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21 septiembre

244. Asturias: el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria

 

Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el muy afortunado y tantas veces repetido «Asturias paraíso natural», ya hubo quien proclamó con entusiasmo las cualidades paradisiacas de la región. Tal fue el caso de Antonio Pérez Pimentel, español de Cuba llegado a Gijón en l907 como catedrático de Francés del Instituto de Jovellanos, a cuya iniciativa y perseverancia se debe en gran medida la construcción del mirador del Fito, «privilegiado lugar con que la Naturaleza dotó a Asturias». Tal fue el caso también de Rosario de Acuña Villanueva, una madrileña que eligió un lugar en el litoral gijonés para pasar los últimos años de su vida: «Medio mundo vendría a extasiarse en estos incomparables paisajes astures […] porque no hay nada más soberanamente bello que Asturias».

Aunque nacida en pleno centro de Madrid, no tardó en disfrutar de los efectos salutíferos de la brisa yodada del Cantábrico. Sabemos de sus tempranas estancias en Gijón donde, quizás por primera vez, sus doloridos contemplaron la inmensidad del océano. El primer viaje a Asturias del que tenemos noticia tuvo lugar en su primera juventud y no lo olvidó. El tren correo en el que viajaba junto a su padre para pasar un mes en la villa gijonesa, a los baños, fue asaltado por una partida carlista en las proximidades de Villamanín. Tras la marcha de los asaltantes y con menos dinero en el bolsillo, tuvieron que caminar en dirección a Busdongo hasta encontrar cobijo en una de las casas del lugar. A la mañana siguiente, pusieron rumbo a Puente los Fierros, puerto abajo, en un carro tirado por un burro que habían conseguido alquilar en la localidad leonesa. Una vez allí, tomaron otro tren que, al fin, les condujo hasta su ansiado destino, donde les esperaban unos buenos amigos. 

Concejo de Somiedo (archivo del autor)

Volvió en más de una ocasión, y no solo a Gijón, y no solo para que sus ojos obtuvieran los beneficios del aire marino. Conservamos algunos testimonios de sus andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heladeras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en Soto del Barco»... La mayoría de las veces lo hizo a lomos de una fiel cabalgadura, en alguna de las expediciones que, partiendo de Pinto, realizaba cada año para recorrer durante meses buena parte del norte de España. Así sucedió en 1887 cuando, procedente de León, pasó algunas semanas en Asturias (con estancias de varios días en, al menos, Trubia y Luarca) antes de internarse en tierras gallegas. Volvió a suceder pocos años después. Durante el verano de 1889 o 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa, valiéndose de un asturcón para la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia... En la cima de la Pica del Jierru (o pico del Evangelista, que era como solía aparecer por entonces en los mapas), sus ojos se recrearon en la panorámica que desde aquellas alturas, a más de dos mil cuatrocientos metros, se contemplaba: al sur, las estepas castellanas; al norte, la azul inmensidad del mar; «más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias!, donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales».

En su opinión, este privilegiado territorio no solo posee innumerables bellezas paisajísticas capaces de atraer a turistas de medio mundo, sino que también cuenta con un clima suave y con una tierra fértil que bien pudieran convertirlo en un auténtico vergel, donde florecieran la agricultura y la ganadería, la vacuna y la equina, así como la industria avícola, que ella tan bien conoce. A sus ojos, la tierra astur se configura como el escenario paradisiaco que, sabiamente utilizado, debiera proporcionarle «tal riqueza que fuera el asombro de Europa, porque no hay en ella, ¡no!, (conozco Francia e Italia en viajes también despaciosos), una región más fértil, más templada, más exuberante de vegetación ni de tierra más substanciosa que esta faja vertiente norte del Pirineo cantábrico».

Tan solo es preciso que sus gentes sean capaces de aprovechar racionalmente los bienes con los que la naturaleza ha premiado a su tierra: un clima privilegiado, suelos de alto valor y agua; que las gentes del campo, mirando más hondo a la tierra que al cielo, buscando el bien de todos, se asocien para recoger con sabiduría y mesura los recursos que tienen a su disposición. Tal sería el sentido de la carta que remite a la Asociación de Agricultores de Carreño, así lo escribe también en algunos de los textos que desde su casa del acantilado gijonés envía a la prensa amiga: «Las sociedades de labradores pueden, si quieren, ser el núcleo propulsor de la innovación». Con una buena organización, con un adecuado reparto de tareas entre los integrantes de las cooperativas agrícolas, Asturias podría convertirse en poco tiempo en la abastecedora de huevos y aves (gallinas, patos, ocas, faisanes…) de media España.

Aunque la avicultura sea la protagonista de sus propuestas, no por ello deja de ver las potencialidades que para la riqueza de la región presenta la ciencia agrícola. El ejemplo lo tiene cerca de su casa, en el vergel que se extiende por la ería del Piles, con sus elevados trigales, sus campos de remolacha, sus caserías «enguirnaldadas de parrales» y rodeadas de laureles e higueras, sus huertos floridos de frutales diversos, sus eras de alcachofas y sus tablares de fresa… «Y todo ello soberbio de lozanía, de vigor, de abundancia». Tampoco se olvida de las pequeñas industrias caseras para la elaboración de mermeladas y confituras, de mantequilla o de quesos, como los que ya se producen en las montañas orientales, los exquisitos quesos de Cabrales, «enmohecidos por las nieblas de los ventisqueros, y la paciente habilidad femenina».

