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29 septiembre

295. Melquíades Álvarez y Rosario de Acuña: encuentros en el camino

 

«En mi casa se ha leído y estudiado su admirable discurso sobre el proceso Ferrer, causándonos un entusiasmo hondísimo...», escribe Rosario de Acuña en una carta dirigida al diputado Melquíades Álvarez, que hace pública El Noroeste el lunes 3 de abril de 1911. El diario gijonés había dedicado las portadas de los días anteriores a reproducir buena parte de lo expuesto por el político republicano en su discurso ante el pleno del Congreso, en sus dos partes, pues la sesión fue interrumpida por petición del interviniente cuando estaba en el uso de la palabra. En la reanudación, recordó a los presentes cuál era su posición al respecto:

«Os acordaréis, señores diputados, que ayer sostuve que Ferrer era inocente; que la sentencia fue notoriamente injusta por deficiencias de una ley de carácter inquisitorial y por la campaña insidiosa de la prensa clerical, con el apoyo del Gobierno de entonces.»

Recordemos. Francisco Ferrer Guardia (1859-1909), librepensador, masón, pedagogo, activista político y promotor de la Escuela Moderna (centro de enseñanza laica y mixta que abrió sus puertas en Barcelona en 1901) fue condenado a muerte por un tribunal militar que dio por probado que había  sido uno de los instigadores de los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona de julio de 1909. La reacción internacional al proceso Ferrer y la extensión de las protestas internas (al grito de «¡Maura, no!») contra las medidas represivas, calificadas de desproporcionadas y arbitrarias, provocaron la caída del Gobierno de Antonio Maura. Meses después, en el transcurso del debate que tiene lugar en el Congreso de los Diputados para tratar acerca de una propuesta de «revisión del proceso a Ferrer», Melquíades Álvarez repasa de una forma minuciosa el caso y concluye afirmando de forma categórica que Francisco Ferrer Guardia era inocente y que su sentencia de muerte había sido injusta.

En palabras del profesor Francisco M. Balado Insunza, aquella intervención parlamentaria de Melquiades Álvarez en la primavera de 1911 le ayudó a «erigirse definitivamente en el líder del republicanismo liberal y democrático». El tribuno asturiano, que pocos años atrás había formado parte del Bloque Liberal –alianza de republicanos y liberales dinásticos contra el conservadurismo de Maura–, aprovechaba la nueva coyuntura, que ha propiciado la formación de la Conjunción Republicano Socialista, para reclamar una profunda revisión del orden constitucional frente al programa reformista que defendía el Gobierno de Canalejas.  

Como quiera que algunas de las medidas que por entonces reivindica (soberanía nacional, revisión de la prerrogativa regia, secularización del Estado, reconocimiento de la libertad de conciencia...) son muy del agrado de Rosario de Acuña, no debiera de resultar extraño que nuestra protagonista haga públicas sus simpatías hacia el político, tampoco que terminen por conocerse personalmente y que lo hagan en Gijón, ciudad natal del tribuno y la que ella ha elegido para vivir sus últimos años. 

Texto de la carta enviada por Rosario de Acuña (izquierda); retrato de Melquíades Álvarez incluido en el libro de Antonio L. Oliveros, Un tribuno español, Melquiades Álvarez, 1999 (derecha)

De no haberlo hecho con anterioridad en los días previos, tenemos constancia de que Melquíades Álvarez González-Posada y Rosario de Acuña Villanueva coincidieron por primera vez en Gijón el 29 de septiembre de 1911 en el teatro  Los Campos Elíseos, donde pronunciaron sendos discursos en la ceremonia de inauguración de la Escuela Neutra Graduada. 

El de la nueva gijonesa estuvo dirigido a las mujeres, que en gran número habían acudido al acto, preocupadas, sin duda, por todo cuanto se había venido diciendo en los días anteriores sobre aquella escuela, calificada en los ambientes confesionales gijoneses como una escuela atea, una escuela alejada de Dios. Su intervención trató de demostrar que allí se iba a enseñar el funcionamiento de las leyes de la Naturaleza, páginas sublimes que pueden iniciar en la inteligencia infantil la idea, el concepto, de la creación: «La escuela neutra deslinda el campo de las creencias; a un lado todos los que moldean y sistematizan la divinidad; del otro lado la ciencia donde las almas que pueden ver y oír encontrarán fácilmente a su Dios». El discurso, titulado  «El ateísmo en las escuelas neutras» (⇑), tuvo una gran acogida, y no solo quedó recogido íntegramente en las páginas de El Noroeste, sino que fue impreso, a modo de hoja volandera, siendo repartido profusamente, tanto en la región como en las colonias asturianas de Hispanoamérica. 

Melquíades Álvarez también quiso salir al paso de las críticas vertidas contra la escuela por los supuestos ataques a Dios. Lo hizo desde otra perspectiva:

«Dicen que una escuela neutra es una escuela donde se combate a Dios; si se combatiese a Dios no sería escuela neutra. Lo que en la escuela neutra se proscribe es la enseñanza dogmática y confesional, a cambio de la otra, maestra de la vida y luz de la verdad. Allí se enseña la moral que formaron los hombres y adoraron los sabios antiguos y que forma los sentimientos de justicia y de igualdad.» 

Aunque su intervención fue ampliamente recogida en la prensa gijonesa (también en las páginas de El Principado, beligerante con la nueva escuela), no tuvo el mismo trato que la de su compañera de mesa, su discurso no fue publicado íntegramente. De ahí que, al día siguiente doña Rosario escriba una carta  a los socios del Circulo Melquiadista de la ciudad para pedirles que tomen las medidas pertinentes para que no se pierda ni uno más de sus intervenciones públicas:

Ningún discurso, ninguna disertación, ninguna conferencia que este asturiano ilustre pronunciara en su patria, debe perderse para las generaciones venideras. Ese círculo debía tener a sueldo un taquígrafo con el solo objeto de dejar consignada, en el papel, esa portentosa verbalidad del genio que flamea, con luz meridiana, entre las brumas de este hermoso país cántabro.

La admiración que se desprende de sus palabras, la sintonía que parece existir entre ambos, la coincidencia de sus posicionamientos –en relación con el papel de la Iglesia, el acercamiento a los sectores obreros o la defensa de la república–, parecen presagiar una relación consistente y duradera, más aún si tenemos en cuenta que, tan solo unos meses después de la inauguración de la Escuela Neutra de Gijón, Melquíades Álvarez (Triboniano) es iniciado en la masonería, hermandad de la que hace años forma parte doña Rosario (Hipatia).

En cuestión de semanas todo se torció. Hasta su casa gijonesa de El Cervigón llegó la noticia de la agresión (⇑) a la que habían sido sometidas unas estudiantes de la madrileña Universidad Central. Tomó la pluma y escribió un artículo arremetiendo contra los agresores. Y se armó una buena, tanto que tuvo que exiliarse en Portugal para evitar ser procesada. 

