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21 junio

192. Un cuñado poderoso y cada vez más distante


Retrato de Francisco de Laiglesia Auset (1849-1822)
Madrid, parroquia de Santa Cruz, 27 de abril de 1876. La novia, de veinticinco años de edad, es hija única. El novio, que en enero ha cumplido los veintidós, tiene dos hermanas y un hermano: Dolores, Consuelo y Francisco.

Rafael de Laiglesia Auset, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra, y Rosario de Acuña y Villanueva, joven escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, se otorgan mutua promesa de fidelidad eterna ante el católico ministro y sus respectivas familias, muestra representativa de la clase acomodada del nuevo Estado liberal.

La novia es hija de Felipe de Acuña,  por entonces inspector jefe de Ferrocarriles del Ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña Solís, gobernador civil cesante de Castellón; prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros (⇑), diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela; prima también del marqués de Rianzuela y  de la condesa de Benazuza; así como sobrina del académico,  senador y exministro don Antonio Benavides Fernández-Navarrete y de su hermano Francisco de Paula, limosnero, capellán real y Patriarca de las Indias.

La familia del novio está encabezada por Augusto de Laiglesia Laiglesia (de quien ya se ha dado noticia en este blog, en un asunto relacionado con caballos ⇑), viudo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, que había fallecido catorce años atrás. Le acompañan sus hijas María Dolores, casada con el escritor y exdiputado Emilio Gutiérrez-Gamero Romate, y María Consuelo. Pero es Francisco, el hermano mayor de Rafael, quien concita el interés y orgullo de los suyos, pues apenas hace unos meses, en las elecciones celebradas en enero, consiguió  un acta de diputado por la circunscripción de Puerto Rico, distrito de San Juan Bautista. Iniciaba entonces una larga carrera política en las filas del Partido Conservador.

Nacido en Madrid tres años antes que Rafael, no tardará en convertirse en un joven funcionario del Ministerio de Ultramar, puesto que abandonará poco después para adentrarse en el mundo de la política. Su llegada al Congreso de los Diputados con tan solo veintisiete años le facilitará el acceso a la elite política y económica que controlará los destinos del país a lo largo del periodo interrepublicano. Influencias, contactos y complicidades le llevarán del escaño a los consejos de administración, compartiendo sillón e intereses con conservadores y también, de presentarse la ocasión, con los liberales. Una vez consolidada su influyente posición, llegará el momento de dar satisfacción a sus inquietudes culturales (de las que ya dejó constancia en su juventud cuando se convirtió en uno de los últimos amigos de Bécquer ⇑). Será entonces cuando su nombre se una a los del duque de Alba, el marqués de Comillas, el duque de Medinacelli, el conde de Romanones y al de otros miembros de la nobleza de vieja y de nueva cuna en la distinguida lista de socios de la Sociedad Española de Amigos del Arte; será entonces también cuando se convierta en académico de la de Historia, en virtud a su actividad como coleccionista y estudioso del reinado de Carlos I.  

En 1879, mientras su hermano Rafael y su cuñada Rosario continúan residiendo en Zaragoza (⇑), Francisco renueva su escaño, ahora por el distrito de Játiva, al tiempo que se adentra en el mundo de los negocios constituyendo la Compañía del Puerto de Águilas, con el objetivo de realizar la construcción del mismo.  En 1882, el diputado y vicepresidente de la compañía constructora se une a otros socios (entre los que se encuentra el también diputado Segismundo Moret, que se convertirá al año siguiente en ministro de la Gobernación tras integrarse en el Partido Liberal liderado por Sagasta) para fundar La Forestal Extremeña, una sociedad anónima destinada a la adquisición y explotación de bosques maderables que habrían de suministrar la materia prima necesaria para la fabricación de traviesas.

Política, negocios... familia. En la primavera de 1883 ya es conocedor de que su hermano y su cuñada Rosario han decido separarse (⇑) . En mayo Rafael ya se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. Si Bécquer pudo haber sido un excelente punto de encuentro con el hermano de su marido, si la publicación el año anterior de su poesía al poeta dedicada (⇑) pudo haber sido una satisfacción compartida (Ya eres polvo; ya nada de lo que era / calor o movimiento / queda de ti sobre la humana esfera...), poco hay que compartir a partir de entonces.