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, en este privilegiado escenario habita también la esperanza: «un apretado haz de consecuentes, austeros y resueltos» que militan en el campo de la libertad, obreros concienciados y combativos, hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de librarse de la superstición y de abrazar la racionalidad y el progreso, mujeres a quienes desea ver «emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas», como las que, no tardando, se manifestarán a su lado por las calles de Gijón en defensa de la llamada «Ley del candado».

¿Qué más podría pedir? Tan solo faltaba la ocasión para hacer realidad su sueño: «vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo». Y la oportunidad se presentó a finales de la primera década del siglo veinte, cuando, tras un desahucio, dos mudanzas obligadas y un robo que diezmó su granja, puso fin a su etapa como avicultora en Cantabria. En 1908 pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última morada. Meses más tarde se encuentra en su nueva casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean el cabo de San Lorenzo: « ¡Gijón!, ¡Gijón!, el mar en oleadas vierte en ti su infinita poesía…».

Muchas horas, muchos días de cabalgar caminos, de ascender lomas y montañas, de andar senderos, de atravesar collados, de vadear riachuelos; muchas horas, muchos días, de ver y sentir. « ¡Ay! ¡Asturias!, ¡Asturias! Si tus hijos quisieran, si metieran allá, muy dentro del alma, en el más oscuro rincón, el catecismo clerical y llenaran su inteligencia de ciencia positiva, y su corazón de amor a la vida…». Recorriendo esta tierra desde los quince años, cuando sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa cantábrica, hasta pocos antes de su muerte. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco, recién vuelta del exilio portugués al que la llevó aquel contundente artículo en el cual arremetió contra los agresores de una joven universitaria, realizó la que probablemente fue su última expedición por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón al suroccidente asturiano. Por la costa hasta Ribadeo; subida a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos (« ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! [...] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro...»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y... vuelta a El Cervigón.

« ¿Quién podrá descifrar tanta belleza

 que Asturias toda guarda en sus rincones?

 ¡Cuando el hombre se libre de locuras 

y odie al odio, y encauce las pasiones, 

podrá vivir la vida de venturas 

que ofrece una región con tales dones! ».

 

 La Voz de Asturias, 20-9-2021




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10 mayo

236. El centenario de su muerte, a dos años vista


El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de la muerte de Rosario de Acuña. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable. Así es que, con antelación suficiente, en un escrito titulado «Cuatro años por delante» (⇑) y publicado en la prensa regional a principios del mes de julio de 2019, me atreví a recordar públicamente, y de manera especial a las dieciséis concejalas y once concejales que integraban la nueva corporación municipal gijonesa constituida por entonces, que al final de su recién estrenado mandato se cumpliría el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (Archivo del autor) 

Según pude saber más tarde, aquel escrito no cayó en saco roto, lo cual contribuía a apuntalar la impresión de que las cosas estaban cambiando en la Plaza Mayor, al menos en lo que respecta al asunto que nos atañe. En efecto, tras una etapa en la cual la figura de Rosario de Acuña había caído en el apacible letargo de la desmemoria concejil, los síntomas apuntaban a un deseable cambio de tendencia, que parecía confirmarse poco tiempo después con la agenda y el calendario que, con el título Mujeres míticas, editó la Oficina de Políticas de Igualdad. Uno de los meses del año está dedicado a esta infatigable luchadora, de quien, entre otras cosas, se dice lo siguiente: «Considerada ya en su época como una de las más avanzadas vanguardistas y defensora de la igualdad social de la mujer y el hombre. Ilustre vecina que se afincó en Gijón/Xixón en 1909, participó activamente en la vida política, social y cultural de la ciudad. El Paseo Rosario de Acuña recuerda su paso por el Cervigón». Tras la lectura de aquella referencia, me pareció oportuno poner el foco en ese paseo al que se alude, totalmente desconocido para buena parte de la ciudadanía gijonesa. Subsanar aquel sinsentido no requería de grandes actuaciones y, si así se hacía, podría resultar una prueba evidente de tan ansiado cambio. 

Ese era el objetivo perseguido con «El paseo que (casi) nadie conoce», publicado en marzo de 2020. Aunque con ese nombre oficial llevaba figurando en el callejero gijonés durante las últimas tres décadas (desde aquel el 11 de mayo de 1990 el Ayuntamiento tomó el acuerdo de denominar Paseo Rosario de Acuña al tramo comprendido entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia), lo cierto es que en el lugar indicado no existe referencia alguna que informe a quienes por él transitan dónde empieza y dónde acaba el referido paseo, razón por la cual es desconocido para la mayoría de la población. Como la solución no parecía muy difícil (bastarían un par de placas que así lo indicaran), el hecho de subsanar tal despropósito bien podría considerarse como una prueba del supuesto y esperado cambio de tendencia en el gobierno municipal. Sería una excelente forma –no muy costosa, según mi parecer– de dar mayor visibilidad a una mujer ejemplar, de preparar el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa. 

