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28 junio

174. Asturias, la tercera opción


Allí estaba Asturias, ¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...

Bien pudiera bastar este fragmento de Recuerdos de una excursión (⇑) para constatar su admiración por aquella tierra asturiana que tan bien conocía, pues mucho antes de recorrerla –de punta a punta, a pie y a caballo– había sido uno de los destinos terapéuticos que aliviaban sus lacerados ojos. Los baños del Cantábrico y la brisa de sus costas debían de procurarle balsámico remedio, pues hasta su admirada Asturias llegaba por ferrocarril para pasar una salutífera estancia, tal y como nos ha dejado escrito en otro de sus recordados viajes, en el cual relata una aventura vivida con tan solo quince años (⇑), cuando el tren que la llevaba de Madrid a Gijón en compañía de su padre fue asaltado por una partida de carlistas en las proximidades de la localidad leonesa de Villamanín.  

El Urriellu desde el mirador del mismo nombre (Archivo del autor)

Además de la del verano de 1865, también tenemos constancia de otra que tuvo lugar en 1874, pues entonces firma en Gijón la poesía titulada «A las niñas del Sr. D.B.D.G» (⇑). Años después recorre Asturias durante días en un viaje a caballo (⇑) iniciado en León y que continuará por Galicia. Entre otras localidades, visita entonces Trubia, en las proximidades de Oviedo, y Luarca. No tarda en regresar, pues en 1891, en la introducción de El padre Juan (⇑), rememora una ascensión al pico Evangelista (⇑), en el macizo oriental de los Picos de Europa, y nos describe la panorámica que desde su cima contempla en compañía de su acompañante:

...la aurora y el ocaso de la humanidad se desenvolvieron, con todas sus grandezas, ante nuestro pensamiento. El Cosmos surgía allí, eterno, infinito, anonadando nuestra pequeñez de átomos con sus inmensidades de Dios... Mi compañero se descubrió respetuosamente: su espíritu, capaz de comprender la majestad de la Naturaleza, había sentido la emoción religiosa; por su rostro varonil, lleno de energías juveniles sin corromper con el veneno de las prostituciones, se deslizó una lágrima: mis rodillas se doblaron en tierra, y nuestros labios murmuraron una bendición, cuya cadencia de plegaria fue repercutiendo en lejanos ecos, como si cien generaciones la hubieran pronunciado [...] Más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias! donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales...

Estaba prendada de aquel escenario que ella consideraba único, irrepetible: ¡la sin par Asturias! Era tal su pasión por la tierra asturiana que, ya instalada en su casa de El Cervigón, confiesa satisfecha que desde muy atrás, casi desde la niñez «fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo».

Altas cumbres abruptas, coronadas
por el cendal de inmaculada nieve;
prados cercados de florida sebe;
maizales, viñedos, pomaradas.

Tupidísimas selvas intrincadas
donde el sol ni a penetrar se atreve;
regatos limpios de corriente leve
y ríos que descienden en cascadas.

¿Quién podrá descifrar tanta belleza
que Asturias toda guarda en sus rincones?
¡Cuando el hombre se libre de locuras

y odie al odio, y encauce las pasiones,
podrá vivir la vida de venturas
que ofrece una región con tales dones!

A pesar de esa admiración que siente por «el florón más espléndido del solar español», no fue Asturias  su destino elegido cuando –tras encontrarse al borde de la muerte por las graves complicaciones que padeció como consecuencia de una fiebres palúdicas mal tratadas– decidió alejarse de su Madrid natal. Lo cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada (⇑), donde dice que está próxima a «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Puso sus ojos en el norte de España, sí; en las orillas del océano, también; pero fue a Galicia donde encaminó sus pasos. Sabemos que allí estuvo en 1894 y 1895, constando que en abril de este último año llegó a la localidad pontevedresa de Santa María de Oya, en la actualidad Oya (Oia), «con objeto de restablecer su quebrantada salud».

