Mostrando entradas con la etiqueta Badajoz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Badajoz. Mostrar todas las entradas

15 agosto

217. Acuerdo de separación

 
Hace un par de meses que ha cumplido treinta y dos años. Vive en una casa de campo situada a las afueras de una pequeña localidad del sur de la provincia de Madrid, alejada del bullicio ciudadano pero cerca del calor familiar pues se encuentra al lado de la estación del ferrocarril. Su marido, un joven teniente de Infantería, ha pasado  a la situación de supernumerario en el Ejército y, desde hace casi dos años, ejerce como visitador de Agricultura, Industria y Comercio, al tiempo que integra el equipo responsable de la edición de la Gaceta Agrícola, publicación trimestral del Ministerio de Fomento. Todo indica que el nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas que por entonces tiene su mujer, y la tranquila y salutífera vida que les ofrece su nueva residencia campestre han conseguido abrir una nueva y prometedora senda tras haber dado por concluida la no muy satisfactoria etapa zaragozana (⇑).

Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y de su hija, a quienes, gracias al patrimonio que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Veamos: su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o volteadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus habituales expediciones por los caminos patrios (⇑); frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Acaba de estrenarse el año 1883 y bien parece que se encuentra muy a gusto en aquel nuevo escenario, tan cercano a la naturaleza, que ha elegido. Tanto que no puede menos que contar sus vivencias y reflexiones. Lo hace en una nueva sección titulada En el campo que publica El Correo de la Moda. Sus escritos están destinados a las mujeres, a quienes asigna el papel protagonista en la necesaria regeneración de la sociedad. Está tan satisfecha con la opción vital que ha tomado que se muestra firme y segura a la hora de compartir sus experiencias: «Entrad resueltamente conmigo en el mundo adonde voy a llevaros». En el primer texto del año, titulado El tocador, sus palabras rezuman  la satisfacción que siente en su Villa-Nueva: «¡Toda la naturaleza se torna pura hacia la faz del día, adornada con las espléndidas galas de su tocado matinal! ¡Imitadla; como ella engalanaos, pura y sencillamente, para cumplimentar el deber de la vida!».

Apenas unas semanas después, el escenario se agrieta y tambalea. Aquella nueva y esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. Su padre fallece a finales de enero a la edad de cincuenta y cuatro años.  Luego, como si esta inesperada muerte la hubiera precipitado, vino la ruptura definitiva de su matrimonio. Tenemos constancia de las dos fechas: la primera por las esquelas publicadas en la prensa; la segunda, por una anotación de la propia interesada en un ejemplar de su obra Rienzi el tribuno, tal y como se da cuenta en el comentario 115. Un amor entre dos quintillas (⇑)

Capitulaciones de boda y baile campestre, de Jean Antoine Wateau (Museo del Prado)
 
Pocos días después de aquel 27 de abril de 1883 Rafael se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras que Rosario permanece en la casa de Pinto. Desde entonces vivirán separados pero, no lo olvidemos, legalmente continúan estando casados. Rosario de Acuña Villanueva sigue siendo la esposa de Rafael de Laiglesia Auset. Desconozco qué pasó aquel día, qué fue lo que hizo que aquella fuera una fecha destacada, lo que sí sabemos es que la separación, ella lo llama «divorcio», fue de mutuo acuerdo. De una parte de ese convenio ya me he ocupado con anterioridad. En el comentario 207. Separada hasta la muerte (⇑) hice mención a dos compromisos asumidos por Rafael: girar a su mujer una pensión, «escasa pensión» en palabras de la interesada, y otorgarle un «amplio poder marital» «para todo género de asuntos»; en el presente me referiré a algunos indicios que apuntan a una probable contrapartida asumida por parte de Rosario.

Resulta que, tal y como se recoge en la sección Su vida año a año ⇑ (a la que se accede pulsando en una de las pestañas situadas debajo de la cabecera de este blog), sabíamos desde hace tiempo que en el mes de febrero del año ochenta y cinco nuestra protagonista pasó unos días en Albacete, que durante su estancia se alojó en el hotel Francisquillo, en cuyas dependencias recibió a una comisión del Ateneo Albacetense, a un periodista del periódico local La Unión Democrática (de igual nombre que el publicado en Alicante) y a unos cuantos librepensadores de la ciudad. La noticia no tendría mayor transcendencia si no fuera por su relación con las que mencionaré más abajo, si no fuera porque en Albacete residía Rafael de Laiglesia desde que en el mes de octubre anterior fuera nombrado director de la delegación del Banco de España sita en aquella localidad... ¿Y si el motivo de aquel viaje no fuera otro que ver a su marido? La existencia de varias cartas de fecha posterior que hablan de un nuevo viaje a la capital manchega confiere verisimilitud a tal posibilidad.