Como quiera que en este tiempo hubo quien desde el Ayuntamiento se interesó por conocer cuáles eran mis propuestas para el centenario, aproveché la oportunidad que se me brindaba, sin esperar siquiera a comprobar si mi anterior escrito había logrado su propósito. Así es que en «Preparando el centenario», publicado a finales del mes de mayo de 2020, tuve ocasión de bosquejar algunas de ellas, y hablar (una vez más) de la necesidad de dar visibilidad al paseo que lleva su nombre o la de recuperar el uso colectivo de la que fuera su casa en El Cervigón. No obstante, ya apuntaba entonces la conveniencia de integrar en las labores de preparación de los actos del centenario a diversos colectivos, y citaba expresamente a entidades que habían asumido como propio el nombre de Rosario de Acuña (un coro de voces femeninas, una logia masónica, un instituto, una escuela feminista), al Ateneo Obrero (sociedad a la que estuvo vinculada) o a algunas otras que tienen su razón de ser en la defensa de algunos de los postulados por los cuales doña Rosario batalló a lo largo de su vida (Tertulia Feminista Les Comadres, Asturias Laica, Ateneo Republicano de Asturias…). 

Los ecos que me fueron llegando resultaban tranquilizadores. Se me dice que, en efecto, el centenario está en la programación del equipo de gobierno municipal y que, aunque con algo de retraso, se trabaja en su organización. Tocaba, por tanto, esperar. 

Ha pasado un año desde entonces y nada hay de nuevo: la que fuera su casa en El Cervigón continúa sin uso conocido; el paseo sigue en su cotidiana semiclandestinidad, carente de toda información… En el momento actual, a dos años vista de cumplirse el centenario de la muerte de Rosario de Acuña, las únicas noticias alentadoras que he recibido llegan de Pinto, localidad situada al sur de la provincia de Madrid donde ella vivió una de las etapas más cruciales de su biografía. Los planes que me han hecho llegar los responsables de una de las asociaciones culturales de la ciudad resultan muy alentadores: aumentar la dotación de obras en las bibliotecas municipales, tanto las escritas por nuestra protagonista como las relacionadas con ella; dedicar el año 2023 del Aula de historia a Rosario de Acuña, con una programación mensual que abarque diversos temas afines a su trayectoria biográfica; programar un intenso calendario de actividades para el mes de marzo de ese año (exposición, ciclo de conferencias, proyecciones o la representación de una obra de teatro)… 

Aunque ciertamente no nació en Pinto, como hasta hace bien poco se afirmaba, creo que existen indicios suficientes para pensar que quienes habitan en esta ciudad han dado pruebas evidentes del interés que despierta el recuerdo de quien fuera una de sus vecinas más ejemplares: desde hace ya un tiempo en su callejero hay una calle con su nombre; el pleno municipal ha aprobado diversas mociones para rescatar su figura del olvido; y en varias ocasiones su recuerdo estuvo bien presente en los actos organizados con ocasión de la Semana de la Mujer. Además, cuando el Ayuntamiento decidió abrir un proceso de votación popular para elegir el nombre de un nuevo centro social, el de Rosario de Acuña fue el elegido, y como tal es conocido desde que fuera inaugurado el día 6 de marzo de 2010 en una ceremonia en la que, por cierto, participó la por entonces alcaldesa de Gijón Paz Fernández Felgueroso. Sin duda, eran otros tiempos. 

En los actuales, a dos años vista del centenario de la muerte de Rosario de Acuña, tan solo cabe esperar, en la confianza de que, al fin, tanto en Gijón como en Pinto se aprovechará esta ocasión que brinda el calendario, no solo para recordar la figura de esta incansable luchadora en pro de la libertad de conciencia y defensora infatigable de los más desfavorecidos, sino también para divulgar el rico patrimonio vital que nos ha legado. Que así sea. 

 La Voz de Asturias, Oviedo, 9/5/2021 (⇑) 

 

 



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a descansado, al fin, la señora doña Rosario de Acuña y Villanueva de larga vida y combatida, trabajosa, aflictiva ancianidad. Puede aplicársele con justicia la frase de D. Nicasio Gallego a otra poetisa española: «Era mucho hombre esta mujer». Era la mujer...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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29 junio

215. Amazona


Amazonas

Contemplando la ilustración que inicia este comentario, bien pudiéramos decir que no se aprecian grandes diferencias: la imagen de la izquierda muestra el modelo de traje de amazona que apareció en la portada del primer número de El Mundo de las Damas publicado en el mes de enero de 1887; a la derecha se puede contemplar una copia del retrato ecuestre de nuestra protagonista, «en la forma que hizo su último viaje por Asturias y Galicia», puesto a la venta por El Porvenir Editorial en 1888 al precio de dos pesetas.