Cuando dos años después regresó a Gijón, la situación ha cambiado: ella vuelve más cansada, decepcionada y pobre que cuando marchó; Melquíades Álvarez pone en pie un nuevo instrumento (Partido Reformista) para intentar llevar adelante su proyecto regeneracionista desde el propio régimen, aunque para ello tuviera que arriar la bandera del republicanismo y desplegar la de la accidentalidad de las formas de Gobierno: tanto en una república como en una monarquía era posible desarrollar un régimen de libertades que condujera a una verdadera democracia.

Fragmentos de los dos textos escritos por Fernando Mora

Sin embargo, el aprecio que doña Rosario siente por el tribuno gijonés parece que sigue intacto. Al menos eso es lo que podemos deducir tras la lectura de la carta que envía al escritor Fernando Mora en respuesta al artículo «Nido de águila» a ella dedicado y que fue publicado en el diario madrileño El Radical. Tras agradecerle las frases lisonjeras que el autor le dedica, pasa a recriminarle que el escrito sea más halagador que justiciero, pues «no se hace justicia a una persona, denigrando o escarneciendo a otras personas», y eso es lo que, en su opinión, se ha hecho en este caso:

¡Cuánta pena y amargura, me causó ver, en su «Crónica» el nombre de Melquíades Álvarez, escarnecido y maltrecho!, y precisamente puesto en comparación (nunca provechosa) con el mío, que no representa absolutamente nada, nada, en el concurso de valores de los días del presente 

Cuando el autor del artículo se lo envió por carta, probablemente lo hizo con toda la buena intención,  como prueba de la admiración que le profesa y de la que ha dejado prueba en su escrito («Rosario de Acuña, en su nidal de águila, nos parece grande y respetable...»); y ella se lo agradece. Lo que ya dudo es que el señor Mora pudiera sospechar que aquella portada fuera a despertar recuerdos que su destinataria había procurado borrar. Resulta que aquel diario es una de las cabeceras de Alejandro Lerroux, propietario también de El Progreso, en cuyas páginas se publicó «La jarca de la Universidad», habiéndolo copiado de El Internacional de París sin permiso de su autora, y luego pasó lo que pasó, quizás no por casualidad. Y en este mismo periódico, en El Radical que le ha enviado Fernando Mora, se calificó a su escrito como «artículo repugnante».

Quizás también se acordara de lo abandonada que se sintió por entonces, de lo cicateros que fueron en sus apoyos aquellos que decían ser sus correligionarios. De los públicos, poca cosa. La pregunta que, interesándose por su situación, realizó en el Congreso Álvaro de Albornoz, diputado del Partido Republicano Radical, liderado también por Lerroux; y unos pocos escritos de apoyo (⇑), como el de Tomás Rey que fue publicado en El Socialista en aquellos días. 

Desconozco si supo de las gestiones que realizó Melquíades Álvarez en relación con este asunto, mucho más discretas. Parece ser que visitó al conde de Romanones al poco de convertirse en presidente del Gobierno, que le solicitó la promulgación de un indulto para los procesados y condenados por delitos políticos y de prensa; y que su interlocutor mostró su disposición favorable a lo demandado, hasta el punto de que a los pocos días se publica el correspondiente real decreto. 

De ser así, de conocer que el político gijonés tuvo algo que ver (⇑) en aquella medida que –no sin dudas y vacilaciones– le permitió volver al fin a su casa, resulta del todo comprensible que su estima se mantuviera invariable a pesar de la mudanza estratégica, de la tibieza republicana. Lo hiciera como amigo, como político o como nuevo integrante de la logia Jovellanos (que sí se movilizó por entonces (⇑), para conseguir «el regreso de los desterrados y expatriados», entre quienes se encuentra la «ilustre h .·. Rosario [de] Acuña») sería, sin duda, para agradecerle el gesto. «¡Cuánta pena y amargura, me causó ver, en su «Crónica» el nombre de Melquíades Álvarez, escarnecido y maltrecho!». Menos mal que no era lectora habitual del periódico, razón por la cual no creo que leyera lo que semanas atrás Fernando Mora publicó en una Crónica anterior con el título «Los melquiadistas intelectuales». 

De su obligada estancia en tierras portuguesas regresó más pobre (dice que se gastó cerca de tres mil duros, el equivalente a lo que cobraría durante quince años de su pensión de viudedad) y muy desilusionada, hasta el punto que se muestra decidida a alejarse de la primera línea de batalla, a recluirse en aquel alejado enclave del litoral gijonés donde decidió construir su última morada. Poco tiempo le duró el retiro. En los primeros días del año dieciséis se ve obligada a pedir ayuda: en las proximidades han abierto una cantera y sobre su casa llueven piedras de todos los tamaños (⇑). Con la esperanza de que al denunciarlo públicamente cese el bombardeo, escribe una carta al director de El Noroeste dando cuenta de lo ocurrido. Eligió Asturias por su belleza, por su mar cambiante, por sus montañas y sus valles, pero también porque la habitaban «algunos entusiastas de la razón y de la libertad». Ahora que se siente víctima de una guerra sorda en torno a su hogar por parte de las huestes del clericalismo, no espera otra cosa que el trabajo  en pro de la regeneración emprendido por el Partido Reformista, de notable influencia en Asturias, comience a dar sus frutos:

Deseando vivamente que la actuación de Melquíades Álvarez en Asturias sirva para manumitir la más hermosa región de España, rayéndole la sarna del odio, de la brutalidad y del fanatismo, y permitiéndonos a las alondras, cantar sin miedo a los buitres de sotanas, de levita o de alpargatas 

En vista de que, aunque lo intente, no puede pasar desapercibida y dado que el tiempo va curando desazones y desengaños, vuelve poco a poco a la escritura, a la opinión, a la tribuna pública. En este retorno son de resaltar sus colaboraciones con la prensa obrera, en consonancia con su progresiva sintonía con las organizaciones obreras gijonesas, en especial con los socialistas. Por entonces su firma aparece por entonces en Alicante Obrero o en la revista madrileña Acción Socialista. Con ocasión del Primero de Mayo de 1916 escribe tres textos: uno más corto y dirigido a las mujeres que se publica en Acción Fabril (Órgano de la Federación Fabril y Textil de España, editado en Mataró); los otros dos, en clave reivindicativa («De vosotros, proletarios del mundo, es el porvenir»), aparecen en las páginas de El Noroeste y El Socialista, Órgano del Partido Obrero. 

Llegamos así a 1917, el año en el que Rosario de Acuña y Melquíades Álvarez coinciden en tres asuntos relevantes: la dirección de El Noroeste; su confluencia en el bando de los aliadófilos en la pugna ideológica que los enfrenta a los germanófilos durante aquella guerra mundial que todo lo envuelve;  y su apoyo (y participación, en una u otra medida), en la huelga general de agosto de ese año. 

