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29 junio

215. Amazona


Amazonas

Contemplando la ilustración que inicia este comentario, bien pudiéramos decir que no se aprecian grandes diferencias: la imagen de la izquierda muestra el modelo de traje de amazona que apareció en la portada del primer número de El Mundo de las Damas publicado en el mes de enero de 1887; a la derecha se puede contemplar una copia del retrato ecuestre de nuestra protagonista, «en la forma que hizo su último viaje por Asturias y Galicia», puesto a la venta por El Porvenir Editorial en 1888 al precio de dos pesetas.

Aunque la imagen de doña Rosario de Acuña a lomos de una cabalgadura no desemejara en grado sumo de la que aparecía en los figurines del momento, cabe pensar que, según en qué lugares y en qué situaciones, no siempre podría pasar inadvertida. Basta suponer lo que pudo acontecer en el transcurso de ese viaje al que se hace mención más arriba: años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega; lo hace a lomo de una caballería; su negro atavío oculta el aparejo en el que se asienta... Quizás lo sea entre las damas, en los cortijos o en las dehesas, pero allí la estampa no es habitual. Ella misma nos da cuenta de la sorpresa que causa su presencia: los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa, a la respetable altura de mi noble yegua: —«¡Milagro, milagro!»— he oído decir a algunas mujeres de estos infelices».

Ni aquella de 1887, por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), fue la primera expedición ni la yegua de blanco pelaje su único corcel. Cada año, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar las tierras, salía de Pinto a lomos de una dócil montura, con escaso equipaje a la grupa y bien acompañada (al principio, al lado de su viejo criado Gabriel; más tarde, junto al joven Carlos Lamo (⇑), su buen discípulo) para conocer una parte de su vieja patria, en largas jornadas en las que recorrían de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supondrían varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), que terminaban con un merecido descanso, bien fuera en una fonda, posada o al abrigo de una tienda de campaña. Y así durante semanas, hasta que a finales de noviembre regresaban a la quinta que poseía en la pequeña localidad madrileña. Ni que decir tiene que el buen entendimiento entre la amazona y su caballería constituía  un elemento de gran valor en aquellas largas y periódicas aventuras. Rosario presumía de la eficacia del amigable control que ejercía sobre sus animales:

Siempre, más que las riendas, espuela y látigo, guié a mis caballos con la voz; no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras; siempre cabalgué en animales de raza noble, es cierto, mas siempre una de las orejas del bruto iba vuelta hacia atrás, escuchándome, y me bastaba decir: «¡A correr!», para que corriera; y cuando la escabrosidad del camino surgía delante, con decir: «¡Cuidado!», bastaba para que sus cascos se posaran con tiento y firmeza.

Fuera Vieja o fuera Viejo, que así acostumbraba llamar a sus monturas, lo cierto es que fue en Pinto donde encontraron mejor acomodo, pues su Villa Nueva –además de huerto, palomar y corral–  contaba con un establo preparado para dos caballos. De hecho, fue en los años en que residió en la villa pinteña cuando realizó la mayor parte de sus expediciones. La que mejor conocemos es la de 1887, pues, animada por el propósito de escribir «un librito» sobre las tierras y las gentes del Norte, tomó notas de reflexiones y aconteceres, parte de las cuales le sirvió de base para escribir algunos artículos que fueron publicados en Las Dominicales. Fue la más documentada, pero no fue la única. Ese mismo año, después de recorrer a lomos de su yegua trescientas ochenta y nueve leguas por Asturias y Galicia (alrededor de dos mil cien kilómetros), y tras una breve estancia en Madrid, partió hacia Andalucía. Sabemos también de otras expediciones, como aquella que tuvo por escenario las tierras castellanas lindantes con Extremadura, en el transcurso de la cual se encontró con un conocido (⇑), catedrático del instituto de la cercana ciudad donde se ubicaba su posada e hijo de la nodriza de su padre; o aquella otra en la cual recorrió por entero el litoral cantábrico (⇑) a la grupa de su Viejo de entonces, quizás la misma que le llevó a la cima de El Evangelista, en el macizo oriental de los Picos de Europa, y de cuyas impresiones nos da cuenta en la dedicatoria que inicia El padre Juan (⇑). Muchas jornadas, muchas leguas; tantas que en la quietud brumosa de la añoranza llegó a escribir: «¡Ah, sí! ¡España, la tierra española, la Península Ibérica, es hermosamente espléndida! [...] Yo la conozco casi palmo a palmo; en cuanto a Asturias, La Montaña y Galicia, las sé como mi casa». 

Sin duda, la de Pinto fue la mejor etapa; luego las circunstancias cambiaron. En Cantabria no le fue posible repetir aquellas expediciones. La granja avícola (⇑) que puso en marcha en Cueto le obligaba a permanecer día tras día al lado de sus aves. Tan solo se permitía un descanso de un par de horas en las tardes del domingo, durante las cuales solía sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar. Tenía que ganarse la vida con su trabajo; no había tiempo para más. Y así fue hasta el verano de 1906 cuando, desmantelada definitivamente la última de sus granjas, pudo viajar de nuevo. En un primer momento fueron desplazamientos cortos, por las tierras cántabras, pero en su mente ya debía de haberse instalado la idea de reanudar las antiguas expediciones, pues en septiembre la encontramos en la feria de Reinosa con la intención de hacerse con una nueva montura. Allí compró un potro de buena planta y allí dio inicio a una nueva aventura con las vecinas tierras asturianas como destino. Le acompañaba Carlos Lamo, leal discípulo a quien todos conocían como su sobrino. Se reanudaron, al fin, los viajes, pero aquel la amazona lo hizo a pie, que al joven caballo le asignaron la misión de transportar los pertrechos necesarios.

