Mostrando entradas con la etiqueta Ramón Chíes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ramón Chíes. Mostrar todas las entradas

08 diciembre

201. Alerta en la villa de Pinto


En lo tocante a las mudanzas, el proceso no siempre resulta todo lo satisfactorio que cabría esperar, por mucha ilusión que se hubiera puesto en el lance. Tal parece que el deseable arraigo de quien las realiza depende de algunas imprevisibles contingencias; que la adaptación a nuevos espacios, a nuevas gentes, a nuevas costumbres, requiere de esfuerzos que, en ocasiones, son difíciles de asumir, más aún si lleva aparejados cambios significativos en el rol que hasta entonces se venía desempeñando. Así sucedió en el obligado traslado de Madrid a Zaragoza, ciudad a la que  había sido destinado Rafael al poco tiempo de celebrarse la boda (⇑). Su nueva residencia queda muy lejos de su madre y de su padre, de los familiares escenarios capitalinos en los cuales se había desarrollado su infancia y juventud; también de sus amigos escritores (⇑)  y de la puerta que daba acceso al éxito literario que había entreabierto con el estreno de Rienzi.

Su nueva casa, sita en el camino de Torrero (sí, el de los muertos ⇑), estaba lejos de todo lo que le resultaba familiar y conocido, y en la primera línea de una imprevista realidad: la hipocresía ciudadana. Las calles ya no son el amable lugar donde había transcurrido su niñez y su juventud, extensión del espacio familiar de su crianza; ni siquiera las simpáticas estampas que contempla en sus viajes a Gijón, Alicante, Córdoba, Roma o Venecia. No. La ciudad, cualquier ciudad, eliminadas las vinculaciones afectivas que desprenden sus piedras y los lazos familiares que enraízan su trama urbana, es el desnudo escenario en el que sus habitantes muestran lo más profundo de su ser: sus miedos, sus creencias o sus esperanzas. Allí están los dos solos. Y las cosas entre ellos parece que no van tan bien como ella esperaba. Asoman los primeros síntomas de desesperanza y desengaño.

A la vista de los acontecimientos, es probable que el retorno a la capital, primero, y la instalación en Pinto, después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que, tras poco más de tres años de matrimonio, parece ser que está pasando por una profunda crisis. De ahí el comentario que hizo tiempo después, cuando escribió que no le importaba que «el hombre corriese al placer ciudadano» si era respetado su aislamiento campestre. De ahí también el traslado del militar, a finales de aquel año, a Alcalá la Real para trabajar como agente del Banco de España y su posterior renuncia al trabajo. Rosario y Rafael han decidido cambiar drásticamente su vida para intentar salvar su matrimonio, y aquella quinta situada a las afueras de una pequeña localidad del sur de la provincia de Madrid parece ser un buen lugar para ello, alejada de las futilidades urbanas y a pie de la estación del ferrocarril que le acerca a los suyos. Un cambio de escenario para un nuevo acto: de la alejada capital zaragozana con sus cerca de noventa mil habitantes a la cercana villa madrileña que cuenta con poco más de dos mil habitantes  (2230 según el censo de 1877 y 2421 en el del ochenta y siete).

A principios de 1881 su Villa Nueva está terminada y allí se instala la pareja, tras serle concedido a Rafael el preceptivo permiso para residir en la localidad  y su pase a la situación de supernumerario en el Ejército. Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los cuales, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Tal y como ella nos ha contado,  su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o voltadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Novillada en Pinto. Grabado de M. Vierge a partir de un boceto de M. Ubarrieta (Le Monde Ilustré, París, 14/9/1872)

La mudanza tiene visos de ser exitosa, que el cambio ha sido para bien. Claro está que siempre hay que contar con las imprevisibles contingencias, con los azares y acasos. Resulta que también aquí lo inesperado hizo acto de presencia, para enojo de la nueva vecina que habitaba aquella vivienda cercada de altas tapias:  «así que se concluyó la casa empezaron a romper a pedradas los cristales de la fachada exterior; y pasó un año rompiéndose cristales y poniéndose cristales». Por suerte para ella el Ayuntamiento de Pinto llevaba tiempo intentando conseguir, sin éxito, autorización para organizar una feria de ganados; por suerte para ella al frente de la Dirección de Agricultura se encuentra un pariente suyo (Véase el comentario 128. El primo Pedro Manuel ⇑) y su padre se ha convertido en su mano derecha en el Ministerio. No hubo que esperar mucho tiempo para que se firmara la ansiada autorización que iba acompañada de una dotación de 3.000 pesetas para premios. Con el permiso en una mano y con un arma de fuego en la otra, la nueva vecina se presenta ante el alcalde dejando bien a las claras su firme voluntad de resolver aquel asunto de los cristales:

Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.

Esquela de Felipe de Acuña publicada por el Ayuntamiento de PintoTodo indica que aquella visita surtió efectos inmediatos.  La exposición de ganado del país se celebra en agosto del año ochenta y dos, coincidiendo con las fiestas en honor de la patrona de la villa. A la inauguración acudió el señor director de Agricultura, Industria y Comercio, acompañado de Felipe de Acuña y otros altos cargos del Ministerio de Fomento. Todos contentos. El pueblo de Pinto no podía menos que estar agradecido por los desvelos de su nueva vecina y por las gestiones realizadas por su padre, el jefe del negociado de Agricultura. Tendrá ocasión de demostrarlo meses después, cuando se entere del prematuro fallecimiento de su benefactor. (Véase el comentario 19. El agradecimiento del pueblo de Pinto a Felipe de Acuña y Solís ⇑).

Aunque la celebración de la feria de ganado pusiera fin al asunto de los cristales, la relación de Rosario de Acuña con sus convecinos tuvo sus más y sus menos, y las razones hay que buscarlas en una nueva mudanza, aunque en este caso no implicara un cambio de domicilio. La inesperada muerte del padre parece precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio (⇑): en el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia y Auset en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola; cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Ya no volverán a estar juntos. Huérfana de padre y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida: a finales del año ochenta y cuatro inicia su decidida lucha en defensa de la libertad de conciencia, da comienzo a su campaña de Las Dominicales (⇑); el sábado 20 de febrero de 1886 se apea en la estación de Pinto convertida en Hipatia, el nombre simbólico que había adoptado en la ceremonia de iniciación  que había tenido lugar en la logia alicantina Constante Alona. Tras la mudanza experimentada en estos últimos meses se había convertido en librepensadora y masona, lo cual estimulará alguna que otra reacción por parte de quienes están al tanto de tales asuntos.

Para la mayoría de la población la vida de esta mujer era todo un misterio, lo cual parece ser un buen caldo cultivo para que crezcan todo tipo de fabulaciones. Instalada en una casa rodeada de altos muros y situada a las afueras del caserío, casi nadie la conocía. Apenas salía, y cuando lo hacía era para recorrer el pequeño tramo que separaba su casa de la estación. Allí tomaba un tren para acercarse a Madrid o para iniciar una de aquellas expediciones que realizaba a lomos de un caballo recorriendo durante varios meses la geografía patria. Pocas eran las personas que podían haberla visto, pues no se la recuerda caminando por el pueblo, tampoco se la había visto nunca en la misa dominical. Y eso no pasaba desapercibido en una villa en la que la totalidad de sus habitantes se declaran católicos. En cualquier caso, también existe constancia de que durante el Sexenio germinó en la localidad alguna semilla de disidencia, que en el sesenta y ocho se constituyó un comité  progresista presidido por Francisco Ortiz de Lanzagorta; que un año más tarde lo hizo el comité republicano del distrito de Getafe, siendo elegido vicepresidente el representante de Pinto José Mondéjar Bautista; y que algunos de los disidentes de entonces aún mantienen activos sus ideales, como es el caso de Tomás Pareja, quien en los primeros años setenta fuera alcalde del «Ayuntamiento constitucional de la villa de Pinto».