Aunque la imagen de doña Rosario de Acuña a lomos de una cabalgadura no desemejara en grado sumo de la que aparecía en los figurines del momento, cabe pensar que, según en qué lugares y en qué situaciones, no siempre podría pasar inadvertida. Basta suponer lo que pudo acontecer en el transcurso de ese viaje al que se hace mención más arriba: años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega; lo hace a lomo de una caballería; su negro atavío oculta el aparejo en el que se asienta... Quizás lo sea entre las damas, en los cortijos o en las dehesas, pero allí la estampa no es habitual. Ella misma nos da cuenta de la sorpresa que causa su presencia: los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa, a la respetable altura de mi noble yegua: —«¡Milagro, milagro!»— he oído decir a algunas mujeres de estos infelices».

Ni aquella de 1887, por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), fue la primera expedición ni la yegua de blanco pelaje su único corcel. Cada año, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar las tierras, salía de Pinto a lomos de una dócil montura, con escaso equipaje a la grupa y bien acompañada (al principio, al lado de su viejo criado Gabriel; más tarde, junto al joven Carlos Lamo (⇑), su buen discípulo) para conocer una parte de su vieja patria, en largas jornadas en las que recorrían de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supondrían varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), que terminaban con un merecido descanso, bien fuera en una fonda, posada o al abrigo de una tienda de campaña. Y así durante semanas, hasta que a finales de noviembre regresaban a la quinta que poseía en la pequeña localidad madrileña. Ni que decir tiene que el buen entendimiento entre la amazona y su caballería constituía  un elemento de gran valor en aquellas largas y periódicas aventuras. Rosario presumía de la eficacia del amigable control que ejercía sobre sus animales:

Siempre, más que las riendas, espuela y látigo, guié a mis caballos con la voz; no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras; siempre cabalgué en animales de raza noble, es cierto, mas siempre una de las orejas del bruto iba vuelta hacia atrás, escuchándome, y me bastaba decir: «¡A correr!», para que corriera; y cuando la escabrosidad del camino surgía delante, con decir: «¡Cuidado!», bastaba para que sus cascos se posaran con tiento y firmeza.

Fuera Vieja o fuera Viejo, que así acostumbraba llamar a sus monturas, lo cierto es que fue en Pinto donde encontraron mejor acomodo, pues su Villa Nueva –además de huerto, palomar y corral–  contaba con un establo preparado para dos caballos. De hecho, fue en los años en que residió en la villa pinteña cuando realizó la mayor parte de sus expediciones. La que mejor conocemos es la de 1887, pues, animada por el propósito de escribir «un librito» sobre las tierras y las gentes del Norte, tomó notas de reflexiones y aconteceres, parte de las cuales le sirvió de base para escribir algunos artículos que fueron publicados en Las Dominicales. Fue la más documentada, pero no fue la única. Ese mismo año, después de recorrer a lomos de su yegua trescientas ochenta y nueve leguas por Asturias y Galicia (alrededor de dos mil cien kilómetros), y tras una breve estancia en Madrid, partió hacia Andalucía. Sabemos también de otras expediciones, como aquella que tuvo por escenario las tierras castellanas lindantes con Extremadura, en el transcurso de la cual se encontró con un conocido (⇑), catedrático del instituto de la cercana ciudad donde se ubicaba su posada e hijo de la nodriza de su padre; o aquella otra en la cual recorrió por entero el litoral cantábrico (⇑) a la grupa de su Viejo de entonces, quizás la misma que le llevó a la cima de El Evangelista, en el macizo oriental de los Picos de Europa, y de cuyas impresiones nos da cuenta en la dedicatoria que inicia El padre Juan (⇑). Muchas jornadas, muchas leguas; tantas que en la quietud brumosa de la añoranza llegó a escribir: «¡Ah, sí! ¡España, la tierra española, la Península Ibérica, es hermosamente espléndida! [...] Yo la conozco casi palmo a palmo; en cuanto a Asturias, La Montaña y Galicia, las sé como mi casa». 

Sin duda, la de Pinto fue la mejor etapa; luego las circunstancias cambiaron. En Cantabria no le fue posible repetir aquellas expediciones. La granja avícola (⇑) que puso en marcha en Cueto le obligaba a permanecer día tras día al lado de sus aves. Tan solo se permitía un descanso de un par de horas en las tardes del domingo, durante las cuales solía sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar. Tenía que ganarse la vida con su trabajo; no había tiempo para más. Y así fue hasta el verano de 1906 cuando, desmantelada definitivamente la última de sus granjas, pudo viajar de nuevo. En un primer momento fueron desplazamientos cortos, por las tierras cántabras, pero en su mente ya debía de haberse instalado la idea de reanudar las antiguas expediciones, pues en septiembre la encontramos en la feria de Reinosa con la intención de hacerse con una nueva montura. Allí compró un potro de buena planta y allí dio inicio a una nueva aventura con las vecinas tierras asturianas como destino. Le acompañaba Carlos Lamo, leal discípulo a quien todos conocían como su sobrino. Se reanudaron, al fin, los viajes, pero aquel la amazona lo hizo a pie, que al joven caballo le asignaron la misión de transportar los pertrechos necesarios.