A primeros de junio de ese mismo año y tras una exitosa intervención quirúrgica (⇑), el oftalmólogo Santiago de los Albitos libera a Rosario de la conjuntivitis escrofulosa que tantos problemas oculares, y no pocos dolores, le había causado desde la niñez. La operación, como queda dicho, resultó satisfactoria pero al doctor le preocupa el riesgo que conlleva un nuevo viaje a Albacete que la convaleciente tiene proyectado realizar, como bien podemos constatar tras la lectura de las cartas que con tal motivo se cruzan los protagonistas de esta historia en las semanas siguientes. No solo escribe a Rosario, también lo hace a Rafael. A ella le pregunta por las razones últimas de aquel desplazamiento: «¿Usted cree que debe ir? ¿Quién se lo manda, el mundo, la conciencia o el corazón?». A él le expone las razones médicas que sustentan la improcedencia de aquel viaje. La respuesta del marido no tarda en llegar desde la capital manchega: «con esta misma fecha le escribo prohibiéndole su venida a esta capital y relevándola por lo tanto del cumplimiento de un deber que se ha impuesto y del cual yo la eximo por un acto espontáneo de mi voluntad».

Si tal y como escribe Rafael, aquel viaje obedece al cumplimiento de un deber, restaría por saber si esta obligación autoimpuesta se debe a un hecho coyuntural (por ejemplo la epidemia de cólera que por entonces asola la vecina provincia murciana y de la que también se habla en las cartas), o se trata de algo más habitual, de un compromiso asumido por Rosario en el acuerdo de separación, en cuyo caso no sería Albacete su único destino, ni ese el único desplazamiento realizado por idéntica causa. Es entonces cuando adquiere importancia la existencia de una  referencia a otro viaje anterior que  realiza nuestra protagonista a Badajoz, localidad a la cual su marido se había trasladado tras abandonar Pinto. Se encuentra en uno de los documentos del archivo de Rosario de Acuña (⇑) que los responsables de la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, accediendo diligentemente a la solicitud que en tal sentido les había realizado, tuvieron a bien hacerme llegar tras proceder a su digitalización (desde entonces son de libre acceso en su página web). Se trata de una carta fechada en junio de 1884 (*) que le envía el editor Florencio Fiscowich en contestación a otras dos suyas, en una de las cuales le había comunicado su inmediata partida a Badajoz donde tiene previsto pasar un mes.
 
A la vista de todo lo anterior, podemos concluir que, a finales de abril del año ochenta y tres, Rosario y Rafael alcanzaron algunos acuerdos para poner punto y final a su etapa matrimonial. Él se va del domicilio familiar, se compromete al pago de una pensión y firma un amplio poder marital mediante el cual la que fuera su mujer podía vivir como una persona libre, sin estar continuamente supeditada a la tutela de quien legalmente continuaba siendo su esposo. Ella, por su parte, asume la obligación de visitar a su marido en el domicilio de éste y así lo hace en, al menos, dos ocasiones: en el verano de 1884 cuando se instala en Badajoz durante un mes y en febrero del año ochenta y cinco, que pasa unos días en Albacete.

Llegados a este punto, no puedo menos que constatar una vez más ese extraño e inquietante fenómeno mediante el cual las nuevas certidumbres suelen traer consigo nuevos interrogantes: basta releer la quintilla siguiente y preguntarse por el significado último de algunos de sus versos.

27 de abril de 1883:
¡Siete años de ayer a hoy!
Vivo entre penas, sin gloria...
Tienes mi cuerpo... ¡la escoria!
Sola estaba; sola estoy.
 