No es de extrañar que sea en este reducido grupo donde Rosario de Acuña encuentre la mejor acogida; no es de extrañar tampoco que, cuando Las Dominicales del Libre Pensamiento pone en marcha una campaña para auxiliar económicamente a las víctimas de la epidemia de cólera que asola Murcia, acuda a ellos en busca de apoyo:

Ya saben ustedes mis propósitos de coayudar a sus elevadas intenciones respecto a los desgraciados habitantes de Murcia; pues bien; meditando cómo realizaría mis deseos, con una de esas intuiciones de mujer, adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento y buscando en mi memoria de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea… Miento, no era mi idea, era una idea semejante a la de mis amigos el señor don Ramón Herreros, medico titular de Pinto; el señor don Tomás Pareja, exalcalde republicano del pueblo; el señor don Federico Rubín, teniente alcalde en la actualidad, y el señor Lanzagorta, propietario. Sí, a todos estos señores, a quienes hablé y consulté mi proyecto, se les había ocurrido lo mismo que a mí, así es que no hicimos más que comunicarnos idéntica idea… 

Reunidos en su quinta los anteriormente citados, y alguna otra señora que se sumó al grupo, salieron a pedir por las casas del pueblo en la mañana del día dos de julio de 1885. Tan exitosa fue la jornada, que no pudo menos que coger la pluma para agradecer a sus convecinos tanta largueza: «¡Bendito sea Pinto!». Es comprensible el entusiasmo que rezuma su escrito (⇑), aunque aquella generosidad no implicara necesariamente un ejercicio de tolerancia hacia el semanario librepensador que promovía la campaña, ni hacia quienes integraban la petitoria comisión; lo más probable es que obedeciera a un ejercicio de caridad al que, según parece, la población debía de estar bien acostumbrada, pues no en vano cada año la superiora del colegio de niñas huérfanas de San José organizaba una rifa, con carácter benéfico y aplicación de sus productos en favor de dicho establecimiento. Fuera por la razón que fuera, Rosario de Acuña se mostraba entusiasmada con la respuesta de sus convecinos: «jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico». A pesar de aquella comunión coyuntural de sentimientos entre gentes de diversas creencias, los vigías del clericalismo reinante parece que estaban muy alertas para no dar tregua a quienes pudieran suponer un peligro para la religión católica, la única de la nación española.

Fábrica de chocolates de la Compaía Colonial (ilustración publicada en la revista Escenas Contemporáneas en 1882)

Pocos meses después de tan satisfactoria jornada, aquella señora apenas conocida que vive a las afueras de la villa (⇑) se apea del tren correo procedente de Alicante convertida en una hermana masona, en Hipatia. La noticia no tardará en conocerse, pues en la villa, aunque pocos, hay lectores de Las Dominicales y en el semanario se ha escrito al respecto. Algo más de que hablar. Los dimes y diretes no se aquietan, alentando los recelos, y estos, ciertamente, no debían de estar motivados por su condición de foránea, pues quince de cada cien  habitantes de la villa han nacido como ella en otros lugares de la provincia; incluso hay una treintena que vieron la luz en la vecina Francia, llegados probablemente cuando la Compañía Colonial, propiedad del también francés Jaime Meiric Saisser, abrió en Pinto una fábrica de chocolates. Tampoco cabe pensar que fueran debidos a su actividad literaria, pues en una casa no muy alejada de la suya residía Enrique Pérez Escrich, un exitoso escritor de novelas por entregas, autor de alguna tan conocida como El cura de aldea. Más bien parece que lo que motiva la atención y la alerta es el contenido, lo que escribe, el hecho de que sus escritos son obra de una activa luchadora en defensa de la libertad de conciencia y, también, de una masona. Estos tres conceptos (librepensamiento, masonería, mujer) bastaban para alimentar –convenientemente aliñados– todo tipo de recelos, suspicacias y temores en la población, la mayoría de la cual no sabía leer ni escribir (siendo aún más alta la tasa de analfabetismo en las mujeres, y en ambos casos con porcentajes sensiblemente superiores a la media provincial).   

Paradójicamente, la estación del ferrocarril –una auténtica puerta abierta para la modernidad de la villa desde que en 1851 quedara conectada con la capital–, se convertirá en el principal instrumento activador de las alertas. El tren es el medio de transporte que utiliza Rosario para trasladarse a uno y otro lugar, para ir y volver a Madrid, para viajar a León e iniciar allí aquel largo viaje a caballo por las tierras del Norte (⇑), para retornar a casa tras la ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona. El tren será también el medio que utilicen quienes la visitan en su quinta campestre. Forasteros que se acercan de tanto en tanto a aquella casa apartada, de la cual tiempo hace que está ausente el marido de la propietaria, una mujer bastante joven, pues aún es treintañera. Allí se apean librepensadores, republicanos y masones como Rafael Sevilla (director de la Unión Democrática de Alicante) o Ramón Chíes (codirector de Las Dominicales del Libre Pensamiento), pero quienes los ven acercarse a Villa Nueva no tienen por qué saberlo. La llegada del ferrocarril a Pinto, que había impulsado la demanda de fincas rústicas y urbanas del término municipal (en los años sesenta se habían vendido algunas de las viviendas más señaladas de la población, como una casa que había pertenecido al marqués de Pejas y otra propiedad del duque de Osuna y del Infantado), que había posibilitado la instalación en la villa de la fábrica de chocolate, también facilitaba la llegada de algunos foráneos un tanto sospechosos. La estación es la puerta de acceso. Y en el año 1888 habrá un mayor número de entradas y salidas con el mismo destino u origen: la quinta Villa Nueva.

Tras la larga expedición que había realizado el año anterior por las tierras del Norte, la de aquel año de 1888 debió de comenzar más tarde y durar bastante menos de lo acostumbrado, si consideramos  la intensa actividad que desarrolló por entonces en Madrid y sus alrededores: pronuncia dos conferencias (una en enero y otra en abril) en la sociedad Fomento de las Artes; en mayo vuelve al Fomento, en esta ocasión para escuchar a su amiga Ángeles López de Ayala; días después organiza una fiesta del librepensamiento que tiene por escenario su quinta campestre; a finales de junio se desplaza a la cercana localidad de Getafe para participar en la inauguración del colegio-asilo destinado a huérfanos de masones; pronuncia un discurso (⇑) en el acto de instalación de la logia Hijas del Progreso; escribe el folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral (⇑), que es publicado antes de que concluya el año... Aunque los desplazamientos que requiere tanta actividad habrían de dejar un evidente rastro, de salidas y llegadas, creo que lo más significativo para el tema que se trata, tiene que ver con la fiesta anteriormente referida y con una de las dos conferencias.

Fragmento de la crónica de la fiesta celebrada por el Ateneo Familiar
Invitadas por Rosario de Acuña, unas cuarenta personas se trasladaron de Madrid a Pinto para participar en el banquete que había organizado su anfitriona. La llegada de tanta gente forastera, integrante de la sociedad Ateneo Familiar, no pudo pasar inadvertida para nadie. Su presencia fue conocida, mucho antes de que apareciera en las páginas de Las Dominicales la noticia sobre la celebración de esta fiesta. Tampoco es que los presentes hicieran nada por pasar desapercibidos pues, según cuenta el semanario, durante la velada «se bailó, se recitaron y leyeron poesías, se cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo».

