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15 enero

227. La primera en la Exposición


Panel dedicado a Rosario de Acuña (Imagen cedida por Manuel Almisas Albéndiz)

En 1932 la gaditana Amalia Carvia Bernal pronunciaba unas palabras de reconocimiento al papel que Rosario de Acuña había desempeñado en el despertar de muchas conciencias femeninas. Aunque no era la primera vez que lo hacía, quizás sea en esta ocasión cuando mayor relevancia alcanzan sus manifestaciones, pues las realiza en un acto público, en el homenaje que le tributan las mujeres valencianas que forman parte de la Agrupación Femenina Republicana Entre Naranjos:

«En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España que algunos de los presentes quizás recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensores del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anatemizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz».

Casi noventa años después, en la exposición Librepensadoras Andaluzas que actualmente se encuentra abierta al público en la localidad de El Puerto de Santa María, se le asigna de nuevo el papel de iniciadora del movimiento: el panel número dos –el que sigue a la Introducción– está dedicado a doña Rosario,  la «primera librepensadora». No resulta extraña tal coincidencia, menos aún si tenemos en cuenta que el promotor de la muestra es Manuel Almisas Albéndiz,  buen conocedor de la vida y obra de quien pronunció las elogiosas palabras dedicadas a nuestra protagonista, autor de ¡Paso a la mujer! Biografía de Amalia Carvia.

Este libro, publicado en 2019, es el primero de una trilogía que el investigador roteño ha dedicado a rescatar del olvido a tres mujeres librepensadoras andaluzas. A Amalia Carvia le siguieron la también gaditana María Marín Labrador y la malagueña Dolores Zea Urbano. Fruto también de sus investigaciones es la exposición Librepensadoras andaluzas que cuenta con nueve protagonistas. A las ya citadas se unen Amalia Domingo Soler, Soledad Areales, Ángeles López de Ayala, Ana Carvia y Belén Sárraga, nombres que no resultan nada extraños a quienes siguen los comentarios de este blog. Aunque dos de ellas no sean andaluzas de nacimiento, su inclusión está más que justificada. En el caso de la vallisoletana Belén Sárraga, por la intensa actividad que desarrolló en tierras malacitanas, donde fundó la Sociedad Progresiva Femenina y relanzó el semanario La Conciencia Libre; en cuanto a Rosario de Acuña, por el ya comentado papel de impulsora del movimiento librepensador que le han atribuido sus propias integrantes, sin olvidar los fuertes vínculos que mantuvo con la tierra, cuna de su familia paterna (véanse los comentarios 128. El primo Pedro Manuel ⇑, 175. La sobrina descarriada ⇑, 212. La prima repudiada ⇑ o 226. La tía olvidada ⇑ ).

La exposición (que nace con afán de itinerancia, dispuesta a recorrer las tierras andaluzas, preparada para atender las solicitudes de cuantas asociaciones o entidades se muestren interesadas en la misma) se complementa con un blog del mismo título (⇑), en el cual las personas interesadas pueden ampliar la información acerca de cada una de sus protagonistas: un código QR o de respuesta rápida insertado en cada uno de los paneles facilita el enlace. 

Nota. En el siguiente enlace  https://kaosenlared.net/librepensadoras-andaluzas/ se puede obtener más información sobre la exposición.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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06 octubre

197. La campaña de Las Dominicales (1884-1891)


Diciembre de 1922, setenta y dos años. Guerra de Marruecos. Tras la derrota de Annual, en la que perdieron la vida cerca de once mil soldados españoles, el Gobierno encargó una investigación de lo ocurrido. Al conocerse que en el denominado informe Picasso se ponía en evidencia la negligencia e irresponsabilidad del alto mando militar, un clamor popular recorre el país exigiendo responsabilidades. Rosario de Acuña, indignada por cuanto se va conociendo, decide luchar contra la desesperanza y la resignación utilizando el arma que mejor domina: toma la pluma y da forma a tres escritos que, con el mismo título («¡Justicia!... ¡Justicia!... ¡Justicia!»), dirige a las mujeres (⇑), a los masones y al pueblo. En el primero de ellos escribe:

¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión.

Enero de 1923, setenta y dos años. En una inclemente noche, una  goleta naufraga en el litoral gijonés, en la zona de los acantilados de El Cervigón en cuyas proximidades se ubica la casa de Rosario de Acuña. Dos marineros fueron tragados por el mar; los otros dos, tras ser rescatados por unos jóvenes que se lanzaron al agua,  son trasladados a la vivienda de la escritora, donde se les facilitó ropas de abrigo y recibieron las primeras curas. El naufragio pone en evidencia, una vez más, que los hombres de la mar están abandonados a su suerte. La pluma de aquella anciana sale de nuevo a la palestra reclamando justicia (⇑), una vez más:

  con todos los millones que hace treinta años se están tirando al mar en el ¡¡GRAN PUERTO DEL MUSEL!!, ¿no se hubiera podido quitar algunas rebañaduras siquiera para tener siempre dispuesto un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo de caja impermeable y hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS, para todos los casos que, como el de la Virgen del Carmen, puedan darse en estas costas inmediatas a la villa? El puerto del Musel, donde se embarcan, enriqueciendo a los ricos, qué sé yo cuantos miles de toneladas de mercancías al año, deja sin auxilio ni salvación a los pobres hijos del mar…

Atenta observadora del comportamiento humano, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Y así fue hasta sus últimos días, como prueban estos textos, escritos y publicados tan solo unos meses antes de su muerte. Por si no bastaran como ejemplo, ahí están los dos registros que los guardias civiles realizaron en su casa con ocasión de la huelga general de 1917, porque las autoridades recelaban de sus escritos de entonces (⇑) («¿No es hora ya de que los que ansían vivir se recojan en una fuerte mesnada y, CLAMOROSAMENTE, ENTUSIASTAMENTE, FERVOROSAMENTE, pidan, o EXIJAN ser tomados en cuenta en la vida de la Humanidad?»); ahí está también «La jarca de la Universidad», su dura respuesta a la agresión sufrida por una universitaria a la salida de las clases a las que asistía en la universidad madrileña, un escrito que la llevó al exilio (⇑), que la condenó a padecer estrecheces y penurias. A pesar de todo, estas y otras más fueron batallas que no buscó, que salieron a su encuentro, que no pudo eludir. De hecho, por más que la suya fuese una vida de lucha, tan solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semajantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.

