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05 diciembre

281. Al maestro Campoamor

Vivir en Zaragoza supone estar lejos (⇑) de lo que hasta entonces formaba parte de su ambiente cotidiano. En  Madrid ha quedado su familia y también todo cuanto tiene que ver con su naciente y prometedora actividad literaria. En su ciudad natal están sus amigos, los que ya formaban parte de su entorno (como Julia Asensi y su hermano Tomás, director de La Mesa Revuelta, con quienes comparte el gusto por la escritura, por la poesía) o los más recientes, aquellos que tras el éxito de Rienzi le han ofrecido amistad y aliento. 

La lejanía suma inconvenientes a la dependencia que, por mujer, se ve obligada a asumir y que ha propiciado una especie de convenio tutelar (⇑) entre su padre (en Madrid) y su marido (en Zaragoza), complicando  sus relaciones con representantes y editoriales, hasta tal punto que bien pudieran aportar alguna luz a la inexplicable pérdida del manuscrito de una de sus obras dramáticas (⇑), de la cual no hemos tenido más noticias.  

En la distancia zaragozana no le queda otra que echar mano de la correspondencia para mantener abiertos los vínculos que mantiene con la capital. Gracias a las cartas y a sus esporádicas visitas a su ciudad natal, intenta dar respuesta a las inquietudes que le asaltan, a las dudas sobre el camino a seguir. Ya se ha dado cuenta en un comentario anterior (⇑)  de una reunión que mantuvo en las Navidades de 1877 con varios escritores para cambiar impresiones acerca de Amor a la patria, su segunda obra dramática y de la cual parece no sentirse muy satisfecha. 

Monumento a Campoamor en Navia (izda.); fragmento de una carta remitida a Rosario de Acuña (dcha.)

Si para hablar de teatro lo hace con dramaturgos, como es el caso de su amigo José Echegaray, para hacerlo de poesía, y más en concreto de pequeños poemas, quién mejor que Ramón de Campoamor (Navia, 1817 - Madrid, 1911), considerado el creador de los mismos, y también de las «humoradas» y «doloras», a las cuales caracteriza en el prólogo de Humoradas, dedicado a Ramón Menéndez Pidal:

Cuando publiqué las «Doloras», el nombre pareció demasiado neológico. Salieron a luz los «Pequeños Poemas» y el título fue muy censurado por razones que nunca he comprendido. El nombre de «Humoradas» ¿parecerá también poco propio? ¿Qué es «humorada»? Un rasgo intencionado. ¿Y «dolora»? Una humorada convertida en drama. ¿Y «pequeño poema»? Una dolora amplificada.

Rosario de Acuña ha escrito una poesía que sigue los parámetros del pequeño poema, razón por la cual se le ocurre que nadie mejor que su creador y autor de los titulados  La calumnia, Don Juan, La novia y el nido, El quinto no matar, Los grandes problemas, Las flores vuelan, El tren expreso o Dulces cadenas para que le diga qué le parece el suyo. Con este asunto de por medio, en su archivo (⇑) se conservan tres de las cartas que le envía el escritor asturiano. A pesar de que no consta el año en que fueron escritas (sí el día y el mes), creo que las podemos ordenar en razón de su contenido. 

En la que bien pudiera ser la primera de las tres, fechada un dieciocho de noviembre (probablemente del año setenta y nueve) y escrita en un papel con membrete del Consejo de Estado, el afamado poeta le dice que ha recibido («y leído con admiración») su pequeño poema. Pocas dudas albergo (a pesar de que, como luego veremos, otro hay que aparece en su correspondencia) acerca de que se trata de Morirse a tiempo (⇑), subtitulado Ensayo de un pequeño poema imitación de Campoamor y publicado por primera vez en Zaragoza ese mismo año. 

La respuesta de don Ramón resulta gratificante, no sólo por los elogiosos comentarios que realiza de la obra recibida  («el desempeño es magistral») sino también por las demostraciones de simpatía que muestra hacia su autora  («Tengo mucho placer en ver que no dedica usted su talento solo al teatro») y los estimulantes consejos que le dirige, animándola a «seguir el género y hacer una colección completa de pequeños poemas».