No se quedó mucho tiempo en el sur de Pontevedra. Cuenta en Los crímenes en la Montaña (⇑) que al año siguiente analizó la mejor opción para asentarse definitivamente en un lugar de la costa cantábrica, desde Vizcaya hasta Ferrol. Ante un mapa de España se puso a investigar qué lugar ofrecía mayores garantías para vivir con cierta tranquilidad. «Descartadas las provincias vascas por el furioso fanatismo religioso que alimentan los campesinos de ellas y que borra con ferocidades farisaicas sus patriarcales costumbres [...] vi que la menor cantidad y calidad de delitos correspondían a la Montaña, estando en primer término Lugo, luego Orense y después Coruña y Oviedo». Cantabria fue entonces el destino elegido y hasta allí se encaminó en compañía de su madre y de Carlos Lamo Jiménez. En las proximidades de Santander, primero en Cueto y luego en Bezana, permaneció unos doce años. Ya al final de este periodo, tal y como relata en 1906 en  Los crímenes en la Montaña (⇑), su percepción de aquel escenario y de los seres que lo pueblan parece haber cambiado tanto que empieza a darle vueltas a la idea de realizar una nueva mudanza.

Dos años después pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara de cómo podría ser su vida en esta villa asturiana. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última vivienda. Ahora sí, a la tercera, podrá ver cumplido aquel sueño rosado de la niñez de vivir y morir en «¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...»




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25 febrero

152. El Evangelista


A nuestras plantas se extendía un océano de montañas, cuyas crestas, como olas petrificadas, se levantaban en escalas monstruosas a 1000 y 1500 metros sobre el nivel del mar. Al sur, las dilatadas estepas de Castilla, con sus desolados horizontes de desierto, iban perdiéndose en límites de sesenta leguas, entre un cielo caliginoso, henchido de limbos de oro y destellos de incendio. Al norte, un inmenso telón límpido, azul, como tapiz compacto tejido con amontonados zafiros, se destacaba, lleno de magnificencias, intentando con la grandeza de su extensión subir hasta las alturas: era el mar. A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico. Estábamos sobre la misma cumbre, en el remate mismo de la crestería de piedra con que se yergue, como atleta no vencido, El Evangelista, uno de los colosos de la cordillera Las Peñas de Europa, coloso que levanta sus pedrizas enormes, sus abismos inmedibles, sus ventisqueros henchidos de cientos de toneladas de nieve a 2600 metros sobre el nivel del mar.

El texto es un fragmento de la «Dedicatoria» que, a modo de introducción, aparece en las primeras páginas del drama El padre Juan, estrenado el  tres de abril de 1891 en el madrileño teatro Alhambra. Dos son los protagonistas: la autora y «un ser valeroso» que con ella está, muy probablemente Carlos Lamo Jiménez, fiel compañero durante casi cuarenta años. El escenario: la cima de uno de los picos de las Peñas de Europa. Hasta ahí todo normal, pues sabemos de sus expediciones a caballo por diversos lugares de España, de su gusto por ascender a las montañas, de su místico amor por la Naturaleza... Es el nombre de la cumbre lo que parece que no acaba de cuadrar a quienes leen con entusiasmo esta  Dedicatoria  en un recuperado ejemplar de El padre Juan. Aquel topónimo no era habitual en la cartografía  de la zona, no era conocido por quienes la frecuentaban. ¿Era aquella una ascensión novelada, ficticia, contada para ambientar adecuadamente el prólogo de aquel drama? No era propio de ella ¿Se había equivocado la librepensadora con el nombre de aquella cima?

Daniel Palacio Fernández, farmacéutico y socio del Ateneo Obrero de Gijón, se puso a investigar el asunto: Picos de Europa... Nada en el macizo occidental o Cornión, nada en el central (Los Urrieles)... ¡Ah! Después de mucho buscar encontró alguna referencia en la zona oriental o de Ándara. Se citaba un lugar denominado «el hoyo del Evangelista». Ahí puede estar un buen indicio. Se centra en esta pista y, tras nuevas consultas, da con la clave que nos desvela en «Rosario de Acuña pionera del "Tourismo"» que se publica en 1992, en un folleto editado por el Ateneo Obrero de Gijón que lleva por título Rosario de Acuña. Homenaje:

Esta denominación del hoyo del Evangelista es consecuencia de una explotación minera que existía en el lugar, propiedad que era de don Juan Evangelista. Al hoyo le rodea la cresta de los tres picos del Jierro: Morra de Lechugales (2441 m.), Silla Caballo Cimero (2420 m) y Pica del Jierro. Esta vecindad fue la responsable de que la Pica del Jierro fuese rebautizada como Pico del Evangelista (según Enríquez de Salamanca) así se alterna en los mapas.