Un par de años después volverá a Asturias (⇑); lo hará entonces para quedarse definitivamente, instalándose en una finca que se hizo construir en el litoral gijonés. Casi sin tiempo para echar raíces, tuvo que abandonar de prisa y corriendo su nuevo hogar para evitar ser apresada, pues la fiscalía la acusa de un delito de injurias tras varios días de ruidosas protestas de los estudiantes contra su escrito La jarca de la Universidad. Desconozco cómo llegó a Portugal, sí sabemos que a los pocos días de su huída está alojada en un hotel de Valença do Minho. Allí estuvo unas semanas, probablemente a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres meses después, informada de las infructuosas gestiones para hacer posible un pronto regreso, abandonó la localidad fronteriza. A mediados de marzo del año 1912 emprende viaje a Lisboa. Tal y como apunto en el comentario 134. Proceso, exilio e indulto (⇑), bien pudiera ser que se instalara en las inmediaciones de la capital o, tal vez, se decidiera  a comprar dos buenos caballos para recorrer al lado de Carlos el territorio portugués.  

De haberlo hecho así, aquella habría sido la última de sus expediciones, pues cuando regresó a su casa gijonesa, lo hizo bastante más pobre que cuando partió: en el exilio gastó buena parte de sus ahorros, viéndose obligada a hipotecar su casa para poder completar su pensión de poco más de dieciocho duros que como viuda de comandante percibía cada mes. La última etapa de su vida fue un tiempo de estrecheces, de mirar la peseta, de apretarse el cinturón. No por ello renunció a realizar alguna excursión, remedando tiempos pasados. Claro está que lo hizo de forma bien diferente:

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo, subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí a la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes [...] Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

Con los actuales trazados, el itinerario supone una distancia total de alrededor de cuatrocientos kilómetros, lo que no está nada mal para una mujer que por entonces cuenta con sesenta y tantos años. Ni silla inglesa, ni bridas, ni freno, ni cascos, ni espuela, ni Vieja, ni Viejo. Las penurias económicas han obligado a apearse de la montura a la veterana amazona. Atrás quedan las largas expediciones a lomos de sus cabalgaduras por las tierras de su querida España.




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09 marzo

208. El paseo que (casi) nadie conoce


La Oficina de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón ha editado una agenda y un calendario con el título Mujeres míticas (⇑). El mes de marzo está dedicado a Rosario de Acuña, de quien se dice lo siguiente: 

«Escritora, poeta, pensadora y periodista de origen aristócrata, tenía un talante librepensador e ideología republicana. Algunas de sus obras son Rienzi el tribuno, Amor a la patria o Tribunales de venganza. Considerada ya en su época como una de las más avanzadas vanguardistas y defensora de la igualdad social de la mujer y el hombre. Ilustre vecina que se afincó en Gijón/Xixón en 1909, participó activamente en la vida política, social y cultural de la ciudad. El Paseo Rosario de Acuña recuerda su paso por el Cervigón.»

El texto hace referencia a alguna de las razones que, a no dudar, tuvo en cuenta la corporación municipal para dar su nombre a un paseo situado en las proximidades de la que fue su casa gijonesa. Tal y como cuenta mi muy estimado Luis Miguel Piñera en su obra Las calles de Gijón, el 11 de mayo de 1990 el Ayuntamiento de Gijón acordó denominar Paseo Rosario de Acuña al tramo comprendido entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia.

Un tramo del paseo Rosario de Acuña (archivo del autor)


Pues bien, tal parece que el citado paseo se haya quedado recluido en el ámbito de los papeles, aquellos que sirvieron de soporte al acta de la sesión en la cual se tomó el acuerdo referido, y estos que conforman la agenda y el calendario que para el presente año ha editado la citada Oficina. Llevo años formando parte del numeroso grupo que, cotidianamente y de formas muy diversas, disfruta del muro que bordea la bahía gijonesa y no he encontrado hasta el momento referencia alguna que informe a quienes por él transitan dónde empieza y dónde acaba el denominado Paseo Rosario de Acuña.

Cierto es que este muro, que fue construido para proteger a la población de los embates del mar, ha dado nombre a este espléndido paraje de la geografía urbana, y que la mayoría lo conoce como El Muro, por más que unas placas de cerámica situadas en la pétrea base que sustentan las luminarias se empeñe en decirnos cada doscientos cincuenta metros que nos encontramos en el «Paseo litoral de San Lorenzo». Su íntima relación con el mar le otorga la singularidad que lo diferencia y distingue de las calles con las que comparte relación administrativa. Nada hay que recuerde a quienes por él caminan, corren o patinan que se encuentran en la calle Ezcurdia o en la avenida de Rufo Rendueles. Por ello resulta sorprendente que el único indicador relacionado con el callejero que nos encontramos en El Muro se localiza en el lugar en el que aproximadamente debiera comenzar el paseo Rosario de Acuña. Se trata de una placa colocada en una de las farolas que se alza sobre la granítica acera y lleva la siguiente leyenda: avenida de José Bernardo.

