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28 enero

284. Poesías a ella dedicadas


Leyendo en días pasados unos versos alusivos a su casa gijonesa del acantilado, me vinieron a la memoria algunos más, que poetas de otro tiempo le dedicaron en años ya un tanto lejanos.

En cada época, ciertamente, se generalizan determinadas costumbres, y la de utilizar la rima como muestra de afecto o admiración a las personas que integran el entorno de cada cual no resultaba infrecuente en la que a ella le tocó vivir. En determinados contextos, el verso otorgaba a lo dicho un valor añadido, un suplemento de calidad a lo que se quería expresar, de ahí que esa fuera la forma utilizada en álbumes o coronas literarias, tan frecuentes por entonces.  

La joven Rosario –que según nos ha contado empezó a escribir poesías desde la infancia– también participó de esta costumbre y escribió versos en algún que otro álbum, como bien podemos comprobar en su poemario Ecos del alma (donde incluye poesías de título inequívoco: «En el álbum de la Srta. Dª. M.T.», «Tu álbum y mi poesía»...) o en el que le dedicaron a su amiga Julia de Asensi, un manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional en cuya página veintinueve encontramos la titulada «Una gota de rocío» (⇑), precedida de la pertinente dedicatoria y convenientemente firmada, rubricada y datada (noviembre de 1874). 

En estos primeros años dedicó sus poesías a pintores, escultores o arquitectos, clásicos y contemporáneos, como Rafael Sanzio, Fortuny o Benlliure; a ilustres escritores, nacionales o extranjeros, como Cervantes, Espronceda, García Tassara, Calderón, Víctor Hugo, Leopoldo Cano, Bécquer o José Echegaray; a destacadas figuras del teatro nacional como Julián Romea o Elisa Boldun; o a conocidos cantantes de ópera, como Francisco Salas o Enrico Tamberlick. Luego, cuando decidió convertirse en una activa defensora de la libertad de conciencia renunciando a su prometedora carrera literaria, no abandonó su gusto por la poesía, aunque a partir de entonces sus versos tuvieran protagonistas bien diferentes («Al pueblo», «A la señorita Emilia Villacampa, la hija del héroe...», «La beata», «La calumnia», «Los seudo-sabios»...).

Casi al mismo tiempo, mediados de los ochenta, encontramos una fractura similar en lo que a poesías a ella dedicadas se refiere: las había habido años atrás, cuando obtuvo sus primeros éxitos literarios, y se volvieron infrecuentes a partir de entonces, tras su conversión en una propagandista de la libertad de conciencia, en una luchadora contra la marginación de la mujer, en una defensora de los más desfavorecidos. 

Primera etapa

Fue en 1876, tras el exitoso estreno de Rienzi el tribuno, cuando Rosario de Acuña, que por entonces contaba tan solo veinticinco años de edad, empezó a recibir halagos en forma de versos. El primero, de autor desconocido, fue un soneto titulado «A la Srta. Dª Rosario de Acuña (después de asistir a la representación de su bello drama Rienzi el tribuno)» que fue publicado a los pocos días del citado estreno en las páginas de La Ilustración Española y Americana, y cuya primera estrofa no desentona de otras que aparecían por entonces en este prestigioso –y longevo– semanario:

Suena del genio la sublime lira,

y al mágico poder de sus acentos, 

de amor y libertad los sentimientos, 

el alma ansiosa con placer aspira. 

A los parabienes de la crítica, se unieron los de algunos conocidos escritores que decidieron darle la bienvenida al gremio literario con algunas poesías dedicadas a tan prometedora y joven autora dramática. Una corona poética en la cual participaron Juan Eugenio Hartzembush (Para formarse idea / de las diversas gracias que atesora / Rosario, que vea / el curioso su Rienzi, y a la autora / ...), Enrique R. Saavedra -duque de Rivas- (Una te lleva al templo de la fama / otra los cielos te abre; / eres, por una, musa en el Olimpo, / por la otra eres un ángel / ...), Pedro Antonio de Alarcón (Dicen que eres un rosario / de dones maravillosos / ...), Ramón de Campoamor (Eres Venus cuando miras, / y Talia cuando cantas; / ...) o José Echegaray (⇑).

