nuestra juventud.

El local se hallaba atestado de gente, marineros en su mayoría, pues casi todos vestían el típico traje de mahón.

En la presidencia se sentaron el presidente de la nueva sociedad, don Luis Sánchez, el secretario, don Luis Fernández del Corral; el doctor don José María Gutiérrez Barreal; el abogado don Carlos de Lamo y el digno maestro de Primera enseñanza don José Trabanco García, al cual se rendía un homenaje como premio a sus cincuenta años de incesante y fructífera labor pedagógica.

[...]

A continuación, nuestro querido amigo don Carlos Lamo, dio lectura a unas cuartillas en la que, con vigoroso estilo, recordó los rasgos espirituales de doña Rosario de Acuña, aquella mujer que estuvo siempre tan cerca de las gentes humildes y supo sentir como propias las vicisitudes y las adversidades de los trabajadores todos y, principalmente, de los trabajadores de la mar.

Hizo resaltar el señor Lamo en su trabajo la trascendencia que encierra el hecho de que la biblioteca de aquella gran mujer fuese a para a un lugar que tan bien se asocia a la ideología de redención espiritual de los humildes que animó a doña Rosario en todos sus actos. Por último el señor Lamo indicó la conveniencia de gestionar la biblioteca de Jovellanos, aquel hombre que amó tanto a Asturias y a Gijón, como a la virtud y a la verdad, en vez de correr el riesgo de perecer, tal vez abandonada, fuese utilizada para difundir la cultura entre los hombres sanos de pensamiento que van a comenzar una nueva vida siguiendo la de la Sociedad inaugurada ayer.


Pues bien, como quiera que en 1928 la citada sociedad publicó un folleto en el cual, entre otras cosas, se incluye el catálogo de su Biblioteca Circulante, es de suponer que entre las cerca de setecientas referencias allí incluidas se encontrarían las de aquellos que la sociedad había comprado a Carlos Lamo cuatro años antes. Sólo hay que encontrarlos. Veamos: los libros aparecen ordenados alfabéticamente por el apellido de su autor, lo cual, ciertamente, no nos aclara gran cosa. Mayor interés adquiere para nosotros el número de registro que se asigna a cada título, pues cabe pensar que aquellos que componían el lote comprado al heredero de la escritora debieron de ser anotados correlativamente. Una vez ordenados los títulos por este concepto encontramos bloques de volúmenes en número variable que mantienen el orden alfabético de autor de forma más o menos rigurosa. Uno de ellos, el que comienza en el número 295 y termina en el 422, contiene autores que coinciden con algunos de los citados por Rosario de Acuña en diversos artículos, además de otros con títulos de temática muy querida para ella, como la Agricultura, la Gramática Francesa, la Historia Natural o la Geografía. Allí están, en efecto, Modesto Lafuente, César Cantú, Charles Darwin… y, a su lado, Pascual Madoz (Diccionario Geográfico de España), Emilio Castelar (Historia de las clases trabajadoras), Victoriano Garrido y Escuín (La cárcel o el manicomio, con prólogo del doctor Esquerdo ⇑), Edmundo de Amicis o el filósofo fray Ceferino González, citado por ella en más de una ocasión. Las referencias apuntan a que, probablemente, estos 129 volúmenes, entre los que no hay ninguna obra literaria, sean aquellos procedentes de su biblioteca que fueron comprados por la Sociedad de Cultura e Higiene. Es probable que más adelante la misma entidad adquiriese a Carlos Lamo algunas obras más, pues aún se conserva en la biblioteca Jovellanos (lugar donde fueron depositados todos los libros de la Sociedad a la terminación de la Guerra), un volumen de aquel fondo del que sí sabemos con certeza que perteneció a la escritora. 

 Dedicatoria que aparece en el libro El curiosos parlante que se conserva en la Biblioteca Jovellanos de Gijón

Se trata del que lleva por título ¡El curioso parlante!... , álbum que reunió y publicó Sebastián López Arrojo en homenaje a su suegro Ramón Mesonero Romanos y en el que se incluyó un artículo de doña Rosario: en dicho ejemplar consta la siguiente dedicatoria manuscrita: «A la Sra. Dª Rosario de Acuña. s.s.s. y afmo. amº. S. López Arrojo. Junio de 1889», que confirma la titularidad del ejemplar registrado con el número 511 en el catálogo al que me estoy refiriendo.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 16-7-2010.




