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29 junio

215. Amazona


Amazonas

Contemplando la ilustración que inicia este comentario, bien pudiéramos decir que no se aprecian grandes diferencias: la imagen de la izquierda muestra el modelo de traje de amazona que apareció en la portada del primer número de El Mundo de las Damas publicado en el mes de enero de 1887; a la derecha se puede contemplar una copia del retrato ecuestre de nuestra protagonista, «en la forma que hizo su último viaje por Asturias y Galicia», puesto a la venta por El Porvenir Editorial en 1888 al precio de dos pesetas.

Aunque la imagen de doña Rosario de Acuña a lomos de una cabalgadura no desemejara en grado sumo de la que aparecía en los figurines del momento, cabe pensar que, según en qué lugares y en qué situaciones, no siempre podría pasar inadvertida. Basta suponer lo que pudo acontecer en el transcurso de ese viaje al que se hace mención más arriba: años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega; lo hace a lomo de una caballería; su negro atavío oculta el aparejo en el que se asienta... Quizás lo sea entre las damas, en los cortijos o en las dehesas, pero allí la estampa no es habitual. Ella misma nos da cuenta de la sorpresa que causa su presencia: los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa, a la respetable altura de mi noble yegua: —«¡Milagro, milagro!»— he oído decir a algunas mujeres de estos infelices».

Ni aquella de 1887, por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), fue la primera expedición ni la yegua de blanco pelaje su único corcel. Cada año, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar las tierras, salía de Pinto a lomos de una dócil montura, con escaso equipaje a la grupa y bien acompañada (al principio, al lado de su viejo criado Gabriel; más tarde, junto al joven Carlos Lamo (⇑), su buen discípulo) para conocer una parte de su vieja patria, en largas jornadas en las que recorrían de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supondrían varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), que terminaban con un merecido descanso, bien fuera en una fonda, posada o al abrigo de una tienda de campaña. Y así durante semanas, hasta que a finales de noviembre regresaban a la quinta que poseía en la pequeña localidad madrileña. Ni que decir tiene que el buen entendimiento entre la amazona y su caballería constituía  un elemento de gran valor en aquellas largas y periódicas aventuras. Rosario presumía de la eficacia del amigable control que ejercía sobre sus animales:

Siempre, más que las riendas, espuela y látigo, guié a mis caballos con la voz; no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras; siempre cabalgué en animales de raza noble, es cierto, mas siempre una de las orejas del bruto iba vuelta hacia atrás, escuchándome, y me bastaba decir: «¡A correr!», para que corriera; y cuando la escabrosidad del camino surgía delante, con decir: «¡Cuidado!», bastaba para que sus cascos se posaran con tiento y firmeza.

Fuera Vieja o fuera Viejo, que así acostumbraba llamar a sus monturas, lo cierto es que fue en Pinto donde encontraron mejor acomodo, pues su Villa Nueva –además de huerto, palomar y corral–  contaba con un establo preparado para dos caballos. De hecho, fue en los años en que residió en la villa pinteña cuando realizó la mayor parte de sus expediciones. La que mejor conocemos es la de 1887, pues, animada por el propósito de escribir «un librito» sobre las tierras y las gentes del Norte, tomó notas de reflexiones y aconteceres, parte de las cuales le sirvió de base para escribir algunos artículos que fueron publicados en Las Dominicales. Fue la más documentada, pero no fue la única. Ese mismo año, después de recorrer a lomos de su yegua trescientas ochenta y nueve leguas por Asturias y Galicia (alrededor de dos mil cien kilómetros), y tras una breve estancia en Madrid, partió hacia Andalucía. Sabemos también de otras expediciones, como aquella que tuvo por escenario las tierras castellanas lindantes con Extremadura, en el transcurso de la cual se encontró con un conocido (⇑), catedrático del instituto de la cercana ciudad donde se ubicaba su posada e hijo de la nodriza de su padre; o aquella otra en la cual recorrió por entero el litoral cantábrico (⇑) a la grupa de su Viejo de entonces, quizás la misma que le llevó a la cima de El Evangelista, en el macizo oriental de los Picos de Europa, y de cuyas impresiones nos da cuenta en la dedicatoria que inicia El padre Juan (⇑). Muchas jornadas, muchas leguas; tantas que en la quietud brumosa de la añoranza llegó a escribir: «¡Ah, sí! ¡España, la tierra española, la Península Ibérica, es hermosamente espléndida! [...] Yo la conozco casi palmo a palmo; en cuanto a Asturias, La Montaña y Galicia, las sé como mi casa». 