A estos versos un tanto almibarados que le dedicaron estos veteranos poetas, alguno ya setentón, le siguieron algunos otros de escritores más jóvenes, como Juan Tomás Salvany, nacido tan solo tres años antes que ella, autor del soneto «A Rosario de Acuña, autora del drama "Rienzi el tribuno"» que incluye en un poemario que publica el mismo año del estreno. Salvany era uno de los colaboradores de La Mesa Revuelta, una revista literaria dirigida por el común amigo Tomás de Asensi y en la cual Rosario también colabora. No debe de extrañar, por tanto,  que en sus páginas aparezcan también versos elogiosos. Allí se publica el poema escrito por Leopoldo Augusto de Cueto (Cartagena, 1815 - Madrid, 1901), cuya primera estrofa dice así:

Con tus veintitrés abriles

arduos problemas alcanzas

y en los abismos te lanzas

de las contiendas civiles

De hechuras bien diferentes es la poesía que le dedica José Ixart (con i latina o con y griega, que de las dos formas lo he visto escrito, incluso en el mismo texto, renglón arriba, renglón abajo), afamado crítico literario y, andando el tiempo, director de la revista ilustrada Artes y Letras que, con carácter mensual, se editó en Barcelona entre los años 1882 y 1883, contando con la colaboración de Eugenio Sellés, Armando Palacio Valdés o Leopoldo Alas, quien, por cierto es de los que utiliza «Ixart» en las cartas que le envía, aunque, curiosamente, Manuel de Montoliu titule José Yxart, el gran crítico del renacimiento literario catalán el libro publicado en 1956 y en el cual se recoge una relación de estas cartas enviadas por Clarín.

Copia de la poesía «A Rosario de Acuña», José Ixart, 1876

Mayor repercusión obtuvo la poesía escrita por José Martí (Cuba, 1853-1895), creada a partir de un error original, como bien podemos deducir de su mismo título: «A Rosario de Acuña. Poetisa cubana autora del drama "Rienzi el tribuno", laureado en Madrid» (⇑). Tras unos primeros versos halagadores, la oda se torna más arisca y Martí reclama a la joven poeta que rechace las ajenas alabanzas y retorne a la patria común:

Mas ¿cómo no te dueles, 

¡oh poetisa gentil!, de que en extraña 

tierra enemiga, te ornen los laureles 

amarillos y pálidos de España,

 si en tu patria de amor te espera fieles

 y el odio allí su brillantez no empaña?

[...]

El error de Martí fue motivo de discusiones (⇑), que se mantuvieron durante largo tiempo, entre quienes no admitían la posibilidad de que el «padre de la patria cubana» pudiera haberse equivocado («Era cubana. ¿Qué mayor autoridad que la de José Martí, quien seguramente la conoció en la Península o tuvo de ella exactas referencias?») y quienes aportaban datos que probaban que no había nacido en Jiguaní o en El Caney, sino que lo había hecho en España.

Segunda etapa

«Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística...»: aquella carta en la cual se hace pública su adhesión al grupo de quienes defienden la libertad de conciencia supone el abandono de su carrera literaria y el inicio de su «campaña de Las Dominicales» (⇑). Nada será igual desde entonces, tampoco en el asunto del que estamos tratando: las poesías a ella dedicadas empiezan a escasear y ya no serán escritas por poetas, consagrados o noveles, sino por integrantes de la heterodoxia.  

Tan solo unos meses después de que fuera dada a conocer aquella carta, en el mismo semanario se hace pública una poesía a ella dedicada (⇑) escrita por Salvador Sellés (Alicante, 1848-Madrid, 1938), en cuyos versos se visualiza esa ruptura, los dos momentos, el de la joven y prometedora dramaturga («Desde entonces admiro / tu luz excelsa / en silencio y en sombra / sigo tus huellas, / ...» ), y el de la tenaz luchadora contra las supersticiones y el fanatismo («.../ a tus pobres hermanas / de cautiverio, / diles, emancipándolas: / –triunfad del miedo; / ...». 