= = = = =
(*) La fecha del documento tiene importancia para el asunto que estamos tratando, dado que Rafael de Laiglesia Auset ocupa el puesto de delegado del Banco de España en la capital pacense desde los primeros días del mes de mayo del año ochenta y tres hasta finales de octubre del ochenta y cuatro. Digo esto porque si la carta del señor Fiscowich hubiera sido escrita en el año 1882 como figura en el catálogo de la BHM, el viaje de Rosario a Badajoz no tendría la finalidad que le estoy atribuyendo. Afortunadamente, el contenido de la misma guarda relación con un asunto del cual ya me he ocupado anteriormente (⇑), razón por la cual sabemos que el poema a que se refiere en la misma (le recuerda que tiene pendiente cierta cantidad por los gastos de edición) es el titulado Sentir y pensar, que se inicia con una dedicatoria firmada en marzo de 1884.
 



También te pueden interesar 


Presentación de Rosario de Acuña y Gijón283. «Jovellanos y Rosario de Acuña son los dos personajes fundamentales de Gijón»
Acudí a la cita teniendo en mente aquella frase que había pronunciado días antes el Cronista Oficial de la Villa de Gijón. Era una excelente ocasión para refrendar tal reconocimiento...
 

Rafael Monleón y Torres: Un naufragio en las costas de Asturias (1875), Museo del Prado 247. Un recado para los responsables del puerto de El Musel
Dando muestras de una gran excitación, un hombre corre  descalzo y completamente empapado en agua. Cada poco, sale una exclamación de su boca, cada vez más desalentada y fatigosa: « ¡Salvadlos!, que se mueren... 
 
 

Fragmento de un grabado publicado en 1876173. Sinfonía de animales
Su amor por los animales era un sentimiento que se alimentaba con la admiración que le producía la atenta observación: en su comportamiento se ponían de manifiesto los principios inexorables de su adorada...



Sergio Sánchez Collantes, El Comercio,26-6-201493. «Ídolo y mentora de las republicanas», por Sergio Sánchez Collantes
Rosario de Acuña ejerció por medio de la pluma un verdadero magisterio racionalista, un apostolado infatigable que sacudió muchos espíritus timoratos y supersticiosos. Así, con sus campañas en pro de la razón, la tolerancia y la justicia, la escritora contribuyó a engrosar las filas...



Un anuncio de los productos de su granja publicado en El Cantábrico37. Huevos para incubar
A lo largo de la última década del siglo XIX la vida cotidiana de Rosario de Acuña va a experimentar un profundo cambio, como consecuencia de las decisiones tomadas años atrás: ha pasado a ser una republicana, masona y librepensadora cuyos artículos...

Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com
 
 

27 noviembre

179. A vuelta con sus calles


Cuando el periodista Roberto Castrovido reclamaba en 1925 (⇑) que el Ayuntamiento madrileño pusiera el nombre de Rosario de Acuña a una de las calles de la capital, es bastante probable que desconociera que ya la tenía. Lo ignoraban también las autoridades municipales cuando decidieron purgar el callejero de la capital tras la Guerra Civil: eliminaron una, pero convivieron años y más años con la otra. Ese mismo desconocimiento explicaría por qué durante décadas se mantuvo presente en las calles de otras ciudades, la razón por la cual cartas y más cartas mantuvieron vivo el nombre de tan ilustre librepensadora y masona, en aquel tiempo de la tan manida «conspiración judeo-masónica». Resulta aún más paradójico que fueran los nuevos ediles, los elegidos democráticamente, quienes decidieran eliminarla de aquellos callejeros en los cuales había conseguido sobrevivir durante los largos años de la dictadura (véase como ejemplo lo sucedido en Tarrasa ⇑)