Sin duda, la de Pinto fue la mejor etapa; luego las circunstancias cambiaron. En Cantabria no le fue posible repetir aquellas expediciones. La granja avícola (⇑) que puso en marcha en Cueto le obligaba a permanecer día tras día al lado de sus aves. Tan solo se permitía un descanso de un par de horas en las tardes del domingo, durante las cuales solía sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar. Tenía que ganarse la vida con su trabajo; no había tiempo para más. Y así fue hasta el verano de 1906 cuando, desmantelada definitivamente la última de sus granjas, pudo viajar de nuevo. En un primer momento fueron desplazamientos cortos, por las tierras cántabras, pero en su mente ya debía de haberse instalado la idea de reanudar las antiguas expediciones, pues en septiembre la encontramos en la feria de Reinosa con la intención de hacerse con una nueva montura. Allí compró un potro de buena planta y allí dio inicio a una nueva aventura con las vecinas tierras asturianas como destino. Le acompañaba Carlos Lamo, leal discípulo a quien todos conocían como su sobrino. Se reanudaron, al fin, los viajes, pero aquel la amazona lo hizo a pie, que al joven caballo le asignaron la misión de transportar los pertrechos necesarios.

Un par de años después volverá a Asturias (⇑); lo hará entonces para quedarse definitivamente, instalándose en una finca que se hizo construir en el litoral gijonés. Casi sin tiempo para echar raíces, tuvo que abandonar de prisa y corriendo su nuevo hogar para evitar ser apresada, pues la fiscalía la acusa de un delito de injurias tras varios días de ruidosas protestas de los estudiantes contra su escrito La jarca de la Universidad. Desconozco cómo llegó a Portugal, sí sabemos que a los pocos días de su huída está alojada en un hotel de Valença do Minho. Allí estuvo unas semanas, probablemente a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres meses después, informada de las infructuosas gestiones para hacer posible un pronto regreso, abandonó la localidad fronteriza. A mediados de marzo del año 1912 emprende viaje a Lisboa. Tal y como apunto en el comentario 134. Proceso, exilio e indulto (⇑), bien pudiera ser que se instalara en las inmediaciones de la capital o, tal vez, se decidiera  a comprar dos buenos caballos para recorrer al lado de Carlos el territorio portugués.  

De haberlo hecho así, aquella habría sido la última de sus expediciones, pues cuando regresó a su casa gijonesa, lo hizo bastante más pobre que cuando partió: en el exilio gastó buena parte de sus ahorros, viéndose obligada a hipotecar su casa para poder completar su pensión de poco más de dieciocho duros que como viuda de comandante percibía cada mes. La última etapa de su vida fue un tiempo de estrecheces, de mirar la peseta, de apretarse el cinturón. No por ello renunció a realizar alguna excursión, remedando tiempos pasados. Claro está que lo hizo de forma bien diferente:

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo, subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí a la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes [...] Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

Con los actuales trazados, el itinerario supone una distancia total de alrededor de cuatrocientos kilómetros, lo que no está nada mal para una mujer que por entonces cuenta con sesenta y tantos años. Ni silla inglesa, ni bridas, ni freno, ni cascos, ni espuela, ni Vieja, ni Viejo. Las penurias económicas han obligado a apearse de la montura a la veterana amazona. Atrás quedan las largas expediciones a lomos de sus cabalgaduras por las tierras de su querida España.




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22 octubre

134. Proceso, exilio e indulto


Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas la de la mujer y la del cura o el fraile y de unos solos calzones los del marido o querido resultan con dos partes de hembra: o por lo menos hermafroditas por eso casi todos hacen a pluma y a pelo. Tienen, en su organismo, tales partes de feminidad pero de feminidad al natural, de hembra bestia que sienten los mismos celos de las perras, las monas, las burras y las cerdas, y ¡hay que ver cuando estas apreciables hembras se enzarzan a mordiscos; las peloteras suyas son feroces...!

¡Ahí es nada!, ¡no morder aquellos estudiantitos a sus compañeras! Sus órganos semifemeninos les hacen ver una competencia desastrosa, para ellos, con que las mujeres vayan al alcance de sus entendimientos de alcancía rellena de ilusiones, de doctorados, diputaciones y demás sainetes sociales.

¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas?... digo pobres chicos... si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales, restregarse contra los clérigos, y hacer a sus consortes cabrones y ladrones, para lucir ellas las zarandajas de las modas...? ( «La jarca de la Universidad» (⇑), El Progreso, Barcelona, 22-11-1911).

La autora de aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después, no podría menos que sorprenderse por la trascendencia que tomaba aquel asunto, pues en las más altas instancias del país se estaban adoptando las medidas pertinentes para satisfacer a los ofendidos estudiantes: se dice que el ministro de Instrucción pública se ha reunido con el fiscal del Supremo y que éste ha telegrafiado al de la Audiencia de Barcelona. Al final, la Fiscalía de la capital catalana interpone una querella contra la autora del artículo por un delito de calumnias. Mientras tanto, en la prensa nacional no dejan de aparecer escritos que, en cuanto a ofensas, no se distancian mucho del que tan acaloradamente critican. Así, por ejemplo, en Madrid Cómico del 2 de diciembre se publican unos «Couplets de actualidad con música de “La gatita blanca”» (⇑), en los cuales el autor no puede menos que recurrir al castizo repertorio que santifica la domesticidad de la mujer para atacar a doña Rosario y, por extensión, a todas las que osan salir del confinamiento doméstico. Palabras más gruesas se vierten en el artículo que con el título «Los estudiantes y la Rosario» (⇑) publica ese mismo día el semanario Cataluña. Ernest Homs, colaborador habitual del periódico y a la sazón estudiante de Derecho, firma un escrito plagado de duras palabras hacia la escritora, a quien empieza aplicando el tan usado calificativo de histérica, para proseguir en escala ascendente con los de alcohólica, cretina y degenerada y terminar con los llamativos «harpía laica», «chantajista de sufragio universal» o «trapera de inmundicias». Menos mal que la destinataria de tales epítetos no llegó a leerlos, puesto que, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, había tomado ya la decisión de abandonar su casa y buscar un lugar seguro para cobijarse. De tal manera que cuando el primer día de diciembre acude a su casa una pareja de la Guardia Civil con el consiguiente exhorto judicial para proceder a su detención, se encuentra con que no estaba, en la casa no había nadie. La prensa afirma al día siguiente que «hace días que había marchado a París».


Fotografía de una manifestación anticlerical celebrada en Lisboa en 1912


No fue a la capital francesa adonde dirigieron sus pasos Rosario y Carlos, su fiel acompañante, sino a Portugal, la tierra de la que siglos antes habían partido los antepasados de la escritora. Dejando a un lado este lejano vínculo con el país vecino, lo cierto es que esa tierra y sus gentes cuentan con el aprecio y el cariño de la pareja, como bien han dejado patente años atrás, con ocasión del Ultimátum británico de 1890, cuando ambos se apresuraron a escribir manifiestos en solidaridad con el pueblo portugués y a colaborar en cuantos actos se celebraron entonces con el mismo objetivo. Además, el país vecino resultaba ahora aún más atractivo para quienes, como ellos, llevaban tiempo enarbolando la bandera de la libertad de pensamiento, pues el Gobierno de la recientemente proclamada república lusa había dado pasos decisivos para poner fin a la confesionalidad del estado: se disolvieron las órdenes religiosas, se instauraron fiestas civiles en sustitución de las religiosas, se procedió a la supresión de la enseñanza religiosa en la escuela, se clausuró la Facultad de Teología de la Universidad de Coimbra, se dio vía libre al divorcio, se secularizaron los cementerios… es decir, muchas de las cosas por las que nuestra propagandista lleva tiempo luchando: las reformas que ella anhela ver implantadas en España ya se han logrado, y en poco tiempo, en Portugal, un país que ya será para ella «esa admirable nación que supo, de una manotada, quitarse de encima Iglesia, Monarquía y oligarcas…»

Lo más probable es que atravesara la frontera por Tuy, pues sabemos que una vez en tierra lusa decidió instalarse en la vecina localidad de Valença do Minho, en el hotel O Valenciano. Debió de pensar que aquel era un buen lugar para esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos: estaba en otro país, libre de la justicia española; estaba cerca de casa, cerca del regreso. Si en un principio pensó que su estancia en Portugal era cosa de poco tiempo, las informaciones que habría de recibir no tardarían en moderar su optimismo. A finales del mes de enero se debe enterar que el juez del distrito del Hospital en Barcelona la ha citado a declarar en dicho juzgado por la causa que se sigue contra ella por el delito de escándalo público. Un mes después se sabe que el diputado Álvaro de Albornoz realiza una pregunta al gobierno acerca de su caso, denunciando el hecho de que se publiquen edictos interesando la busca y captura de Rosario de Acuña «sólo porque se acusa a ésta de un delito de injurias que no tiene prisión preventiva». Es seguro que de estas y otras actuaciones le informan puntualmente algunos correligionarios que, procedentes de diferentes localidades gallegas, la visitan en Valença. 