Ya en plena campaña de Las Dominicales (⇑),  la sola mención de su nombre provoca el encendido aplauso de los unos y la vociferante crítica de los otros, como bien quedó de manifiesto en la visita que realizó a Luarca en el verano de 1877: «los centinelas valdesanos» se apresuraron a enviarle un anónimo con insultos y amenazas, al tiempo que sus partidarios organizaron una velada literaria en su honor en el casino de la villa. Enterado de tal circunstancia, el dramaturgo y publicista Eloy Perillán Buxó (Valladolid, 1848 - La Habana, 1889), que por entonces se encontraba en el cercano concejo de Coaña, lugar de nacimiento de su mujer, la también escritora y periodista Eva Infanzón Canel, Eva Canel, se acercó a la capital valdesana para dar lectura a un poema, escrito por un católico y cristiano confeso y   «dedicado a la ilustre escritora doña Rosario de Acuña», que tituló «La mitad del hombre» (se puede leer íntegramente en el comentario 75. De una visita a Luarca y de lo que allí aconteció ⇑), del cual aquí recordamos una de sus estrofas:

Pero esto no viene a cuento...

tú vas con otra idea en pos

con fervor y con talento,

que para amar bien a Dios

no es de rigor el convento...

Pasados ya algunos años de duro batallar, decide poner fin a la lucha activa con el estreno de El padre Juan: un drama escrito con pretensiones propagandísticas pues es una apología del librepensamiento, el triunfo de la luz de la razón frente a las tinieblas de la superstición. Tras el exitoso estreno en el madrileño teatro de La Alhambra, la  autoridad gubernativa decide suspender las representaciones, desatando la polémica: la prensa confesional apoya la medida por considerar herética la obra, mientras que desde otras cabeceras se critica, con mayor o menor beligerancia, la prohibición. Las Dominicales del Libre Pensamiento destacó por su decidido apoyo a la autora del drama. En uno de los números que salió a la luz semanas después de la prohibición se publicó un soneto escrito por Ángeles López de Ayala: un canto a la grandeza de su amiga (⇑), como bien se puede constatar leyendo sus últimos versos:

Pero ¿qué importa a tu esplendor radiante
el loco empeño y los esfuerzos vanos,
con que pretende el mísero intrigante

eclipsar tus destellos soberanos?
¡¡¡Tanto más colosal es el gigante,
cuanto más le circundan los enanos!!!

Texto de los sonetos «A Nakens» y «A Rosario de Acuña» 

Pasados ya unos años, cuando aquella campaña de Las Dominicales habitaba en el campo de los recuerdos, por más que, quizás a su pesar, ella aún se mantuviera en plena batalla contra todo tipo de injusticias porque nada de lo que sucedía a su alrededor le era indiferente, hasta la casa gijonesa del acantilado le llega un soneto de José Nakens (Sevilla, 1841 - Madrid, 1926), como contestación a otro que previamente le había escrito Rosario de Acuña, como resumen de sus comunes vidas vistas desde la atalaya de la vejez compartida, visión que comparte su compañero de batallas, el activista republicano y anticlerical : «Áspera y dura ha sido nuestra vida, / cuando tan fácil a los dos nos era / colgando nuestra pluma en la espetera, / trocarla en apacible o divertida. / »

Luis S. Arregui, quien andando el tiempo se convertirá en secretario del Círculo del Partido Republicano Federal de Gijón, es el autor de la poesía «A la señora doña Rosario de Acuña» que publica el diario gijonés El Noroeste algunas semanas antes de su muerte, que el republicano poeta presume aún lejana.

Poesía escrita por Luis S. Arregui


Tercera etapa

«A la que fue honra de nuestro sexo. La ilustre doña Rosario de Acuña» Luisa Cervera, 1923
La hora de la muerte es un buen momento para glosar las virtudes de quien nos abandona, sin escatimar elogios, incluso cuando se trata de alguien como ella que habitó en la heterodoxia; incluso si ha sido una mujer a quien en vida se la calificó de «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias». Dicen que en «España se entierra muy bien» y en su caso no fue una excepción: sus detractores tuvieron el detalle de guardar silencio, los tibios hablaron de sus dotes literarias obviando todo lo demás, y sus correligionarios llenaron páginas y más páginas con sus alabanzas, entre las que no faltaron las poesías. Tal fue el caso de «A la que fue honra de nuestro sexo. La ilustre doña Rosario de Acuña», un soneto escrito por Luisa Cervera (Requena, 1843 - Valencia, 1924) que fue publicado junto a otros recordatorios en El Motín de su amigo Nakens, en uno de los números aparecidos tras su muerte.