El texto de Palacio va acompañado de varios planos y mapas, entre ellos el que se incluye en el presente comentario, obra de José Arias Corcho y publicado en 1965; también  alguno de los incluidos en la obra Por los Picos de Europa. De Ándara al Cornión, de Cayetano Enríquez de Salamanca a quien en el texto se atribuye la información que aclara el asunto del doble nombre del pico en cuestión. 

Fragmento del plano de los Picos de Europa realizado por José Arias Corcho

Gracias a la investigación de Daniel Palacio ahora sabemos que lo que nos había contado Rosario de Acuña en la «Dedicatoria» de El padre Juan  no era una ensoñación novelesca. Que en el año 1890 –quizás en 1889–  ascendió al pico El Evangelista o Pica del Jierro situada a 2426 metros de altura. Cierto es que yerra en la altitud, que no alcanza  los dos mil seiscientos que ella le atribuye, probablemente por un error en el documento que maneja. Pero, puestos a fijarnos en los números, hagámoslo en el que refiere el año en que esta ascensión tuvo lugar: 1890, si no fue en el anterior. Este dato sí que tiene importancia pues, como también cuenta Daniel Palacio en su escrito, por estas fechas Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, más conocido como «el conde de Saint-Saud», se encontraba por el lugar, explorando esta zona de los Picos de Europa. De hecho, se dice que fue él quien protagonizó la primera ascensión a la Morra de Lechugales (en el mapa «Tabla de Lechugales»), y que lo hizo el 7 de julio de 1890.

En el verano de 1890 el conde de Saint-Saud asciende a la Morra-tabla de Lechugales; en el verano de 1890 (quizás en el de 1889) Rosario de Acuña lo hace al pico de El Evangelista...




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23 diciembre

50. Homenaje a Rosario de Acuña en Portugalete


Creo que de la lectura del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» (⇑), publicado en El Motín en el verano de 1916 y reproducido en este blog semanas pasadas, bien se puede deducir la admiración que por Rosario de Acuña sentía Volney Conde-Pelayo, miembro –como entonces se dijo– de una conocida familia de Portugalete y destacado escritor «radical».

Ignoro si la amistad entre ambos ya existía con anterioridad, pero sí me consta que, al menos, la hubo desde entonces, tanto con Volney como con su familia, pues sabemos que su hermano Ángel y su cuñado José Tejada pasaron unos días durante el verano de 1917 en la casa que en Gijón tenía la escritora (1). Visita que no sé si verían con buenos ojos las autoridades gubernativas asturianas, preocupadas como estaban ante los rumores de huelga general que corrían por entonces y que tan desagradables consecuencias habrían de depararle a la pensadora de El Cervigón, que en el mes de agosto tuvo que soportar dos registros domiciliarios.

Imagen de Portugalete en una fotografía tomada desde Las Arenas (Nuevo Mundo, 2-7-1920)

Lo cierto es que la simpatía debió de ser mutua, pues ambos defendían puntos de vista similares, al menos en cuanto respecta a la defensa de la libertad religiosa y a su beligerancia frente al omnipotente poder que el catolicismo ostenta en España, asunto éste en el que Rosario de Acuña tiene un ya reconocido prestigio de infatigable luchadora y Volney alguna que otra escaramuza notable, como la difundida por la prensa en el otoño de 1917: debe comparecer ante el juzgado de Sestao «por no haberse descubierto al pasar el Viático», según denuncia el capellán del «patronato de obreros amarillos».

En el artículo (⇑) que he citado al comienzo de estas líneas, proponía Volney un homenaje a Rosario de Acuña en desagravio a todas las penalidades sufridas por la escritora en su larga lucha por la libertad. «Hay que hacerlo por dignidad». Para ello solicitaba a algunos destacados propagandistas que se pusieran manos a la obra. No pudo ser entonces, pero él no cejó en su empeño hasta conseguirlo. Fue en Portugalete, en 1920.