Tal parece que Rosario le hizo caso: escribió Sentir y pensar (⇑) y lo sometió también a la valoración del consagrado poeta. Es de suponer que la respuesta que le envió sea una carta fechada un veinticuatro de diciembre en la que se refiere a los dos últimos versos, pues lo que dice al respecto parece ajustarse mejor a los finales de este poema (Peligros de sentir sin pensamiento,/ ventajas de pensar sin sentimiento). Campoamor parece tener dudas, no tiene claro que tenga el carácter y trascendencia de pequeño poema hasta que se encontró con ese final: «me gusta mucho lo bien condensado que está el pensamiento en los dos últimos versos».

A pesar de este último comentario, la joven autora prefiere no etiquetarlo como el anterior y finalmente sale de la imprenta como «poema cómico», con lo cual parece haber renunciado a esa colección de pequeños poemas que le había sugerido para dar continuidad al elogiado Sentir y pensar. ¿Acertó o erró? 

Pocas semanas después de que Sentir y pensar. Poema cómico fuera publicado, a su autora se le presenta una magnífica ocasión para someterlo a la pública consideración. Resulta que a finales del mes de enero de ese año ochenta y cuatro se había inaugurado la nueva sede del Ateneo de Madrid y, tan solo unos meses después, el 19 de abril, Rosario de Acuña se convierte en la primera mujer en ocupar la tribuna de la prestigiosa entidad cultural, y para esa ocasión tan especial decide leer su último poema, ese que decidió que no fuera «pequeño» y lo bautizó como «cómico», a pesar de estar dedicado a su padre, fallecido meses antes.

Si lo que esperaba era una razonada, docta y ecuánime opinión de la crítica, debió de sentirse un tanto defraudada, pues los comentarios vertidos en la prensa capitalina se centraron más en el hecho novedoso de que una mujer ocupara la tribuna de la académica institución (no faltaron quienes lo admitieron en tanto que suceso excepcional, pernicioso si se convertía en habitual), que en valorar el poema que había leído en aquella velada. No obstante, entre los diversos comentarios publicados entonces acerca de la pertinencia o no de repetir tan relevante presencia femenina en el Ateneo, alguno hubo que dedicó varios párrafos a valorar la obra que allí había sido recitada. 

Por el contenido de la tercera carta de Campoamor no debieron de resultar muy favorables, pues en ella le dice a Rosario: «No sea usted niña, no se desaliente por pareceres apasionados, en la inteligencia de que el día de mañana serán un título más de gloria las críticas acerbas de hoy». Lo tuviera o no en cuenta, el caso es que, apenas unos meses después Rosario de Acuña Villanueva decide adherirse a quienes en España llevan ya un tiempo luchando en pro de la libertad de conciencia, y así lo hace público en una carta que envía a los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento (⇑), en la cual también anuncia que abandona su actividad literaria:  «Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística». 

Décadas después, ya en la vejez, mostraba con orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le había dedicado su amigo Campoamor, tal y como nos ha dejado escrito José Díaz Fernández (⇑), un joven periodista que solía visitarla en la casa gijonesa del acantilado. Tal vez en estas visitas también se acordara de aquel tiempo pasado en el cual tenía dudas acerca de cómo catalogar su Sentir y pensar. Quizás en ese tiempo hablara con Antonio López Oliveros de la correspondencia mantenida al respecto con Ramón de Campoamor, al fin y al cabo el por entonces director del periódico gijonés El Noroeste era uno de sus habituales contertulios, también uno de los promotores del monumento al poeta naviego que se erigió en su localidad natal en el mes de agosto de 1913 y que fue financiado con una colecta que él mismo encabezó.

 




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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16 enero

255. Virginia González: lo que faltaba

 

Habíamos leído textos elogiosos de ilustres personajes. Los habían reunido a modo de homenaje. En la mayor parte de los casos no eran más que unas líneas, sin ninguna otra referencia. Estaban firmados por Benito Pérez Galdós, Ramón de Campoamor, José Francos Rodríguez, Roberto Castrovido, Fernando Dicenta, Luis Bonafoux o Virginia González. Aparecieron publicados en un folleto que, a modo de explicación, había editado la Junta Municipal de Enseñanza de Madrid con el objetivo de que el vecindario del distrito de La Latina conociera quién era la mujer que daba nombre al nuevo grupo escolar (⇑) que allí se había construido. Más tarde los mismos textos fueron reproducidos en Rosario de Acuña en la escuela, el primer volumen (luego resultó ser también el último) de la iniciativa de Regina Lamo para dar a conocer la obra de su buena amiga.

