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17 junio

269. Un faro en El Cervigón

 

Hoy es el día señalado para que se constituyan las corporaciones municipales que resultaron elegidas en las elecciones del 28 de mayo. También lo hará la de Gijón. Las veintisiete personas que la integran seguro que son conocedoras de que en este 2023 se cumplen cien años de la muerte de una ejemplar gijonesa llamada Rosario de Acuña y Villanueva; también de las actividades que se vienen realizando en la ciudad con este motivo (y de las que están programadas para los próximos meses). Por si no fuera así y dado que a ellas les corresponderá tomar decisiones acerca de diversos asuntos que quedan pendientes, creo oportuno recuperar en este primer día del nuevo Ayuntamiento gijonés el escrito aparecido en las páginas de La Nueva España hace escasas semanas, la última de las entregas de la serie a ella dedicada (⇑).


 Un faro en El Cervigón

 

El pasado viernes se cumplieron cien años de la muerte de Rosario de Acuña y Villanueva, que falleció en su casa de El Cervigón el 5 de mayo de 1923, como consecuencia de un derrame cerebral que le sobrevino mientras trajinaba por su casa. A pesar de que a la mañana siguiente no apareció mención alguna en los periódicos («Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni dada de palabra que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento»), la noticia corrió por la ciudad, razón por la cual muchas fueron las personas que se acercaron hasta El Cervigón para rendirle su último homenaje. 

El Cervigón en el primer plenilunio de 2023
 

Aquel primer domingo del mes de mayo amaneció lluvioso, lo cual no fue obstáculo para que numerosos gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, en las estrecheces cotidianas, se dieran cita a las puertas de su casa para despedir a aquella vecina ejemplar que, renunciando a las comodidades que su cuna le había brindado, se dedicó a luchar por la libertad de conciencia y a defender a los más desfavorecidos. La lluvia tampoco impidió que fueran muchas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para para decir el último adiós a aquella gijonesa que, «siendo mujer, se atrevió, en España, a vivir como persona y por su cuenta», para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había luchado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas.

 El acto de despedida debía de atenerse fielmente al guion que la dramaturga había escrito en su testamento: su cuerpo habría de ser depositado «en la caja más humilde y barata que haya» y conducido en el carruaje más pobre, «en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase». Lo que ella no había previsto es que ni siquiera el modesto coche que aguardaba en las proximidades resultara necesario. A pesar de la lluvia incesante, el féretro fue portado a hombros por las calles de la ciudad, seguido por un numeroso cortejo. Una vez en el cementerio civil, la comitiva despidió por última vez a quien había sido su ilustre vecina. Allí, en el otro extremo de la villa, en una sepultura en la que no habría de haber «más que un ladrillo con un número o inicial», reposan los restos de esta mujer ejemplar.

Tras su muerte, llegaron los recuerdos y homenajes; pusieron su nombre a calles y colegios, se organizaron veladas, se publicaron sentidos escritos laudatorios... No sólo en Gijón y en otros lugares de Asturias, también en el resto de España; no sólo en los días inmediatos a su entierro, también tiempo después: en 1931 el Ayuntamiento de Madrid acordó poner su nombre a uno de sus céntricos paseos; dos años después el presidente de la República inauguró el Grupo Escolar Rosario de Acuña en la barriada madrileña del paseo de Extremadura, hoy distrito de La Latina.

Todo cambió con la Guerra. Las nuevas autoridades no estaban dispuestas a que se recordara a quien tanto se había significado en pro de la libertad de conciencia y en defensa de la igualdad de mujeres y hombres. Su nombre se cayó de los calles, de los colegios, de los paseos; desapareció de los periódicos, de la mutilada memoria colectiva… Tanto fue así, tan eficaz resultó el borrado gubernativo, que años después apenas había alguien que supiera decir algo de ella, ni siquiera en Gijón, la ciudad en la que vivió los últimos años de su vida, la ciudad que le tributó un cálido homenaje el día de su entierro.

No obstante, hay quien está empeñado en recuperar su memoria (⇑). Amaro del Rosal, un asturiano exiliado en México, que en su juventud había conocido a doña Rosario, lleva un tiempo recopilando materiales con la intención de publicar un libro sobre ella. Entre sus colaboradores en España se encuentra el gijonés Luciano Castañón, quien a finales de los sesenta le informa que ha localizado en Gijón a una anciana que fue amiga de Rosario de Acuña. Además de sus recuerdos vividos, la mujer ha guardado durante décadas algunas de sus cartas, recortes de periódico, fotografías y otros variados recuerdos entre los que se encuentra su famoso testamento.

 Estos documentos son los que permitieron abrir una grieta en la desmemoria. Patricio Adúriz, Javier Ramos y el propio Luciano Castañón llevarán de nuevo el nombre de Rosario de Acuña a los titulares de la prensa. A ellos se unirá posteriormente José Bolado, promotor de una reedición de El padre Juan, y Daniel Palacio, quien publicará una esclarecedora investigación sobre la actividad montañera de doña Rosario. El mayor conocimiento que se va teniendo sobre esta gijonesa ejemplar, será una de las razones que impulsará al Ayuntamiento a comprar en los años ochenta la que fuera su casa en El Cervigón; también para que, tiempo después, aprobara denominar Paseo Rosario de Acuña a un tramo del sendero costero.

Cuando me empecé a interesar por ella, de esto hace ya más de veinte años, ya no era una desconocida, aunque aún quedaba mucho por conocer. En 2005 publiqué Rosario de Acuña en Asturias (anticipo de Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)); en 2007 José Bolado da inicio a su inestimable edición de las Obras reunidas, donde recoge buena parte de su obra, que fue recopilando tras años de búsqueda. A estos trabajos siguieron otros, dentro y fuera de Asturias. A medida que iba conociendo más cosas sobre ella, me di cuenta de que, al tiempo que investigaba, era preciso divulgar cuanto descubría, de ahí que siguiera publicando nuevos libros, de ahí que en 2009 pusiera en marcha la página Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (www.rosariodeacuna.es ⇑), y el blog de comentarios que la complementa (⇑). La gijonesa de El Cervigón es cada vez más conocida. Además de la Asociación de Viudas de la República, que lo hizo en los años setenta a propuesta de Paz Fernández Felgueroso, su nombre quedó unido a un instituto de secundaria de la ciudad, a una agrupación coral femenina, a una escuela feminista…

No obstante, en los últimos años asomaron síntomas que parecían indicar que aquel impulso inicial iba perdiendo intensidad: no había ningún rastro del paseo con su nombre, su casa no tenía un uso conocido… De ahí que, ante la proximidad del centenario de su muerte, creí necesario avivar la llama. Hace ahora cuatro años se lo recordaba en un escrito a quienes, tras las elecciones de entonces, iban a integrar la corporación municipal; y en marzo del año pasado, gracias al interés y apoyo de Eloy Méndez, redactor jefe y responsable de la edición gijonesa de La Nueva España, inicié esta serie de artículos con el doble objetivo de mantener activado el aviso de la efemérides y de recordar quién fue esta ejemplar convecina. 

