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23 julio

121. «Una mujer ejemplar», por Ángel Samblancat


Cuando escribió este artículo, Ángel Samblancat y Salanova contaba con 31 años, pues había nacido en Graus (Huesca) en 1885. Tras realizar los estudios de Derecho en Barcelona, lugar al que se había trasladado siendo niño, se convirtió en activo publicista de sus ideas políticas en diversos periódicos de orientación republicana, anarquista, satírica o anticlerical, de los que fue colaborador, redactor y, en algunos casos, director.



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Fotografía de Ángel Samblancat, publicada en Mi Revista (Barcelona, 10-1-1938)Un escritor proponía, hace poco, un homenaje a doña Rosario de Acuña (1): que los republicanos fuéramos en peregrinación a Asturias a visitar a esta gran mujer que, anciana, pobre y enferma, sólo vive para el ideal. Esta iniciativa no conmovió el gélido fiord de nuestra prensa, y naufragó en el océano pacífico revolucionario-digestivo de la estulticia republicana.

A esto han debido contribuir las ideas cristiano-moriscas, las ideas de turco, que nosotros tenemos sobre la mujer. Los restos de feudalismo y de budismo, que entre nosotros quedan. El creer que la mujer es impura como  el lodo, y débil como una rosa. La filosofía de coplero de que nos alimentamos. El hacerles demasiado caso a algunos médicos, enfermos de tontería, a algunos médicos que necesitan que les curen la cabeza.

El sexo débil. No cree Carmen Silva en la debilidad de su sexo (2). Ni yo tampoco. Hace cuarenta siglos que la mujer viene sufriendo los empellones de la brutalidad masculina, y aún no ha sucumbido. ¡Y todavía se la llama al suyo sexo débil! No hay sexos débiles. El femenino no es sexo débil, sino debilitado. Los dos sexos son igualmente fuertes por naturaleza. En Aragón las mujeres cavan, riegan, siembran, vendimian, aran. En Cataluña comercian, manipulan, llenan las fábricas y los despachos. Mi madre ha trabajado toda su vida como una burra, y no 1e ha faltado el tiempo a la mártir para parir 18 hijos. A los cuarenta y. tantos años me tuvo a mí. Y aún vive la pobrecilla, y está tan fuerte.

El hombre no quiere que la mujer trabaje, para que no se emancipe, para mantenerla en la esclavitud y convertirla en juguete suyo. Luego, por envidia. En general, la mujer es mucho más inteligente que el hombre, si no le aventaja en todo, es porque la educación que le damos la embrutece y la degrada. Sus mejores facultades están atrofiadas por el desuso. La mujer actual no es más que la bestia ociosa o la vaca lechera y paridera. Esto hace que entre los sexos no pueda existir verdadero amor. La mujer venera al hombre como padre, pero le desprecia como esposo, al descubrir su bajeza, su pequeñez.

La doctrina cristiana de la obediencia incondicional al marido es absurda. En la familia, como en el Estado, ha de mandar el más inteligente, el más apto. En el matrimonio no es la mujer la destinada por la naturaleza a guiar y a regir la cocina. Si el marido, es inferior a la mujer, es él quien ha de barrer y el que ha de pelar las patatas. En algunos hogares ya ocurre esto. El marido lleva los pantalones por la calle, pero, en cuanto llega a casa, se los quita y se los pasa a su mitad. Sin embargo, esto es la excepción Por regla general; lo que triunfa como en la sociedad, es brutalidad y la majeza, los atributos del macho.

La mujer debe sentir educación intelectual e integral. Se la debe preparar para ser madre y para ser ciudadana. Se quiere que continúe como hasta ahora, para que su cuerpo sea esclavo del marido, y su alma del cura. De la casa, a la iglesia. De la cama, al confesionario. De los brazos del marido, a los brazos del cura, pasando a veces por los del sacristán, o por los del amigo del marido, por los del amante.