A mediados del mes de marzo del año 1912 abandona la localidad fronteriza para dirigirse a Lisboa, según informa un diario local. Han pasado ya más de tres meses y no se vislumbra el final de su obligada estancia en Portugal. De su paso por la capital, sabemos poca cosa, lo que la protagonista nos ha contado: que los portugueses fueron muy caballerosos con ella;  que el líder republicano Alfonso Costa (exministro de Justicia y futuro presidente de la República) la invitó a comer a su casa y que al final de la velada le regaló un clavel, «símbolo –recuerdo que dijo textualmente– de la pureza de la República Portuguesa».

¿Qué hizo a partir de entonces? Tal vez se instaló en las inmediaciones de la capital o quizás se dedicó a recorrer el territorio portugués, como si se tratara de uno de los largos viajes que antaño solía realizar por las tierras españolas. Además de sus estancias en la Sierra de la Estrella, Valença o Lisboa, sabemos que también estuvo en Aveiro, donde permaneció varios días que aprovechó para conocer la ciudad y sus alrededores, según nos cuenta un periódico de la localidad («A nossa hospede, que fala com notavel vivacidade, conta demorar-se algum tempo entre nós...»).  

Fotografía de Rosario de Acuña en la sierra de la Estrella (Rosario de Acuña en la Escuela)De poco más tengo constancia. En cualquier caso, sea como fuere, estuviera donde estuviere, de seguro que a sus oídos llegan noticias acerca de las gestiones que algunos están realizando para conseguir para ella un indulto. Tal es el caso de los integrantes de la gijonesa logia Jovellanos, quienes en reunión celebrada el 25 de octubre de 1912 acuerdan dirigirse al Gran Consejo de la Orden instándole a realizar las gestiones que considere pertinentes a fin de conseguir la promulgación de una medida de gracia para todos los condenados por delitos políticos y de imprenta. Con este objetivo se envían dos cartas al Venerable Maestre del Grande Oriente Español. En la primera de ellas se exponen claramente las intenciones: «Trátase de conseguir un indulto general por delitos políticos y de imprenta», para, de esta forma, lograr que unos puedan salir de las cárceles y otros, regresar a España. De entre todos los posibles beneficiados por esta medida, los masones gijoneses se refieren especialmente a Rosario de Acuña, de cuya suerte se muestran preocupados pues «aquí (donde solía residir) se susurra entre el elemento reaccionario que se redactará el indulto de manera que no pueda ella aprovecharlo». La segunda, enviada dos días después, apuntan el argumento en que se podría basar tal petición: desde hace diez años no se ha concedido ningún indulto, mientras que entre 1898 y 1902 hubo tres.

El momento político parece favorable a la medida, razón por la cual en los primeros días del año 1913 los diputados Morote, Roberto Castrovido y Melquíades Álvarez visitan al conde de Romanones, nuevo presidente del Gobierno, con objeto de solicitarle la concesión de un indulto para los procesados y condenados por delitos políticos y sociales y de prensa. Al parecer, el presidente del Consejo de Ministros se mostró dispuesto a acceder a lo demandado, pues quería contribuir con la medida a mantener el estado de tranquilidad que por entonces existía en España. El caso es que unos días después de la entrevista, coincidiendo con la onomástica del rey, se promulga un real decreto por el cual se concede un «indulto total a los que hubieren sido condenados, cualquiera que sea el Tribunal o jurisdicción que hubiere impuesto la condena, por los delitos cometidos por medio de la imprenta, el grabado u otro medio mecánico de publicación o por medio de la palabra hablada en reunión o en manifestación pública o en espectáculo con fin político…». Parece claro que Rosario de Acuña es una de las indultadas y puede regresar cuando quiera, pues, días después, la Gaceta publica unas instrucciones en las que, entre otras cosas, confirma que la medida tiene plena vigencia desde el día siguiente al de su promulgación. No obstante, el retorno de la escritora no se produjo de inmediato; ni siquiera cuando, a primeros de abril, la Audiencia de Barcelona hizo público una disposición que deja sin efecto la orden de captura que había dictado contra la escritora a finales del año 1911, por estar, efectivamente, comprendida su causa en el indulto de enero. Debió de demorar el regreso a la casa de El Cervigón hasta finales de ese año, pues, según sus propias palabras fueron dos los años que pasó de emigración en Portugal.