A finales de 1884 Las Dominicales del Libre Pensamiento publica una carta (⇑) de Rosario de Acuña y Villanueva: lo abandona todo para convertirse en activa publicista del librepensamiento. Atraviesa a la otra orilla, en la que están los heterodoxos, los que luchan por la libertad de conciencia. Se aleja  de quienes han sido «los suyos» hasta ahora. También de Francisco de Laiglesia Auset, que ese mismo año ha renovado su acta de diputado, ahora por el distrito de Gandía; que prosigue su incursión por el sector de la metalurgia,  al constituir junto a otro socio la Sociedad Metalúrgica de Levante, para la fundición de minerales de plomo en la fábrica El Porvenir (La Unión, partido judicial de Cartagena) y Santo Tomás (Almería). Al año siguiente ahondará un tanto más en esta nueva vertiente empresarial con la creación de la Sociedad de Explotación de las Minas de Hierro de Bédar, sita en Almería. En 1886, siendo vicepresidente de la Compañía del Puerto de Águilas y presidente de las sociedades La Forestal Extremeña, Sociedad Metalúrgica de Levante, Sociedad de Explotación de las Minas de Hierro de Bédar, La Partidaria Sociedad Minera, es elegido diputado nuevamente por Játiva.

A pesar de no haber cumplido aún los cuarenta, ya resulta evidente que camina con paso firme por la senda del éxito que el Estado liberal, la España de la restauración borbónica, reserva a los miembros más aventajados de la burguesía. Bien pudiera pensarse que su creciente influencia pudiera haber tenido algo que ver con el hecho de que su hermano, militar de formación, se convierta en los inicios del año ochenta y siete en director de la sucursal del Banco de España en Guadalajara. Rosario, por su parte, realiza por entonces un largo viaje a caballo por León, Asturias y Galicia (⇑). Aunque su pretensión es la de publicar un libro en el cual dé a conocer la vida de las gentes de estas tierras,  aquel periplo de varios meses constituye una prueba fehaciente del gran cambio que se ha producido en su vida. Como librepensadora y masona la reciben en los lugares que visita; como librepensadora y masona la tratan. Los unos la agasajan; los otros la persiguen, la amenazan, la denuncian.  Qué lejos se encuentra de su cuñado, del mundo en el que triunfa Francisco de Laiglesia y Auset. Tan lejos está que su nombre no aparece en la esquela de su suegro, fallecido en 1889. 


Una de las esquelas aparecidas en la prensa comunicando el fallecimiento de Augusto de Laiglesia

Está lejos y aún lo estará más. Pocos meses después de la muerte de su padre, Rafael –quien, no lo olvidemos, sigue siendo legalmente su marido– se traslada a Alicante para ocupar el puesto de director del Banco de España en aquella plaza; Francisco, continúa en el Madrid de los éxitos políticos y económicos. De su influencia entre los conservadores da buena prueba el que, elección tras elección,  sea uno de los fijos en el encasillado del turnismo bipartidista, convirtiéndose en vicepresidente del Congreso de Diputados. La primera vez que fue elegido para tal cargo fue en 1891, el año en que su cuñada también fue noticia en la prensa madrileña: el cuatro de abril la autoridad gubernativa prohíbe las representaciones de su obra El padre Juan (⇑), la misma noche de su estreno. 

Aunque no la consideren parte de su familia, lo que no pueden evitar don Francisco y sus hermanas es que Rosario de Acuña se convierta en viuda del comandante de Laiglesia. Rafael fallece en Alicante en los primeros días de 1901, a la edad de cuarenta y seis años de edad y con el rango de comandante de Infanteria de la escala de reserva, empleo al que había sido ascendido por antigüedad.  Un año después Rosario recibe la notificación del acuerdo adoptado por el Consejo Supremo de Guerra: tiene derecho a una pensión de viudedad por un importe anual de 1125 pesetas, que le será abonado por la delegación de Hacienda en Santander, situada a unos pocos kilómetros de distancia de Cueto, la localidad donde se ubica su afamada granja avícola (⇑).