Aunque todo es Muro, tramos hay que tienen su propia singularidad. En los inicios se encuentra el Campo Valdés; de todas las escaleras que lo jalonan, hay una con nombre propio: la Escalerona; luego está el puente sobre el río Piles; y las esculturas que han dado nombre a las zonas donde se ubican: Les Chapes y La Lloca. Precisamente ahí, en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante, El Muro cambia de fisonomía: abandona la compañía de la carretera, se estrecha y muda de pavimento. Quizás ese fuera el lugar en el cual comenzara el paseo Rosario de Acuña tras el cambio producido en el lugar con la construcción de una urbanización en la zona. La farola allí situada parece probarlo, pues aún conserva lo que bien pudieran haber sido los soportes de una placa informativa, ahora ausente.   

No fue esta de 1990 la primera vez que el Ayuntamiento gijonés situó a Rosario de Acuña en el callejero. Lo hizo en dos ocasiones anteriores. La primera sucedió en el verano de 1923 (⇑), a los pocos meses de su muerte. A propuesta del Ateneo Obrero, con catorce votos favorables y tres en contra, el pleno municipal acuerda dar el nombre de «Avenida de Rosario de Acuña» al camino que va del Piles a la Providencia. Pocos días después, un grupo de vecinos de la zona presentó un recurso de alzada ante el gobernador civil, con la intención de que se dejara sin efecto la decisión municipal. Según cuenta la prosa administrativa, el recurso había sido interpuesto por don José de la Sala «y otros vecinos», expresión genérica que oculta la existencia de algunas personas con mayor significación en la vida ciudadana. Una lectura más atenta nos informa, sin embargo, que entre los recurrentes se encuentran «los herederos del Excelentísimo Señor Conde de Revillagigedo», quienes actúan mediante los oportunos apoderados. Si a la conocida posición ideológica de los herederos unimos las referencias que en el escrito se realizan al carácter religioso del camino (no hay que olvidar que, como allí se dice, el punto final del mismo se encuentra en la ermita de la Virgen de La Providencia), cabe pensar que las cuestiones de orden material que se aducen no fueran las únicas, que algunos no estaban dispuestos a tolerar que el camino que conduce a la ermita llevara el nombre de una mujer, librepensadora y masona.  Pasados unos meses, la autoridad gubernativa revoca el acuerdo tomado por el consistorio. Rosario de Acuña se queda sin «su» avenida.

Habrá que esperar a la proclamación de la Segunda República para que tenga lugar un segundo intento (⇑). El 30 de abril de 1931 el Ayuntamiento gijonés vuelve a las andadas y retoma el acuerdo del verano de 1923, el recurrido. Así fue como durante seis años el camino de la Providencia, el que conduce a la ermita, ostentará la denominación oficial de «Avenida de Rosario de Acuña». En 1937 las nuevas autoridades, que fueron elegidas por la fuerza de las armas para gestionar el municipio, deciden sustituir el nombre por el de «Avenida de Italia», como homenaje a los soldados italianos que colaboran con los militares sublevados en julio de 1936.

A finales del siglo XX todo hacía indicar que las circunstancias resultaban más favorables para que, tras dos intentos fallidos, Rosario de Acuña tuviera al fin un lugar en el callejero de su ciudad, la que eligió para vivir sus últimos años, y donde quiso permanecer para siempre. Sorprendentemente y por razones que no alcanzo a comprender, casi treinta años después de que el Ayuntamiento así lo acordara, el de Rosario de Acuña se ha convertido en un paseo que (casi) nadie conoce. Un paseo semiclandestino del cual y paradójicamente tan solo existe constancia en algunos documentos oficiales; también en el espacio dedicado al mes de marzo en la agenda que, con el título Mujeres míticas, ha editado la Oficina de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón.

Quizás sea este un buen momento, me refiero al mes de marzo del año 2020, para que el paseo Rosario de Acuña salga de los papeles y se haga presente en el lugar señalado. Bastarían un par de placas que así lo indicaran. Sería una excelente forma – no muy costosa, según mi parecer– de dar mayor visibilidad a una mujer ejemplar, de preparar el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa. Nos quedan tres años por delante.

La Nueva España, edición de Gijón, 14-3-2020


Notas

(1) El sábado 1 de octubre tuve la ocasión de conversar sobre el gijonés paseo de Rosario de Acuña con Pablo Vázquez Otero, director del programa Un buen día para viajar que se emite en Radio del Principado de Asturias (RPA). Pulsando en el enlace (⇑) podéis acceder al contenido completo del programa, y si lleváis el cursor al minuto -21:29 escucharéis nuestra conversación sobre el tema. 

(2) Al fin, treinta y tres años después de que así fuera aprobado en un pleno municipal, el viernes 5 de mayo de 2023, día del centenario de su muerte, se colocaron dos placas, una al inicio del paseo (en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante) y otra al final (en su entronque con el Camino de los Arces), que nos anuncian que caminamos por el Paseo Rosario de Acuña.