Un par de años después volverá a Asturias (⇑); lo hará entonces para quedarse definitivamente, instalándose en una finca que se hizo construir en el litoral gijonés. Casi sin tiempo para echar raíces, tuvo que abandonar de prisa y corriendo su nuevo hogar para evitar ser apresada, pues la fiscalía la acusa de un delito de injurias tras varios días de ruidosas protestas de los estudiantes contra su escrito La jarca de la Universidad. Desconozco cómo llegó a Portugal, sí sabemos que a los pocos días de su huída está alojada en un hotel de Valença do Minho. Allí estuvo unas semanas, probablemente a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres meses después, informada de las infructuosas gestiones para hacer posible un pronto regreso, abandonó la localidad fronteriza. A mediados de marzo del año 1912 emprende viaje a Lisboa. Tal y como apunto en el comentario 134. Proceso, exilio e indulto (⇑), bien pudiera ser que se instalara en las inmediaciones de la capital o, tal vez, se decidiera  a comprar dos buenos caballos para recorrer al lado de Carlos el territorio portugués.  

De haberlo hecho así, aquella habría sido la última de sus expediciones, pues cuando regresó a su casa gijonesa, lo hizo bastante más pobre que cuando partió: en el exilio gastó buena parte de sus ahorros, viéndose obligada a hipotecar su casa para poder completar su pensión de poco más de dieciocho duros que como viuda de comandante percibía cada mes. La última etapa de su vida fue un tiempo de estrecheces, de mirar la peseta, de apretarse el cinturón. No por ello renunció a realizar alguna excursión, remedando tiempos pasados. Claro está que lo hizo de forma bien diferente:

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo, subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí a la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes [...] Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

Con los actuales trazados, el itinerario supone una distancia total de alrededor de cuatrocientos kilómetros, lo que no está nada mal para una mujer que por entonces cuenta con sesenta y tantos años. Ni silla inglesa, ni bridas, ni freno, ni cascos, ni espuela, ni Vieja, ni Viejo. Las penurias económicas han obligado a apearse de la montura a la veterana amazona. Atrás quedan las largas expediciones a lomos de sus cabalgaduras por las tierras de su querida España.




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28 junio

174. Asturias, la tercera opción


Allí estaba Asturias, ¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...

Bien pudiera bastar este fragmento de Recuerdos de una excursión (⇑) para constatar su admiración por aquella tierra asturiana que tan bien conocía, pues mucho antes de recorrerla –de punta a punta, a pie y a caballo– había sido uno de los destinos terapéuticos que aliviaban sus lacerados ojos. Los baños del Cantábrico y la brisa de sus costas debían de procurarle balsámico remedio, pues hasta su admirada Asturias llegaba por ferrocarril para pasar una salutífera estancia, tal y como nos ha dejado escrito en otro de sus recordados viajes, en el cual relata una aventura vivida con tan solo quince años (⇑), cuando el tren que la llevaba de Madrid a Gijón en compañía de su padre fue asaltado por una partida de carlistas en las proximidades de la localidad leonesa de Villamanín.  

El Urriellu desde el mirador del mismo nombre (Archivo del autor)

Además de la del verano de 1865, también tenemos constancia de otra que tuvo lugar en 1874, pues entonces firma en Gijón la poesía titulada «A las niñas del Sr. D.B.D.G» (⇑). Años después recorre Asturias durante días en un viaje a caballo (⇑) iniciado en León y que continuará por Galicia. Entre otras localidades, visita entonces Trubia, en las proximidades de Oviedo, y Luarca. No tarda en regresar, pues en 1891, en la introducción de El padre Juan (⇑), rememora una ascensión al pico Evangelista (⇑), en el macizo oriental de los Picos de Europa, y nos describe la panorámica que desde su cima contempla en compañía de su acompañante:

...la aurora y el ocaso de la humanidad se desenvolvieron, con todas sus grandezas, ante nuestro pensamiento. El Cosmos surgía allí, eterno, infinito, anonadando nuestra pequeñez de átomos con sus inmensidades de Dios... Mi compañero se descubrió respetuosamente: su espíritu, capaz de comprender la majestad de la Naturaleza, había sentido la emoción religiosa; por su rostro varonil, lleno de energías juveniles sin corromper con el veneno de las prostituciones, se deslizó una lágrima: mis rodillas se doblaron en tierra, y nuestros labios murmuraron una bendición, cuya cadencia de plegaria fue repercutiendo en lejanos ecos, como si cien generaciones la hubieran pronunciado [...] Más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias! donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales...

Estaba prendada de aquel escenario que ella consideraba único, irrepetible: ¡la sin par Asturias! Era tal su pasión por la tierra asturiana que, ya instalada en su casa de El Cervigón, confiesa satisfecha que desde muy atrás, casi desde la niñez «fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo».

Altas cumbres abruptas, coronadas
por el cendal de inmaculada nieve;
prados cercados de florida sebe;
maizales, viñedos, pomaradas.

Tupidísimas selvas intrincadas
donde el sol ni a penetrar se atreve;
regatos limpios de corriente leve
y ríos que descienden en cascadas.

¿Quién podrá descifrar tanta belleza
que Asturias toda guarda en sus rincones?
¡Cuando el hombre se libre de locuras

y odie al odio, y encauce las pasiones,
podrá vivir la vida de venturas
que ofrece una región con tales dones!

