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17 junio

269. Un faro en El Cervigón

 

Hoy es el día señalado para que se constituyan las corporaciones municipales que resultaron elegidas en las elecciones del 28 de mayo. También lo hará la de Gijón. Las veintisiete personas que la integran seguro que son conocedoras de que en este 2023 se cumplen cien años de la muerte de una ejemplar gijonesa llamada Rosario de Acuña y Villanueva; también de las actividades que se vienen realizando en la ciudad con este motivo (y de las que están programadas para los próximos meses). Por si no fuera así y dado que a ellas les corresponderá tomar decisiones acerca de diversos asuntos que quedan pendientes, creo oportuno recuperar en este primer día del nuevo Ayuntamiento gijonés el escrito aparecido en las páginas de La Nueva España hace escasas semanas, la última de las entregas de la serie a ella dedicada (⇑).


 Un faro en El Cervigón

 

El pasado viernes se cumplieron cien años de la muerte de Rosario de Acuña y Villanueva, que falleció en su casa de El Cervigón el 5 de mayo de 1923, como consecuencia de un derrame cerebral que le sobrevino mientras trajinaba por su casa. A pesar de que a la mañana siguiente no apareció mención alguna en los periódicos («Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni dada de palabra que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento»), la noticia corrió por la ciudad, razón por la cual muchas fueron las personas que se acercaron hasta El Cervigón para rendirle su último homenaje. 

El Cervigón en el primer plenilunio de 2023
 

Aquel primer domingo del mes de mayo amaneció lluvioso, lo cual no fue obstáculo para que numerosos gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, en las estrecheces cotidianas, se dieran cita a las puertas de su casa para despedir a aquella vecina ejemplar que, renunciando a las comodidades que su cuna le había brindado, se dedicó a luchar por la libertad de conciencia y a defender a los más desfavorecidos. La lluvia tampoco impidió que fueran muchas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para para decir el último adiós a aquella gijonesa que, «siendo mujer, se atrevió, en España, a vivir como persona y por su cuenta», para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había luchado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas.

 El acto de despedida debía de atenerse fielmente al guion que la dramaturga había escrito en su testamento: su cuerpo habría de ser depositado «en la caja más humilde y barata que haya» y conducido en el carruaje más pobre, «en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase». Lo que ella no había previsto es que ni siquiera el modesto coche que aguardaba en las proximidades resultara necesario. A pesar de la lluvia incesante, el féretro fue portado a hombros por las calles de la ciudad, seguido por un numeroso cortejo. Una vez en el cementerio civil, la comitiva despidió por última vez a quien había sido su ilustre vecina. Allí, en el otro extremo de la villa, en una sepultura en la que no habría de haber «más que un ladrillo con un número o inicial», reposan los restos de esta mujer ejemplar.

Tras su muerte, llegaron los recuerdos y homenajes; pusieron su nombre a calles y colegios, se organizaron veladas, se publicaron sentidos escritos laudatorios... No sólo en Gijón y en otros lugares de Asturias, también en el resto de España; no sólo en los días inmediatos a su entierro, también tiempo después: en 1931 el Ayuntamiento de Madrid acordó poner su nombre a uno de sus céntricos paseos; dos años después el presidente de la República inauguró el Grupo Escolar Rosario de Acuña en la barriada madrileña del paseo de Extremadura, hoy distrito de La Latina.

Todo cambió con la Guerra. Las nuevas autoridades no estaban dispuestas a que se recordara a quien tanto se había significado en pro de la libertad de conciencia y en defensa de la igualdad de mujeres y hombres. Su nombre se cayó de los calles, de los colegios, de los paseos; desapareció de los periódicos, de la mutilada memoria colectiva… Tanto fue así, tan eficaz resultó el borrado gubernativo, que años después apenas había alguien que supiera decir algo de ella, ni siquiera en Gijón, la ciudad en la que vivió los últimos años de su vida, la ciudad que le tributó un cálido homenaje el día de su entierro.