Epílogo 

Al cuarto lado que cierra este polígono poético ya me he referido al inicio, pues fue el origen de este comentario. Se trata de la poesía titulada «Casa de Rosario de Acuña», obra de José Luis Argüelles (Mieres, 1960) que forma parte de su poemario Morar, publicado en el recién finalizado 2023, el año del centenario de la muerte de quien viviera en esa casa, (o faro) cuya luz aún perdura en el promontorio de El Cervigón, convertida en «un símbolo de la mejor España frente al odio de la carcunda», en palabras del poeta.


Casa del diablo y de la bruja, casa

batida por tormentas y rumores, 

por piedras de ignorancia fiera y rasa

que arrojaban oscuros odiadores.


Casa muy blanca en los acantilados

que azotan las mareas, casa en la ola, 

abierta casa para los alzados

contra las sombras, casa nunca sola.


Casa o faro en la noche gijonesa,

en la noche española, noche dura

de sables y sotanas, noche densa

frente a la casa cuya luz perdura.


La casa de Rosario de Acuña: alta

casa que guarda la razón más alta. 




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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08 marzo

171. Mujeres en lucha


Los directores de Las Dominicales, sabedores de que aquella carta bien podría contribuir a la consecución de sus objetivos,  retiraron otros trabajos que tenían previsto incluir en aquel número y la publicaron en la primera página bajo el título Valiosísima adhesión (⇑).

Y vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder, y que espero quepan holgadamente en el programa amplio y generoso de Las Dominicales. Ni por lo que soy, ni por lo que deseo, pretendo usurpar misiones: para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes: yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre...

 
La adhesión a la causa del librepensamiento por parte de Rosario de Acuña Villanueva era, ciertamente, muy valiosa para cuantos se afanaban en combatir la que consideran nociva influencia de la religión oficial en la sociedad española. Tanto es así, tanto el valor que se le concedió,  que el texto de la carta fue reproducido en otros periódicos, de España y del extranjero (⇑).  Muchos son los que consideran que la participación de la mujer en aquella lucha es vital para el fin que se proponen.  También Ramón Chíes y Fernando Lozano, quienes no tardan mucho en pedir su incorporación a la labor que han emprendido en  Las Dominicales del Libre Pensamiento. Lo hacen en el artículo titulado «A la mujer» que ve la luz en el segundo número: «¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuanto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!».

A pesar del interés de los directores del semanario, a pesar de tener abiertas de par en par las páginas de su periódico, apenas habían aparecido algunos nombres de mujer en los noventa y siete números que precedieron a aquel en el cual se anunció la adhesión de Rosario de Acuña Villanueva a la causa del librepensamiento. En aquellos veintitrés meses que siguieron al cuatro de febrero de 1883 en que apareció su primer número, son unas pocas mujeres las que figuran entre los centenares de hombres que integran las listas de donantes en las suscripciones abiertas por el semanario, algunas de ellas,  ocultas tras descripciones vagas o genéricas: «una institutriz», «una racionalista libre pensadora», «una mujer que sufre desde el 17 de julio de 1884», «una huérfana», «una hermana de un militar», «una viuda». Y entre las numerosas adhesiones que publica el periódico semana tras semana, tan solo hemos encontrado tres firmadas por una mujer: Plácida Martínez, de Cervera de Pisuerga; Juana Pérez, de Palencia; Matilde Ros, de Alcañiz.

¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!