De algunos de ellos, como el que firma José Nakens (⇑), conocemos el texto completo del que forma parte; de otros, nada más. Es el caso del escrito firmado por Virginia González, del cual tan solo se podía deducir el periodo en el que había sido escrito y el suceso que rememora.

Fotografía de Virginia González Polo publicada en 1918

«Sabíamos que la puerta de la casita solitaria –situada en un alto a orillas del mar–, que nunca se abría a ninguna visita convencional, quedaba de par en par cuando se acercaban a ella los obreros.Tardes inolvidables en las que, cogidas del brazo, marchábamos por aquellos acantilados hablando de tantas cosas. Hablando del problema social, como una iluminada, profetizaba el gran cataclismo que pondría fin al régimen capitalista. La gran escritora ha muerto pobrísima. Ha sido perseguida y ultrajada por la prensa burguesa. Por decir grandes verdades ha sufrido grandes amarguras.¡Descansa en paz, mujer admirable! El cataclismo social que predecías se está realizando, y el mundo cambiará de estructura haciendo a los hombres más buenos, más inteligentes, más libres. ¡Una pena que ni tú ni yo podamos asistir al alumbramiento de la nueva vida!»

De la lectura de esas ciento treinta y seis palabras resulta evidente que fueron escritas tras la muerte de Rosario de Acuña; quizás formaran parte de un texto en el cual, como otros que se hicieron públicos en los días inmediatos a su fallecimiento, pretendían homenajear a nuestra protagonista. Sabemos también de qué está hablando: el momento en el cual estas dos mujeres se conocieron en Turón en el verano de 1919 (⇑), con ocasión de la visita de Virginia a Asturias para participar en una serie de actos. Lo sabemos gracias a la prensa de entonces y también al testimonio de doña Rosario, que rememoró ese momento en un escrito publicado en El Socialista (⇑) con ocasión del Primero de Mayo del año siguiente.

Virginia González Polo llegó a Asturias precedida por una intensa actividad política y sindical que había iniciado a los veinte años de edad en el ámbito de las sociedades de zapateros, su oficio desde que con tan solo nueve comenzó a trabajar como guarnecedora. Integrada en las filas socialistas desde finales de siglo, en 1915 se convirtió en vocal del Comité Nacional del PSOE y un año después ocupó el mismo puesto en la dirección de la UGT. Además de ser la primera mujer en formar parte de la Ejecutiva del partido socialista y la primera también en la dirección de un sindicato en España, fue una de las integrantes –la única mujer– del Comité de la huelga general de agosto de 1917, huelga en la cual a Rosario de Acuña también le atribuyeron algún que otro papel (⇑).

Hace unas semanas el profesor e investigador Manuel Almisas Albéndiz (⇑) tuvo la gentileza de enviarme algunos ejemplares del semanario La Antorcha, Órgano del Partido Comunista de España. En uno de ellos, publicado pocos días después de la muerte de doña Rosario,  aparece el texto íntegro de Virginia González, quien en 1921 había abandonado el PSOE para participar en la fundación del Partido Comunista Obrero Español. 

Aquí está:

- - - - -

Rosario de Acuña escribía de vez en cuando algún artículo en periódicos obreros, y recuerdo que cuando uno de éstos caía en mis manos lo leía con avidez, saboreando luego en el fondo de mi pensamiento la grandeza y el atrevimiento de los suyos. 

No hay que decir si yo tendría ganas de conocer a esta mujer excepcional, pero siempre creía que este deseo mío nunca sería satisfecho. 

Un buen día, en una de aquellas excursiones por los pueblos mineros de Asturias, había llegado a Turón y descansaba de las fatigas del viaje.  Una compañera me anuncia que tengo una visita. ¿Quién es? –pregunto un poco descontenta, porque aún no había conciliado el sueño–. «Doña Rosario de Acuña, que quiere conocerla». Salto del lecho y, a medio vestir, me presenté a ella y nos abrazamos como si nos conociéramos de siempre. 