No obstante, hay quien está empeñado en recuperar su memoria (⇑). Amaro del Rosal, un asturiano exiliado en México, que en su juventud había conocido a doña Rosario, lleva un tiempo recopilando materiales con la intención de publicar un libro sobre ella. Entre sus colaboradores en España se encuentra el gijonés Luciano Castañón, quien a finales de los sesenta le informa que ha localizado en Gijón a una anciana que fue amiga de Rosario de Acuña. Además de sus recuerdos vividos, la mujer ha guardado durante décadas algunas de sus cartas, recortes de periódico, fotografías y otros variados recuerdos entre los que se encuentra su famoso testamento.

 Estos documentos son los que permitieron abrir una grieta en la desmemoria. Patricio Adúriz, Javier Ramos y el propio Luciano Castañón llevarán de nuevo el nombre de Rosario de Acuña a los titulares de la prensa. A ellos se unirá posteriormente José Bolado, promotor de una reedición de El padre Juan, y Daniel Palacio, quien publicará una esclarecedora investigación sobre la actividad montañera de doña Rosario. El mayor conocimiento que se va teniendo sobre esta gijonesa ejemplar, será una de las razones que impulsará al Ayuntamiento a comprar en los años ochenta la que fuera su casa en El Cervigón; también para que, tiempo después, aprobara denominar Paseo Rosario de Acuña a un tramo del sendero costero.

Cuando me empecé a interesar por ella, de esto hace ya más de veinte años, ya no era una desconocida, aunque aún quedaba mucho por conocer. En 2005 publiqué Rosario de Acuña en Asturias (anticipo de Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)); en 2007 José Bolado da inicio a su inestimable edición de las Obras reunidas, donde recoge buena parte de su obra, que fue recopilando tras años de búsqueda. A estos trabajos siguieron otros, dentro y fuera de Asturias. A medida que iba conociendo más cosas sobre ella, me di cuenta de que, al tiempo que investigaba, era preciso divulgar cuanto descubría, de ahí que siguiera publicando nuevos libros, de ahí que en 2009 pusiera en marcha la página Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (www.rosariodeacuna.es ⇑), y el blog de comentarios que la complementa (⇑). La gijonesa de El Cervigón es cada vez más conocida. Además de la Asociación de Viudas de la República, que lo hizo en los años setenta a propuesta de Paz Fernández Felgueroso, su nombre quedó unido a un instituto de secundaria de la ciudad, a una agrupación coral femenina, a una escuela feminista…

No obstante, en los últimos años asomaron síntomas que parecían indicar que aquel impulso inicial iba perdiendo intensidad: no había ningún rastro del paseo con su nombre, su casa no tenía un uso conocido… De ahí que, ante la proximidad del centenario de su muerte, creí necesario avivar la llama. Hace ahora cuatro años se lo recordaba en un escrito a quienes, tras las elecciones de entonces, iban a integrar la corporación municipal; y en marzo del año pasado, gracias al interés y apoyo de Eloy Méndez, redactor jefe y responsable de la edición gijonesa de La Nueva España, inicié esta serie de artículos con el doble objetivo de mantener activado el aviso de la efemérides y de recordar quién fue esta ejemplar convecina. 

No sé si habrá tenido algo que ver la aparición durante los últimos catorce meses de estos escritos (treinta, contando con el que, a modo de introducción, estuvo dedicado a la estación de Gijón-Rosario de Acuña (⇑) y con este epílogo que los cierra), pero en este año del centenario de su muerte, tal parece que Rosario de Acuña ha recuperado protagonismo en la ciudad en la que quiso vivir y morir. Gracias a la red colaborativa impulsada por Goretti Avello, Adelina Lena y el resto del equipo de la Dirección General de Igualdad, han florecido diversas iniciativas. Tras el calendario y la agenda que habitualmente publican –y que este año están íntegramente dedicados a doña Rosario– han sido editadas también una Ruta cultural Rosario de Acuña y una unidad didáctica (ambas obra de Carmen Suárez), ha habido conferencias, exposiciones (la diseñada por el Fórum de Política Feminista continúa su periplo por diversos institutos gijoneses tras permanecer varias semanas en el Antiguo Instituto)…