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17 abril

107. Del Ultimátum británico y la Unión Ibérica


A principios de 1890, el Gobierno británico entrega al portugués un ultimátum en el que le exige la retirada de las fuerzas militares lusas que se encuentran en el corredor que une sus colonias de Angola y Mozambique, territorio que ya había sido reivindicado por Portugal en la reciente Conferencia de Berlín. La amenaza que se cierne sobre el pueblo portugués va a reavivar el sentimiento iberista activando el apoyo espontáneo de muchos españoles. Los universitarios responden con prontitud a la llamada de sus vecinos, solidarizándose con su causa y participando junto a ellos en diversos actos unitarios condenando la agresión británica. Los republicanos, por su parte, se movilizan con celeridad organizando grandes manifestaciones en apoyo de la nación lusa que tienen lugar frente a la embajada y los consulados de este país en Madrid, Zaragoza, Salamanca y Valencia. También los masones españoles, quienes desde antiguo mantenían estrechos lazos con sus hermanos portugueses.

A las pocas semanas de conocerse la amenaza británica, Rosario de Acuña hace público su apoyo al pueblo portugués en una carta que aparece publicada con el título «La logia "6 de abril del 88" al pueblo portugués» (⇑) en la que exalta la mutua pertenencia de los dos pueblos a la raza latina:

Pueblo hermano: Una agrupación de almas españolas, no contaminadas con el petrificador aliento del egoísmo que circula en nuestras decadentes sociedades, levanta hoy su voz, desde un Templo Masónico, para ir con su palabra a saludar esa alborada de heroico patriotismo, que, rasgando la niebla de marasmos en que se adormece el genio de la raza latina, ha irradiado desde la fértil Pontevedra hasta el golfo de Cádiz, fecundando con esplendor glorioso la patria de Camoens y de Vasco de Gama. En todos los horizontes de la Europa meridional flamea hoy, reverberando, sobre la sublime historia de la raza latina, esa actitud elocuente y arrebatadora en que vuestras muchedumbres se han colocado, al sentir, sobre las abrasadas arenas de vuestras colonias africanas, la planta brutal de los hijos del Septentrión, que llevando en sus pechos el frío aliento de los ventisqueros polares, no ostentan más grandeza que la helada grandeza del escepticismo y la fría grandeza de la ambición. 

 La agresión procedente del oscuro y frío norte había conseguido despertar a la familia latina, que hasta entonces parecía caminar adormecida, despojada de su tradicional nervio de abnegaciones, que constituye «la más alta herencia recibida de su cielo radiante de luz, y de su tierra impregnada de sol». He aquí, de nuevo, al astro rey dibujando paraísos y forjando carácter en los pueblos. La nación española, que en otro tiempo dominara el mundo, comparte con sus hermanos latinos una tierra luminosa que ha forjado un carácter similar a los pueblos que la comparten y que la han compartido a lo largo de un venturoso pasado común.

Portada de la revista Anathema La carta, publicada en Las Dominicales del Libre Pensamiento  el 8 de marzo de 1890 y reproducida en español en A Patria el día 30 del mismo mes, representa un valioso testimonio, no solo del caluroso apoyo prestado a los hermanos portugueses, que habrá de tener continuación en las páginas de Anathema, una revista cuyo único número fue publicado por iniciativa de dos estudiantes de la universidad de Coimbra en mayo de 1890, cuyos destinatarios eran los estudantes portuguezes y cuya recaudación se destinaría  a favor de la «Grande Suscriçao Nacional» organizada para adquirir navíos de guerra. Junto a «El continente latino» (⇑), artículo escrito por Rosario de Acuña, aparecen textos de escritores rumanos, franceses, italianos (Enrico Ferri, Mario Rapisardi o Edmondo de Amicis),  portugueses (Anthero de Quental,  Henrique de Barros Gomes, Fialho de Almeida), españoles (Rafael María de Labra, Pi y Margall, Francisco Giner de los Ríos o Miguel Morayta).

