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25 diciembre

67. «La herencia del Cervigón», por Javier Bueno


Fotografía del autor (Archivo Fotográfico de la Fundación Pablo Iglesias)
Rosario de Acuña tenía una casita en El Cervigón, en Asturias, frente al mar. Es posible que ella creyese que tenía una alhaja; pero pudo desengañarse cuando, puesta en el trance de hipotecar la casita, le valió bien poco dinero. Quizá sólo el montante de los réditos la mantenía piadosamente en su ilusión primera.

Luchó Rosario al final de su vida por no perder la propiedad de la casa, que de este modo fue más íntimamente suya; porque si un tiempo había sido fruto de su menguada hacienda, era después hija de su anhelo y su voluntad. Fue pagando intereses, pero redimirla de la carga no pudo por más que lo procuró, y aquí, por si en esta época de biografías cree alguien que merece la pena hacer la de Rosario de Acuña, voy a revelar que cuando en ciertas noches de la semana, al tocar las doce, salía Rosario por la chimenea montada en una escoba (según comprobó y escribió con toda seriedad una persona respetable y verídica) (1), iba a ver si el diablo, a cambio de su alma, levantaba la hipoteca. Pero el diablo no es ya el de aquellos tiempos en que se le ahogaban las piaras; se ha hecho inteligente hombre de negocios, y tomó la propuesta a risa.

Por fin le llegó su hora a Rosario de Acuña; la de morirse quiero decir. Y a sus herederos, la de padecer. Malas herencias las que nos llegan de personas como Rosario; no resuelven nada y obligan a mucho. Los herederos, aunque vencida la hipoteca ya, han seguido pagando los réditos mientras ha durado la condescendencia del hipotecario, el cual ahora pide la casa. Por afán de exactitud pudiera completarse que la casa o el dinero, aunque la situación de los dueños actuales hace por completo hipotético el segundo término del dilema.

Fragmento del artículo publicado en La Voz, 31-10-1927

Se han puesto en campaña para impedir que la casa vaya a manos de quien no se sabe el uso que ha de hacer de ella. Quieren una verdadera ganga: seguir pagando los réditos toda la vida, tan contentos de no ver el Cervigón desviado del sentido que su poseedora hubiera querido darle. Esperemos que se alcance a más. Tal gestión lleva Regina Lamo, sobrina de Rosario, y también mujer y escritora de temple, y con tal persona, que pudiera resultar fácil alarde el decir que, si no, aun pedimos algunos en el Cervigón nuestra parte de herencia; aun creemos que puede ser presa codiciada la casita donde Rosario de Acuña vivió y escribió, por la que luchó y de la que salía, untada, en una escoba; aún no hemos olvidado que Rosario de Acuña no fue de esos buenos combatientes que por sus virtudes merecen el respeto de sus adversarios, sino de los otros, de los mejores, de los que no lo merecen.

Javier Bueno (2)
La Voz, Madrid, 31-10-1927



Notas

(1) Se refiere al artículo escrito por Manuel Álvarez Marrón que fue publicado en el diario La Marina de La Habana en 1912 con el título «La casa del diablo» (⇑).

(2) Javier Bueno Bueno (Madrid, 1891-1939), hijo de la actriz Soledad Bueno y del periodista José Nakens, era redactor de La Voz desde el verano de 1921. Tras su paso por Crisol y Luz, en la primavera de 1933 le fue encomendada la dirección del diario socialista Avance, que se editaba en Oviedo.

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 9-7-2010.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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24 diciembre

66. «En justa respuesta», por Regina Lamo



Fotografía de Regina Lamo publicada en Mundo Gráfico, 24-4-1918 Con emoción hondísima he leído la bella y fiel descripción que el Sr. De la Viña ha hecho, en dos artículos publicados en LA LIBERTAD, bajo el título «La fosa de Rosario de Acuña» (⇑), de la casita solitaria del Cervigón, en que mi ilustre tía vivió y murió, y de la fosa en que sepultada yace desde el año 1923.

No son tan fieles como las descripciones panorámicas del distinguido escritor, las que dedica a recordar circunstancias tristísimas de la muerta.

Aunque ausente yo de Gijón, adonde no fui hasta transcurridos dos años y cinco meses del tránsito de mi tía, sé positivamente, por saberlo de labios de D. Alberto de Lera, que si bien fue trasladada al cementerio de Ceares a las diecisiete horas de la muerte, movido quien así lo dispuso por el único propósito de que los mineros y trabajadores de varias industrias que por ser domingo el 6 de mayo de 1923 habían podido acudir con el deseo de llevar en sus brazos el ataúd hasta depositarlo en la fosa, no regresasen a Oviedo, Turón, Mieres, Avilés, etc., etc., sin haber realizado aquel postrer homenaje a la que tanto habían amado, se la condujo al depósito del cementerio, en donde «quedó» veinticuatro horas más, que con las diecisiete apuntadas, suman «cuarenta y una», al fin de las cuales el señor Lera, una vez comprobados los síntomas de descomposición, tan evidentes que ya habían producido la ruptura de vasos sanguíneos del rostro, más la eclosión de un ojo, se procedió a sepultarla, en ese preciso lugar que se menciona en el artículo del señor De la Viña, aunque sin colocar encima ladrillo alguno ni cosa parecida, respetando su heredero universal, mi hermano don Carlos Lamo, la voluntad de la ilustre yacente allí.