No sé si habrá tenido algo que ver la aparición durante los últimos catorce meses de estos escritos (treinta, contando con el que, a modo de introducción, estuvo dedicado a la estación de Gijón-Rosario de Acuña (⇑) y con este epílogo que los cierra), pero en este año del centenario de su muerte, tal parece que Rosario de Acuña ha recuperado protagonismo en la ciudad en la que quiso vivir y morir. Gracias a la red colaborativa impulsada por Goretti Avello, Adelina Lena y el resto del equipo de la Dirección General de Igualdad, han florecido diversas iniciativas. Tras el calendario y la agenda que habitualmente publican –y que este año están íntegramente dedicados a doña Rosario– han sido editadas también una Ruta cultural Rosario de Acuña y una unidad didáctica (ambas obra de Carmen Suárez), ha habido conferencias, exposiciones (la diseñada por el Fórum de Política Feminista continúa su periplo por diversos institutos gijoneses tras permanecer varias semanas en el Antiguo Instituto)…

Llegado el mes de mayo, el mes del centenario, los actos se suceden. El pasado miércoles en la remozada casa de El Cervigón se inauguró una exposición que pretende acercarnos a su testimonio vital, a su vida y a su obra; dos días después uno de los grupos de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Asturias (ESAD) estrenó en el teatro Jovellanos Rosario Reflejo de Acuña, un atractivo espectáculo dirigido por el profesor Francisco Pardo que, con un montaje sugerente y emotivo, de gran plasticidad y dinamismo, nos va mostrando los hitos más importantes de su biografía, recuperando su pensamiento librepensador y la vigencia de su lucha.

 De todas las actividades en las que, de una manera u otra, he colaborado en este tiempo, quizás las más esperanzadoras e ilusionantes sean aquellas que han tenido por protagonistas a los grupos más jóvenes de nuestra comunidad. Tal fue el caso del encuentro que mantuve con alumnas (la mayoría) y alumnos de la ESAD: querían conocer mejor a doña Rosario y sus intervenciones me demostraron que se habían metido de lleno en el personaje. Lo mismo me sucedió con el alumnado de sexto curso del Colegio Público Príncipe de Asturias: para mi sorpresa, mantuvieron su atención durante casi dos horas de reunión, realizando preguntas muy atinadas, tomando notas y siguiendo con detalle cuanto se decía. Lo dicho: esperanza e ilusión.

Mayo de 2023: mes del centenario, mes de elecciones… Toca pensar en el futuro ¿Qué hará la nueva corporación municipal con la Casa de Rosario de Acuña cuando finalice la exposición? ¿La mantendrá abierta y le dará un uso apropiado?, ¿la cerrará y pasará a estar, de nuevo, sin uso conocido? En cualquier caso, hagan lo que hagan al respecto, estoy convencido de que cada vez serán más los ojos que, al mirar aquella casa, recordarán con gratitud a la gijonesa que allí vivió: todo un ejemplo de honestidad, coherencia y generosidad para quienes aún seguimos en el camino. 

 

La Nueva España, edición de Gijón, 10 de mayo de 2023





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 enero

256. Una gijonesa ejemplar

 

Rosario de Acuña: una gijonesa ejemplar

Texto íntegro de mi intervención en la charla coloquio (⇑) organizada por el Fórum de Política Feminista de Asturias que tuvo lugar en el gijonés Centro de Cultura Antiguo Instituto  el jueves 19 de enero de 2023

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Buenas tardes 

Antes de nada, permítanme que mis primeras palabras sean para recordar a José Bolado, fallecido en mayo de 2021, autor de la inestimable edición de las Obrar reunidas de Rosario de Acuña y uno de los impulsores del proceso de recuperación de la memoria de esta gijonesa ejemplar. 

Cierto es que doña Rosario no nació en Gijón, que lo hizo en Madrid el primer día de noviembre del año 1850. No nació en Gijón, pero aquí quiso pasar los últimos años de su vida, aquí quiso morir y en el cementerio civil reposan sus restos, mirando al sol nacer. No es, ciertamente, gijonesa por nacimiento, sino por propia voluntad, porque así lo quiso. La suya fue una decisión largamente acariciada, pues su querencia por esta tierra le venía de lejos a juzgar por sus palabras: «casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo».

Portada del folleto editado por el Fórum de Política Feminista de Asturias
Empezó a conocerla a edad temprana, cuando el viaje en tren resultaba toda una odisea al no estar terminada la rampa de Pajares. Por entonces quienes pretendían llegar a la región tenían que apearse en la estación de Villamanín, para tomar allí un coche de caballos que les bajaba hasta Puente los Fierros, donde debían de subirse de nuevo a uno de los vagones que allí aguardaba para llevarlos, al fin, a su destino. Fue en uno de estos tempranos viajes de Madrid a Gijón cuando el tren en el que viajaba fue asaltado por una partida de carlistas. Tenía ella quince o dieciséis años y, acompañada de su padre, venía a pasar un mes del verano, a disfrutar de los efectos salutíferos del mar, a los baños. Sabían que las brisas yodadas tenían efectos beneficiosos para sus enfermos y doloridos ojos. A la vuelta, su madre les esperaba para viajar a París y visitar la Exposición Universal antes de que cerrara sus puertas.

Aquel viaje no lo olvidó. Poco antes de llegar a Villamanín el tren correo se paró bruscamente: la máquina había descarrilado al toparse de pronto con unos raíles que habían sido levantados. Por las ventanillas podían verse hombres a caballo que, armados con escopetas y trabucos, amenazaban con la muerte a quien osara apearse. Otros entraban en los vagones pidiendo la documentación a los pasajeros. El que se subió al suyo aprovechó la circunstancia para coger los billetes que había en la cartera que su padre sacó para mostrarles su cédula de identificación. Al poco, un sonido de corneta dio por terminada la operación: los carlistas ya habían encontrado en otro de los vagones el botín que venían buscando. Tras la marcha de los asaltantes y con menos dinero en el bolsillo, padre e hija tuvieron que caminar en dirección a Busdongo, hasta encontrar cobijo en una de las casas del lugar. A la mañana siguiente, pusieron rumbo a Puente los Fierros, puerto abajo, en un carro tirado por un burro que habían conseguido alquilar en la localidad leonesa. Una vez allí, tomaron otro tren que, al fin, los condujo hasta su ansiado destino, donde esperaban unos buenos amigos.