El escrito en cuestión constituye, en efecto, una clara defensa de la república federal, de una «España unida para la libertad, para el trabajo, para su honra de nación poderosa, pero autónoma, independiente y separada para el régimen de su vida interna», que aspira a integrarse junto a Portugal en aquel anhelado proyecto común para el que pretende aunar voluntades: «unámonos para realizar este portentoso ideal de la nación ibérica».

Apresurémonos a reunir nuestras dispersas legiones latinas; que en ellas resuene la última frase de esta gran epopeya humana que se llama civilización europea. Formemos el continente latino. Denos el ejemplo la más pequeña de sus naciones: Portugal. Que sepa tener energía; que sepa sobreponerse al cálculo y al interés de una vida pacífica; que domine la corriente de las alturas sociales, de donde no puede brotar más que egoísmo y ambición, y que de tal modo intenta sujetarla en un quietismo vergonzoso y enervante. Su dignidad de nación latina, hollada por nación sajona, puede servir de toque de clarín para dar comienzo a la gran obra. Su bandera de república puede cobijar el Estado Ibérico, primer paso para constituir el continente latino.

La unión de los dos pueblos, además de suponer un primer paso en aquella utopía que contempla a la Humanidad avanzando fraternalmente unida por la senda del progreso, representa también el abrazo de su querida España con el país de sus ancestros, con la tierra de aquellos da Cunha, sangre de su sangre. El país luso tendrá para ella una gran significación, tanto por razones ideológicas como sentimentales, llegando a convertirse en el referente de la regeneración patria que ella predicará durante el resto de su vida.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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26 diciembre

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández


Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

–Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría (1), que le decía de sus dibujos:

–Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Fotografía de Rosario de Acuña en El Cervigón Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes (2) de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

–¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

–¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

–Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández
El Noroeste, Gijón, 4-5-1924


Notas

(1) Probablemente se refiera a Luis Bavaría Bou (Barcelona, 1882-La Habana, 1940), caricaturista que desarrolló buena parte de su carrera profesional en Madrid, en el diario El Sol.

(2) Joaquim Pereira Teixeira de Vasconcelos (1877-1952), considerado por algunos el poeta portugués moderno más importante hasta la aparición de Fernando Pessoa, quien dijo de él que era «uno de los mayores poetas vivos y el mayor poeta lírico de la Europa actual».

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 19-11-2010.




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23 diciembre

59. La gran nación latina


Su conciencia patriótica, su españolidad, no empañaba su ideal de ver a la Humanidad avanzando unida por el camino de la Verdad hacia el progreso. Si lejana se hallaba la utópica hermandad universal, no parecía estarlo tanto la unión de su patria con otras naciones hermanas. O, al menos, esa es la postura que defendió en diversas ocasiones desde que en los años ochenta sintonizara con los postulados defendidos por los republicanos federales. Su amor a la patria se mostró, desde entonces, compatible con un sentimiento de pertenencia a la gran nación latina o, como ella solía decir, a la raza latina, que se extendía desde el Peloponeso hasta Finisterre, desde los confines del Mediterráneo hasta los abruptos acantilados del Atlántico, y que debía a la fuerza del sol que bañaba sus tierras y al común pasado grecolatino su diferenciación con los pueblos del Septentrión. Con todo, Francia y Portugal fueron las naciones por las que mayores simpatías mostró públicamente, como seguidamente tendremos ocasión de comprobar.