A pesar de esa admiración que siente por «el florón más espléndido del solar español», no fue Asturias  su destino elegido cuando –tras encontrarse al borde de la muerte por las graves complicaciones que padeció como consecuencia de una fiebres palúdicas mal tratadas– decidió alejarse de su Madrid natal. Lo cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada (⇑), donde dice que está próxima a «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Puso sus ojos en el norte de España, sí; en las orillas del océano, también; pero fue a Galicia donde encaminó sus pasos. Sabemos que allí estuvo en 1894 y 1895, constando que en abril de este último año llegó a la localidad pontevedresa de Santa María de Oya, en la actualidad Oya (Oia), «con objeto de restablecer su quebrantada salud».

No se quedó mucho tiempo en el sur de Pontevedra. Cuenta en Los crímenes en la Montaña (⇑) que al año siguiente analizó la mejor opción para asentarse definitivamente en un lugar de la costa cantábrica, desde Vizcaya hasta Ferrol. Ante un mapa de España se puso a investigar qué lugar ofrecía mayores garantías para vivir con cierta tranquilidad. «Descartadas las provincias vascas por el furioso fanatismo religioso que alimentan los campesinos de ellas y que borra con ferocidades farisaicas sus patriarcales costumbres [...] vi que la menor cantidad y calidad de delitos correspondían a la Montaña, estando en primer término Lugo, luego Orense y después Coruña y Oviedo». Cantabria fue entonces el destino elegido y hasta allí se encaminó en compañía de su madre y de Carlos Lamo Jiménez. En las proximidades de Santander, primero en Cueto y luego en Bezana, permaneció unos doce años. Ya al final de este periodo, tal y como relata en 1906 en  Los crímenes en la Montaña (⇑), su percepción de aquel escenario y de los seres que lo pueblan parece haber cambiado tanto que empieza a darle vueltas a la idea de realizar una nueva mudanza.

Dos años después pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara de cómo podría ser su vida en esta villa asturiana. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última vivienda. Ahora sí, a la tercera, podrá ver cumplido aquel sueño rosado de la niñez de vivir y morir en «¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...»




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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29 diciembre

167. ¡Se acabó!


Suances. Ilustración publicada en los años ochenta en la que aparece la torre situada a la entrada de la ría
Durante la noche del dos al tres de abril del año 1905 se comete un robo en una finca de la localidad cántabra de Santa Cruz de Bezana. El suceso tiene su importancia, pues no solo se han llevado un buen lote de gallos y gallinas, sino también el esfuerzo de un año de trabajo y, sobre todo, la ilusión y el entusiasmo de quien mantenía abierta aquella granja avícola. No era la primera vez, pero todo parece indicar que esta fue la última.

Su incursión en el campo de la avicultura  había comenzado seis o siete años antes, animada por la experiencia de una viuda normanda que conoció tiempo atrás en los alrededores de la Bayona francesa. Supo entonces que aquella actividad era rentable, con unas ganancias que superaban la cantidad que su propietaria recibía como pensión. Así fue como, con este ejemplo en su mente y convencida de las bondades que la tierra cántabra reunía para la avicultura, decidió probar fortuna y ponerse manos a la obra.

Impulsada por el afán (creo que a todas luces digno y noble) de conservar la holgura de mi hogar y defenderlo de la miseria [...] recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola

Para empezar con buen pie nada mejor que acudir a quien pasaba por ser la principal autoridad en la materia: Salvador Castelló y Carreras, quien –tras realizar estudios de zootecnia en Bélgica– se había convertido en un verdadero pionero de la enseñanza avícola en España al haber fundado en el año 1896 una escuela de avicultura en Arenys de Mar, ubicada en las instalaciones de la granja modelo que con el nombre Granja Paraíso había abierto dos años antes. De sus manuales, de los cursos publicados por el señor Castelló,  obtuvo Rosario de Acuña buena parte de los contenidos teóricos sobre avicultura práctica, industrial y científica (planes, instalaciones, presupuestos, condiciones de las distintas razas...). Ahora bien, para la puesta en marcha de todo lo aprendido necesitaba contar con el moderno material que se precisaba y con una buena materia prima.

Vivía en Cueto, en aquel tiempo una localidad situada a las afueras de Santander, y hasta allí irán llegando los diversos artilugios. Adquirió un bebedero mecánico y varios comederos; una incubadora y una secadora. Y,  para que no faltara de nada, compró una hidromadre, esto es y en sus propias palabras, la «maquinaria completa para la cría artificial». Con las instalaciones ya preparadas, solo había que esperar a la llegada de los primeros animales: lotes de  puras negras, de andaluzas azules, de brama-pootra armiñadas, procedentes de las granjas de Castelló; andaluzas puras negras de la granja de Algete, propiedad del duque de Sexto, y de la granja Chilín, de Vilanova; patos Rouen procedentes de Francia...

...tracé una línea teórica que sirviera de norte al proyecto, y esta línea era crear una casta, o variedad, de gallinas rústicas, ponedoras excelentes (de huevos gordos), fuertes, resistentes a las crudezas atmosféricas, de polladas sanas y fáciles de criar, de carnes aceptadas en el mercado general, sin suculencias exóticas, ni dificultades de venta, y para lo cual me sirviesen los elementos que tenía. Atenta a este propósito teórico, empecé a trabajar.