La viejecita admirable me contaba riendo las fatigas que había pasado para llegar hasta allí. No encontrando en Mieres coche que la llevara a Turón a aquella hora y obedeciendo a su deseo, con aquella voluntad de acero, se fue andando unos cuantos kilómetros por un camino muerto, donde a trechos se hacía difícil la respiración, debido a los gases que se desprenden de los grandes montones de carbón extraídos del río.

En fín, pasé dos días contentísima. Recuerdo que al siguiente se daba un mitin al aire libre porque no había local suficiente para albergar aquella multitud. Ella leyó unas cuartillas y el público la aclamó con entusiasmo. 

Después fue en Gijón. Se celebraba otro mitin en el que yo tomaba parte. La gente se apretujaba de tal forma que era imposible materialmente acomodar a nadie más. Por entre aquella multitud se divisaba fuera de la puerta a algunas mujeres que aspiraban a entrar. ¡Qué ajena estaba yo a que entre aquellas compañeras se encontraba ella! Al terminar de hablar se abrió paso entre la multitud con un ramo de rosas blancas y hermosísimas en la mano. «Toma –me dijo llena de entusiasmo– este ramo para ti. Son todas blancas como tu alma». Lloramos silenciosas y el público, ante aquella escena tan sencilla, aplaudía y pedía que hablara ella. Pero la gran escritora, que nunca se había dirigido al público más que por medio de su pluma para decir verdades que asustaban a los pobres de espíritu, delegó en mí y salí del paso como pude. La gente al fin empezó a desfilar haciendo comentarios de lo útil que sería que las mujeres se preocuparan de estas cosas. 

Mi estancia en Gijón se prolongó unos días y  varias tardes, unas veces sola y otras en compañía de algunos camaradas, iba hacia la casita solitaria situada en un alto a las orillas del mar. Sabíamos que aquella puerta, que nunca se abría a ninguna visita convencional, quedaba de par en par cuando se aproximaban a ella los obreros. 

¡Tardes inolvidables en las que, cogidas del brazo, marchábamos por aquellos acantilados hablando de tantas cosas interesantes! Hablando del problema social, como una iluminada, profetizaba el gran cataclismo que pondría fin al régimen capitalista.

Un día, sentadas en uno de aquellos montecillos, contemplando el mar y gozando de la caricia de un aire purísimo, me atreví a preguntarle por la triste aventura que corrió por su célebre artículo dedicado a los estudiantes. 

–Aquello fue brutal –me dijo. Venían como fieras a lincharme y como no me encontraron, arremetieron a pedradas contra mi casa. Los conocía bien y puse tierra de por medio. Emigré a Portugal y recorrí aquel hermoso país andando por carretera. Donde encontraba un arroyo me lavaba, y vivía mi vida. 

¡Mujer fuerte y valerosa! A los setenta años, ella, criada con todo regalo, hija de una familia burguesa, fregaba el suelo y lavaba la ropa. La gran escritora ha muerto pobrísima; ha sido perseguida y ultrajada por la prensa burguesa, por decir grandes verdades; ha sufrido grandes amarguras. Tu recuerdo no quedará en los corazones egoístas, pero vivirá en el alma de los que te conocieron y te trataron. 

¡Descansa en paz mujer admirable! Ya has penetrado en el gran misterio de la muerte. Ya sabrás si existe esa vida de espíritus errabundos que vuelven al mundo de los vivos: idea que al hablar del más allá de la muerte, sin preocuparte grandemente, admitías como posible. 

El cataclismo social que predecías se está realizando, y el mundo cambiará de estructura, haciendo a los hombres más buenos, más inteligentes, más libres. Una pena que ni tú ni yo podamos asistir al alumbramiento de la nueva vida.

Virginia González

La Antorcha, Madrid, 18 de mayo de 1923


Nota. Se recomienda la lectura del interesante artículo titulado «Los últimos días de Virginia González, la primera dirigente obrera del Estado español» (⇑), de Manuel Almisas Albéndiz.




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25 diciembre

69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández

Como se contaba en el comentario anterior (⇑), en el año 1924 Carlos Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922), que de cuando en cuando subía hasta El Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas, aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia:

Imagen de una biblioteca (archivo del autor)

La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos, que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

En un retrato reciente (⇑), bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de don Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.
La Libertad, Madrid, 19-10-1924


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 23-7-2010.




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