Ilustración publicada en el semanario El Motín (9-3-1890) con el siguiente pie: «Lo que ha de unir a España y Portugal»
Su acercamiento al ideario republicano le va a dar ocasión de profundizar en un asunto en el cual conseguirá unir razón y sentimientos: la Unión Ibérica. El viejo proyecto de eliminar las fronteras existentes en la península Ibérica había recibido su último gran impulso con ocasión de la proclamación de la república federal en España en el año 1873, y era muy querido por quienes se habían convertido en sus nuevos correligionarios. La idea de unir Portugal y España no era una novedad, pues en el pasado la habían albergado distintos monarcas castellanos y portugueses, pero va a ser en el siglo XIX cuando, lógicamente, se aborde desde planteamientos nacionalistas. En efecto, es en las primeras décadas del siglo, en plena batalla frente a los defensores del Antiguo Régimen, cuando los liberales de ambos lados de la frontera se interesen por la creación de una monarquía constitucional que agrupase ambos territorios. Los años de exilio que padecieron unos y otros durante los gobiernos absolutistas, propiciarán que los liberales portugueses y españoles vengan a coincidir en las ventajas que para sus aspiraciones representaría una unión dinástica. Sin embargo, aquellas primeras tentativas, con los liberales como protagonistas, no pasan del estadio teórico y no trascienden más allá del ámbito de la letra impresa que, en forma de periódicos y libros, se encarga de difundir a uno y otro lado las bondades de aquella legítima aspiración (¿no se habla de la unión alemana o de la italiana?, ¿por qué no de la ibérica?). Habrá que esperar a los años del Sexenio para que las pretensiones iberistas resurjan con mayor ímpetu. Serán entonces los republicanos quienes se encarguen de recoger el relevo y lo harán además con gran entusiasmo pues, como señala Álvarez Junco, «los años 1868-1873 fueron los de mayor número de proyectos unificadores a lo largo del siglo» (Mater Dolorosa, pág. 528). Se trataba entonces de crear una federación ibérica, propósito que, si bien no cuajó en el año 1873 cuando todo parecía mostrarse favorable, se habrá de convertir en objetivo irrenunciable para muchos de los republicanos que en uno y otro territorio aspiraban a que la Federación Ibérica fuera el primer paso en la consecución del viejo ideal que aspiraba a la definitiva eliminación de las fronteras.

La propuesta de unir los destinos de los dos pueblos de la Península debía de presentarse especialmente atractiva a los ojos de Rosario. La federación ibérica abría la puerta a una utopía, podría ser el primer peldaño de la escalera que conduce a la unión última del género humano, a esa quimérica fraternidad universal que aflora en no pocos de sus escritos. Tras aquel primer paso, tan del gusto de Pi y Margall, Ruiz Zorrilla y de otros conspicuos republicanos, podría llegarse a una confederación latina o a la unión de naciones iberoamericanas. Al final, «la especie humana una e indivisible» avanzando segura de sí misma hacia el prometedor mañana: «Asia (China, Japón, los archipiélagos oceánicos), las dos Américas, África y Australia, levantan sus frentes despertando al primer destello del astro que ha de lucir en las edades de la futura humanidad» («El Primero de Mayo» (⇑), El Noroeste, 1-5-1910). Por si ello no fuera suficiente, sentía una indisimulada simpatía por el país vecino que, quizás, tuviera su origen en el hecho de que los antepasados de su familia paterna procedían de las tierras lusitanas.

Así pues, el acercamiento de sus nuevos correligionarios a los vecinos portugueses gozaba del firme apoyo de la pensadora madrileña, como bien quedaba patente en cuanto la ocasión se mostrara propicia. Veamos.

A principios de 1890, el Gobierno británico entrega al portugués un ultimátum en el que le exige la retirada de las fuerzas militares lusas que se encuentran en el corredor que une sus colonias de Angola y Mozambique, territorio que ya había sido reivindicado por Portugal en la reciente Conferencia de Berlín. La amenaza que se cierne sobre el pueblo portugués va a reavivar el sentimiento iberista activando la espontánea solidaridad de muchos españoles. Los universitarios responden con prontitud a la llamada de sus vecinos, solidarizándose con su causa y participando junto a ellos en diversos actos unitarios condenando la agresión británica. Los republicanos, por su parte, se movilizan con celeridad organizando grandes manifestaciones en apoyo de la nación lusa que tienen lugar frente a la Embajada y los consulados de este país en Madrid, Zaragoza, Salamanca y Valencia.

Manifestación ante el monumento a los Restauradores en Lisboa, dibujo publicado en la revista lisboeta Occidente, 21-1-1890


A las pocas semanas de conocerse la amenaza británica, Rosario de Acuña hace público su apoyo al pueblo portugués en una carta («La logia "6 de abril del 88". Al pueblo portugués» ⇑ ) en la que exalta la mutua pertenencia de los dos pueblos a la raza latina:

En todos los horizontes de la Europa meridional flamea hoy, reverberando, sobre la sublime historia de la raza latina, esa actitud elocuente y arrebatadora en que vuestras muchedumbres se han colocado, al sentir, sobre las abrasadas arenas de vuestras colonias africanas, la planta brutal de los hijos del Septentrión, que llevando en sus pechos el frío aliento de los ventisqueros polares, no ostentan más grandeza que la helada grandeza del escepticismo y la fría grandeza de la ambición.