Placa de la calle

Pues bien, aunque Castrovido no tuviera noticia de ello, gracias a la prensa de la época sabemos que a principios del siglo XX en Madrid ya existía una calle con su nombre: dos noticias de sucesos –la primera de 1901– sitúan en ese escenario unos lamentables accidentes laborales. Si una tuvo en vida, alguna más tendrá tras su muerte. Las primeras en movilizarse para lograrlo fueron las integrantes de Fraternidad Cívica (una asociación de mujeres –constituida en 1916 con el objetivo inicial de dignificar el cementerio civil madrileño– que hizo de la libertad, de conciencia, de pensamiento, su principal razón de ser). Enteradas de la muerte de doña Rosario, tan solo tardaron unas pocas semanas en organizar un homenaje en su honor, que tuvo lugar en el Ateneo madrileño el 30 de mayo del año veintitrés. Pocos días después envían una carta al alcalde de Gijón solicitando «que se le dé a una calle de la ciudad el nombre de doña Rosario de Acuña». De las peripecias administrativas de aquella propuesta (aprobación por el plenario del Ayuntamiento, recurso de alzada contra el acuerdo, estimación del recurso por parte del gobernador...) ya he dado cuenta en el comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑). Menos inconvenientes encontraron en Tarrasa, cuya corporación municipal acordó por unanimidad dar el nombre de la librepensadora recién fallecida a una de las principales calles de la localidad. En Madrid el acuerdo se tomó en el verano de 1928, momento en el cual los regidores municipales deciden que una de las calles de la denominada colonia Iturbe, construida dos años antes, pasara a denominarse Rosario Acuña (sin la preposición «de», tal y como figura en la placa que ilustra este comentario). Así que, de no haberse eliminado la anterior, serían dos las que figurarían con tal nombre. No sería la única vez.

Reproducción de un cartel de Luis Dubón

Tras la proclamación de la Segunda República, los callejeros de pueblos, villas y ciudades se remozaron, elevando a estos santorales laicos a aquellos personajes que mejor pudieran ejemplificar los valores republicanos.  Fue entonces cuando en Gijón, al fin, acordaron denominar Rosario de Acuña a la avenida que conduce a la ermita (⇑). Fue entonces cuando en diversos lugares de España se acordaron de esta incansable luchadora y decidieron que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes. Así lo hicieron en  Sama de Langreo, Pola de Laviana, Badajoz, Porcuna, Puertollano o Santander. También en Madrid. Otra vez en Madrid. En el mes de mayo de 1931 la corporación municipal decide que el paseo de Los jesuitas, pasara a denominarse paseo de Rosario Acuña (también sin la preposición «de»).

De nuevo tenía dos vías públicas con su nombre en la capital de España, y la existencia de esta última, el paseo, llevaba aparejada una gran carga ideológica, pues a nadie se le escapaba la importancia –una auténtica victoria simbólica– que para los anticlericales suponía aquel cambio, dado que no solo eliminaban del espacio público a los jesuitas (una de sus bestias negras), sino que elevaban a las alturas a una destacada librepensadora. Claro está, que lo que tenía de victoria para unos, suponía una derrota, una auténtica afrenta, para otros. Así las cosas, en este terreno de abierta confrontación, no debiera de resultar muy extraño que, cuando la fuerza de las armas que habían sido enarboladas por los militares sublevados en julio del año treinta y seis logró cambiar los designios de las urnas, todo se volviera del revés: se sacralizaron de nuevo las calles, las avenidas y los paseos; el de los jesuitas, también. Se retiró la placa que llevaba el nombre de aquella librepensadora. ¡Y masona! La afrenta quedaba reparada. Así sucedió también en aquellos otros lugares en los que había lucido durante el periodo republicano. No en todos. Permaneció, al menos,  en Tarrasa... y en Madrid, donde, no lo olvidemos, había otra calle con su nombre. Quizás la desmemoria fuera la razón, quizás el olvido pueda explicar por qué durante tantos años se mantuvo vivo su recuerdo en las placas de aquellas calles; por qué en el Boletín Oficial del Estado se recordaba su nombre de tiempo en tiempo; por qué los vendedores de hilaturas o los industriales colchoneros avivaban la tenue llama del recuerdo cuando anunciaban sus productos.

Los nuevos aires que penetraron en los ayuntamientos en la primavera de 1979 volvieron a agitar los callejeros de España. Paradójicamente, su nombre se cayó entonces del de Tarrasa (⇑). A Madrid, su ciudad natal, se unieron Pinto y Santander, localidades en las cuales residió durante dos etapas de su vida. Y en Gijón, donde decidió vivir sus últimos años, donde quiso permanecer para siempre, también acordaron dar su nombre a un vial urbano, aunque la mayoría de la población ignore que en la ciudad exista un paseo Rosario de Acuña: nadie lo lee, pues no hay placa alguna en el paseo; nadie lo escribe, pues en el lugar no hay vivienda a la que enviar carta alguna; nadie lo pronuncia, pues el paseo que a ella decidieron dedicar es un tramo (desde el sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia, según cuenta Luis Miguel Piñera en su obra Las calles de Gijón) de un camino que todo el mundo conoce como «sendero de El Cervigón», el mismo que bordea la que fue su última morada (⇑). Una casa que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller. Una casa que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido, y a la que se llega caminando por el paseo Rosario de Acuña, aunque casi nadie lo sepa.