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10 junio

191. Tarrasa recupera su presencia en el callejero


Imagen de la plaza que llevará el nombre de Rosario de Acuña en Terrasa (Terrassadigital.cat)Hace tan solo unos días que me llegó una noticia reconfortante: los responsables del municipio de Tarrasa han acordado recuperar el nombre de Rosario de Acuña para denominar a una de las plazas de la ciudad, tras haber desaparecido de su callejero hace más de treinta años. De esta forma se pone fin a una situación un tanto incomprensible, que solo se puede explicar por la corrosiva acción de la desmemoria, por la pesada losa de olvido que sepultó su recuerdo durante tantos años. Decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.

Siempre me llamó la atención lo que había sucedido en esta ciudad. Tras la muerte de doña Rosario, Tarrasa fue la primera de las ciudades españolas en tomar la decisión de conceder su nombre a una de sus calles principales. El Ayuntamiento lo acordó por unanimidad y su alcalde así se lo comunicó en el mes de marzo de 1924 a Carlos Lamo Jiménez, la persona con la que la ilustre librepensadora pasó buena parte de su vida. Como bien señalaba la prensa que le era más afín, el homenaje que le tributaba esta populosa urbe catalana suponía todo un ejemplo para el resto de las ciudades españolas, y Carlos agradeció el gesto enviando a los responsables municipales tarrasenses un ejemplar de Rienzi el tribuno con la siguiente dedicatoria: «Al Ayuntamiento de Tarrasa en modesta prueba de la gratitud que le guarda el corazón de quien compartió casi la mitad de la vida de Rosario de Acuña por el acuerdo tomado con su nombre».  Hubo que esperar algunos años para que, tras la proclamación de la Segunda República, en diversos lugares de España se acordaran de esta incansable luchadora (⇑), y decidieran que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes de Gijón, Madrid, Porcuna, Puertollano, Santander, Sama de Langreo o Pola de Laviana.

Fragmento del artículo publicado en la edición de El Motín de 29-3-1924Tras la barbarie bélica todo cambió. Las autoridades que accedieron al poder por la fuerza de las armas no podían tolerar que siguiera viva la memoria de aquella mujer librepensadora, masona, feminista y republicana. Su nombre se fue cayendo de las calles de pueblos y ciudades. No sucedió así en Tarrasa, donde permaneció incólume en su callejero. Durante más de cuarenta años, las páginas de los periódicos testificaron  su persistencia con la publicación de anuncios relacionados con alguna sociedad allí radicada (ya fuera acerca de la venta de hilaturas, de la actividad societaria de una empresa de colchones o de la existencia de un servicio técnico de reparación de electrodomésticos), también de algún triste suceso que tuvo lugar en esta calle que llevaba el nombre de una mujer –de la que casi nadie se acordaba por entonces–,  que había dedicado buena parte de su vida en una larga lucha en pro de la libertad de conciencia y en defensa de los más desfavorecidos.

Pero, y aquí viene lo sorprendente del asunto, la calle Rosario de Acuña que, contra todo pronóstico,  permaneció  en el callejero de Tarrasa durante los años del franquismo, desapareció del mismo con los primeros ayuntamientos democráticos. Toda una paradoja. Era tan difícil de entender, al menos para mí, que no se me ocurrió otra cosa que recurrir a Alfredo Vega López, alcalde de la ciudad. Las afinidades académicas y profesionales me hacían albergar esperanzas. Así que hace unos meses, a primeros de noviembre del pasado año, le envié un mensaje describiendo la paradoja que acabo de relatar, al tiempo que le apuntaba, a grandes rasgos (cierto es que también con enlaces a la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑) y a comentarios de este blog), algunas de los rasgos biográficos de nuestra protagonista.

Pasó el tiempo y no tuve noticia alguna al respecto; di por hecho que mi propuesta dormiría el sueño de los justos. Sin embargo y como bien pude saber en correo recibido hace apenas unos días, resultó que mi escrito no cayó en saco rato, que el señor Vega lo tomó en consideración y puso en marcha el protocolo previsto para estos asuntos. Tiempo después, la Comisión de Nomenclátor de Espacios Públicos (un órgano asesor de carácter consultivo, integrado por políticos, técnicos de diferentes áreas municipales y personas especializadas en la toponimia, la geografía o la historia de la ciudad) analizó el procedimiento seguido en los años ochenta, cuando la Alcaldía firmó un decreto por el cual se sustituía el nombre de la calle Rosario de Acuña. Parece ser que aquella decisión se adoptó de acuerdo a unos criterios, acordados por el Ayuntamiento unos años antes,  para retirar del callejero urbano los nombres de aquellos personajes y hechos históricos de significación contraria a las instituciones democráticas. Treinta y dos años después, la Comisión, en reunión celebrada el pasado 27 de marzo, dictamina que «no había razones objetivas» para tal cambio, razón por la cual propone se proceda a la restitución de su nombre en el callejero de la ciudad. Tan solo unas semanas después, el 17 de mayo, el alcalde de Tarrasa firmó un decreto por el cual la plaza situada entre las calles de Nuria, de Valencia y de Atenas pasa a denominarse «plaza Rosario de Acuña».

Ciertamente, decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.




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28 junio

174. Asturias, la tercera opción


Allí estaba Asturias, ¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...

