Mostrando entradas con la etiqueta Trubia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Trubia. Mostrar todas las entradas

08 marzo

231. Las hermanas de Rosario de Acuña

 

«¡Amiga y compañera (pues toda mujer que piensa y trabaja lo es mía)»: así encabezaba Rosario de Acuña una carta abierta dirigida a una joven gijonesa que, a pesar de las presiones recibidas, había decido contraer matrimonio civil hace ahora más de cien años, en 1916. Compañeras eran para ella las mujeres. Así, desde el plural, desde el «nosotras», entendía ella la emancipación de la mujer, lo cual representa una sensible diferencia con otros planteamientos, quizás más individualistas, que al respecto mantenían algunas de sus contemporáneas. 

Fábrica de Tabacos, Gijón. Operarias del taller de cigarrillos superiores. Julio Peinado, 1906. (Museo del Pueblo de Asturias)
 

Si en esta ocasión utilizó la amistad y el compañerismo como lazos de unión, hubo otras en las que no dudó en llamar «hermanas» a las mujeres a las que se dirigía. Lo hizo en su madurez, en plena campaña de Las Dominicales, cuando las exhortaba a luchar contra el clericalismo reinante («Venid con vuestro pensamiento, ¡hermanas mías!, a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente!»); y lo hace también desde la tribuna, dirigiéndose de manera especial a las mujeres presentes o «exclusivamente a mis hermanas». Lo volvió a hacer en su vejez, cuando desde los acantilados de El Cervigón clamaba justicia contra los responsables de las muertes, de los miles de soldados sepultados en la guerra de África (« ¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión»). 

Como he apuntado en otro lugar («Rosario de Acuña y Emilia Pardo Bazán: dos trayectorias divergentes», 2019 ⇑), el hecho de abordar desde el plural, desde el «nosotras», la «emancipación de la mujer» (o «la cuestión femenina») constituye uno de los elementos que configuran el pensamiento feminista de doña Rosario. Ya en sus primeros años de publicista y con esa visión colectiva, de género, exhortaba a sus lectoras de El Correo de la Moda a liderar el proceso de regeneración que España necesita recuperando el contacto con la naturaleza. Solo las mujeres pueden regenerar la sociedad patria, y para ello necesitan huir del mundo de las apariencias y de las sensualidades al que las han abocado y dedicarse al estudio y al trabajo. Lo repitió años después, ya como activa luchadora en defensa de la libertad de conciencia, cuando animaba a sus hermanas, las mujeres del siglo XIX, a agruparse para impedir que se extendieran las sombrías nieblas que surgen del Vaticano, para protestar del pasado, «del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, “vaso de inmundicias”, “escorpión de cien cabezas”; “el mayor de todos los demonios”, y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados “santos padres del catolicismo”».

La conciencia feminista que ha ido adquiriendo con el paso de los años le hace ver que no son suficientes las soluciones individuales, que no se trata de luchar contra las cortapisas que a ella le salen al paso por el simple hecho de ser mujer, sino que debe emplear todas sus fuerzas en la lucha contra la discriminación que sufren todas las mujeres. Sus palabras son muy claras al respecto: «por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer?». 

De ahí que no debería de resultar extraño que reaccionara como reaccionó cuando a su casa de El Cervigón llegó aquella noticia que daba cuenta la violencia ejercida contra una mujer, una joven estudiante. El Heraldo de Madrid describía con detalle la agresión sufrida por una universitaria en la madrileña Universidad Central, cuando unos estudiantes que con ella compartían estudios, la rodearon a la salida de clase, «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Doña Rosario, ni corta ni perezosa, toma entonces la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Utiliza palabras fuertes como las que siguen: «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas, la de la mujer y la del cura o el fraile, y de unos solos calzones, los del marido o querido, resultan con dos partes de hembra o, por lo menos, hermafroditas…». Aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después, desataron las iras de los universitarios españoles, que fueron intensificando sus protestas en las calles hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y los jueces dictasen una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel de no haber huido a la vecina tierra portuguesa. Allí estuvo dos largos años (⇑)

