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25 diciembre

74. «Recordando a Rosario de Acuña», por Rosa Canto


Uno de los primeros días de este mes de mayo, luminoso y florido, ha hecho dos años que murió, en Gijón, la escritora y poetisa madrileña Rosario de Acuña.

Su obra literaria fue admirable; su labor poética, digna de todas las alabanzas; y su gestión social y educadora tan considerable, que no debería ser olvidada. Ahora que tan difusa propaganda se hace de los preceptos higiénicos debe recordarse que ella escribió —cuando sólo los profesionales se ocupaban de ello— una serie de artículos tratando de reglas higiénicas divulgándolas y procurando hacerlas llegar a los rústicos entendimientos, que primero en un pueblo de Santander y luego en Gijón, la rodeaban, constituyendo casi su única sociedad.

Rosario de Acuña, que a los diez y seis años escribió [en realidad tenía unos pocos más pues contaba con veinticinco] una magnífica tragedia en verso: «Rienzi el tribuno» (⇑), que la crítica diputó obra maestra; que produjo otras varias obras, una de las cuales «El padre Juan» (⇑) la envolvió en la aureola de popularidad al ser prohibidas las representaciones por sus tendencias; que escribió bellos libros de versos, es una de las más relevantes figuras literarias del pasado siglo, y es un hermoso ejemplo de sencillez, triunfando al entrar en la adolescencia, y sin que su enorme éxito y la lisonja que la rodeó la hicieran conocer la fatuidad.

Fragmento del artículo de Rosar Canto publicado en Heraldo de Madrid, 19-5-1925


Pero el interés que inspira la figura literaria se ve superado al destacar la mujer sus rasgos; rasgos de tal brillantez, que deben enorgullecer a todas las mujeres que, sin distinción de matices, sientan el hondo latir de un corazón capaz de comprenderlos.

Nacida en ambiente aristocrático; educada en los mayores refinamientos; criada entre el lujo y la comodidad; cultivado su espíritu y su cerebro con los viajes y la lectura, Rosario de Acuña, con inteligencia y cultura excepcionales, parecía destinada a triunfar en la vida de un modo rotundo y absoluto... ¡y fracasó!

Fracasó por inadaptación al medio en que vivía y en que nació; fracasó por su exquisita sensibilidad que la apartaba del modo de sentir uniforme; y fracasó, sobre todo, porque su alta mentalidad la llevó a disentir de las rancias y convencionales ideas de su sociedad aristocrática, y ésta no se lo perdonó.

En vez de consideración, galantería y halagos, Rosario de Acuña tuvo, al emitir sus amplias ideas, el silencio primero, la insidia luego, el aislamiento y la persecución después.

Practicó ella —la descreída— la religión cristiana demasiado al pie de la letra; buscaba el trato de los humildes; procuraba mejorar la condición de los trabajadores, los consideraba sus iguales... ¡Absurdo! El alma excelsa de esta mujer no estaba al alcance de las que echaban monedas en los cepillos de las parroquias.

Es caso único en la sociedad aristocrática española este de Rosario de Acuña, porque mujeres privilegiadas ha habido en España; pero han surgido al choque de una pasión, como en la defensa de la patria las heroínas y en aras de la religión las mártires; pero, fría, serena y razonadamente perder todos los privilegios que su nacimiento le daba, para dedicarse por completo a la causa de los humildes, mejorando su instrucción, atendiéndoles con amor en sus tribulaciones y renunciando ella a su propio bienestar, no ha habido más que este caso sin segundo. El temple de alma —alma de apóstol a lo Tolstoi, a lo Krotpokin— de Rosario de Acuña hay que buscarle en la psicología rusa; sólo en Rusia se han dado estos altos ejemplos de amor a la Humanidad, sacrificando las comodidades de un hogar y cambiándolas por las calamidades del destierro o la prisión.

Rosario fue una desterrada en su patria y merced a maniobras de elementos contrarios tuvo el dolor de verse apedreada por los niños, a los que tanto amaba, y en peligro de incendio su casita por unos inexpertos muchachos movidos por la seudo patriotería, que avergonzada se reconocía en las palabras vibrantes de la ya anciana escritora, mucho más patriota, diciendo en sus artículos la verdad que los que fingiendo halagaban las vanidades nacionales.

Pocos días después de su muerte, el Ateneo, asilo de toda noble idea, dio una velada en su honor; la ausencia de varios escritores que prometieron asistir inspiró irónicos comentarios a Violeta (1), que rindió entusiasta homenaje a la muerta escritora.

No faltó el elemento humilde. Los círculos obreros de distintos puntos de España telegrafiaron su adhesión al acto; muchas mujeres modestas asistieron a él, y con esto tuvo la velada el carácter sincero que se le quiso dar.