La agresión procedente del oscuro y frío norte había conseguido despertar a la familia latina, que hasta entonces parecía caminar adormecida, despojada de su tradicional nervio de abnegaciones, que constituye «la más alta herencia recibida de su cielo radiante de luz, y de su tierra impregnada de sol». He aquí, de nuevo, al astro rey dibujando paraísos y forjando carácter en los pueblos. La nación española, que en otro tiempo dominara el mundo, comparte con sus hermanos latinos una tierra luminosa que ha forjado un carácter similar a los pueblos que la comparten y que la han compartido a lo largo de un venturoso pasado común. En su escrito tierra e historia se entremezclan para caracterizar esa raza que ahora se revuelve contra los pueblos del Septentrión:

Como si todas las sombras de los héroes griegos y romanos hubieran sido evocadas en su sepulcro por los gritos conmovedores de vuestra honra herida, de vuestro suelo ultrajado, el ambiente de las tierras latinas, desde las riberas del Peloponeso, hasta los abruptos escollos de Finisterre, parece revivir al calor de aquellos días en que la matrona de Esparta le preguntaba a su hijo cómo se atrevía a volver vivo, habiéndose perdido la batalla.

La carta, publicada en Las Dominicales el 8 de marzo de 1890 y reproducida en español en A Patria el día 30 del mismo mes, representa un valioso testimonio, no sólo del caluroso apoyo prestado a los hermanos portugueses, que habrá de tener continuación en las páginas de Anathema (revista cuyo único número fue publicado en mayo de 1890 a favor de la «Grande Suscriçao Nacional» organizada para adquirir navíos de guerra y en la cual la firma de Rosario de Acuña, al pie del artículo «El continente latino» (⇑) que envía para la ocasión,  se une a la de otros escritores españoles, portugueses, franceses, italianos y rumanos), sino también de las posiciones políticas que por entonces mantiene su autora. El escrito en cuestión constituye, en efecto, una clara defensa de la republica federal, de una «España unida para la libertad, para el trabajo, para su honra de nación poderosa, pero autónoma, independiente y separada para el régimen de su vida interna», que aspira a integrarse junto a Portugal en aquel anhelado proyecto común para el que pretende aunar voluntades: «unámonos para realizar este portentoso ideal de la nación ibérica». La unión de los dos pueblos, además de suponer un primer paso en aquella utopía que contempla a la Humanidad avanzando fraternalmente unida por la senda del progreso, representa también el abrazo de su querida España con el país de sus ancestros, con la tierra de aquellos da Cunha, sangre de su sangre. El país luso tendrá para ella una gran significación, tanto por razones ideológicas como sentimentales, llegando a convertirse en el referente de la regeneración patria que ella predicará durante el resto de su vida. Al fin y al cabo, no tardando mucho, allí se habrán de producir muchos de los cambios que ella quisiera ver extendidos a toda la Península. En efecto, los portugueses se enfrentarán con éxito a los monstruos que asolan el País del Sol y conseguirán instaurar en octubre de 1910 un estado republicano que recogerá constitucionalmente la separación entre la Iglesia y el Estado… No es de extrañar, por tanto, que sea aquella tierra, tan hermosamente espléndida como la española y ya libre de monstruos la que se convierta en el lugar que elija para exiliarse cuando la Audiencia de Barcelona dicte una orden de búsqueda y captura contra ella, como consecuencia de las denuncias que siguieron a la publicación de «La jarca de la Universidad» (⇑). Los dos años que pasó en aquellas tierras supusieron un duro golpe para ella, tanto por la forma en que se produjo su traslado como por el quebranto económico que sufrió, pero durante ese tiempo su admiración por el país vecino quedó plenamente consolidado, hasta el punto de llegar a afirmar a su vuelta que allí «las leyes de los radicalismos liberales han vivificado la sociedad lusitana de tal manera que hoy es el Estado de más generoso espíritu de justicia, de cultura y de fraternidad que existe en Europa» (El Noroeste, 5-6-1917 ⇑), o que los periódicos de aquel país son las que la mantienen puntualmente informada: «la prensa que me informa de lo que pasa en el mundo es la portuguesa, con la que estoy completamente acorde» (El Noroeste, 31-1-1917 ⇑).

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 14-5-2010.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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