El Noroeste, que había comenzado su andadura en 1897 como «Diario republicano», era uno de los diarios de la Sociedad Editorial Española (editora también de El Liberal, Heraldo de Madrid, El Imparcial y otros diarios regionales) hasta que se convirtió en el órgano oficioso del Partido Reformista. Fue entonces cuando el consejo de administración pensó en Antonio López Oliveros para la dirección. Tardaron en convencerlo a tenor de lo que dejó escrito:

Se apeló por los consejeros a mis ideales democráticos, se me requirió en sentido de sacrifico para que salvase a El Noroeste de desaparecer y lo convirtiese en un heraldo vigoroso de la causa de la democracia. Aún vacilé. Uno de esos días Rosario de Acuña y Villanueva, a la que yo visitaba con frecuencia en su retiro de El Cervigón (Gijón), me compelió en nombre del liberalismo español a que aceptase la dirección de El Noroeste, en el que ella vertía muy a menudo las nobles estridencias de su espíritu revolucionario indomable. Tantos requerimientos, unidos a las facultades extraordinarias de que me investía el consejo de administración para que yo diese a El Noroeste la organización que estimase más adecuada y el ruego telefónico, por último, que me dirigió desde Madrid Melquíades Álvarez, orientador del periódico, insistiendo en lo mismo, vencieron mi resistencia.

En ese mismo periódico se publicó «La hora suprema», un escrito en el que Rosario de Acuña, dirigiéndose a las «izquierdas de Asturias» las anima a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto», que parece alentar la convocatoria de esa huelga general de la que no hace más que hablarse en aquellos días. También se da cuenta en esas mismas páginas de su asistencia al gran mitin aliadófilo que se celebró en Madrid el último domingo de mayo organizado por las fuerzas de la oposición.

Y aquí se encuentra de nuevo con Melquíades Álvarez. En la plaza de toros madrileña, aunque en sitios bien diferentes (él en la tribuna de oradores, ella entre el público asistente); también en el apoyo a la huelga general que, finalmente convocan conjuntamente la CNT y la UGT. De nuevo el político gijonés se encuentra al lado de los socialistas, al lado de los trabajadores; ha vuelto a reajustar su estrategia. Cuenta el profesor Suárez Cortina que, puesto que «la savia renovadora del reformismo se había ido diluyendo entre esperanzas palaciegas que no se cumplían», al Partido Reformista no le quedó otra que la «amenaza a la Corona», integrándose en el proceso del verano de 1917. 

En los días previos a la huelga general de agosto, las autoridades gubernativas ordenaron el registro de la casa de Rosario de Acuña (véase el comentario 248. Una vieja luchadora en la Huelga del Diecisiete ⇑). Lo hicieron en dos ocasiones. Melquíades Álvarez, por su parte, fue responsable del comité de huelga de Asturias y León.

Mayo de 1923. El primer sábado del mes la muerte encontró a Rosario de Acuña Villanueva trajinando por la casa. Una embolia cerebral acabó con su vida. Diecinueve días después, Melquíades Álvarez González-Posada es nombrado presidente del Congreso de los Diputados. Ya no se volverán a encontrar, salvo en los textos que se publicaron en memoria de la ilustre librepensadora fallecida en Gijón. Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste, dejó escrito: «De espectadora, asistió también a varios actos públicos; especialmente a aquellos en que intervenía Melquíades Álvarez, cuya maravillosa palabra la sugestionaba. Roberto Castrovido, por su parte y recordando los sucesos de 1917, escribe: «Tan apremiantes y dolorosas fueron una vez esas quejas que sobre la suerte de doña Rosario me enviaban, que hube de escribir a varios amigos de Asturias. Me oyeron, y don Melquíades Álvarez, con otros correligionarios suyos y amigos míos, acudió en auxilio de doña Rosario, quien entonces me escribió por primera vez acerca de su situación, dudosa sobre la aceptación del auxilio».




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05 mayo

290. La abuela de la «revolución»

 

Cuando, apenas cumplidos los veinticinco, irrumpió en el mundo del teatro con un drama histórico y en verso, hubo quien se vio en la necesidad de acudir a Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba, 1814-Madrid, 1873) para encontrar un referente a aquella jovencita que se adentraba por los vericuetos del «verso viril». Años después, esta referencia dejó de servir, pues Rosario de Acuña, abandonando su prometedora trayectoria literaria, decidió convertirse en una activa publicista de la libertad de conciencia, y en una masona. Fue entonces cuando su nombre empezó a unirse al de la escritora anarquista francesa Luisa Michel (1830-1905), convirtiéndola en su «competidora», «segunda edición» o semejante a ella, una «especie de Luisa Michel atenuada».

Catalina Breshkovskaya (1844-1934)
Catalina Breshkovskaya (1844-1934)

No fueron los únicos nombres de mujer que se unieron al suyo para ilustrar o ejemplificar el relato de sus acciones, de sus manifestaciones, de sus batallas, de su vida. Además del de Flora Tristán (1) o Rosa Luxemburgo (2) , en la última etapa de su vida, la de su residencia en Gijón, la de su acercamiento a «las izquierdas», al movimiento obrero, no faltaron quienes se acordaron de Catalina Breshkovskaya (1844-1934), escrito de esta forma o en cualquiera de las distintas transcripciones de su nombre utilizadas en la prensa española para referirse a la llamada «abuela de la revolución rusa».

Regresó del exilio portugués más cansada, más decepcionada y bastante más pobre que cuando se vio obligada a marchar para evitar ser procesada por aquel asunto de La jarca (⇑). Tras los dos años pasados en las tierras portuguesas, sus ahorros se han esfumado y debe de acostumbrarse a vivir, a malvivir, con la pensión de viudedad que tiene asignada. Su situación económica la aproxima más aún a los más humildes de sus convecinos. Se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!».

No es de extrañar, por tanto, que tras varios meses de retiro y de silencio, fuera una publicación socialista la que acogiera sus nuevos escritos: a primeros de septiembre de 1915 La Aurora Social, periódico de las agrupaciones socialistas de Asturias que por entonces dirigía Isidoro Acevedo, un viejo conocido de los tiempos de Santander con quien ya había colaborado, publica un artículo suyo. A partir de entonces,  sus escritos aparecerán de forma esporádica en las páginas del semanario socialista editado en Oviedo y, más asiduamente, en las de El Noroeste, portavoz oficioso de los reformistas. Es ahí, en el ámbito de «las izquierdas», donde parece encontrarse cómoda: cerca de los líderes obreros y de los republicanos reformistas: «¡que honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!». De ahí que, a pesar de su avanzada edad, a finales de mayo de 1917 no dude en tomar el tren y desplazarse a Madrid para acudir al mitin que en apoyo de los aliados habían organizado los partidos «de izquierda». Allí recibirá el público reconocimiento de los presentes, tras ser saludada desde la tribuna por Roberto Castrovido, uno de los oradores de aquel multitudinario acto.

Por entonces, las autoridades provinciales la tienen bajo sospecha, pues recelan de todo cuanto que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad de las izquierdas en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su presencia en el mitin aliadófilo. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

A medida que todo aquello se va sabiendo (⇑) (también que acude a Madrid para participar en la manifestación que pide la libertad de los integrantes del comité de huelga), se suceden las reacciones de apoyo y de simpatía hacia aquella mujer, que ya en la vejez, sigue luchando por conseguir una España más justa: «Antes de pudrirnos del todo ¿podremos, las viejas y los viejos, ver la revolución, aunque sea blanda, como alba de justicia y libertad? 