Volvió en más de una ocasión, y no solo a Gijón, y no solo para que sus ojos se beneficiaran del aire marino. Asturias fue uno de sus destinos recurrentes en aquellos viajes a caballo que cada año realizaba para recorrer su querida España. Cuando el sol de mayo comenzaba a calentar las tierras, salía de Pinto a lomos de una dócil cabalgadura para conocer una parte de su vieja patria, en largas jornadas de varias decenas de kilómetros, que terminaban con un merecido descanso, bien en una pensión, bien al resguardo de una tienda de campaña. Y así durante semanas, hasta que, ya entrado el otoño, regresaba a su Villa Nueva, la casa que se había hecho construir a las afueras de la pequeña localidad pinteña.

De una de aquellas expediciones –la que realizó en 1887– contamos con algunas notas que ella iba recogiendo con la intención de publicar un libro. Sabemos que por entonces pasó unas cuantas semanas en Asturias. Estuvo algunos días en Trubia, conviviendo cara a cara con el temor que atenazaba a los obreros de la fábrica de armas, sometidos como estaban al férreo control que sobre ellos ejercían los oficiales del Ejército que la dirigían. La siguiente parada tiene lugar en Luarca, donde hay quienes la agasajan, organizando una velada en su honor que se celebra en el casino, y quienes, teniéndola por una atea y enemiga de la religión católica, le envían anónimos con amenazas de muerte. Al abandonar la capital valdesana, al dejar atrás las disputas de los hombres, no pudo menos que olvidarse momentáneamente de todo, para deleitarse contemplando la inmensidad del océano, de ese mar siempre cambiante que tanto le atraía.

Dos o tres veranos después volvió a Asturias, en una nueva expedición, con la intención de recorrer durante cinco meses, a caballo y a pie, buena parte de la Cordillera Cantábrica. En ese tiempo realizó algunas ascensiones de las que dan cuenta sus escritos, alcanzando las cumbres de, al menos, Peña Remoña y El Evangelista. Al parecer, se valía de un caballo asturcón para aproximarse hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia... En la cima de la Pica del Jierru (o Pico del Evangelista, que era como solía aparecer por entonces en los mapas), sus ojos se recrearon en la panorámica que desde aquellas alturas, a más de dos mil cuatrocientos metros, se contemplaba: si miraba hacia el sur, las estepas castellanas; si lo hacía al norte, la azul inmensidad del mar; y allí al lado, «Asturias, ¡la sin par Asturias!, donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales».

En el transcurso de estas expediciones a caballo por tierras asturianas conoció lugares que no eran habituales para la mayoría de sus habitantes: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos que, según nos cuenta, era «uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan». Nos habla con deleite del Nalón, río que conoció «desde sus fuentes principales, en las heladeras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en Soto del Barco». Precisamente, a la incomparable visión que contemplaba desde un amplísimo balcón que se alza sobre el alto Nalón, dedicó sus mejores palabras. Cuenta que, tras avanzar a gatas hasta la misma arista volada sobre el abismo, pudo contemplar la sucesión de valles, montes, colinas, vegas y pueblos, que se derrumbaban delante suyo en inacabable sucesión. Y allí, en aquel incomparable escenario, lo vio, o quizás lo intuyó en la lejanía: «El Nalón corría allá, lejos, muy lejos, y detrás de los últimos límites, en el fondo brumoso, sobresaliendo sobre las nieblas, que sacudían sus pliegues sobre vegas y picachos, cortando el esplendor de una mañana gloriosa de luz, un telón inmenso, azul cobalto oscuro, confundido en línea indecisa con el celeste del infinito, se desplegaba en el horizonte: ¡era el mar!»

¡El mar! ¡La serena majestuosidad del océano! ¡Como lo echó de menos durante aquellos largos meses que permaneció postrada en cama, luchando contra las fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte! Fue entonces cuando tomó la decisión de abandonar su casa de Pinto para ir a reencontrarse con el mar. Podría haber sido esta la ocasión para mudarse a Asturias, pero no, entonces decidió poner en marcha una granja avícola en Cueto, una pequeña localidad cántabra situada en las proximidades del mar y a unos pocos kilómetros del centro de Santander.

Allí estuvo varios años, dedicada por entero al cuidado de sus patos y gallinas. En aquel tiempo su actividad era incesante: salvo las seis horas reglamentarias de sueño y el preceptivo descanso de un par de horas que se tomaba en las tardes del domingo, momento que destinaba a sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar, todos los minutos de cada uno de los días estaban ocupados. Ya no había tiempo para expedición alguna, ni a pie ni a caballo.

Todo cambió en la primavera de 1905. Una noche del mes de abril, los ladrones entraron en su granja y se apoderaron de gallos y gallinas con un valor que, a precios de mercado, suponía el importe de un año de trabajo. Aquel robo la hizo desistir. Fue un duro golpe para ella. Al importante perjuicio económico, se une la desesperanza que le produce la miseria humana, pues tiene fundadas sospechas de que los ladrones residen en las proximidades, y la certeza de que sus gallos y sus gallinas se venden impunemente en el mercado de la capital. Tras varios meses de búsquedas e indagaciones, con oferta de recompensa incluida, decide poner fin a su trabajo de avicultora.

Desmantelada la granja y libre ya de las ataduras requeridas por la atención a los animales del corral que le habían impedido ausentarse de la localidad, recupera su actividad viajera: pasa un tiempo en Suances, luego en Santillana del Mar… A finales de septiembre de 1906, coincidiendo con la feria anual, se encuentra en un hotel de Reinosa. Allí compró un potro que habría de transportar sus pertenencias en el viaje a pie que, partiendo de Soto de Campoo, la llevaría a adentrarse de nuevo en tierras asturianas.

Llevaba varios años sin gozar de la belleza de sus ríos y de sus montañas, sin disfrutar de aquellos paisajes que le habían hecho exclamar que no había nada más soberanamente bello que Asturias. Además y por si los atributos que la naturaleza había concedido a esta tierra no fueran razón suficiente, en este privilegiado escenario habitaba también la esperanza: «un apretado haz de consecuentes, austeros y resueltos» que militan en el campo de la libertad, obreros concienciados y combativos, hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de librarse de la superstición y de abrazar la racionalidad y el progreso; mujeres a quienes desea ver «emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas».

