Su vida ha sufrido una gran transformación desde que en los primeros meses del año 1881 se instalara en Pinto. Se muere su padre, se separa de su marido, proclama su adhesión al librepensamiento, se convierte en masona... Han cambiado muchas cosas en su vida, pero al menos hay una que no ha variado: el gusto por los viajes. Y cada año, cuando el sol de mayo comienza a calentar las tierras, parte a lomos de un dócil caballo, con escaso equipaje en la grupa y acompañada en las primeras expediciones por su viejo criado Gabriel, y más tarde por «un amigo abnegado y también respetuoso». Durante varios meses cabalgan por las tierras de su vieja España en largas jornadas en las que recorren de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supone varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), y que finalizaban con un merecido descanso, bien en una pensión, bien al resguardo de una tienda de campaña.
Así lo hizo durante once años. De esas once expediciones contamos con alguna referencia escrita, pero de la que realiza en 1887 tenemos una información más detallada, lo cual nos permite conocer no sólo los detalles del viaje, sino también las reacciones que la llegada de una librepensadora y masona provoca en los distintos lugares que recorre. Aquel viaje que tuvo por escenario las tierras del Norte es diferente, pues tiene pensado escribir un libro «sacando a la luz a los hijos del pueblo de las montañas y las costas», razón por la cual toma notas de todas sus andanzas. Del contenido de las mismas tan sólo conocemos las que se refieren a una de las etapas de su viaje, pues, por razones que desconozco, no cumplió su propósito más de una vez anunciado de publicar aquel libro. A pesar de ello, disponemos de alguna información al respecto, pues cada cierto tiempo enviaba a Las Dominicales del Libre Pensamiento unas cartas en las cuales narraba alguna de las peripecias de aquel viaje.
La expedición comienza en León, lugar en el cual ya se encontraban a principios de junio. Lo más probable es que Gabriel, Rosario de Acuña y su yegua Chiquita se hubieran desplazado hasta allí en ferrocarril. Se alojaron en una pensión y permanecieron en la capital leonesa los días necesarios para comprar vituallas y una yegua leonesa para Gabriel. Con el lamento de no haber podido visitar la catedral por encontrarse en obras, parte nuestra protagonista hacia Pola de Gordón donde permanecerán dos noches. La siguiente parada de la cual tenemos noticia es ya en tierras asturianas, en Trubia. De los cinco días con sus cinco noches que pasó en este rincón de Asturias» donde la mohosa, inhábil y torpe máquina del Estado tiene sentado uno de sus reales», dejó cumplida noticia en el artículo titulado «Restos del feudalismo (⇑)», en el cual hace hincapié en el férreo control al que están sometidos los obreros de la fábrica de armas: «Bajo la planta de esta aristocracia, encarnada en el ejército bajo el nombre de artillería, como la crisálida en el interior de su capullo, gime Trubia, con su población numerosa que no puede moverse, ni hablar, ni sentir, ¡ni siquiera pensar! sin el permiso tácito de sus señores...»
La siguiente etapa concluye en Luarca, donde ya se encuentra a finales de julio. Como quiera que su llegada a la capital valdesana sea conocida con antelación, sus vecinos han preparado un recibimiento a la altura de su ilustre visitante, tanto quienes se consideran sus correligionarios, como los que la tienen por una atea y enemiga de la religión católica. Los primeros organizan una velada en el casino, cuyos salones resultan insuficientes para dar cabida a las numerosas personas que acuden a escuchar a su ilustre visitante. Los segundos le envían anónimos amenazantes, pues según cuenta Las Dominicales del Libre Pensamiento, a las manos de doña Rosario llegó un escrito firmado por «Los centinelas valdesanos» en el cual la amenazan de muerte «si no cesa en su propaganda de hereje». Aunque la destinataria no le dio importancia, los integrantes de Las Dominicales sí que lo hicieron, pues aún tenían presente al compañero García Vao, librepensador, masón y colaborador del semanario, que había sido asesinado unos meses antes al salir del instituto madrileño donde impartía clases de Francés.
La prensa amiga (no sólo en las páginas de Las Dominicales se criticó con dureza aquel amenazante escrito amenazante, también lo hicieron La Crónica de Luarca y La Verdad, de Oviedo) mostró su preocupación y manifestó su más enérgica protesta ante aquella amenaza de muerte. La destinataria de la misma se limitó a entregar el anónimo a sus amigos de la localidad «en demostración del desprecio que esas cosas le merecen»; tal parece que para ella aquel suceso no era sino un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. Cuando, tras varios días de estancia, abandona aquella villa asturiana reafirma en un escrito titulado «¡Luarca!...» su voluntad de seguir luchando:
La siguiente escala de la que tenemos noticias tendrá por escenario La Coruña, en donde la encontramos en los primeros días de septiembre. En la capital gallega residirá unos quince días, tiempo que aprovechará para recorrer las villas y pueblos de los alrededores, algunos de los cuales celebran por entonces sus fiestas patronales. Tal es el caso de Arteijo (Arteixo) donde el 16 de septiembre tiene lugar la romería de Santa Eufemia, abogada de las enfermedades nerviosas. Allí presencia un ritual mediante el cual las almas piadosas conducen a varios «endemoniados» ante la imagen de la santa y una vez allí los conjuran para que arrojen el enemigo que llevan dentro:
No lejos de aquel lugar se encuentra el santuario de Santa María de Pastoriza en donde la viajera obtiene una visión bien diferente de la religiosidad imperante: «Arteijo es el catolicismo bárbaro del siglo X; Pastoriza el catolicismo ilustrado del siglo XIX». Aquel es el «santuario bonito» de Galicia, al que cada año acuden miles de campesinos que –deslumbrados por los sahumerios, el lustre y los dorados– salen de allí suponiendo que «han estado en la mismísima presencia de Dios y de su santísima madre». Ellos integran la larga nómina de donantes que mantiene en pie la eficiente estructura mercantilista de la religión del Estado.
