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06 julio

239. Las campesinas: protagonistas de la regeneración patria

 

Si nos atenemos a los dos elementos principales que estructuran el heterogéneo movimiento ideológico que denominamos regeneracionismo (diagnóstico de decadencia y prescripción de un tratamiento para su restablecimiento), bien podremos concluir que años antes de que el escenario patrio quedara impregnado por la atmósfera de pesimismo colectivo que insuflaba la crisis finisecular, sin esperar  a que el Desastre hiciera aflorar las diferentes propuestas atribuidas al regeneracionismo, ya hubo regeneracionistas en España, ya hubo quienes alertaron del atraso del país, quienes propusieron vías para atajar los males de la patria. Tal es el caso de Rosario de Acuña, de la cual y sin temor a errar en demasía se podría decir que fue regeneracionista durante buena parte de su vida; luego, ya en la vejez y quizás un tanto desalentada, fue abriéndose a remedios más profundos (⇑).

En los inicios de la década de los ochenta, apenas cumplida la treintena, su vida da un brusco giro. Rosario y Rafael abandonan Zaragoza, ciudad en la que la joven pareja se había establecido poco después de su boda, y se instalan en una quinta campestre a las afueras de Pinto, una localidad situada al sur de la provincia de Madrid y que por entonces no alcanza los dos mil habitantes. Ha pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron resultar tal como se había imaginado. Por lo que sucedió después, por lo que escribió por entonces, bien pudiera pensarse que la imagen que tenía de su querida España –forjada en sus familiares viajes de juventud o escuchando con atención las lecturas paternas de «obras amplísimas y documentadas» que hablaban de glorias pasadas– se estaba resquebrajando. La ensoñada visión de su patria, aprendida a golpe de charlas y lecturas, se tambalea cuando tropieza de lleno con las insanas vanidades que se gastan sus compatriotas, cuando la acaramelada existencia aburguesada en que ha vivido se da de bruces contra la fatuidad, la hipocresía, el sibaritismo, la vanidad que impregnan las ciudades, contra la «asfixia moral y física» en que están sumidas las aglomeraciones urbanas.

La única alternativa que encontró fue la de poner distancia de por medio: abandonarlo todo y recluirse en el campo, al abrigo de la Naturaleza, para llevar allí una vida más auténtica, más acorde con las leyes naturales que los humanos parecían haber olvidado. Con ese objetivo en mente se hace construir una vivienda en las afueras de una pequeña localidad. La llama Villa-Nueva y pretende convertirla en una unidad de producción autosuficiente, con palomar, gallinero y establo para dos caballos fuertes y mansos, compañeros indispensables en sus expediciones por los caminos de la vieja España (⇑), una cuidada huerta, un maizal, variedad de frutales y plantas de todas clases... Ilusionada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, recuperado su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida de la importancia que para la regeneración del país representa la vida en el campo, pretende convertir a las mujeres en protagonistas del cambio que plantea:

Si criáis a las generaciones futuras, hoy infantiles, en el amor a la naturaleza, la agricultura sacudirá su marasmo; la pobreza se sumirá, desapareciendo, en el raudal de los trabajos agrícolas; la repoblación de nuestras desiertas campiñas comenzará con brío, y ese manantial vivo e inagotable de riqueza, que es la agricultura, engrandecerá la España del porvenir, matando el caciquismo, destruyendo la empleomanía, equilibrando las pasiones de partido, y alzando al grito del progreso la bandera de la igualdad.

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)

Convencida de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y, por ende, para la sociedad, se muestra decidida a propagar sus ideas; quiere esparcir aquella simiente en terreno apropiado: en el de la mujer sensata, con cierta preparación, abierta a las ideas razonables que puedan mejorar la vida de los suyos. Nada mejor para ello que una revista dirigida a mujeres preocupadas por las últimas novedades en todo aquello que atañe a la moda y al hogar, a su vida y a la de los suyos. En el ejemplar de la revista El Correo de la Moda publicado el 11 de marzo de 1882 se presenta a las lectoras desde una sección que ha dado en llamar En el campo: «He aquí otra razón poderosísima que me impulsa a dirigiros la palabra: el porvenir; quien observa y siente, por fuerza ha de lamentar esa degradación paulatina que, como frío sudario, envuelve nuestras juventudes...».