Cabecera del primer número de Las Dominicales

El levantamiento del general Martínez Campos pone fin a la revolución de 1868 y posibilita el proyecto de restauración borbónica planeado por Cánovas: tras la proclamación de Alfonso XII se pondría en pie un régimen en el cual la soberanía estuviese compartida entre el monarca y el pueblo, representado por dos partidos políticos, el conservador y el liberal, que se turnarían en el poder. Para proteger su proyecto, para poner a salvo al monarca y al nuevo régimen de las críticas,  el Gobierno canovista ató corto a la opinión publicada. Aunque la constitución de 1876 ampara el derecho a la libertad de expresión, lo cierto es que la Ley de Prensa de 1879 supuso una auténtica mordaza para periódicos y revistas, con una profusa tipificación de delitos y la creación de tribunales especiales. Con la formación del Gobierno de Sagasta en febrero de 1881 se inicia el turno de partidos y se abre un nuevo tiempo para la prensa: se indulta a los periódicos y periodistas que estuvieran cumpliendo penas de suspensión  y se inician los trámites para elaborar una nueva ley. Los datos que trascienden del proyecto (desaparición del depósito previo, de la necesidad de obtener una licencia para editar, de los tribunales especiales...) presagian nuevos tiempos. El escenario parece bien diferente, tanto que, sin esperar a que el 30 de julio la Gaceta publicara la Ley de Policía de Imprenta del Gobierno fusionista, el 4 de febrero de 1883 sale a la calle el primer número del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento (DLP).

En la cabecera figuran como redactores Ramón Chiés y Demófilo, seudónimo de Fernando Lozano; poco más abajo aparece su primer manifiesto, el texto en el cual dan cuenta de la razón que les impulsa a poner en marcha tal empresa: 

La Monarquía está, ante el Derecho, muerta; la Religión del simbolismo está muerta; el espíritu del tercer estado, o clase media, que vino a gobernar tras la gloriosa Revolución francesa, está depravado y corrompido por el influjo de las riquezas. Queremos demostrar noble y francamente al público las llagas de esas instituciones decrépitas, no buscando el apoyo en las bayonetas, que sostienen esos restos de un mundo que se desmorona a nuestra vista, sino en la noble y severa razón. Venimos a decir a la Monarquía y a la Iglesia "¡Paso al espíritu del siglo!"...

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
A partir de aquel primer número, las cuatro páginas del semanario se convertirán en el punto de encuentro de quienes se hallan en los arrabales del régimen canovista: librepensadores, republicanos, anticlericales, deístas, masones, teósofos... No admite anuncios de pago y los que aparecen en la contraportada, de inserción gratuita,  muestran su simpatía por la Institución Libre de Ensañanza, la Sociedad Protectora de los Niños o la Asociación para la Enseñanza de la Mujer...  ¡La mujer! Conscientes de que su ausencia puede ser el flanco más débil de aquel proyecto que acaba de ver la luz, en el número dos se inserta un llamamiento a su participación «¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuánto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!».

Rosario de Acuña y Villanueva vivía por entonces en una quinta campestre situada a las afueras de la localidad de Pinto. Concluida la etapa que la pareja pasó en Zaragoza (⇑), su marido había pasado a la situación de supernumerario en el Ejército, integrándose en la plantilla del Ministerio de Fomento como visitador de Agricultura e integrante del equipo de Gaceta Agrícola, publicación en la que ella colaborará. La relación entre Rafael y Rosario parece que ha mejorado.

Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco en el que vivía ilusionada, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores.  Su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o volteadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus múltiples expediciones por los caminos patrios; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

La nueva vida en el campo parece satisfacerla plenamente. No obstante, aquella aventura vital, aquella nueva esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. En el mes de enero de 1883 fallece su padre (⇑), joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. Un mazazo en la incipiente ilusión recuperada: la muerte «vino a recoger de mi lado el más querido, el más idolatrado de cuantos seres me rodeaban».

La muerte del padre debió de precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio. En el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola. Cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Desde entonces sus vidas discurrirán por alejadas trayectorias. Huérfana de padre («un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades») y definitivamente separada de su marido (⇑), los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Aquellos fueron meses de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; fueron meses de reacomodo,de cambio, de metamorfosis.

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
Fue en ese tiempo cuando, por casualidad, se produjo su encuentro con el semanario librepensador. Volvía de la capital con varios paquetes envueltos en papel de periódico. Al desenvolverlos, sus ojos repararon en un título que nunca antes había leído: Las Dominicales del Libre Pensamiento. Allí se encontraba, hecho tinta, encarnado, el ideal de libertad. Al ojear sus páginas, al leer sus escritos, al desmenuzar sus frases, su ser se estremeció ante aquel ejemplo real, lo tenía entre sus manos, de lo que para ella había sido hasta entonces parte de un ideal inalcanzable, al menos en aquella sociedad que le había tocado vivir: por las cinco columnas de cada una de aquellas páginas rezumaban las esencias de la libertad, de la justicia y de la fraternidad. Tras este primer encuentro con el aún joven semanario, Rosario se convirtió en fiel lectora de sus páginas: «¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar, para resumir mejor la síntesis de cada uno de sus artículos!». Tenía delante de sus ojos lo que para ella era «el grito primero, el más valiente, el más conmovedor y el más imposible de ahogar de un pueblo que despierta...». Tan solo veía un problema, tan solo encontraba un punto débil en aquel proyecto: «¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!». 