El medio para lograr su objetivo es el mestizaje, el cruce de razas. Su opción era diametralmente opuesta a la que sustentaban los expertos en la materia, defensores del aislamiento de las diferentes razas para depurarlas y mantener su pureza. Dos interpretaciones diferentes de El origen de las especies; dos miradas distintas:

...abría yo las obras de Darwin (que antes de traducirse a ningún idioma ya me las había explicado en castellano mi abuelo materno), tan admirablemente presentidas en una de sus tesis más fundamentales por nuestro Cervantes en el Quijote, que dice, poco más o menos, que todo linaje que pretende conservarse puro suele acabar en punta; axioma comprobado por las leyes darvinianas de la variabilidad...

Si los peritos titulados ponían el énfasis en la selección; la nieta del darwinista Juan Villanueva lo hacía en el mestizaje: «La selección, sí, pero antes la variabilidad. Sigamos humildemente a la Naturaleza, que para seleccionar mezcla antes siempre». A pesar de las reticencias,  del despreció o la «sonrisa de conmiseración ultrajadora» que recibió de los doctos señores a los que fue a pedir asesoramiento y consejo, todo parece indicar que su opción resultó satisfactoria, pues, además de obtener el segundo premio (Medalla de plata) en la Exposición Internacional de Avicultura que se celebró en Madrid en el mes de mayo de 1902, consiguió que los productos de su granja tuvieran una buena acogida.

Uno de los anuncios publicados en El Cantábrico ofertando los productos de la granja

Parece satisfecha. Su plan está en marcha. Se dedica casi por completo a los animales de su granja, como bien describe Pablo Lastra y Eterna en «La avicultura en la Montaña» (⇑). De manera habitual El Cantábrico publica un anuncio con la oferta de sus productos: huevos para incubar (de gallina y de pata), gallos y gallinas (mestizos, de razas muy ponedoras), patos Rouen... Atiende los pedidos de huevos para incubar que recibe del resto de España (⇑) y del extranjero; y las tardes de los jueves y de los domingos despacha sus productos al público que se acerca hasta la finca en la que vive y trabaja. Sus méritos están siendo reconocidos y la Asociación de Avicultores Montañeses solicita su concurso para participar en las labores de preparación de la exposición provincial que pretende poner en marcha. 

Estaba, sin duda, satisfecha con su obra y, deseosa de que pudiera ser imitada por otros agricultores de la Montaña, decide reimprimir, en forma de pequeño libro (⇑), los artículos que sobre avicultura había publicado en  El Cantábrico. Estaba satisfecha de su trabajo y da cuenta pública de sus logros: «…mandé ejemplares de aves y huevos a Méjico, a la Argentina y a casi todas las provincias de España; en un solo año vendí catorce mil huevos para incubación». Todo parecía ir por el buen camino... hasta que tropezó de nuevo con el gran mal que asolaba la patria: la perniciosa influencia que el clero ejercía en sus semejantes. 

Mi granja avícola, donde durante cuatro años vertí sin economía el sudor de mi frente y los ahorros de toda mi vida, tuvo que desaparecer porque la dueña de la finca donde la tenía instalada, señora feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander, sintió terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje, y me arrojó de ella (por cierto sin darme más que quince días de término para desalojarla), sin duda para tener más seguro el paraíso, y sin que me valieran las tres mil pesetas que había gastado en gallineros, cobertizos, etcétera, y aún tuve que derribarlo todo para dejarlo a gusto de ella… y del canónigo.

Anuncio de venta de huevos para incubar

De nuevo el clericalismo se cruza en su camino. De nuevo el gran mal que asola la patria se lleva por delante los esfuerzos de la técnica y la razón. Cuando sus anhelos y esfuerzos estaban dando sus primeros frutos se vio obligada a desmantelar las instalaciones. El proyecto quedó bruscamente truncado, pero no se dio por vencida. Había que buscar un nuevo emplazamiento para la granja, había que volver a intentarlo.

Durante el mes de mayo del año 1904 los lectores de El Cantábrico se encuentran, día sí y día también, con un anuncio que les informa sobre el asunto: «La granja avícola que había en Cueto se ha trasladado a otro pueblo y se anunciará oportunamente». Se entiende que la apertura será inminente pues los clientes habituales de doña Rosario pueden seguir realizando los pedidos en la administración del periódico.

Será en Bezana donde reanude su actividad. Vuelta a empezar. Instalar cobertizos, poner en funcionamiento el comedero mecánico y la incubadora. Reanudar las anotaciones en los cuadernos de gastos e ingresos, de puesta, de alza y baja de pollos... Poco a poco las rutinas retornan a la granja de doña Rosario.

Oferta de gratificación a quien aporte informes sobre el robo sufridoSerá en Bezana donde, algunos meses después, su proyecto, su pequeña industria, reciba un nuevo mazazo. En el transcurso de la noche del dos al tres de abril de 1905 unos intrusos penetran en su granja y se llevan gallos y gallinas con un valor que, a precios de mercado, suponía el importe de un año de trabajo. ¡Lo que faltaba! Estaba reponiéndose del descalabro producido por el obligado desmantelamiento de su granja de Cueto y ahora ¡un robo!   Lo primero que se le ocurrió fue ofrecer una gratificación a quien facilitara información que permitiera la recuperación de lo robado. De entrada su oferta fue de cinco duros, luego la dobló: había mucho en juego y no era cuestión de escatimar nada en el envite. Aquel robo supone un duro mazazo a todos sus esfuerzos, pero también, y por ello resulta mucho más descorazonador, un duro golpe a la esperanza de quienes ansían contemplar que la patria, al fin,  consiga verse libre de sus atávicas costumbres. Tiene fundadas sospechas de que los ladrones residen en las proximidades («eran muy conocedores de todo lo que había en el gallinero») y la certidumbre de que los gallos y gallinas robados –como sucede en otros robos similares– se venden impunemente en el mercado de la capital. 