A un hombre de paladar delicado, de depurado gusto, no puede agradarle una de esas pollinas que todos conocemos, por bien enjaezada que nos la presente su madre, por ricos que sean los arneses y los aparejos que lleve. No puede gustarle más que para cubrirla, más que para aparearse con ella. La cópula así no es más que un acto de caballos, un acto de perros. El garañón salta encima deja burra, le suelta un escopetazo de semen, y todo ha concluido. El ayuntamiento del hombre con la mujer no ha de ser esa porquería. Una mujer guapa si es inteligente es doblemente guapa y tentadora. No hay seducción, como la de unos ojos que brillan debajo de una frente que piensa. No hay besos, como los que se daña una boca discreta, a una boca elocuente, a una boca erudita de retórica de amor.

Redimamos a la mujer. Los que pugnamos por la liberación de todos  los esclavos de la tierra, no abandonemos a la mujer a su triste suerte actual. No escarnezcamos a las que leen,  a las que estudian. La mujer, como todos los  seres inteligentes y sintientes es muy púdica, es muy sensible al ridículo y no puede soportar que la llamen marisabidilla, marimacho. Y vámonos a los que denominan al sexo femenino «débil» La mujer, dice la reina de Rumanía, ha de compartir vuestro amor, daros hijos, tomar parte de vuestras inquietudes, cuidar de la casa, educar a la prole, y además ha de conservarse bonita y amable, ¿cómo osáis, pues, hablar de debilidad?

¿Cómo osáis, en efecto, hablar de debilidad? ¿Quién, que conozca el robusto, varonil y atrevido intelecto de doña Rosario de Acuña y su firmeza de convicciones y sus virtudes cívicas creerá en la flaqueza de las hijas de Eva?¿Quién, que haya leído a doña Rosario, y compare su estilo de pórfido con el vaselinesco, como dice el almogávar Gil Bel, de la mayor parte de nuestros plumíferos, cálami calamitates, no creerá que la ilustre pensadora asturiana escribe mejor con la punta de la bota que esos otros desdichados con la punta de su cacumen o cacamen? Todavía recordamos todos su famosísimo, su sublimísimo artículo contra los estudiantes. Amigo; ¡qué canela fina, legítima de Ceilán y de la India, sabor aquella prosa! Así les levantó ampollas y levantó en vilo a los micomicones ofensores de los estudiantes de la Central. Aquel hermoso deshago le costó a su autora una larga temporada de destierro. Ya que el partido republicano no le tributa a esta gran mujer el homenaje que le debe, no quiero yo que le falte el mío. Madre, señora, te aseguro que eres más grande que todas las duquesas, que todas las princesas y que todas las infantas de España. Madre, señora, déjame que bese tu frente augusta y que me beba todos tus pensamientos. Madre, señora, bendice mi juventud y mi rebeldía, para que sean fecundas, para que sean fructíferas.

El Ideal, Tortosa, 23-9-1916



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Dos años después, en el verano del año diecinueve, Ángel Samblancat se desplaza a Asturias donde pasa varias semanas llevando a cabo una intensa actividad propagandística. Pronuncia varias conferencias en Mieres, La Felguera, Sotrondio, Frieres, Oviedo o Gijón. Entre mitin y mitin encuentra tiempo suficiente para acercarse a El Cervigón y visitar a doña Rosario. Lo que más llama la atención al visitante es la agilidad que muestra su anfitriona, una mujer cercana a la setentena que «se hace a pie veinte kilómetros» y «corre y salta por el jardín como una chivilla». Para no contrariarle le cuenta una historia reciente:

Hace poco estuve en Turón, en las minas (⇑) –me dice–. A pesar de lo que aquellos obreros me manosearon, me zarandearon y me estrujaron, no me rendí. Volví a casa como si tal cosa. Muy fortalecida, sobre todo espiritualmente, por el contacto y la convivencia con aquellos luchadores. Y muy conmovida por las pruebas de cariño que de ellos y de sus compañeras recibí. «Abuela, bendice a mi hijo», «Abuela déjeme que le bese la punta del pañuelo o del jubón», repetían constantemente.