Aquella nueva forma de vida, en armonía con el resto de la naturaleza, adaptándose a sus ciclos y sus exigencias;  aquel vivir sin las obligaciones impuestas por la mirada, el pensamiento y los dichos de los otros, sin la máscara exigida por la vanidad, el lujo y la envidia... La vida se torna más natural, más pura, más digna de ser vivida. Está plenamente convencida de que la vida en el campo no solo es más auténtica, sino que también constituye la antesala de la regeneración que España precisa  y por ello no duda en utilizar cuantos medios tiene a su alcance para dar a conocer sus pensamientos al resto de las mujeres, a quienes en sus escritos llama «compañeras mías». A ello se dedica con dedicación y entusiasmo: en ese tiempo, además de su colaboración en El Correo de la Moda, publicará tres extensos trabajos en Gaceta Agrícola, una publicación de amplia difusión que publica el Ministerio de Fomento. En uno de ellos, titulado «La educación agrícola de la mujer» (⇑), avanza algunas de sus propuestas para construir un futuro más prometedor:

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)
En la escuela granja-modelo puede abrirse un curso de botánica, de zoología, de física y mecánica, las cuatro principales ciencias auxiliares de la agricultura, y prácticamente puede enseñarse la cría de animales caseros; en miniatura podría la joven poseer una heredad, llevar las cuentas minuciosas de ingresos y gastos, así como el alza y baja de los rendimientos de su tierra, haciendo un balance comparativo entre diferentes cosechas, y, en una palabra, podría ejecutar todos los trabajos propios del agricultor ilustrado...

Escribe con la mirada larga, rayana en la utopía, pero lo hace convencida de que sus propuestas, por inviables que pudieran parecer entonces, terminarán por imponerse en un futuro, por lejano que este se encuentre. De ahí su insistencia en algunas de ellas, como la «escuela granja-modelo» a la que se refiere en el texto anterior y que años después incluirá también entre las medidas regeneradoras que pretenden poner en marcha Isabel de Morgovejo y Ramón de Monforte, la pareja de protagonistas de El padre Juan (⇑). De ahí que asuma desde el principio que sus reflexiones solo despertarán el interés de algunas de sus compatriotas. De ahí que se dirija a aquellas mujeres que cuenten «con cierta preparación», con espíritu de observación y análisis, y estén abiertas a la posibilidad de mejorar su vida y la de los suyos. Solo ellas pueden ser capaces de emprender el camino de la regeneración, las únicas que pueden construir un hogar campesino iluminado por la luz de la razón, modelo de virtudes que se alce frente a la degeneración que está corroyendo las ciudades. «En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...».

Ciertamente estos textos, que fueron apareciendo de 1882 a 1885 en la sección En el campo, estaban escritos con la mirada larga. Por entonces parece conformarse con haber despertado la curiosidad de sus interlocutoras, a las que les ha mostrado la vida en el campo («que muchas desconocéis») tal y como ella la estaba viviendo en aquel tiempo; parece conformarse con la posibilidad de que algunas de ellas mediten despacio acerca de la importancia que para la regeneración patria representa la mujer en el campo, asumiendo las riendas de un hogar racional regido por su inteligencia. Pero no acaba ahí, su propuesta sigue viva, y volverá a retomarla años después cuando, en otro lugar y en otras circunstancias, se dirija de nuevo a otras mujeres para decirles que ellas son las llamadas, que ellas han de ser las protagonistas, las hacedoras de la sociedad del porvenir, «que uno de los factores esenciales de la regeneración española estriba en elevar el nivel físico, moral e intelectual de las almas femeninas». Lo hace entonces desde una columna titulada Conversaciones femeninas que publica el santanderino diario El Cantábrico a lo largo de 1902. 

Han pasado dos décadas y su vida ha cambiado. Ya no es la joven ilustrada que vive en el oasis pinteño; ya no cuenta con la ayuda que, en calidad de sirvientes, le proporcionaba un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias al capital que en aquel tiempo poseía, podía pagar espléndidamente; ya no realiza largas expediciones a caballo por las tierras de España... Ha entrado en la cincuentena, se ha convertido en viuda recientemente (⇑), vive en Cueto, por entonces una aldea situada a escasos kilómetros del centro de Santander, y se esfuerza en sacar adelante una granja avícola, con cuyos esperados beneficios podrá completar la pensión de viudedad que ha empezado a cobrar por entonces. 