El primero de mayo de 1902 se inaugura en los Jardines del Buen Retiro de Madrid la Primera Exposición Internacional de Avicultura, todo un acontecimiento, con seguimiento destacado por parte de la prensa diaria de Madrid desde el mismo momento de la inauguración oficial, que contó con la asistencia de Alfonso XIII y la reina regente, miembros del Gobierno y representantes extranjeros. Es probable que en la comitiva real se encontrara Francisco de Laiglesia, convertido nuevamente en vicepresidente del Congreso de los Diputados. Estuviera o no presente, lo que no sería de extrañar es que hasta él llegara la noticia de que a la viuda de su hermano le fue concedida una Medalla de Plata en aquella muestra avícola.

El éxito obtenido por Rosario de Acuña en aquella exposición, quizás fuera el detonante que ocasionó el cierra de su granja. Al enterarse su casera de quién era su inquilina, una masona anticlerical, la obligó a abandonar la granja casi sin tiempo para recoger sus pertenencias, perdiendo prácticamente todo el capital que había invertido en las instalaciones. El éxito cosechado por Francisco de Laiglesia le elevó a una de las cúpulas del poder económico: en 1903 abandona la vicepresidencia del Congreso de los Diputados para convertirse en gobernador del Banco Hipotecario. Un año antes fue elegido miembro del consejo de administración de la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces, cuyo presidente era por entonces el señor Antonio Cánovas del Castillo; Francisco Silvela, el abogado consultor.

Lograda la alta posición que le confería su presencia en instituciones tan preeminentes (hasta su muerte mantendrá sus puestos tanto en el Hipotecario como en los Andaluces), desarrolla una intensa actividad como historiador y coleccionista especializado en el reinado de Carlos V, tema sobre el que versará tanto su discurso de ingreso en la Academia de la Historia en octubre de 1909, como la mayoría de sus publicaciones: Una crisis parlamentaria en 1538 (1903), Los caudales de Indias en la primera mitad del siglo XVI (1904), Las deudas del imperio (1904), Cómo se defendían los españoles en el siglo XVI (1906), Los gastos de la Corona en el Imperio (1907)…

En Gijón, lugar al que se trasladó en 1909,  Rosario de Acuña no puede menos de reírse, al enterarse de que Roberto Castrovido ha propuesto su nombre como candidata a ingresar en la Real Academia (⇑). En una casa situada a las afueras de la ciudad, sobre un acantilado del litoral gijonés, intenta recuperarse de las penalidades sufridas por la publicación de La jarca en la Universidad (⇑). Tras dos largos años de exilio en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales. Quien, aquel 27 de abril de 1876, el día de su boda,  estuviera rodeada de algunos de los integrantes de la «buena sociedad» madrileña, quien  formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», era ahora una anciana y menesterosa mujer, que por avatares de la vida (por opciones personales, sí, pero también por decisiones ajenas) se ha integrado en alguna sección de la extensa nómina de españoles que necesitan estirar sus reducidos ingresos para ir malviviendo.

Quizás hasta los ya cansados oídos de la viuda del comandante de Laiglesia lleguen los ecos, cada vez más distantes, de alguna  noticia relacionada con quien fue su cuñado: de la boda de su hijo Fernando de Laiglesia Romea con Rosario González Labarga (una ceremonia a la que asistió lo más selecto de la sociedad capitalina); de la mansión que se ha hecho construir en la madrileña calle Bécquer; del retrato que ha encargado a Manuel Benedito y que lucirá en los salones de su vivienda; del nacimiento del último de sus nietos, de nombre Álvaro quien, con el tiempo, se habrá de convertir en el reputado director de la revista La Codorniz (⇑);de su fallecimiento el día 17 de octubre de 1922...




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21 enero

168. El amigo de Gustavo Adolfo



Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer pintado por su hermano Valeriano en 1854Al principio, cómo no, la poesía. Parece ser que nuestra protagonista comenzó muy pronto a utilizar los versos para expresar sus emociones. Tanto es así que, aún en la plena juventud,  nos cuenta que ya lleva mucho tiempo haciendo versos, «muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta».

