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16 junio

238. Madrina de guerra

 

Si bien es cierto que España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, también lo es que una parte de su población tomó partido por alguna de las dos alianzas contendientes, alentada por la disputa que se dirimía en las páginas de los periódicos, los ya conocidos y los que se crearon por entonces con esa finalidad (Los Aliados, Germania...). A pesar de la neutralidad oficial, no era inhabitual que aliadófilos y germanófilos se enzarzaran en discusiones en los cafés, en los tranvías o en las reuniones familiares, alimentados por los argumentos que los intelectuales de una y otra tendencia habían vertido en sus manifiestos: el de los primeros, redactado por Ramón Pérez de Ayala y titulado «Manifiesto de adhesión a las Naciones Aliadas», fue publicado en los primeros días del mes de julio de 1915 en francés y en la prensa francesa (semanas más tarde se reprodujo, ya en español, en las páginas del semanario España); el de los segundos, obra de Jacinto Benavente, apareció a finales de ese mismo año en el periódico maurista La Tribuna con el título «Amistad hispano-germana».

Los posicionamientos de unos y de otros estaban directamente relacionados con los planteamientos políticos que defendían. Para buena parte de los germanófilos la prosperidad alemana se había fundamentado en la tradición, la jerarquía, el orden, la fortaleza, la disciplina o la organización, valores que en su opinión debían de convertirse en un modelo para España. Para muchos aliadófilos Francia (en mayor medida que Inglaterra) representaba el triunfo de la libertad, la secularización y la justicia. También para Rosario de Acuña («...Francia, la patria gloriosa de Víctor Hugo, de Zola, de Severine, de Flammarión... de tantas lumbreras de la ciencia y el arte, será también la que, en futuros días, imponga con sus ejemplos de Justicia y de Amor el imperecedero reinado del Amor y de la Justicia»).

El último domingo del mes de mayo de 1917 se celebra en la plaza de toros de Madrid un mitin de apoyo a los aliados, y allí estaba doña Rosario. Cuando Roberto Castrovido ocupa la tribuna  así se lo hace saber a los presentes, que responden con una gran ovación en el momento en el que el orador le envía el saludo «de esta representación espiritualista, aliadófila en el exterior y revolucionaria en el interior de España». La edad tampoco fue en esta ocasión inconveniente suficiente para que dos días antes tomara el tren correo que la trasladó desde Gijón hasta Madrid, la ciudad en la que había nacido sesenta y seis años antes. Allí estaba y, tal y como contó más tarde, el viaje mereció la pena: «Por un momento, mientras las ráfagas del huracán rodaron entre la muchedumbre, España perteneció a Europa; sobre ella soplaba la renovación, la liberación, la expiación, la dignificación, el engrandecimiento…». Europa representaba el más eficaz revulsivo para aquella España lastrada por la incultura y la superstición. Y Francia, donde ella había pasado algunas temporadas (⇑), constituía un buen modelo a seguir. En aquella contienda que sacudía los cimientos de Europa, su opción estaba clara. Lo había dejado patente y por escrito un año antes del mitin, en una carta pública que dirige a la misión francesa que visita la tierra asturiana en el mes de mayo de 1916: « Llevad de esta Asturias florida, vergel suavísimo de templanzas y hermosuras un recuerdo grato, y que os acompañe hasta vuestros lares el saludo de las mujeres liberales de esta región; diciendo hasta veros partir…¡Viva Francia!».

Soldados en las trincheras (fotografía de Argus publicada en el nº 51 de La Guerra Ilustrada)

Compatriotas hubo que pasaron de las palabras a los hechos y se enrolaron como voluntarios en la Legión Extranjera Francesa. En su apoyo surgieron diversas iniciativas. Tal es el caso de la que proyecta un grupo de escritores y artistas a finales del dieciséis: organizar una exposición de dibujos y destinar sus beneficios íntegros al envío de un regalo navideño a los legionarios españoles. La revista España no solo hizo suya la iniciativa sino que decidió complementarla abriendo una suscripción popular. Rosario de Acuña no colaboró con dinero, envió una carta (en la cual ofrecía amistad y madrinazgo a su desconocido destinatario, «catalán o aragonés, andaluz o gallego, castellano o extremeño; joven, casi niño, o mozo casi anciano») y un paquete con «unas golosinas», para endulzar el recuerdo de las nochebuenas pasadas (una botella de jerez, una libra de chocolate, una cajita de turrón, unos cuantos cigarros, unos calcetines de lana y un libro de Galdós). 