A su regreso a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando, a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del cansancio acumulado por tanta lucha baldía, a pesar de la postración económica en que se encuentra tras los gastos a los que hubo de hacer frente durante su obligada estancia en tierras portuguesas. El exilio no cambió sus ideas al respecto, siguió pensando en plural. Con ese mismo planteamiento colectivo se dirigió en 1916 a las «mujeres proletarias» animándolas a aprovechar el inmenso espacio que, también para las españolas, se estaba abriendo «en medio del fragor de esta horrenda lucha que estremece a Europa». «Todas las almas femeninas han sentido el choque de la nueva edad que se avecina; […] el destino os impulsa, con mano férrea, hacia los más peligrosos sitios de la vanguardia; os saca de la pasividad resignada de nuestros modernos gineceos y os lleva, con ímpetu de ariete, a las actividades febriles del vivir consciente». También se lo hace saber a los hombres. A los integrantes del Centro de Sociedades Obreras de Trubia les manda un recado para sus mujeres: «decidles que estoy con todas ellas, que a todas las deseo emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas, único modo de que sean dignas de figurar en las filas del proletariado». No escatima esfuerzos en apoyo de las mujeres, sus hermanas y compañeras. Tampoco lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista (⇑), gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo. 

El día de su entierro fueron numerosas las mujeres gijonesas que, abandonando su reducto doméstico y haciendo frente a la lluvia que incesantemente caía aquel sábado de mayo, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera, a aquella hermana suya, que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Es posible que algunas de las presentes recordaran estas palabras suyas escritas años atrás:

«Esta hora nuestra es la del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación».

 



También te pueden interesar 

De izquierda a derecha: Carmen Moriyón, alcaldesa de Gijón, Lidia Falcón y Amelia Valcárcel, directora de la Escuela 272. Lidia Falcón en la Escuela
La escuela a la cual hace mención el título de este comentario es la Escuela Feminista Rosario de Acuña, que este año presenta algunas notas singulares en su programa, por aquello de la coincidencia de dos números redondos: cumple su edición...


El cuarto estado (Il Quarto Stato), óleo de Giusseppe Pellizza (Museo del Novecento, Milán) 213. Preparando el centenario
Hace unos meses, una concejala del Ayuntamiento de Gijón se interesaba por conocer cuáles eran mis propuestas al respecto. Por diversas circunstancias no se las pude hacer llegar entonces. Quizás ahora sea buen momento...



La zarina Alejandra Romanova y sus hijas en un fotografía publicada en 1915183. Mujeres coronadas
Las crónicas de la Gran Guerra sobrecogen el corazón de quienes las leen en la retaguardia. También el de las mujeres coronadas. Reinas y emperatrices penaban por el padecimiento de sus súbditos en las trincheras...



Fragmento de la portada del Diario de Galicia, de 20-8-1918109. Ni mujer ni española
El Diario de Galicia hace pública una dura crítica contra Rosario de Acuña por un artículo suyo publicado días antes en relación a la posible acogida en España de la familia del zar...



Portada del libro Rosario de Acuña en Asturias20. Tocaba nadar contra corriente
Aunque no había concluido, ni mucho menos, mis investigaciones ya podía aportar algunos datos que podían clarificar algunos aspectos de su vida, ocultos bajo la capa que el olvido y la inercia habían tejido durante años. En aquellas páginas aparecían datos contrastados...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com
 

28 junio

174. Asturias, la tercera opción


Allí estaba Asturias, ¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...

Bien pudiera bastar este fragmento de Recuerdos de una excursión (⇑) para constatar su admiración por aquella tierra asturiana que tan bien conocía, pues mucho antes de recorrerla –de punta a punta, a pie y a caballo– había sido uno de los destinos terapéuticos que aliviaban sus lacerados ojos. Los baños del Cantábrico y la brisa de sus costas debían de procurarle balsámico remedio, pues hasta su admirada Asturias llegaba por ferrocarril para pasar una salutífera estancia, tal y como nos ha dejado escrito en otro de sus recordados viajes, en el cual relata una aventura vivida con tan solo quince años (⇑), cuando el tren que la llevaba de Madrid a Gijón en compañía de su padre fue asaltado por una partida de carlistas en las proximidades de la localidad leonesa de Villamanín.  