Aunque hay diferencias evidentes entre las dos series de artículos, tanto en el tono como en los puntos desde los que articula su discurso, la tesis sigue siendo la misma, a pesar de los veinte años que los separan: la regeneración de la sociedad debe de iniciarse en el campo, en el contacto con la naturaleza, y la mujer, la mujer campesina, ha de ser la protagonista de ese cambio tan inevitable como necesario. La redención del campo, y por ende de la sociedad española, ha de lograrse por la implantación en el medio rural de hogares cultos, a cuyo frente se halle la mujer campesina, culta e inteligente. Cambia, eso sí, el tono con el que articula su propuesta. Suena ahora menos bucólico, más admisible, más próximo a la realidad, a la suya y a la de algunas mujeres montañesas, coetáneas suyas.  

Su ejemplo parece avalar su propuesta. Debe de ganarse su sustento y lo hace poniendo en práctica buena parte de lo que ha predicado. Convertida en una de esas campesinas que deben protagonizar la regeneración patria, trabaja, estudia y aprende. Diseñó la instalación de su  granja avícola (⇑), la dotó de las últimas novedades mecánicas, compró lotes de las mejores razas ponedoras y se dedicó de lleno, en largas jornadas cada uno de los siete días de la semana, al cuidado de sus patos y gallinas. El concienzudo trabajo no tardó en obtener sus frutos: los productos de su granja no solo contaron con el favor del público sino que obtuvieron un galardón en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en 1902. 

La utopía no parece serlo tanto. Su ejemplo y el de otras mujeres invitan a pensar que, ciertamente, el cambio es posible. De ahí que dedique las últimas entregas de sus Conversaciones femeninas a esbozar el camino para lograrlo: las pequeñas industrias rurales, «una de las fuentes de mayor riqueza de todo país culto y trabajador». Riqueza y cultura en el campo, de la mano de la mujer campesina, que es quien debe liderar el cambio, ella es quien debe poner en marcha esas actividades que supondrán un valor añadido en la vida de los suyos y un impulso para el restablecimiento de la adormecida nación. El abanico es bien amplio, a tenor de la enumeración que realiza, pues, además de la avicultura que bien conoce, se refiere también a la avicultura, a la producción de quesos, la elaboración de mantequilla, la cría del gusano de seda, la preparación de  conservas de frutas y legumbres, la floricultura... Convencida de que es posible, exclama con entusiasmo:

« ¡Volvamos el rostro a los campos de la patria; hagamos en ellos surgir el ideal de la mujer agrícola, culta e inteligente!»

 



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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20 marzo

232. El señorito chulo

Creo que a nadie se le escapa la importancia de contar con un buen diagnóstico a la hora de iniciar el tratamiento para la curación de los males, los que afectan a la salud de cada persona y los que lo hacen a la sociedad en su conjunto. Desde antiguo, al menos desde los tiempos de Galeno, se ha otorgado a la observación un papel destacado para conocer la naturaleza de la enfermedad. Solo después de haber efectuado un examen pormenorizado del cuerpo enfermo y tras ser convenientemente analizados los síntomas, es posible elaborar una conjetura razonable acerca del mal padecido, lo cual permitirá el empleo de los medios necesarios para su alivio o curación. También en lo que respecta a la sociedad: detectado el funcionamiento anómalo, se analizan las posibles causas que lo motivan y, una vez alcanzado un fundamentado diagnóstico, se proponen los remedios que se consideran adecuados para su regeneración.

Mariano Fortuny (1838-1874): Corrida de toros (Museo del Prado)

Ya antes del Desastre, hubo quien advirtió de los males que aquejaban a la España canovista, la del bipartidismo, el clericalismo y la miseria campesina, la del analfabetismo y los caciques, la de la oligarquía y el flamenquismo. Joaquín Costa, Ángel Ganivet, Lucas Mallada, Ricardo Macías Picavea... Rosario de Acuña y Villanueva: ahí están sus escritos.   

Aunque en sus primeros textos ha quedado constancia de su capacidad de observación, no será hasta comienzos de la década de los ochenta cuando encontremos descripciones que van más allá de la mera traslación al papel de la realidad observada, pretenden diagnosticar los males y apuntan posibles remedios a los mismos. ¿Qué cambia? La mirada: dónde pone su atención y la finalidad con la que lo hace.