La redacción del semanario España hizo llegar el paquete a Agustín Heredia, uno de los suyos, un colaborador del periódico que apenas declarada la guerra se enroló como voluntario en la Legión Francesa, participando en «ataques de importancia» en Artois, la Somme o Champaña, herido dos veces y condecorado con la Cruz de guerra por su heroísmo. A primeros de marzo de 1917, tras varios meses de silencio, envía una carta a la redacción confirmando que ha recibido el paquete. Un mes más tarde aparece publicado un nuevo escrito suyo, lleva por título «Los buenos artistas» y está dedicado a doña Rosario de Acuña, su madrina. Por ella sabemos que el soldado aceptó ser su ahijado: «de las trincheras vino a mí una conmovedora respuesta de un joven español, don Agustín Heredia, voluntario de la guerra, el cual aceptaba gustoso mi madrinazgo. Con él estoy en correspondencia; es un joven de ilustre familia malagueña, cultísimo, simpático (tengo su retrato)...».

La guerra sigue, las batallas se suceden. Las tierras de la Lorena, de Flandes Occidental, de Cambrai, de la Picardía se pueblan de decenas de miles de muertos. La desaparición del frente oriental tras la retirada de Rusia, permite a los alemanes desplegar más divisiones en el oeste. El frente occidental se convierte en el escenario decisivo tras la entrada en el conflicto de Estados Unidos, en abril del diecisiete. Agustín Heredia continúa su lucha en aquella interminable guerra de trincheras, empuñando su fusil. Su madrina prosigue la suya en la retaguardia, utilizando la pluma, la palabra. 

A pesar de que ya llevaba más de tres décadas luchando contra el clericalismo reinante, contra el oscurantismo y la superstición, en pro de la libertad de conciencia, de la emancipación de la mujer («Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada»), en defensa de los más necesitados; a pesar de las calamidades que ha padecido en estos años, de los insultos, las persecuciones, las denuncias, del forzoso exilio; a pesar de todo ello, tal parece que en sus ojos vuelve a anidar la esperanza: además de dolor y muerte, aquella guerra puede ser la antesala de un provenir más alto, puro y limpio («Esta guerra es la postrera convulsión de la animalidad [...] es la convulsión postrera de una Humanidad que deja su cáscara de gusano para que le nazcan alas de mariposa»). De ahí que por entonces redoblara su presencia en las tribunas de papel, arengando a los obreros, apoyando a las mujeres, entonando cantos a la libertad. Aquella redoblada actividad no pasó desapercibida para las autoridades gubernativas quienes, en el verano del diecisiete, en plena huelga general, ordenaron el registro de su casa en busca de proclamas revolucionarias. 

Mientras tanto las crónicas van situando en mapas de la vieja Europa los escenarios de la tragedia (Passchendaele, Caporetto, Cambrai...); mientras tanto los voluntarios españoles siguen combatiendo por la Libertad y la Justicia. Agustín Heredia lo llevaba haciendo desde hacía muchos meses, casi desde los inicios de aquella guerra, y lo siguió haciendo hasta el verano de 1918. El 22 de agosto el semanario España dio cuenta de la luctuosa noticia: su compañero, soldado voluntario español enrolado en la Legión Extranjera, había muerto en el sector de Amiens a los treinta y cinco años de edad. 

A centenares de kilómetros de allí, en una casa edificada en el litoral gijonés, Rosario de Acuña llevaba tiempo penando por aquellos jóvenes españoles que luchaban por un futuro mejor para su patria. La soledad de la noche sabía de su pesar: «se suspende mi sueño muchas noches en una congoja de angustia, pensando en vosotros, y va mi imaginación ahí, a ese cataclismo que os envuelve». El cataclismo se llevó por delante centenares de miles de vidas, también la de muchos de los españoles que se habían alistado como voluntarios en la Legión Francesa; también la de Agustín Heredia, su ahijado de guerra. La noticia llegó a la casa de El Cervigón y el temor se hizo carne. Doña Rosario utilizó su pluma para aliviar el duelo y le dedicó un soneto titulado «A los legionarios españoles en la guerra europea». Iba precedido de la siguiente dedicatoria:

«Agustín Heredia, soldado de esta legión, mi ahijado de guerra, muerto en campaña: ¡duerme en gloriosa paz tu descanso, y que no retorne tu espíritu, si ha de volver, hasta que la Patria sea digna de ti, que supiste morir en su honor!»

