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31 mayo

237. Un director de escena en el testamento

 

No parece aventurado pensar que el fallecimiento de su madre, ocurrido en el mes de junio de 1905, tuvo bastante que ver con los cambios que experimentó su vida en los meses siguientes. De nuevo hubo de mirar a la muerte bien de cerca, cara a cara. De nuevo decidió replantearse la vida. Una vez más. Quizás las decisiones que tomó por entonces no tuvieran la trascendencia que aquellas otras que adoptó tras la de su padre (ruptura de su matrimonio, adhesión al librepensamiento, ingreso en la masonería...), pero no fueron en absoluto intrascendentes.

Tal y como había dispuesto (⇑), Dolores Villanueva y Elices fue enterrada en el cementerio civil de Santander. Su hija también quiere que sus restos descansen allí, al lado de los de su madre, y no tarda en  comprar un terreno colindante. Poco tiempo después decide desmantelar la granja avícola, a la cual se había dedicado con ahínco y constancia, y se dedica a recorrer las tierras cántabras: en el verano de 1906 pasa una temporada en Suances, luego en los alrededores de Santillana del Mar, a finales de septiembre se encuentra en Reinosa, desde donde se trasladará a Soto de Campoo para iniciar desde allí una expedición a pie que tiene por destino las tierras de Asturias, lugar al que, no tardando, volverá para hacerse construir una casa sobre uno de los acantilados situados en el litoral gijonés.

Antes, en febrero de 1907, redacta su testamento. En el texto, escrito de su puño y letra y por triplicado, designa dos ejecutores testamentarios, de edad muy similar. El uno es Carlos Lamo Jiménez (o Giménez, como ella escribe), la persona que vivió a su lado las últimas décadas de su vida y a quien le suelen otorgar el papel de «joven amante» o  «compañero sentimental» de nuestra protagonista, por más que en mi opinión (tal y como he argumentado en un texto anterior ⇑) la suya no parece haber sido una relación entre iguales. El otro es Luis París y Zejín, el protagonista de este comentario.

Luis París Zejín en una fotografía publicada en 1933

Era hijo de Luis París y Arriola, maestro sastre del Teatro Real e integrante del círculo de amistades de Felipe de Acuña y Dolores Villanueva, a quienes solía visitar con cierta frecuencia. Rosario lo conocía desde niño, de haberlo visto una y otra vez en la casa familiar acompañando a su padre; lo había visto crecer («ya mostraba los bosquejos de un carácter bien definido»); y, cuando Luis alcanzó la edad adulta, mantuvo con él una relación de amistad que se mantuvo en el tiempo, como bien prueban diversos testimonios escritos. 

Los primeros son de su época de universitario. Rosario parece preocupada por sus estudios y Luis, en una carta que le remite en septiembre de 1883, se muestra tajante: «que ni he dejado, ni pienso dejar mi carrera de médico, que espero terminar en junio de 1884 (grado de licenciado)». No fue como él pensaba; no acabó en la fecha que había escrito, y al principio del curso siguiente, aún como estudiante de Medicina, se convierte en uno de los líderes de las protestas estudiantiles (conocidas como «los sucesos de la Santa Isabel») que tuvieron como origen la campaña desatada contra el catedrático Miguel Morayta, a quien la prensa confesional acusa de haber pronunciado un discurso herético en el acto oficial de inauguración del curso. A mediados de noviembre la situación no tiene visos de calmarse, antes al contrario: protestas en la calle en defensa de la libertad de cátedra, presencia de fuerzas policiales en la universidad, negativa de los alumnos a entrar en clase... En los comunicados que por entonces hace públicos la comisión de universitarios, el nombre de Luis París y Zejín es el que suele encabezar la lista. También en el que da a conocer el apoyo recibido por parte de Rosario de Acuña (⇑), que se compromete a pagar la matrícula de aquel alumno «más adelantado en la carrera y con mejores notas» que perdiera la de honor como consecuencia de una sanción por negarse a entrar en clase en defensa «de la ultrajada libertad de cátedra».

No será ésta la única ocasión en la que coincidirán por entonces. Probablemente lo hicieron en la comida (⇑) que, pocos días después, nuestra protagonista ofreció a una comisión de estudiantes y a destacados librepensadores en el madrileño Café de Fornos. Lo volverán a hacer en el homenaje a Giordano Bruno: un proyecto que se pondrá en marcha por iniciativa de los universitarios romanos, que quieren hacer del mártir napolitano el emblema del librepensamiento, de quienes luchan por la libertad de conciencia. Luis París preside la comisión que se constituye al efecto y que invita a los estudiantes de toda España a participar en un acto artístico-literario con el envío de escritos para contribuir «a la gran manifestación europea en favor de la libertad de pensar» (⇑). Rosario de Acuña, que apenas unas semanas antes ha hecho pública su adhesión a la causa del librepensamiento, también toma parte en aquella iniciativa: no sólo es la única mujer que participa en el número extraordinario en honor a Giordano Bruno que publica el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento, sino que también envía un texto a Luis, titulado «Lo indescifrable», quizás para que fuera leído en la celebración que la comisión por él presidida había programado. Unas semanas después escribe una elogiosa crítica de Fray Giordano Bruno y su tiempo, el escrito de su amigo convertido en libro y  que se publicó por entonces:

