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14 octubre

178. ¿Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña?


Vista de la casa de Rosario de Acuña desde El Rinconín (archivo del autor)
Recientemente me acerqué hasta la casa de Rosario de Acuña. Quería comprobar si la conversación que había mantenido meses atrás con un viejo conocido, concejal del Ayuntamiento gijonés, había dado sus frutos; si en el panel informativo que se encuentra al borde de la senda de El Cervigón se había modificado el año de nacimiento de la ilustre librepensadora. Una vez allí, no di de primeras con el objeto buscado  y tuve que volver sobre mis pasos. Al fin, por el hueco existente en la tupida vegetación que rodea la finca, pude ver la lámina metálica, fuera de su sitio, tirada sobre el verde suelo del interior. ¡Qué decepción! No solo no habían cambiado el año –a pesar de que desde hace ya un tiempo disponemos de la documentación que prueba que nació en 1850 (⇑)  y no un año después como allí figura–, sino que la única fuente de información acerca de doña Rosario con la que contaban los numerosos vecinos y visitantes que por esta senda transitan yacía ahora por los suelos. Aquello era, sin duda, un paso atrás para cuantos llevamos años empeñados en la tarea colectiva de recuperación de la memoria, del testimonio vital, de quien fuera una de nuestras ilustres convecinas.

Casa de Rosario de Acuña. El panel informativo en el suelo (archivo del autor)

¿Cómo podía ser posible que precisamente ahora, cuando su nombre recupera protagonismo en otras ciudades, la casa en la que pasó los últimos años de su vida fuera a perder su singularidad para convertirse en una más, en otra de las edificaciones que, de tanto en tanto, jalonan este privilegiado sendero? Contrariado por el resultado de mi visita, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a revisar la documentación que disponía acerca de aquella vivienda cuya historia dio comienzo en 1909 cuando doña Rosario, que había decidido vivir en Gijón los últimos años de su vida, se avino a pagar los cuatro mil reales que le pidieron por aquel terreno situado sobre uno de los acantilados de El Cervigón y que ahora, ciento nueve años después, parece condenada a perder su singularidad para convertirse en un elemento más del maravilloso entorno en el que se halla.

* * *

Hace pocos días volví al sendero, volví a la casa. Regresé con la esperanza de que se hubiera reparado aquel lamentable desperfecto. Y, en efecto, así fue: alguien había hecho bien su trabajo y el panel estaba de nuevo en su sitio, razón por la cual es de justicia felicitar a los responsables. Bien está que así lo hagamos, y hecho queda. ¿Punto final? Aunque algunos, ciertamente, bien pudieran dar aquí el asunto por zanjado, creo, por el contrario, que este puede resultar el momento apropiado para plantearnos qué hacer con este edificio de propiedad municipal para conseguir que se convierta en un valioso activo del patrimonio de la ciudad y lograr que, al fin, la casa de Rosario de Acuña deje de estar sometida a los vaivenes de la memoria.

Alejada de la ciudad, la casa fue durante mucho tiempo un punto de referencia en el litoral gijonés (Fotografía de fecha desconocida cedida por Julián Rufino Gómez González)

Durante muchos años, aquella casa no fue otra cosa que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la abrupta costa gijonesa, tal y como manifiesta Patricio Adúriz (⇑), el último cronista oficial de Gijón: «Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña?  Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como esta: “estuve por Rosario Acuña” o “fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña” se repiten, al cabo del año, miles de veces». Ciertamente, a finales de los sesenta del pasado siglo el rastro de su existencia parece haberse esfumado por completo, incluso se ha olvidado la despedida que le tributó el pueblo gijonés aquella lluviosa tarde de domingo del mes de mayo de 1923. Se ha olvidado que cuatro décadas atrás fueron numerosos los gijoneses que se acercaron hasta El Cervigón para dar el último adiós a aquella mujer luchadora; que a pesar de la lluvia persistente, a pesar de lo desapacible del tiempo, una «multitud silenciosa y apenada» acompañó por las calles de la ciudad el modestísimo féretro que, habiendo sido «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo», así siguió, a hombros, durante el largo trayecto que separa la casa del acantilado del cementerio civil, tal y como proclamó a toda plana y en primera página el gijonés diario El Noroeste.