¡La mujer! Confinada en el hogar, adormecida su capacidad de aprender, de pensar por sí misma, desconocedora de «la fe de la naturaleza, de la ciencia y de la humanidad», se cobija en cuanto le inspira confianza, en aquello que le enseñaron en su niñez: es presa fácil del púlpito y del confesionario, queda a merced de los enemigos de la libertad. Convencida de que no se puede vencer en aquella batalla sin entrar en lo más íntimo del hogar, convencida de que resulta imprescindible cubrir aquel flanco, Rosario de Acuña y Villanueva decide dar un paso al frente, haciendo pública su adhesión a la causa del librepensamiento (⇑), con el firme propósito de «combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

Con la publicación de aquella carta dirigida a Ramón Chíes, que vio la luz el 28 de diciembre de 1884 en la portada del número 98 de DLP bajo el título «Valiosísima adhesión», Rosario de Acuña sale decidida a la palestra, presta a combatir: «vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder...».

Bueno, en realidad la campaña comenzó algunas semanas antes, con ocasión de la huelga de los universitarios madrileños en defensa del profesor Miguel Morayta, a quien la prensa confesional y la jerarquía católica acusan de haber pronunciado un discurso herético en la lección inaugural del curso. En una nota pública que será ampliamente reproducida en la prensa de la capital, Rosario de Acuña les brinda todo su apoyo (⇑), anunciando que, en el caso de que los estudiantes perdieran la matrícula de honor por encontrarse en huelga, ella costearía el pago de la de uno de ellos, de quien estuviera más adelantado en la carrera y contara con el mejor expediente académico. Su anuncio provocó la reacción de una parte de la prensa («ha de perdonarnos la libre pensadora poetisa [...] el que  hagamos notar que, si es aceptable la mujer literata, no lo es seguramente la mujer política; y que si no suelen sentar mal en su sexo las "medias azules", sienta detestablemente mal el gorro colorado»). En el otro bando, aplauden con entusiasmo. Lo hace otro sector de la prensa (La República, El Porvenir, El Liberal...); también los estudiantes. Una comisión de los universitarios en huelga, encabezada por Luis París Zejín (el mismo a quien dos décadas después convertiría en uno de sus dos ejecutores testamentarios ⇑ ), publica una nota, aceptando el ofrecimiento y agradeciéndole efusivamente su apoyo.

Imagen de la fachada del Café de Fornos (1908)
Aquella nota, aquel apoyo público a los huelguistas, la ha puesto en evidencia. Ya hay quien la tilda de librepensadora... ¿a qué esperar más? Con la decisión ya tomada, tan solo hacía falta la ocasión propicia, y aquella se produjo en el banquete que organizó en el café de Fornos (⇑). Entre los invitados, además de los integrantes de la comisión de estudiantes, se encontraba el profesor Morayta,  el industrial –masón y republicano– Ruperto J. Chávarri, el escritor y diputado Eduardo Gómez Sigura (⇑); también Ramón Chíes. En un aparte, en conversación particular, la anfitriona ya adelantó al codirector del semanario la decisión que había tomado.

No hay duda, pues, a la hora de fijar el momento en el que Rosario de Acuña inicia la campaña de Las Dominicales: finales de 1884, como prueba su carta de adhesión. En cuanto a su finalización, no creo que pueda haberlas, pues, aunque no contemos con documento de similar naturaleza, sí que disponemos de algunas evidencias que nos permiten apuntar que tuvo lugar en el transcurso del año 1891:

Primero, consta por escrito su decidida voluntad de «retirarse del trabajo activo de la inteligencia» a «la crítica edad de cuarenta», y esos eran justamente los años que tenía cuando, en mi opinión, la dio por concluida. Segundo, resulta coherente con tal decisión, que para entonces, decidiese entablar su última batalla (⇑): poner en marcha el proyecto de El padre Juan, un drama al servicio de la propaganda librepensadora,  cuyo estreno tuvo lugar meses después de que su autora hubiera cumplido la cuarta década de su vida. Tercero, tras los coletazos del escándalo que se produce cuando, pocas horas de su estreno, la autoridad gubernativa suspende la representación de esta obra, su firma prácticamente desaparece de las páginas del semanario. En la práctica, su colaboración ha finalizado. Cuarto, por si aún hubiera existido alguna posibilidad de que pudiera reconsiderar su decisión de abandonar por entonces el trabajo activo de la inteligencia, resulta que su dañada salud lo habría impedido. A finales de 1891, queda postrada en la cama víctima de unas fiebres palúdicas que la dejan al borde mismo de la muerte. Esa es la razón por la cual no puede asistir al Congreso Universal de Librepensamiento que meses después se celebra en Madrid, tal y como le explica a su presidente, su amigo Remigio Sánchez Covisa (⇑), a quien envía un lote de ejemplares de El padre Juan con el encargo de que se entreguen a cada uno de los representantes que asistan al citado congreso (así también se lo hace saber al director de DLP (⇑), en un comunicado en el cual hace pública la razón de su ausencia); y quinto, en los inicios del verano de 1892, tras varios meses de padecimiento, en una dedicatoria al médico (⇑) que la ha atendido en su enfermedad le cuenta que está  «próxima a marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano»: propósito que parece confirmar que ha concluido la campaña, que tiene en mente iniciar una nueva etapa en su vida. Y así sucederá: apenas unos años después la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. En consecuencia, habremos de convenir que la campaña de Las Dominicales discurre en el periodo comprendido entre finales de 1884 y 1891.