 



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23 diciembre

58. La avenida que da a la ermita


Coincidiendo con el LXXXVII aniversario de la muerte de la protagonista de esta bitácora, el pasado miércoles se hizo público el fallo del Premio de Investigación Rosario de Acuña que convoca el instituto gijonés que lleva su nombre. Con ésta ya son doce las ediciones de este premio que, según nos cuenta Francisco Alonso Llano, director del Centro y principal responsable de la exitosa trayectoria del galardón, nació en 1998 con el objetivo de «mantener vivo el recuerdo de la vida y obra de Rosario de Acuña [...] firme partidaria del progreso de las ciencias naturales y humanas».

Han pasado –como queda dicho– ochenta y siete años, y durante este tiempo la del Premio Rosario de Acuña no ha sido la única iniciativa tomada para honrar su memoria. Casi podemos decir que el proceso se inicia desde el mismo momento en que se conoce la muerte de la librepensadora. Así, el día veintinueve de ese mismo mes de mayo, tiene lugar una velada de homenaje en el Ateneo de Madrid de organizada por la sociedad Fraternidad Cívica. Intervienen el periodista Roberto Castrovido, el abogado asturiano Álvaro de Albornoz, Consuelo Álvarez, el escritor Ramón Pérez de Ayala, y Ester Azcárate; en la reunión se leen diversas composiciones de la homenajeada y del escritor Luis de Tapia, por entonces secretario de la asociación ateneística madrileña.

Es preciso señalar que hubo también quienes –de una forma o de otra– se manifestaron contrarios a estas iniciativas por considerar que la trayectoria vital de Rosario de Acuña no fue, para nada, ejemplar. Veamos:

Unos días después de este póstumo homenaje celebrado en el ateneo madrileño, Fraternidad Cívica envía una petición al ayuntamiento gijonés solicitando que una calle de la villa lleve el nombre de la escritora. Al poco de conocerse, ya se hacen públicos los primeros apoyos. Según informa la prensa local, el «elemento femenino» de la sección artística del Centro Obrero Benito Conde se adhiere a la petición y realiza dos propuestas: que se llame Avenida de Rosario de Acuña a la nueva carretera de la Providencia o a la calle de la Trinidad. Días después, los miembros de la directiva del Ateneo Obrero envían un escrito a la corporación municipal adhiriéndose a la solicitud. La comunicación lleva fecha de 10 de junio y se expresa en los siguientes términos:

…conociendo la petición hecha por la asociación de señoras de Madrid, denominada “Fraternidad Cívica” con el fin de que se dé el nombre de “Rosario de Acuña” a una calle de esta ciudad, en recuerdo de la inolvidable escritora de este nombre fallecida recientemente, este Ateneo se adhiere decididamente a aquella súplica, por considerar que los pueblos, si quieren cumplir sus deberes de ciudadanía tienen que dedicar un recuerdo perdurable a los individuos que los honraron.

Si doña Rosario de Acuña no era gijonesa, aquí vivió mucho tiempo y murió dejándonos señalada prueba de sus virtudes y de inteligencia poderosa, hallándosela en todas ocasiones en las luchas por la justicia y la cultura, por cuyas razones todos los gijoneses la miraban como algo propio y adherido al espíritu popular apoyando la iniciativa en la consideración de que el nombre de la escritora debe perdurar “para ejemplo de virtudes y de generosidades, para oferta de gratitud de un pueblo a una individualidad superior”.

