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lunes, 13 de mayo de 2019

188. De Pinto, mi reina


Grabado de Ana de Mendoza, princesa de Éboli, publicado en los primeros años del siglo XX
Hubo un tiempo en el cual Rosario de Acuña fue nacida en Pinto, compartiendo con Bezana, Galicia o Cuba su errática cuna. A pesar de no ser pinteña, como fehacientemente sabemos (⇑) desde hace unos años, esta villa de la provincia de Madrid tuvo un destacado protagonismo en su biografía, pues en una finca campestre situada a las afueras de la localidad vivió una etapa trascendental.

Le puso por nombre Villa Nueva y allí comenzó una nueva fase en su vida, tras la no muy satisfactoria etapa zaragozana (⇑). Alejada de las aglomeraciones ciudadanas, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o voltadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, imprescindibles compañeros en sus habituales expediciones por los caminos patrios (⇑); frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Gracias a las gestiones que realizó su padre en el ministerio de Fomento (⇑), consiguió Pinto la ansiada feria de ganados que llevaba ya un tiempo intentando conseguir, lo cual debió de favorecer la consideración y el aprecio de la población hacia los nuevos vecinos. En Villa-Nueva su vida parece haber cambiado para mejor y en ello debe tener mucho que ver el nuevo escenario en el que viven. Pinto era el lugar ideal para los propósitos de Rosario: estaba poco poblado (por esas fechas apenas tendría unos 1 800 habitantes) y, sin embargo, no se encontraba muy alejado de sus padres, pues la línea de ferrocarril que unía la capital con Aranjuez tenía estación en el pueblo, en las proximidades de su villa campestre.

Entusiasmada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, emocionada con la recuperación de las sensaciones rurales, restablecido su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida, en fin, de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y, por ende, para la sociedad, la nueva vida que ha emprendido en Pinto parece satisfacerla plenamente. No obstante, aquella aventura vital, aquella nueva y esperanzadora etapa, va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. En el mes de enero de 1883 fallece su padre, joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. La muerte «vino a recoger de mi lado el más querido, el más idolatrado de cuantos seres me rodeaban», se lamentaba a los pocos meses su desconsolada hija, quien ha dejado escritas numerosas muestras del cariño y admiración que sentía por su progenitor.

La muerte del padre parece precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio. En el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia y Auset en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola, revista del ministerio de Fomento en la cual había encontrado trabajo por mediación de Pedro Manuel de Acuña, un pariente muy cercano (⇑). Cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Desde entonces sus vidas discurrirán por alejadas trayectorias. Huérfana de padre y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. A finales del siguiente año hace pública su adhesión a la causa del librepensamiento (⇑), su intención de convertirse en tenaz luchadora en defensa de la libertad de pensamiento, de la libertad de conciencia. En febrero de 1886 se desplaza de Pinto a Alicante para ingresar en la logia masónica Constante Alona.

A pesar de que en Pinto ansiaba llevar una vida retirada, manteniéndose a cierta distancia de sus nuevos convecinos, sin involucrarse en la cotidianidad colectiva, el jueves dos de julio de 1885 se echa a las calles para pedir dinero en ayudar de las víctimas del cólera (⇑): «...adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento; y buscando en mi memoria los nombres de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea...»

Aquel pueblo que sabía conmoverse no la ha olvidado. En 1988, la Asociación de Mujeres de Pinto, que contaba por entonces con varios centenares de socias, decide incluir el nombre de quien fuera ilustre vecina de la ciudad para pasar a denominarse Asociación de Mujeres Rosario de Acuña. Por esas mismas fechas, el pleno del Ayuntamiento aprueba por unanimidad dar el nombre de la librepensadora a una de sus calles. Años después, fue la comunidad vecinal la que decidió, tras el proceso de votación abierto con este motivo, que el suyo fuera el nombre elegido: Centro Municipal Rosario de Acuña (⇑).

Imagen de la portada del libro De Pinto, mi reina
Tampoco la ha olivado Mario Coronas Arquero, autor del libro De Pinto, mi reina, que se ha presentado hace tan solo unas semanas. La obra realiza un recorrido por la historia de la localidad a través de doce reseñas biográficas de algunos de sus más ilustres vecinos. También de algunas de sus más ilustres vecinas, entre las que se encuentra Rosario de Acuña, quien, según su parecer, es «una mujer que te atrapa. Cuanto más profundizas en su vida y en su obra, más la admiras. Tuvo una vida apasionante en todos los campos. Renunció a una vida cómoda por defender sus principios. Fue una mujer transgresora en su tiempo, una de las primeras feministas, defendiendo la emancipación de la mujer. En Pinto su estancia no pasó desapercibida y todo lo que hizo aquí está plasmado en uno de los capítulos». Soy conocedor del interés de Mario Coronas por Rosario de Acuña desde hace ya unos cuantos años. En 2010 le propuse publicar un este mismo blog un escrito acerca de sus investigaciones sobre la posible ubicación de la que fuera su casa en Pinto. El resultado fue el comentario 52. «En busca de la casa de Rosario de Acuña» (⇑). Varios años después compruebo que, al igual que les ha sucedido a  otras personas que han profundizado en la vida de nuestra protagonista, él también ha quedado cautivado por el testimonio vital de esta mujer ejemplar.

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