Hace algún tiempo leí que se proyectaba conservar la casita de la escritora e instalar en ella una biblioteca. Sería éste el mejor y más adecuado homenaje —en esta época de homenajes y revisiones intelectuales— a la gran escritora e insigne mujer. Que la casita donde en los últimos años pasara tantas privaciones y amarguras quedara como un refugio para la inteligencia, y que sus obras, donde palpita su alma entera, figuraran en lugar preferente en la humilde morada, que en lo alto del promontorio aparecería entonces como un faro, iluminado por el espíritu noble, abnegado y austero de Rosario de Acuña.

ROSA CANTO (2)
Heraldo de Madrid, 19-5-1925



Notas

(1) Seudónimo utilizado por la periodista Consuelo Álvarez, redactora de El País

(2) Colaboradora de Heraldo de Madrid, que un año antes publicó Flores de retama, poemario precedido de un soneto-prólogo de Manuel Machado.

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 27-8-2010.




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23 diciembre

58. La avenida que da a la ermita


Coincidiendo con el LXXXVII aniversario de la muerte de la protagonista de esta bitácora, el pasado miércoles se hizo público el fallo del Premio de Investigación Rosario de Acuña que convoca el instituto gijonés que lleva su nombre. Con ésta ya son doce las ediciones de este premio que, según nos cuenta Francisco Alonso Llano, director del Centro y principal responsable de la exitosa trayectoria del galardón, nació en 1998 con el objetivo de «mantener vivo el recuerdo de la vida y obra de Rosario de Acuña [...] firme partidaria del progreso de las ciencias naturales y humanas».

Han pasado –como queda dicho– ochenta y siete años, y durante este tiempo la del Premio Rosario de Acuña no ha sido la única iniciativa tomada para honrar su memoria. Casi podemos decir que el proceso se inicia desde el mismo momento en que se conoce la muerte de la librepensadora. Así, el día veintinueve de ese mismo mes de mayo, tiene lugar una velada de homenaje en el Ateneo de Madrid de organizada por la sociedad Fraternidad Cívica. Intervienen el periodista Roberto Castrovido, el abogado asturiano Álvaro de Albornoz, Consuelo Álvarez, el escritor Ramón Pérez de Ayala, y Ester Azcárate; en la reunión se leen diversas composiciones de la homenajeada y del escritor Luis de Tapia, por entonces secretario de la asociación ateneística madrileña.

Es preciso señalar que hubo también quienes –de una forma o de otra– se manifestaron contrarios a estas iniciativas por considerar que la trayectoria vital de Rosario de Acuña no fue, para nada, ejemplar. Veamos:

Unos días después de este póstumo homenaje celebrado en el ateneo madrileño, Fraternidad Cívica envía una petición al ayuntamiento gijonés solicitando que una calle de la villa lleve el nombre de la escritora. Al poco de conocerse, ya se hacen públicos los primeros apoyos. Según informa la prensa local, el «elemento femenino» de la sección artística del Centro Obrero Benito Conde se adhiere a la petición y realiza dos propuestas: que se llame Avenida de Rosario de Acuña a la nueva carretera de la Providencia o a la calle de la Trinidad. Días después, los miembros de la directiva del Ateneo Obrero envían un escrito a la corporación municipal adhiriéndose a la solicitud. La comunicación lleva fecha de 10 de junio y se expresa en los siguientes términos:

…conociendo la petición hecha por la asociación de señoras de Madrid, denominada “Fraternidad Cívica” con el fin de que se dé el nombre de “Rosario de Acuña” a una calle de esta ciudad, en recuerdo de la inolvidable escritora de este nombre fallecida recientemente, este Ateneo se adhiere decididamente a aquella súplica, por considerar que los pueblos, si quieren cumplir sus deberes de ciudadanía tienen que dedicar un recuerdo perdurable a los individuos que los honraron.

Si doña Rosario de Acuña no era gijonesa, aquí vivió mucho tiempo y murió dejándonos señalada prueba de sus virtudes y de inteligencia poderosa, hallándosela en todas ocasiones en las luchas por la justicia y la cultura, por cuyas razones todos los gijoneses la miraban como algo propio y adherido al espíritu popular apoyando la iniciativa en la consideración de que el nombre de la escritora debe perdurar “para ejemplo de virtudes y de generosidades, para oferta de gratitud de un pueblo a una individualidad superior”.