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24 diciembre

65. La Casa de Rosario de Acuña: cien años en El Cervigón


En estos días, la casa que Rosario de Acuña mandara construir en El Cervigón se ha convertido en centenaria. Desde 1910 su silueta forma parte del paisaje que habituales y visitantes divisan cuando se asoman al balcón de la concha de San Lorenzo. Sus muros han sido testigos de las transformaciones que ha vivido la ciudad en el último siglo; en ocasiones, también protagonistas.

Imagen de la que fuera casa de Rosario de Acuña en El Cervigón,(El Comercio, 9-3-1969)
 

Todo comenzó el verano anterior: la prensa gijonesa informa a sus lectores de la presencia de Rosario de Acuña en la ciudad, así como de las gestiones que está realizando con el fin de construir una vivienda en los alrededores. En Gijón ha estado varias veces, y es el lugar ideal para pasar la última etapa de su vida: es una población pequeña, pues aun cuenta con menos habitantes que Santander; entre sus gentes se encuentran «algunos entusiastas de la razón y la libertad» que llevan tiempo insistiendo para que aquí fije su morada; y en sus alrededores se hallan rincones encantadores, donde el embravecido mar no se cansa de rugir frente a los abruptos acantilados. Será en uno de estos lugares, un tanto alejado del centro de la población, donde encuentre el terreno sobre el que edificará su morada. Se trata de una finca de cerca de dos mil quinientos metros cuadrados, que se halla a una distancia de unos cuatro o cinco kilómetros de las calles más céntricas. Después de mirar y mirar parece ser que ha encontrado un lugar que la satisface, razón por la cual se muestra decidida a pagar los cuatro mil reales que piden por él. Cuenta con un pequeño capital que, probablemente, proceda de la herencia recibida tras la reciente muerte de su madre, y parece decidida a emplearlo en la adquisición del terreno y en la construcción de su propia casa, harta ya del peregrinaje al que se ha visto obligada en los últimos años «haciendo cocinas en casi todas las casas que alquiló, y que por cierto quedaron en beneficio de las propietarias»

Mientras finalizan las obras, se instala en una céntrica pensión y se dedica a supervisar el proceso de edificación. A poco que la conozcamos, es de imaginar que las instrucciones dadas al constructor serían muy estrictas ya que sabía perfectamente lo que quería al respecto, pues no en vano se había cansado de predicarlo durante años a las demás mujeres: una casa de un solo piso, «que no sobresalga del nivel de la tierra más que 50 centímetros rellenos de piedra y de cal»; situada en un alto, con la fachada hacia el sol del mediodía; «que el sol bañe las paredes por los cuatro costados»; en el centro de la casa, una galería «que lo sea todo en la casa; mejor dicho, que sea la casa entera», con elevados techos y suelo entablado, que cobije la biblioteca, la mesa de estudio y la de la comida y en donde confluyan el resto de las estancias; las habitaciones, espaciosas y aireadas; en uno de los extremos de la galería, la cocina, «amplísima, radiante de luz, de agua, de ambiente, con bruñidos suelos y techo elevadísimo y amplia salida de humos por alta chimenea». Las paredes de la casa blancas por dentro y por fuera; las del exterior «dispuestas a la enjalbegadura de cal en cada estación; lavado purificador de las miasmas y microbios.» Y, por supuesto, un edificio anexo al principal en el que tengan cabida las estancias necesarias para los animales domésticos y de corral, así como para almacenar los aperos utilizados en el huerto y en la elaboración de los productos artesanales.

En tanto se concluye su nueva residencia, la escritora va tomando poco a poco contacto con la ciudad, ocupando de forma esporádica la tribuna de la prensa local. Si El Publicador, periódico de orientación republicana, es el primero en recoger sus palabras, serán las páginas de El Noroeste las que elegirá para dar a conocer sus ideas y opiniones. También será en ellas donde nos enteremos de que en el verano siguiente ya se encuentra en su nueva vivienda, como bien atestigua la datación de su escrito «Una dama cristiana» (⇑): «En mi casa del Cervigón (Gijón) 1º de julio de 1910». La información acerca del lugar, inusualmente completa, parece demostrar bien a las claras su satisfacción por encontrarse en su retiro soñado.