La publicación de su escrito de adhesión a la causa del librepensamiento (⇑) supuso todo un revulsivo para las lectoras de Las Dominicales. Su reacción no se hizo esperar. Apenas unos días después dos de ellas, la una en Ferrol, la otra en Barcelona, redactan sendas cartas que rebosan satisfacción, «indecible gozo», por aquella valiosa incorporación. Josefa Obertin la convierte en «adalid tan competente como decidida»; Amalia Domingo Soler, por su parte,  alaba su capacidad y le otorga cualidades vigorizantes: «sois un genio, y los genios se asemejan a los soles, que con su calor vivifican»

Fotografía de Constantino Suárez (Fototeca del Pueblo de Asturias), portada del libro Mujeres de Gijón (1898-1941)

¿No hay mujeres en mi patria? ¿No hay mujeres que piensen lo que pienso y sienten lo que siento? ¿No hay una pléyade femenina que trabaja heroicamente para el bien de sus hermanas, para la redención de las víctimas?

Sí que hay mujeres que piensan y sienten como ella, aunque muchas han permanecido hasta ahora en la penumbra, sin manifestar abiertamente sus pensamientos. Aquella carta agitó sus conciencias  y algunas de sus lectoras, agradecidas y vigorizadas por sus ilusionantes palabras, no dudaron en coger la pluma para proclamar su condición de librepensadoras, racionalistas, masonas o espiritistas.

A lo largo de 1885 y en los años siguientes Las Dominicales publicará nuevas cartas de mujeres, venidas de diferentes lugares de España y firmadas con su nombre y apellidos: Justa González, de Palencia; Andrea Martín, Enriqueta Galinsoga, Eusebia López, Desirée Barrera, Dolores y Elena Molina, Clotilde, Rita y Dolores Mouton,  Elena Torres, de Alcalá la Real; Ángela Castelló, Josefa y Cayetana Llauradó,  Trinidad Sentís, Carmen Alemany, Catalina Coll, Agustina Calafell, Antonia Benet..., de Barcelona; Carmen Rubio, Josefa y Dolores Calle Gamir, Patrocinio Ruiz Matas, Concepción Curiel y Flores..., de Loja; Josefa Martínez, de Murcia; Ángela de Liza, de Madrid; Luisa Royo, de Puertollano; Encarnación Mula, de Cartagena; Avelina Ortega, de Cuba... Reconocen el liderazgo de Rosario de Acuña  en aquella lucha («faro luminoso que alumbra nuestro porvenir», «sois la gran mujer y vuestra humanitaria propaganda habrá de enaltecernos y dignificarnos»...) y se ponen incondicionalmente a su disposición.

Algunas llegaron para quedarse. Tal es el caso de Amalia Carvia o Luisa Cervera, cuyos escritos, en prosa o en verso, aparecerán de tanto en tanto en el semanario librepensador. Lo mismo le sucede a Dolores Navas, quien, tras la publicación de su carta de felicitación a Rosario de Acuña («honra de nuestro sexo, por la fe y el entusiasmo con que ha venido al campo del libre-pensamiento...»), hubo de soportar las represalias de la directora de la Escuela Normal de Córdoba y las invectivas de un presbítero del mismo centro de estudios, quien desde el púlpito no duda en pedir a sus compañeras que eviten todo trato con quien había osado proclamarse librepensadora. Lejos de arredrarse por los ataques recibidos, aquella joven maestra, la primera alumna del instituto provincial de Córdoba, siguió enviando sus escritos a Las Dominicales.

La brecha abierta con aquella valiosísima adhesión (⇑) se iba haciendo más grande y por ella asomaban nuevos nombres de mujer, nuevas propagandistas.  Las lectoras contaban con más ejemplos en los que mirarse.

Fragmento de una carta publicada en el verano de 1887

Algunas otras firmantes como Amalia Domingo Soler, una de las primeras en felicitar a Rosario de Acuña por su carta, proseguirá su labor propagandística desde La Luz del Porvenir, revista espiritista que ella misma había fundado y que se caracteriza por la defensa de los derechos de la mujer y del laicismo, en cuyas páginas se reproducirán buena parte de los escritos de Rosario de Acuña que aparecen en Las Dominicales del Libre Pensamiento.