 Según le cuenta a su interlocutor, aquellas muestras de afecto atenúan todos los padecimientos sufridos «con ocasión del dichoso artículo contra los estudiantes (⇑)». Y recuerda a su invitado cómo le dieron la espalda buena parte de sus correligionarios; cómo se vio obligada a hipotecar su casa para afrontar los gastos de su exilio portugués: «Gasté pronto todo lo que saqué de la casa y llegué casi a pasar miseria. El condenado artículo me costó más de dos mil duros». A pesar de lo cual le confiesa que no se arrepiente de haberlo escrito.


Notas

(1) Tres meses antes, en las páginas de El Motín aparecía publicado «Homenaje a una mujer ilustre» (⇑), un artículo en el que Volney Conde-Pelayo proponía, en efecto, que los republicanos rindieran un homenaje a doña Rosario de Acuña

(2) Como más adelante se verá, se refiere a Isabel de Wied, reina de Rumanía, que firmaba sus escritos con el seudónimo Carmen Silva. Sus ideas respecto a la necesaria emancipación de la mujer fueron conocidas en España gracias a la divulgación de las mismas que realizó Concepción Gimeno de Flaquer.



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 diciembre

93. «Ídolo y mentora de las republicanas», por Sergio Sánchez Collantes


Sergio Sánchez Collantes
Sergio Sánchez Collantes, doctor en Historia, profesor de la Universidad de Burgos y autor de varios libros sobre el republicanismo (Demócratas de antaño. Republicanos y republicanismos en el Gijón democrático; La escarapela tricolor. El republicanismo en la España contemporánea, Sediciosos y románticos...), acaba de publicar un artículo dedicado a Rosario de Acuña con motivo del nonagésimo aniversario de su muerte. Dado su interés aquí lo reproducimos íntegramente.




Ídolo y mentora de las republicanas


En las últimas décadas del siglo XIX y el primer tramo del XX, pocas mujeres despertaron en los republicanos españoles tanta veneración como Rosario de Acuña. Y esa fascinación resultó singularmente poderosa entre sus congéneres, las propias mujeres, a muchas de las cuales atrajo al campo del librepensamiento y la disidencia política.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de las republicanas que luego brillarán en los años treinta ni siquiera habían nacido. En aquellos tiempos, eran otras las que defendían los ideales democráticos de libertad, igualdad y fraternidad. Se trata de las pioneras de un tipo de feminismo que inexorablemente conducirá a la reivindicación del voto femenino. Clara Campoamor apenas sumaba unos meses de vida cuando Rosario de Acuña defendía el papel de las mujeres fuera del hogar, su presencia en el espacio público, mientras le llovían las felicitaciones que, desde todos los rincones del país, le hicieron llegar por carta decenas de librepensadores de uno y otro sexo.

Rosario de Acuña ejerció por medio de la pluma un verdadero magisterio racionalista, un apostolado infatigable que sacudió muchos espíritus timoratos y supersticiosos. Así, con sus campañas en pro de la razón, la tolerancia y la justicia, la escritora contribuyó a engrosar las filas heterodoxas. Odiada hasta el delirio por sus enemigos, levantó pasiones, sin embargo, en el campo republicano. Particularmente, fueron muy aplaudidos los artículos que escribió para el semanario «Las Dominicales del Librepensamiento», uno de los muchos periódicos que honró con sus colaboraciones.

El ascendiente ideológico que Acuña tuvo sobre una parte minoritaria de la ciudadanía redobla su importancia cuando se trataba de las mujeres. La razón de esto quedó luminosamente explicada por Amalia Carvia Bernal, otra librepensadora de bandera, que en cierta ocasión le confesó a la escritora: «Usted es mujer, y como mujer, habla más a nuestras recónditas fibras, despierta con más suavidad nuestras íntimas aspiraciones». En otras palabras, el mensaje rebelde y discrepante que propagó Rosario de Acuña resultaba para ellas más convincente, más eficaz y arrebatador que el que podría haber difundido un varón que profesara las mismas ideas.