Todo parece haberse olvidado. Y es que, a pesar de que durante algunos años se sucedieron recuerdos y homenajes que mantuvieron viva su memoria; a pesar de que tras la proclamación de la nueva República, dio nombre a varias calles en unas cuantas ciudades, a alguna que otra escuela y algún que otro colegio, tal parece que su recuerdo se esfumó al final de la década de los treinta: una densa borrina ocultó todo rastro de su activa presencia. El nuevo orden establecido por la fuerza de las armas no podía permitir que persistiera la memoria de aquella mujer, masona y librepensadora, empecinada luchadora en pro de la libertad, convencida feminista que siempre defendió el protagonismo de la mujer en la regeneración patria, infatigable luchadora frente a las injusticias, presta a brindar su apoyo a los más desfavorecidos.

La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Fue tan eficaz el mecanismo del olvido que en la década de los sesenta, tal y como señalaba Adúriz, muy pocos eran los que tenían noticia alguna acerca de quién era la tal Rosario de Acuña. Nadie parecía acordarse de que a aquella casa de El Cervigón solían acudir algunos destacados miembros de la sociedad gijonesa del momento (tal es el caso de Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial; Lucas Merediz, destacado dirigente del Partido Reformista; el periodista Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste; o el maestro e higienista Luis Huerta Naves). Tampoco de que aquella vivienda hubiera sido destino del dramaturgo Joaquín Dicenta (⇑), del actor y músico José Tejada; de la dirigente socialista Virginia González o del notable ilustrador y caricaturista Exoristo Salmerón –uno de los hijos de don Nicolás– que cada mes de agosto pasaba allí una temporada en compañía de su mujer (véase el comentario 119. El Cervigón: parada y fonda ⇑). Menos aún de que, en dos ocasiones, fuera también objetivo de las fuerzas policiales. La primera, en diciembre de 1911 cuando la Guardia Civil se encontró la casa vacía pues doña Rosario había huido a Portugal (⇑) para evitar ser detenida, como consecuencia del escándalo que sacudió la universidad española tras la publicación de un artículo suyo en el que condenaba crudamente las vejaciones a las que fueron sometidas unas estudiantes a la salida de clase; la segunda, en el verano de 1917 cuando varios agentes de orden público realizan un minucioso registro a lo largo de cinco horas buscando, al parecer, algunos de los panfletos que animaban a los trabajadores secundar la huelga general. Se ignoraba asímismo que año tras año, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, los obreros realizaban una gira hasta su casa para manifestarle su admiración y respeto. En el olvido permanecía también la visita a El Cervigón de Manuel Azaña (⇑), quien en un viaje realizado a Gijón en el verano de 1933 quiso conocer la vivienda en la que vivió y murió aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.

Aunque la espera fue larga, al final se volvieron las tornas. Las investigaciones que –con el apoyo y el estímulo que desde el exilio mejicano le brindó Amaro del Rosal (⇑)– realizó Luciano Castañón, por un lado, y las del ya citado Patricio Adúriz, por otro, confluyeron en Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑), una vecina de Roces que, habiendo conocido a doña Rosario en su juventud, atesoraba valiosos recuerdos que contribuyeron a disipar una parte de la neblina que durante tantos años había ocultado su recuerdo. No obstante, aún habrá que esperar hasta los primeros años ochenta para asistir a un cambio significativo en este asunto. Entonces confluyeron dos elementos que hicieron posible un nuevo escenario. Por un lado, la decidida voluntad de las autoridades municipales para lograr que el litoral gijonés (desde El Rinconín a Rosario Acuña) se convirtiera en una zona de recreo y disfrute paisajístico; por el otro, el interés del Ateneo Obrero por recuperar la figura de quien fuera una de sus colaboradoras más ilustres. La conjunción de estos elementos, recuperación paisajística del litoral y un mayor conocimiento de aquella ilustre vecina tanto tiempo olvidada, propició que en 1987 los dirigentes municipales se mostraran decididos a comprar la que fuera casa de Rosario de Acuña con la intención de convertirla en un albergue juvenil, «uno de los mejores albergues de España por su ubicación y su calidad», según se dijo entonces.
Estado de la casa antes de la conclusión de las obras de reforma (El Comercio, 1-5-1991)
Tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento acuerda la compra de la vivienda, que se encuentra en situación ruinosa. El proyecto de reforma establece la ineludible necesidad de realizar una ampliación del inmueble: el nuevo albergue tendrá dos plantas, una planta bajo cubierta y un sótano. Dos años más tarde se muda de opinión y, «ateniéndose a criterios puramente estratégicos», se decide que lo que iba a ser un albergue se convierta en una escuela-taller medioambiental que, finalmente, abrirá sus puertas a finales de marzo 1992, manteniéndose en funcionamiento unos cuantos años.