En «Las fiestas del Pilar de Zaragoza» (⇑), «Recuerdos de un día en Elche» (⇑) o «Correspondencia de Andalucía» (⇑), se dedica a describir lo que ve, como una buena cronista que no quiere dejarse nada relevante en el tintero, desde la hora de comienzo de los actos, al número de asistentes o la fisonomía de los personajes, que es descrita con todo lujo de detalles. Los comentarios más negativos, que también los hay («los fétidos miasmas que son tan frecuentes en casi todos los campanarios de nuestra patria», «se encuentren comarcas tan completamente aisladas y desiertas cual si nunca el soplo de la prosperidad hubiese pasado sobre su suelo»...), no van más allá, son uno más de los elementos que utiliza para describir con mayor fidelidad el escenario que contempla. 

Tras su estancia en Zaragoza (en «El camino de Torrero» (⇑) ya describe algunos de los síntomas que abordará más tarde) todo parece cambiar al respecto. Lo que ve no le gusta: el alejamiento del medio natural, la aglomeración urbana, limita los horizontes de las personas, convirtiéndolas en presas fáciles de la apariencia, la hipocresía, la banalidad y el sinsentido. No le gusta lo que ve y para intentar remediar la degeneración paulatina que amenaza el porvenir de la patria, propone el retorno a la vida campestre. Desde su Villa-Nueva, una quinta campestre que se ha hecho construir a las afueras de Pinto, rodeada de plantas y de varios animales domésticos entre los que no faltan dos buenas monturas, predica las bondades de la vida en el campo no solo a sus lectoras de El Correo de la Moda, sino también a quienes se adentran en las honduras divulgativas de Gaceta Agrícola, publicación del Ministerio de Fomento que tiene por objetivo fomentar el desarrollo agrícola y ganadero y la educación rural. Si en el periódico dirigido por Ángela Grassi mantiene una sección titulada «En el campo», en la edición ministerial publicará tres estudios más extensos, en los cuales explica con detalle sus propuestas regeneracionistas: Influencia de la vida del campo en la familia (⇑)El lujo en los pueblos rurales (⇑) y La educación agrícola de la mujer (⇑).

En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...

La España de la Restauración vive un proceso de decadencia y no alcanza los niveles de desarrollo y prosperidad que tienen otros países europeos. Se analizan las causas y se aportan diferentes soluciones. Algunos ponen el foco en el sistema caciquil que sustenta el bipartidismo, otros en la deficiente educación. Rosario de Acuña –quien primero batalló por la regeneración predicando el retorno a la naturaleza y más tarde, durante su campaña de Las Dominicales (⇑), arremetiendo contra el clericalismo en defensa de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento– mostró siempre su admiración y respeto por quienes ponían lo mejor de sí mismos en la búsqueda de las mejores soluciones para los males de la patria. Lo hizo con Joaquín Costa (« ¡Ah, si de la tumba de Costa brotase la savia purificadora de nuestra regeneración!»), lo hizo también con Eugenio Noel, un  costista que años después recorrió España para intentar conocer cuáles eran las razones de su decadencia. Tras observar y analizar con detenimiento los comportamientos populares, llegó a la conclusión de que entre las costumbres que habían configurado sus rasgos distintivos las había que abonaban el tradicionalismo inmovilista («El caso es conservar lo viejo, lo que se ve y usa todos los días, lo que pasó a ser hábito y se consustanció en el instinto, lo que se hizo ley a fuerza de ser costumbre, lo que se convirtió en maneras, tradición, leyenda y gestas.»). Tras el diagnóstico, viene el remedio. Convencido como está de que resulta ineludible combatir los elementos patógenos que dificultan el desarrollo social, emprende una ardua campaña para hacer frente al flamenquismo, la superstición religiosa, el matonismo, la chulería, el desprecio hacia la sensibilidad artística o el caciquismo. 

El 11 de junio de 1915,  pocas semanas después de haber visto la primera luz, la revista España da inicio a una serie titulada «Los españoles pintados por sí mismos», que a lo largo de varios meses incluirá veintidós tipos de españoles descritos por veintiún afamados escritores, entre los que se encuentran Joaquín Dicenta (⇑), José Francos Rodríguez, los hermanos Álvarez Quintero, Gabriel Miró, Luis Bello, Pedro de Repide o Santiago Rusiñol. En noviembre de ese mismo año se publica «El señorito chulo», en el cual Eugenio Noel disecciona algunos de los males que considera atenazan al pueblo andaluz:  

Tiene treinta años y su vida es un modelo. Su padre, el cacique de la ciudad, es de Andújar y su madre, hija de un fabricante de licores, malagueña. El padre además de cacique es abogado, jefe de su partido político en la región y propietario de latifundios amén de administrador de las dehesas del duque X. El padre adora a su hijo como solo en Andalucía es posible adorar a un hijo; desde que nació lo tiene a su lado y, cuando las juergas lo retienen fuera de casa, va a por él como una niñera y lo trae en brazos. La madre se lo come a besos minuto a minuto con mimos que parecen de amante. En esta atmósfera ha crecido estudiando cuando le daba la gana y haciendo siempre lo que tenía por conveniente. Desde los doce años sostiene queridas, maneja dinero, viaja cuando hay toros en las ciudades, vuelve sin enterarse de otra cosa que de la corrida, no lee jamás y está absolutamente convencido de que sabe lo que ha de saber un hombre.