Nota. Al fin, treinta y tres años después de que así fuera aprobado en un pleno municipal,  el  viernes 5 de mayo de 2023, día del centenario de su muerte, se colocaron dos placas, una al inicio del paseo (en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante) y otra al final (en su entronque con el Camino de los Arces), que nos indican que caminamos por el Paseo Rosario de Acuña.




También te pueden interesar 

 

Dos primeras páginas del artículo «Una muyer exemplar que quiso vivir y morrer n´Asturies» 260. Una muyer exemplar que quiso vivir y morrer n´Asturies
Afortunadamente, las cosas han cambiado. Sirva como ejemplo lo ocurrido la mañana del cuatro de marzo de 2023. Bien temprano, abro el correo y me encuentro con varias noticias que tienen a Rosario de Acuña y Villanueva como protagonista... 


El cuarto estado (Il Quarto Stato), óleo de Giusseppe Pellizza (Museo del Novecento, Milán) 213. Preparando el centenario
Hace unos meses, una concejala del Ayuntamiento de Gijón se interesaba por conocer cuáles eran mis propuestas al respecto. Por diversas circunstancias no se las pude hacer llegar entonces. Quizás ahora sea buen momento...


Portada de El crimen de la calle de Fuencarral162. Galdós, Acuña y el crimen
En aquella vivienda del segundo izquierda del número 109 de la calle de Fuencarral sólo había dos mujeres, y una de ellas, doña Luciana, estaba muerta. El juicio fue seguido con apasionamiento por la opinión pública y por los publicistas de la época (Pérez Galdós y Rosario Acuña, entre ellos). La sentencia...



Fragmento de la contestación de Carlos Lamo77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos Lamo
Cuando un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— accede...



El clericalismo y la reacción martirizan España (Caricatura publicada en El Motín a principios de 1885)39. Muchedumbre de brutos sanguinarios
Le duele su patria; le duele su querida España; le duele la superstición de sus gentes; le duele el fanatismo y el oscurantismo; y, sobre todo, le duele la falta de esperanza. ¡España! ¡España!... ¿qué han hecho contigo? El desastre...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com




10 junio

115. Un amor entre dos quintillas


Preguntado don José Echegaray por su opinión acerca de la obra Rienzi el tribuno (⇑) el día de su estreno, contestó lo que sigue:

Una maravilla. No se parece a ninguna de las Safos del siglo; hace resonar los viriles acentos del patriotismo, y siente la nostalgia de la libertad como si fuera un correligionario de don Manuel Ruiz Zorrilla. Una mujer muy poco femenina.

A lo cual su interlocutor se apresuró a contestar: «No lo crea usted, don José. Tiene la muchacha novio y está muy enamorada de él». Y al preguntarle el señor Echegaray por «el afortunado mortal», consigue averiguar que se trata de «un capitán de infantería».

Ciertamente, como señala el acompañante de don José, Rosario de Acuña Villanueva tiene por novio a un joven militar, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Lo sabía de primera mano, pues se trata del también escritor Emilio Gutiérrez Gamero, cuñado del novio de la señorita de Acuña.

Dos meses después del estreno de Rienzi el tribuno, el jueves 27 de abril de 1876, la escritora y el militar se otorgan mutua promesa de fidelidad ante el católico ministro y sus respectivas familias. La «muy enamorada» y joven esposa escribe en un ejemplar del drama la siguiente dedicatoria:

A mi marido:
Sobre palmas de laurel
entré en la escena española;
allí me encontraste, sola;
¡no lo olvides, Rafael!

Fragmento del fresco El triunfo de Galatea, pintado por Rafael Sanzio en la Vila Farnesiana

Tras la boda, la pareja pasa su luna de miel por tierras de Andalucía. A su regreso, y casi sin tiempo para casi nada, deben volver a partir para  iniciar una nueva vida lejos de su Madrid natal, pues a Rafael le han destinado al Depósito de Ultramar que tiene su sede en Zaragoza. Y hacia allí se encaminan la noche del veintinueve de junio.