Después, manos guiadas por mejor deseo que acierto, se han permitido subrayar, sin conocimiento nuestro, el sitio, testificando el nombre innecesario allí, como lo será cualquier cosa que, muy agradecida por nosotros, declinamos, por ser contraria a la voluntad expresa y terminante de la que había de ser usufructuaria de tales honores pétreos y marmóreos.

Ni ella quería mausoleos ni nosotros podemos consentirlos. Hay demasiados pobres, hay demasiada miseria en España para pensar en honras fúnebres, buenas para los que carecieron de ellas en vida. Lo único que aceptaremos es la institución escolar de colonia veraniega instalada en aquella casita roja de Somió.

Desde el año 1928 vengo laborando por conseguirlo. Recabé el auxilio pecuniario de Horacio Echevarrieta. En la colección «Reflejos de El Motín» pueden leerse mis artículos relatando la entrevista que celebré con dicho financiero republicano. Hasta las gracias hube de darle en uno de ellos; tales fueron las seguridades verbales de que levantaría la hipoteca —1000 pesetas— que pesaba sobre la modesta finca, con que mi tía hubo de gravarla a raíz de su regreso del destierro ocasionado por el proceso incoado a requerimiento de Acción Católica, de Barcelona.

Horacio Echevarrieta no cumplió nada de cuanto me ofreció.

Javier Bueno, requerido por mí, escribió un bello artículo en La Voz (⇑), en el cual, a más de mencionar mi nombre y mi postulado, se hacía solidario de éste, pidiendo ayuda para salvar de la usura aquella casita, en que debía esculpirse el nombre egregio de Rosario de Acuña, para recibir a los niños de los librepensadores pobres de España. No halló eco aquel hermoso trabajo de Bueno.

No me desalenté aún. Llamé a las puertas de la masonería. Invoqué mi derecho para hacerlo. Pedí ayuda económica y moral para la colonia escolar en el Cervigón. La pedía en nombre de Rosario de Acuña gra\ 32, Hipatia, y en mi propio nombre, hija de masón, caballero Rosa Cruz. Al mismo señor Lera, Venerable de una de las más importantes logias de Asturias, referí cuanto venía haciendo en este sentido.

Nada se logró, y eso que de todos era conocida la manifiesta parcialidad con que en tiempo de la monarquía se designaban los niños que habían de disfrutar puestos en las colonias veraniegas.

A Marcelino Domingo, en su época de revolucionario, al parecer auténtico, pedí campaña en La Libertad. Colaboraba semanalmente en ella. Año 1928. Me prometió hacerla. «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.» Hasta hoy. Varias veces he intentado verle para recordarle su ofrecimiento, incumplido totalmente antes del cambio de régimen y después. Ha pasado al ministerio de Instrucción pública sin llevar su admiración a Rosario de Acuña a la Gaceta.

¿Qué más? Dolor. Asco. Cansancio.

Entre tanta decepción y amargura, la Sección de Pedagogía del Ateneo abre sus oídos y su corazón a mi solicitud de un homenaje a Rosario, como corolario a la inauguración del grupo escolar que lleva su nombre.

Se celebra el acto con toda la efusividad brillantísima que yo soñaba, consignándose en el programa que cuanto se recaudase con la reprise de «Rienzi» sería destinado por mí a la cantina escolar del grupo Rosario de Acuña.

Ahora me place hacer público que cuanto produzca el libro Rosario de Acuña en la escuela, ya en prensa, se dedicará a la readquisición de la casita roja en que pervivía siempre la magna figura de Rosario de Acuña, propósito el mío ya formulado por mí hace meses a los maestros con quienes he compartido mis actividades en la organización de los homenajes verificados.

Ahora bien, aceptando la buena voluntad del señor De la Viña en su llamamiento, que agradezco en su aspecto espiritual, debo rechazarlo en su aspecto económico.

Nada de suscripciones. Nada de óbolos. Nada de cantidades para honrar a Rosario de Acuña. Ella, por sí ante sí, dejó labor sobrada para mantener su nombre señero en la más alta albarrana del castillo interior que fue su gesta.

De ella sobrará para que se cumpla el postulado que me impuse.

Tendrá su colonia escolar en el Cervigón. Su alma gigante ganará la batalla después de muerta sin otra ayuda que la de la justicia de mi causa.

Regina Lamo de O´Neill
La Libertad, Madrid, 6 de mayo de 1933
 
 
Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 2-7-2010.




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