Quizás fuera en el transcurso de este viaje cuando tomó la decisión, lo cierto es que no tardará en instalarse en Gijón, residiendo durante seis meses en una pensión de la localidad. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia» escribió ella, como si de una prueba se tratara. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente compra un terreno situado sobre uno de los acantilados del litoral gijonés, a unos cuatro kilómetros de las calles más céntricas de la ciudad. Allí en El Cervigón, cerca del mar y alejada del escenario urbano, se hará construir la que será su última morada. A primeros de septiembre de 1909 solicita la oportuna licencia de construcción y, algunos meses después, ya se encuentra residiendo en su nueva casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean el cabo de San Lorenzo.

Que eligiera para vivir un lugar alejado del centro de la ciudad obedecía a su convencimiento –germinado ya a poco de alcanzar la treintena, en los tiempos de su temporal residencia en la capital aragonesa– de que el ajetreo urbano y los convencionalismos ciudadanos nos alejan del salutífero influjo de la naturaleza, de sus aromas y melodías, de sus cotidianas evocaciones… Necesita estar lo más cerca posible del mar y del cielo, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que la vida de sus semejantes le resultara indiferente. Antes al contrario, bien podemos afirmar que en esta última etapa de su vida su implicación en la defensa de los más desfavorecidos resulta aún más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles, en apoyo de quienes más padecen.

Cuando la situación lo requiere, no duda en abandonar la casa del acantilado tantas veces como resulte necesario, bien sea para acudir al mitin que tiene lugar en la plaza de toros contra las medidas represivas que puso en marcha el Gobierno de Antonio Maura tras la Semana Trágica barcelonesa; para manifestarse por las calles de su nueva ciudad en apoyo de la denominada Ley del Candado que limitaba la fundación de nuevas órdenes religiosas; o para participar en la velada que se celebra en el teatro Dindurra (actualmente teatro Jovellanos) en solidaridad con los dirigentes obreros detenidos tras el atentado sufrido por un miembro de la patronal: ella fue quien puso el cierre al acto con la lectura de unas poesías suyas cargadas de espíritu solidario…

Aunque haya elegido un lugar apartado para vivir, la nueva gijonesa sabe bien que en la ciudad hay personas que militan en el campo del progreso y de la libertad, y que con ellas tendrá que colaborar en la nueva etapa que comienza, razón por la cual y ya desde el primer momento hace pública su incondicional adhesión a todas las agrupaciones librepensadoras y radicales. Retoma por entonces su antigua relación con el Ateneo Obrero, y se aviene a enviar unas cuartillas que le piden para ser leídas en la sucursal de La Calzada con motivo de la inauguración de las clases nocturnas para obreros. Comienza a colaborar con el diario El Noroeste, en cuyas páginas aparecen algunos comentados escritos, como el que publica con ocasión del Primero de Mayo de 1910, en el cual vaticina la llegada de vientos purificadores ante el «avance de las huestes proletarias que enarbolan los grandes emblemas de la verdad, la razón y la justicia». Establece contactos con los republicanos melquiadistas, promotores de la Escuela Neutra, y a petición de sus dirigentes pronuncia un afamado discurso en la ceremonia de inauguración, que tiene lugar el 29 de septiembre de 1911 en el ya desaparecido teatro de los Campos Elíseos.

Tiempo después, tras regresar del exilio portugués donde pasa dos largos años por arremeter con crudas palabras contra los estudiantes que en Madrid agredieron a unas universitarias, la encontraremos más próxima a las organizaciones obreras. Consumida gran parte de los ahorros familiares durante aquella obligada estancia en tierras portuguesas, teniendo como único ingreso los escasos diecinueve duros mensuales que cobra de la pensión de viudedad que tiene asignada, su vida cotidiana se asemeja cada vez más a la de aquellos obreros que antaño se empeñara en defender. Las penurias que habrá de soportar desde entonces la sitúan, efectivamente, muy cerca de los desamparados, de los que carecen de todo.

Serán los jóvenes socialistas gijoneses quienes tomen la iniciativa: con ocasión del Primero de mayo de 1914, el primero tras su regreso, la invitan a acudir a su sede y participar en uno de los actos que organizan. Unos meses después será ella quien envíe un escrito a La Aurora Social, «órgano de las Agrupaciones socialistas de Asturias», que desde unos meses atrás dirige Isidoro Acevedo, un viejo conocido de la etapa santanderina. Se trata de una carta de apoyo a la causa socialista, en la que muestra su confianza en el papel que ha de jugar en el inmediato futuro la clase proletaria. Por entonces también comienza a colaborar en Acción Socialista, «revista semanal ilustrada», órgano del grupo de igual nombre constituido por militantes pertenecientes a las Juventudes Socialistas Madrileñas. Ya en 1919, en la campaña para las elecciones al Congreso, no duda en apoyar públicamente a Teodomiro Menéndez, un socialista con el que mantiene relación de amistad desde tiempo atrás. Parece que se encuentra cómoda con los obreros y que éstos aprecian su ya largo batallar. Así se lo hacen saber cada Primero de Mayo de sus últimos años, cuando los socialistas gijoneses organizan una gira hasta su casa para testimoniarle su admiración y respeto.

 

Además de para los socialistas, el hogar de doña Rosario tenía sus puertas abiertas para otras muchas personas, que hasta allí se suelen acercar a conversar largo y tendido de lo divino y de lo humano: directivos del Ateneo Obrero, maestros, destacados elementos del republicanismo gijonés como Benito Conde o Lucas Merediz, el periodista Antonio Oliveros, quien, según sus propias palabras, aceptó la dirección de El Noroeste por consejo de su anfitriona; también sus amigas Aquilina y Rosario Rodríguez Arbesú, dos jóvenes vecinas de Roces que la visitan con cierta frecuencia. Algunos, venidos de fuera, lo hacen para quedarse unos días alojados, como es el caso de su amigo el dramaturgo Joaquín Dicenta, que vino a Gijón en compañía de su hijo para que aquí se convirtiera en marino; o de Exoristo Salmerón, uno de los hijos de quien fuera presidente de la República, quien, acompañado de su mujer, solía pasar en El Cervigón unos días del mes de agosto. Hubo también quien cruzó aquellas puertas para recibir atención y cuidados. Tal fue el caso de los dos supervivientes del naufragio de una goleta en los acantilados del Cervigón que una madrugada del invierno de 1923, pocas semanas antes de su muerte, fueron llevados a su casa. Doña Rosario atiende solícita a los marineros y a sus salvadores. Realiza las primeras curas a los heridos, reparte ropas de abrigo, atiza el fuego, prepara café, les reconforta con palabras de aliento y apoyo…

Nada de cuanto sucede a su alrededor le es ajeno. Ni la tragedia de aquellos marineros que sufrieron la muerte de sus compañeros en el naufragio, ni la de los reservistas que son obligados a abandonar a su familia para morir en la guerra de África, ni la de los obreros que penan cada día malviviendo con míseros salarios, ni la de los soldados que se juegan la vida en las trincheras europeas, ni la de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… Menos aún los sufrimientos de las mujeres, sus hermanas.