La época lo favorece. Dado que desde el campo liberal no puede haber, al menos abiertamente, ninguna objeción a que cualquier persona haga uso de su derecho a expresarse libremente, y puesto que el espíritu romántico dominante impulsa la libertad creativa, las mujeres no encuentran en estos momentos obstáculos para dar rienda suelta a su subjetividad. La mayoría de ellas elige la poesía como el vehículo más apropiado para comunicar sus sentimientos, en razón de las escasas exigencias previas que tal medio de expresión les planteaba, amparadas como estaban por la ausencia de normas que defendía el Romanticismo.

¡Oh, qué pléyade inmensa de fantasmas
dejó tu pensamiento entre nosotros!
¡Qué ilusiones sin nombre, qué deseos
indefinibles unos, mientras otros
cuán bien sentidos!, ¡qué bien expresados!
¡Cuánta idea bullendo innovadora,
con luz hermosa entre la sombra oscura!

Es bastante probable que, de no haberlo hecho antes en algún periódico o revista, la joven poeta se entusiasmara con los fantasmas, las ilusiones, las luces, las sombras, las ideas, las pasiones, «la tristeza noble y resignada» del poeta en  aquellas Obras de Gustavo Adolfo Bécquer publicadas en 1871, gracias a la iniciativa que unos cuantos amigos tomaron el mismo día de su entierro.

¡Qué riqueza de luz cuando fue extinto
en las sombras eternas de la nada!
¡Qué pasión, qué dulzura, qué armonía
vivió en él encerrada,
y qué tristeza noble y resignada!

Tampoco debería de extrañarnos que hubiera puesto toda su atención cuando, en su círculo más cercano, oyera contar a un testigo presencial las circunstancias en la cuales Bécquer escribió Las hojas secas:

El gerente de la casa Gaspar y Roig, que asistía a la tertulia del Suizo y que le conocía mucho, le dijo: «Gustavo, ¿tendría usted algo para el almanaque voy a publicar? Pero poca cosa, una cuartilla, porque solo puedo dar por ella sesenta reales». «Aceptado –dijo Bécquer– porque acaban de presentarme una cuenta de esa suma». Al día siguiente, después de almorzar conmigo, cogió varios pliegos de papel con mi cifra y, «para pagar su deuda», según me dijo, escribió Las hojas secas, sin una corrección, sin una enmienda. Al leérmelas y oír mis elogios me añadió: «No tiene nada de extraño la rapidez y la forma de redacción, porque pensé anoche el artículo tal y como está aquí y la mano no ha hecho más que trazar lo que ya estaba en mi imaginación escrito»

El narrador de esta historia es Francisco de Laiglesia Auset, el hermano mayor de su novio Rafael, que había conocido a Gustavo Adolfo pocos años antes de que la tuberculosis acabara prematuramente con su vida. Parece ser que fue el último –y el más joven– de sus amigos más íntimos y a Rosario de Acuña no le faltarían ocasiones para escuchar las anécdotas que se contarían en aquella casa, pues todos habrían tenido la oportunidad de conocer al poeta en alguna de sus visitas, al decir del escritor y académico Emilio Gutierréz-Gamero, el marido de Dolores, una de las hermanas de Francisco y Rafael:

Mi cuñado, Laiglesia, adoraba a Gustavo, a quien conoció en casa de González Bravo, y desde entonces a ambos les unió una estrechísima amistad, pues eran coincidentes en ideas y en aficiones literarias. Mis visitas casi a diario, juntamente con mi mujer, al domicilio de los suyos, me pusieron en contacto con el excelso poeta, y así pude conocerle de cerca y holgarme con su amable y afectuoso trato, como me holgaba leyendo cuanto salía de su privilegiada inteligencia

Resulta verosímil pensar que en una de estas tertulias familiares, los presentes pidieran a Francisco que les mostrara alguna de las cartas del fallecido poeta. Bien pudiera ser que, vencidos sus pudores por poner de manifiesto las estrecheces que por entonces atravesaban los hermanos Bécquer, les mostrara aquella fechada en Toledo el 18 de julio de 1869: 