Las integrantes de la Agrupación Femenina Socialista de Madrid hacen público su apoyo y admiración en una carta pública (⇑). La casa de El Cervigón, la que fue objeto de dos minuciosos registros en busca de proclamas revolucionarias, se convierte en destino obligado para algunos jóvenes socialistas de visita en la región, tal y como tiempo atrás había propuesto (⇑) un joven portugalujo llamado Volney Conde-Pelayo. Sabemos que en mayo de 1918, unos meses después de los sucesos de agosto, César Rodríguez González (el hijo de la dirigente socialista Virginia González Polo e integrante de las Juventudes Socialistas), Wenceslao Carrillo (secretario general del Sindicato Metalúrgico de Asturias) y Emilio Torralba Beci (director durante un tiempo de El Socialista) la visitan tras haber intervenido en un mitin, tal y como nos cuenta este último en un escrito publicado en España Nueva (⇑) , en el cual manifiesta su más profunda admiración por su anfitriona, a quien no duda en comparar con Catalina Breskovskaia: «A nuestros labios, sin que el respeto nos permitiera enunciarla, vino una palabra que nos salía del corazón; ¡«Babuchsca»!... Se nos representó en doña Rosario de Acuña la abuela de la revolución, Catalina Breskovskaia».

La misma imagen de la abuela Breskovskaia es la que le viene a la mente al joven publicista Ángel Samblancat cuando la visita en El Cervigón en el verano de 1919. Samblancat, que había venido a Asturias a intervenir en varios mítines, ya había publicado algunos escritos en los que manifestaba su admiración por aquella mujer ejemplar. Ahora, tras haberla conocido en persona, nos dejó escritas algunas de las cosas que le contó su anfitriona:

 

 «Cosas de la abuela Rosario»

Abuela Rosario de Acuña, usted me recuerda siempre a María Breskoskaya, la abuela de la revolución rusa, que se pasó cuarenta o cincuenta años en presidio, y a la que, al caer el zarismo, hicieron dormir los revolucionarios en la cama de la emperatriz Alejandra. 

–Pues los revolucionarios de aquí tenéis la palabra. No tengo ganas de dormir en ningún lecho imperial o real, entre otras razones por temor a ciertos contagios; pero del presidio de barbarie sarracena y de estupidez clerical en que vivimos, ya es hora de que salgamos, ¡redios!

 * * *

–Mi apellido es portugués. Es la traducción castellana de Da Cunha. Los Da Cunhas lusitanos tienen grandes pretensiones nobiliarias. Parece que la primera astilla del árbol genealógico fue cierto paje del rey de Portugal. Este rey perdió una batalla, y en la fuga tomó al paje sobre la grupa de su caballo. La bestia, abrumada por la carga, no iba bastante ligera, y cayera el monarca en poder de sus perseguidores, si el paje no se apeara y facilitara de este modo la huida de su señor. El paje cayó prisionero, y para que dijera a sus enemigos hacia dónde se había dirigido su señor, le aplicaron el tormento y le pusieron cuñas entre los dedos. El mozalbete resistió heroicamente el suplicio, y como escapara de la muerte y el cautiverio, el rey lo premió, autorizándole a utilizar cinco cuñas en su escudo. 

 * * *

–Confío en los obreros, en los hijos de hombres rudos y madres feas. Los señoritos, los niños «bien», son todos unos cretinos. Son hijos de dos faldas y de un par de pantalones: las faldas de la mujer, las faldas del padre confesor y los pantalones vacíos del marido.

 * * *

–El ideal de las muchachas españolas es un cadete, un niño zangolitino, un pelele para marido; y para amante, un garañón, un semental, y si es vestido de negro, mejor. Cuando un padre jesuita ha casado a una chica con un niño gótico, con una sombra de hombre, va él a ofrecer sus relevantes servicios a la desconsolada mujer. 

 * * *

–No he visto generación de castrados y de «manfloritos» como la actual. Todos los hombres son impotentes o de una frigidez desesperante. Sin duda, por eso las mujeres cada día van más ligeras de ropa: a ver si los animan.

 * * *

–Barcelona, Andalucía: ¿puedo creer lo que usted me cuenta? Los incendios de Andalucía todavía no se ven desde aquí. En cuanto a los atentados de Barcelona, hasta que la sangre no llegue desde aquel mar a este mar y me moje los zapatos, creeré que todo es pura broma. 

 * * *

–A nuestros burgueses y a nuestras clases ricas les espanta lo de Rusia. Y aquello no es más que un rigodón. Cien años de orgía revolucionaria se necesitan. Cien años de quebrantar leyes, de pisotear prejuicios, de romper cacharros, de tumbar cachivaches. A los cien años de cólera popular, la atmósfera del mundo empezaría a ser respirable.

 * * *

–He visto que las izquierdas no han celebrado este año el aniversario de la revolución de agosto de 1917. Han hecho bien. Aquello no fue más que una revolución intestinal. Una revolución blanca, como dijo Araquistain. ¿Revolución blanca? –me pregunto yo cuando leí esto. ¿Revolución blanca? Pues revolución leche.

 * * *

–En nuestras inclusas matan de hambre a los niños y en nuestros asilos, a los viejos. ¿No sería más humano encerrar a toda esta población sobrante en una estufa y axfisiarlos como a los perros? Si de todos modos los hemos de asesinar, ¿para qué andarnos con dilaciones, con repulgos y con hipocresías?

Ángel Samblancat

Gijón

España Nueva, 14 de septiembre de 1919


Notas

(1) Amaro del Rosal Díaz, un socialista asturiano que en su juventud había conocido a Rosario de Acuña, fue uno de los que, tal y como se ha contado en un comentario anterior (⇑),  solía comparar la figura de nuestra protagonista con la de la luchadora francesa Flora Tristán (1803-1844).

(2) Sobre los paralelismos entre las trayectorias vitales de Rosario de Acuña y Rosa Luxemburgo trató la conferencia pronunciada por el profesor Antonio García Menéndez (⇑), incluida en el amplio programa de actividades desarrollado por el Seminario de Historia Local de Pinto con motivo del centenario de la muerte de quien fue vecina de la localidad madrileña.

 

 



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21 febrero

285. En mítines y manifestaciones

 

Alcanzada «la crítica edad de cuarenta» tocaba dar un paso a un lado, tal y como había anunciado con antelación. La de El padre Juan fue la última batalla (⇑) de aquella intensa campaña que había iniciado, siete años atrás, cuando a finales de 1884 hace pública su adhesión a la lucha en defensa de la libertad de conciencia: «vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder, y que espero quepan holgadamente en el programa amplio y generoso de Las Dominicales». 