Aquellos sones festivos no habrían hecho otra cosa que amplificar el eco de otro suceso acontecido algunas semanas atrás. El sábado 21 de abril la anfitriona de aquella celebración había pronunciado en el Fomento de las Artes la conferencia titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑),  que cosechó una dura respuesta por parte de la prensa confesional. El semanario tradicionalista La Hormiga de Oro, fundado por Luis María de Llauder, testificó solemnemente que la conferenciante «expectoraba las secreciones indigestas de su calenturienta pandorga», víctima de una «fiebre que la tiene cogido el cerebro», y esto de la calentura no debía de ser el único síntoma, pues el cronista diagnostica que el suyo es el «primer caso de deliriums tremens psicológico»; La Unión Católica, diario nacionalcatólico en cuyo consejo de redacción se encontraban figuras tan conocidas como Marcelino Menéndez Pelayo, Joaquín Sánchez de Toca o Alejandro Pidal y Mon, también se despachó a gusto con la conferenciante, y lo hizo desde el mismo inicio (⇑): «¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Cabe suponer que cuando, días después, se celebra aquella fiesta en la quinta Villa Nueva, buena parte de los vecinos de Pinto ya conocen lo que se dice sobre su vecina, pues a no dudar que el párroco tendría alguna referencia de lo publicado en la prensa de orientación carlista o mestiza. Cuestión de tiempo; no tardando,  a quienes lo hubieran leído habría que sumar a cuantos lo hubieran escuchado de boca de sus vecinos más letrados.

Fragmento del artículo «Un discurso de Rosario de Acuña», publicado en el diario La Unión Católica

La situación debió de volverse un tanto incómoda para aquella mujer que recibe tantas visitas de forasteros, que tantos viajes realiza, que celebra animadas veladas en su vivienda. De tal calibre debió de ser el fisgoneo, las murmuraciones y, quizás también, las injerencias de las autoridades municipales, que Rosario acude a Alfredo Vega Fernández, vizconde consorte de Ros y por entonces gran comendador del Gran Oriente Nacional de España, en demanda de auxilio. No tarda mucho el antedicho en ponerse manos a la obra, y en los primeros días de junio de este agitado año de 1888 le escribe una carta a Antonio García Cañabate, a la sazón director general interino del Ministerio de Gracia y Justicia, poniéndole al tanto del asunto. Le dice que la señora de Acuña «se haya amenazada de continuo por las autoridades municipales, que en su natural rusticidad creen terribles conspiradores a los literatos y publicistas que con frecuencia la visitan en su retiro». Tras apelar a la amistad que mantuvo con su padre político, el general Ros de Olano, le suplica «interponga cerca del juez de Getafe, a cuyo partido pertenece Pinto, su valiosa influencia para evitar a la señora de Acuña, tan digna de respeto y consideración por sus virtudes y talentos, las molestias que la rusticidad y malicia de los lugareños pudieran ocasionarle». El señor Cañabate le responde con prontitud. En carta fechada el ocho de junio, le dice que ese mismo día ha escrito «al juez de Getafe en el sentido que ustedes desean a fin de que sea, como debe, atendida la señora de Acuña». Por si no bastara con ello, el señor Vega, quien por entonces mantenía una fluida comunicación con la hermana Hipatia (⇑), se pone en contacto con el secretario de la Guardia Civil y con el gobernador civil de Madrid. Según le cuenta a la interesada, el primero ha dado las instrucciones pertinentes para que «el jefe del puesto de dicha población se ponga a las órdenes de usted»; en cuanto a la otra gestión, da por hecho que el gobernador «habrá escrito al alcalde para que se ponga a sus órdenes y en ningún caso y bajo ningún pretexto la moleste».

Fragmento de la copia de la carta que Alfredo Vega, vizconde consorte de Ros, envía a Antonio Díaz Cañabate (Archivo personal de Rosario de Acuña, Biblioteca Histórica Municipal de Madrid)

Al decir del señor vizconde consorte, todo está resuelto. Sin embargo, un mes después nada parece haber cambiado, según la propia interesada le hace saber a su comunicante en una carta fechada en Pinto el tres de julio. Las referidas recomendaciones todavía no han llegado a Pinto, por más que la villa cuente con una estación de ferrocarril desde el año 1851, y tanto los guardias civiles como el alcalde dicen no saber nada del asunto:

...aquí no ha dado señal de vida ninguna autoridad, y que habiendo yo, particularmente, preguntado al cabo del puesto de la Guardia Civil he sabido que no han recibido carta-recomendación alguna. Lo mismo he hecho con el alcalde, que es persona muy fina y que alguna vez me visita; tampoco ha recibido nada. Se lo digo solamente para que, estando en autos, no tenga que agradecer favores que no le hayan hecho: siempre es bueno saber a qué atenerse.

Desconozco si, al fin, las gestiones de don Alfredo Vega resultaron eficaces, si en algún momento, a lo largo de los tres años que aún permanecerá Rosario de Acuña en la villa pinteña, se desactivó la alerta vigilante que se cernía en torno a la quinta Villa Nueva. De no haber sido así,  el fisgoneo, las murmuraciones y, quizás también, las injerencias de las autoridades municipales, habrán continuado, pues ella no cambió un ápice,  mantuvo activa su lucha por la libertad de conciencia durante todo ese tiempo. Lo que sí sabemos es que cuando decida poner fin a la campaña de Las Dominicales (⇑), cuando se marche de Pinto (retornando primero a Madrid para curarse de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte, y más tarde a las tierras del norte para iniciar en las riberas del océano una nueva etapa en su vida), en aquella villa la luz también terminará por atravesar la densa y negra capa del oscurantismo reinante: de tanto en tanto el corresponsal-distribuidor del semanario librepensador –que responde a las iniciales MC– solicitará al administrador del periódico un aumento en el número de ejemplares; y algunos vecinos, sin temer a las murmuraciones, proclamarán también –como antes hiciera la ilustre convecina– su adhesión a la causa.


«¡Bendito sea Pinto!»




También te pueden interesar


Paula Moya dando vida a Rosario de Acuña en la obra 253. La última casa de Rosario de Acuña, puro teatro
En 2006 el grupo de teatro La Máscara estrenó en el gijonés CM de El Llano La última casa de Rosario de Acuña, obra en la que la actriz Paula Moya da vida a Rosario de Acuña con varios monólogos completados con escenas grabadas en el exterior...


Portada del libro187. Mujeres en la Historia
La de Rosario de Acuña es una de las biografías que integran la colección Mujeres en la Historia que edita el diario El País, compartiendo espacio con Isabel de Castilla, Simone de Beauvoir, Victoria Kent, Marie Curie o Cleopatra. Será este próximo domingo, día 12, cuando...



San Francisco en meditación, de Francisco de Zurbarán145. Un admirador en la otra orilla
En una orilla –la que por su origen y educación para ella estaba reservada– ha dejado a buena parte de sus amigos y familiares. En la de enfrente –por ella elegida tras largas y profundas meditaciones– vitorean el nombre de la recién llegada. Alguno hubo que, cautivado...



Fragmento del escrito de la Agrupación Feminista84. El apoyo de la Agrupación Feminista Socialista
Desde aquel día tuvimos preparados los hatillos para ingresar en la cárcel, pues, pensando lógicamente, suponíamos ir a parar allí, toda vez que, por la ciudad, la traílla policíaca honoraria decía...



Francisco de Goya, «Las brujas»2. La casa del diablo
Su activa militancia en el bando de los heterodoxos le supuso todo un rosario de penalidades: insultos, desahucios, procesamientos, exilio... y la inquina de algunos de sus vecinos. Aquí se da cuenta de un artículo en el que se prueba su condición de bruja...

Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com
 

06 octubre

197. La campaña de Las Dominicales (1884-1891)


Diciembre de 1922, setenta y dos años. Guerra de Marruecos. Tras la derrota de Annual, en la que perdieron la vida cerca de once mil soldados españoles, el Gobierno encargó una investigación de lo ocurrido. Al conocerse que en el denominado informe Picasso se ponía en evidencia la negligencia e irresponsabilidad del alto mando militar, un clamor popular recorre el país exigiendo responsabilidades. Rosario de Acuña, indignada por cuanto se va conociendo, decide luchar contra la desesperanza y la resignación utilizando el arma que mejor domina: toma la pluma y da forma a tres escritos que, con el mismo título («¡Justicia!... ¡Justicia!... ¡Justicia!»), dirige a las mujeres (⇑), a los masones y al pueblo. En el primero de ellos escribe:

¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión.

Enero de 1923, setenta y dos años. En una inclemente noche, una  goleta naufraga en el litoral gijonés, en la zona de los acantilados de El Cervigón en cuyas proximidades se ubica la casa de Rosario de Acuña. Dos marineros fueron tragados por el mar; los otros dos, tras ser rescatados por unos jóvenes que se lanzaron al agua,  son trasladados a la vivienda de la escritora, donde se les facilitó ropas de abrigo y recibieron las primeras curas. El naufragio pone en evidencia, una vez más, que los hombres de la mar están abandonados a su suerte. La pluma de aquella anciana sale de nuevo a la palestra reclamando justicia (⇑), una vez más:

  con todos los millones que hace treinta años se están tirando al mar en el ¡¡GRAN PUERTO DEL MUSEL!!, ¿no se hubiera podido quitar algunas rebañaduras siquiera para tener siempre dispuesto un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo de caja impermeable y hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS, para todos los casos que, como el de la Virgen del Carmen, puedan darse en estas costas inmediatas a la villa? El puerto del Musel, donde se embarcan, enriqueciendo a los ricos, qué sé yo cuantos miles de toneladas de mercancías al año, deja sin auxilio ni salvación a los pobres hijos del mar…

Atenta observadora del comportamiento humano, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Y así fue hasta sus últimos días, como prueban estos textos, escritos y publicados tan solo unos meses antes de su muerte. Por si no bastaran como ejemplo, ahí están los dos registros que los guardias civiles realizaron en su casa con ocasión de la huelga general de 1917, porque las autoridades recelaban de sus escritos de entonces (⇑) («¿No es hora ya de que los que ansían vivir se recojan en una fuerte mesnada y, CLAMOROSAMENTE, ENTUSIASTAMENTE, FERVOROSAMENTE, pidan, o EXIJAN ser tomados en cuenta en la vida de la Humanidad?»); ahí está también «La jarca de la Universidad», su dura respuesta a la agresión sufrida por una universitaria a la salida de las clases a las que asistía en la universidad madrileña, un escrito que la llevó al exilio (⇑), que la condenó a padecer estrecheces y penurias. A pesar de todo, estas y otras más fueron batallas que no buscó, que salieron a su encuentro, que no pudo eludir. De hecho, por más que la suya fuese una vida de lucha, tan solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semajantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.

Cabecera del primer número de Las Dominicales

El levantamiento del general Martínez Campos pone fin a la revolución de 1868 y posibilita el proyecto de restauración borbónica planeado por Cánovas: tras la proclamación de Alfonso XII se pondría en pie un régimen en el cual la soberanía estuviese compartida entre el monarca y el pueblo, representado por dos partidos políticos, el conservador y el liberal, que se turnarían en el poder. Para proteger su proyecto, para poner a salvo al monarca y al nuevo régimen de las críticas,  el Gobierno canovista ató corto a la opinión publicada. Aunque la constitución de 1876 ampara el derecho a la libertad de expresión, lo cierto es que la Ley de Prensa de 1879 supuso una auténtica mordaza para periódicos y revistas, con una profusa tipificación de delitos y la creación de tribunales especiales. Con la formación del Gobierno de Sagasta en febrero de 1881 se inicia el turno de partidos y se abre un nuevo tiempo para la prensa: se indulta a los periódicos y periodistas que estuvieran cumpliendo penas de suspensión  y se inician los trámites para elaborar una nueva ley. Los datos que trascienden del proyecto (desaparición del depósito previo, de la necesidad de obtener una licencia para editar, de los tribunales especiales...) presagian nuevos tiempos. El escenario parece bien diferente, tanto que, sin esperar a que el 30 de julio la Gaceta publicara la Ley de Policía de Imprenta del Gobierno fusionista, el 4 de febrero de 1883 sale a la calle el primer número del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento (DLP).

En la cabecera figuran como redactores Ramón Chiés y Demófilo, seudónimo de Fernando Lozano; poco más abajo aparece su primer manifiesto, el texto en el cual dan cuenta de la razón que les impulsa a poner en marcha tal empresa: 

La Monarquía está, ante el Derecho, muerta; la Religión del simbolismo está muerta; el espíritu del tercer estado, o clase media, que vino a gobernar tras la gloriosa Revolución francesa, está depravado y corrompido por el influjo de las riquezas. Queremos demostrar noble y francamente al público las llagas de esas instituciones decrépitas, no buscando el apoyo en las bayonetas, que sostienen esos restos de un mundo que se desmorona a nuestra vista, sino en la noble y severa razón. Venimos a decir a la Monarquía y a la Iglesia "¡Paso al espíritu del siglo!"...

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
A partir de aquel primer número, las cuatro páginas del semanario se convertirán en el punto de encuentro de quienes se hallan en los arrabales del régimen canovista: librepensadores, republicanos, anticlericales, deístas, masones, teósofos... No admite anuncios de pago y los que aparecen en la contraportada, de inserción gratuita,  muestran su simpatía por la Institución Libre de Ensañanza, la Sociedad Protectora de los Niños o la Asociación para la Enseñanza de la Mujer...  ¡La mujer! Conscientes de que su ausencia puede ser el flanco más débil de aquel proyecto que acaba de ver la luz, en el número dos se inserta un llamamiento a su participación «¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuánto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!».

Rosario de Acuña y Villanueva vivía por entonces en una quinta campestre situada a las afueras de la localidad de Pinto. Concluida la etapa que la pareja pasó en Zaragoza (⇑), su marido había pasado a la situación de supernumerario en el Ejército, integrándose en la plantilla del Ministerio de Fomento como visitador de Agricultura e integrante del equipo de Gaceta Agrícola, publicación en la que ella colaborará. La relación entre Rafael y Rosario parece que ha mejorado.

Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco en el que vivía ilusionada, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores.  Su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o volteadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus múltiples expediciones por los caminos patrios; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

La nueva vida en el campo parece satisfacerla plenamente. No obstante, aquella aventura vital, aquella nueva esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. En el mes de enero de 1883 fallece su padre (⇑), joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. Un mazazo en la incipiente ilusión recuperada: la muerte «vino a recoger de mi lado el más querido, el más idolatrado de cuantos seres me rodeaban».

La muerte del padre debió de precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio. En el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola. Cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Desde entonces sus vidas discurrirán por alejadas trayectorias. Huérfana de padre («un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades») y definitivamente separada de su marido (⇑), los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Aquellos fueron meses de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; fueron meses de reacomodo,de cambio, de metamorfosis.