A las mujeres se dirige de manera especial cuando interviene en la ya citada ceremonia de inauguración de la Escuela Neutra, a ellas les habla de las bondades de una educación libre de las ataduras del pensamiento único dominante, de la sinrazón; a ellas las anima a alejar a su prole del pastoreo clerical, aunque tengan que arrostrar por ello las insidias y el sarcasmo del resto del rebaño. Las mismas insidias e incomprensiones que sufre alguna que otra mujer que decide salirse de la norma y casarse ante un juez, como fue el caso de una gijonesa apellidada Riestra Rubiera a quien Rosario de Acuña no duda en apoyar públicamente, convirtiéndola en su «amiga y compañera» –pues, según le dice, toda mujer que piensa y trabaja lo es suya– y trasladándole su satisfacción por el hecho de que «una mujer demuestre en Gijón que el marchar se prueba andando y que el progresar se manifiesta yendo delante». Si no puede permanecer callada ante los obstáculos que angostan el sendero por el que transitan sus compañeras, qué no hará esta mujer que dice tener por emblema «por y para la mujer» cuando se entere de que unos machichulos habían agredido a unas universitarias por el hecho de ser mujeres y estudiantas.

Pues no, no se quedó callada; cogió la pluma y escribió un artículo titulado «La jarca de la Universidad» en el cual –con palabras fuertes, rotundas– arremetió contra los agresores allí donde más les podía doler, la supuesta base de sus privilegios, su hombría: «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho… ». Pero sus palabras no tienen por únicos destinatarios a los protagonistas de esta agresión cometida a las puertas de la Universidad Central, sino que apuntan también al sustrato social que los incuba y alimenta, situando el foco de atención en uno de sus aspectos más cruciales, y lo hace con una simple pregunta: «¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas... digo pobres chicos... si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales...?».


Las protestas estudiantiles comenzaron en Barcelona y se extendieron rápidamente por las facultades y los institutos de toda España. Se pide el procesamiento de la autora del escrito, se niegan a entrar en clase. Tanta es la presión ejercida que la Fiscalía de la capital catalana interpone una querella contra la autora por un delito de calumnias. Para evitar ser detenida, Rosario de Acuña abandona su casa del acantilado y se refugia en Portugal donde pasa dos largos años.

A su regreso, se reconoce más cansada, más vieja y bastante más pobre. No tiene el ánimo para nuevas batallas y parece decidida a alejarse de la palestra pública: nada de escritos, nada de conferencias, nada de actos públicos. No obstante, este autoimpuesto silencio no va afectar a la correspondencia, que sigue atendiendo con prontitud. Del Centro de Sociedades Obreras de Trubia le piden unas cuartillas para ser leídas en un acto que tienen programado. En el texto que les envía no se olvida de las mujeres: «A vuestras compañeras, que tan admirablemente secundan vuestro esfuerzo, decidles que estoy con todas ellas, que a todas las deseo emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas, único modo de que sean dignas de figurar en las filas del proletariado».

Así las quiere: emancipadas del pensamiento dominante, del fanatismo y de la superstición. Convertida en activa publicista desde ya hace décadas, su mensaje ha llegado a muchas mujeres, no solo de España, también del extranjero. Sus palabras son leídas por las lectoras del semanario El Álbum de la Mujer (⇑) que se edita en México o por las de La Voz de la Mujer (⇑), subtitulado Periódico Comunista-Anárquico, que se publica en Argentina. Que las mujeres piensen por sí mismas: un deseo largamente expresado y que ahora, ya en la vejez, mantiene muy vivo: «Venid, ¡hermanas mías!, con vuestro pensamiento a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer». Las quiere ver emancipadas y unidas, sea en la masonería, sea en las sociedades obreras.

Y ese era, precisamente, el objetivo que perseguían algunas socialistas asturianas. En 1913 se había constituido en Mieres el primer Grupo Femenino Socialista; poco después lo hará el de Gijón; y no tardando el de Trubia. De todo ello debía de estar bien al tanto, pues El Socialista formaba parte de la prensa que habitualmente leía, como ella misma nos ha contado.

Enterada de que el Grupo Femenino Socialista de Turón, recientemente constituido e integrado por un centenar de mujeres, iba a organizar una jira a la cual habían invitado a Virginia González, dirigente nacional del PSOE que tuvo una actuación destacada durante la huelga general de agosto de 1917, doña Rosario decide acudir. Su deseo de participar en aquel acto organizado por las mujeres de Turón, tuvo que ser intenso, tanto como para superar el esfuerzo que para una mujer de su edad suponía desplazarse hasta allí, por muy acostumbrada que estuviera a los viajes, por muy acostumbrada que estuviera a caminar.

Fotografía de Virginia González Polo publicada en 1918El tren que había tomado en Gijón el día anterior la dejó en la estación de Santullano y desde allí tuvo que caminar unos seis kilómetros, por un terreno no apto para cualquiera al tenor de sus palabras: «pisé las escorias incendiadas; me libré, con inverosímiles quiebros para mis huesos de setenta años, de las vagonetas que se precipitaban por los rieles; mi garganta se contrajo con el polvo negro y los humos fétidos; mis oídos se atronaron con las estridencias de las maquinillas carboneras, el chirriar de los cables y el tableteo de los lavaderos…». Una vez en Turón, se encaminó a la Casa del Pueblo donde Virginia González iba a pronunciar unas palabras como preámbulo a los actos programados para el día siguiente. Rosario de Acuña se acercó a la tribuna para abrazarla y fue entonces cuando las mujeres que mayoritariamente ocupaban el abarrotado salón de actos respondieron con un prolongado y clamoroso aplauso.

Está convencida del poder que pueden llegar a tener las mujeres cuando están unidas. Por esa razón, cuando en España se piden responsabilidades por las miles de muertes de la Guerra de Marruecos, por el llamado Desastre de Annual, ella hace un llamamiento a las mujeres asturianas para que, todas a una, reclamaran justicia:

«¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos […] Es menester que así, de esta manera, brote de vosotras el grito formidable de ¡Justicia, Justicia, Justicia!».

Parece evidente que la voz de aquella mujer que quiso vivir sus últimos años sobre un acantilado del litoral gijonés supuso todo un estímulo para las mujeres, también para las asturianas. Baste como muestra el testimonio de una de sus contemporáneas, quien años después de su muerte recordaba de esta forma la trascendencia de su largo batallar: «En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino […] iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anatemizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz».