El 17 del pasado febrero se celebraba en Roma una fiesta, en honor de uno los más grandes mártires de la libertad. Buscando, en España, el eco de aquel concurso en que las eminencias de Italia se habían congregado para rendir culto a la memoria del ilustre Nolano, abrí el libro de mi amigo París, bien ajena, por cierto, de que su lectura había de obligarme a hacer un ligero estudio de esta obra…

Cierto es que a Luis le interesan los estudios de Medicina y que, como le escribe a su amiga en septiembre de 1883, tiene previsto pasar un año en Francia y otro en Alemania para «completar todo el programa científico de mi carrera». Pero no es menos cierto que su campo de intereses es bien amplio y no se limita al ámbito de la ciencia médica. Así es que, además de traducir manuales de patología o de clínica quirúrgica, escribe sobre lo que le rodea, también sobre teatro. El seis de diciembre del año ochenta y ocho se convierte en crítico teatral de El Motín, con un texto un tanto demoledor acerca del estreno en el teatro Español de Madrid de la zarzuela titulada Pedro el bastardo. Unas semanas después, en las páginas de ese mismo períódico satírico que dirige José Nakens, se anuncia la puesta a la venta de Gente Nueva (⇑), de la que es autor Luis París, «encargado desde hace quince días de juzgar las obras literarias y teatrales». En esa obra se analizan «las personalidades y los trabajos» de varios integrantes de un grupo que tenía como nexo la disidencia, la oposición a las ideas dominantes, a la intransigencia y el reaccionarismo. Solo había una mujer: Rosario de Acuña, su amiga.

Fragmento de un texto suyo publicado en 1902

Licenciado en Medicina, que no médico, la prensa y el teatro compartirán sus ocupaciones y desvelos. Además de las ya mencionadas críticas teatrales que realiza para El Motín, colabora en diversas publicaciones periódicas (El Liberal, La Nación, El Cascabel, El Resumen...) y en 1895 se integra en la redacción de La Correspondencia Militar para dirigir el suplemento semanal ilustrado Militares y Paisanos, donde el mundo de la escena tendrá un lugar destacado.

Los escenarios son, sin duda, su gran pasión y a ellos se dedicará con mayor intensidad a poco de adentrarse en la treintena. En 1895 se convierte en director del teatro Moderno de la Alhambra. Un año después, la nueva empresa arrendataria del Teatro Real pone en sus manos toda la organización y funcionamiento, al nombrarlo su representante legal, secretario general de la empresa y encomendarle la dirección de escena. En el noventa y ocho será él quien se subroga el contrato de arrendamiento, convirtiéndose también en empresario teatral. Cuatro años después, las pérdidas que había acumulado le hicieron desistir, lo cual es fácilmente entendible con sólo echar un vistazo al balance de la temporada que realiza en 1901: los ingresos (729 900 pesetas) sólo cubren el 69´44 por ciento de los gastos (1 050 954 pesetas).

Luis París fue ante todo director de escena, uno de los primeros que hubo en España, y es opinión generalizada que desarrolló su actividad con gran brillantez, de manera especial en las representaciones de las óperas de Richard Wagner, varias traducidas por él mismo. Apasionado wagneriano, no escatima recursos en la preparación de sus obras, costosas y complejas, cuidando de todos los detalles, desde la posición de los coros en el escenario hasta la iluminación, el atrezo o el vestuario, con una especial atención a la maquinaria empleada, utilizando croquis muy detallados y precisos. Al parecer, sus cuidadas puestas en escena contribuyeron a alimentar la creciente pasión que empezaba a despertar en España  la obra de Wagner, de la que son buena muestra las asociaciones wagnerianas que se constituyen por entonces (la de Barcelona se creó en 1901; la de Madrid, diez años más tarde) y los influjos que de la misma se constatan en la pintura o la literatura.

Fragmento de la crónica del homenaje tributado

Como reconocimiento a su trabajo, en 1909, al final de una temporada en la cual se representaron en el Real varias óperas de Wagner y que concluyó con el exitoso estreno de El ocaso de los dioses, se le tributó un homenaje. Al banquete, que tuvo lugar en el madrileño Café Fornos, asistieron distinguidos representantes de la ilustración capitalina. A los postres se dio cuenta de las adhesiones recibidas, entre las que figuraban las de otros ilustres firmantes que no acudieron al encuentro. Entre los nombres de unos y otros, comensales y adheridos, tan solo figura el de una mujer: su amiga Rosario de Acuña, que le envió una cariñosa carta (⇑) y un bastón como regalo, seguramente sabedora de que se había fracturado una pierna meses atrás. 