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
Fue en ese tiempo cuando, por casualidad, se produjo su encuentro con el semanario librepensador. Volvía de la capital con varios paquetes envueltos en papel de periódico. Al desenvolverlos, sus ojos repararon en un título que nunca antes había leído: Las Dominicales del Libre Pensamiento. Allí se encontraba, hecho tinta, encarnado, el ideal de libertad. Al ojear sus páginas, al leer sus escritos, al desmenuzar sus frases, su ser se estremeció ante aquel ejemplo real, lo tenía entre sus manos, de lo que para ella había sido hasta entonces parte de un ideal inalcanzable, al menos en aquella sociedad que le había tocado vivir: por las cinco columnas de cada una de aquellas páginas rezumaban las esencias de la libertad, de la justicia y de la fraternidad. Tras este primer encuentro con el aún joven semanario, Rosario se convirtió en fiel lectora de sus páginas: «¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar, para resumir mejor la síntesis de cada uno de sus artículos!». Tenía delante de sus ojos lo que para ella era «el grito primero, el más valiente, el más conmovedor y el más imposible de ahogar de un pueblo que despierta...». Tan solo veía un problema, tan solo encontraba un punto débil en aquel proyecto: «¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!». 

¡La mujer! Confinada en el hogar, adormecida su capacidad de aprender, de pensar por sí misma, desconocedora de «la fe de la naturaleza, de la ciencia y de la humanidad», se cobija en cuanto le inspira confianza, en aquello que le enseñaron en su niñez: es presa fácil del púlpito y del confesionario, queda a merced de los enemigos de la libertad. Convencida de que no se puede vencer en aquella batalla sin entrar en lo más íntimo del hogar, convencida de que resulta imprescindible cubrir aquel flanco, Rosario de Acuña y Villanueva decide dar un paso al frente, haciendo pública su adhesión a la causa del librepensamiento (⇑), con el firme propósito de «combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

Con la publicación de aquella carta dirigida a Ramón Chíes, que vio la luz el 28 de diciembre de 1884 en la portada del número 98 de DLP bajo el título «Valiosísima adhesión», Rosario de Acuña sale decidida a la palestra, presta a combatir: «vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder...».

Bueno, en realidad la campaña comenzó algunas semanas antes, con ocasión de la huelga de los universitarios madrileños en defensa del profesor Miguel Morayta, a quien la prensa confesional y la jerarquía católica acusan de haber pronunciado un discurso herético en la lección inaugural del curso. En una nota pública que será ampliamente reproducida en la prensa de la capital, Rosario de Acuña les brinda todo su apoyo (⇑), anunciando que, en el caso de que los estudiantes perdieran la matrícula de honor por encontrarse en huelga, ella costearía el pago de la de uno de ellos, de quien estuviera más adelantado en la carrera y contara con el mejor expediente académico. Su anuncio provocó la reacción de una parte de la prensa («ha de perdonarnos la libre pensadora poetisa [...] el que  hagamos notar que, si es aceptable la mujer literata, no lo es seguramente la mujer política; y que si no suelen sentar mal en su sexo las "medias azules", sienta detestablemente mal el gorro colorado»). En el otro bando, aplauden con entusiasmo. Lo hace otro sector de la prensa (La República, El Porvenir, El Liberal...); también los estudiantes. Una comisión de los universitarios en huelga, encabezada por Luis París Zejín (el mismo a quien dos décadas después convertiría en uno de sus dos ejecutores testamentarios ⇑ ), publica una nota, aceptando el ofrecimiento y agradeciéndole efusivamente su apoyo.

Imagen de la fachada del Café de Fornos (1908)
Aquella nota, aquel apoyo público a los huelguistas, la ha puesto en evidencia. Ya hay quien la tilda de librepensadora... ¿a qué esperar más? Con la decisión ya tomada, tan solo hacía falta la ocasión propicia, y aquella se produjo en el banquete que organizó en el café de Fornos (⇑). Entre los invitados, además de los integrantes de la comisión de estudiantes, se encontraba el profesor Morayta,  el industrial –masón y republicano– Ruperto J. Chávarri, el escritor y diputado Eduardo Gómez Sigura (⇑); también Ramón Chíes. En un aparte, en conversación particular, la anfitriona ya adelantó al codirector del semanario la decisión que había tomado.

No hay duda, pues, a la hora de fijar el momento en el que Rosario de Acuña inicia la campaña de Las Dominicales: finales de 1884, como prueba su carta de adhesión. En cuanto a su finalización, no creo que pueda haberlas, pues, aunque no contemos con documento de similar naturaleza, sí que disponemos de algunas evidencias que nos permiten apuntar que tuvo lugar en el transcurso del año 1891:

Primero, consta por escrito su decidida voluntad de «retirarse del trabajo activo de la inteligencia» a «la crítica edad de cuarenta», y esos eran justamente los años que tenía cuando, en mi opinión, la dio por concluida. Segundo, resulta coherente con tal decisión, que para entonces, decidiese entablar su última batalla (⇑): poner en marcha el proyecto de El padre Juan, un drama al servicio de la propaganda librepensadora,  cuyo estreno tuvo lugar meses después de que su autora hubiera cumplido la cuarta década de su vida. Tercero, tras los coletazos del escándalo que se produce cuando, pocas horas de su estreno, la autoridad gubernativa suspende la representación de esta obra, su firma prácticamente desaparece de las páginas del semanario. En la práctica, su colaboración ha finalizado. Cuarto, por si aún hubiera existido alguna posibilidad de que pudiera reconsiderar su decisión de abandonar por entonces el trabajo activo de la inteligencia, resulta que su dañada salud lo habría impedido. A finales de 1891, queda postrada en la cama víctima de unas fiebres palúdicas que la dejan al borde mismo de la muerte. Esa es la razón por la cual no puede asistir al Congreso Universal de Librepensamiento que meses después se celebra en Madrid, tal y como le explica a su presidente, su amigo Remigio Sánchez Covisa (⇑), a quien envía un lote de ejemplares de El padre Juan con el encargo de que se entreguen a cada uno de los representantes que asistan al citado congreso (así también se lo hace saber al director de DLP (⇑), en un comunicado en el cual hace pública la razón de su ausencia); y quinto, en los inicios del verano de 1892, tras varios meses de padecimiento, en una dedicatoria al médico (⇑) que la ha atendido en su enfermedad le cuenta que está  «próxima a marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano»: propósito que parece confirmar que ha concluido la campaña, que tiene en mente iniciar una nueva etapa en su vida. Y así sucederá: apenas unos años después la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. En consecuencia, habremos de convenir que la campaña de Las Dominicales discurre en el periodo comprendido entre finales de 1884 y 1891.

A lo largo de estos siete años Rosario de Acuña se entrega a la tarea de combatir a los enemigos de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre, y el semanario dirigido por Chíes y Lozano se convierte en el instrumento más eficaz de la campaña. Sus escritos, que son recibidos con entusiasmo por quienes, de una u otra forma, se oponen al imperio del pensamiento único, aportan altas dosis de ilusión y fecundo sustrato ideológico a los suyos ( ¡Ateos! ⇑, Hipatia ⇑, Se lo merecen ⇑, La ramera ⇑...). Su palabra –ariete demoledor del oscurantismo, al tiempo que vigoroso acicate para quienes lo padecen– es seguida con expectación por un creciente número de mujeres, como bien prueban las adhesiones y cartas de agradecimiento que regularmente aparecen publicados en sus páginas. Tal y como se cuenta en el comentario 171. Mujeres en lucha (⇑),  la lista se va ampliando semana a semana; cada vez son más las que, siguiendo su testimonio, van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». Una de ellas, Amalia Carvia Bernal, recordará años más tarde la trascendencia que tuvo la campaña de Las Dominicales para el despertar de la mujer española:

En las últimas décadas del pasado siglo, se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España, que algunos de los presentes quizá recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensoras del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la Iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos las que, oyendo cánticos de alondra mañanera, sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz...
 