Rosario de Acuña –quien treinta y tantos años atrás había participado con «La cordobesa» en Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, un proyecto similar– reconoce en el texto al personaje, reconoce al señorito chulo. Le parece que ha sido descrito con gran exactitud y no duda en hacérselo saber a su autor a quien escribe una tarjeta postal, sin demora alguna (el matasellos lleva fecha del 23 de noviembre, tan solo cinco días después de que la revista fuera puesta a la venta). «Exacto, exacto...», le dice. Tenía elementos de juicio suficientes para afirmarlo. No hay que olvidar que durante su infancia, también en la juventud, pasaba temporadas en las posesiones que su abuelo tenía en la campiña jiennense, en la campiña jiennense (⇑), a donde acudía acompañada, las más de las veces, de su joven padre. «La vieja casa de los Acuña radicaba en Andújar... Admirable, exacto... exacto», volvía a escribir.

Eugenio Noel (a la izquierda) ante la tumba de Joaquín Costa, fotografía publicada en 1912

Aquella tarjeta postal debió de ser acogida con satisfacción por el joven propagandista, lo cual explicaría que aún hoy se conserve integrando su archivo personal. No le vendría nada mal esa muestra de apoyo, pequeña gragea de estímulo para proseguir la batalla contra el flamenquismo que había comenzado a finales de 1911, cuando decidió recorrer España de parte a parte con el objetivo de propagar su pensamiento, de avivar las conciencias, de ampliar las miradas de cuantas personas acudieran a escucharle a ateneos, casinos o teatros. La patria común no podría progresar mientras no soltara el lastre que la anclaba al pasado, que tomaba por tradición lo que no era más que juerga, matonismo y chulería.

Resulta difícil de admitir que su lucha contra los males que atenazaban a España (el clericalismo, la incultura o el flamenquismo) no fuera conocida por doña Rosario de Acuña desde tiempo atrás, más aún si tenemos en cuenta que ya en 1911 las páginas de El Noroeste, el diario gijonés en el cual ella también colaboraba, acogieron algunos de los escritos del publicista madrileño. No resultaría extraño, por tanto, que hubiera estado interesada en asistir a alguna de las conferencias que Eugenio Noel pronunció en diferentes locales gijoneses, bien fuera en el teatro Jovellanos, en el Ateneo Obrero o en Los Campos Elíseos («En el Teatro Circo de Gijón, que es imponente, tan numerosa era la concurrencia que llegó a emocionarme», escribió el conferenciante algunos meses después), pero le fue imposible hacerlo: en ese tiempo, primavera del año 1913, se encontraba lejos de su casa, en el obligado exilio portugués (⇑).  

A pesar de que, tal y como parece, no llegaron a conocerse personalmente, lo cierto es que tras la publicación de «El señorito chulo» el nombre de Eugenio Noel pasó a integrar la que para doña Rosario constituía la no muy nutrida lista de españoles admirables, acompañando a Costa, Pi y Margall, González de Linares o Giner de los Ríos. Así lo manifestaba un año después en una carta dirigida al director de El Noroeste:

¿No sería cosa de ir por estas aldeas en misiones de tolerancia, amor y cultura, como las que propone uno de los pocos hombres viriles y cultos de España, Eugenio Noel?




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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25 junio

117. Tres sonetos para un siglo


Caricatura publicada en El Motín, 7-8-1881
Nació cuando el siglo XIX cumplía la mitad de su andadura. Transitó, ávida de conocimiento,  por la senda que, año a año, dibujaba ante sus pies. Cosechó sonoro triunfo al llegar al tercer cuarto, cuando crítica y público  la auparon hasta  las mismas puertas del Parnaso nacional...

No se acabó entonces el siglo, pero sí las lisonjas y parabienes de quienes antes la aplaudían, como bien pudo comprobar cuando, a finales del año ochenta y cuatro, dijo en voz alta que abrazaba por siempre la causa del librepensamiento.