Unas y otras van conformando un grupo cada vez más numeroso; unas y otras van  extendiendo por su entorno más inmediato la atmósfera regeneradora; unas y otras van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». A todas ellas se dirige nuestra protagonista en el escrito titulado A las mujeres del siglo XIX (⇑)

Hermanas mías: Vosotras, en primer término, las que pudierais llamaros «mujeres de Las Dominicales», no con menos razón que las «mujeres de la Biblia» y «mujeres del Evangelio» [...] y vosotras, en segundo lugar, las que con vuestras adhesiones, por cientos contadas, y vuestras firmas al pie de las adhesiones masculinas, sois dique inconmovible a las iras impías de las ideas teocráticas


Aquel escrito propició nuevas incorporaciones, algunas tan ilusionadas y esperanzadas como la de Carmen Burgos, una joven residente en Andújar quien, tras manifestar su «fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa», se ofrece «como una humilde pero entusiasta colaboradora».

Venid con vuestro pensamiento, ¡hermanas mías!, a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente! Servíos de vuestro pensamiento por la escritura expresado para barrenar el inmenso talud que nos separa del porvenir; luchemos en el seno de la sociedad con nuestra pluma, en el fondo de nuestro hogar con la perseverancia, y abramos el camino de la victoria a nuestras descendientes.


El pensamiento. El pensamiento libre. La defensa de la libertad de pensamiento es el instrumento que permitirá a la mujer abandonar el oscuro pozo en que vive postergada en aquella «España masculina», con la bendición de la jerarquía católica y el auxilio de algunas teorías seudocientíficas (⇑). La maestra Amalia Carvia, funda en Huelva la Unión Femenina, una sociedad que tiene como objetivo la creación de escuelas laicas; la maestra Dolores Navas abre en Córdoba una escuela laica para niñas...

El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! 


Hubo mujeres que nunca olvidaron aquel momento en el cual Rosario de Acuña Villanueva proclamó su adhesión a la causa del libre pensamiento. Tampoco el papel que protagonizó como entusiasta abanderada en la larga lucha emprendida, que tenía por objetivo la redención de la mujer española. Casi cuarenta años después, tras la muerte de la incansable luchadora, dos de aquellas «mujeres de Las Dominicales», cogieron la pluma para rendir público homenaje a su memoria. Luisa Cervera tan solo necesita dos versos de un soneto para recordar sus afanes: Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada; Amalia Carvia, por su parte, declara entonces (⇑) haber sido una de aquellas mujeres que un día ya lejano Rosario de Acuña ganó para la causa. Años después, en un discurso pronunciado con motivo de un homenaje, volverá a reclamar para ella todo el protagonismo:

En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España que algunos de los presentes quizás recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensores del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz.


No está de más que hoy, 8 de marzo de 2018, día en el cual millones de mujeres españolas están en huelga, recordemos a estas otras mujeres que en las décadas finales del siglo XIX decidieron emprender una larga lucha para abrir el camino de la victoria a sus descendientes. No está de más, que hoy, día en el que millones de mujeres reivindican una sociedad libre de opresiones, de explotación y violencias machistas, recordemos el testimonio vital de una luchadora incasable llamada Rosario de Acuña Villanueva. No está de más que hoy, día en el que millones de mujeres españolas llaman a la rebeldía y a la lucha, rindamos un merecido homenaje a quienes, sabedoras de la tenaz resistencia que encontrarían, se aprestaron a una larga batalla:

¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos!





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 diciembre

93. «Ídolo y mentora de las republicanas», por Sergio Sánchez Collantes


Sergio Sánchez Collantes
Sergio Sánchez Collantes, doctor en Historia, profesor de la Universidad de Burgos y autor de varios libros sobre el republicanismo (Demócratas de antaño. Republicanos y republicanismos en el Gijón democrático; La escarapela tricolor. El republicanismo en la España contemporánea, Sediciosos y románticos...), acaba de publicar un artículo dedicado a Rosario de Acuña con motivo del nonagésimo aniversario de su muerte. Dado su interés aquí lo reproducimos íntegramente.