El Urriellu desde el mirador del mismo nombre (Archivo del autor)

Además de la del verano de 1865, también tenemos constancia de otra que tuvo lugar en 1874, pues entonces firma en Gijón la poesía titulada «A las niñas del Sr. D.B.D.G» (⇑). Años después recorre Asturias durante días en un viaje a caballo (⇑) iniciado en León y que continuará por Galicia. Entre otras localidades, visita entonces Trubia, en las proximidades de Oviedo, y Luarca. No tarda en regresar, pues en 1891, en la introducción de El padre Juan (⇑), rememora una ascensión al pico Evangelista (⇑), en el macizo oriental de los Picos de Europa, y nos describe la panorámica que desde su cima contempla en compañía de su acompañante:

...la aurora y el ocaso de la humanidad se desenvolvieron, con todas sus grandezas, ante nuestro pensamiento. El Cosmos surgía allí, eterno, infinito, anonadando nuestra pequeñez de átomos con sus inmensidades de Dios... Mi compañero se descubrió respetuosamente: su espíritu, capaz de comprender la majestad de la Naturaleza, había sentido la emoción religiosa; por su rostro varonil, lleno de energías juveniles sin corromper con el veneno de las prostituciones, se deslizó una lágrima: mis rodillas se doblaron en tierra, y nuestros labios murmuraron una bendición, cuya cadencia de plegaria fue repercutiendo en lejanos ecos, como si cien generaciones la hubieran pronunciado [...] Más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias! donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales...

Estaba prendada de aquel escenario que ella consideraba único, irrepetible: ¡la sin par Asturias! Era tal su pasión por la tierra asturiana que, ya instalada en su casa de El Cervigón, confiesa satisfecha que desde muy atrás, casi desde la niñez «fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo».

Altas cumbres abruptas, coronadas
por el cendal de inmaculada nieve;
prados cercados de florida sebe;
maizales, viñedos, pomaradas.

Tupidísimas selvas intrincadas
donde el sol ni a penetrar se atreve;
regatos limpios de corriente leve
y ríos que descienden en cascadas.

¿Quién podrá descifrar tanta belleza
que Asturias toda guarda en sus rincones?
¡Cuando el hombre se libre de locuras

y odie al odio, y encauce las pasiones,
podrá vivir la vida de venturas
que ofrece una región con tales dones!

A pesar de esa admiración que siente por «el florón más espléndido del solar español», no fue Asturias  su destino elegido cuando –tras encontrarse al borde de la muerte por las graves complicaciones que padeció como consecuencia de una fiebres palúdicas mal tratadas– decidió alejarse de su Madrid natal. Lo cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada (⇑), donde dice que está próxima a «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Puso sus ojos en el norte de España, sí; en las orillas del océano, también; pero fue a Galicia donde encaminó sus pasos. Sabemos que allí estuvo en 1894 y 1895, constando que en abril de este último año llegó a la localidad pontevedresa de Santa María de Oya, en la actualidad Oya (Oia), «con objeto de restablecer su quebrantada salud».

No se quedó mucho tiempo en el sur de Pontevedra. Cuenta en Los crímenes en la Montaña (⇑) que al año siguiente analizó la mejor opción para asentarse definitivamente en un lugar de la costa cantábrica, desde Vizcaya hasta Ferrol. Ante un mapa de España se puso a investigar qué lugar ofrecía mayores garantías para vivir con cierta tranquilidad. «Descartadas las provincias vascas por el furioso fanatismo religioso que alimentan los campesinos de ellas y que borra con ferocidades farisaicas sus patriarcales costumbres [...] vi que la menor cantidad y calidad de delitos correspondían a la Montaña, estando en primer término Lugo, luego Orense y después Coruña y Oviedo». Cantabria fue entonces el destino elegido y hasta allí se encaminó en compañía de su madre y de Carlos Lamo Jiménez. En las proximidades de Santander, primero en Cueto y luego en Bezana, permaneció unos doce años. Ya al final de este periodo, tal y como relata en 1906 en  Los crímenes en la Montaña (⇑), su percepción de aquel escenario y de los seres que lo pueblan parece haber cambiado tanto que empieza a darle vueltas a la idea de realizar una nueva mudanza.

