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03 diciembre

140. Más cerca de la Luz


Lo tenía bien pensado. La muerte de su amigo el científico Augusto González Linares, ocurrida unos tres años antes, y la de su madre poco después, estaban muy presentes en sus recuerdos. Conocía de primera mano  las presiones (⇑),  los manejos, que el obispado santanderino había desplegado para conseguir que, finalmente, en los momentos postreros de su vida,  el sabio naturalista accediera a reintegrarse en la grey católica.

y por lo tanto ordeno y dispongo que diga lo que diga en el trance de la muerte (o digan  que yo dije) se cumpla mi voluntad aquí expresada, que es el resultado de una conciencia serena derivada de un cerebro saludable y de un organismo en equilibrio.

Cuando le llegó el turno a su madre, compró una sepultura a perpetuidad en el cercano cementerio de Ciriego, al lado de la que ocupaban los restos de González Linares. Allí permanecen sus restos (⇑). Meses después adquiere para sí, para la que habría de ser su última morada, una ampliación de terreno, contiguo al que ocupa Dolores Villanueva. No obstante, por si los avatares de la vida la alejaran del cementerio civil de Ciriego, en el testamento que por su mano redacta el veinte de febrero de 1907 contempla las dos posibilidades:

Si no se me enterrase en Santander, que no se ponga en mi sepultura más que un ladrillo con un número o inicial; nada más; pero la sepultura sea comprada a perpetuidad. Si muero en Santander entiérreseme en el panteón donde yacen los restos de mi madre, y donde hay nicho para mí ya comprado...

Abandonó la Montaña y se trasladó a Gijón y allí,  en un lugar alejado del centro de la villa, encargó la construcción de una casa que se encontraba al lado del mar, al borde de unos acantilados. Más al sur, en otro promontorio, se situaba el cementerio civil.

Acceso al cementerio civil de Gijón (archivo del autor)

En el mes de enero de 1902 el Ayuntamiento gijonés adjudicó las obras del cementerio civil y antes de que finalizara ese año va a entrar en funcionamiento. Así lo atestigua una inscripción que figura en la fachada exterior; así lo recogen los periódicos de la época, en cuyas páginas podemos leer que el primer día de septiembre es enterrada en aquel recinto una niña, de nombre Urania e hija de los obreros Antonia Izurieta y Guillermo Fernández.

Veintiséis años después de que El Sucu abriera sus puertas, el cementerio municipal podía acoger los restos de todos sus vecinos, tanto de los católicos, como de aquellos otros que no se consideraban tales. Un sólo cementerio, pero con dos partes bien diferenciadas, separadas por una tapia. La nueva parcela, de tamaño más reducido y situada al Este, fue acogiendo a «jóvenes comprometidos», «honrados trabajadores», «entusiastas republicanos» y otros gijoneses de distinta condición en cuya esquela, de hacerse pública, no figuraba símbolo religioso alguno.

No siempre resultó fácil. Hubo ocasiones en las cuales hubo que porfiar para que la voluntad del difunto fuera respetada. En noviembre de 1904, dos años después de su apertura, un ciudadano gijonés se personó en el cementerio civil con objeto de que se enterrase el cadáver de su padre, fallecido el día anterior. Llevaba consigo el correspondiente permiso de la familia además de una orden del juzgado municipal. No obstante, el conserje se negó a darle sepultura hasta tanto no contara con la autorización del cura. Hubo que recurrir al Ayuntamiento para que, tras la oportuna queja, se ordenara al empleado municipal que cumpliera con sus obligaciones.

Tal parecía que la jurisdicción eclesiástica no aceptaba de buen grado los límites que el muro construido entre ambos cementerios señalaba. Tal parecía que la capilla allí existente sirviera de atalaya para controlar cuanto allí sucedía, tanto en el camposanto –situado al Oeste, a sus pies– como en el otro campo, el que «no era santo», que se encuentra al Este, tras la cabecera. Y es que el edificio religioso había sido construido sobre un eje orientado en dirección Este-Oeste. Nada nuevo. Ya se hacía así en los templos egipcios, de manera tal que cuando el sol salía, lo hacía por el lugar donde estaba situada la cámara del dios. En el Este está la Luz. Los templos cristianos también lo tienen presente y, por esa razón, las iglesias se construyen también con esta orientación, situando la cabecera hacia el Este para que el sol naciente, el sol de la mañana ilumine el altar mayor.  

Como quiera que la capilla del cementerio municipal de El Sucu sigue esa tradición, algunos han dejado escrito que la iglesia daba la espalda al cementerio civil. Aproximándose por el Oeste, hacia la entrada, esa era la idea que podía transmitirse, pues, desde ese punto de vista, mirando la fachada principal rematada por una espadaña con dos huecos, contemplando su puerta adintelada, guarnecida por arcos abocinados de medio punto, con una cruz en su vértice, el otro cementerio no se ve, se encuentra en la parte de atrás, a las espaldas del templo.