Los organizadores pensaron que no había mejor manera de homenajear a la librepensadora que poniendo en escena El padre Juan (⇑), su obra emblemática, cuyas representaciones fueron prohibidas en 1891 por las autoridades gubernativas. A pesar de que la autora no pudo acudir por encontrarse delicada de salud, el público que abarrotaba el Salón Cine Ideal aclamó en repetidas ocasiones a la «ilustre anciana», según cuentan las crónicas del acto, en las cuales se anuncia que la iniciativa no termina ahí, sino que «el drama será representado nuevamente en algunos pueblos de las zonas fabril y minera de Vizcaya».

Rosario de Acuña, que conoce todos los pormenores de la iniciativa llevada a cabo en Portugalete, agradece públicamente el homenaje por medio de una carta (⇑) dirigida a todos y cuantos han participado en la representación:

A todos ustedes les mando, con esta carta, mi fraternal abrazo de afectuosa gratitud asegurándoles que lo que más que sentí al no poder asistir a la representación fue el no poder estar entre ustedes, los intérpretes del drama, guiándoles en lo que vacilaran y secundado, con mi experiencia de vieja, la hermosa actividad de sus juveniles voluntades

Resulta lógico pensar que hiciera extensivo el agradecimiento a Volney Conde-Pelayo, verdadero artífice del homenaje. De no haberlo hecho antes, tendría ocasión de hacerlo meses después cuando el «escritor radical», se trasladó a Asturias para participar en la campaña de propaganda del recién creado Partido Comunista, al que se habría incorporado tras haberse dado de baja en el  PSOE, convencido como está de que «se va apartando paulatinamente de la táctica de la lucha de clases que constituyó su brillante historia», según explica en una carta fechada en Portugalete el 28 de mayo de 1920 y dirigida al director de El Socialista.


Notas

(1) En relación a esta y a otras visitas, se recomienda la lectura del comentario 143. El Cervigón: parada y fonda (⇑).

(2) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 13-3-2010.




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22 diciembre

46. Unas palabras de Regina Lamo en memoria de su «excelsa ascendiente»


En una carta enviada hace unos días al diario Público (⇑), Lidia Falcón recordaba a su abuela Regina Lamo Jiménez (1870-1947) y denunciaba que su figura —al igual que sucediera con Rosario de Acuña— «ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país».

Fotografía de Regina de Lamo, fundadora del Banco de Crédito Popular de Valencia
Tiene toda la razón. ¿Cómo puede ser posible que una mujer que «se dedicó, apasionadamente, al activismo sindical y cooperativista», a la lucha feminista —muy a pie de calle, al lado de las mujeres del pueblo, al estilo de Rosario de Acuña—, a la defensa de los más desfavorecidos y a la difusión de una nueva cultura que regenerara la vieja patria sea hoy tan desconocida para la inmensa mayoría de los españoles? ¿Cómo puede ser posible que apenas sea conocido por unos pocos que esta jiennense (Úbeda, 1870), vinculada a la Federación Regional Catalana de la UGT, a la Unió de Rabassaires y a la Federación Regional de Cooperativas de Cataluña, tuvo una participación destacada en el I Congreso Nacional de Cooperativas, celebrado en Madrid en 1921; que por su iniciativa se creó el primer banco obrero: el Banco de Crédito Popular y Cooperativo de Valencia; que, al lado de Lluís Companys, participó activamente en la implantación dela Unión de Rabassaires; que desarrolló una amplia labor propagandística en el semanario La Tierra, en el diario El Diluvio, en la revista Acción Cooperativista o en el periódico gijonés El Noroeste? ¿Quién se acuerda que en 1928 fue elegida vicepresidenta del Ateneo Socialista de Barcelona o que un año más tarde era la presidenta del grupo femenino de la Agrupación Socialista de Barcelona? ¿Quién conoce su Introducción a Delirios de grandeza y lujuria de Zoilo Cuéllar Chaves (1920)?, ¿quién, su Breviario de autoeducación cooperativista (1923)? Algunos habrá que hayan oído hablar, leído quizás, su «Prólogo» en Las reivindicaciones femeninas de Santiago Valenti Camp (1927).

A qué seguir. Su figura y testimonio merecen un trabajo más exhaustivo que el que aquí podemos darle. Estoy seguro que, no tardando, llegará. Mientras eso ocurre, aquí tiene el lector interesado un escrito suyo. Se trata de la introducción a la edición que la valenciana Editorial Guerri realizó en 1938 de El padre Juan (⇑).