Ídolo y mentora de las republicanas


En las últimas décadas del siglo XIX y el primer tramo del XX, pocas mujeres despertaron en los republicanos españoles tanta veneración como Rosario de Acuña. Y esa fascinación resultó singularmente poderosa entre sus congéneres, las propias mujeres, a muchas de las cuales atrajo al campo del librepensamiento y la disidencia política.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de las republicanas que luego brillarán en los años treinta ni siquiera habían nacido. En aquellos tiempos, eran otras las que defendían los ideales democráticos de libertad, igualdad y fraternidad. Se trata de las pioneras de un tipo de feminismo que inexorablemente conducirá a la reivindicación del voto femenino. Clara Campoamor apenas sumaba unos meses de vida cuando Rosario de Acuña defendía el papel de las mujeres fuera del hogar, su presencia en el espacio público, mientras le llovían las felicitaciones que, desde todos los rincones del país, le hicieron llegar por carta decenas de librepensadores de uno y otro sexo.

Rosario de Acuña ejerció por medio de la pluma un verdadero magisterio racionalista, un apostolado infatigable que sacudió muchos espíritus timoratos y supersticiosos. Así, con sus campañas en pro de la razón, la tolerancia y la justicia, la escritora contribuyó a engrosar las filas heterodoxas. Odiada hasta el delirio por sus enemigos, levantó pasiones, sin embargo, en el campo republicano. Particularmente, fueron muy aplaudidos los artículos que escribió para el semanario «Las Dominicales del Librepensamiento», uno de los muchos periódicos que honró con sus colaboraciones.

El ascendiente ideológico que Acuña tuvo sobre una parte minoritaria de la ciudadanía redobla su importancia cuando se trataba de las mujeres. La razón de esto quedó luminosamente explicada por Amalia Carvia Bernal, otra librepensadora de bandera, que en cierta ocasión le confesó a la escritora: «Usted es mujer, y como mujer, habla más a nuestras recónditas fibras, despierta con más suavidad nuestras íntimas aspiraciones». En otras palabras, el mensaje rebelde y discrepante que propagó Rosario de Acuña resultaba para ellas más convincente, más eficaz y arrebatador que el que podría haber difundido un varón que profesara las mismas ideas.

Algunas de las grandes representantes del librepensamiento feminista llegaron a considerarla su guía y mentora. La combativa Ángeles López de Ayala, por ejemplo, manifestó públicamente: «Tú fuiste mi maestra; la fuente cristalina donde sacié mi sed devoradora de justicia y de humanidad». A su vez, Luisa Cervera, ilustre poetisa de "Las Dominicales", reconoció algo parecido en un soneto: «Cariñosa su amiga me llamaba, / sus ideas prendieron en mi mente / y convencida yo las propagaba». Y la referida Amalia Carvia dijo hallarse entre las que fueron «despertadas por su elocuente voz». Se trata de nombres que acaso no digan nada a quien hoy lea estas líneas, pero algún día se reconocerá fuera de los círculos investigadores el relevante papel que desempeñaron todas estas mujeres.

Había, pues, un indudable efecto multiplicador en la propaganda de Rosario de Acuña. La trascendencia de ello radica en que algunas de las persuadidas servirán de enlace con una nueva generación de mujeres, pensadoras y activistas que después, en los años treinta, continuarán luchando por la igualdad.

Valga de ejemplo Carmen de Burgos, periodista fallecida en el otoño de 1932 y que, con apenas 20 años recién cumplidos, allá por 1888, le había dirigido una carta a Acuña para respaldar públicamente un sustancioso artículo que había escrito en defensa de la emancipación femenina: «Aunque incapaz de expresar debidamente lo que aquel hermoso trabajo me hizo sentir y pensar, declaro mi firme adhesión a cuantas ideas en él expone».

De ahí que Dolores Ramos Palomo, gran conocedora de ese universo femenino disidente del periodo de entresiglos, haya sentenciado que Rosario de Acuña fue quien «mostró el camino a otras mujeres». Lo que hizo la escritora fue una verdadera siembra, una campaña ininterrumpida de la que no podía esperarse temprano fruto. Y en tal sentido cabe interpretar el soneto que, tras su muerte, apareció en un cofre de su propiedad: «La fe en el porvenir mi ser anega; / constante y rudamente he trabajado; / sufrí el dolor con ánimo esforzado / y sembré mucho, sin hacer la siega».