Algunas de las grandes representantes del librepensamiento feminista llegaron a considerarla su guía y mentora. La combativa Ángeles López de Ayala, por ejemplo, manifestó públicamente: «Tú fuiste mi maestra; la fuente cristalina donde sacié mi sed devoradora de justicia y de humanidad». A su vez, Luisa Cervera, ilustre poetisa de "Las Dominicales", reconoció algo parecido en un soneto: «Cariñosa su amiga me llamaba, / sus ideas prendieron en mi mente / y convencida yo las propagaba». Y la referida Amalia Carvia dijo hallarse entre las que fueron «despertadas por su elocuente voz». Se trata de nombres que acaso no digan nada a quien hoy lea estas líneas, pero algún día se reconocerá fuera de los círculos investigadores el relevante papel que desempeñaron todas estas mujeres.

Había, pues, un indudable efecto multiplicador en la propaganda de Rosario de Acuña. La trascendencia de ello radica en que algunas de las persuadidas servirán de enlace con una nueva generación de mujeres, pensadoras y activistas que después, en los años treinta, continuarán luchando por la igualdad.

Valga de ejemplo Carmen de Burgos, periodista fallecida en el otoño de 1932 y que, con apenas 20 años recién cumplidos, allá por 1888, le había dirigido una carta a Acuña para respaldar públicamente un sustancioso artículo que había escrito en defensa de la emancipación femenina: «Aunque incapaz de expresar debidamente lo que aquel hermoso trabajo me hizo sentir y pensar, declaro mi firme adhesión a cuantas ideas en él expone».

De ahí que Dolores Ramos Palomo, gran conocedora de ese universo femenino disidente del periodo de entresiglos, haya sentenciado que Rosario de Acuña fue quien «mostró el camino a otras mujeres». Lo que hizo la escritora fue una verdadera siembra, una campaña ininterrumpida de la que no podía esperarse temprano fruto. Y en tal sentido cabe interpretar el soneto que, tras su muerte, apareció en un cofre de su propiedad: «La fe en el porvenir mi ser anega; / constante y rudamente he trabajado; / sufrí el dolor con ánimo esforzado / y sembré mucho, sin hacer la siega».

¡En la devoción que Acuña provocó entre los suyos, había un fervor reverencial y solemne, un encandilamiento casi religioso: la adoraban. A propósito de ello, interesa recordar una olvidada iniciativa que se planteó en el campo republicano hacia 1916.

Ataques de fanáticos
Se habló entonces de convertir la finca gijonesa de Rosario de Acuña en una especie de santuario laico al que se desplazaran los correligionarios para rendirle homenaje a la librepensadora. El periodista Ángel Samblancat lamentó que no hubiera triunfado esa singular propuesta, la cual resumió en los siguientes términos: «Que los republicanos fuéramos en peregrinación a Asturias a visitar a esta gran mujer, que, anciana, pobre y enferma, sólo vive para el ideal».

El origen de la idea, y por lo tanto de los comentarios de Samblancat, parece hallarse en un artículo que, en junio de ese año, publicó el escritor Volney Conde-Pelayo en el semanario anticlerical 'El Motín'. Lo escribió en un contexto muy preciso: se agitaba entonces la idea de la unión de las derechas y el tradicionalista Vázquez de Mella había convocado para el otoño de 1916 una magna asamblea regionalista en el emblemático lugar de Covadonga. Además, Volney no ignoraba que doña Rosario había sido blanco de numerosas injurias y provocaciones, cometidas por grupos de vecinos fanáticos que hallaban divertimento en lanzar piedras contra su casa y extender las calumnias más inverosímiles. Con semejante telón de fondo, Volney no dudó en lanzar esa invitación al peregrinaje contestatario: «Hay que ir a Gijón en cruzada liberal, a rendir homenaje de cariño a la ilustre viejecita de corazón juvenil».