Llegado el mes de mayo, el mes del centenario, los actos se suceden. El pasado miércoles en la remozada casa de El Cervigón se inauguró una exposición que pretende acercarnos a su testimonio vital, a su vida y a su obra; dos días después uno de los grupos de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Asturias (ESAD) estrenó en el teatro Jovellanos Rosario Reflejo de Acuña, un atractivo espectáculo dirigido por el profesor Francisco Pardo que, con un montaje sugerente y emotivo, de gran plasticidad y dinamismo, nos va mostrando los hitos más importantes de su biografía, recuperando su pensamiento librepensador y la vigencia de su lucha.

 De todas las actividades en las que, de una manera u otra, he colaborado en este tiempo, quizás las más esperanzadoras e ilusionantes sean aquellas que han tenido por protagonistas a los grupos más jóvenes de nuestra comunidad. Tal fue el caso del encuentro que mantuve con alumnas (la mayoría) y alumnos de la ESAD: querían conocer mejor a doña Rosario y sus intervenciones me demostraron que se habían metido de lleno en el personaje. Lo mismo me sucedió con el alumnado de sexto curso del Colegio Público Príncipe de Asturias: para mi sorpresa, mantuvieron su atención durante casi dos horas de reunión, realizando preguntas muy atinadas, tomando notas y siguiendo con detalle cuanto se decía. Lo dicho: esperanza e ilusión.

Mayo de 2023: mes del centenario, mes de elecciones… Toca pensar en el futuro ¿Qué hará la nueva corporación municipal con la Casa de Rosario de Acuña cuando finalice la exposición? ¿La mantendrá abierta y le dará un uso apropiado?, ¿la cerrará y pasará a estar, de nuevo, sin uso conocido? En cualquier caso, hagan lo que hagan al respecto, estoy convencido de que cada vez serán más los ojos que, al mirar aquella casa, recordarán con gratitud a la gijonesa que allí vivió: todo un ejemplo de honestidad, coherencia y generosidad para quienes aún seguimos en el camino. 

 

La Nueva España, edición de Gijón, 10 de mayo de 2023





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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18 julio

163. Por la Canal del Embudo


Necesitábamos pernoctar en Espinama,  aldea donde debían estar esperando nuestras yeguas, y el día iba ya algo vencido; nos esperaban dos leguas de bajada, y para mayor quebranto, el guía, hábil hasta entonces, dio muestras de hallarse algo desorientado; el lance era serio; teníamos que atravesar un bosque inmenso, secular, inextricable, guarida predilecta de los osos; no era conveniente pasarlo de noche, pues aunque armados con buenos revólveres, no bastaban para defendernos de tan corpulentas fieras.

Cada año recorría durante meses la geografía hispana. Primero acompañada de Gabriel, su fiel criado; más tarde de Carlos Lamo, su joven y valeroso amigo. Muchas leguas a caballo, muchos lugares, muchas historias. El lance al que se refiere en esta ocasión tiene por escenario el macizo oriental de los Picos de Europa,  y sabemos de él porque la protagonista se lo cuenta al escritor Antonio Zozaya en carta (⇑) que le envía para agradecerle el elogioso artículo que el jurista y publicista publicó en el periódico La Justicia tras el estreno de El padre Juan (⇑), el drama prohibido por la autoridad gubernativa la noche misma de su  estreno.
 
Seguíamos explorando la cordillera de «Las Peñas de Europa», y digo explorando, porque los tres que formábamos la expedición (el guía, mi valeroso compañero y yo) hollábamos con nuestras plantas sitios en que jamás otras plantas se habían posado; al menos no había memoria de ello.

Tiene razón. La aventura que nos está contando tiene lugar a finales de la década de los ochenta y no será hasta algunos años más tarde cuando las crónicas den cuenta de las primeras ascensiones conocidas a algunas de las cumbres de esos Picos de Europa protagonizadas por Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud: Morra de Lechugales, Peña Vieja (1890), Pica del Jierro (1891), Torrecerredo (1892)...