A lo largo de estos siete años Rosario de Acuña se entrega a la tarea de combatir a los enemigos de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre, y el semanario dirigido por Chíes y Lozano se convierte en el instrumento más eficaz de la campaña. Sus escritos, que son recibidos con entusiasmo por quienes, de una u otra forma, se oponen al imperio del pensamiento único, aportan altas dosis de ilusión y fecundo sustrato ideológico a los suyos ( ¡Ateos! ⇑, Hipatia ⇑, Se lo merecen ⇑, La ramera ⇑...). Su palabra –ariete demoledor del oscurantismo, al tiempo que vigoroso acicate para quienes lo padecen– es seguida con expectación por un creciente número de mujeres, como bien prueban las adhesiones y cartas de agradecimiento que regularmente aparecen publicados en sus páginas. Tal y como se cuenta en el comentario 171. Mujeres en lucha (⇑),  la lista se va ampliando semana a semana; cada vez son más las que, siguiendo su testimonio, van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». Una de ellas, Amalia Carvia Bernal, recordará años más tarde la trascendencia que tuvo la campaña de Las Dominicales para el despertar de la mujer española:

En las últimas décadas del pasado siglo, se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España, que algunos de los presentes quizá recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensoras del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la Iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos las que, oyendo cánticos de alondra mañanera, sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz...
 
Quienes la escuchan son mujeres de toda España, pues durante los siete años de campaña, su voz se desparrama por la geografía patria alcanzando localidades pequeñas y recónditos rincones; en cualquier lugar donde se encuentre un corresponsal de DLP, hasta allí llegarán sus palabras, su testimonio, las noticias de su lucha, la última hora de su campaña... En las páginas del semanario aparecerá todo cuanto con ella tenga que ver: las colaboraciones que envía a sus directores, pero también las conferencias que pronuncia, los escritos que se publican en otros periódicos, las noticias de sus viajes, las reacciones que provoca su presencia, las persecuciones, los insultos, las denuncias...

Durante estos siete años de lucha no desaprovechó ocasión para combatir a cuantos habían sumido a su patria en el oscurantismo, y lo hizo en diferentes frentes, con distintos medios:

A la hora de buscar posibles aliadas en aquel desigual enfrentamiento, eran escasas las opciones existentes, pues apenas unas pocas habían conseguido desembarazarse del férreo control clerical y solo algunas habían logrado fraguar algún tipo de colaboración entre ellas. Tal era el caso del movimiento espiritista que se había formado en torno al semanario La Luz del Porvenir, fundado por Amalia Domingo Soler en 1879. Escrito por mujeres y dirigido a las mujeres, sus páginas estuvieron siempre abiertas a cuanto tuviera que ver con la defensa de los derechos de la mujer, el librepensamiento y el laicismo. Desde los inicios de su campaña, Rosario de Acuña encontró en aquel círculo de mujeres un fiel aliado y la revista se convirtió en altavoz de su palabra, reproduciendo con prontitud los escritos publicados en DLP. No obstante, había otro grupo que para su empeño tenía un mayor valor estratégico: la masonería, institución que vivía por entonces una etapa de expansión y de apertura a la presencia de la mujer, con logias integradas exclusivamente por mujeres (las llamadas «logias de adopción») o con logias mixtas; en ambos casos, con los mismos títulos, rito y derechos que el hombre. Dado el creciente número de mujeres que ingresan en la masonería (con un censo de varios centenares en el último cuarto del siglo XIX), aquel parece ser un bastión estratégico. Tras su ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona que tuvo lugar en febrero de 1886, Rosario de Acuña participa en diversos actos institucionales de la masonería  (inauguración del colegio-asilo de Getafe (⇑), promovido por el Gran Oriente Nacional de España; instalación de la logia de adopción Hijas del Progreso ⇑), al tiempo que mantiene contactos con algunos de sus más destacados representantes (tal es el caso de su  entrevista con la infanta María Olvido de Borbón (⇑), protectora de la masonería de adopción).

Fragmento de la portada del ejemplar en el que se da cuenta del interregotario

b) Acostumbrada a recorrer el suelo patrio a lomos de un caballo, las expediciones que realizó durante la campaña debieron de ser muy útiles a sus propósitos, en tanto en cuanto le permitían conocer de primera mano los efectos que surtían las batallas que entablaba, al tiempo que ponía en evidencia las secuelas del fanatismo que se encontraba a su paso. Gracias a las comunicaciones que envió a Chíes y Lozano, conocemos con cierto detalle la expedición que llevó a cabo en 1887 por León, Asturias y Galicia y de la cual he dado cuenta en un comentario anterior (⇑). Su llegada a las localidades que visita no pasa desapercibida para nadie: quienes ansían el triunfo de la libertad de conciencia,  la agasajan; quienes la ven como una atea, una enemiga de la religión católica («la única de la Nación española»), la rechazan, la insultan, la amenazan, la denuncian. Ejemplos de este dispar recibimiento, evidencia de los efectos de su campaña, los encontramos en ¡Luarca!... (⇑),  o en  Mis últimas jornadas (⇑), donde nos cuenta de las peripecias que le acontecen por tierras orensanas (un jinete la persigue, es escoltada por una pareja de la Guardia Civil, hay una denuncia contra ella, es interrogada por el juez de primera instancia de Barco de Valdeorras...). El eco de sus escritos, el rumor de su campaña de Las Dominicales, han llegado a aquellas tierras y su presencia, ciertamente, no pasa desapercibida. Menos aún desde que se conocieran sus comentarios acerca del «atraso, la corrupción y la ignorancia de nuestras costumbres», del sometimiento de las conciencias que ha visto en algunos obreros asturianos y que ha descrito en Restos del feudalismo (Trubia) (⇑), de los horrores del fanatismo religioso, del macabro ritual que protagonizan los endemoniados de Santa Eufemia (⇑)

