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11 febrero

150. Una viejecita muy aseñorada


«Doña Rosario de Acuña»

Roberto Castrovido


No debemos olvidarla. No la olvido. La conocí personalmente en 1917. Vino a Madrid para formar en la manifestación por la amnistía de los que constituían el comité de huelga (de la de agosto de aquel año), Julián Besteiro, Largo Caballero, Anguiano y Saborit, y los considerados cómplices y encubridores: Ortega, Torrens y otro apellidado también Anguiano, pero que no es pariente del exdiputado socialista y comunista desde que volvió de Rusia.

Fotografía de Roberto Castrovido (Nuevo Mundo, 22-5-1931)
Era una viejecita muy aseñorada y simpática doña Rosario. Menudita, de ojos inteligentes, amena en su conversación, sencilla en su porte, firme en sus ideas, que expresaba con persuasión y dulzura. No era, como creen todavía sus detractores, que después de muerta la persiguen con su odio, un virago fanático, un energúmeno hembra, una diablesa, digna de la caperuza, el sambenito y la soga por collar. No era tampoco, ni lo fue nunca, una marisabidilla, una preciosa ridícula, una presuntusosa propagandista del librepensamiento. Ambos extremistas la caricaturizan. Doña Rosario de Acuña era una poetisa, una escritora y una pensadora que armonizaba sus ideas con sus actos, su filosofía con su vida. Defendía lo que sentía. No era hipócrita. No transigía con el error ni con el mal. Bajo un exterior débil y modesto, se encerraba un alma de bien templado acero.

¡Lo que ha sufrido esa mujer! Lo que la han hecho padecer, sin respeto al sexo, ni a la ancianidad, ni a la virtud, ni a la pobreza sufrida con decoro. Reveses de fortuna, disgustos familiares, denuncias de artículos, la suspensión de las representaciones del drama El padre Juan, destierros, registros domiciliarios, procesos, la burla de los necios, el menosprecio estúpido de los semisabios de la escuela liberal, que por tolerancia, como ellos decían, y, en verdad, por ignorancia de los méritos de la víctima, la abandonaban y la ignoraban, pedreas de los chicos utilizadas por los frailes, calumnias de las mujeres, señuda odiosidad de los que, al fin, odiándola, reconocían su valer. La cruz la hacían las mojigatas; en la cruz la clavaron sus adversarios y, ¡ay!, muchos, muchos de los que debieran ser sus amigos.

Doña Rosario fue halagada al nacer para el arte con su drama en verso Rienzi el tribuno. Era bella, era rica, se apellidaba Acuña. Gozó del aura literaria y sufrió la nube de incienso de la adulación. Tiene –decían algunos de sus panegiristas– ideas atrevidas; pero ya se le pasará. Y no se le pasó. De vieja fue todavía más radical que de joven. Y los que en teoría ensalzan, como una virtud, la firmeza de convicciones, la consecuencia en las ideas, abominaron de la señora Acuña porque no transigió, porque no se amoldó al medio, porque no simuló sentimientos ajenos a su conciencia. Si hubiese ido a misa, aun sin creer en la religión, la habrían adulado sus injuriadores y se habrían vanagloriado con su trato los que la rehuían y rechazaban por creer de mal gusto que una mujer pensara y sintiera y no fuera, como esos espíritus nuevos, acomodaticia, logrera, histrionisa.

Doña Rosario de Acuña escribió con Chíes y Lozano, Salvador Sellés y Francos Rodríguez, don José Ferrándiz y García Vao, de Buen (don Odón) y Dorado, en Las Dominicales del Libre Pensamiento. Escribió en prosa y en verso, y de todo adroctrinó, moralizó, criticó, expuso y pintó.

Se recluyó en una casa de campo de la villa de Pinto, el pueblo famoso por la torre, que todavía se conserva, donde estuvo encerrada la princesa de Eboli, bella tuerta, infiel a su esposo y amante de Felipe II, de Antonio Pérez y, acaso, de Escobedo.

De su estancia en Pinto y de los vítores que, cual flores, le arrojaron al paso del tren Nakens y los que con él iban a Valencia, escribió doña Rosario un precioso artículo para el extraordinario de El Motín de enero de 1923.

En Cajo [probablemente se refiera a Cueto], cerca de Santander, vivió muchos años a la orilla del mar, que esta madrileña amaba, y estando allí escribió en El Cantábrico una serie de artículos notabilísimos sobre agricultura, ganadería, economía doméstica e higiene rural, encaminados a sacudir de las aldeas montañesas la peste de la tuberculosis [Véase la serie de artículos titulada Conversaciones femeninas (⇑) y el texto de la conferencia La higiene de la familia obrera (⇑)]. Luego se estableció en un promontorio cerca de Gijón, donde murió. De ahí creo que salió para Portugal. Ahí escribió mucho, soñó, hizo el bien, sufrió y murió.

En este periódico, en El Noroeste, que siempre fue respetuoso con la mujer y admirador de la poetisa, encontré y comenté en El Pueblo de Valencia, la noticia de la repugnante persecución de los enemigos de doña Rosario de Acuña.