Bien pudiera bastar este fragmento de Recuerdos de una excursión (⇑) para constatar su admiración por aquella tierra asturiana que tan bien conocía, pues mucho antes de recorrerla –de punta a punta, a pie y a caballo– había sido uno de los destinos terapéuticos que aliviaban sus lacerados ojos. Los baños del Cantábrico y la brisa de sus costas debían de procurarle balsámico remedio, pues hasta su admirada Asturias llegaba por ferrocarril para pasar una salutífera estancia, tal y como nos ha dejado escrito en otro de sus recordados viajes, en el cual relata una aventura vivida con tan solo quince años (⇑), cuando el tren que la llevaba de Madrid a Gijón en compañía de su padre fue asaltado por una partida de carlistas en las proximidades de la localidad leonesa de Villamanín.  

El Urriellu desde el mirador del mismo nombre (Archivo del autor)

Además de la del verano de 1865, también tenemos constancia de otra que tuvo lugar en 1874, pues entonces firma en Gijón la poesía titulada «A las niñas del Sr. D.B.D.G» (⇑). Años después recorre Asturias durante días en un viaje a caballo (⇑) iniciado en León y que continuará por Galicia. Entre otras localidades, visita entonces Trubia, en las proximidades de Oviedo, y Luarca. No tarda en regresar, pues en 1891, en la introducción de El padre Juan (⇑), rememora una ascensión al pico Evangelista (⇑), en el macizo oriental de los Picos de Europa, y nos describe la panorámica que desde su cima contempla en compañía de su acompañante:

...la aurora y el ocaso de la humanidad se desenvolvieron, con todas sus grandezas, ante nuestro pensamiento. El Cosmos surgía allí, eterno, infinito, anonadando nuestra pequeñez de átomos con sus inmensidades de Dios... Mi compañero se descubrió respetuosamente: su espíritu, capaz de comprender la majestad de la Naturaleza, había sentido la emoción religiosa; por su rostro varonil, lleno de energías juveniles sin corromper con el veneno de las prostituciones, se deslizó una lágrima: mis rodillas se doblaron en tierra, y nuestros labios murmuraron una bendición, cuya cadencia de plegaria fue repercutiendo en lejanos ecos, como si cien generaciones la hubieran pronunciado [...] Más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias! donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales...

Estaba prendada de aquel escenario que ella consideraba único, irrepetible: ¡la sin par Asturias! Era tal su pasión por la tierra asturiana que, ya instalada en su casa de El Cervigón, confiesa satisfecha que desde muy atrás, casi desde la niñez «fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo».

Altas cumbres abruptas, coronadas
por el cendal de inmaculada nieve;
prados cercados de florida sebe;
maizales, viñedos, pomaradas.

Tupidísimas selvas intrincadas
donde el sol ni a penetrar se atreve;
regatos limpios de corriente leve
y ríos que descienden en cascadas.

¿Quién podrá descifrar tanta belleza
que Asturias toda guarda en sus rincones?
¡Cuando el hombre se libre de locuras

y odie al odio, y encauce las pasiones,
podrá vivir la vida de venturas
que ofrece una región con tales dones!

A pesar de esa admiración que siente por «el florón más espléndido del solar español», no fue Asturias  su destino elegido cuando –tras encontrarse al borde de la muerte por las graves complicaciones que padeció como consecuencia de una fiebres palúdicas mal tratadas– decidió alejarse de su Madrid natal. Lo cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada (⇑), donde dice que está próxima a «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Puso sus ojos en el norte de España, sí; en las orillas del océano, también; pero fue a Galicia donde encaminó sus pasos. Sabemos que allí estuvo en 1894 y 1895, constando que en abril de este último año llegó a la localidad pontevedresa de Santa María de Oya, en la actualidad Oya (Oia), «con objeto de restablecer su quebrantada salud».

No se quedó mucho tiempo en el sur de Pontevedra. Cuenta en Los crímenes en la Montaña (⇑) que al año siguiente analizó la mejor opción para asentarse definitivamente en un lugar de la costa cantábrica, desde Vizcaya hasta Ferrol. Ante un mapa de España se puso a investigar qué lugar ofrecía mayores garantías para vivir con cierta tranquilidad. «Descartadas las provincias vascas por el furioso fanatismo religioso que alimentan los campesinos de ellas y que borra con ferocidades farisaicas sus patriarcales costumbres [...] vi que la menor cantidad y calidad de delitos correspondían a la Montaña, estando en primer término Lugo, luego Orense y después Coruña y Oviedo». Cantabria fue entonces el destino elegido y hasta allí se encaminó en compañía de su madre y de Carlos Lamo Jiménez. En las proximidades de Santander, primero en Cueto y luego en Bezana, permaneció unos doce años. Ya al final de este periodo, tal y como relata en 1906 en  Los crímenes en la Montaña (⇑), su percepción de aquel escenario y de los seres que lo pueblan parece haber cambiado tanto que empieza a darle vueltas a la idea de realizar una nueva mudanza.

Dos años después pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara de cómo podría ser su vida en esta villa asturiana. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última vivienda. Ahora sí, a la tercera, podrá ver cumplido aquel sueño rosado de la niñez de vivir y morir en «¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...»




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