No se acabó entonces el siglo, pero mudó desde entonces la perspectiva desde la cual ella lo observaba. Ya no era el heredero de la luz, de la razón; ya no era el objeto de su romántica mirada. Ya no era el tiempo aquel en el cual las libertades se abrían paso sobre las ruinas del Régimen Antiguo, de siervos, diezmos y atávico atraso; ya no era la gloriosa etapa que anunciaban las lecturas, aquellas apasionadas lecturas que de la historia patria escuchaba emocionada de labios de su querido padre.

Aquel siglo que ella  re-encontró cuando sus ojos se vieron libres de las llagas del oscurantismo y la sinrazón, apenas se vislumbraba en aquel soneto que escribiera cuando las páginas de la Revista Contemporánea y de otras publicaciones del campo liberal estaban abiertas de par en par a la autora de Rienzi:

Naciste ante la luz de las edades
entre ruinas de tronos confundido
y empezaste a vivir, estremecido
de orgullo, ambición y de maldades.

El ancho campo de la ciencia invades
y de fantasmas por do quier seguido
acometes a Dios, que al fin, caído,
lo envuelves en groseras liviandades.

Al tumulto que mueven tus pasiones
brilla del genio la indomable gloria,
el oro ¡nada más! ven tus legiones;

en tu carro se anida la discordia
y al estruendo infernal de tus cañones
se escriben los anales de tu historia.

Aquel soneto era de 1876 y mucho habían cambiado las cosas desde entonces. Allí había gloria, cañones e historia... Pero la historia no siempre es pasado: hay ocasiones en que se resiste al olvido y vuelve, a veces con nuevos ropajes. El Antiguo Régimen no se había ido del todo y Rosario de Acuña lo sabía; hasta tal punto lo sabía que en 1887 –convertida ya en luchadora por la Verdad y en adalid del librepensamiento–  y ante las ruinas del castillo de Sobroso, sito en el concejo de Mondariz, escenifica un desafío a la ancestral alianza:

 ¡Levantaos, guerreros, duques, obispos, condes, abadesas y magnates, y atended, que para hablaros frente a frente recabo por un solo instante mi derecho de levantar bandera señorial sobre el coronado escudo de mi casa! ¡La adarga que en cien combates os sirvió de defensa contra las huestes de los almorávides, hoy la empuña mi mano en afilado acero transformada! ¡Luchad contra ella si os atrevéis! ¿Sabéis a quién defiende? ¡A vuestros siervos, a vuestras víctimas, a los vejados, a los oprimidos! ¿Sabéis por qué los defiende? Porque no late la vida en sus fibras sino buscando lo más alto, lo más puro, lo más perfecto, y vosotros, con toda la escala de vuestras grandezas pasadas y presentes, habéis sido como bloques de hierro pesando sobre todas las alturas, y todas las purezas y todas las perfecciones!...

La revolución liberal –la del ciudadano, la razón y la libertad– encontró en España inesperados compañeros de viaje, como ella hacía tiempo que había comprendido y aun sufrido. Así que cuando pudo ver, no le gustó lo que vio y –ya en los primeros años ochenta– empezó a clamar por la regeneración de su patria y en fiar en la mujer la larga y ardua tarea que había que emprender para conseguirla.

Cuando, tras el Desastre,  las voces de Costa, Mallada, Ganivet o Picavea retumbaron en aquella patria que debía cambiar pues –claro estaba– no funcionaba, Rosario de Acuña echaba una mirada retrospectiva y amarga a aquel siglo que fenecía:


Al siglo XIX


Huye, siglo, a esconderte en las edades
que contarán el salvajismo humano;
en ciencia, industria y artes soberano,
también fuiste gigante en crueldades.

Nacido entre rabiosas libertades,
de la razón te apellidaste hermano,
y al fin mueres en lecho de tirano
hidrópico de vicios y maldades.

Huye al pasado; ¡siglo maldecido!
tu claridad es luz de sepultura;
si una brisa de amor meció tu nido

la sangre humana orló tu vestidura,
y te dejas al hombre sumergido
¡en el fangal del odio y la amargura!

Octubre, 1900


España a fines de siglo


Muchas plazas de toros donde chilla
muchedumbre de brutos sanguinarios,
juventud de maricas o sectarios;
infancia que en pedreas acribilla.

Taifa que vive bien de lo que pilla;
los que mandan, legión de rutinarios;
turba de jesuitas y falsarios
que envuelta en oro deslumbrante brilla.