De haber triunfado la propuesta, estaríamos ante un ritual inédito de gran alcance simbólico, en el que, por añadidura, la figura idolatrada no era un varón.

Borrada del callejero en 1937
Desde su muerte, ocurrida hace 90 años, Rosario de Acuña ha sido objeto de unos cuantos estudios. Relegada al olvido durante el franquismo, que la borró muy pronto del callejero (1937), su memoria empezó a ser restaurada al comenzar la década de 1980.

El Ateneo Obrero de Gijón, en buena medida como fruto del trabajo de Daniel Palacio, reeditó su obra 'Padre Juan' en 1985. Otro expresidente de ese centro cultural, José Bolado, terminó siendo el responsable de compilar sus obras en varios tomos que empezaron a publicarse en 2007, y para los que escribió una introducción muy completa que debiera ver la luz de forma independiente.

Entremedias, otros autores habían ido contagiándose del interés por el personaje: Luciano Castañón, María del Carmen Simón Palmer y Elvira María Pérez Manso pueden servir de muestra. Y el interés no disminuyó al cambiar el siglo. Marta Fernández Morales realizó entonces un breve trabajo con una beca de investigación que en 2004 le concedió el Ayuntamiento gijonés. Paralelamente, Aquilino González Neira firmó una recopilación de artículos. Entonces también salió de la imprenta un estudio de Macrino Fernández Riera sobre los vínculos de la escritora con Asturias, predecesor de otro más amplio que se publicó en 2009, el mismo año que inauguró una página web [enlace ⇑] dedicada a la escritora que reúne muchos de sus artículos.

En fin, la lista no puede ser completa, pero mientras rematamos estas líneas nos anuncian la aparición de un extenso capítulo sobre la librepensadora que forma parte de la obra 'Política y escritura de mujeres' y que ha redactado la profesora Elena Hernández Sandoica.

Se continúa, pues, escribiendo sobre Rosario de Acuña. Y, sin embargo, aunque pueda sorprender, todavía quedan facetas por explorar, interpretaciones que redondear y fuentes pendientes de localización, olvidadas a saber en qué archivos e incluso en el mercado anticuario, del cual es muy difícil que terminen reintegrándose al patrimonio común y que la gente que lo desee pueda consultarlas.

El Comercio, Gijón, 13-5-2013


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 24-5-2013




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23 diciembre

50. Homenaje a Rosario de Acuña en Portugalete


Creo que de la lectura del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» (⇑), publicado en El Motín en el verano de 1916 y reproducido en este blog semanas pasadas, bien se puede deducir la admiración que por Rosario de Acuña sentía Volney Conde-Pelayo, miembro –como entonces se dijo– de una conocida familia de Portugalete y destacado escritor «radical».

Ignoro si la amistad entre ambos ya existía con anterioridad, pero sí me consta que, al menos, la hubo desde entonces, tanto con Volney como con su familia, pues sabemos que su hermano Ángel y su cuñado José Tejada pasaron unos días durante el verano de 1917 en la casa que en Gijón tenía la escritora (1). Visita que no sé si verían con buenos ojos las autoridades gubernativas asturianas, preocupadas como estaban ante los rumores de huelga general que corrían por entonces y que tan desagradables consecuencias habrían de depararle a la pensadora de El Cervigón, que en el mes de agosto tuvo que soportar dos registros domiciliarios.

Imagen de Portugalete en una fotografía tomada desde Las Arenas (Nuevo Mundo, 2-7-1920)

Lo cierto es que la simpatía debió de ser mutua, pues ambos defendían puntos de vista similares, al menos en cuanto respecta a la defensa de la libertad religiosa y a su beligerancia frente al omnipotente poder que el catolicismo ostenta en España, asunto éste en el que Rosario de Acuña tiene un ya reconocido prestigio de infatigable luchadora y Volney alguna que otra escaramuza notable, como la difundida por la prensa en el otoño de 1917: debe comparecer ante el juzgado de Sestao «por no haberse descubierto al pasar el Viático», según denuncia el capellán del «patronato de obreros amarillos».