Una vez en la capital aragonesa, la pareja podrá lucir sus mejores galas: al capitán le ha sido autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil; la escritora, probablemente estimulada por el ambiente militar que la rodea, estrenará en un teatro local un nuevo drama dedicado a «los nobles descendientes de los inmortales zaragozanos de 1808» (Amor a la patria).

A finales de enero de 1880 el militar es dado de baja en su anterior destino, pasando entonces a la situación de reemplazo con la misma residencia; posteriormente es autorizado a trasladar sudomicilio a Madrid, manteniendo la misma situación. Finalizaba el año cuando Rafael, que ya debe tener tomada la decisión de abandonar el ejército, se traslada a Alcalá la Real (Jaén) donde le han ofrecido desempeñar el puesto de agente del Banco de España, para lo cual obtiene de las autoridades militares el oportuno permiso de residencia. En marzo del siguiente año pasa a la situación de supernumerario sin sueldo por el término de tres años «a fin de dedicarse a asuntos de familia»,obteniendo seguidamente autorización para residir en Pinto, una pequeña localidad del sur de la provincia, donde el matrimonio ha construido una pequeña quinta campestre. Han pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron ir tal como se habían imaginado. Rosario nos da alguna pista al respecto cuando, refiriéndose a esta época, señala:

Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre...

 Los cambios de residencia y de trabajo (regreso a Madrid y posterior traslado a Pinto; Rafael queda desligado temporalmente del ejército y pasa a desempeñar un puesto en el ministerio de Fomento) parece que obedecieron a los acuerdos que toma la pareja después de que se hiciera evidente que las cosas no iban bien entre ellos. De todas formas aquella situación no habría de durar. En el mes de enero de 1883 la escritora, y campesina, recibe un duro golpe al producirse el fallecimiento de su padre. En ese mismo mes Rafael cesa en su puesto como visitador en el ministerio. Todo se acabó.

En el mismo ejemplar de Rienzi el tribuno que siete años atrás había dedicado a su marido, Rosario registró la fecha de la ruptura, añadiendo a la primera quintilla esta otra que aquí se escribe:

27 de abril de 1883:
¡Siete años de ayer a hoy!
Vivo entre penas, sin gloria...
Tienes mi cuerpo... ¡la escoria!
Sola estaba; sola estoy.

A partir de mayo Rafael ya se encuentra residiendo en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a vivir juntos; por lo que sabemos, fue una separación amistosa (⇑): legalmente Rosario de Acuña seguirá estando casada y desde enero de 1901, momento del fallecimiento de  quien seguía siendo su marido, se convirtió en la viuda del señor Laiglesia y Auset (⇑).




También te pueden interesar
 

Cuatro mujeres que unieron su nombre al grupo escolar Rosario de Acuña299. Un colegio, cuatro mujeres
11 de febrero de 1933. Se inaugura el Grupo Escolar Rosario de Acuña. En ese momento, Rosario llevaba casi una década muerta; Regina contaba con 62 años; Julia iba a cumplir los treinta; Rosa María aún no había...



Firma de Felipe de Acuña cuando era estudiante de Leyes 228. Su gran valedor
Es preciso recordar que la autora tiene veinticinco años, y que esas dos notas distintivas –ser mujer y ser joven–, que tanto sorprendieron a los críticos por entonces, no dejan de resultar sorprendentes también en la actualidad, no tanto por...

 

Dibujo alegórico del triunfo de la República publicado en 1873176. Republicana
Aún habrá que esperar hasta que se pueda constatar que también ha dejado de ser monárquica. Tan solo es cuestión de tiempo, pues en aquella redacción, en aquellas páginas, las ideas republicanas afloran por doquier, no sólo en los escritos...




Dibujo de la Puerta de Alcalá, publicado en La Ilustración Española y Americana en marzo de 187583. Que no, que no... que nació en Madrid
Sirva el hecho como muestra de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para que perder tiempo contrastando una fecha, un dato... una muerte? Lo de copiar y pegar...



Imagen de Portugalete en una fotografía tomada desde Las Arenas (Nuevo Mundo, 2-7-1920)50. Homenaje a Rosario de Acuña en Portugalete
Volney Conde-Pelayo, escritor «radical» e integrante de una destacada familia de Portugalete, lleva años intentando rendirle el homenaje que, en su opinión, los republicanos españoles le deben a doña Rosario de Acuña. Al fin, en el verano...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com