Fragmento del ejemplar en el cual se recoge el texto de la conferencia

c) Puesto que tan solo contaba con su palabra como única arma, no desaprovecha tribuna propicia para propagar sus ideas acerca de la emancipación de la mujer. El Fomento de las Artes, una «sociedad de artesanos, artistas, industriales y de todos aquellos que puedan contribuir a la emancipación de las clases trabajadoras», era en los años ochenta un activo centro de educación popular. Por aquel entonces, Rosario había conocido a Anselmo Lamo, sastre de profesión y persona abierta de mente, que no hacía mucho se había instalado con su familia en Madrid. Probablemente fuera su hijo Carlos, universitario por entonces y quizás miembro del grupo con el que la escritora había establecido contacto tras las huelgas estudiantiles de finales de 1884, el primero en relacionarse con ella. Sea como fuere, parece que Anselmo no tardó en encontrar en la capital los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en la provincia de Jaén, de donde era originaria la familia, y que cuando Rosario de Acuña conoce a la familia Lamo Jiménez (⇑),  se desenvuelve con soltura en Fomento de las Artes (no tardando será elegido presidente de la sección de sastres de la sociedad). El caso es que a lo largo de 1888 nuestra protagonista pronuncia en aquella tribuna dos conferencias, las dos centradas en la llamada cuestión de la mujer: en el mes de enero, la que lleva por título «Los convencionalismos» (⇑) ; tres meses después la titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑). Aunque las dos tuvieron el mismo tratamiento por parte de los directores de DLP (publicaron el contenido íntegro de las mismas en dos números extraordinarios), la segunda fue la que tuvo una mayor repercusión, pues hubo algunos periódicos que salieron un tanto airados a la palestra. En un escrito publicado por La Unión Católica (que luego reprodujo Faro de Vigo) la conferenciante es tratada como una enferma ya desde el principio: «¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Lo que sigue es del mismo tenor: tacha de pornográfica parte de la conferencia y pone en duda el estado intelectual y moral de la conferenciante. El asunto terminará en los juzgados.

Fragmento de la portada donde se da cuenta de la prohibición de El padre Juan

d) Persecuciones, insultos, querellas, problemas con la correspondencia que no siempre llega a su destino y que en otras ocasiones lo hace con evidentes señales de registro... El primero de noviembre de 1890 cumplirá cuarenta años, «la crítica edad de los cuarenta», el momento elegido para «retirarse del trabajo activo de la inteligencia», ocasión propicia para preparar algo especial, su despedida. Para ello nada mejor que utilizar el escenario para enfrentar la luz del librepensamiento contra la oscuridad del clericalismo, al joven Ramón de Monforte (joven, rico, republicano y librepensador) contra el viejo padre Juan (un sombrío franciscano que domina las conciencias del pueblo y responsable último del asesinato del idealista y desinteresado protagonista): el teatro al servicio de la apología de la libertad de conciencia. Tal y como he contado en un comentario anterior (⇑), tras no pocos esfuerzos, el viernes 3 de abril de 1891 se alza el telón del madrileño teatro Alhambra para presentar en sociedad El padre Juan, drama en tres actos y en prosa. Aplaudieron con entusiasmo y reclamaron la presencia de la autora en el escenario. Bien es verdad que la mayor parte del público asistente debía de comulgar con la causa. No toda, ciertamente, pues a la mañana siguiente el gobernador de Madrid  suspendía las representaciones de la obra. La batalla de El padre Juan se salda con sombras y luces, descalabro económico (ella había corrido con todos los gastos de producción, alquiler del teatro, vestuario, decorados...)  y estimulante cierre de filas en torno a su persona, por parte de quienes ansían una patria libre del pesado yugo de la superstición y el fanatismo. Alejada del campo de batalla, en la tranquilidad de su villa campestre, analizando con mesura los lances de aquella última batalla, resuelve esperanzada que entre la sarta de daños florecen los beneficios. «En cuanto al éxito positivo de El padreJuan, ¡qué éxito!».

La batalla de El padre Juan fue la última de la campaña de Las Dominicales. Tras recuperarse de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte, busca un lugar cerca del océano en el cual iniciar una nueva etapa en su vida. Unos años más tarde de aquel estreno en el teatro Alhambra la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. Por mucho que ansiara alejarse del ajetreo urbano, por mucho que quisiera disfrutar de la Naturaleza, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Por mucho que se alejara del campo de batalla, la suya fue la vida de una luchadora. Pero solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semejantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.



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08 marzo

171. Mujeres en lucha


Los directores de Las Dominicales, sabedores de que aquella carta bien podría contribuir a la consecución de sus objetivos,  retiraron otros trabajos que tenían previsto incluir en aquel número y la publicaron en la primera página bajo el título Valiosísima adhesión (⇑).

Y vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder, y que espero quepan holgadamente en el programa amplio y generoso de Las Dominicales. Ni por lo que soy, ni por lo que deseo, pretendo usurpar misiones: para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes: yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre...

 
La adhesión a la causa del librepensamiento por parte de Rosario de Acuña Villanueva era, ciertamente, muy valiosa para cuantos se afanaban en combatir la que consideran nociva influencia de la religión oficial en la sociedad española. Tanto es así, tanto el valor que se le concedió,  que el texto de la carta fue reproducido en otros periódicos, de España y del extranjero (⇑).  Muchos son los que consideran que la participación de la mujer en aquella lucha es vital para el fin que se proponen.  También Ramón Chíes y Fernando Lozano, quienes no tardan mucho en pedir su incorporación a la labor que han emprendido en  Las Dominicales del Libre Pensamiento. Lo hacen en el artículo titulado «A la mujer» que ve la luz en el segundo número: «¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuanto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!».