Portada de la edición de El Padre Juan publicada en 1938ASTURIAS

Liminares

Unas palabras



La reposición del drama EL PADRE JUAN, en este limitado escenario que es la revolución española (1933-1938), va signada con la voluntad inquebrantable de quien repone y esto escribe, hacia horizontes, si no imprevistos por los hombres que gobiernan la República, si soslayados, y hasta soterrados, pudiéramos decir, después de honda reflexión y análisis de los hechos que a diario nos abruman con su indiscutible elocuencia.

La cuestión clerical. He ahí el problema fundamental y base del movimiento subversivo, cuyas derivaciones no son otra cosa que coletazos, con que el muestro de las cien cabezas se defiende, atacando impíamente a los que en España intentaron desterrar «para siempre» —pobrecillos— aquellas cien cabezas con sus correspondientes piojeras de hermanos, hermanas, padres, madres y cofrades de hábitos de varios colores, largos o cortos, según la misión encomendada a toda esa serie de vividores ultra terrenos.

Pues bien, ese problema, cuya solución fue incrustada en la España republicana durante medio siglo, merced a la pluma de aquellos dos colosos del librepensamiento que fueron —y son— Rosario de Acuña y José Nakens, está sin resolver, y lo que es más alarmante, por sintomático, va tomando el aspecto de algo que me recuerda el título de aquel libro que costó la vida a José Rizal (a Rizal la vida y a España el archipiélago filipino): Noli me tangere.

Sí. No le toquéis. Es la consigna. Que si Euzkadi. Que si mano tendida. Que si pitos. Que si flautas... Total: con el artículo veintiséis de la Constitución de la República, dio el gran topetazo Alacalá Zamora, que por cierto no le impidió, ni le privó, como serenamente pensando debió privárselo e impedírselo, aquella espantá —y perdóneseme el taurinismo de la frase— el acceso a la presidencia de la República, desde la cual —¿y cómo no?—, se dedicó a pedirle bendiciones al Nuncio de S.S. y a trapichear con el clericalismo más audaz y militarizado, que tan caro nos cuesta. Con las consecuencias de todo esto, dio el topetazo del 33 y del 36 la República.

Así, pues, ya que ellos, los grandes —únicos pudiéramos decir— Rosario de Acuña y José Nakens, dejaron la palestra llamados por la muerte, yo, que los evoco constantemente; yo que veo, lamentándolo, vacío el lugar que ellos llenaron con la luz de sus vidas y el calor inmortal de sus obras, me complazco una vez más en actualizarla a ella, a mi excelsa ascendiente, Rosario de Acuña, colocándola en el sitio que aún no mereció de los que debieron tenerla como índice de su actuación política y social: en el sitio que mereció, merece y merecerá de cuantos amen y sientan la causa de la libertad humana, sincera y virilmente, sin miedos ni habilidades circunstanciales. Su sitio, mentor de la República laicodemocrática.

Ahí; y por eso va dedicada esta reposición a Asturias, porque en el limitado escenario de la Revolución española (1933-1938) —y volvemos al primer párrafo de este clavo que quiero remachar en las conciencias libres, de los pocos que tienen conciencia—, Asturias, la fuerte, la dura, la tenaz, la insumisa por antonomasia, es donde ella, Rosario de Acuña, ha podido ser adorada, comprendida y reverenciada.

Por aquellos riscos, en aquel acantilado que se mete en el mar desafiando sus furores, en aquel Cervigón, ungido por sus pasos de proletaria voluntaria siempre encaminados al trabajo y a la solidaridad con cuantos sufrieron persecuciones y miserias, aún resuenan, seguros de pisar tierras de libertad y de justicia. Allí quedó su cuerpo: sembrado fue por los mineros de aquella cuenca que de cada carbón extraído a la tierra hacen, por su fe en la victoria definitiva, tizón luminoso, fuego sagrado, que en llamarada de aurora roja ilumina, desde 1933, todos los caminos del proletariado del mundo.

Y nada más. De clavo pasado es esto de la cuestión clerical, como signo evidente de esta guerra que nos exalta el alma. La República española parece olvidarlo, o sin olvidarlo, lo relega a término de postergación. Hace mal. Plinio el Viejo escribió con clarividencia notoria aquello de Latifundio perdere Italia.

Yo temo acertar al escribir aquí: La tolerancia con el clericalismo, única y verdaderamente peligrosa quinta columna, perderá a la República.