El Noroeste, Gijón, 26-3-1924




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25 diciembre

75. De una visita a Luarca y de lo que allí aconteció


La de los ochenta fue una década crucial en la vida de nuestra protagonista: a principios de 1881 decide alejarse del bullicio urbano para instalarse en una casa situada a las afueras de un pequeño pueblo del sur de la capital; a finales de 1884, después de separarse definitivamente de su marido y de llorar la prematura muerte de su padre, proclama a los cuatro vientos que se alista en el bando de quienes defienden la causa del libre pensamiento; en 1886 ingresa en la masonería convertida en Hipatia...

En este tiempo de mudanza es cuando realiza largos viajes, de varios meses de duración, por la geografía española. Según sus propias palabras, durante once años, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar, salía de Pinto a lomos de una dócil yegua, con escaso equipaje y acompañada Gabriel, por entonces su criado fiel, para conocer los paisajes de la vieja patria en largas jornadas de seis a ocho leguas de recorrido (el equivalente a treinta y tantos kilómetros). Y así durante semanas, recorriendo valles y montañas, visitando aldeas y ciudades, compartiendo ilusiones y esperanzas con cuantos hasta ella se acercaban, hasta que a finales de noviembre regresaban a casa.

El que realizó en 1887 por León, Asturias y Galicia tenía un objetivo especial: «...escribir un librito sobre nuestras comarcas del Norte, sacando a luz a los hijos del pueblo de las montañas y las costas, sobrios, sufridos, trabajadores...». Cuando esto escribía ya apuntaba que pensaba que la aventura era algo atrevida, aunque no sé si cuando lo hacía barruntaba las amenazas y persecuciones que habría de padecer a lo largo del trayecto.

Imagen de Luarca publicada en La Ilustración Española y Americana, 30-7-1875
Puerto y villa de Luarca (1875)

El viaje había comenzado en León en el mes de junio. Doña Rosario y Gabriel se habían trasladado hasta allí en ferrocarril. Tras comprar una yegua para su acompañante, pues la suya había llegado en el mismo medio de transporte, emprendieron camino hacia el norte. A finales de mes ya se encuentran en Asturias, pues hay constancia de que por entonces visitó la fábrica de cañones de Trubia. Durante todo el mes de julio debió de recorrer buena parte de lo las montañas asturianas y no será hasta finales de ese mes o cuando decida poner rumbo a Galicia, con parada obligada en Luarca.

En la villa valdesana la esperan: con entusiasmo los unos, con irritación los otros. Los primeros organizan diferentes actos de bienvenida; Los centinelas valdesanos, le envían anónimos y amenazas. De lo uno y de lo otro tenemos noticia por lo contado en la prensa. Los lectores de Las Dominicales estuvieron informados de todos los detalles, pues el semanario, además de recibir puntualmente las crónicas de Francos Rodríguez y de la propia Rosario de Acuña, copiaba cuanto a propósito publicaban los periódicos regionales. Por una parte los agasajos:

No pudieron ser más gratas las que el numeroso público que llenaba los salones del Casino recibió con la velada literaria musical que se celebró el sábado de la semana pasada.

Aprovechando la estancia en esta villa de la eminente escritora doña Rosario de Acuña y del joven y reputado orador y distinguido médico D. José Francos Rodríguez se organizó esta velada a beneficio de los pobres de Luarca. El celebrado poeta D. Eloy Perillan y Buxó, que se hallaba en Coaña, fue invitado a tomar parte en este festival, y como se trataba de un acto de caridad, contribuyó a la brillantez de la fiesta como no era menos de esperar de su ingenio por todos reconocido.
 
Las Dominicales del Libre Pensamiento, 10/9/1887

Era el primer espectáculo de esta índole que se celebraba en Luarca, y por consiguiente los billetes de entrada eran codiciados por todos.

[...]

Tocole el turno a doña Rosario de Acuña, y al aparecer ante el público, produjo en este general expectación.

Todas las personas que a la fiesta asistían, tenían avidez por verla y escucharla, y al disponerse a leer sus grandilocuentes producciones reinó un silencio sepulcral.

Entre las varias composiciones que leyó, recordamos las siguientes: Las dos nubes, A unas aves, La envidia, La calumnia, Soneto a la libertad del drama Rienzi, Cantares y Lo que dice la gaviota. 

La terminación de cada una de estas composiciones era saludada con una salva de aplausos y en particular los Cantares. Leyó además La mendiga, composición del señor Francos Rodríguez, quien como doña Rosario de Acuña tuvo que presentarse al público en medio de atronadores aplausos.

Por la otra, las amenazas:

Ha llegado a nuestras manos un anónimo dirigido a la insigne escritora doña Rosario de Acuña, por unas mujerzuelas a quien todos conocemos, aun bajo el estúpido y rimbombante seudónimo de Los centinelas valdesanos.

Parece que la mano miserable y encanallada que ha redactado este anónimo se ha atrevido de amenazar de muerte a la simpar escritora, si no cesa en su propaganda de hereje, frase que quizá indica el antro en el que tales bajezas se confeccionan.

Así contaban lo sucedido quienes lo observaban desde fuera. La protagonista de la historia lo vivió como un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. He aquí sus palabras:

Adiós, Luarca; el légamo cenagoso que ocultas bajo tus brillantes exterioridades se alborotó a mi arribo… ¡qué mejor prueba de que nuestros ideales nos hacen gigantes!... Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!... Decidme; quien de tal modo siente la orfandad de venturas; quien de tal modo sustenta el afán de conocimientos, ¿es posible que retroceda?...  
 
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Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 3-9-2010. 




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