En el artículo (⇑) que he citado al comienzo de estas líneas, proponía Volney un homenaje a Rosario de Acuña en desagravio a todas las penalidades sufridas por la escritora en su larga lucha por la libertad. «Hay que hacerlo por dignidad». Para ello solicitaba a algunos destacados propagandistas que se pusieran manos a la obra. No pudo ser entonces, pero él no cejó en su empeño hasta conseguirlo. Fue en Portugalete, en 1920.

Los organizadores pensaron que no había mejor manera de homenajear a la librepensadora que poniendo en escena El padre Juan (⇑), su obra emblemática, cuyas representaciones fueron prohibidas en 1891 por las autoridades gubernativas. A pesar de que la autora no pudo acudir por encontrarse delicada de salud, el público que abarrotaba el Salón Cine Ideal aclamó en repetidas ocasiones a la «ilustre anciana», según cuentan las crónicas del acto, en las cuales se anuncia que la iniciativa no termina ahí, sino que «el drama será representado nuevamente en algunos pueblos de las zonas fabril y minera de Vizcaya».

Rosario de Acuña, que conoce todos los pormenores de la iniciativa llevada a cabo en Portugalete, agradece públicamente el homenaje por medio de una carta (⇑) dirigida a todos y cuantos han participado en la representación:

A todos ustedes les mando, con esta carta, mi fraternal abrazo de afectuosa gratitud asegurándoles que lo que más que sentí al no poder asistir a la representación fue el no poder estar entre ustedes, los intérpretes del drama, guiándoles en lo que vacilaran y secundado, con mi experiencia de vieja, la hermosa actividad de sus juveniles voluntades

Resulta lógico pensar que hiciera extensivo el agradecimiento a Volney Conde-Pelayo, verdadero artífice del homenaje. De no haberlo hecho antes, tendría ocasión de hacerlo meses después cuando el «escritor radical», se trasladó a Asturias para participar en la campaña de propaganda del recién creado Partido Comunista, al que se habría incorporado tras haberse dado de baja en el  PSOE, convencido como está de que «se va apartando paulatinamente de la táctica de la lucha de clases que constituyó su brillante historia», según explica en una carta fechada en Portugalete el 28 de mayo de 1920 y dirigida al director de El Socialista.


Notas

(1) En relación a esta y a otras visitas, se recomienda la lectura del comentario 143. El Cervigón: parada y fonda (⇑).

(2) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 13-3-2010.




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21 diciembre

40. «Homenaje a una mujer ilustre», por Volney Conde-Pelayo


Dibujo de Volney publicado en Portugalete en el recuerdo: Los Conde-Pelayo
En un rincón de la costa astur, sola, olvidada de casi todos los españoles, vive una ilustre anciana, honra de las letras españolas. Allá la han llevado las persecuciones de los reaccionarios, que ni aún en la ancianidad la dejan en paz, y allí vive lamentado la indiferencia, abyección y cobardía de los compatriotas nuestros que no sienten en los presentes tiempos otro ideal sino el de la consagración del torero o la bailarina del día. ¿Sabéis cómo se llama esa anciana? Rosario de Acuña. Después de consagrar toda su vida a la ciencia, al trabajo y a la difusión de las ideas liberales; después de haber sido cantada y admirada en su juventud por los primeros poetas y escritores del pasado siglo; después de haber obtenido ruidosos triunfos como autora dramática; después de haber sido reconocido su genio por las naciones extranjeras que han traducido y propagado sus obras, Rosario de Acuña, abandonada de todos, ha visto alzarse frente a ella en Covadonga el último brote de la Inquisición española hecho carne en la fusión de las derechas. Y ha visto que estos hombres liberales de hoy, voltaríanos sólo en el chiste, que no en las obras, se han cruzado de brazos ante la procaz amenaza de Covadonga y han dejado obrar sin protesta a los representantes de los procedimientos políticos de Torquemada y Arbués. ¿Recordáis a Rosalía de Castro? Todavía hace poco la ha ensalzado un académico en un discurso de recepción; pero lo que se oculta es que la ilustre poetisa gallega se veía obligada a trabajar sin descanso para mantener a una numerosa familia, lo cual demuestra que el Estado español jamás se cuida de asegurar la vida a las personas ilustres; se oculta también que en torno de ella se hizo el vacío cuando publicó su colección de poesías, titulada En las orillas del Sar, que constituían una innovación en la gaya ciencia. Es que en nuestro país se siente en general desprecio hacia la mujer; cuando ésta es sabia el desprecio se trueca en envidia y odio. Si nuestras lumbreras literarias, que en cuanto a feminismo conservan todavía el resabio bíblico de la maldición paradisíaca, tuvieran verdadera mentalidad, no hubiesen cerrado a cal y canto a Emilia Parado Bazán las puertas de la Academia (⇑). Aunque yo no participo de las ideas filosóficas de esta señora, reconozco que vale mucho más que algunos académicos, y que su entrada en la Academia sería, como hace dos o tres años dijo Dicenta no sé donde, una perturbación saludable para las letras. La Academia es símbolo de la vejez y a ella van los que comienzan a chochear: su significación es por eso mismo clerical y opuesta a las innovaciones. Son académicos los que en Covadonga han pactado la unión de todas las ideas viejas.