«Sigue trayéndonos el arte a trazos grandes, sublimes, heroicos, y ya que gracias a ti, los españoles hemos vislumbrado el ritmo de la armonía universal, cuyo facsímil son las obras de Wagner»: le escribía su amiga, y él le hizo caso. Siguió al frente de la dirección escénica del Real hasta que en 1925 el edificio fue cerrado por problemas estructurales;  luego pasó a realizar la misma función en el recién creado Teatro Lírico Nacional, con sede en el de Zarzuela y de cuya dirección colegiada pasó a formar parte. Tiempo atrás se había convertido en el primer director del Museo Museo-Archivo del Teatro Real creado a propuesta suya en 1919 para conservar e inventariar el material artístico que generaban las producciones del teatro. 

En 1934, cuando contaba con setenta y un años de edad, es nombrado delegado del Gobierno en el Teatro de la Ópera, cargo que compatibiliza con la dirección del Museo. Dos años más tarde, todo se acaba: presenta la dimisión de todos sus cargos y, poco después, «resultando que, a pesar de haberse hecho las gestiones necesarias al efecto, el interesado no ha remitido con la debida anticipación los documentos originales de sus respectivos cargos», se le declara jubilado con fecha 31 de mayo de 1936. No lo será por mucho tiempo.

De mis alhajas que elija una para él y otra para su hija D. Luis París y Zejín [...] encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a D. Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias publicadas o inéditas, en prosa o en verso, recomendándole que para la colección y publicación se atenga al orden de las fechas, con la cual podrá seguirse la evolución de mis pensamientos.

Desconozco si, de acuerdo con la voluntad expresada por  Rosario de Acuña en su testamento, don Luis París y Zejín eligió, para sí y para su hija, algunas de las piezas de su joyero, lo que sí sabemos es que a su muerte no fueron publicadas sus obras, tal y como era su deseo. Lo que sí sabemos es que quien se empeñó en lograrlo fue Regina Lamo Jiménez (⇑), y que a ella se debe tanto la reedición de El padre Juan como la publicación de Rosario de Acuña en la escuela, el cual y si hacemos caso del subtítulo ("Cuentos y versos" "Tomo I") parecía estar destinado a ser la primera entrega del encargo de la autora. Ni Carlos Lamo Jiménez, ni Luis París y Zejín; ni el buen discípulo, ni el afamado director de escena...

 



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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03 diciembre

140. Más cerca de la Luz


Lo tenía bien pensado. La muerte de su amigo el científico Augusto González Linares, ocurrida unos tres años antes, y la de su madre poco después, estaban muy presentes en sus recuerdos. Conocía de primera mano  las presiones (⇑),  los manejos, que el obispado santanderino había desplegado para conseguir que, finalmente, en los momentos postreros de su vida,  el sabio naturalista accediera a reintegrarse en la grey católica.

y por lo tanto ordeno y dispongo que diga lo que diga en el trance de la muerte (o digan  que yo dije) se cumpla mi voluntad aquí expresada, que es el resultado de una conciencia serena derivada de un cerebro saludable y de un organismo en equilibrio.

Cuando le llegó el turno a su madre, compró una sepultura a perpetuidad en el cercano cementerio de Ciriego, al lado de la que ocupaban los restos de González Linares. Allí permanecen sus restos (⇑). Meses después adquiere para sí, para la que habría de ser su última morada, una ampliación de terreno, contiguo al que ocupa Dolores Villanueva. No obstante, por si los avatares de la vida la alejaran del cementerio civil de Ciriego, en el testamento que por su mano redacta el veinte de febrero de 1907 contempla las dos posibilidades:

Si no se me enterrase en Santander, que no se ponga en mi sepultura más que un ladrillo con un número o inicial; nada más; pero la sepultura sea comprada a perpetuidad. Si muero en Santander entiérreseme en el panteón donde yacen los restos de mi madre, y donde hay nicho para mí ya comprado...

Abandonó la Montaña y se trasladó a Gijón y allí,  en un lugar alejado del centro de la villa, encargó la construcción de una casa que se encontraba al lado del mar, al borde de unos acantilados. Más al sur, en otro promontorio, se situaba el cementerio civil.