El escrito termina recomendado el tipo de calle apropiada para tal recuerdo; ni «uno de esos callejones viejos y angostos», ni una de esas calles suntuosas, «donde las lujosas edificaciones de la plutocracia fría y absorbente proclama la antítesis doctrinal de la que sólo amó a los débiles y oprimidos». Lo adecuado sería...

una calle de obreros, de mujeres pobres y tristes de muchachas descalzas, para que todos los días, cuando saliesen de la fábrica y el taller o volviesen de ellos los trabajadores, sintiesen sobre si la caricia de aquel nombre que anunciaba un corazón tan puro, tan rebelde, tan del pueblo…

La solicitud efectuada por Fraternidad Cívica y apoyada por la sección artística del Centro Benito Conde y el Ateneo Obrero supera con prontitud los trámites administrativos y unas semanas después, el 24 de julio, se somete a la consideración de la corporación municipal la concesión de una calle de la villa a la ilustre librepensadora. Con tres votos en contra y catorce a favor, se acuerda dar el nombre de «Avenida de Rosario de Acuña» al camino que va del Piles a la Providencia. No obstante, hay sectores que no están por la labor; los tres ediles que votaron en contra de esa solicitud representan a un sector de la población nada desdeñable, que se oponía a cualquier tipo de distinción a quien se había significado tanto en contra de una jerarquía eclesiástica, que contaba con gran influencia en amplias capas de la sociedad. Mientras vivió, nuestra escritora no dejaba indiferentes a los que la conocían, y aún a los que no la conocían directamente; después de muerta, las filias y las fobias se mantuvieron. Y sus detractores eran poderosos.

Imagen actual de la ermita de La Providencia (archivo del autor)


Conocido el acuerdo, un grupo de vecinos de la zona lindante con el camino al que han puesto el nombre de la escritora, librepensadora, masona… presentó un recurso de alzada ante el gobernador civil, con la intención de que se dejara sin efecto la decisión municipal. Tres son los principales argumentos que esgrime la parte recurrente: a) que ayudaron a la construcción y mejoramiento del camino mediante la cesión gratuita de terrenos; b) que la anterior denominación daba información del origen y destino de la vía; c) que no consideran que existan méritos extraordinarios en la persona a quien se quiere distinguir que justifiquen las molestias que iba a ocasionar el citado cambio. Según la prosa administrativa, el recurso había sido interpuesto por don José de la Sala «y otros vecinos», expresión genérica ésta que oculta la existencia de otras personas con mayor significación en la vida ciudadana. Una lectura atenta del recurso nos informa, sin embargo, que entre los recurrentes se encuentran «los herederos del Excelentísimo Señor Conde de Revillagigedo», quienes actúan mediante los oportunos apoderados. Si al renombre de los herederos unimos las referencias que en el escrito se realizan al carácter religioso del camino (no hay que olvidar que, como allí se dice, el punto final del mismo se encuentra en la ermita de la Virgen de La Providencia), el recurso parece adquirir otra dimensión. Por lo visto, el fondo de la cuestión pudiera obedecer no tanto a cuestiones de orden material, como a aspectos de tipo ideológico o religioso. A lo que parece a algunos les parecía demasiado ofensivo que la carretera que conduce a la ermita, llevara el nombre de una persona a la que durante toda su vida han acusado de atea.

El recurso de alzada ante el Gobierno Civil es valorado por la Comisión Provincial competente. En el mes de diciembre, la citada comisión acuerda «que procede estimar el recurso interpuesto por don José de la Sala y otros vecinos de Gijón y revocar el acuerdo aprobado». En la resolución tomada se asumen como propios la práctica totalidad de los argumentos de los recurrentes. Doña Rosario de Acuña se queda, de esta forma, sin “su” avenida.

El 30 de abril de 1931, unos días después de proclamada la Segunda República, el Ayuntamiento gijonés vuelve a las andadas y retoma el acuerdo del verano de 1923, el recurrido. Así es como durante seis años el camino de la Providencia, el que conduce a la ermita, ostentará la denominación de «Avenida de Rosario de Acuña». En 1937, las autoridades que las armas han legitimado para gestionar el municipio deciden sustituir el nombre por el de «Avenida de Italia», como homenaje a los soldados italianos que colaboran con los militares sublevados en 1936.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 7-5-2010. No será el último relacionado con la presencia (y ausencia) del nombre de Rosario de Acuña en el callejero gijonés: 208. El paseo que (casi) nadie conoce (⇑)  o 259. Otra vuelta por el paseo (⇑). Por fin, y tal y como se cuenta en una nota que, a modo de actualización se incluye en este último comentario, treinta y tres años después de que así fuera aprobado en un pleno municipal, el viernes 5 de mayo de 2023, día del centenario de su muerte, se colocaron dos placas, una al inicio del paseo (en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante) y otra al final (en su entronque con el Camino de los Arces), que nos indican que caminamos por el Paseo Rosario de Acuña.





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