A pesar del interés de los directores del semanario, a pesar de tener abiertas de par en par las páginas de su periódico, apenas habían aparecido algunos nombres de mujer en los noventa y siete números que precedieron a aquel en el cual se anunció la adhesión de Rosario de Acuña Villanueva a la causa del librepensamiento. En aquellos veintitrés meses que siguieron al cuatro de febrero de 1883 en que apareció su primer número, son unas pocas mujeres las que figuran entre los centenares de hombres que integran las listas de donantes en las suscripciones abiertas por el semanario, algunas de ellas,  ocultas tras descripciones vagas o genéricas: «una institutriz», «una racionalista libre pensadora», «una mujer que sufre desde el 17 de julio de 1884», «una huérfana», «una hermana de un militar», «una viuda». Y entre las numerosas adhesiones que publica el periódico semana tras semana, tan solo hemos encontrado tres firmadas por una mujer: Plácida Martínez, de Cervera de Pisuerga; Juana Pérez, de Palencia; Matilde Ros, de Alcañiz.

¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!


La publicación de su escrito de adhesión a la causa del librepensamiento (⇑) supuso todo un revulsivo para las lectoras de Las Dominicales. Su reacción no se hizo esperar. Apenas unos días después dos de ellas, la una en Ferrol, la otra en Barcelona, redactan sendas cartas que rebosan satisfacción, «indecible gozo», por aquella valiosa incorporación. Josefa Obertin la convierte en «adalid tan competente como decidida»; Amalia Domingo Soler, por su parte,  alaba su capacidad y le otorga cualidades vigorizantes: «sois un genio, y los genios se asemejan a los soles, que con su calor vivifican»

Fotografía de Constantino Suárez (Fototeca del Pueblo de Asturias), portada del libro Mujeres de Gijón (1898-1941)

¿No hay mujeres en mi patria? ¿No hay mujeres que piensen lo que pienso y sienten lo que siento? ¿No hay una pléyade femenina que trabaja heroicamente para el bien de sus hermanas, para la redención de las víctimas?

Sí que hay mujeres que piensan y sienten como ella, aunque muchas han permanecido hasta ahora en la penumbra, sin manifestar abiertamente sus pensamientos. Aquella carta agitó sus conciencias  y algunas de sus lectoras, agradecidas y vigorizadas por sus ilusionantes palabras, no dudaron en coger la pluma para proclamar su condición de librepensadoras, racionalistas, masonas o espiritistas.

A lo largo de 1885 y en los años siguientes Las Dominicales publicará nuevas cartas de mujeres, venidas de diferentes lugares de España y firmadas con su nombre y apellidos: Justa González, de Palencia; Andrea Martín, Enriqueta Galinsoga, Eusebia López, Desirée Barrera, Dolores y Elena Molina, Clotilde, Rita y Dolores Mouton,  Elena Torres, de Alcalá la Real; Ángela Castelló, Josefa y Cayetana Llauradó,  Trinidad Sentís, Carmen Alemany, Catalina Coll, Agustina Calafell, Antonia Benet..., de Barcelona; Carmen Rubio, Josefa y Dolores Calle Gamir, Patrocinio Ruiz Matas, Concepción Curiel y Flores..., de Loja; Josefa Martínez, de Murcia; Ángela de Liza, de Madrid; Luisa Royo, de Puertollano; Encarnación Mula, de Cartagena; Avelina Ortega, de Cuba... Reconocen el liderazgo de Rosario de Acuña  en aquella lucha («faro luminoso que alumbra nuestro porvenir», «sois la gran mujer y vuestra humanitaria propaganda habrá de enaltecernos y dignificarnos»...) y se ponen incondicionalmente a su disposición.

Algunas llegaron para quedarse. Tal es el caso de Amalia Carvia o Luisa Cervera, cuyos escritos, en prosa o en verso, aparecerán de tanto en tanto en el semanario librepensador. Lo mismo le sucede a Dolores Navas, quien, tras la publicación de su carta de felicitación a Rosario de Acuña («honra de nuestro sexo, por la fe y el entusiasmo con que ha venido al campo del libre-pensamiento...»), hubo de soportar las represalias de la directora de la Escuela Normal de Córdoba y las invectivas de un presbítero del mismo centro de estudios, quien desde el púlpito no duda en pedir a sus compañeras que eviten todo trato con quien había osado proclamarse librepensadora. Lejos de arredrarse por los ataques recibidos, aquella joven maestra, la primera alumna del instituto provincial de Córdoba, siguió enviando sus escritos a Las Dominicales.

La brecha abierta con aquella valiosísima adhesión (⇑) se iba haciendo más grande y por ella asomaban nuevos nombres de mujer, nuevas propagandistas.  Las lectoras contaban con más ejemplos en los que mirarse.

Fragmento de una carta publicada en el verano de 1887

Algunas otras firmantes como Amalia Domingo Soler, una de las primeras en felicitar a Rosario de Acuña por su carta, proseguirá su labor propagandística desde La Luz del Porvenir, revista espiritista que ella misma había fundado y que se caracteriza por la defensa de los derechos de la mujer y del laicismo, en cuyas páginas se reproducirán buena parte de los escritos de Rosario de Acuña que aparecen en Las Dominicales del Libre Pensamiento.

Unas y otras van conformando un grupo cada vez más numeroso; unas y otras van  extendiendo por su entorno más inmediato la atmósfera regeneradora; unas y otras van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». A todas ellas se dirige nuestra protagonista en el escrito titulado A las mujeres del siglo XIX (⇑)

Hermanas mías: Vosotras, en primer término, las que pudierais llamaros «mujeres de Las Dominicales», no con menos razón que las «mujeres de la Biblia» y «mujeres del Evangelio» [...] y vosotras, en segundo lugar, las que con vuestras adhesiones, por cientos contadas, y vuestras firmas al pie de las adhesiones masculinas, sois dique inconmovible a las iras impías de las ideas teocráticas


Aquel escrito propició nuevas incorporaciones, algunas tan ilusionadas y esperanzadas como la de Carmen Burgos, una joven residente en Andújar quien, tras manifestar su «fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa», se ofrece «como una humilde pero entusiasta colaboradora».