Quienes la escuchan son mujeres de toda España, pues durante los siete años de campaña, su voz se desparrama por la geografía patria alcanzando localidades pequeñas y recónditos rincones; en cualquier lugar donde se encuentre un corresponsal de DLP, hasta allí llegarán sus palabras, su testimonio, las noticias de su lucha, la última hora de su campaña... En las páginas del semanario aparecerá todo cuanto con ella tenga que ver: las colaboraciones que envía a sus directores, pero también las conferencias que pronuncia, los escritos que se publican en otros periódicos, las noticias de sus viajes, las reacciones que provoca su presencia, las persecuciones, los insultos, las denuncias...

Durante estos siete años de lucha no desaprovechó ocasión para combatir a cuantos habían sumido a su patria en el oscurantismo, y lo hizo en diferentes frentes, con distintos medios:

A la hora de buscar posibles aliadas en aquel desigual enfrentamiento, eran escasas las opciones existentes, pues apenas unas pocas habían conseguido desembarazarse del férreo control clerical y solo algunas habían logrado fraguar algún tipo de colaboración entre ellas. Tal era el caso del movimiento espiritista que se había formado en torno al semanario La Luz del Porvenir, fundado por Amalia Domingo Soler en 1879. Escrito por mujeres y dirigido a las mujeres, sus páginas estuvieron siempre abiertas a cuanto tuviera que ver con la defensa de los derechos de la mujer, el librepensamiento y el laicismo. Desde los inicios de su campaña, Rosario de Acuña encontró en aquel círculo de mujeres un fiel aliado y la revista se convirtió en altavoz de su palabra, reproduciendo con prontitud los escritos publicados en DLP. No obstante, había otro grupo que para su empeño tenía un mayor valor estratégico: la masonería, institución que vivía por entonces una etapa de expansión y de apertura a la presencia de la mujer, con logias integradas exclusivamente por mujeres (las llamadas «logias de adopción») o con logias mixtas; en ambos casos, con los mismos títulos, rito y derechos que el hombre. Dado el creciente número de mujeres que ingresan en la masonería (con un censo de varios centenares en el último cuarto del siglo XIX), aquel parece ser un bastión estratégico. Tras su ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona que tuvo lugar en febrero de 1886, Rosario de Acuña participa en diversos actos institucionales de la masonería  (inauguración del colegio-asilo de Getafe (⇑), promovido por el Gran Oriente Nacional de España; instalación de la logia de adopción Hijas del Progreso ⇑), al tiempo que mantiene contactos con algunos de sus más destacados representantes (tal es el caso de su  entrevista con la infanta María Olvido de Borbón (⇑), protectora de la masonería de adopción).

Fragmento de la portada del ejemplar en el que se da cuenta del interregotario

b) Acostumbrada a recorrer el suelo patrio a lomos de un caballo, las expediciones que realizó durante la campaña debieron de ser muy útiles a sus propósitos, en tanto en cuanto le permitían conocer de primera mano los efectos que surtían las batallas que entablaba, al tiempo que ponía en evidencia las secuelas del fanatismo que se encontraba a su paso. Gracias a las comunicaciones que envió a Chíes y Lozano, conocemos con cierto detalle la expedición que llevó a cabo en 1887 por León, Asturias y Galicia y de la cual he dado cuenta en un comentario anterior (⇑). Su llegada a las localidades que visita no pasa desapercibida para nadie: quienes ansían el triunfo de la libertad de conciencia,  la agasajan; quienes la ven como una atea, una enemiga de la religión católica («la única de la Nación española»), la rechazan, la insultan, la amenazan, la denuncian. Ejemplos de este dispar recibimiento, evidencia de los efectos de su campaña, los encontramos en ¡Luarca!... (⇑),  o en  Mis últimas jornadas (⇑), donde nos cuenta de las peripecias que le acontecen por tierras orensanas (un jinete la persigue, es escoltada por una pareja de la Guardia Civil, hay una denuncia contra ella, es interrogada por el juez de primera instancia de Barco de Valdeorras...). El eco de sus escritos, el rumor de su campaña de Las Dominicales, han llegado a aquellas tierras y su presencia, ciertamente, no pasa desapercibida. Menos aún desde que se conocieran sus comentarios acerca del «atraso, la corrupción y la ignorancia de nuestras costumbres», del sometimiento de las conciencias que ha visto en algunos obreros asturianos y que ha descrito en Restos del feudalismo (Trubia) (⇑), de los horrores del fanatismo religioso, del macabro ritual que protagonizan los endemoniados de Santa Eufemia (⇑). 

Fragmento del ejemplar en el cual se recoge el texto de la conferencia

c) Puesto que tan solo contaba con su palabra como única arma, no desaprovecha tribuna propicia para propagar sus ideas acerca de la emancipación de la mujer. El Fomento de las Artes, una «sociedad de artesanos, artistas, industriales y de todos aquellos que puedan contribuir a la emancipación de las clases trabajadoras», era en los años ochenta un activo centro de educación popular. Por aquel entonces, Rosario había conocido a Anselmo Lamo, sastre de profesión y persona abierta de mente, que no hacía mucho se había instalado con su familia en Madrid. Probablemente fuera su hijo Carlos, universitario por entonces y quizás miembro del grupo con el que la escritora había establecido contacto tras las huelgas estudiantiles de finales de 1884, el primero en relacionarse con ella. Sea como fuere, parece que Anselmo no tardó en encontrar en la capital los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en la provincia de Jaén, de donde era originaria la familia, y que cuando Rosario de Acuña conoce a la familia Lamo Jiménez (⇑),  se desenvuelve con soltura en Fomento de las Artes (no tardando será elegido presidente de la sección de sastres de la sociedad). El caso es que a lo largo de 1888 nuestra protagonista pronuncia en aquella tribuna dos conferencias, las dos centradas en la llamada cuestión de la mujer: en el mes de enero, la que lleva por título «Los convencionalismos» (⇑) ; tres meses después la titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑). Aunque las dos tuvieron el mismo tratamiento por parte de los directores de DLP (publicaron el contenido íntegro de las mismas en dos números extraordinarios), la segunda fue la que tuvo una mayor repercusión, pues hubo algunos periódicos que salieron un tanto airados a la palestra. En un escrito publicado por La Unión Católica (que luego reprodujo Faro de Vigo) la conferenciante es tratada como una enferma ya desde el principio: «¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Lo que sigue es del mismo tenor: tacha de pornográfica parte de la conferencia y pone en duda el estado intelectual y moral de la conferenciante. El asunto terminará en los juzgados.

Fragmento de la portada donde se da cuenta de la prohibición de El padre Juan

d) Persecuciones, insultos, querellas, problemas con la correspondencia que no siempre llega a su destino y que en otras ocasiones lo hace con evidentes señales de registro... El primero de noviembre de 1890 cumplirá cuarenta años, «la crítica edad de los cuarenta», el momento elegido para «retirarse del trabajo activo de la inteligencia», ocasión propicia para preparar algo especial, su despedida. Para ello nada mejor que utilizar el escenario para enfrentar la luz del librepensamiento contra la oscuridad del clericalismo, al joven Ramón de Monforte (joven, rico, republicano y librepensador) contra el viejo padre Juan (un sombrío franciscano que domina las conciencias del pueblo y responsable último del asesinato del idealista y desinteresado protagonista): el teatro al servicio de la apología de la libertad de conciencia. Tal y como he contado en un comentario anterior (⇑), tras no pocos esfuerzos, el viernes 3 de abril de 1891 se alza el telón del madrileño teatro Alhambra para presentar en sociedad El padre Juan, drama en tres actos y en prosa. Aplaudieron con entusiasmo y reclamaron la presencia de la autora en el escenario. Bien es verdad que la mayor parte del público asistente debía de comulgar con la causa. No toda, ciertamente, pues a la mañana siguiente el gobernador de Madrid  suspendía las representaciones de la obra. La batalla de El padre Juan se salda con sombras y luces, descalabro económico (ella había corrido con todos los gastos de producción, alquiler del teatro, vestuario, decorados...)  y estimulante cierre de filas en torno a su persona, por parte de quienes ansían una patria libre del pesado yugo de la superstición y el fanatismo. Alejada del campo de batalla, en la tranquilidad de su villa campestre, analizando con mesura los lances de aquella última batalla, resuelve esperanzada que entre la sarta de daños florecen los beneficios. «En cuanto al éxito positivo de El padreJuan, ¡qué éxito!».