Por lo dicho hasta aquí, no debería de resultar extraño que el día de su entierro fueran numerosas las mujeres gijonesas que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había luchado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil.

No debería de resultar extraño que, días después de que la asociación de mujeres madrileña Fraternidad Cívica hiciera llegar al Ayuntamiento de Gijón una petición para que se diera su nombre a una calle de la ciudad, otras mujeres gijonesas, las que integraban la sección artística del Centro Obrero Benito Conde, apoyaran públicamente la iniciativa y propusieran que se denominara Avenida de Rosario de Acuña a la, por entonces, nueva carretera del Piles a la Providencia, no muy alejada, por cierto, del paseo que, con inicio en las inmediaciones del Sanatorio Marítimo y finalización en la misma carretera de la Providencia, lleva oficialmente el nombre de Paseo de Rosario de Acuña desde que el pleno municipal gijonés así lo aprobara el 11 de mayo de 1990, por más que quienes caminan habitualmente por el citado paseo, entre los que me encuentro, no recuerden haber visto en todo su recorrido placa alguna que así lo indique.

No debería de resultar extraño que durante años, mientras fue posible hacerlo sin riesgo, unas mujeres gijonesas decidieran mantener vivo su recuerdo acudiendo al cementerio civil cada primero de noviembre, aniversario de su nacimiento, y cada cinco de mayo, el de su despedida, a depositar unas flores rojas sobre la tumba donde reposan sus restos.

No debería de resultar extraño que, cuando décadas atrás empezó a disiparse la neblina que ocultaba su testimonio vital y se empezó a recuperar su memoria, hubiera mujeres que tomaran su nombre por bandera, tal y como hizo la Asociación de Viudas de la República o el coro de voces femeninas que, por iniciativa de Yolanda Cueto, se formó en La Calzada antes de que el siglo anterior concluyera. Parece ser que en el primer caso la propuesta partió de Paz Fernández Felgueroso, que conocía bien a doña Rosario y sabía de sus virtudes; en cuanto al coro, será Gloria Cabranes, una de sus integrantes, quien algún tiempo después, nos cuente las razones: «Elegimos a Rosario de Acuña para dar nombre al coro porque fue una mujer luchadora y librepensadora: un ejemplo para nosotras que somos fieles a su memoria»

No debería de resultar extraño que en los últimos años algunas mujeres hayan puesto sus ojos en ella, centrándose en diversos aspectos de su vida o de su obra como tema central de sus trabajos de fin de grado o fin de máster. Tampoco, que haya habido escritoras que la tienen bien presente en sus creaciones. Tal es el caso de la novelista mierense Laura Castañón, que la hace revivir en su novela Todos los naufragios para nutrir al personaje de Flora Mateo, una maestra que encarna el arquetipo de mujer progresista y librepensadora. Muchas son las tardes que Flora pasa en la casa gijonesa del acantilado junto a su admirada Rosario de Acuña: a su lado encontró el antídoto contra el miedo.

No debería de resultar extraño que en los últimos meses centenares de mujeres, enteradas de la intención del Gobierno de poner nombre de mujer a algunas estaciones ferroviarias, apoyaran con su firma la petición para que la de Gijón, la que ahora está localizada en Sanz Crespo y la que se construya en el futuro, lleve el nombre Estación de Gijón–Rosario de Acuña.

No debería de resultar extraño tampoco que, a escasas semanas de cumplirse el centenario de su muerte, un nutrido grupo de mujeres, aceptando la invitación del Fórum de Política Feminista de Asturias, se haya reunido hoy aquí para recordar a esta gijonesa ejemplar que en vida se llamó Rosario de Acuña Villanueva.

Muchas gracias por su atención.





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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10 mayo

236. El centenario de su muerte, a dos años vista


El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de la muerte de Rosario de Acuña. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable. Así es que, con antelación suficiente, en un escrito titulado «Cuatro años por delante» (⇑) y publicado en la prensa regional a principios del mes de julio de 2019, me atreví a recordar públicamente, y de manera especial a las dieciséis concejalas y once concejales que integraban la nueva corporación municipal gijonesa constituida por entonces, que al final de su recién estrenado mandato se cumpliría el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (Archivo del autor) 

Según pude saber más tarde, aquel escrito no cayó en saco roto, lo cual contribuía a apuntalar la impresión de que las cosas estaban cambiando en la Plaza Mayor, al menos en lo que respecta al asunto que nos atañe. En efecto, tras una etapa en la cual la figura de Rosario de Acuña había caído en el apacible letargo de la desmemoria concejil, los síntomas apuntaban a un deseable cambio de tendencia, que parecía confirmarse poco tiempo después con la agenda y el calendario que, con el título Mujeres míticas, editó la Oficina de Políticas de Igualdad. Uno de los meses del año está dedicado a esta infatigable luchadora, de quien, entre otras cosas, se dice lo siguiente: «Considerada ya en su época como una de las más avanzadas vanguardistas y defensora de la igualdad social de la mujer y el hombre. Ilustre vecina que se afincó en Gijón/Xixón en 1909, participó activamente en la vida política, social y cultural de la ciudad. El Paseo Rosario de Acuña recuerda su paso por el Cervigón». Tras la lectura de aquella referencia, me pareció oportuno poner el foco en ese paseo al que se alude, totalmente desconocido para buena parte de la ciudadanía gijonesa. Subsanar aquel sinsentido no requería de grandes actuaciones y, si así se hacía, podría resultar una prueba evidente de tan ansiado cambio. 

Ese era el objetivo perseguido con «El paseo que (casi) nadie conoce», publicado en marzo de 2020. Aunque con ese nombre oficial llevaba figurando en el callejero gijonés durante las últimas tres décadas (desde aquel el 11 de mayo de 1990 el Ayuntamiento tomó el acuerdo de denominar Paseo Rosario de Acuña al tramo comprendido entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia), lo cierto es que en el lugar indicado no existe referencia alguna que informe a quienes por él transitan dónde empieza y dónde acaba el referido paseo, razón por la cual es desconocido para la mayoría de la población. Como la solución no parecía muy difícil (bastarían un par de placas que así lo indicaran), el hecho de subsanar tal despropósito bien podría considerarse como una prueba del supuesto y esperado cambio de tendencia en el gobierno municipal. Sería una excelente forma –no muy costosa, según mi parecer– de dar mayor visibilidad a una mujer ejemplar, de preparar el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa. 