¡En la devoción que Acuña provocó entre los suyos, había un fervor reverencial y solemne, un encandilamiento casi religioso: la adoraban. A propósito de ello, interesa recordar una olvidada iniciativa que se planteó en el campo republicano hacia 1916.

Ataques de fanáticos
Se habló entonces de convertir la finca gijonesa de Rosario de Acuña en una especie de santuario laico al que se desplazaran los correligionarios para rendirle homenaje a la librepensadora. El periodista Ángel Samblancat lamentó que no hubiera triunfado esa singular propuesta, la cual resumió en los siguientes términos: «Que los republicanos fuéramos en peregrinación a Asturias a visitar a esta gran mujer, que, anciana, pobre y enferma, sólo vive para el ideal».

El origen de la idea, y por lo tanto de los comentarios de Samblancat, parece hallarse en un artículo que, en junio de ese año, publicó el escritor Volney Conde-Pelayo en el semanario anticlerical 'El Motín'. Lo escribió en un contexto muy preciso: se agitaba entonces la idea de la unión de las derechas y el tradicionalista Vázquez de Mella había convocado para el otoño de 1916 una magna asamblea regionalista en el emblemático lugar de Covadonga. Además, Volney no ignoraba que doña Rosario había sido blanco de numerosas injurias y provocaciones, cometidas por grupos de vecinos fanáticos que hallaban divertimento en lanzar piedras contra su casa y extender las calumnias más inverosímiles. Con semejante telón de fondo, Volney no dudó en lanzar esa invitación al peregrinaje contestatario: «Hay que ir a Gijón en cruzada liberal, a rendir homenaje de cariño a la ilustre viejecita de corazón juvenil».

De haber triunfado la propuesta, estaríamos ante un ritual inédito de gran alcance simbólico, en el que, por añadidura, la figura idolatrada no era un varón.

Borrada del callejero en 1937
Desde su muerte, ocurrida hace 90 años, Rosario de Acuña ha sido objeto de unos cuantos estudios. Relegada al olvido durante el franquismo, que la borró muy pronto del callejero (1937), su memoria empezó a ser restaurada al comenzar la década de 1980.

El Ateneo Obrero de Gijón, en buena medida como fruto del trabajo de Daniel Palacio, reeditó su obra 'Padre Juan' en 1985. Otro expresidente de ese centro cultural, José Bolado, terminó siendo el responsable de compilar sus obras en varios tomos que empezaron a publicarse en 2007, y para los que escribió una introducción muy completa que debiera ver la luz de forma independiente.

Entremedias, otros autores habían ido contagiándose del interés por el personaje: Luciano Castañón, María del Carmen Simón Palmer y Elvira María Pérez Manso pueden servir de muestra. Y el interés no disminuyó al cambiar el siglo. Marta Fernández Morales realizó entonces un breve trabajo con una beca de investigación que en 2004 le concedió el Ayuntamiento gijonés. Paralelamente, Aquilino González Neira firmó una recopilación de artículos. Entonces también salió de la imprenta un estudio de Macrino Fernández Riera sobre los vínculos de la escritora con Asturias, predecesor de otro más amplio que se publicó en 2009, el mismo año que inauguró una página web [enlace ⇑] dedicada a la escritora que reúne muchos de sus artículos.

En fin, la lista no puede ser completa, pero mientras rematamos estas líneas nos anuncian la aparición de un extenso capítulo sobre la librepensadora que forma parte de la obra 'Política y escritura de mujeres' y que ha redactado la profesora Elena Hernández Sandoica.

Se continúa, pues, escribiendo sobre Rosario de Acuña. Y, sin embargo, aunque pueda sorprender, todavía quedan facetas por explorar, interpretaciones que redondear y fuentes pendientes de localización, olvidadas a saber en qué archivos e incluso en el mercado anticuario, del cual es muy difícil que terminen reintegrándose al patrimonio común y que la gente que lo desee pueda consultarlas.

El Comercio, Gijón, 13-5-2013


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 24-5-2013




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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