Dos años después pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara de cómo podría ser su vida en esta villa asturiana. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última vivienda. Ahora sí, a la tercera, podrá ver cumplido aquel sueño rosado de la niñez de vivir y morir en «¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...»




También te pueden interesar 
 

Rosario de Acuña y la música279. De la clásica a la copla, de la ópera a la bulería
Un recorrido por el mundo musical que rodeó a Rosario de Acuña, ilustrado con varios fragmentos musicales. Alicia Álvarez nos regala unas coplas escritas y cantadas por doña Rosario que ella ha musicado para la ocasión...
 

Alegoría de la Justicia, sello de 1874205. La conferencia y los mestizos
Una lección aprendida: que en asuntos de tribunales conviene ser bien prudente, pues para que tan renombrada Dama se ponga el turbante en los ojos y se avenga a resolver los litigios «necesita como primera condición para actuar la tasa de precio»...




Carta de Rosario de Acuña a Aquilina Rodríguez Arbesú135. El último eslabón
Residía en una vivienda alejada de la ciudad, en una casa de aldea llamada «Rienzi» y situada a las afueras de Gijón; se llamaba Aquilina Rodríguez Arbesú; y había sido amiga y discípula de doña Rosario de Acuña y Villanueva. Ella era el último eslabón...




Cabecera de El Ideal, Tortosa, 21-12-191694. Carta al director de El Ideal
Nos congratulamos infinito, insigne maestra, que nuestras páginas rebeldes y viriles, lleven estampado vuestro nombre, ya que muchos con sus sostenidos personalismos han prostituido las ideas y abandonado...



Fragmento de la noticia publicada en la revista municipal Pinto. Información y ocio, nº 143, junio 200948. El Centro Municipal Rosario de Acuña de Pinto
Los vecinos de Pinto deciden que el Centro de la Mujer de la localidad ostente el nombre de Rosario de Acuña.El resultado de la votación viene a poner de manifiesto el cariño con que los habitantes de Pinto recuerdan a quien durante...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com



24 septiembre

130. De un viaje a caballo por León, Asturias y Galicia


Su vida ha sufrido una gran transformación desde que en los primeros meses del año 1881 se instalara en Pinto. Se muere su padre, se separa de su marido, proclama su adhesión al librepensamiento, se convierte en masona... Han cambiado muchas cosas en su vida, pero al menos hay una que no ha variado: el gusto por los viajes. Y cada año, cuando el sol de mayo comienza a calentar las tierras, parte a lomos de un dócil caballo, con escaso equipaje en la grupa y acompañada en las primeras expediciones por su viejo criado Gabriel,  y más tarde por «un amigo abnegado y también respetuoso». Durante varios meses cabalgan por  las tierras de su vieja España en largas jornadas en las que recorren de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supone varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), y que finalizaban con un merecido descanso, bien en una pensión, bien al resguardo de una tienda de campaña.

Así lo hizo durante once años. De esas once expediciones contamos con alguna referencia escrita, pero de la que realiza en 1887 tenemos una información más detallada, lo cual nos permite conocer no sólo los detalles del viaje, sino también las reacciones que la llegada de una librepensadora y masona provoca en los distintos lugares que recorre. Aquel viaje que tuvo por escenario las tierras del Norte es diferente, pues tiene pensado escribir un libro «sacando a la luz a los hijos del pueblo de las montañas y las costas», razón por la cual toma notas de todas sus andanzas. Del contenido de las mismas tan sólo conocemos las que se refieren a una de las etapas de su viaje, pues, por razones que desconozco, no cumplió su propósito más de una vez anunciado de publicar aquel libro. A pesar de ello, disponemos de alguna información al respecto, pues cada cierto tiempo enviaba a  Las Dominicales del Libre Pensamiento unas cartas en las cuales narraba alguna de las peripecias de aquel viaje.