Como quiera que en este tiempo hubo quien desde el Ayuntamiento se interesó por conocer cuáles eran mis propuestas para el centenario, aproveché la oportunidad que se me brindaba, sin esperar siquiera a comprobar si mi anterior escrito había logrado su propósito. Así es que en «Preparando el centenario», publicado a finales del mes de mayo de 2020, tuve ocasión de bosquejar algunas de ellas, y hablar (una vez más) de la necesidad de dar visibilidad al paseo que lleva su nombre o la de recuperar el uso colectivo de la que fuera su casa en El Cervigón. No obstante, ya apuntaba entonces la conveniencia de integrar en las labores de preparación de los actos del centenario a diversos colectivos, y citaba expresamente a entidades que habían asumido como propio el nombre de Rosario de Acuña (un coro de voces femeninas, una logia masónica, un instituto, una escuela feminista), al Ateneo Obrero (sociedad a la que estuvo vinculada) o a algunas otras que tienen su razón de ser en la defensa de algunos de los postulados por los cuales doña Rosario batalló a lo largo de su vida (Tertulia Feminista Les Comadres, Asturias Laica, Ateneo Republicano de Asturias…). 

Los ecos que me fueron llegando resultaban tranquilizadores. Se me dice que, en efecto, el centenario está en la programación del equipo de gobierno municipal y que, aunque con algo de retraso, se trabaja en su organización. Tocaba, por tanto, esperar. 

Ha pasado un año desde entonces y nada hay de nuevo: la que fuera su casa en El Cervigón continúa sin uso conocido; el paseo sigue en su cotidiana semiclandestinidad, carente de toda información… En el momento actual, a dos años vista de cumplirse el centenario de la muerte de Rosario de Acuña, las únicas noticias alentadoras que he recibido llegan de Pinto, localidad situada al sur de la provincia de Madrid donde ella vivió una de las etapas más cruciales de su biografía. Los planes que me han hecho llegar los responsables de una de las asociaciones culturales de la ciudad resultan muy alentadores: aumentar la dotación de obras en las bibliotecas municipales, tanto las escritas por nuestra protagonista como las relacionadas con ella; dedicar el año 2023 del Aula de historia a Rosario de Acuña, con una programación mensual que abarque diversos temas afines a su trayectoria biográfica; programar un intenso calendario de actividades para el mes de marzo de ese año (exposición, ciclo de conferencias, proyecciones o la representación de una obra de teatro)… 

Aunque ciertamente no nació en Pinto, como hasta hace bien poco se afirmaba, creo que existen indicios suficientes para pensar que quienes habitan en esta ciudad han dado pruebas evidentes del interés que despierta el recuerdo de quien fuera una de sus vecinas más ejemplares: desde hace ya un tiempo en su callejero hay una calle con su nombre; el pleno municipal ha aprobado diversas mociones para rescatar su figura del olvido; y en varias ocasiones su recuerdo estuvo bien presente en los actos organizados con ocasión de la Semana de la Mujer. Además, cuando el Ayuntamiento decidió abrir un proceso de votación popular para elegir el nombre de un nuevo centro social, el de Rosario de Acuña fue el elegido, y como tal es conocido desde que fuera inaugurado el día 6 de marzo de 2010 en una ceremonia en la que, por cierto, participó la por entonces alcaldesa de Gijón Paz Fernández Felgueroso. Sin duda, eran otros tiempos. 

En los actuales, a dos años vista del centenario de la muerte de Rosario de Acuña, tan solo cabe esperar, en la confianza de que, al fin, tanto en Gijón como en Pinto se aprovechará esta ocasión que brinda el calendario, no solo para recordar la figura de esta incansable luchadora en pro de la libertad de conciencia y defensora infatigable de los más desfavorecidos, sino también para divulgar el rico patrimonio vital que nos ha legado. Que así sea. 

 La Voz de Asturias, Oviedo, 9/5/2021 (⇑) 

 

 



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a descansado, al fin, la señora doña Rosario de Acuña y Villanueva de larga vida y combatida, trabajosa, aflictiva ancianidad. Puede aplicársele con justicia la frase de D. Nicasio Gallego a otra poetisa española: «Era mucho hombre esta mujer». Era la mujer...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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27 mayo

113. Las Obras reunidas


Portada del volumen I de las Obras reunidas
La publicación de las Obras reunidas (2007-2009) supuso un hito en la recuperación de la palabra, del testimonio vital de Rosario de Acuña Villanueva. Gracias al trabajo ímprobo de José Bolado, las personas interesadas en su obra pueden tener al alcance de su mano la mayor parte de los textos que doña Rosario dio a la imprenta a lo largo de casi cincuenta años.

El apoyo que a la edición prestaron diversas entidades públicas como el Instituto Asturiano de la Mujer, el Ayuntamiento de Gijón (al frente del cual se encontraba por entonces la alcaldesa Paz Fernández Felgueroso, una entusiasta admiradora de Acuña) y Cajastur, facilitó la difusión de la obra en los institutos y bibliotecas de la región; también en departamentos de varias universidades. Gracias a ello algunos investigadores pudieron conocer de primera mano la obra de esta mujer, desconocida para la mayoría. Tal fue el caso de Elena Hernández Sandoica, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, cuyo testimonio puede servirnos de ejemplo acerca de la trascendencia que para la difusión y el estudio de la vida y obra de Rosario de Acuña tiene la edición de las Obras reunidas:

Agradezco a Rosa Cid y a Amparo Pedregal, que me invitaron a participar en un máster de género en la Universidad de Oviedo en diciembre de 2009, que pusieran en mis manos los dos primeros volúmenes. A ellas dos les debo el haber quedado atrapada por esta personalidad magnética, que interpela y demanda respuesta al hablar

Atrapada por el contenido de sus artículos, no tardó en regalarnos «Rosario de Acuña: la escritura y la vida», una lúcida aproximación al testimonio vital de nuestra protagonista. Y más recientemente,  «Rosario de Acuña y "La jarca de la universidad" (⇑)»,  la última de las conferencias que el instituto que lleva su nombre programó con ocasión de su XXV aniversario.

Si no hubiera sido por las Obras reunidas, quizás Elena no habría puesto sus ojos, y su saber, en esta ilustre librepensadora. El ejemplo de Hernández Sandoica nos hace aventurar que la ingente tarea desarrollada por Bolado durante años supondrá un significativo impulso a la labor de divulgación de la obra de Rosario de Acuña, que dio comienzo Regina Lamo en los años treinta del pasado siglo.

Para que quienes lean este comentario se puedan hacer una idea aproximada de la magnitud de la tarea, permítaseme que enumere, aunque sea someramente, los principales hitos de la misma, habida cuenta de que, de forma paralela, también hube de recorrerlos.