Y como yo, a mi vez, no robo ni echando agua a la leche que va al mercado, ni vendiendo huevos podridos, ni verduras pasadas, ni entrando sin pagar artículos de consumo, ni robando cabritos, ni cochinillos, ni conejos, ni palomas, ni gallinas, ni otros ciento y pico de modos y maneras que tienen de robar casi todos esos pobrecitos [resulta un desequilibrio enorme de justicia en perjuicio mío, que no robando a nadie soy robada. Por lo cual es completamente justo, equitativo, razonable y nobilísimo, que pongan en conmoción a todas las autoridades. Y solamente ante la imposibilidad de coger a los ladrones (pues no parece sino que cuentan en cada casa y cada mercado con un encubridor), es por lo que no los llevo a presidio, porque quien como yo trabaja honradamente y no roba a nadie y vive con una estrechez rayana en la miseria, si tiene dentro alma capaz de sentir la dignidad, la justicia y la razón, debe poner el grito en el cielo si le roban el fruto de su trabajo.

Está indignada; también desmoralizada y pesarosa. En un comunicado (⇑) que en aquellos días envía a El Cantábrico advierte a la Sociedad de Avicultores Cántabros que si no toman cartas en el asunto, que si no se pone remedio a los robos en las granjas, la incipiente industria avícola cántabra tendrá un futuro incierto,  pues «no hay afición avícola que resista la cría de aves para nutrir ladrones». En cuanto a ella, ya anuncia su voluntad de desmantelar, otra vez, su granja.

¡Se acabó! Sus intentos por recuperar las aves robadas fueron infructuosos, a pesar de que localizó, y compró, algunas de sus gallinas en el mercado de Santander. ¡Se acabó! Ya no lo volverá a intentar. Si la granja de Cueto estuvo funcionando varios años, la de Bezana apenas permaneció abierta unos meses. Tal como anunciaba en su comunicado, quedó desmantelada tiempo después. La confirmación del fin de su actividad como avicultora la tendremos al año siguiente.

Libre de las ataduras que imponía la atención a los animales del corral que le impiden  ausentarse de la localidad (con excepción de las escapadas que una vez a la semana realiza a la orilla del mar para tumbarse sobre las duras escolleras que bordean el Cantábrico), ya puede recorrer pausadamente el bello paisaje cántabro. Constancia tenemos de que a lo largo del verano del siguiente año reside durante unos días en Suances (tal como describe en el artículo (⇑) que con este título publica por entonces) y, días más tarde, en los alrededores de Santillana del Mar.

A finales de septiembre, coincidiendo con los días de feria, pasa unos días en Reinosa. Se hospeda en  el «Gran Hotel de la Salud», donde coincide con José Estrañi, director de El Cantábrico, quien nos ha dejado escrito que doña Rosario aprovechó su estancia para comprar un precioso potro, con vistas al inminente viaje que iba a realizar acompañada de su sobrino Carlos Lamo (⇑). El escenario de sus andanzas, pues a pie se iban a trasladar con la ayuda del potro que a lomos llevaría sus pertenencias, eran las montañas de Reinosa con la intención de llegar hasta las tierras de Asturias. El viaje dio comienzo en Soto de Campoo, localidad donde su amigo el escritor Luis Bonafoux (la «víbora de Asnieres» ⇑ ) pasaba temporadas, pues allí regentaba una posada la familia de su mujer,  Ricarda Valenciaga.

Libre de las obligaciones que el cuidado de patos y gallinas impone día a día y hora a hora, Rosario de Acuña recupera su antigua pasión por los viajes.  La datación de algunos de los sonetos que escribe por entonces son buen ejemplo del cambio experimentado en su vida: El becerrillo doméstico, escrito en «Tejahierro (Montañas de Reinosa), 1906»; Las brañas, «Montes de Saja, (braña de Bustandrán), 1907»; El arroyuelo, «Montes Cántabros, 1908».

En los cántabros montes, espaciadas
entre las cumbres, níveas o rocosas, 
se extienden praderías amorosas
de cristalinas fuentes esmaltadas...
....

¡Se acabó!




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Fotografía de Bonafoux publicada en 1931142. La víbora de Asnieres
Así era conocido Luis Bonafoux, por lo afilado y mortífero de su pluma y también por la localidad cercana a París donde residió durante un tiempo, cuando era corresponsal del diario Heraldo de Madrid. Dos características...




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Fragmento de la carta enviada por la logia Jovellanos17. Los masones se movilizan
«Trátase de conseguir un indulto general por delitos políticos y de imprenta, para que salgan de las cárceles los presos y vuelvan a España los desterrados y expatriados. Entre estos últimos se encuentra la ilustre h.·. Rosario Acuña, y aquí se susurra...

Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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17 diciembre

142. La víbora de Asnieres


Fotografía de Bonafoux publicada en 1931
Así era conocido Luis Bonafoux, por lo afilado y mortífero de su pluma y también por la localidad cercana a París donde residió durante un tiempo, cuando era corresponsal del diario  Heraldo de Madrid: tenía su domicilio en el número 46 de la avenida Pereire en la ciudad de Asnieres, departamento del Sena. Dos características éstas que lo definen en gran medida, pues don Luis fue escritor y periodista, un periodista de raza a decir de algunos, y no se contentó con escrutar el escenario desde un sólo lugar, sino que lo hizo desde localidades bien diferentes: Burdeos, Puerto Rico, Cuba, Salamanca, Madrid, Santander, París, Londres...