Por El Correo Gallego sabemos que el diecisiete de septiembre, el mismo día en que está fechado el escrito que con el título «Los endemoniados de Arteijo y el santuario de Pastoriza» se publicará días después en Las Dominicales, Rosario de Acuña abandona La Coruña. Se la espera en Vigo, donde los librepensadores del lugar, encabezados por Fernando Lozano, que veranea en la cercana villa de Baezas, le preparan un gran recibimiento. A finales de mes cuentan con ella en Ribadavia, pero de camino hacia la localidad orensana paran en Villasobroso, en el concejo de Mondariz, donde visitan el castillo que allí se encuentra, en ruinas por entonces. La contemplación de aquellas piedras mohosas, le proporciona una nueva ocasión para reflexionar, con ojos anhelantes de regeneración, acerca de la situación que vive su querida España:
Han pasado algunas semanas ya desde que describiera con crudeza las dos caras del catolicismo español, desde que denunciara el mercantilismo de la Iglesia y la alimentada superstición en que se apoya. Tiempo suficiente para que su escrito fuera publicado en Las Dominicales, para que fuera alabado por cuantos la consideraban su correligionaria y, también, para que fuera criticado por sus ya acérrimos enemigos. Ese crítico artículo sobre los «endemoniados» y sobre Pastoriza debió de provocar tal irritación en las estructuras caciquiles de la tierra, que cuesta trabajo no compartir la sospecha de Rosario de Acuña que ahí se encuentra el origen de la persecución que padeció en tierras orensanas.
A la salida de Orense y en el camino que conducía a Tribes, Rosario de Acuña y su criado Gabriel se percataron de que eran seguidos por un jinete. Al llegar a la posada más próxima el desconocido interrogó hábilmente al criado. A la mañana siguiente se unió a la expedición mostrándose como un conversador amable y cortés. Antes de llegar a Castro Caldelas se despidió. Intrigada por aquel extraño suceso, la viajera preguntó por el individuo a lo largo del camino, dando las señas más precisas. Algunos le dicen que lo han visto y que no es de la zona. Pensando que la presencia de aquel hombre bien pudiera formar parte de una trama contra ella, se dirige al puesto de la Guardia Civil de Tribes. Un amable oficial decidió que al día siguiente una pareja de guardias escoltaría a los dos viajeros. Por ciertas frases y la excesiva amabilidad del comandante del puesto, Rosario de Acuña tuvo la sospecha de que aquellos guardias que habrían de acompañarles lo harían más para custodiarlos que para protegerlos. Una vez que llegaron a Barco de Valdeorras se confirmaron todas las sospechas. Al cabo de una hora se presenta en la habitación de la fonda donde se había hospedado el juez de primera instancia acompañado de un escribano. Vienen a interrogarla, pues hay una denuncia contra ella. A medida que va dando respuesta a las preguntas, aumenta la confusión de sus interlocutores pues no es aquella la mujer a la que venían poco menos que a prender; no es aquella la temible conspiradora que les habían dicho, la repartidora de proclamas revolucionarias, la instigadora de tenebrosos planes de levantamientos sociales...
Tal fue la consistencia de sus palabras, tal la disposición a aclarar cuantas dudas le fuesen planteadas, que el juez, «una persona decente», se despojó de su autoridad y le pidió disculpas. Había sido mal informado, se habían equivocado. Le dijo que en su jurisdicción no tendría nada que temer; no obstante, no respondía de lo que pudiera ocurrirle en otros partidos judiciales.
En León, ya de vuelta, se pregunta una y otra vez ¿de dónde podría haber partido aquella delación calumniosa? El origen debía de estar en aquel artículo en el que, indignada, contaba a sus lectores todo lo que vio en Arteixo. Aquel escrito habría generado inquina y odio en los corazones huecos y apolillados. Es posible –se respondía– que, valiéndose del caciquismo, este odio haya extendido una red de calumnias intentando sorprender la buena fe de una justicia dependiente de los poderes políticos de las localidades.
La reacción de la prensa amiga no se hizo esperar. Las Dominicales publica el 26 de octubre un número extraordinario, en cuya portada incluye una dura crítica a la persecución a la que fue sometida doña Rosario de Acuña, así como la carta donde la escritora da cuenta de todo lo acontecido. Por aquella vez se había librado, pero la lucha no está más que en sus comienzos. Habrá otras ocasiones en las que tendrá que padecer los embates de quienes no toleran a quienes honestamente buscan la Verdad. Tal y como ella suponía, el camino que ha emprendido es estrecho y está orlado de precipicios. Tal y como aventuraba en su carta de adhesión al librepensamiento (⇑), el enemigo es poderoso:
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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)