Pero hace tiempo que la escuela taller dejó de funcionar; hace tiempo que aquella casa tiene sus puertas cerradas, sin uso conocido. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años ¿No creen las concejalas y los concejales del Ayuntamiento de Gijón que bien pudiera ser este el momento para darle un uso adecuado a este equipamiento municipal? Ahora que conocemos con cierto detalle su biografía; ahora que tenemos a nuestro alcance buena parte de su obra, bien en papel (gracias al inapreciable trabajo realizado por José Bolado en las Obras reunidas ⇑), bien en formato digital (disponible en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), que mantengo actualizada desde hace años); ahora que ha recuperado protagonismo y está presente en diversos portales culturales (Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑), Biblioteca Nacional (⇑)…); ahora que tanto en Pinto como en Madrid han decidido darle su nombre a diversos equipamientos culturales… ¿no sería posible que aquí en Gijón, el lugar que ella eligió para pasar los últimos años de su vida, se dieran los pasos necesarios para convertir este edificio en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron? ¿No sería posible, por tanto, que pudiera también albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista? ¿No sería posible que, en el caso de que la vigente Ley de Costas planteara impedimentos para que este uso fuera posible, el Ayuntamiento realizara los trámites necesarios hasta conseguir la pertinente autorización, de la cual disfrutan hoy otros edificios del litoral destinados a usos hosteleros, hoteleros o recreativos?

De no ser por el panel informativo que allí se encuentra, la casa de Rosario de Acuña no sería más que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo en la abrupta costa gijonesa. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años. Creo que ha llegado el momento de encontrar una alternativa.

La Nueva España, edición de Gijón, 7-11-2018





Casi cinco años después de que fuera publicado el texto anterior, añado lo que sigue.

En el otoño del año veintidós, como paso previo a la organización de la exposición que me habían encargado organizar con motivo del centenario de su muerte,  visité la Casa. La encontramos tal y como quedó hace años, tras haber cerrado sus puertas como escuela taller. Bueno, no exactamente, pues el viento (que en El Cervigón suele soplar con fuerza), la lluvia y el paso del tiempo hicieron de las suyas, dejando algunas cicatrices en el edificio...

La Casa de Rosario de Acuña en octubre de 2022

Tocaba vaciar el interior y también limpiar el poso acumulado a lo largo todo los años que estuvo cerrada. Además, había que recuperar la muy azotada fachada...  En eso se quedó, pero pasaban los meses y no se veía movimiento alguno en el lugar, parecía que no se llegaría a tiempo. 

Por fin, a mediados de marzo pisé la nueva capa de asfalto recién añadida sobre el camino de los Tilos, en su tramo más cercano a la casa. Pocos días después, todo se activó. Cerraron el hueco en el seto, el que quedó abierto en el lugar que  había ocupado aquella placa, que ya lucía –ahora en el exterior, próxima al sendero– con el año correcto de su nacimiento; se afanaron en preparar el espacio exterior: plantaron tres higueras y un peral, habilitaron un espacio de huerto y otro de jardín de coloridas flores (tal parece que no se atrevieron ni con la parra ni con el gallinero, que eran los otros elementos que figuraban en la descripción de la finca que realizó Mario de la Viña en los años treinta, y que con toda la ilusión les facilité cuando así me la pidieron); repararon el muro bajo, que a modo de zócalo, bordea el exterior de la finca; emplastecieron la fachada y luego la pintaron de un acomodaticio blanco: resplandeciente al sol, irisado de violeta en el nublado... Todo quedó en perfecto estado para la inauguración de la exposición en la fecha prevista.