 Torrecerredo y Peña Vieja en un mapa topografíco del Instituto Geográfico Nacional

... se hacía, pues, precisa la bajada, y la bajada pronta, rápida; los tres hicimos consejo, y el guía se confesó inexperto en aquellos terrenos; por un momento los tres enmudecimos, y algunas gotas de frío sudor se desprendieron de nuestras sienes; de quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo (2343 metros sobre el nivel del mar), 

Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos dos kilómetros atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 metros sobre el nivel del mar:  entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…

Un momento. Volvamos a leer: «... quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo» ¿Estaban en la cima del pico Torrecerredo? ¿Rosario de Acuña Villanueva y sus dos acompañantes habían ascendido a la cima más alta de los Picos de Europa y lo habían hecho dos o tres años antes que el conde de Saint-Saud?

Montañeros, estudiosos del montañismo, especialistas en el tema... ¡tranquilidad! Entiendo que cueste aceptar que se venga a poner en duda algo que se ha venido dando por cierto durante tanto tiempo... Vayamos por partes.

Dejemos por ahora el Torrecerredo y vayamos a otro de los picos que doña Rosario afirmó haber ascendido por entonces: El Evangelista. La mención por la escritora de su ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de topónimo semejante. Aquello parecía suficiente para poner en duda sus supuestas ascensiones, tal vez un recurso literario de una escritora decimonónica. Aquella conclusión no satisfizo a todos, pues doña Rosario no era dada a artificios de aquel tipo. Tal fue el caso de Daniel Palacio (⇑) que investigó con afán el asunto, hasta el punto de aclararlo. En las páginas de  «Rosario de Acuña. Homenaje», publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992,  nos cuenta que el pico que actualmente conocemos como Pica del Jierro aparecía citado en algunos mapas de finales del XIX con la denominación «pico El Evangelista». O sea que sí existía y  que, al parecer,  tenía que ver con  la existencia de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista.

Por tanto, gracias a las investigaciones de Daniel Palacio, sabemos ahora que –a pesar de las dudas suscitadas por el desconocimiento y, tal vez, los prejuicios–   el pico El Evangelista sí existía y, por tanto, no hay razón alguna para dudar que Rosario de Acuña hubiera ascendido a su cumbre, situada a 2425 metros de altura, durante una expedición que efectuó por los Picos de Europa a finales de la década de los ochenta. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint–Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al pico El Evangelista; por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El padre Juan, y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Bien. Admitamos lo de El Evangelista; también la ascensión al resto de picos que se citan en  «Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano» (⇑) (La Nueva España, 6-2-2006),  pero lo del pico Torrecerredo es, ciertamente, otra historia. La posibilidad de que hubiera ascendido a esa cima resultaba más difícil de admitir, no tanto por tratarse del techo de los Picos de Europa, sino porque su descripción no se corresponde con aquel escenario:

El cauce del torrente se estrechó, y de pronto quedó cortado en línea recta para hundirse en un ventisquero, cuya diáfana blancura, rielante como plata bruñida, aumentaba con su reverberación lo espantable de tan espantable vacío. Para mayor dificultad habíamos entrado ya en la región del heno alpino, y nuestras plantas resbalaban sobre aquella hierba finísima, lustrosa como seda, amarilla como el oro (era agosto), y que se escurría bajo nuestros pies con una suavidad desesperante. 

Aquello no terminaba de encajar. Lo del heno alpino y la hierba finísima resultaba bien extraño. No obstante, había que seguir investigando sobre el asunto. A ello me comprometí en aquel artículo escrito hace once años. Pregunté a montañeros conocedores de la zona y todos me decían lo mismo: lo que allí se describía no era el Torrecerredo.