La envidia en trono; el ocio a sus anchuras;
tribus de prostitutas y de ratas;
hambre, ignorancia, piojos, salvajismo;

muchos frailes, mendigos y beatas
y te dejas al hombre sumergido
¡Así camina España hacia el abismo!

Noviembre, 1900


Estos dos sonetos, escritos en los meses finales del siglo que termina y publicados semanas después en el Heraldo de París, son la última página del ultimo año del XIX. Lo que su autora no sabe por entonces, es que el que comienza le deparará nuevos sufrimientos, nuevas desventuras; que la desigual batalla que comenzó hace ya dieciséis años la obligará a exiliarse, a abandonar esa España que tanto le duele.




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Imagen del autor en un grabado publicado en el semanario El Álbum Ibero Americano (1886)129. «Rosario de Acuña», por Ramón de la Huerta Posada
Ramón de la Huerta Posada (Llanes, 1833- Madrid 1908), tras estudiar la carrera de Leyes en la Universidad de Oviedo, se trasladó a Madrid donde desempeñó una larga carrera en la administración pública, al tiempo que colaboraba en periódicos y revistas. En 1896 incluye en su serie La mujer, un espacio dedicado...


Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo-Bazán y Rosario de Acuña31. Tres mujeres a las puertas de la Academia
Hubo que esperar hasta 1979 para escuchar a Carmen Conde Abellán pronunciar el discurso de entrada que la convertiría en la primera académica de número. En este comentario se da cuenta de tres tentativas, fallidas las tres, que tenían por objetivo...

Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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26 marzo

104. Revolucionaria


Dejará de ser la propiedad privada (La tierra es del Hombre, sus frutos son de TODOS los hombres). Dejará de ser la organización de los Estados bajo poderes personales. (Los reyes y sus similares son la organización de la ley de castas, el símbolo del prehistórico pastoreo; los hombres no son ya las piaras, son individualidades aptas para pensar y conocer, indagando y deduciendo, por sí mismos, las leyes de la Naturaleza)...

Las líneas que abren este comentario forman parte de un artículo dedicado al Primero de Mayo (⇑) y  publicado en la primera página del gijonés diario El Noroeste ese primer día del mes de mayo del año 1916. De su lectura se desprende que por aquel entonces a Rosario de Acuña ya no le cabe ninguna duda: aquella sociedad en la que vive no tiene remedio: «Todo cuanto vemos, y padecemos, a nuestro alrededor, ha de derrumbarse...». ¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que aún albergaba la esperanza de que la luz de la razón, la educación, la ciencia, la vuelta a la naturaleza, terminarían por enderezar el rumbo de su querida España, presa de las supersticiones y dominada por la hipocresía y las vanidades!

Lejos quedan aquellos primeros años de la década de los ochenta del siglo anterior, cuando, tras su frustrante etapa zaragozana, decidió vivir en una quinta campestre y divulgar los positivos efectos que para la regeneración social tenía la vida en el campo y el acercamiento a la Naturaleza.

Vano fuera el decir que debieran arrasarse las ciudades para que, regenerado el individuo con la vida agrícola, se preparase la regeneración social, que tan necesaria se está haciendo en la familia humana: sobre ser imposible, hoy por hoy, la supresión de los grandes centros, como los ánimos no están dispuestos a tan radicales modificaciones, quien dijese tal cosa pasaría por loco, y a la verdad, ni aun con visos de injusticia quiero que así se me nombre; pero si bien es imposible en la actualidad tan enérgica transformación, se debe inclinar a los habitantes de las ciudades hacia la vida campestre, donde por lo menos deberían pasar dos meses al año, siendo las casas de campo una especie de lazaretos del alma, donde se purificase el espíritu de ruindades, pequeñeces y miserias de la vida mercantil, industrial, bursátil u oficinesca, y donde la familia, con la mujer a la cabeza, comparase las alegrías vertiginosas de las calles, plazas, salones y coliseos con las tranquilas felicidades de la vendimia, de la sementera, de la recolección o del pastoreo. (Influencia de la vida del campo en la familia ⇑, 1882)

Lejos también aquellos otros –la mayor parte de su vida– en los que fió todo a la defensa del librepensamiento en la confianza de que, vencidos el dogma y la superstición, la regeneración de la patria sería un hecho cierto.