Adecuación de la Casa de Rosario de Acuña para la exposición

Tal y como se cuenta en el comentario 273. En la Casa de Rosario de Acuña (⇑) (pulsando en el enlace se puede acceder a buena parte de los contenidos expuestos), el último domingo del mes de julio se clausuró la exposición «Rosario de Acuña (1850-1923). Una aproximación desde el archivo de José Bolado», después de permanecer abierta al público durante tres meses. A las ocho de la tarde de ese día se cerraron sus puertas. A las ocho de la tarde del 30 de julio de 2023 se abrió de nuevo el tiempo de las preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña? ¿Volverá a estar cerrada durante años, sin uso alguno? ¿Qué hará la nueva corporación municipal gijonesa al respecto?

Veremos.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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25 diciembre

69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández

Como se contaba en el comentario anterior (⇑), en el año 1924 Carlos Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922), que de cuando en cuando subía hasta El Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas, aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia:

Imagen de una biblioteca (archivo del autor)

La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos, que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

En un retrato reciente (⇑), bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de don Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.
La Libertad, Madrid, 19-10-1924


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 23-7-2010.




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67. «La herencia del Cervigón», por Javier Bueno


Fotografía del autor (Archivo Fotográfico de la Fundación Pablo Iglesias)
Rosario de Acuña tenía una casita en El Cervigón, en Asturias, frente al mar. Es posible que ella creyese que tenía una alhaja; pero pudo desengañarse cuando, puesta en el trance de hipotecar la casita, le valió bien poco dinero. Quizá sólo el montante de los réditos la mantenía piadosamente en su ilusión primera.

Luchó Rosario al final de su vida por no perder la propiedad de la casa, que de este modo fue más íntimamente suya; porque si un tiempo había sido fruto de su menguada hacienda, era después hija de su anhelo y su voluntad. Fue pagando intereses, pero redimirla de la carga no pudo por más que lo procuró, y aquí, por si en esta época de biografías cree alguien que merece la pena hacer la de Rosario de Acuña, voy a revelar que cuando en ciertas noches de la semana, al tocar las doce, salía Rosario por la chimenea montada en una escoba (según comprobó y escribió con toda seriedad una persona respetable y verídica) (1), iba a ver si el diablo, a cambio de su alma, levantaba la hipoteca. Pero el diablo no es ya el de aquellos tiempos en que se le ahogaban las piaras; se ha hecho inteligente hombre de negocios, y tomó la propuesta a risa.

Por fin le llegó su hora a Rosario de Acuña; la de morirse quiero decir. Y a sus herederos, la de padecer. Malas herencias las que nos llegan de personas como Rosario; no resuelven nada y obligan a mucho. Los herederos, aunque vencida la hipoteca ya, han seguido pagando los réditos mientras ha durado la condescendencia del hipotecario, el cual ahora pide la casa. Por afán de exactitud pudiera completarse que la casa o el dinero, aunque la situación de los dueños actuales hace por completo hipotético el segundo término del dilema.

Fragmento del artículo publicado en La Voz, 31-10-1927

Se han puesto en campaña para impedir que la casa vaya a manos de quien no se sabe el uso que ha de hacer de ella. Quieren una verdadera ganga: seguir pagando los réditos toda la vida, tan contentos de no ver el Cervigón desviado del sentido que su poseedora hubiera querido darle. Esperemos que se alcance a más. Tal gestión lleva Regina Lamo, sobrina de Rosario, y también mujer y escritora de temple, y con tal persona, que pudiera resultar fácil alarde el decir que, si no, aun pedimos algunos en el Cervigón nuestra parte de herencia; aun creemos que puede ser presa codiciada la casita donde Rosario de Acuña vivió y escribió, por la que luchó y de la que salía, untada, en una escoba; aún no hemos olvidado que Rosario de Acuña no fue de esos buenos combatientes que por sus virtudes merecen el respeto de sus adversarios, sino de los otros, de los mejores, de los que no lo merecen.