La batalla de El padre Juan fue la última de la campaña de Las Dominicales. Tras recuperarse de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte, busca un lugar cerca del océano en el cual iniciar una nueva etapa en su vida. Unos años más tarde de aquel estreno en el teatro Alhambra la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. Por mucho que ansiara alejarse del ajetreo urbano, por mucho que quisiera disfrutar de la Naturaleza, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Por mucho que se alejara del campo de batalla, la suya fue la vida de una luchadora. Pero solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semejantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.



También te pueden interesar

 

Mineros de Minas Etelvinas, 1915 (Asociación Cultural de Amigos del Valle de La Hueria)298. Para los jóvenes socialistas de La Hueria
Resulta que Rosario de Acuña no solo estaba al tanto de la existencia de las Juventudes Socialistas y de sus actividades, sino que también conocía a su fundador. Estaba al tanto de que Tomás Meabe había...



Firma de Felipe de Acuña cuando era estudiante de Leyes 228. Su gran valedor
Es preciso recordar que la autora tiene veinticinco años, y que esas dos notas distintivas –ser mujer y ser joven–, que tanto sorprendieron a los críticos por entonces, no dejan de resultar sorprendentes también en la actualidad, no tanto por...


Portada del libro Rosario de Acuña, <i>Hipatia</i> (1850-1923). Emoción y razón185. Siete miradas a una vida de mujer apasionante
Una vida de mujer apasionante, y una obra literaria y periodística de sumo interés, resumen en pocas palabras el porqué de haber querido reunirse aquí diversas voces especializadas en la figura de Rosario de Acuña...




Cabecera del segundo número de La Voz de la Mujer116. La Voz de la Mujer: periódico comunista-anárquico
Un ejemplo de la amplia repercusión que tuvo el testimonio de Rosario de Acuña lo encontramos en La Voz de la Mujer, una publicación editada en Buenos Aires a finales del siglo XIX por iniciativa de un grupo de mujeres de filiación filiación... 
 

Fotografía de Lidia Falcón publicada en la contraportada de Los hijos de los vencidos45. Carta de Lidia Falcón al diario Público
La autora agradece el contenido del artículo titulado «Memoria del Olvido» que Félix población dedicó a Rosario de Acuña. En su escrito apunta algunos datos sobre las relaciones de su familia con la librepensadora...



Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com
 

04 septiembre

176. Republicana


Dibujo alegórico del triunfo de la República (La Flaca, 6-3-1873)
Tenía veintidós años por entonces y es bastante probable que la proclamación de la República viniera a agitar sus inquietudes, contagiada por la zozobra que a buen seguro sentiría su querido padre, vinculado  –fidelidad obliga– al largo historial de vaivenes estratégicos del general Serrano, quien en más de una ocasión había cambiado de papel, pasando de ser favorito de Isabel II a encabezar la rebelión –junto a Prim y el almirante Topete– que la derrocó. Los Acuña (véase el comentario 175. La sobrina descarriada ⇑) habían ligado su posición política a la de don Francisco Serrano Domínguez, para lo bueno y para lo no tan bueno. En 1868, conocido el triunfo de La Gloriosa, Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, al grito de «¡Viva la libertad y viva la soberanía nacional!», se apresura a constituir y asumir la presidencia de la junta provisional de Andújar; poco después es nombrado gobernador de Jaén; y en los primeros días de octubre estaría entre los andujareños que en la estación de Baeza reciben alborozados al general Serrano, de camino hacia Madrid para presidir el Gobierno Provisional. Tras la proclamación de la República, el general marcha a Francia, a verlas venir. Rosario de Acuña Villanueva, también. Es probable que lo hiciera en compañía de su padre y de su madre. De lo que sí hay constancia escrita es que permaneció una temporada en el sur del país vecino, en Bayona y sus alrededores.

Tal parece que la proclamación de la República había teñido de incertidumbre el futuro de aquella joven, emparentada con la vieja nobleza castellana (⇑), que había crecido escuchando las lecturas que su padre entresacaba de los volúmenes que Modesto Lafuente iba publicando de su Historia General de España. Aquellas lecciones paternales consiguieron que Rosario asumiera aquella visión de la historia común: formaba parte de una nación que hundía sus raíces en la antigüedad y que se había forjado en los principios cristianos y monárquicos. De ahí que el destronamiento de Isabel II no hacía más que agrietar parte del confortable escenario en el que había crecido, razón por la cual no podía compartir de buen grado las muestras de entusiasmo que aquel hecho provocaba en otros compatriotas. De haber visto por entonces la imagen que ilustra este texto (una alegoría del triunfo de la República que insertó en sus páginas centrales la revista satírica La Flaca), cabe pensar que no sería ilusión lo que experimentaría la hija de Felipe de Acuña, sino más bien algo parecido a la zozobra. Al menos eso parece deducirse de algunos de sus escritos de entonces.

En la Bayona francesa, donde reside por entonces, publica un folleto titulado Un ramo de violetas (⇑), que tiene por destinataria a la mismísima Isabel II, exiliada en el país galo. En sus páginas manifiesta bien a las claras la lealtad y consideración que siente por la destronada reina: «...pues si bien mi canto nunca llegó a Vuestras plantas, mi amor y mi respeto, siempre lo habéis tenido a vuestro lado». También queda patente la visión que por entonces tiene de los sucesos que acontecen en España: « y el día en que Vuestra patria y la mía, vislumbre la aurora de la felicidad en medio de la oscura noche que la envuelve, cuando la veáis para jamás perderla...». No es este el único escrito en el que muestra a las claras su adhesión a la causa monárquica. Apenas un par de años después saluda con ilusión la llegada del nuevo rey a la restaurada corte canovista con una poesía: Al rey don Alfonso (⇑):

¡Llamado estás a despertar a España
del letárgico sueño en que yacía;
tú borrarás la fratricida saña
que la ambición titánica encendía!
¡Tú la puedes borrar, mi voz extraña
acaso torne el cielo en profecía;
Tú puedes, al tomar nuestra bandera,
hacer del mundo la nación primera!

La derrocada reina conoce estos cariñosos escritos y, en carta fechada en París en abril de 1875, le agradece aquellos recuerdos de su patria que le llegan impregnados con aroma de violetas, así como los versos que la joven poeta dedica a su hijo. No será esta la única carta que Rosario reciba de quien fuera reina de España.  En su archivo personal (⇑) se conservan otras dos:  en la primera, de finales de abril del setenta y seis, la por entonces madre del rey de España felicita a Rosario por el éxito obtenido con su drama Rienzi el tribuno, al tiempo que lamenta no haber podido asistir al estreno al tener prohibida su entrada a la patria; en la segunda le da la enhorabuena por su reciente matrimonio.
 