Venid con vuestro pensamiento, ¡hermanas mías!, a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente! Servíos de vuestro pensamiento por la escritura expresado para barrenar el inmenso talud que nos separa del porvenir; luchemos en el seno de la sociedad con nuestra pluma, en el fondo de nuestro hogar con la perseverancia, y abramos el camino de la victoria a nuestras descendientes.


El pensamiento. El pensamiento libre. La defensa de la libertad de pensamiento es el instrumento que permitirá a la mujer abandonar el oscuro pozo en que vive postergada en aquella «España masculina», con la bendición de la jerarquía católica y el auxilio de algunas teorías seudocientíficas (⇑). La maestra Amalia Carvia, funda en Huelva la Unión Femenina, una sociedad que tiene como objetivo la creación de escuelas laicas; la maestra Dolores Navas abre en Córdoba una escuela laica para niñas...

El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! 


Hubo mujeres que nunca olvidaron aquel momento en el cual Rosario de Acuña Villanueva proclamó su adhesión a la causa del libre pensamiento. Tampoco el papel que protagonizó como entusiasta abanderada en la larga lucha emprendida, que tenía por objetivo la redención de la mujer española. Casi cuarenta años después, tras la muerte de la incansable luchadora, dos de aquellas «mujeres de Las Dominicales», cogieron la pluma para rendir público homenaje a su memoria. Luisa Cervera tan solo necesita dos versos de un soneto para recordar sus afanes: Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada; Amalia Carvia, por su parte, declara entonces (⇑) haber sido una de aquellas mujeres que un día ya lejano Rosario de Acuña ganó para la causa. Años después, en un discurso pronunciado con motivo de un homenaje, volverá a reclamar para ella todo el protagonismo:

En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España que algunos de los presentes quizás recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensores del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz.


No está de más que hoy, 8 de marzo de 2018, día en el cual millones de mujeres españolas están en huelga, recordemos a estas otras mujeres que en las décadas finales del siglo XIX decidieron emprender una larga lucha para abrir el camino de la victoria a sus descendientes. No está de más, que hoy, día en el que millones de mujeres reivindican una sociedad libre de opresiones, de explotación y violencias machistas, recordemos el testimonio vital de una luchadora incasable llamada Rosario de Acuña Villanueva. No está de más que hoy, día en el que millones de mujeres españolas llaman a la rebeldía y a la lucha, rindamos un merecido homenaje a quienes, sabedoras de la tenaz resistencia que encontrarían, se aprestaron a una larga batalla:

¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos!





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28 diciembre

93. «Ídolo y mentora de las republicanas», por Sergio Sánchez Collantes


Sergio Sánchez Collantes
Sergio Sánchez Collantes, doctor en Historia, profesor de la Universidad de Burgos y autor de varios libros sobre el republicanismo (Demócratas de antaño. Republicanos y republicanismos en el Gijón democrático; La escarapela tricolor. El republicanismo en la España contemporánea, Sediciosos y románticos...), acaba de publicar un artículo dedicado a Rosario de Acuña con motivo del nonagésimo aniversario de su muerte. Dado su interés aquí lo reproducimos íntegramente.




Ídolo y mentora de las republicanas


En las últimas décadas del siglo XIX y el primer tramo del XX, pocas mujeres despertaron en los republicanos españoles tanta veneración como Rosario de Acuña. Y esa fascinación resultó singularmente poderosa entre sus congéneres, las propias mujeres, a muchas de las cuales atrajo al campo del librepensamiento y la disidencia política.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de las republicanas que luego brillarán en los años treinta ni siquiera habían nacido. En aquellos tiempos, eran otras las que defendían los ideales democráticos de libertad, igualdad y fraternidad. Se trata de las pioneras de un tipo de feminismo que inexorablemente conducirá a la reivindicación del voto femenino. Clara Campoamor apenas sumaba unos meses de vida cuando Rosario de Acuña defendía el papel de las mujeres fuera del hogar, su presencia en el espacio público, mientras le llovían las felicitaciones que, desde todos los rincones del país, le hicieron llegar por carta decenas de librepensadores de uno y otro sexo.

Rosario de Acuña ejerció por medio de la pluma un verdadero magisterio racionalista, un apostolado infatigable que sacudió muchos espíritus timoratos y supersticiosos. Así, con sus campañas en pro de la razón, la tolerancia y la justicia, la escritora contribuyó a engrosar las filas heterodoxas. Odiada hasta el delirio por sus enemigos, levantó pasiones, sin embargo, en el campo republicano. Particularmente, fueron muy aplaudidos los artículos que escribió para el semanario «Las Dominicales del Librepensamiento», uno de los muchos periódicos que honró con sus colaboraciones.

El ascendiente ideológico que Acuña tuvo sobre una parte minoritaria de la ciudadanía redobla su importancia cuando se trataba de las mujeres. La razón de esto quedó luminosamente explicada por Amalia Carvia Bernal, otra librepensadora de bandera, que en cierta ocasión le confesó a la escritora: «Usted es mujer, y como mujer, habla más a nuestras recónditas fibras, despierta con más suavidad nuestras íntimas aspiraciones». En otras palabras, el mensaje rebelde y discrepante que propagó Rosario de Acuña resultaba para ellas más convincente, más eficaz y arrebatador que el que podría haber difundido un varón que profesara las mismas ideas.