Javier Bueno (2)
La Voz, Madrid, 31-10-1927



Notas

(1) Se refiere al artículo escrito por Manuel Álvarez Marrón que fue publicado en el diario La Marina de La Habana en 1912 con el título «La casa del diablo» (⇑).

(2) Javier Bueno Bueno (Madrid, 1891-1939), hijo de la actriz Soledad Bueno y del periodista José Nakens, era redactor de La Voz desde el verano de 1921. Tras su paso por Crisol y Luz, en la primavera de 1933 le fue encomendada la dirección del diario socialista Avance, que se editaba en Oviedo.

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 9-7-2010.




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11 diciembre

33. «Está la pluma tan cargada de dolor...»


Tras muchos años de participar en la vida de El Noroeste, Rosario de Acuña debió de sentir como algo propio y cercano el periódico gijonés que durante tantos años difundió su pensamiento por toda Asturias, pues además de colaborar con sus escritos, mantuvo relaciones de amistad con algunos de sus periodistas. El joven redactor José Díaz Fernández nos da cuenta en un artículo publicado en 1924, de las charlas que mantenía con la escritora algunas tardes que acudía a visitarla. De Asturias, de poesía, de sus viajes por España y Portugal, de literatura rusa, de cine: «¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve». Antonio López Oliveros, quien fuera su director durante diecisiete años, de 1917 a 1934, también nos dejó escrito acerca de las conversaciones que mantenía de vez en cuando con la escritora. En una de ellas, ocurrida en 1917, le anima a que acepte la dirección del periódico que por entonces le habían propuesto: «Uno de esos días Rosario de Acuña y Villanueva, a la que yo visitaba con frecuencia en su refugio de El Cervigón (Gijón) me compelió en nombre del liberalismo español a que aceptase la dirección de El Noroeste, en el que ella vertía muy a menudo las nobles estridencias de su espíritu revolucionario indomable»

Fragmento de la noticia de la muerte publicada en El Noroeste


No es de extrañar, por tanto, que el periódico quisiera tributar un homenaje a quien fuera durante catorce años fuera una de sus más ilustres colaboradoras. He aquí un fragmento de la despedida publicada a toda plana en la edición del 8 de mayo de 1923:


«Está la pluma tan cargada de dolor, que no sabemos cómo empezar estas líneas amargas. Hubiéramos preferido un patético silencio, una grave y excepcional intimidad con nosotros mismos, para expresar hoy sin este torpe y defectuoso procedimiento de la palabra, todo el tumulto de nuestra emoción. El alma humana precisa a veces recogerse en sus propias sombras, en ese oscuro y triste recinto donde se desarrollan las tormentas sentimentales para encontrar válvulas a su angustia. Nosotros hubiéramos preferido callar y meditar, sentirnos más cerca de D.ª Rosario de Acuña, ahora que D.ª Rosario de Acuña no puede enardecernos con su palabra, ni hacernos partícipes de aquella conmovedora vehemencia que denunciaba su espíritu superior. Nosotros quisiéramos callar y pensar y sufrir por ella, por la mujer que ha muerto bajo el peso de la gloria, que, no otra cosa es la ancianidad, cuando la ancianidad significa epílogo y consecuencia de una vida ejemplar dirigida por el pensamiento.

»Pero hay que escribir y apresar en conceptos ese dolor íntimo, hay que escribir, aunque no sea más que por imitarla a ella, que escribió siempre, en sus momentos más duros, cuando tenía el corazón partido por la tristeza, y la vida le clavaba la garra inexorable de sus desgracias. Hay que escribir por ella, que tenía la pluma de acero, rígida, inquebrantable y poderosa para ponerla siempre al servicio del bien, de la belleza y la bondad; hay que escribir pensando en su pluma, que se mojó en todas las rebeldías y se mojó en todas las ternuras, y fue constantemente honda para arrojar ideas, arado para abrir surcos en los páramos del fanatismo y la ignorancia, escudo para los débiles y los oprimidos, llama deslumbrante de pasión generosa y de inquietudes renovadoras. Hay que escribir, y, si es posible, escribir con llanto, diluir en lágrimas el sentimiento que culmine en nosotros ante la desaparición corpórea de la mujer inmortal que amó y luchó hasta el fin como una Elegida.