Mapa en el que se señala el itinerario del viaje que realiza Rosario de Acuña en el verano de 1887

La expedición comienza en León, lugar en el cual ya se encontraban a principios de junio. Lo más probable es que Gabriel, Rosario de Acuña y su yegua Chiquita se hubieran desplazado hasta allí en ferrocarril. Se alojaron en una pensión y permanecieron en la capital leonesa los días necesarios para comprar vituallas y una yegua leonesa para Gabriel. Con el lamento de no haber podido visitar la catedral por encontrarse en obras, parte nuestra protagonista hacia Pola de Gordón donde permanecerán dos noches. La siguiente parada de la cual tenemos noticia es ya en tierras asturianas, en Trubia. De los cinco días con sus cinco noches que pasó en este rincón de Asturias» donde la mohosa, inhábil y torpe máquina del Estado tiene sentado uno de sus reales», dejó cumplida noticia en el artículo titulado «Restos del feudalismo (⇑)», en el cual hace hincapié en el férreo control al que están sometidos los obreros de la fábrica de armas: «Bajo la planta de esta aristocracia, encarnada en el ejército bajo el nombre de artillería, como la crisálida en el interior de su capullo, gime Trubia, con su población numerosa que no puede moverse, ni hablar, ni sentir, ¡ni siquiera pensar! sin el permiso tácito de sus señores...»

La siguiente etapa concluye en Luarca, donde ya se encuentra a finales de julio. Como quiera que su llegada a la capital valdesana sea conocida con antelación, sus vecinos han preparado un recibimiento a la altura de su ilustre visitante, tanto quienes se consideran sus correligionarios, como los que la tienen por una atea y enemiga de la religión católica. Los primeros organizan una velada en el casino, cuyos salones resultan insuficientes para dar cabida a las numerosas personas que acuden a escuchar a su ilustre visitante.  Los segundos le envían anónimos amenazantes, pues según cuenta Las Dominicales del Libre Pensamiento, a las manos de doña Rosario llegó un escrito firmado por  «Los centinelas valdesanos» en el cual la amenazan de muerte «si no cesa en su propaganda de hereje». Aunque la destinataria no le dio importancia, los integrantes de Las Dominicales sí que lo hicieron, pues aún tenían presente al compañero García Vao, librepensador, masón y colaborador del semanario,  que había sido asesinado unos meses antes al salir del instituto madrileño donde impartía clases de Francés.

La prensa amiga (no sólo en las páginas de Las Dominicales se criticó con dureza aquel amenazante escrito amenazante, también lo hicieron  La Crónica de LuarcaLa Verdad, de Oviedo) mostró su preocupación y manifestó su más enérgica protesta ante aquella amenaza de muerte. La destinataria de la misma se limitó a entregar el anónimo a sus amigos de la localidad «en demostración del desprecio que esas cosas le merecen»; tal parece que para ella aquel suceso no era sino un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. Cuando, tras varios días de estancia, abandona aquella villa asturiana reafirma en un escrito titulado «¡Luarca!...» su voluntad de seguir luchando:

Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!... 