Monárquica y católica: Acuña de vieja raigambre, por más que la suya fuera una rama secundaria y que el entorno familiar en el que había crecido respirara un aire más liberal. En cualquier caso y como quiera que las biografías no vienen escritas al nacer, sino que se van construyendo día a día, resulta que las firmes convicciones que hasta entonces había sostenido empezaron a resquebrajarse tras la muerte de su padre («toda la sombra esparcida en mi existencia, que, como humana que es, no está libre de sombras, se extendió fría y desolada en mi derredor»)... y saltaron hechas añicos cuando decidió adherirse al bando que luchaba en defensa de la libertad de pensamiento, tras estudiar durante casi un año los contenidos publicados en el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento («¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar!»). Sombra y luz.

La publicación de su carta de adhesión (⇑) («...vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento, con la mesura del caminante que, viajando solo, ni se precipita ni retrocede») supone también, como es lógico pensar, el abandono de sus anteriores creencias religiosas. Ya no es católica: es público y notorio tanto para quienes la colman de parabienes, como para aquellos que la repudian desde entonces. Aún habrá que esperar hasta que se pueda constatar que también ha dejado de ser monárquica. Tan solo es cuestión de tiempo, pues en aquella redacción, en aquellas páginas, las ideas republicanas afloran por doquier, no sólo en los escritos de Ramón Chíes y Fernando Lozano, codirectores del semanario librepensador, sino en los de buena parte de sus colaboradores entre los que encontramos, con mayor o menor frecuencia,  a José Francos Rodríguez, Odón de Buen, Antonio García Vao, Miguel Morayta, Manuel Curros Enríquez, Salvador Sellés, Francisco Pi y Margall o Joaquín Dicenta, cuya militancia republicana es de sobra conocida. Tan solo es cuestión de tiempo, pues como ella misma afirma en una carta fechada en 1888 y dirigida a Antonio Ros de Olano, vizconde de Ros, «allí donde mi nombre aparezca con alguna representación ha de respirarse el ambiente librepensador, republicano, anticatólico...» . Era cuestión de tiempo... y hubo que esperar.

En una carta abierta dirigida a Anselmo López (quien probablemente fuera el primer presidente del Sporting de Gijón tal y como planteo en un comentario anterior ⇑) publicada a principios de 1917 doña Rosario, en una larga descripción retrospectiva de sus años de lucha en defensa de la libertad de conciencia, nos cuenta que en cierta ocasión, encontrándose en la zona en la cual se unen las tierras cántabras y palentinas, decidió ascender a lo más alto del pico Cordel portando una gran bandera; y que, una vez alcanzada la cima situada a más de dos mil metros de altura, puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre...». No consta cuándo tuvo lugar tal ascensión. Quizás fuera en los años ochenta, en alguna de las expediciones a caballo (⇑) que por entonces acostumbraba  realizar  recorriendo durante meses las tierras patrias; quizás ocurriera más tarde, en los primeros años del siglo veinte, cuando –habiendo dado por finalizada su trabajo de avicultora que con tanto afán había desarrollado en Cantabria– se dedicó a recorrer la Montaña (⇑) y los territorios limítrofes. Aunque este «¡Viva la República!» no tenga fecha, sí que sabemos que en el verano de 1910, al poco de fijar su residencia en Gijón, participó en una manifestación en defensa de la llamada Ley del candado enarbolando una bandera republicana. También que, unos años antes, no dudó a la hora de adherirse a una iniciativa encaminada a reorientar e impulsar el partido republicano. Veamos.


En la primavera de 1902 José Nakens, director del semanario El Motín, hace pública una propuesta a los periódicos republicanos para que tomen la iniciativa y lideren la convocatoria de una asamblea  «que fije y determine la marcha futura del partido», en la que participen cuantos republicanos puedan costearse el viaje para, olvidándose de lo que les diferencia, sean capaces de elegir un líder, «un hombre de autoridad, prestigio y voluntad», que ponga al partido «en condiciones de lucha». Se trata de logar el partido republicano y no un (otro) partido republicano y así lo entienden los periódicos y exsenadores republicanos que se suman a la iniciativa. Tras varios meses de propuestas y contrapropuestas, de réplicas y matices, el 14 de febrero de 1903 se reúnen los representantes de las distintas facciones republicanas y alcanzan un acuerdo: se constituye una comisión «que, puesta de acuerdo con los elementos republicanos que se han declarado, y aún puedan declararse, partidarios de la Asamblea general, prepare y realice con ellos la urgente convocatoria de la misma».  Con el fin de que los republicanos de toda España pudieran participar en aquel proceso de unificación, se publican unos boletines de adhesión en los cuales las personas interesadas designan un delegado que los represente. Pues bien, allí está ella y José Nakens es la persona en quien delega.



Cuarta lista de adhesiones a la Asamblea Republicana

Al fin, el 25 de marzo de 1903 se celebra en el teatro Lírico de Madrid la «magna asamblea republicana» que dio origen a la Unión Republicana, presidida por Nicolás Salmerón. Aquella unificación casi completa de los republicanos (el Partido Republicano Democrático Federal se mantuvo aparte, aunque accedió a una alianza electoral) se tradujo, tal y como predecía José Nakens, en una mejora evidente en los resultados electorales. En las elecciones celebradas en aquella primavera, la Unión Republicana obtuvo treinta y seis diputados, algunos de los cuales contaban con la amistad y admiración de la republicana Rosario de Acuña. Tal es el caso de Miguel Morayta (⇑), Joaquín Costa (⇑), Melquíades Álvarez o Nicolás Salmerón (Exoristo, uno de sus hijos, era uno de los invitados habituales (⇑) a la casa de El Cervigón). A ellos habría que unir los nombres de otros ilustres republicanos que también contaron con su afecto y respeto: Ramón Chíes, Fernando Lozano, José Nakens, Roberto Castrovido, Joaquín Dicenta (⇑), José María Esquerdo (⇑) o Luis Bonafoux (⇑).

Aunque fue reacia a que se la adscribiera a formación política alguna, resulta evidente a la luz de todo lo anterior que no tuvo mayor inconveniente –antes al contrario– a que su nombre figurara en el campo del republicanismo español.




También te pueden interesar 

 

Semanas después del exitoso estreno de Rienzi el tribuno, se casa con un joven militar y traslada su residencia a Zaragoza. Alejada de Madrid, su amigo José Echegaray la representó y asesoró desde la distancia...
 
 

El Santo Oficio (fragmento), Francisco de Goya (Museo del Prado)206. «La caverna y el Patronato Rosario de Acuña», por Regina Lamo
Es el nombre de Rosario de Acuña, la anticlerical, la librepensadora, lo que estorba. Hay que acabar con lo que significa, como acabaron con ella en vida. Es la consigna...


Fotografía de Salvador Sellés publicada en 1928153. La iniciación de Salvador Sellés
Aquella poesía publicada en el mes de mayo del año ochenta y cinco fue su carta de presentación, su iniciación en Las Dominicales. Sus directores no lo conocían, pero su firma llevaba años apareciendo en diversas publicaciones espiritistas, en ocasiones...



En 1917 Rosario de Acuña estuvo en el punto de mira de los gobernantes. La policía efectuó, de madrugada, dos registros en su vivienda. Los organizadores de la huelga general fueron encarcelados... Represión, dolor. ¿Y no lloraremos...



Fotografía del autor (Archivo Fotográfico de la Fundación Pablo Iglesias)67. «La herencia del Cervigón», por Javier Bueno
Rosario de Acuña tenía una casita en el Cervigón, en Asturias, frente al mar. Es posible que ella creyese que tenía una alhaja; pero pudo desengañarse cuando, puesta en el trance de hipotecar la casita...



Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

Pulsa en la imagen para acceder a la página



 
© Todos los derechos reservados – Se permite la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite la procedencia 
Comentarios, preguntas o sugerencias: info.rosariodea@gmail.com