El escrito termina recomendado el tipo de calle apropiada para tal recuerdo; ni «uno de esos callejones viejos y angostos», ni una de esas calles suntuosas, «donde las lujosas edificaciones de la plutocracia fría y absorbente proclama la antítesis doctrinal de la que sólo amó a los débiles y oprimidos». Lo adecuado sería...

una calle de obreros, de mujeres pobres y tristes de muchachas descalzas, para que todos los días, cuando saliesen de la fábrica y el taller o volviesen de ellos los trabajadores, sintiesen sobre si la caricia de aquel nombre que anunciaba un corazón tan puro, tan rebelde, tan del pueblo…

La solicitud efectuada por Fraternidad Cívica y apoyada por la sección artística del Centro Benito Conde y el Ateneo Obrero supera con prontitud los trámites administrativos y unas semanas después, el 24 de julio, se somete a la consideración de la corporación municipal la concesión de una calle de la villa a la ilustre librepensadora. Con tres votos en contra y catorce a favor, se acuerda dar el nombre de «Avenida de Rosario de Acuña» al camino que va del Piles a la Providencia. No obstante, hay sectores que no están por la labor; los tres ediles que votaron en contra de esa solicitud representan a un sector de la población nada desdeñable, que se oponía a cualquier tipo de distinción a quien se había significado tanto en contra de una jerarquía eclesiástica, que contaba con gran influencia en amplias capas de la sociedad. Mientras vivió, nuestra escritora no dejaba indiferentes a los que la conocían, y aún a los que no la conocían directamente; después de muerta, las filias y las fobias se mantuvieron. Y sus detractores eran poderosos.

Imagen actual de la ermita de La Providencia (archivo del autor)


Conocido el acuerdo, un grupo de vecinos de la zona lindante con el camino al que han puesto el nombre de la escritora, librepensadora, masona… presentó un recurso de alzada ante el gobernador civil, con la intención de que se dejara sin efecto la decisión municipal. Tres son los principales argumentos que esgrime la parte recurrente: a) que ayudaron a la construcción y mejoramiento del camino mediante la cesión gratuita de terrenos; b) que la anterior denominación daba información del origen y destino de la vía; c) que no consideran que existan méritos extraordinarios en la persona a quien se quiere distinguir que justifiquen las molestias que iba a ocasionar el citado cambio. Según la prosa administrativa, el recurso había sido interpuesto por don José de la Sala «y otros vecinos», expresión genérica ésta que oculta la existencia de otras personas con mayor significación en la vida ciudadana. Una lectura atenta del recurso nos informa, sin embargo, que entre los recurrentes se encuentran «los herederos del Excelentísimo Señor Conde de Revillagigedo», quienes actúan mediante los oportunos apoderados. Si al renombre de los herederos unimos las referencias que en el escrito se realizan al carácter religioso del camino (no hay que olvidar que, como allí se dice, el punto final del mismo se encuentra en la ermita de la Virgen de La Providencia), el recurso parece adquirir otra dimensión. Por lo visto, el fondo de la cuestión pudiera obedecer no tanto a cuestiones de orden material, como a aspectos de tipo ideológico o religioso. A lo que parece a algunos les parecía demasiado ofensivo que la carretera que conduce a la ermita, llevara el nombre de una persona a la que durante toda su vida han acusado de atea.

El recurso de alzada ante el Gobierno Civil es valorado por la Comisión Provincial competente. En el mes de diciembre, la citada comisión acuerda «que procede estimar el recurso interpuesto por don José de la Sala y otros vecinos de Gijón y revocar el acuerdo aprobado». En la resolución tomada se asumen como propios la práctica totalidad de los argumentos de los recurrentes. Doña Rosario de Acuña se queda, de esta forma, sin “su” avenida.

El 30 de abril de 1931, unos días después de proclamada la Segunda República, el Ayuntamiento gijonés vuelve a las andadas y retoma el acuerdo del verano de 1923, el recurrido. Así es como durante seis años el camino de la Providencia, el que conduce a la ermita, ostentará la denominación de «Avenida de Rosario de Acuña». En 1937, las autoridades que las armas han legitimado para gestionar el municipio deciden sustituir el nombre por el de «Avenida de Italia», como homenaje a los soldados italianos que colaboran con los militares sublevados en 1936.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 7-5-2010. No será el último relacionado con la presencia (y ausencia) del nombre de Rosario de Acuña en el callejero gijonés: 208. El paseo que (casi) nadie conoce (⇑)  o 259. Otra vuelta por el paseo (⇑). Por fin, y tal y como se cuenta en una nota que, a modo de actualización se incluye en este último comentario, treinta y tres años después de que así fuera aprobado en un pleno municipal, el viernes 5 de mayo de 2023, día del centenario de su muerte, se colocaron dos placas, una al inicio del paseo (en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante) y otra al final (en su entronque con el Camino de los Arces), que nos indican que caminamos por el Paseo Rosario de Acuña.





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