Manifestación femenina en pro de la libertad de conciencia, Barcelona, 1910

No obstante, el hecho de que abandonara la primera línea de combate  no quiere decir, ni mucho menos, que permaneciera impasible ante cuanto sucedía a su alrededor. Si bien es verdad que en la década de los noventa, tras haber dado por concluida su campaña de Las Dominicales (⇑),  apenas encontramos escritos suyos en periódicos o en revistas, también lo es que a partir del cambio de siglo, superada la grave enfermedad que la tuvo al borde de la muerte y asentada en Cantabria donde inicia una nueva etapa en su vida, su palabra retorna a la prensa para hablar de sus ocupaciones y, también, de sus preocupaciones: en el diario santanderino El Cantábrico nos ha dejado constancia de su exitosa actividad como avicultora, así como de las propuestas que les hace llegar a las campesinas montañesas con la intención de que pudieran mejorar sus sufridas vidas.

Rosario de Acuña y José Nakens de manifestación
En la primavera de 1909, habiendo cesado su labor como avicultora (⇑), libre ya de las interminables jornadas laborales de los últimos años, reanuda su actividad como viajera, bien sea caminando, a caballo o en ferrocarril. A finales del mes de marzo se desplaza a Madrid y el último domingo de ese mes participa en la manifestación que culmina la llamada «campaña de la moralidad» contra el jefe de gobierno Antonio Maura y que había sido promovida por el republicano y entonces senador por Guadalajara Juan Sol y Ortega (1849-1913). La prensa de la capital se hace eco de su presencia y señala que Rosario de Acuña caminó al lado de José Nakens (director del semanario El Motín) tras el coche que abría la marcha, ocupado por el promotor de la campaña y por Pérez Galdós.

Unos meses después volverá a mostrar su oposición al Gobierno de Antonio Maura. Será en Gijón, donde acaba de comprar un terreno situado sobre uno de los acantilados próximos a la ciudad para construir su nueva vivienda (⇑) A primeros de julio el Gobierno decretó la movilización de tropas de reserva y su traslado a Marruecos: se iniciaba la Guerra de Melilla. El embarque de los reservistas, la mayoría de ellos padres de familia y de clase obrera, provocó protestas. En Barcelona los sindicatos convocaron una huelga general, durante la cual se produjeron disturbios que fueron duramente reprimidos por el ejército (la llamada Semana Trágica). Hondamente preocupada por lo que estaba sucediendo, Rosario de Acuña pone en la escena del gijonés teatro Jovellanos su obra La voz de la patria (⇑) («Su sentido patriótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a "hacerla" en Gijón»); y también hace público «La vuelta de los reservistas», un escrito en recuerdo de los muertos que quedaron en Marruecos y un sonoro canto al pacifismo: «hagamos resurgir de aquellas cenizas un grito de maldición hacia las guerras». Hasta aquí, lo acostumbrado en ella. Pero, en este tiempo no se conforma con utilizar la palabra, abandona su atalaya, deja a un lado la pluma para unirse al pueblo que se queja y, entre medias, el domingo 24 de octubre de 1909 asiste a la plaza de toros de Gijón para participar, junto a otras miles de personas, en un mitin convocado para protestar por las medidas represivas del Gobierno en Cataluña.

Maura se vio obligado a dimitir. Un año después, el nuevo Gobierno de Canalejas presentó un proyecto para reducir la influencia de las órdenes religiosas mediante una ley que las consideraba como asociaciones, salvo las dos reconocidas como tal en el Concordato de 1851. Mientras se tramitaba en el Congreso, fue aprobada una con carácter transitorio y temporal (conocida como Ley del candado) que impedía el establecimiento de ninguna otra durante dos años. En apoyo de la misma se organizaron manifestaciones por buena parte de España. Rosario de Acuña participó el primer sábado de julo de 1910 en la que recorrió las calles de Gijón.

Su posición al respecto no era nueva. Lleva años luchando por ver a la mujer alejada del confesionario, anhelante de una infancia educada en el imperio de la razón, en una escuela libre de los dogmas religiosos, de ahí que no debiera de resultar extraño que aceptara la invitación para pronunciar un discurso en el multitudinario acto de inauguración de la primera escuela de este tipo en su nueva ciudad: la Escuela Neutra de Gijón. 

No hubo más discursos, manifestaciones o mítines en mucho tiempo. A las pocas semanas de haber abierto la nueva escuela, de haber leído aquel alegato titulado «El ateísmo en las escuelas neutras» (⇑) en Los Campos Elíseos, tuvo que marchar a Portugal para no ser apresada por haber escrito «La jarca en la Universidad», por haber arremetido con su pluma contra los agresores de una estudiante de la madrileña Universidad Central.

Tras dos años de obligado exilio (⇑), regresó a su casa gijonesa del acantilado más pobre y más cansada que cuando marchó. No estaba para nuevos sobresaltos, tan solo quería disfrutar de la tranquilidad que le ofrecía su retirada morada, del cambiante mar... Y así estuvo todo el año catorce y parte del quince. A finales de ese año, entreabre las puertas de su aislamiento y ya encontramos algún escrito suyo en el semanario madrileño Acción Socialista. A estas colaboraciones seguirán otras en los meses siguientes, en distintos periódicos. En los inicios de 1917 ya se puede decir que está de nuevo en plena actividad: la Gran Guerra desangra Europa y en España, oficialmente neutral, una parte se declara germanófila (partidaria de la tradición, el orden o la disciplina) y otra, aliadófila. Rosario de Acuña, que había saludado efusivamente a una delegación francesa que visitó Asturias en 1916, se encuentra entre quienes apoyan los valores que representan los países aliados, en especial Francia: libertad, secularización, justicia. El último domingo del mes de mayo de 1917 se celebra en la plaza de toros de Madrid un mitin de apoyo a los aliados y doña Rosario no falta a la cita (⇑), para satisfacción de la multitud allí congregada que aplaude entusiasmada tras escuchar el saludo que le dedica Roberto Castrovido desde la tribuna. 

El año, ciertamente, se había iniciado con una activa presencia suya en los periódicos y sus escritos parecen cargados de  una renacida radicalidad: no duda en reafirmar su antiguo republicanismo, en arremeter contra «las fuerzas reaccionarias», frente a los grupos que sustentan al Gobierno y al lado de quienes pretenden derribarlo. Probablemente sea el titulado «La hora suprema» el que más recelos pudo haber despertado. Dirigiéndose «particularmente a las izquierdas de Asturias», las exhorta a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto». Aquellas palabras no pudieron pasar inadvertidas a los delegados gubernativos, pues bien parecen que están alentando esa huelga general de la cual no hace más que hablarse desde que a finales de marzo se firmara en Madrid un acuerdo entre la UGT y la CNT. Esa llamada a la unión de las fuerzas «de izquierda» en aquella primavera de 1917 es lo que, probablemente, inquietó a los regidores provinciales, recelosos ante todo lo relacionado con la convocatoria de la huelga.  En los inicios del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en su vivienda. Buscaban panfletos, pasquines... Unas semanas después varios guardias civiles se presentan de nuevo en su casa: venían a cavar en busca de «bombas, armas, municiones y papeles» que supuestamente allí se habían enterrado.