Valencia, 1938

Regina Lamo


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 23-2-2010.




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24 octubre

27. Una heterodoxa en la España del Concordato


Portada del libro «Rosario de Acuña y Villanueva.Una heterodoxa en la España del Concordato»
 
FERNÁNDEZ RIERA, Macrino:  

Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato.

 Gijón: Zahorí Ediciones, 2009 




NOTA. La edición de esta obra se ha agotado. No obstante, la persona interesada puede acceder al texto completo del libro (formato PDF) pulsando en cualquiera de los siguientes enlaces:




= = = = =

El Concordato de 1851 va a poner fin a las veleidades liberales en materia religiosa: el acuerdo encomienda a la jerarquía católica la misión de «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud». Muchos son los que se van a alzar en contra del renacido monopolio católico, dando inicio a una larga disputa ideológica.

* * *

Rosario de Acuña y Villanueva (Madrid, 1850 - Gijón,1923) se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.


Índice


Introducción

1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios... 1.1. Aproximación a la España de mediados de siglo. 1.2. Madrid, capital del Reino. 1.3. Buena cuna, mejor crianza. 1.4. Una familia de orden

2. Literatura y propaganda. 2.1. Mujer y Literatura. 2.2. Las inmediatas predecesoras: románticas, isabelinas... 2.3.De poeta a publicista. 2.4. Inclusión en el canon decimonónico.

3. Esposa te doy, que no esclava. 3.1. Iglesia, Estado y matrimonio. 3.2. Un contrato desigual. 3.3.Un amigo abnegado y respetuoso.

4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza. 4.1. La atracción urbana. 4.2. Pinto: la metamorfosis. 4.3. Cueto: trabajando por la supervivencia. 4.4.Gijón: el compromiso social.

5. Santa corona de domésticas virtudes. 5.1.Diferentes naturalezas, diferentes funciones: El ángel del hogar. 5.2. Hacia la formación de una conciencia feminista. 5.3. De esposa virtuosa a combativa feminista. 5.4. Las solteras y las viudas hagan lo que quieran.

6. Amor a la patria. 6.1. Construyendo una nación. 6.2. Del Peloponeso a Finisterre: la gran nación latina. 6.3. El error de José Martí: Rosario de Acuña no era cubana. 6.4. Oigo, patria, tu aflicción. 6.5.De la monarquía liberal al mesianismo proletario.

7. Católicos, librepensadores y masones. 7.1. La ruptura de la unidad católica de España. 7.2. La lucha por la libertad de conciencia. 7.3.Una esperanza: Las Dominicales del Libre Pensamiento. 7.4. La masonería española a mediados de los ochenta. 7.5. Los primeros pasos de la nueva hermana. 7.6. Con creencias que por nada ni nadie consentiré en perder...

8. El campo de confrontación. 8.1. Los males del liberalismo y la división de los católicos. 8.2. Clericales y anticlericales. 8.3. La disputa toma la calle: La Ley del Candado. 8.4. Mujer a mujer, obrero a obrero. 8.5. Formación religiosa y pensamiento científico

9...una de las dos Españas ha de helarte el corazón. 9.1. Entre insultos y homenajes 9.2. La tumba del olvido. 9.3. Emergiendo entre la borrina. 

 

 

 



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12 agosto

12. La solitaria de «El Cervigón», por Manuel Tejedor


En suerte le cupo el Primero de Mayo de este año poder holgar a nuestro viandante. Porque no siempre el que viaja con frecuencia puede festejar el día mayor de los trabajadores (1). Otros años nos ha sorprendido la estancia en esta fecha en pequeños pueblos donde la falta de organización obrera hacía que el Primero de Mayo pasara inadvertido y se viese uno lanzado forzosamente a su habitual trabajo.

Fotografía tomada cuatro días antes de su fallecimiento, en la celebración del  Primero de Mayo (El Comercio, Gijón, 16-3-1969)Pero este año, no. Este año hemos tenido la dicha de poder estar al lado de la familia y de la organización a la vez. Y, verdaderamente, ¿por qué no decirlo?, ciertas expansiones que realizan los obreros organizados en este día no son de nuestro agrado. Suelen tener derivaciones que inconscientemente se traducen en consecuencias no muy prestigiosas precisamente.