Su padre, un francés que comerciaba con vinos que traía de su tierra, llevaba años asentado en Guayama (localidad puertorriqueña por la que, andando el tiempo, se convertirá en diputado el mismísimo Galdós) cuando en uno de sus viajes conoce a Clemencia, hija del político venezolano Ángel Quintero. Se casan y embarcan para Francia, donde no tardando nacerá Mario Luis Bonafoux Quintero. Poco después padre, madre e hijo regresan a Guayama, lugar en el que Luisito pasará sus primeros años. Parece que en poco tiempo ya está escrito una parte de su libreto: niño de origen franco-venezolano, nacido en Saint Loubez, a las orillas del Garona, y residente en Puerto Rico, España.

Algunas pifias cometidas en sus tiempos de bachiller dirigen sus destinos universitarios a la metrópoli. En Madrid inicia sus estudios de Leyes, que continuará en Salamanca, donde realizará sus primeras incursiones en el mundo del periodismo. Primero fue El Eco del Tormes; luego, ya en Madrid, El Solfeo, revista en la que se dará a conocer Leopoldo Alas, Clarín, con quien mantendrá una encarnizada polémica al acusarle de haber plagiado La regenta; más tarde El Globo, Alma Española, El Liberal, El País, Vida Nueva...

Amigo Bonafoux: Me envían el recorte de un periódico con un artículo que dice son «hampa dorada» los que colaboran en el Heraldo de París. No sabía yo que había vuelto a publicarse su Heraldo, pero sí sé que es un verdadero honor el contarme entre sus colaboradores, pasados o presentes. Como yo escribí en él (y escribiera si esta lucha feroz de trabajo y penalidades en que estoy metida me dejase algunos minutos de tiempo para honrarme en las columnas de su periódico), le ruego me haga partícipe de todo ese cieno que los sapos de la prensa española arroja sobre el Heraldo...

La carta de Rosario de Acuña es del año 1904. Había colaborado en el pasado en Heraldo de París y antes en La Campaña, dos periódicos que Bonafoux publicó en París. Su amistad viene, por tanto, de tiempo atrás. Quizás se conocieran en los últimos años del XIX, cuando la librepensadora residía en las proximidades de Santander, habida cuenta de que el señor Bonafoux tenía lazos familiares en aquella tierra y la visitaba con cierta frecuencia. Resulta que en una ocasión en que los días de bohemia le habían dejado la bolsa esquilmada, recibe una propuesta sorprendente: convertirse en gerente de unas minas de cobre localizadas en Soto de Campoo, en las cercanías de Reinosa. Ni sus estudios de Leyes, ni su experiencia periodística... la oferta tenía mucho más que ver con el hecho de que uno de los fundadores de la empresa fuera tío suyo. Lo cierto es que a finales de 1888 Luis Bonafoux ya está en tierra cántabra y que un año después se casa con  Ricarda Encarnación Valenciaga y Gordejuela, una joven de veinte años que trabajaba en la fonda que en Soto regentaba su padre. No aguantó durante mucho tiempo Bonafoux aquella vida tranquila y sedentaria, y meses después el matrimonio se traslada a Puerto Rico. Se marchó de allí,  pero volverá a Soto, a Santander, una y otra vez, desde Madrid, desde París... Dicen que sentía la obsesión de las cumbres...

«Si los apologistas de la costa de Esmeralda fuesen costeando de San Sebastián a Deva, Saturrarán y Motrico; si hubieran hecho el fantástico viaje de Zumárraga a Bilbao, o visto a Bárcena desde los riscos por donde trepa el tren de Santander, o entrado en Solares al despuntar el sol sobre el tupido follaje que envuelve el pueblo, o internándose, con doña Rosario de Acuña o con don Ángel de los Ríos, en el atormentado laberinto de aquella provincia hasta llegar a los Picos de Europa, no pareceríales tan pintoresca la impresión que la costa de Esmeralda deja en la retina».


Aunque es probable que hubieran coincidido en alguna cima admirando las cumbres de La Montaña, donde tenemos constancia de que sí lo hicieron fue en las páginas de Gente Nueva, escrito por Luis París. Allí compartieron ambos  espacio y protagonismo con Pompeyo Gener,  Nakens, Dicenta, Mariano de Cavia, Degetau, Fernández Shaw, Zahonero, Alejandro Sawa, Urrecha y otros escritores disidentes (⇑).

Con algunos de los integrantes de aquel grupo mantuvieron los dos una amistad compartida. Tal fue el caso de Joaquín Dicenta y el propio Luis París. De la relación que mantuvo con ellos doña Rosario ya ha quedado constancia en anteriores comentarios. Por lo que respecta a Bonafoux, baste decir que los dos arriba mencionados fueron sus amigos y confidentes  y que el madrileño café Fornos fue testigo de las animadas tertulias que –junto a otros integrantes de aquella «gente nueva» como  Manuel Paso o Alejandro Sawa– mantuvieron durante años. 

La relación entre Rosario de Acuña y Luis Bonafoux lo fue de amistad pero también profesional. El español nacido en Francia, que la trataba de «amiga y compañera» y no olvidaba enviarle recuerdos de su mujer e hijos («Ricarda saluda cordialmente a usted. Mis muchachos le envían muchos cariños»; «en casa todos la recordamos a usted con cariño y respeto»), solía hablarle de sus proyectos periodísticos ( «Creo que resucitaré La Campaña y que el primer número podrá salir el 15 de este mes...»; «Creo que sacaré un nuevo periódico la semana próxima, periódico más literario que político, pero dando de vez en cuando una campanada política») para los cuales le pedía una y otra vez colaboración: un articulito de media columna o «publicar en cada número algo de las memorias íntimas de usted. Sé que el público, mi público, las querría y admiraría». Su amiga Rosario, desde Madrid primero y desde Cantabria después, le enviaba artículos o poesías;  también un cuento (El secreto de la abuela Justa (⇑), dedicado a los hijos de Bonafoux)... y algunas cartas: todo lo publicaba el hispano-francés (incluso una fotografía (⇑) que por casualidad llegó a sus manos).