Fotografía de Rosario de Acuña ante una tienda de campaña; al lado aparece su criado Gabriel (El Comercio, 9-3-1969)


La siguiente escala de la que tenemos noticias tendrá por escenario La Coruña, en donde la encontramos en los primeros días de septiembre.  En la capital gallega residirá unos quince días, tiempo que aprovechará para recorrer las villas y pueblos de los alrededores, algunos de los cuales celebran por entonces sus fiestas patronales. Tal es el caso de Arteijo (Arteixo) donde el 16 de septiembre tiene lugar la romería de Santa Eufemia, abogada de las enfermedades nerviosas. Allí presencia un ritual mediante el cual las almas piadosas conducen a varios «endemoniados» ante la imagen de la santa  y una vez allí los conjuran para que arrojen el enemigo que llevan dentro:

  ...y entonces, como si su sistema nervioso no hubiera esperado más que aquellas palabras estridentes para dejar de estar en expectativa, salta bravío, comprimiendo las arterias con sus sacudidas y contrayendo las vías respiratorias, comienza su batalla, transformando las blandas y demacradas carnes en trozos de acero rígidos y vibrantes. La espuma acude a los labios cuando ya el pulmón cesó en sus esfuerzos por expeler el aire que recibe, y los apretados dientes, rechinando como goznes mohosos que no pudiera abrir el grito del dolor, se niegan a dejar paso a una pócima horrible, a un brebaje asqueroso, que los parientes y amigos del endemoniado pretenden introducirle en la garganta apelando a una navaja que, como palanca, meten en la boca del desgraciado. El brebaje es un vaso de agua bendita tomado de la pila de la entrada del templo, donde se mojan las manos de cien y cien romeros y cuyo color de infusión de café anuncia la pureza que la distingue. 
 
No puede más; sólo es capaz de aguantar el ritual practicada con dos de los siete «endemoniados» que en aquella ocasión participan en la ceremonia. Está asombrada, no tanto por lo que ha presenciado, sino por saber que tales actos son consentidos, al considerarlos cosa sin importancia,  por toda clase de autoridades. «¿A quién hay que suplicar? ¿A quién hay que acudir, si es preciso con la rodilla en tierra y las manos cruzadas, para que cesen espectáculos como el de Arteijo...?» Horrorizada por aquel nefasto espectáculo realizado en nombre de la fe, llama a la lucha contra la superstición a cuantos racionalistas quieran unirse a la lucha contra aquel mal nefando: «¡llamaros como queráis!, o "cristianos", o "espiritistas", o "ateos", pero reconoceos por "hombres racionales" y luchad».

No lejos de aquel lugar se encuentra el santuario de Santa María de Pastoriza en donde la viajera obtiene una visión bien diferente de la religiosidad imperante: «Arteijo es el catolicismo bárbaro del siglo X; Pastoriza el catolicismo ilustrado del siglo XIX». Aquel es el «santuario bonito» de Galicia, al que cada año acuden miles de campesinos que –deslumbrados por los sahumerios, el lustre y los dorados– salen de allí suponiendo que «han estado en la mismísima presencia de Dios y de su santísima madre». Ellos integran  la larga nómina de donantes que mantiene en pie la eficiente estructura mercantilista de la religión del Estado.

Catolicismo complaciente, galante, de ancha manga, que asiste con mitra a los banquetes palatinos, sin escandalizarse con las desnudas carnes de las cortesanas, siempre que le den para sus santuarios alguna de las piedras preciosas de los deslumbrantes aderezos. Catolicismo que vende, compra y cambia, reliquias, indulgencias, bendiciones, prerrogativas y títulos sin cuidarse de a dónde van a parar si el negocio le sale redondo. Catolicismo de templos llenos de santos y santas, artísticos, sonrosados, expresivos, con el arte de lo concupiscente, con el arte de las formas plásticas: santos de madera, representando solo carne, sin almas, ni inteligencias, ni virtudes, colocados en altares pulcros, siempre recién dorados, donde el blanco campea para hacer resaltar con tonos más risueños los jarrones elegantes de china o cristal con flores y plantas, estudiadamente colocadas.