Mi querido amigo: Me volvía de ésa con el cuidado de los chicos y en efecto parecía anunciármelo, apenas llegué cayó en cama el más pequeño. Esto se prolonga más de lo que pensamos y he escrito a Gaspar y Valera que sólo pagó la mitad del importe del cuadro. Gaspar he sabido que salió ayer para Aguas Buenas y tardará en recibir mi carta; Valera espero enviará ese pico, pero suele gastar una calma desesperante; en este apuro recurro una vez más a usted y aun que me duele abusar tanto de su amistad, le ruego que si es posible me envíe tres o cuatro duros para esperar el envío de dinero que aguardamos, el cual es seguro, pero no sabemos qué día vendrá y tenemos al médico en casa y atenciones que no esperan un momento. Adiós. Estoy aburrido de ver que esto nunca cesa. Adiós, mande usted a su amigo que le quiere,
Gustavo Bécquer 

Damos por supuesto el interés de Rosario de Acuña por cuanto podría contar al respecto quien, no tardando, habría de convertirse en su cuñado. Su boda con Rafael les convertía en familiares; la común admiración por Gustavo aventuraba cierta complicidad entre ambos, potenciada, supuestamente, cuando en enero de 1882 la joven esposa firmó la poesía ¡Bécquer!... (⇑)

Ya eres polvo; ya nada de lo que era
calor o movimiento
queda de ti sobre la humana esfera;
sólo tu pensamiento
se ve lucir radiando en ancha llama,
y cuanto más se aleja
del mundo de los vivos más se inflama.
[...]

Aquella relación poética-familiar que tanto prometía se acabó diluyendo. Tan solo un año después (⇑) de que los versos dedicados a Gustavo Adolfo fueran publicados en las páginas de El Correo de la Moda, Rosario y Rafael separaron sus vidas para siempre: ella se quedó en la casa campestre de Pinto; él se trasladó a Badajoz para iniciar una nueva etapa laboral, esta vez en el ámbito bancario. Desde entonces las relaciones de Rosario de Acuña con la familia de su marido quedaron rotas. Tanto es así que, cuando su suegro fallece en junio de 1888, su nombre ya no figura en la esquela. Sí que lo hace su otra hija política Amelia Romea de Laiglesia, casada con Francisco.

Una de las esquelas aparecidas en la prensa comunicando el fallecimiento de Augusto de Laiglesia

Dando por hecho que la relación con su cuñado Francisco ha quedado interrumpida, es de suponer que Rosario de Acuña no estuviera al tanto del apoyo que en el otoño de 1910 prestó a la iniciativa de los hermanos Álvarez Quintero para erigir un monumento al, ya insigne, poeta en Sevilla. Tampoco que el señor de Laiglesia, gobernador por entonces del Banco Hipotecario de España, eligiera para su nueva residencia un edificio situado, ¿casualmente?, en el número ocho de la céntrica calle Bécquer. Menos aún que le hubiera comunicado la adquisición de un cuadro de Gustavo,  pintado por su hermano Valeriano en el año 1854 y cuya imagen ilustra este comentario. Rota la relación con el poderoso Francisco de Laiglesia y Auset, no parece verosímil suponer que fuera él quien informara a su cuñada, aunque solo fuera por el mutuo interés que ambos mostraron en el pasado por la figura de Gustavo Adolfo, de la publicación del folleto Bécquer. Sus retratos, obra de su autoría que vio la luz en el año 1922.

¡Oh, poeta! ¡Tu gloria conquistada
en medio de dolores tan profundos,
fue de tu corazón arrebatada
para llenar de luz entrambos mundos!

La prometedora relación poética-familiar quedó bruscamente truncada. Ni siquiera Bécquer. Ni siquiera la poesía. Aquella joven poeta de cabellos dorados que escribía versos imitando a Espronceda (⇑) y alabando las bondades de actrices (⇑), actores (⇑), dramaturgos (⇑), tenores (⇑) e inigualables escritores (⇑), se había convertido en una activa publicista, defensora de la libertad de pensamiento. La poesía –que no abandonó hasta su muerte– quedó para sí, par su entorno más próximo, para su disfrute personal. Su pluma se convirtió en incansable ariete que lucha  sin descanso contra la superstición y el oscurantismo.