Hace unos meses di con un comentario que sí podría explicar aquel asunto. La clave estaba en una parte de la descripción:

El guía recordó entonces dónde nos hallábamos: aquel repliegue abruptísimo del flanco de Torrecerredo se llamaba «La olla de los embudos» ¡el nombre decía algo!; era una sucesión de embudos, cinco o seis, de diámetros disformes y distintos, de menor a mayor, engarzados los unos en los otros, por cuya parte central se despeñaba el torrente, y cuyos bordes de roca lamida por el vaso de las avalanchas y en pendiente, casi vertical en muchos sitios, no ofrecía otro punto de apoyo que afiladas guijas, o manchones de tierra revestida de aquel heno traicionero tan perfumado como escurridizo. 

«La olla de los embudos». Tanto el nombre como la descripción bien podrían coincidir con la zona conocida como canal del Embudo, un serpenteante sendero en la zona de Liordes con cerca de novecientos metros de desnivel. 

La Canal del Embudo en un mapa del Instituto Geográfico Nacional

Con estos datos en la mano el investigador Ramón Sordo Sotres, gran conocedor de los Picos, nos ofrece una hipótesis que resulta ciertamente verosímil y que fue publicada en Foropicos (⇑), un espacio dedicado a la montaña especializado en Picos de Europa. Según su versión de los hechos, doña Rosario de Acuña y sus acompañantes bien podrían estar situados frente «al monstruo de la cordillera Peña Vieja», como ella relata, pero la contemplarían desde un punto de vista bien diferente, pues no se encontrarían en la cima de Torrecerredo, tal y como creían, sino en lo alto de Peña Remoña.

La Torre Cerredu, por lo menos en su ubicación actual, está lejos de La Canal del Embudu y nuestra autora puede haber llamado Torre Cerredo –cima a la que otorga unos 322 metros menos que a Peña Vieja– a La Peña Remoña, y entonces al bajar de esta hacia Juentedé [Fuente Dé], haya llegado por malos vericuetos a La Canal del Embudu sin dar con el camino de Los Tornos de Llordes. 

Lo dicho. Teniendo a la vista el mapa del Instituto Geográfico Nacional, la hipótesis parece que da una respuesta satisfactoria a las dudas planteadas, razón por la cual  parece razonable que aquí quede recogido. Dando por buena la versión del señor Sordo Sotres (de la cual tuve noticias hace apenas unos meses, por más que fuera publicada a finales del mes de mayo del año 2008), bien podríamos concluir que doña Rosario de Acuña realizó una expedición por los Picos de Europa, en el transcurso de la cual ascendió, al menos, a las cimas del pico El Evangelista (o Pica del Jierro) y a Peña Remoña.

Si a estas ascensiones unimos aquellas otras de las que ella ha dejado constancia escrita, tanto por el Sistema Central como por Sierra Morena,  tanto por las tierras asturianas como por las cántabras (véase, por ejemplo,  el comentario que realiza sobre la ascensión al pico Cordel (⇑), el dosmil más oriental de la Cordillera), bien podremos concluir que, habida cuenta de que la mayoría tuvieron lugar con anterioridad a la última década del siglo XIX, doña Rosario de Acuña fue una verdadera pionera del montañismo en España.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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25 febrero

152. El Evangelista


A nuestras plantas se extendía un océano de montañas, cuyas crestas, como olas petrificadas, se levantaban en escalas monstruosas a 1000 y 1500 metros sobre el nivel del mar. Al sur, las dilatadas estepas de Castilla, con sus desolados horizontes de desierto, iban perdiéndose en límites de sesenta leguas, entre un cielo caliginoso, henchido de limbos de oro y destellos de incendio. Al norte, un inmenso telón límpido, azul, como tapiz compacto tejido con amontonados zafiros, se destacaba, lleno de magnificencias, intentando con la grandeza de su extensión subir hasta las alturas: era el mar. A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico. Estábamos sobre la misma cumbre, en el remate mismo de la crestería de piedra con que se yergue, como atleta no vencido, El Evangelista, uno de los colosos de la cordillera Las Peñas de Europa, coloso que levanta sus pedrizas enormes, sus abismos inmedibles, sus ventisqueros henchidos de cientos de toneladas de nieve a 2600 metros sobre el nivel del mar.