No tendrá, sin embargo, mucho tiempo para disfrutar de «su casa», pues antes de que finalice el siguiente año tendrá que abandonarla para evitar ser detenida por la Guardia Civil tras haber sido procesada por su artículo « La jarca de la Universidad» (⇑). Tras pasar dos años largos en Portugal, regresa al Cervigón más cansada, más vieja y mucho más pobre, como ella misma nos cuenta en algunos escritos («Carta a Fernando Mora» (⇑), «Servando Bango en el Cervigón»(⇑) ...). Tanto es así que, con sesenta y tantos años, en la recta final de su vida, se ve obligada a hipotecar su recién estrenada casa para poder seguir oyendo el embravecido mar rugir a los pies del acantilado.

Así pasó sus últimos años, envueltos en toda suerte de penurias y estrecheces. Así le sorprendió la muerte, cuando aquel sábado de mayo tuvo que dejar las faenas domésticas a las que, como cada día, se estaba dedicando para rendirse al eterno descanso.

La casa de Rosario de Acuña, la del cuerpo frontal de planta baja y dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero, la de las cinco ventanas enrejadas que miran al sudoeste y otra más que soporta los vientos del nordeste, la que «se adorna con rosales y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre al sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared…»; la casa de Rosario de Acuña, huérfana de los mimos y atenciones que le prestara su dueña, se queda al cuidado de Carlos Lamo Jiménez, compañero un día tras otro durante los últimos cuarenta años, y su único heredero.

Hay un problema. Carlos, licenciado en Derecho por la Universidad Central, no realiza ningún trabajo remunerado y, no lo olvidemos, tiene que hacer frente a los réditos de la casa. Para sobrevivir no tiene otra salida que ir vendiendo poco a poco la herencia recibida. Para empezar, la biblioteca: en 1924, vende parte de los libros a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El dinero conseguido le da para ir capeando el temporal durante una temporada. A los primeros libros vendidos debieron seguir otros, y a éstos la venta de enseres y objetos familiares. En este sentido hay que mencionar que consta su participación en la IV Feria de Muestras Asturiana. Al lado de conocidas marcas de automóviles, figura Carlos Lamo Jiménez al frente de un stand de cuyo contenido parece no haber dudas tras la lectura de la referencia: reliquias.

No queda otra que sobrevivir y, además, hacer frente a las mil pesetas de la hipoteca. Hay que buscar una solución: Regina, la hermana de Carlos, lleva un tiempo dándole vueltas a la idea de instalar en la casa del Cervigón una colonia para los hijos de los librepensadores pobres. No queda más que recabar los apoyos necesarios para llevar adelante su proyecto. Pide ayuda a Javier Bueno, quien en el diario madrileño La Voz se hace eco de su loable iniciativa; a Horacio Echevarrieta, magnate de tendencia republicana que se compromete a levantar la hipoteca; a Marcelino Domingo, que le ofrece su colaboración: «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.» [Véase «En justa respuesta» (⇑)]

Nada se logró. La falta de apoyo para llevar a cabo aquella empresa forzó a Carlos a tomar la última medida que todavía estaba en su mano: la venta de la casa en la que ambos habían vivido durante los últimos años. A comienzos del año veintinueve la decisión está tomada. Durante los meses de enero, febrero y marzo se publica en la prensa local cada tres o cuatro días un anuncio de venta de la «casa de doña Rosario de Acuña», situada en El Cervigón. A pesar de que en el anuncio se apuntaba que las condiciones eran muy buenas, no debieron pensar lo mismo los posibles compradores, pues la venta no se llega a efectuar, razón por la cual un año después se confía la subasta de la finca a una notaría de la ciudad. A la segunda convocatoria, celebrada en agosto, parece que fue la vencida; y de resultas de la intervención notarial, la casa de planta baja, la casita aneja y el terreno, de unos dos mil quinientos metros cuadrados, pasaron a otras manos.

Anuncio de la venta de la casa de Rosario de Acuña (enero 1929) Anuncio de la subasta de la casa de Rosario de Acuña (julio 1930)

La casa, que apenas tenía veinte años cuando los nuevos propietarios la adquirieron, no debió de sufrir grandes cambios en las décadas siguientes, pues las fotografías tomadas veinte o treinta años después concuerdan fielmente con la descripción que Mario de la Viña ha dejado publicada.



Nota. Este comentario fue publicado origninariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 25/6/2010.




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