No es posible ninguna evolución hacia la mayor suma de felicidad sobre mayor número de seres esparcida, sin que en el alma de las masas prenda el fuego de la cultura; y el hombre y la mujer, sin saber leer, sin saber escribir, sin saber contar, sin saber dónde vive ni lo que hay más allá de donde vive, es un verdadero animalito, es una unidad de rebaño rumiante, que con la cabeza baja, buscando siempre el pasto, anda sumiso al mandato de los pastores, bien lo lleven éstos a dehesas excelentes o bien lo conduzcan a cruentos mataderos.(«Por la cultura» ⇑).

Tras la dura experiencia del exilio portugués y después de una etapa de silencioso alejamiento, algo parece haber cambiado en el pensamiento de doña Rosario al respecto. ¿Y si la evolución, la renovación o la regeneración de la sociedad no fuera el mejor medio para su transformación?

La Libertad guiando al pueblo, Eugéne Delacroix (1830)

Algunos asuntos ocurridos en 1917 –y la reflexión que sobre ellos nos ha dejado por escrito– puede aportarnos alguna pista. Próxima a cumplir los sesenta y siete, cansada y arruinada, ha comprobado en sus  propias carnes que los enemigos son muy poderosos; que poco se ha conseguido desde que treinta y tanto años antes decidiera adherirse al campo de los librepensadores.  ¿Destruir para construir?

Rusia ha despertado a la «Edad Futura». Esta espantosa guerra europea ha sido la tea encendida ante cuyo resplandor se vuelcan, en las necrópolis de la historia, todos los poderíos aristócratas, todos los privilegios de clase, todas las autoridades impuestas a la Humanidad, espiritualmente, por los terrores del más allá de la muerte, y materialmente, por las bombas de los cañones y el filo de los sables. («Las mujeres revolucionarias rusas» ⇑)

Las bombas de los cañones y el filo de los sables... Por entonces en España reformistas, republicanos y socialistas le dan vueltas a la posibilidad de convocar una huelga general, hasta el punto de que habían llegado a pactar la formación de un Gobierno provisional del cual Melquíades Álvarez sería el presidente y Pablo Iglesias el ministro de Trabajo. Las simpatías políticas de doña Rosario eran conocidas; sus contactos con socialistas, reformistas y anarquistas,también; sus apelaciones a la NUEVA ERA que habría de llegar para acabar con la civilización que se derrumba, estaban en las páginas de los periódicos. Y, sobre todo, aquel artículo (⇑), repleto de expresiones grandilocuentes, con sospechosas palabras resaltadas con letras mayúsculas: «en esta HORA SUPREMA para España…», «¡más vean los demás si para ellos y su descendencia llegó la hora de vivir, porque la cuestión es de VIDA o MUERTE!»

  Hoy es Rusia, la patria de Gorki y de los dos más grandes apóstoles de la emancipación moral y material del hombre, la que levanta el primer grito de libertad… ¿Cuál será el que se alce mañana para sacudirnos por siempre, de los sicarios de la superstición, de las tiranías y del odio?... Uno de los primeros decretos de los primeros salvadores hombres (hombres) de Rusia es la abolición de la pena de muerte: sólo este decreto basta para conocer el plano de grandezas con que actúan. «Por el fruto los conoceréis», ha dicho el Evangelio. A la Rusia que fue, durante siglos, una sucesión de ajusticiados, de asesinados; a la Rusia de los zares, ha sucedido la Rusia de los garantidos en sus vidas, el primero de los derechos que constituye la personalidad humana.(«Las mujeres revolucionarias rusas» ⇑)

En 1917 Rosario de Acuña estuvo en el punto de mira de los gobernantes. La policía efectuó, de madrugada, dos registros en su vivienda. Los organizadores de la huelga general fueron encarcelados... Represión, dolor.

¿Y no lloraremos por todos estos dolores? ¡Vaya si lloraremos! Pero hay que sobreponerse, dejar el llanto para luego, para más tarde, cuando dejen de actuar las garfiadas y los mordiscos ¡Ay! Han de llegar para la humanidad días luminosos, después de la noche en que vamos entrando; días en que el llanto corra, corra, no acre, royente de piedades y conocimientos, sino suave, desahogador, brotando de un insaciable afán de amar, de comprender, de esperar y de creer... Luego, ¡luego, lloraremos!; ahora, ¡vivan las guadañas, las hoces y las piedras! Las mueve el soplo de Némesis, que ni sonríe ni acaricia mientras una sola desviación de su balanza le preocupa.(«Las castañas asadas» ⇑, 1923)



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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