Imagen actual de la tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (archivo del autor)De espaldas al cementerio civil y de espaldas también a la voluntad de quienes deseaban ser allí enterrados, como cada cierto tiempo se pone en evidencia. Un ejemplo, uno más,  lo encontramos en la prensa gijonesa a finales del año 1915. Tras la muerte de un joven librepensador, sus padres disponen que su entierro sea civil, «pero el fanatismo, siempre alerta, sacó sus garras. Escarneciendo sentimientos y atropellando leyes se apoderó de un cuerpo que no le pertenecía, y contra los fueros de la razón y de la muerte misma consiguió depositarlo en el cementerio católico en espera de definitiva inhumación». La reacción unánime de los sectores más  liberales de la ciudad, «los elementos que integran la democracia gijonesa», logró que  la libertad de conciencia saliera triunfante en esta ocasión. Rosario de Acuña Villanueva, satisfecha por la iniciativa, se adhiere a la protesta en una carta (⇑) publicada al día siguiente:

Siento que mi firma no figure en la protesta que las izquierdas de Gijón han formulado contra el desafuero que ayer realizó el fanatismo reaccionario. Me adhiero a todos ustedes; ¡qué honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!.

Dicen que la capilla daba la espalda al cementerio civil. Lo que quizás no sepan quienes tal cosa afirman es que su construcción fue anterior, que cuando se puso en pie el templo en el año 1894 tras sus muros no había tumba alguna. Ocho años después, fue cuando alguien decidió que los restos de cuantos se habían alejado de la grey católica descansaran en aquella parcela situada al oriente del templo. No lo contrario.

Allí fue enterrada Rosario de Acuña Villanueva el domingo 6 de mayo del año 1923, en una sobria tumba orientada al sol nacer, situada más cerca de la Luz que la cabecera de la capilla católica que coronaba el cementerio municipal de El Sucu.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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17 marzo

103. La recuperada tumba de Dolores Villanueva


Ya estoy contigo, madre; nuestras vidas caminaron por sendas diferentes, llegando, al fin, cansadas y dolientes, a dormir, en la muerte confundidas

Dolores  Villanueva Elices, falleció el 19 de junio de 1905 a la edad de 77 años. Era viuda y residía en el lugar de Cueto en compañía de Rosario, su única hija, y de Carlos, quien pasaba por ser sobrino de la difunta.

Aunque había nacido en Yebra (Guadalajara), ya residía en Madrid cuando en diciembre de 1847 contrajo matrimonio con Felipe de Acuña Solís, un jiennense que estudiaba Leyes y que tan sólo un mes antes había conseguido colocarse como escribiente en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas (luego ministerio de Fomento), con un sueldo anual de 5000 reales de vellón (o, lo que es equivalente, 1250 pesetas). Nacidos y criados ambos en el credo católico, fueron fieles cumplidores de los preceptos de la Iglesia en los asuntos más trascendentales de su vida: la boda fue católica, también el  bautizo de su hija, al igual que el funeral de Felipe, cuyos restos fueron enterrados en el madrileño cementerio de San Justo.

En su fe católica educó a su hija Rosario. Y católica era... hasta que dejó de serlo. Católicas eran las dos, hasta que las dos dejaron de serlo. Por lo que sabemos, lo más probable es que fuera Rosario la primera que diera el paso: fue a finales del año 1884 cuando hizo pública su adhesión al librepensamiento (⇑), convirtiéndose desde entonces en una activa luchadora contra el clericalismo. Lo de su madre, cabe suponer, que acaeciera por influjo del testimonio de su hija. Lo cierto es que, como ya quedó escrito en un comentario anterior (78. De tal astilla, tal palo ⇑),  Dolores Villanueva dejó escrito que en su entierro no se ostentara «signo alguno de religión de clase alguna» y que su cuerpo fuera sepultado en el cementerio civil.

Fotografía de la lápida de la tumba de Dolores Villanueva en reconstrucción
Lápida en reconstrucción
(Colección cementerio de Ciriego)
Así se hizo. Fue enterrada en el cercano cementerio de Ciriego, donde su hija compró una sepultura a perpetuidad (Boletín Oficial de la Provincia de Santander, 11-8-1905). Quiso que estuviera situada al lado de la que ocupaban los restos de su amigo el científico Augusto González Linares, fallecido un año antes, el primero de mayo de 1904. Para conocer las razones de tal deseo, basta leer el artículo «Linares y el clero santanderino» (⇑), que Rosario de Acuña escribió el mismo día en que tenía lugar el entierro del naturalista y que fue publicado en el semanario Heraldo de París a finales de mes. 