Algunas de las grandes representantes del librepensamiento feminista llegaron a considerarla su guía y mentora. La combativa Ángeles López de Ayala, por ejemplo, manifestó públicamente: «Tú fuiste mi maestra; la fuente cristalina donde sacié mi sed devoradora de justicia y de humanidad». A su vez, Luisa Cervera, ilustre poetisa de "Las Dominicales", reconoció algo parecido en un soneto: «Cariñosa su amiga me llamaba, / sus ideas prendieron en mi mente / y convencida yo las propagaba». Y la referida Amalia Carvia dijo hallarse entre las que fueron «despertadas por su elocuente voz». Se trata de nombres que acaso no digan nada a quien hoy lea estas líneas, pero algún día se reconocerá fuera de los círculos investigadores el relevante papel que desempeñaron todas estas mujeres.

Había, pues, un indudable efecto multiplicador en la propaganda de Rosario de Acuña. La trascendencia de ello radica en que algunas de las persuadidas servirán de enlace con una nueva generación de mujeres, pensadoras y activistas que después, en los años treinta, continuarán luchando por la igualdad.

Valga de ejemplo Carmen de Burgos, periodista fallecida en el otoño de 1932 y que, con apenas 20 años recién cumplidos, allá por 1888, le había dirigido una carta a Acuña para respaldar públicamente un sustancioso artículo que había escrito en defensa de la emancipación femenina: «Aunque incapaz de expresar debidamente lo que aquel hermoso trabajo me hizo sentir y pensar, declaro mi firme adhesión a cuantas ideas en él expone».

De ahí que Dolores Ramos Palomo, gran conocedora de ese universo femenino disidente del periodo de entresiglos, haya sentenciado que Rosario de Acuña fue quien «mostró el camino a otras mujeres». Lo que hizo la escritora fue una verdadera siembra, una campaña ininterrumpida de la que no podía esperarse temprano fruto. Y en tal sentido cabe interpretar el soneto que, tras su muerte, apareció en un cofre de su propiedad: «La fe en el porvenir mi ser anega; / constante y rudamente he trabajado; / sufrí el dolor con ánimo esforzado / y sembré mucho, sin hacer la siega».

¡En la devoción que Acuña provocó entre los suyos, había un fervor reverencial y solemne, un encandilamiento casi religioso: la adoraban. A propósito de ello, interesa recordar una olvidada iniciativa que se planteó en el campo republicano hacia 1916.

Ataques de fanáticos
Se habló entonces de convertir la finca gijonesa de Rosario de Acuña en una especie de santuario laico al que se desplazaran los correligionarios para rendirle homenaje a la librepensadora. El periodista Ángel Samblancat lamentó que no hubiera triunfado esa singular propuesta, la cual resumió en los siguientes términos: «Que los republicanos fuéramos en peregrinación a Asturias a visitar a esta gran mujer, que, anciana, pobre y enferma, sólo vive para el ideal».

El origen de la idea, y por lo tanto de los comentarios de Samblancat, parece hallarse en un artículo que, en junio de ese año, publicó el escritor Volney Conde-Pelayo en el semanario anticlerical 'El Motín'. Lo escribió en un contexto muy preciso: se agitaba entonces la idea de la unión de las derechas y el tradicionalista Vázquez de Mella había convocado para el otoño de 1916 una magna asamblea regionalista en el emblemático lugar de Covadonga. Además, Volney no ignoraba que doña Rosario había sido blanco de numerosas injurias y provocaciones, cometidas por grupos de vecinos fanáticos que hallaban divertimento en lanzar piedras contra su casa y extender las calumnias más inverosímiles. Con semejante telón de fondo, Volney no dudó en lanzar esa invitación al peregrinaje contestatario: «Hay que ir a Gijón en cruzada liberal, a rendir homenaje de cariño a la ilustre viejecita de corazón juvenil».

De haber triunfado la propuesta, estaríamos ante un ritual inédito de gran alcance simbólico, en el que, por añadidura, la figura idolatrada no era un varón.

Borrada del callejero en 1937
Desde su muerte, ocurrida hace 90 años, Rosario de Acuña ha sido objeto de unos cuantos estudios. Relegada al olvido durante el franquismo, que la borró muy pronto del callejero (1937), su memoria empezó a ser restaurada al comenzar la década de 1980.

El Ateneo Obrero de Gijón, en buena medida como fruto del trabajo de Daniel Palacio, reeditó su obra 'Padre Juan' en 1985. Otro expresidente de ese centro cultural, José Bolado, terminó siendo el responsable de compilar sus obras en varios tomos que empezaron a publicarse en 2007, y para los que escribió una introducción muy completa que debiera ver la luz de forma independiente.

Entremedias, otros autores habían ido contagiándose del interés por el personaje: Luciano Castañón, María del Carmen Simón Palmer y Elvira María Pérez Manso pueden servir de muestra. Y el interés no disminuyó al cambiar el siglo. Marta Fernández Morales realizó entonces un breve trabajo con una beca de investigación que en 2004 le concedió el Ayuntamiento gijonés. Paralelamente, Aquilino González Neira firmó una recopilación de artículos. Entonces también salió de la imprenta un estudio de Macrino Fernández Riera sobre los vínculos de la escritora con Asturias, predecesor de otro más amplio que se publicó en 2009, el mismo año que inauguró una página web [enlace ⇑] dedicada a la escritora que reúne muchos de sus artículos.

En fin, la lista no puede ser completa, pero mientras rematamos estas líneas nos anuncian la aparición de un extenso capítulo sobre la librepensadora que forma parte de la obra 'Política y escritura de mujeres' y que ha redactado la profesora Elena Hernández Sandoica.

Se continúa, pues, escribiendo sobre Rosario de Acuña. Y, sin embargo, aunque pueda sorprender, todavía quedan facetas por explorar, interpretaciones que redondear y fuentes pendientes de localización, olvidadas a saber en qué archivos e incluso en el mercado anticuario, del cual es muy difícil que terminen reintegrándose al patrimonio común y que la gente que lo desee pueda consultarlas.

El Comercio, Gijón, 13-5-2013


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 24-5-2013




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