Acceso al cementerio civil de Gijón (archivo del autor)

En el mes de enero de 1902 el Ayuntamiento gijonés adjudicó las obras del cementerio civil y antes de que finalizara ese año va a entrar en funcionamiento. Así lo atestigua una inscripción que figura en la fachada exterior; así lo recogen los periódicos de la época, en cuyas páginas podemos leer que el primer día de septiembre es enterrada en aquel recinto una niña, de nombre Urania e hija de los obreros Antonia Izurieta y Guillermo Fernández.

Veintiséis años después de que El Sucu abriera sus puertas, el cementerio municipal podía acoger los restos de todos sus vecinos, tanto de los católicos, como de aquellos otros que no se consideraban tales. Un sólo cementerio, pero con dos partes bien diferenciadas, separadas por una tapia. La nueva parcela, de tamaño más reducido y situada al Este, fue acogiendo a «jóvenes comprometidos», «honrados trabajadores», «entusiastas republicanos» y otros gijoneses de distinta condición en cuya esquela, de hacerse pública, no figuraba símbolo religioso alguno.

No siempre resultó fácil. Hubo ocasiones en las cuales hubo que porfiar para que la voluntad del difunto fuera respetada. En noviembre de 1904, dos años después de su apertura, un ciudadano gijonés se personó en el cementerio civil con objeto de que se enterrase el cadáver de su padre, fallecido el día anterior. Llevaba consigo el correspondiente permiso de la familia además de una orden del juzgado municipal. No obstante, el conserje se negó a darle sepultura hasta tanto no contara con la autorización del cura. Hubo que recurrir al Ayuntamiento para que, tras la oportuna queja, se ordenara al empleado municipal que cumpliera con sus obligaciones.

Tal parecía que la jurisdicción eclesiástica no aceptaba de buen grado los límites que el muro construido entre ambos cementerios señalaba. Tal parecía que la capilla allí existente sirviera de atalaya para controlar cuanto allí sucedía, tanto en el camposanto –situado al Oeste, a sus pies– como en el otro campo, el que «no era santo», que se encuentra al Este, tras la cabecera. Y es que el edificio religioso había sido construido sobre un eje orientado en dirección Este-Oeste. Nada nuevo. Ya se hacía así en los templos egipcios, de manera tal que cuando el sol salía, lo hacía por el lugar donde estaba situada la cámara del dios. En el Este está la Luz. Los templos cristianos también lo tienen presente y, por esa razón, las iglesias se construyen también con esta orientación, situando la cabecera hacia el Este para que el sol naciente, el sol de la mañana ilumine el altar mayor.  

Como quiera que la capilla del cementerio municipal de El Sucu sigue esa tradición, algunos han dejado escrito que la iglesia daba la espalda al cementerio civil. Aproximándose por el Oeste, hacia la entrada, esa era la idea que podía transmitirse, pues, desde ese punto de vista, mirando la fachada principal rematada por una espadaña con dos huecos, contemplando su puerta adintelada, guarnecida por arcos abocinados de medio punto, con una cruz en su vértice, el otro cementerio no se ve, se encuentra en la parte de atrás, a las espaldas del templo.

Imagen actual de la tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (archivo del autor)De espaldas al cementerio civil y de espaldas también a la voluntad de quienes deseaban ser allí enterrados, como cada cierto tiempo se pone en evidencia. Un ejemplo, uno más,  lo encontramos en la prensa gijonesa a finales del año 1915. Tras la muerte de un joven librepensador, sus padres disponen que su entierro sea civil, «pero el fanatismo, siempre alerta, sacó sus garras. Escarneciendo sentimientos y atropellando leyes se apoderó de un cuerpo que no le pertenecía, y contra los fueros de la razón y de la muerte misma consiguió depositarlo en el cementerio católico en espera de definitiva inhumación». La reacción unánime de los sectores más  liberales de la ciudad, «los elementos que integran la democracia gijonesa», logró que  la libertad de conciencia saliera triunfante en esta ocasión. Rosario de Acuña Villanueva, satisfecha por la iniciativa, se adhiere a la protesta en una carta (⇑) publicada al día siguiente:

Siento que mi firma no figure en la protesta que las izquierdas de Gijón han formulado contra el desafuero que ayer realizó el fanatismo reaccionario. Me adhiero a todos ustedes; ¡qué honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!.

Dicen que la capilla daba la espalda al cementerio civil. Lo que quizás no sepan quienes tal cosa afirman es que su construcción fue anterior, que cuando se puso en pie el templo en el año 1894 tras sus muros no había tumba alguna. Ocho años después, fue cuando alguien decidió que los restos de cuantos se habían alejado de la grey católica descansaran en aquella parcela situada al oriente del templo. No lo contrario.

Allí fue enterrada Rosario de Acuña Villanueva el domingo 6 de mayo del año 1923, en una sobria tumba orientada al sol nacer, situada más cerca de la Luz que la cabecera de la capilla católica que coronaba el cementerio municipal de El Sucu.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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