Aquel atropello saltó a las páginas de la prensa amiga y, tras conocerse, no faltaron las muestras de apoyo y solidaridad, como la recibida por parte de la Agrupación Femenina Socialista Madrileña. A pesar de no sentirse sola, aquellos dos nuevos sobresaltos constituyeron para nuestra protagonista la confirmación de que figuraba en el punto de mira de las autoridades, razón por la cual, una vez concluida aquella huelga general en la que, según parece, había puesto grandes ilusiones, decide alejarse de la primera línea de confrontación que había venido ocupando durante los meses anteriores. No obstante, antes de replegarse a su retiro de El Cervigón deberá saldar una deuda de solidaridad con los miembros del comité de huelga que habían sido encarcelados. Con ese objeto acudirá de nuevo a Madrid para sumarse a los miles de manifestantes que el 25 de noviembre reclaman la amnistía para los encarcelados, para Anguiano, Besteiro, Saborit y Largo Caballero. 

En el comité de huelga había también una mujer. Fue detenida junto al resto pero se libró de la cárcel porque sus compañeros declararon que estaba allí para hacerles la comida, argumento asumido por el fiscal quien dio por bueno que estaba al servicio de los hombres y no podría ser organizadora. Se equivocó. Virginia González Polo (1873-1923) contaba con una larga trayectoria política y sindical, que había iniciado muy joven en las sociedades de zapateros. Por entonces formaba parte del Comité Nacional del PSOE y de la Unión General de Trabajadores. Rosario de Acuña sabía bien quién era, conocía su largo batallar y admiraba su lucha, tanto que, habíéndose enterado de que iba a participar en mitin que se iba a celebrar en los primeros días del verano de 1919 en la localidad mierense de Turón, no duda en desplazarse hasta el lugar para encontrarse con ella (⇑) .

Tras el encuentro, doña Rosario fue invitada a participar aquel acto que había sido organizado por la Agrupación Femenina Socialista de la localidad. Y tomó la palabra para dirigirse a las miles de personas allí congregadas: «Entusiasmo indescriptible», al decir de la prensa. 

A este encuentro siguieron otros en los días siguientes, ya en Gijón donde Virginia González, invitada por la Juventud Socialista, tenía previsto participar en otros actos que contaron con la presencia de Rosario de Acuña, su nueva amiga, como bien reflejó la prensa («Subió doña Rosario y al abrazarse ambas luchadoras el público prorrumpió en una gran ovación que duró largo rato, hasta que el local fue desalojado») al igual que había hecho semanas atrás cuando se hizo eco de su presencia en el mitin del candidato izquierdista Teodomiro Menéndez en el barrio de Cimavilla («Figuraba entre la concurrencia la venerable señora, la ilustre escritora radical, doña Rosario de Acuña, que bajó de su retiro de Somió para escuchar la palabra del candidato izquierdista en el barrio más popular de los de Gijón»). Obtuvo su acta como diputado su amigo (⇑) y ella lo celebra en una carta que le envía poco después: «¡Bravo Gijón! Este es el Gijón que yo creía encontrar al traer los últimos pingajos de mi cuerpo mortal a los ásperos acantilados de su brava costa, de donde quisieron hacerme saltar en pedazos los tristes hijos de la noche».

Aunque empezó bien joven a batallar contra el clericalismo reinante o la postergación social de la mujer desde las trincheras de la prensa, su compromiso social, mucho más evidente en la última etapa de su vida, la impulsó a abandonar su retiro para tomar parte junto al pueblo llano, codo con codo, en mítines y manifestaciones. Su compromiso no pasó inadvertido, como lo prueba lo ocurrido el seis de mayo de 1923: aquel domingo lluvioso una nutrida manifestación de duelo recorrió las calles de la villa gijonesa tras la humilde caja que envolvía los restos de la eximia pensadora; muchas fueron las mujeres que se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había luchado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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08 febrero

258. En un vagón de tercera

 

La posición de país neutral adoptada por España en la Gran Guerra no impidió que, sobre todo a partir de 1916, los submarinos alemanes hostigaran a la marina mercante o visitaran de manera inesperada los puertos españoles para proceder a su avituallamiento. Las fuerzas políticas de la oposición, favorables a la colaboración con las naciones aliadas, criticaron sin descanso la falta de respuesta del Gobierno ante aquellos ataques a la soberanía nacional. En el mes de mayo de 1917 se convoca un gran mitin en Madrid en defensa de la democracia y de la dignidad de la patria. Rosario de Acuña, que ya había tomado públicamente partido por quienes defienden en los campos de batalla los valores de progreso y libertad frente al militarismo expansionista, no duda en sumarse a los ochenta expedicionarios que, según la prensa local, parten el viernes día 25 en el tren correo que desde Gijón les conduce a la capital de España. 

 Victorin Honoré Daumier: El vagón de tercera clase

Su presencia entre los miles de asistentes no pasa desapercibida, pues fue anunciada desde la tribuna de oradores por Roberto Castrovido, director de El País, como bien reflejaron los periódicos de entonces. El periodista finalizó su intervención con unas palabras dedicadas a nuestra protagonista:

…abominamos de ese kaiserismo, que es contrario al pueblo alemán, al que saludo, pueblo representado no por el kaiser, no por los 89 sabios en recua, sino por Rosa de Luxemburgo, de la cual hay aquí un digno parangón femenino, doña Rosario de Acuña, a la cual, que no sé ni dónde está, envío el saludo de toda esta representación espiritualista, aliadófila en el exterior y revolucionaria en el interior de España.

 Ciertamente, allí estaba doña Rosario, quien  contó sus impresiones de aquel acto en un escrito titulado «Ráfagas de huracán» (⇑), que fue publicado en el semanario El Motín. Días después, será Eduardo Torralba Beci (1), quien en las páginas de El Socialista manifieste su admiración por el gesto de aquella «alta señora» que, viviendo con una decorosa modestia, no dudaba en coger un vagón de tercera para viajar desde Gijón a Madrid, «a costa de un gran sacrificio».


 

Doña Rosario de Acuña

 

¡Qué maldita influencia la de esos malditos cronistas de sociedad! Íbamos a empezar a escribir estas cuartillas con las palabras consagradas: «Ayer salió para Gijón, en el correo, la...». En el artículo, felizmente, nos detuvimos. ¡El contagio inevitable de la imbecilidad! La... ¿Qué adjetivo aplicamos?, nos hubimos de preguntar, como un León Boyd o un Monte-Cristo cualquiera. Y caímos en la cuenta de que no teníamos derecho a ofender a una tan alta señora como doña Rosario de Acuña con una de tantas calificaciones ordenaditas y sonoras que el adocenamiento periodístico manda y prescribe. Su nombre basta, y pegote indigno es todo adjetivo que le ponga.