Como respuesta viril al acto de Covadonga, hay que ir a Gijón en cruzada liberal, a rendir homenaje de cariño a la ilustre viejecita, de corazón juvenil, que se llama Rosario de Acuña. A esa cruzada han de prestar su calor los jóvenes que en Bilbao rindieron tributo al liberal Galdós, y en ella deben figurar todos los maestros de la literatura contemporánea, todos los que hayan arrojado fuera de su pecho el ideal de Pedro el Ermitaños, todos los que verdaderamente anhelan el resurgir de nuestra desgraciada España por la ciencia y la bondad, no por la conquista y la invasión guerrera.

Aguantar día por día acechanzas y maquinaciones de las gentes fanáticas y ver que las quejas se pierden en el vacío, tiene que ser dolorosísimo para una persona que ha puesto su ciencia y su trabajo al servicio de su nación con la perseverancia que lo ha hecho Rosario de Acuña. Merece esta mujer el homenaje, no sólo por sus cualidades literarias y periodísticas de primer orden, sino como mujer de ciencia, porque Rosario de Acuña es naturalista y cultivadora de la ciencia avícola. Quien haya leído las obras suyas que tratan de estas materias, admirará la constancia y energía que ha puesto en su amor a la ciencia y en el deseo de propagar en España la avicultura, que puede ser para nosotros fuente inagotable de prosperidades. Sus conciudadanos han pagado mal tanto sacrificio, y hoy, ya anciana, se ha refugiado en Gijón, viendo cómo se despeña en el abismo la menos previsora de las naciones europeas.

Castrovido, Sánchez Díaz, Aranquistain y otros, deben soportar sobre sus hombros la preparación y cauce del homenaje, que les honraría sobremanera. Hay que hacerlo por dignidad.

El Cantábrico, Santander, 20 de junio de 1916  
El Motín, Madrid, 22 de junio de 1916 
El Diluvio, Barcelona, 28 de junio de 1916


Notas

(1) Volney Conde-Pelayo Urraza (1889-1972) es miembro de una conocida familia de Portugalete, bibliotecario de  y autor de Breves apuntes socialistas (1919), Artículos manuscritos: vida y teoría de Marx (1931), así como de numerosos artículos. Formó parte, como bibliotecario que era, de la Sección Sexta del Consejo de Cultura de Euzkadi, creado en 1937.

(2) Aunque no llegó a materializarse el homenaje a Rosario de Acuña en Gijón, el autor de este escrito sí consiguió organizar otro en su honor que tuvo por escenario Portugalete, tal y como se cuenta en el comentario  50. Homenaje a Rosario de Acuña en Portugalete (⇑)

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 29-1-2010.



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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