Todo cuanto se siente; todo aquello
que llena el corazón y lo conmueve;
todo lo que es al alma bueno o bello,
y al pensamiento hacia lo justo mueve,
halla un eco dulcísimo y extraño
en los giros que diste a tus cantares;




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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20 mayo

112. Álvaro de Laiglesia, director de La Codorniz y sobrino-nieto



Portada de La Codorniz, 28-12-1969
Fundada por Miguel Mihura en el año 1941, La Codorniz ostenta el mérito de ser una de las revistas de humor de mayor trayectoria en la historia de la prensa en España: treinta y siete años acudiendo a la cita semanal con sus lectores, desde aquel 8 de junio del año de su nacimiento,  hasta el 11 de diciembre de 1978, en que apareció el último de sus ejemplares.

Autotitulada o, mejor dicho, autosubtitulada «La revista más audaz, para el lector más inteligente», su historia está íntimamente ligada a Álvaro de Laiglesia. Con Mihura fue redactor jefe y, cuando éste vendió la publicación, los nuevos propietarios le convirtieron en el segundo director. Y al frente de la que durante muchos años fuera la «decana de la prensa humorística» estuvo el señor de Laiglesia treinta y tres años, de 1944 a 1977.

Era joven, muy joven en el contexto actual, pues tenía veintidós años cuando se convirtió en director de La Codorniz, ya que había nacido en el año 1922. Nació en San Sebastián  porque lo hizo en verano; de haberlo hecho en invierno, probablemente sería madrileño. Así que vio la primera luz en la capital guipuzcoana por casualidad, al menos es lo que él ha dejado escrito en Con amor y sin vergüenza, uno de sus numerosos libros:

Soy donostiarra pero por pura casualidad. Porque mi familia que entonces era rica solía veranear en la costa vasca francesa (no sé por qué, la verdad, pues a mí siempre me ha parecido igual a la española: hay en ella los mismos vascos con su boina, los mismos calamares con su tinta... Pero cuando las familias tienen dinero, en algo se lo han de gastar). Fui bautizado en la iglesia de San Ignacio, con los nombres de Álvaro María Eugenio Alejandro Sebastián de Laiglesia González-Labarga. Y conmigo nacido y bautizado, mis padres regresaron a Madrid en cuanto terminaron las lluvias veraniegas.

Todo eso, lo del bautizo y lo de las lluvias veraniegas, lo sabría por sus padres, claro. Los dos pertenecían a «familias con dinero», como él nos ha contado. Eduardo de Laiglesia Romea y Rosario González Labarga (así como están escritos, sin guion, era como aparecían los apellidos de su madre en la prensa de la época) se habían casado el 6 de mayo de 1913 y la boda fue todo un acontecimiento social al que asistieron duquesas y duques, marquesas y marqueses, condes y condesas, vizcondesas (al menos una, la de Eza), ministros españoles y extranjeros, embajadores... y el mismísimo Antonio Maura. No era para menos: su abuelo Francisco había sido diputado durante varias legislaturas, uno de los integrantes de los primeros consejos de administración del Banco Español de Crédito (luego Banesto) y  presidente del Banco Hipotecario. De todo ello se enteraría más tarde, pues cuando el abuelo se muere, Álvaro tiene unos meses de vida. Él es el último de los nietos que aparece en la esquela.

Esquela del fallecimiento de Francisco de Laiglesia

Es de suponer que, a medida que Álvaro cumplía años, don Eduardo le hablaría a su hijo de los entresijos familiares. Puestos a contar, quizás lo hiciera acerca de sus orígenes franceses o de su ilustre antepasado, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac (1771-1852), Caballero de la Real Orden de Carlos III, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación. Tal vez de su abuela, Rosario Auset y Pérez de Lema, quien murió en Écija al dar a luz a su quinto hijo cuando contaba con treinta y nueve años de edad. Menos probable es que le hablara de los problemas con la justicia que tuvo su abuelo –el de don Eduardo– don Augusto de Laiglesia y Laiglesia como consecuencia de sus actuaciones como encargado de la compra de unos caballos sementales para los Depósitos del Estado (⇑).