Allí estaban los restos de su querida madre y allí quería Rosario que reposaran los suyos, razón por la cual compró un terreno al lado de su tumba. En sesión celebrada el 27 de diciembre de ese mismo año el Ayuntamiento de Santander acuerda «conceder a doña Rosario de Acuña una ampliación de terreno en el cementerio civil» (Boletín Oficial de la Provincia de Santander, 25-4-1906). Es su voluntad y así lo manifiesta en testamento escrito de su pluma y letra (⇑) fechado el veinte de febrero de 1907:

Si muero en Santander entiérreseme en el panteón donde yacen los restos de mi madre, y donde hay nicho para mí ya comprado, y cuando yo muera póngase sobre el sepulcro de mi madre una losa de mármol con el adjunto soneto:
 
 Ya estoy contigo, madre; nuestras vidas
caminaron por sendas diferentes,
llegando, al fin, cansadas y dolientes,
a dormir, en la muerte, confundidas.

Por filial, y materno amor unidas,
queden en paz eterna nuestras mentes,
cual dos opuestas ramas o corrientes
de un solo tronco o manantial nacidas.

¡No despertemos nunca, madre amada!
¡Mas si al mandato del poder divino
el yo consciente surge de la nada,

uniendo tu destino a mi destino,
llévame entre tus brazos enlazada
y sigamos las dos igual camino!

El epitafio habría de iniciarse con el siguiente texto: «Dolores Villanueva, viuda de Acuña, aquí yacente desde 1905»; el nombre de la hija y el año de su muerte figurarían tras el último de los catorce versos. Y hasta que el momento de ese reencuentro anunciado tuviera lugar, la tumba se cubrió con una lápida, necesariamente provisional. que tenía por única inscripción un escueto «Espera».


II

No fue en Santander, sino en Gijón donde una embolia cerebral acabó con la vida de doña Rosario de Acuña Villanueva el cinco de mayo de 1923. Y fue Carlos Lamo Jiménez quien cumpla la voluntad de aquella mujer extraordinaria con quien había vivido durante casi cuarenta años. Será su  fiel compañero –a quien algunos llamaron «sobrino» de la madre, primero, y de la hija, después–  quien haga realidad el deseo de Rosario. En el verano del siguiente año ya está terminada la lápida de mármol italiano en la que un artesano local ha cincelado los versos que fueron escritos con esa finalidad, al tiempo que Ignacio Lavilla, pintor y periodista, se ocupó de grabar a la cabeza del soneto la flor preferida por la escritora –el pensamiento– y, tras el último verso, el dibujo de su firma y su rúbrica. Para hacer frente a los gastos ocasionados, Carlos obtiene la ayuda de algunos amigos de Galicia, Extremadura y Santander,  así como de las logias alicantinas Numancia y Constante Alona. Trasladada al fin a la capital santanderina, tan solo queda depositarla sobre la tumba y con este propósito el domingo 4 de enero de 1925 un grupo de admiradores de la difunta se reúne en la plaza de Numancia. Desde allí una comisión, entre los que se encuentra Isidro Mateo, republicano y editor del semanario El Ideal Cántabro en el cual colaboró doña Rosario,  parte hacia el cementerio de Ciriego. La lápida se coloca sobre la ya existente, aquella en la que figura el provisional «Espera». Cumplida queda su voluntad.

Lo que no estaba previsto era que el tiempo en su pasar actuara como actuó. Que la lápida se fracturara; y que en la oquedad así surgida consiguiera germinar la semilla de un arbusto; y que en su natural crecimiento algunos fragmentos del mármol quedaran aprisionados y ocultos en el frondoso ramaje... 


Un arbusto ocultaba gran parte de la lápida.
(Colección cementerio de Ciriego)

III


Hace unos años, el Ayuntamiento de Santander decidió apostar por la recuperación del patrimonio cultural que alberga el cementerio de Ciriego y en el año 2007 encarga un proyecto de investigación con este objetivo. La persona elegida para dirigirlo es Carmen Bermejo Lorenzo, una especialista en el arte funerario de la cornisa cantábrica (tema de su tesis doctoral defendida en el año 1994), que ya había publicado en 2005 el libro titulado Las necrópolis de Santander. Evolución histórica y análisis artístico. Los trabajos de inventariado y catalogación que realiza el equipo dirigido por Carmen Bermejo dan como resultado la localización de algunas tumbas, entre ellas la de Dolores Villanueva Elices que, como queda dicho, el paso del tiempo la había dejado irreconocible. Los operarios de Ciriego consiguieron restaurar la lápida y, una vez acondicionado el entorno, la tumba ha recuperado su aspecto.

Estado de la tumba de Dolores Villanueva tras las labores de restauración.
(Colección cementerio de Ciriego)

Gracias a la información que amablemente me ha facilitado Patricia Gómez Camus, integrante del equipo de Carmen Bermejo y, en la actualidad,  responsable de patrimonio y catalogación del cementerio, podemos constatar con satisfacción que en Ciriego una lápida de mármol italiano sigue dando público testimonio del amor que Rosario de Acuña sintió por su madre. 

...uniendo tu destino a mi destino,
llévame entre tus brazos enlazada
y sigamos las dos igual camino!





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