He aquí un fundamento para que a los socialistas gijoneses les haya sugerido la acertada idea que ponen en práctica de hace unos años acá. Se trata, sencillamente, de una excursión agradable, a la vez que silenciosa. Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de «El Cervigón», la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama que, ya vieja, empero rompería su lanza en pro siempre de las ideas avanzadas...

Fraternizando, en grupos, hemos partido del centro de nuestra industriosa villa gijonesa a realizar la excursión. Día esplendoroso, de irradiante sol; alejándonos del bullicio de la población en donde siempre vemos la vida monótona, vulgar y cansada, empezamos bordeando la hermosa playa, respirando la brisa del mar, disfrutando a nuestras anchas... Llegamos al extrarradio de Gijón sin perder de vista el mar, expansionándonos ante el paisaje que se nos ofrece: a la izquierda, las rocas del Cantábrico, en donde el oleaje impetuoso se estrella; a la derecha, los verdes campos, pletóricos de alegría. Nos hallamos en el empalme, en la unión de la ciudad de Jovellanos y la aldea de Somió. Algo en lo alto se destaca: la mansión de la solitaria. Una modestísima casa que la circunda una tapia...

Doña Rosario de Acuña, vive en compañía de su sobrino don Carlos, el que muy atentamente nos recibe a la puerta y nos da acceso al interior. Nuestro asombro ha sido grande al apreciar el sencillo y escueto mobiliario de doña Rosario: una camilla grande, un trinchero antiguo, varias sillas, etcétera; pero no el mobiliario de lujo, ni siquiera de apariencia, que hoy cualquier familia humilde posee. De ahí el contraste.

La visita ha sido breve, pero ha sido muy grata para los excursionistas. Pocas palabras se han cruzado, pero hemos dicho mucho. Claro es que ha sido el pensamiento el que todo lo ha expresado, porque en los allí reunidos era el mismo nuestro fondo, el mismo nuestro ideal.

En la amigable charla con doña Rosario se ha revelado ora el optimismo, ora el pesimismo. La eximia escritora nos ha pedido un favor y nos ha referido una de las pinceladas de su amarga vida. Nos ha pedido, y nosotros aceptado, que a la par que en el día 1º de mayo representemos la obra Juan José, los socialistas representemos una obra suya: El padre Juan. Nos ha ofrecido el argumento de la obra, prescindiendo de cobrar los derechos. Muy agradecidos, lo hemos estimado con distinción.

La solitaria nos ha referido lo que le acaeció al querer estrenar la citada obra en Madrid, cosa que no consiguió por la prohibición del Gobierno de aquel entonces. Pretendió que la pusieran en escena varias compañías, y, aunque con sentimiento, todas se negaron. La obra era bonita; el conjunto, los personajes, la intención, la argumentación, revelaba la verdad, la justicia...; pero hablaba muy claro. Obligada se vio doña Rosario a alquilar un teatro de Madrid por veinte días, formar la compañía, encargar el vestuario y decoraciones para su propiedad. Y cuando había invertido quince mil pesetas, el día del estreno la prohibieron las autoridades, tomando éstas las bocacalles del teatro para evitar la representación.

A este respecto nos advertían, nos recordaba nuestra doña Rosario cómo volcó su fortuna en beneficio de las ideas avanzadas, procedimiento contrastable con el de nuestros políticos y seudorrevolucionarios de oficio, que gracias a sus prédicas han medrado.

Nos pareció acertada la forma en que calificaba a los políticos revolucionarios al uso. Nos decía de uno que sigue pasando por republicano en España el concepto que de él tenía, que no era otro que el de jefe de la policía palatina. Se nos refería a otro que lo fue, calificándole de político ingenuo a disposición de la Monarquía, como un gran colaborador y sostenedor, a pesar de su pregón constante de democratizarla.

Y, por último, vimos un gesto viril, varonil, a la solitaria de El Cervigón. Celebraba mucho, con gran alegría, la posición de nuestros diputados socialistas, de nuestros concejales socialistas de Madrid, del triunfo resonante en las últimas elecciones generales en Madrid. Vislumbraba llegada la hora de depurar las responsabilidades de Marruecos. Luchaba ella titánicamente ante nosotros. «A ver, amigos socialistas –nos decía– únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; unirse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo, que aquí lo componen los jesuitas, el clero, la Acción ciudadana, los sindicatos católicos, los libres, los mauristas, los conservadores; en fin, todos los que sostienen este podrido régimen, que se tambalea, y un simple soplo sobraría para echarlo abajo...»