Decía más arriba que quizás se hubieran conocido en Cantabria. Si probable es que hubieran coincidido en cualquier paraje de La Montaña –habida cuenta de que, cuando el periodismo y la bohemia soltaban amarras, volvía don Luis a Santander y doña Rosario allí vivió unos cuantos años–, de lo que no cabe duda alguna es que ambos concitaron la ira de muchos españoles en el año once, cuando estalló el escándalo de La jarca (⇑): la pensadora le envió el ácido escrito y el periodista lo publicó al instante. Fue en París... pero todo se termina sabiendo. Mucho más si alguien está por la labor de que así sea. Se supo... y se armó una buena. Los nombres de Luis Bonafoux y de Rosario de Acuña estuvieron en todas las protestas, en todas las proclamas, en todas las manifestaciones, en todas las quejas. Uno ya estaba fuera de España, la otra se tuvo que ir. También coincidieron en esto.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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26 diciembre

83. Que no, que no... que nació en Madrid


Escribo estas líneas horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia –sin haberla contrastado, se supone– a sus abonados, algunos de los cuales la publicaron sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para qué perder tiempo contrastando una fecha, un dato... una muerte?

Y si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de la vida y obra de doña Rosario de Acuña –hará de esto del orden de unos de diez años– me sorprendió que no hubiera informaciones ciertas sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Dibujo de la Puerta de Alcalá publicado en La Ilustración Española y Americana, marzo de 1876

Tras varios años de investigaciones, entrada ya la primavera de 2005, en Rosario de Acuña en Asturias (⇑) pude avanzar lo siguiente: «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». O sea que, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba alguno de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín...». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña Villanueva.

No era uno, sino varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación. De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada partida (⇑) en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D.José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que a partir de entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días, el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí. Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos, la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.


Captura de la página dedicada a Rosario de Acuña en la Wikipedia
Captura de la página en octubre de 2010

De nuevo a las andadas. ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado, todo al alcance de todos... Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio, en el cual ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde...

Notas 

(1) Parece ser que las cosas han empezado a cambiar, al menos en algunos ámbitos. Para que conste, véase el comentario 95. La fiabilidad de la Wikipedia (⇑).

(2) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 29-10-2010.



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Cabecera de la revista Asturias, editada en La Habana24. Para los asturianos de La Habana
Cierto día encontré en la Biblioteca Asturias, más conocida como Biblioteca del Padre Patac, tres hojas fotocopiadas de un artículo titulado Recuerdos de una excursión que estaba firmado por Rosario de Acuña. La referencia del mismo señalaba...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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23 diciembre

49. «La avicultura en la Montaña» por Pablo Lastra y Eterna


Según prometimos en nuestro artículo anterior, vamos a empezar la reseña de las granjas avícolas en la Montaña por la de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña.

Al otro lado del Alto, allá, en el lugar de Cueto y muy cerca del faro, tiene su acreditada granja. En aquella soledad, dedica, de las veinticuatro horas que el día tiene, cuatro al reposo y las demás al cuidado de sus gallinas, de sus patos y a la propaganda de las aficiones avícolas, quedándola aún tiempo para proseguir sus campañas filosófico-sociales que con tanto afán son leídas en El Cantábrico.

Gallo y gallina del Prat (La Avicultura Práctica, Areyns de Mar, noviembre de 1896)

Pero concretándonos solo a su labor avícola, como es nuestro objeto, prescindamos por un momento de la mujer eminentemente ilustrada y de grandes conocimientos científicos, para estudiar nada más lo que nos sirve para fomentar la avicultura en nuestra querida tierruca.

Alejada del bullicio del mundo y buscando un retiro que oculte a su vista las pequeñeces y mentiras de la actual sociedad, cuya vida ficticia no puede halagarla, consagra su existencia al cultivo de las hermosas razas productivas que le alegran con sus cantos y la dan rendimientos económicos.

Desde luego hemos de consignar que en principio no eran sus parques lo que hoy son. Empezó por el principio, es decir, por poco, para ir desarrollando la industria con mucho acierto y presentando al mercado paulatinamente los productos finos a que el público no estaba acostumbrado.

Al revés de lo hecho por otros industriales que implantaron el negocio en las peores condiciones pues creyeron hacerse ricos con las razas del país, ella cultivó las razas más estimadas en Europa por sus condiciones de carne y postura.

Las gallinas de carne amarilla están desterradas de su casa; sólo viven en ella las de carne fina y blanca; de gusto exquisito y de gran puesta, como son: la castellana negra, andaluza propiamente dicha; la célebre y tan recomendable Prat, la gigante Brahma y la gran raza de lujo y producto andaluza azul.

Con tan escogidos elementos, con sus cuidados y con su pericia en la ciencia avícola, los resultados no se hicieron esperar. La producción fue en aumento, viose incapaz de consumir tan enormes productos y los lanzó al mercado. La aceptación que han tenido lo prueba el público, que compra constantemente los pollos y huevos de tan hermosas razas.