Por El Correo Gallego sabemos que  el diecisiete de septiembre, el mismo día en que está fechado el escrito que con el título «Los endemoniados de Arteijo y el santuario de Pastoriza» se publicará días después en Las Dominicales, Rosario de Acuña abandona La Coruña. Se la espera en Vigo, donde los librepensadores del lugar, encabezados por Fernando Lozano, que veranea en la cercana villa de Baezas, le preparan un gran recibimiento. A finales de mes cuentan con ella en Ribadavia, pero de camino hacia la localidad orensana paran en Villasobroso, en el concejo de Mondariz, donde visitan el castillo que allí se encuentra, en ruinas por entonces. La contemplación de aquellas piedras mohosas, le proporciona una nueva ocasión para reflexionar, con ojos anhelantes de regeneración, acerca de la situación que vive su querida España:

 El aspecto general de estas ruinas es la imagen del general aspecto de las clases privilegiadas en la época presente: por fuera aún están derechitas; desde lejos parecen algo [...]Pero así que se mira adentro, están como los torreones de sus castillos, llenas de maleza y de escombros; sin derechos más que para el aparato, sin distingos más que entre los vanidosos, esconden debajo de los rimbombantes escudos el moho de cien y cien generaciones hundidas, por las garras de todos los vicios, en las bajezas de lo inútil y de los despreciable.

Han pasado algunas semanas ya desde que describiera con crudeza las dos caras del catolicismo español, desde que denunciara el mercantilismo de la Iglesia y la alimentada superstición en que se apoya. Tiempo suficiente para que su escrito fuera publicado en Las Dominicales, para que fuera alabado por cuantos la consideraban su correligionaria y, también,  para que fuera criticado por sus ya acérrimos enemigos. Ese crítico artículo sobre los «endemoniados» y sobre Pastoriza debió de provocar tal irritación en las estructuras caciquiles de la tierra, que cuesta trabajo no compartir la sospecha de Rosario de Acuña que ahí se encuentra el origen de la persecución que padeció en tierras orensanas.

A la salida de Orense y en el camino que conducía a Tribes, Rosario de Acuña y su criado Gabriel se percataron de que eran seguidos por un jinete. Al llegar a la posada más próxima el desconocido interrogó hábilmente al criado. A la mañana siguiente se unió a la expedición mostrándose como un conversador amable y cortés. Antes de llegar a Castro Caldelas se despidió. Intrigada por aquel extraño suceso, la viajera preguntó por el individuo a lo largo del camino, dando las señas más precisas. Algunos le dicen que lo han visto y que no es de la zona. Pensando que la presencia de aquel hombre bien pudiera formar parte de una trama contra ella, se dirige al puesto de la Guardia Civil de Tribes. Un amable oficial decidió que al día siguiente una pareja de guardias escoltaría a los dos viajeros. Por ciertas frases y la excesiva amabilidad del comandante del puesto, Rosario de Acuña tuvo la sospecha de que aquellos guardias que habrían de acompañarles lo harían más para custodiarlos que para protegerlos. Una vez que llegaron a Barco de Valdeorras se confirmaron todas las sospechas. Al cabo de una hora se presenta en la habitación de la fonda donde se había hospedado el juez de primera instancia acompañado de un escribano. Vienen a interrogarla, pues hay una denuncia contra ella. A medida que va dando respuesta a las preguntas, aumenta la confusión de sus interlocutores pues no es aquella la mujer a la que venían poco menos que a prender; no es aquella la temible conspiradora que les habían dicho, la repartidora de proclamas revolucionarias, la instigadora de tenebrosos planes de levantamientos sociales...

La verdad, la hermosa y nunca bastante amada verdad, triunfó, como triunfa siempre, de las bajas calumnias, de las ruines villanías, de los manejos hipócritas. Por mi boca; por esta boca que sería despedazada por mis propias manos antes de servir de paso a la mentira, aunque con ella se me asegurase toda una vida de felicidades, iba surgiendo en frases rotundas y vibrantes la verdad: quién era; lo que había ido a hacer a Asturias y Galicia; mi posición social; hasta mis pensamientos; todo, todo surgió allí, ante aquella autoridad sorprendida por el torrente manso pero caudaloso y potente que brotaba de mis labios...