Eduardo Torralba Beci (Archivo Fundación Pablo Iglesias)

Y una tan alta señora como doña Rosario de Acuña iba ayer en un coche de tercera; uno de esos indecentes coches de tercera, donde toda incomodidad tiene su asiento, en los que la Compañía del Norte embala a los pobres que necesitan viajar. Porque doña Rosario de Acuña es pobre. De sus bienes de otros tiempos quedábala lo suficiente para vivir con una decorosa modestia en su modesta casita de Gijón, cabe un despeñadero al mar. Un día, su corazón generoso y ardiente latió de indignación porque los estudiantes habían cometido actos condenables. No existían entonces grupos de estudiantes socialistas, como hoy. Estaba incubándose en las cátedras la generación de mauristas y de arribistas de toda especie que ahora nos está pudriendo. Doña Rosario de Acuña escribió un artículo vibrante, de batalla, azotando vigorosamente a aquella juventud de mamoncillos, y como puso en el artículo todo el fuego de su corazón –un corazón que nos hace pensar en un nuevo culto: el del Sagrado Corazón de las mujeres varoniles, el de Concepción Arenal, el de Vera Zamlich, el de Rosario de Acuña–, la gente sin corazón se encendió en una rabia ferocísima contra ella. Se vio obligada a huir a Portugal, sin tener ni aun tiempo de cerrar su casa, que quedó expuesta a todos los merodeos. Cerca de dos años estuvo doña Rosario en Portugal; aquel golpe acabó con lo que quedaba de su fortuna. Por eso hoy doña Rosario de Acuña, anciana, cuando sus entusiasmos y sus esperanzas la traen a Madrid, tiene que hacer el viaje en un coche de tercera. Y eso a costa de un considerable sacrificio. 

La autora de Rienzi el tribuno nos ha hablado de las impresiones del mitin. Vuelve desolada a Gijón. Lo que más ha esperanzado a su alma ha sido el público. Los oradores... «Me dijeron –habla doña Rosario– que había encerrados ocho toros a pocos metros de donde estaba la tribuna. Hubo momentos en que esperaba a ver salir a las ocho bestias y hacer volar por los aires, como peleles, a los que hablaban a un público que estaba muy por encima de ellos en sentimientos revolucionarios y en ansias de hacer algo práctico, honroso, redentor». 

¡Como peleles! Esta es la palabra apropiada: ¡Como peleles!...

«No quisiera morirme –decía también doña Rosario– sin ver los conventos de España arder en pompa». Y nos habló de la lepra clerical extendida por todo el país, y es cierto. Como en aquel cuadro sombrío que describe en El padre Juan, aún en la España rural el clericalismo hace estragos horribles. Es feroz, desalmado, egoísta, canalla. Es el monstruo asolador de la tierra, al que hay que destruir por instinto de conservación y con el derecho de la propia defensa. Porque sino él será quien nos destruya a nosotros. 

Ya estará allá, en su casita de Gijón, doña Rosario de Acuña. En su casita solitaria, arrimada a un despeñadero, arrullada por el canto monótono del mar, dominada, desde lo alto, por un convento de jesuitas. Los nuevos quizás no la recuerden; los viejos acaso la hayan olvidado, muchos, como también han olvidado ideales y ardimientos de los tiempos pasados. Sin embargo, cada vez que se evoque su nombre, en esta España de las mujeres esclavas, de las mujeres de harén, de las mujeres amancebadas con el confesionario, de las mujeres prostituidas al clero, de las mujeres que visten la estameña del penitente debajo de la seda del traje de corte y de la mantilla blanca de los toros; cada vez que se evoque su nombre, el hombre que no salude con respeto y con amor, no es otra cosa más que una mujeruca más de este país afeminado y envilecido. 

E. Torralva Beci (2)

El Socialista, 2 de junio de 1917

Notas

(1) Eduardo Torralba Beci (Santander, 18/4/1881- Madrid, 25/2/1929). Abandonó los estudios de seminarista para dedicarse a la actividad política. Llegó al socialismo de la mano de Daniel Anguiano. Fue presidente del primer Comité de las Juventudes Socialistas de Santander, creado en 1904. En 1909, al crearse en Santander la Conjunción Republicano Socialista, fue nombrado presidente de la Comisión Mixta de Juventudes y dos años más tarde fue elegido concejal del ayuntamiento de Santander. Trabajó como redactor en El Cantábrico  y dirigió el semanario socialista La Voz del Pueblo. Se trasladó a Madrid en marzo de 1913 para ingresar en la redacción de El Socialista que dirigió desde noviembre de 1914 a octubre de 1915. En 1920 se convirtió en concejal del Ayuntamiento de Madrid y fue uno de los fundadores del Partido Comunista.  

 (2) En ocasiones, como es el caso, su apellido aparece escrito así.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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16 enero

255. Virginia González: lo que faltaba

 

Habíamos leído textos elogiosos de ilustres personajes. Los habían reunido a modo de homenaje. En la mayor parte de los casos no eran más que unas líneas, sin ninguna otra referencia. Estaban firmados por Benito Pérez Galdós, Ramón de Campoamor, José Francos Rodríguez, Roberto Castrovido, Fernando Dicenta, Luis Bonafoux o Virginia González. Aparecieron publicados en un folleto que, a modo de explicación, había editado la Junta Municipal de Enseñanza de Madrid con el objetivo de que el vecindario del distrito de La Latina conociera quién era la mujer que daba nombre al nuevo grupo escolar (⇑) que allí se había construido. Más tarde los mismos textos fueron reproducidos en Rosario de Acuña en la escuela, el primer volumen (luego resultó ser también el último) de la iniciativa de Regina Lamo para dar a conocer la obra de su buena amiga.

De algunos de ellos, como el que firma José Nakens (⇑), conocemos el texto completo del que forma parte; de otros, nada más. Es el caso del escrito firmado por Virginia González, del cual tan solo se podía deducir el periodo en el que había sido escrito y el suceso que rememora.

Fotografía de Virginia González Polo publicada en 1918

«Sabíamos que la puerta de la casita solitaria –situada en un alto a orillas del mar–, que nunca se abría a ninguna visita convencional, quedaba de par en par cuando se acercaban a ella los obreros.Tardes inolvidables en las que, cogidas del brazo, marchábamos por aquellos acantilados hablando de tantas cosas. Hablando del problema social, como una iluminada, profetizaba el gran cataclismo que pondría fin al régimen capitalista. La gran escritora ha muerto pobrísima. Ha sido perseguida y ultrajada por la prensa burguesa. Por decir grandes verdades ha sufrido grandes amarguras.¡Descansa en paz, mujer admirable! El cataclismo social que predecías se está realizando, y el mundo cambiará de estructura haciendo a los hombres más buenos, más inteligentes, más libres. ¡Una pena que ni tú ni yo podamos asistir al alumbramiento de la nueva vida!»