¡Qué mujer más santa; qué mujer más hermosa, en un elevado sentido de la palabra!

Manuel Tejedor
León 
El Socialista, Madrid, 19-5-1923 (2)

Notas

(1) Manuel Tejedor era viajante de comercio. Miembro de la UGT y de la Agrupación Socialista de Gijón, participó en la creación de la Federación Nacional de Viajantes y Agentes de Comercio y de la Industria siendo vicepresidente de la misma en 1934.

(2) El texto, publicado dos semanas después del fallecimiento de doña Rosario de Acuña, iba precedido del siguiente comentario de la redacción del periódico: «Por la triste actualidad que encierran y como recuerdo de una exquisita manifestación de cariño a la que fue ilustre escritora, publicamos hoy las siguientes cuartillas de un estimado correligionario».



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30 julio

7. El padre Juan más reciente


El viernes 3 de abril de 1891 se estrenaba en el teatro Alhambra de Madrid El padre Juan (⇑), drama en tres actos de Rosario de Acuña. El público, que llenaba el patio de butacas,  aplaudió con entusiasmo al final de la obra cuando el telón cayó sobre el escenario, lo cual parecía asegurar a su autora varias representaciones más de aquella obra, compensando, de alguna manera, los contratiempos con los cuales se había encontrado desde el mismo momento en el que se le ocurrió representarla. Sin embargo, la primera función se convirtió también en la última, pues así lo decidió la autoridad gubernativa.

Portada del programa de la IX Muestra de Teatro Escolar - U. Laboral Gijón, 2001Lo que seguramente no sospechaba el gobernador de Madrid era que con su decisión iba a contribuir a la inclusión de  El padre Juan en la categoría de títulos malditos (o emblemáticos, según para quien),  al lado de otros controvertidos dramas  como Electra, de Galdós (⇑) o Daniel, de Dicenta (⇑).

Para unos no era más que un opúsculo irrespetuoso; para otros, un canto a la esperanza y a la libertad; para nadie, un drama sin más. Así las cosas, convertido en un panfleto propagandístico, El padre Juan se alejó de los escenarios tradicionales y se hizo un hueco en el repertorio de algunos grupos teatrales constituidos en sociedades obreras, republicanas o librepensadoras. Serán estos entusiastas actores los que de vez en cuando den vida a Isabel de Morgovejo, a Ramón de Monforte y al resto de personajes. Parece ser que la obra se representó con cierta frecuencia, aunque tan solo tengamos constancia de algunas de estas representaciones, como la que tuvo lugar a finales de mayo de 1920 en Portugalete (⇑), con la cooperación de la Casa del Pueblo de la localidad, o la que llevó a cabo la Sección Artística Obrera en el teatro Robledo de Gijón en el mes de julio de 1923.

Sí tenemos noticia confirmada  de la que, a falta de otros datos, podemos considerar la representación más reciente, que tuvo lugar el miércoles 9 de mayo de 2001 en el teatro de la Universidad Laboral de Gijón y que corrió a cargo del grupo de teatro del instituto Rosario de Acuña, dirigido por Luciano Maldonado Moreno, profesor de Lengua y Literatura. Este fue el reparto:

Ramón de Monforte
Tania Montes
Reparto del Grupo de Teatro Rosario de Acuña que representó El padre Juan
Isabel de Morgovejo Marta Gómez
Doña Braulia Lucía Prieto
Consuelo Olaya Suárez
Doña María de Noriega Silvia Pescador
Don Pedro de Morgovejo; Ada Ruiz
Diego David López
Luis Tamara Menéndez
Doña Rosa Cecilia Alonso
Juana Paula Morales
Manrique Patricia Cañete
Roque María Fernández
Manuel, aldeano joven Lorena Veiga
Pepa, aldeana joven Vanesa Buznego
Justo, aldeano joven Lara Rodríguez
Suárea, arquitecto Paula Macho


Lo que al día de hoy ignoramos –las crónicas no dicen nada al respecto– es si alguien encarnó el espíritu del padre Juan.



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