Tal fue la consistencia de sus palabras, tal la disposición a aclarar cuantas dudas le fuesen planteadas, que el juez, «una persona decente», se despojó de su autoridad y le pidió disculpas. Había sido mal informado, se habían equivocado. Le dijo que en su jurisdicción no tendría nada que temer; no obstante, no respondía de lo que pudiera ocurrirle en otros partidos judiciales.

En León, ya de vuelta, se pregunta una y otra vez ¿de dónde podría haber partido aquella delación calumniosa? El origen debía de estar en aquel artículo en el que, indignada, contaba a sus lectores todo lo que vio en Arteixo. Aquel escrito habría generado inquina y odio en los corazones huecos y apolillados. Es posible –se respondía– que, valiéndose del caciquismo, este odio haya extendido una red de calumnias intentando sorprender la buena fe de una justicia dependiente de los poderes políticos de las localidades.

Fragmento del número extraordinario que Las Dominicales publica para denunciar la persecución

La reacción de la prensa amiga no se hizo esperar. Las Dominicales publica el 26 de octubre un número extraordinario, en cuya portada incluye una dura crítica a la persecución a la que fue sometida doña Rosario de Acuña, así como la carta donde la escritora da cuenta de todo lo acontecido. Por aquella vez se había librado, pero la lucha no está más que en sus comienzos.  Habrá otras ocasiones en las que tendrá que padecer los embates de quienes no toleran a quienes honestamente buscan la Verdad. Tal y como ella suponía, el camino que ha emprendido es estrecho y está orlado de precipicios. Tal y como aventuraba en su carta de adhesión al librepensamiento (⇑), el enemigo es poderoso:

el monstruo de las sombras, el verdadero monstruo apocalíptico, representación terrible de todas las ignorancias, las rutinas, las supersticiones, los egoísmos, las vanidades, las envidias, las sensualidades y las soberbias;  esa esfinge de cien cabezas que afianza sus garras de tigre en las huestes de esclavos que alzaron las pirámides del Egipto, y sujeta con los anillos escamosos de su cola de serpiente, a los siervos de la Edad Media y a los proletarios de las sociedades contemporáneas, no se dejará vencer ni rendir sin revolverse con toda su furia de monstruo, con toda la poderosa fuerza que le presta una desesperada agonía



También te pueden interesar

Texto de la carta enviada por Rosario de Acuña (izquierda); retrato de Melquíades Álvarez incluido en el libro de Antonio L. Oliveros, Un tribuno español, Melquiades Álvarez, 1999 (derecha)295. Melquíades Álvarez y Rosario de Acuña: encuentros en el camino
Algunas de las medidas que por entonces reivindica Melquíades Álvarez son muy del agrado de Rosario de Acuña, de ahí que haga públicas sus simpatías. Más tarde...
 

Familia de Acuña y Robles, (fotografía cedida por María José de Acuña) 226. La tía olvidada
La suya era una de las biografías que había sido enviada a la profunda fosa de la desmemoria. Me preguntaba si no habría algún familiar que, conservando vivo su recuerdo, se atreviera a aportar alguna luz en aquella negritud del olvido...
 

Imagen de la plaza que llevará el nombre de Rosario de Acuña en Tarrasa (Terrassadigital.cat)191. Tarrasa recupera su presencia en el callejero
Los responsables del municipio de Tarrasa han acordado recuperar el nombre de Rosario de Acuña para denominar a una de las plazas de la ciudad, tras haber desaparecido de su callejero hace más de treinta años...



Fotografía de una manifestación anticlerical celebrada en Lisboa en 1912134. Proceso, exilio e indulto
La autora de aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después, no podría menos que sorprenderse por la trascendencia que tomaba el asunto. Las cosas se ponían difíciles y no tuvo más remedio...



Fotografía de Roberto Castrovido publicada en 193125. «También era mucho hombre esta mujer», por Roberto Castrovido
a descansado, al fin, la señora doña Rosario de Acuña y Villanueva de larga vida y combatida, trabajosa, aflictiva ancianidad. Puede aplicársele con justicia la frase de D. Nicasio Gallego a otra poetisa española: «Era mucho hombre esta mujer». Era la mujer...



Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com