La verdad y la razón se han abierto paso entre la ignorancia del pueblo que no creía que una gallina de estas razas era capaz de devolver a su dueño el importe de lo que consumían en su alimentación.

Poco a poco, han ido transformándose los gallineros de toda la provincia y confiamos que en breve tiempo se desterrará de la Montaña, para siempre, esa raquítica gallina común, voraz y revoltosa incapaz de producción remuneradora de los gastos que ocasiona, para dar paso a las verdaderas razas de producto, que con tanto esmero se cultivan en los parques que nos proponemos reseñar.

Los precios algo elevados de las razas ponedoras y de sus productos, no están, sin embargo al alcance de todos los que desearan renovar sus gallineros, pues lo que vale cuesta y es natural que el precio de una gallina que pone ciento cincuenta o ciento setenta huevos no ha de ser lo mismo que el que alcanza en la plaza una asquerosa gallina de esas que nos traen de Galicia, León y de otros pueblos los industriales que venden al menudeo.

Sin embargo, doña Rosario de Acuña ofrece raza mixta de todas las que posee, cruzadas en libertad, es decir, que la renovación de la sangre es constante y las cualidades de los productos recomendables en extremo, por reunir las mismas propiedades de las razas puras en calidad de carne y postura.

Jamás recomendara yo los cruzamientos para perfeccionar la raza, pero sí para obtener productos de gran talla y de gran producción de huevos, cuando –como es el caso presente– es tan fácil renovar la sangre, pues en esta granja puede obtenerse, sin aumento de precio, un huevo de raza pura en la docena de los de razas cruzadas.

Además de los hermosos ejemplares de gallinas que hemos descrito, existen en la granja de la señora viuda de Laiglesia, patos del país y los gigantes de Ruen, que a su buena aclimatación y rusticidad añaden su gran postura y exquisita y abundante carne. Cruzados con los comunes producen individuos de gran talla y buena carne.

Tales son, a grandes rasgos descritos, los productos que nos ofrece esta granja, siendo su especialidad las razas cruzadas para producción de huevos, cuyo peso oscila entre setenta y cinco y ciento diez gramos.

Las razas puras cultivadas con esmero y cuya producción media es de ciento cincuenta a ciento ochenta huevos, pueden adquirirse con entera confianza, pues fácil es comprender que los individuos que comen y se producen nadie los conserva, y tal sucede en las granjas.

Los resultados obtenidos hasta la fecha, según la contabilidad avícola que hemos examinado, han sido de un veinte por ciento y podrá elevarse a más si se rebaja la ración diaria de alimento que es excesiva, pues a más de mermar las utilidades, perjudican al animal, porque la gallina gorda deja de poner a consecuencia de obstruir el oviducto la grasa acumulada en este órgano en grandes cantidades, siendo muy peligroso para la vida del animal.

Nada hemos de decir de la limpieza que reina en la granja; siendo esto lo que la higiene recomienda es llevado a cabo diariamente y con gran cuidado y a ello se debe que sólo haya habido dos defunciones por enfermedad extraña, pues los ejemplares la traían consigo de Barcelona, donde los criadores no son nada escrupulosos ni formales y remiten animales enfermos y defectuosos.

Recomendamos eficazmente a las personas que deseen renovar sus gallineros, que adquieran los ejemplares aclimatados en las granjas de la Montaña, pues en la actualidad existen las mejores razas de productos y nacidas ya aquí, por lo que la aclimatación y conservación de los ejemplares es muy fácil.

El Cantábrico, Santander, 22-4-1902

Notas

(1) Rosario de Acuña tenía en gran estima al señor Lastra y Eterna a juzgar por los comentarios que le dedica. Tal sucede, por ejemplo, en «Preámbulo» (⇑), el artículo inicial de la serie Conversaciones femeninas (⇑) que publica El Cantábrico a lo largo de 1902, donde afirma lo que sigue:

Considero que hay en la Montaña personalidades verdaderamente eminentes en ciencias naturales y sus derivados (que son la raíz del absentismo) y me apresuro a rendir el primer homenaje de mi admiración y mi respeto, entre los naturalistas, al señor don Augusto G. de Linares, honrosa entidad en la agrupación de nuestros sabios, y entre los avicultores al señor don Pablo Lastra y Eterna; y como de Avicultura llevo algo escrito [Véase ⇑] y como aún he de tratar del asunto, aprovecho esta ocasión para reconocer en el señor Lastra preeminente en esta ciencia, pues con sus escritos sobrios y técnicos, puede hacer de Castelló montañés, es decir, de autoridad irrebatible en Avicultura, que resuelve, con sus lecciones y consejos, todos cuantos conflictos padezcan los que a la Avicultura se dediquen, guiándolos científicamente hacia todo mejoramiento en el asunto; hagamos, pues, de su apellido un lema; sea la Eterna providencia de todos los que en familia nos dediquemos a criar aves.

(2) Aunque la escritora califica a Pablo Lastra y Eterna como experto avicultor –que lo era por entonces, pues fue uno de los promotores de la Sociedad de Avicultores Montañeses y como tal escribe algún que otro artículo en las páginas de El Cantábrico– será en el campo de la apicultura donde años más tarde adquirirá mayor reputación, llegando a ser director de la Granja Experimental de Guarnizo (Cantabria) y habiendo dado a la imprenta varias monografías sobre el asunto.

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 12-3-2010.




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Cierto es que manifestó que no se consideraba socialista en el sentido dogmático y científico de la palabra, pero no es menos cierto que colaboró en algunas de sus iniciativas y que mantuvo buenas relaciones con unos cuantos...




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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