»Hemos dicho inmortal, y así está señalada doña Rosario de Acuña. Su figura física, insignificante, pequeña, suave y ligera como la de una niña, parecía haber sido escogida por la naturaleza para contrastar con aquella alma grandiosa, fuerte y excelsa de mujer histórica. Era como si ella constituyese por sí sola ejemplo vivo de su doctrina, como si ella, espiritualista y esencial, pregonase la mezquindad de la materia bajo la influencia solemne y vigorosa del espíritu.

»El cuerpo pequeño y nervioso, polen de energías, fuente de idealidad, centro de ternura, irradiación sensible de ideas y emociones, poder creador de Arte, ha desaparecido. Eso es lo que lloramos todos. La mujer genial que lo amó todo, la vida consagrada a la lucha austera y al sacrificio pródigo, la urna de toda emoción perdurable, la amiga rebelde que soñaba con un régimen de justicia, la compañera que nos infundía valor, constancia y persuasión. Eso fue lo que se desvaneció, porque era vital y, por lo tanto, efímero y mortal. Pero, en cambio, su espíritu perdura por sí mismo, inflamado de inmortalidad. El secreto de la vida no está precisamente en conservar el equilibrio orgánico; está en ofrecer posteriormente, cuando ese equilibrio se pierda, una perpetua vida. El ser humano tiene un sentido superior cuando deja una herencia indestructible como fruto de una vida noble y fecunda. Y he aquí como D.ª Rosario, que desparramó su espíritu sobre los demás en sus siete decenios de existencia, continuará viviendo en sus obras, fecundará aún las almas de las generaciones venideras, porque la semilla ideal de la inteligencia, según el tiempo pasa fructifica mejor. La Historia hará justicia a esta mujer indomable, que fue combatida sañuda y violentamente por la reacción, que tuvo el desdén por los poderosos y el amor por los humildes, que vivió pobre, ultrajada y casi olvidada en su siglo, después de haber combatido bravamente contra el oscurantismo y la intolerancia y librado las más rudas batallas ideológicas.

»¿Quién no habría de amarla después de oírla, después de saber de su vida abnegada y pura? Habiéndose hallado constantemente en el tumulto social, seguía siendo femenina, dulce y soñadora. Seguía siendo mujer. El paralelo de su vida pública y de su vida íntima basta para hacer su elogio. Perteneciente a una distinguida familia madrileña, casada con un hombre también de rancia estirpe, su cerebro y su temperamento la llevaron a actuar intensamente en su época…» 

»El cadáver encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias (⇑),  fue sacado a hombros de obreros que se disputaban este honroso tributo. La carroza fúnebre también modestísima, resultó innecesaria, porque el pueblo, las gentes humildes que viven del trabajo, y a las que dedicó doña Rosario el fruto de su talento y el tesoro de su innata bondad, se apoderaron del querido despojo encerrado en aquel modesto féretro y quisieron rendirle el último homenaje de su gratitud.  Nada más conmovedor que presenciar el desfile de aquella multitud silenciosa y apenada [...] El cortejo fúnebre desfiló por las calles de la ciudad [carretera del Infanzón, avenida Rufo Rendueles, Juan Alonso, Marqués de Casa Valdés, Cura Sama, plaza de San Miguel, Covadonga, Concepción Arenal, Dindurra, Cabrales, carretera de Ceares], seguido de una imponente manifestación...».

»Ya en el cementerio civil, don Mariano Merediz, en nombre del duelo, pronunció un breve y sentido discurso ponderando la grandeza de pensamiento que fue la ejecutoria de doña Rosario de Acuña, y excitando a todos cuantos acudieron a rendirle el último homenaje, a seguir el ejemplo condensado en toda la obra de la eminente escritora, cuyo espíritu queda aún entre nosotros, para continuar la obra de redimir a las clases humildes del medio que las esclaviza.»




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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