El texto es un fragmento de la «Dedicatoria» que, a modo de introducción, aparece en las primeras páginas del drama El padre Juan, estrenado el  tres de abril de 1891 en el madrileño teatro Alhambra. Dos son los protagonistas: la autora y «un ser valeroso» que con ella está, muy probablemente Carlos Lamo Jiménez, fiel compañero durante casi cuarenta años. El escenario: la cima de uno de los picos de las Peñas de Europa. Hasta ahí todo normal, pues sabemos de sus expediciones a caballo por diversos lugares de España, de su gusto por ascender a las montañas, de su místico amor por la Naturaleza... Es el nombre de la cumbre lo que parece que no acaba de cuadrar a quienes leen con entusiasmo esta  Dedicatoria  en un recuperado ejemplar de El padre Juan. Aquel topónimo no era habitual en la cartografía  de la zona, no era conocido por quienes la frecuentaban. ¿Era aquella una ascensión novelada, ficticia, contada para ambientar adecuadamente el prólogo de aquel drama? No era propio de ella ¿Se había equivocado la librepensadora con el nombre de aquella cima?

Daniel Palacio Fernández, farmacéutico y socio del Ateneo Obrero de Gijón, se puso a investigar el asunto: Picos de Europa... Nada en el macizo occidental o Cornión, nada en el central (Los Urrieles)... ¡Ah! Después de mucho buscar encontró alguna referencia en la zona oriental o de Ándara. Se citaba un lugar denominado «el hoyo del Evangelista». Ahí puede estar un buen indicio. Se centra en esta pista y, tras nuevas consultas, da con la clave que nos desvela en «Rosario de Acuña pionera del "Tourismo"» que se publica en 1992, en un folleto editado por el Ateneo Obrero de Gijón que lleva por título Rosario de Acuña. Homenaje:

Esta denominación del hoyo del Evangelista es consecuencia de una explotación minera que existía en el lugar, propiedad que era de don Juan Evangelista. Al hoyo le rodea la cresta de los tres picos del Jierro: Morra de Lechugales (2441 m.), Silla Caballo Cimero (2420 m) y Pica del Jierro. Esta vecindad fue la responsable de que la Pica del Jierro fuese rebautizada como Pico del Evangelista (según Enríquez de Salamanca) así se alterna en los mapas.

El texto de Palacio va acompañado de varios planos y mapas, entre ellos el que se incluye en el presente comentario, obra de José Arias Corcho y publicado en 1965; también  alguno de los incluidos en la obra Por los Picos de Europa. De Ándara al Cornión, de Cayetano Enríquez de Salamanca a quien en el texto se atribuye la información que aclara el asunto del doble nombre del pico en cuestión. 

Fragmento del plano de los Picos de Europa realizado por José Arias Corcho

Gracias a la investigación de Daniel Palacio ahora sabemos que lo que nos había contado Rosario de Acuña en la «Dedicatoria» de El padre Juan  no era una ensoñación novelesca. Que en el año 1890 –quizás en 1889–  ascendió al pico El Evangelista o Pica del Jierro situada a 2426 metros de altura. Cierto es que yerra en la altitud, que no alcanza  los dos mil seiscientos que ella le atribuye, probablemente por un error en el documento que maneja. Pero, puestos a fijarnos en los números, hagámoslo en el que refiere el año en que esta ascensión tuvo lugar: 1890, si no fue en el anterior. Este dato sí que tiene importancia pues, como también cuenta Daniel Palacio en su escrito, por estas fechas Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, más conocido como «el conde de Saint-Saud», se encontraba por el lugar, explorando esta zona de los Picos de Europa. De hecho, se dice que fue él quien protagonizó la primera ascensión a la Morra de Lechugales (en el mapa «Tabla de Lechugales»), y que lo hizo el 7 de julio de 1890.

En el verano de 1890 el conde de Saint-Saud asciende a la Morra-tabla de Lechugales; en el verano de 1890 (quizás en el de 1889) Rosario de Acuña lo hace al pico de El Evangelista...




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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