De la lectura de esas ciento treinta y seis palabras resulta evidente que fueron escritas tras la muerte de Rosario de Acuña; quizás formaran parte de un texto en el cual, como otros que se hicieron públicos en los días inmediatos a su fallecimiento, pretendían homenajear a nuestra protagonista. Sabemos también de qué está hablando: el momento en el cual estas dos mujeres se conocieron en Turón en el verano de 1919 (⇑), con ocasión de la visita de Virginia a Asturias para participar en una serie de actos. Lo sabemos gracias a la prensa de entonces y también al testimonio de doña Rosario, que rememoró ese momento en un escrito publicado en El Socialista (⇑) con ocasión del Primero de Mayo del año siguiente.

Virginia González Polo llegó a Asturias precedida por una intensa actividad política y sindical que había iniciado a los veinte años de edad en el ámbito de las sociedades de zapateros, su oficio desde que con tan solo nueve comenzó a trabajar como guarnecedora. Integrada en las filas socialistas desde finales de siglo, en 1915 se convirtió en vocal del Comité Nacional del PSOE y un año después ocupó el mismo puesto en la dirección de la UGT. Además de ser la primera mujer en formar parte de la Ejecutiva del partido socialista y la primera también en la dirección de un sindicato en España, fue una de las integrantes –la única mujer– del Comité de la huelga general de agosto de 1917, huelga en la cual a Rosario de Acuña también le atribuyeron algún que otro papel (⇑).

Hace unas semanas el profesor e investigador Manuel Almisas Albéndiz (⇑) tuvo la gentileza de enviarme algunos ejemplares del semanario La Antorcha, Órgano del Partido Comunista de España. En uno de ellos, publicado pocos días después de la muerte de doña Rosario,  aparece el texto íntegro de Virginia González, quien en 1921 había abandonado el PSOE para participar en la fundación del Partido Comunista Obrero Español. 

Aquí está:

- - - - -

Rosario de Acuña escribía de vez en cuando algún artículo en periódicos obreros, y recuerdo que cuando uno de éstos caía en mis manos lo leía con avidez, saboreando luego en el fondo de mi pensamiento la grandeza y el atrevimiento de los suyos. 

No hay que decir si yo tendría ganas de conocer a esta mujer excepcional, pero siempre creía que este deseo mío nunca sería satisfecho. 

Un buen día, en una de aquellas excursiones por los pueblos mineros de Asturias, había llegado a Turón y descansaba de las fatigas del viaje.  Una compañera me anuncia que tengo una visita. ¿Quién es? –pregunto un poco descontenta, porque aún no había conciliado el sueño–. «Doña Rosario de Acuña, que quiere conocerla». Salto del lecho y, a medio vestir, me presenté a ella y nos abrazamos como si nos conociéramos de siempre. 

La viejecita admirable me contaba riendo las fatigas que había pasado para llegar hasta allí. No encontrando en Mieres coche que la llevara a Turón a aquella hora y obedeciendo a su deseo, con aquella voluntad de acero, se fue andando unos cuantos kilómetros por un camino muerto, donde a trechos se hacía difícil la respiración, debido a los gases que se desprenden de los grandes montones de carbón extraídos del río.

En fín, pasé dos días contentísima. Recuerdo que al siguiente se daba un mitin al aire libre porque no había local suficiente para albergar aquella multitud. Ella leyó unas cuartillas y el público la aclamó con entusiasmo. 

Después fue en Gijón. Se celebraba otro mitin en el que yo tomaba parte. La gente se apretujaba de tal forma que era imposible materialmente acomodar a nadie más. Por entre aquella multitud se divisaba fuera de la puerta a algunas mujeres que aspiraban a entrar. ¡Qué ajena estaba yo a que entre aquellas compañeras se encontraba ella! Al terminar de hablar se abrió paso entre la multitud con un ramo de rosas blancas y hermosísimas en la mano. «Toma –me dijo llena de entusiasmo– este ramo para ti. Son todas blancas como tu alma». Lloramos silenciosas y el público, ante aquella escena tan sencilla, aplaudía y pedía que hablara ella. Pero la gran escritora, que nunca se había dirigido al público más que por medio de su pluma para decir verdades que asustaban a los pobres de espíritu, delegó en mí y salí del paso como pude. La gente al fin empezó a desfilar haciendo comentarios de lo útil que sería que las mujeres se preocuparan de estas cosas. 

Mi estancia en Gijón se prolongó unos días y  varias tardes, unas veces sola y otras en compañía de algunos camaradas, iba hacia la casita solitaria situada en un alto a las orillas del mar. Sabíamos que aquella puerta, que nunca se abría a ninguna visita convencional, quedaba de par en par cuando se aproximaban a ella los obreros. 

¡Tardes inolvidables en las que, cogidas del brazo, marchábamos por aquellos acantilados hablando de tantas cosas interesantes! Hablando del problema social, como una iluminada, profetizaba el gran cataclismo que pondría fin al régimen capitalista.

Un día, sentadas en uno de aquellos montecillos, contemplando el mar y gozando de la caricia de un aire purísimo, me atreví a preguntarle por la triste aventura que corrió por su célebre artículo dedicado a los estudiantes. 

–Aquello fue brutal –me dijo. Venían como fieras a lincharme y como no me encontraron, arremetieron a pedradas contra mi casa. Los conocía bien y puse tierra de por medio. Emigré a Portugal y recorrí aquel hermoso país andando por carretera. Donde encontraba un arroyo me lavaba, y vivía mi vida. 

¡Mujer fuerte y valerosa! A los setenta años, ella, criada con todo regalo, hija de una familia burguesa, fregaba el suelo y lavaba la ropa. La gran escritora ha muerto pobrísima; ha sido perseguida y ultrajada por la prensa burguesa, por decir grandes verdades; ha sufrido grandes amarguras. Tu recuerdo no quedará en los corazones egoístas, pero vivirá en el alma de los que te conocieron y te trataron. 

¡Descansa en paz mujer admirable! Ya has penetrado en el gran misterio de la muerte. Ya sabrás si existe esa vida de espíritus errabundos que vuelven al mundo de los vivos: idea que al hablar del más allá de la muerte, sin preocuparte grandemente, admitías como posible. 

El cataclismo social que predecías se está realizando, y el mundo cambiará de estructura, haciendo a los hombres más buenos, más inteligentes, más libres. Una pena que ni tú ni yo podamos asistir al alumbramiento de la nueva vida.

Virginia González

La Antorcha, Madrid, 18 de mayo de 1923


Nota. Se recomienda la lectura del interesante artículo titulado «Los últimos días de Virginia González, la primera dirigente obrera del Estado español» (⇑), de Manuel Almisas Albéndiz.




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Algunos se sorprenden cuando afirmo que Rosario de Acuña fue una persona de hondas creencias religiosas. Y no es de extrañar que tal cosa suceda: se hacen eco de sonoras etiquetas etiquetas...



Miguel de Unamuno. Grabado publicado en 191015. Las explicaciones de Unamuno
La ira estudiantil alcanzaba también a Bonafoux y a cuantos no condenaran abiertamente el escrito. En las asambleas se empieza a criticar la posición de don Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca por entonces, de quien se dice que «se había adherido...



Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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