Los primeros pasos, quizás los más placenteros, fueron relativamente fáciles: buscar en los catálogos de las bibliotecas, solicitar las copias y disfrutar de los primeros volúmenes, sus libros o folletos: Un ramo de violetas (⇑)La vuelta de una golondrina (⇑)Ecos del alma. Poesías (⇑), Rienzi el tribuno (⇑), Amor a la patria (⇑), Morirse a tiempo (⇑), Tribunales de venganza (⇑), Tiempo perdido (cuentos y bocetos) (⇑), La siesta (colección de artículos) (⇑), Influencia de la vida del campo en la familia (⇑), El lujo en los pueblos rurales (⇑), Sentir y pensar (⇑)Certamen de insectos (⇑), La casa de muñecas (⇑), Discurso leído en el Ateneo Obrero de Gijón (⇑), El padre Juan (⇑), La voz de la patria (⇑), Avicultura. Colección de artículos (⇑), La higiene en la familia obrera (⇑), Cosas mías (⇑). Fueron llegando de la Biblioteca Nacional y de otras bibliotecas públicas y privadas de Asturias, Cantabria, Las Palmas de Gran Canaria (Gabinete Literario), Zamora, Ciudad Real, León, Madrid (Ateneo) o Barcelona (Atenéu Enciclopedic Popular). Ciertamente  era un buen comienzo (más si tenemos en cuenta que algunos de esos volúmenes eran una colección de poemas o de artículos, con lo cual el número de títulos aumentaba), pero aún quedaba todo lo que había publicado en prensa y revistas.

Como esa ocupación era, ciertamente, mucho más ardua y laboriosa, estoy convencido que  José Bolado agradecería la labor que previamente había realizado María del Carmen Simón Palmer, quien en el año 1991 dio a conocer casi cien referencias de diversas obras de Rosario de Acuña en Escritoras españolas del siglo XIX,  manual bio-bibliográfico:


Fragmento de la lista de escritos de Rosario de Acuña recogidos por María del Carmen Simón Palmer en su obra  Escritoras españolas del siglo XIX : manual bio-bibliográfico

Antes de las aportaciones de María del Carmen Simón, hubo de agradecer los apuntes biográficos que Patricio Adúriz Pérez había publicado en El Comercio a finales de los años sesenta. A lo largo de cinco entregas (⇑), quien andando el tiempo se convertiría en cronista oficial de Gijón, no sólo desveló algunos de los sucesos más importantes de la vida de nuestra protagonista (el éxito de Rienzi, la muerte de su padre, su actividad avícola en la localidad cántabra de Cueto, la serie de artículos que con el título «Conversaciones femeninas» publicó en El Cantábrico, el exilio en Portugal...), sino que también recuperó algunas de sus poesías (el soneto dedicado a su padre (⇑) , Sombra y luz (⇑), A mi madre (⇑), Asturias (⇑), Mis golondrinas (⇑), Los poetas nacen (⇑), A Gijón (⇑)...), así como la transcripción de buena parte de su testamento (⇑) ológrafo.

Tampoco le vendría nada mal la publicación en 2005 de mi libro Rosario de Acuña en Asturias, ya que allí se incluían diversos escritos de doña Rosario que habían visto la luz en el diario gijonés El Noroeste. Mucho más si tenemos en cuenta que por entonces el fondo del periódico no estaba digitalizado, y localizar esos textos suponía dedicar tardes y tardes a visionar cada una de las microfichas donde se conservaban: 
Quedaban aún decenas de artículos y decenas de poesías por desempolvar. Cualquier indicio, cualquier pista sería bienvenida, como mi aportación indirecta del año 2009, la cual, por cierto, estuvo a punto de no llegar a tiempo. De hecho, ocupó los últimos dos volúmenes. Por suerte para las poesías, el quinto era el suyo, así que ocuparon su lugar. Para el resto de los textos se les habilitó un apartado especial: Varia. Me estoy refiriendo a la carta a Tomás Costa (⇑), que encontré tras vueltas y revueltas en el Archivo Provincial de Huesca y, de manera especial, a los textos publicados en La Unión Democrática de Alicante, a los cuales se puede acceder en la actualidad con cierta comodidad por medio de buscadores, pero dado que no era así por entonces, no había otra que revisar hoja a hoja la edición de cada día. Por suerte aquella pesada tarea dio sus frutos y en aquellas páginas encontré un buen lote:
  No crea quien haya llegado hasta este punto, que estaba todo hecho. Ni mucho menos. A pesar de las aportaciones recibidas de una forma o de otra, la tarea que aún le quedaba por realizar a José Bolado era enorme: todavía permanecían en las hemerotecas muchos escritos desconocidos, tantos que no todos tuvieron cabida en las Obras reunidas.

Afortunadamente algunos  de esos sí que están publicados en  Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), una página que puse en marcha hace ya unos años con el objetivo de divulgar el testimonio de nuestra ilustre protagonista. Para facilitar la consulta a las personas interesadas, las obras que no aparecen en las Obras reunidas están oportunamente identificadas con una equis o cruz griega, de la manera que aparece reflejada en la imagen superior.




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Fábrica de Tabacos, Gijón. Operarias del taller de cigarrillos superiores. Julio Peinado, 1906. (Museo del Pueblo de Asturias) 231. Las hermanas de Rosario de Acuña
Compañeras eran para ella las mujeres. Así, desde el plural, desde el «nosotras», entendía ella la emancipación de la mujer, lo cual representa una sensible diferencia con otros planteamientos, quizás más individualistas, que al respecto mantenían algunas...


Portada del libro Rosario de Acuña, <i>Hipatia</i> (1850-1923). Emoción y razón185. Siete miradas a una vida de mujer apasionante
Una vida de mujer apasionante, y una obra literaria y periodística de sumo interés, resumen en pocas palabras el porqué de haber querido reunirse aquí diversas voces especializadas en la figura de Rosario de Acuña...



Sergio Sánchez Collantes, El Comercio,26-6-201493. «Ídolo y mentora de las republicanas», por Sergio Sánchez Collantes
Rosario de Acuña ejerció por medio de la pluma un verdadero magisterio racionalista, un apostolado infatigable que sacudió muchos espíritus timoratos y supersticiosos. Así, con sus campañas en pro de la razón, la tolerancia y la justicia, la escritora contribuyó a engrosar las filas...



Plano de Pinto del año 1924 con la probable localización de la casa de Rosario de Acuña52. «En busca de la casa de Rosario de Acuña en Pinto», por Mario Coronas Arquero
Las investigaciones realizadas por el autor de este artículo, le llevan a localizar el lugar donde estuvo situada la quinta Villa Nueva, la casa situada a las afueras de Pinto que fue morada...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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