Es posible también que Álvaro de Laiglesia supiera por su padre de la existencia de un hermano de su abuelo, su tío abuelo Rafael, el cual, siendo director de la sucursal del Banco de España en Alicante, había fallecido en aquella localidad levantina en enero de 1901. Menor probabilidad existe de que al hablar de Rafael, el señor Eduardo de Laiglesia y Romea contara a su hijo Álvaro, que cuando él nació, en un acantilado sobre el mismo mar Cantábrico que bañaba su San Sebastián natal, vivía una anciana de nombre Rosario de Acuña Villanueva que legalmente era la viuda de su tío abuelo Rafael.




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01 agosto

9. Su suegro, estafador convicto y confeso


Rosario de Acuña Villanueva y Rafael de Laiglesia Auset contraen matrimonio en la parroquia de Santa Cruz de Madrid el 27 de abril de 1876. Pertenecen ambos a lo más selecto de la sociedad madrileña, pues si la familia de Rosario está presente en la nobleza y los altos puestos de la Administración, la de Rafael cuenta con cierta raigambre en la milicia y en la política, no en vano Francisco de Laiglesia, el mayor de los hermanos, acude a la boda como flamante diputado por la circunscripción de Puerto Rico.

Aunque en aquel ambiente tan distinguido, a los presentes –diputados, marqueses, literatos, altos funcionarios, gobernadores y otra gente de postín–  no se les ocurriera sacar los trapos sucios a relucir por respeto a los anfitriones, nosotros sí que podemos caer en esa tentación eximidos como estamos del deber de discreción por el largo tiempo transcurrido desde entonces.Veamos:

Augusto de Laiglesia Laiglesia, padre de Rafael y, por tanto, suegro de Rosario de Acuña, fue condenado en 1862 (catorce años antes de la boda) por un delito de estafa y falsificación  «en cuatro años de prisión menor, con suspensión de todo cargo y derecho político durante el tiempo de la condena». ¡Y todo por un caballo!

Dibujo publicado en Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento, Tomo XIX, abril-junio de 1881

El gusto por los caballos lo había heredado Augusto supuestamente de su padre, el coronel Francisco de Laiglesia Darrac (1771-1852), Caballero de la Real Orden de Carlos III, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación y autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Pues bien, el conocimiento de los equinos debió de ser el motivo que habría movido a los superiores de don Augusto, por entonces alto empleado del Ministerio de Fomento, (donde, por cierto, habría de coincidir con don Felipe de Acuña y Solís, padre de nuestra escritora) a nombrarle delegado del Depósito Central de Sementales situado en Leganés. Y fue en el desempeño de esta misión donde le sobrevino la tentación que lo llevó al delito, el cual se perpetró, más o menos, como a continuación se relata:

Encargado de la compra de cinco caballos sementales para los Depósitos del Estado, compró seis, aunque para ello tuviera que falsificar la Real Orden que autorizaba la adquisición con cargo al erario público. El sexto  lo compró «a un amigo suyo que le había encargado la venta de dicho caballo». Enterados los superiores del asunto, fue apresado don Augusto en Cádiz a pesar de que negara conocer al vendedor ni recordar haberle garantizado en la Tesorería Central.

Celebrado el juicio, fue condenado a la pena que más arriba se dijo, poco tiempo después conmutada por la de «confinamiento menor» en la ciudad de Segovia (¡no hay color!), que no terminó de cumplir, pues en 1866 «la Reina (q. D. g.) de acuerdo con el Consejo de Ministros» tuvo a bien indultarle del resto de la pena.

Aquí termina el relato del desliz de don Augusto, padre de don Francisco –primero diputado y más tarde presidente del Banco Hipotecario de España– y  de don Rafael –quien terminó sus días como director de la sucursal del Banco de España en Alicante–, y suegro de doña Rosario de Acuña y Villanueva.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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