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04 marzo

153. La iniciación de Salvador Sellés


Fotografía de Salvador Sellés (El Publicador, 1928)
 Resonaron valientes
versos clamando:
—¡Libertad y justicia!
¡No más tiranos!—
y al incendio sublime
del entusiasmo,
clamoroso, frenético,
resonó un «!Bravo!»

Que en las trágicas tablas
mártir augusto,
reluchaba muriendo
Rienzi el tribuno.
—¡El autor!—en inmensa
voz dice el público;
y el autor sobre flores
avanza en triunfo.

Aquella poesía fue su presentación en Las Dominicales del Libre Pensamiento. «Acompañada de una sencillísima carta de remisión, que respiraba admirable modestia, llegó a nuestras manos la pasada semana la hermosa y sentida composición poética...»

Mas ¡oh, colmo de asombros
y de sorpresas!
el autor no es sombrío
rudo poeta;
es bellísima joven
viva y risueña,
en diamantes y rosas
y luz envuelta.

Nadie ve, pero todos
piensan que guarda,
bajo el nítido brazo
lira dorada;
y en los golfos de lumbre
que en torno lanza,
si no ven, todos sienten
bullir sus alas

Ni Chíes ni Lozano lo conocían. El autor, «persona para nosotros totalmente desconocida, se nos revelaba como un poeta dulce y apasionado, y, movidos de ese secreto impulso que siempre nos llevó a amparar los nobles anhelos de la juventud ilustrada, insertamos gustosísimos y agradecidos, sin más recomendación que la del mérito de la obra...»

¡Ay! no vueles al cielo,
Musa divina;
mi corazón extático
te lo suplica,
y en rincón ignorado
tiembla y palpita...
¡No, no vuelvas al cielo,
Musa divina!

Desde entonces admiro
tu luz excelsa;
en silencio y en sombra
sigo tus huellas,
alta la frente y alta
también la idea...
¿no es así como amamos
a las estrellas?

Tenía por entonces treinta y siete años, pues había nacido en 1848. Se llamaba Salvador Sellés Gosálvez, un alicantino dotado de una inteligencia superior a lo normal y con gran pasión por la literatura,  al decir de sus biógrafos. También por las artes plásticas, según propia confesión:  «He sido siempre muy aficionado al dibujo y a la pintura. A los trece años era el discípulo más aventajado de la clase en la academia de Bellas Artes».

Y en el tiempo en que llanto,
filial llorabas,
en la fúnebre losa
bebí tus lágrimas;
recogí tus suspiros
cuando eras alma,
y tus rotas cadenas
hoy que eres águila

Hoy que los ojos fúlgidos
ardidos tienes,
de beber en los soles
la luz del éter;
hoy que entrar en la noche
perpetua quieres,
—¡yo cegaré —prorrumpo–
más tú... no ciegues!

Aquella poesía publicada en el mes de mayo del año ochenta y cinco fue su carta de presentación, su iniciación en Las Dominicales. Sus directores no lo conocían, pero su firma llevaba años, desde los primeros setenta,  apareciendo en diversas publicaciones espiritistas, en ocasiones compartiendo espacio con Amalia Domínguez Soler.

Torna rápida al cénit;
y al sol clarísimo,
a la santa y hermosa
verdad del siglo,
contemplándola dile:
—¡rayo divino,
funde supersticiones
y fanatismos!

Ven después, y a tu dulce
cándido sexo;
a tus pobres hermanas
de cautiverio,
diles, emancipándolas:
—¡triunfad del miedo;
sobre el cielo católico
giran mil cielos!

Por entonces ya había publicado algunas obras: la comedia Los faranduleros, el poemario titulado Hacia lo infinito o El temblor de tierra, poema también, espiritista. Sus poesías veían la luz en  La Ilustración Popular de Alicante o en  La Ilustración Ibérica de Barcelona. 

De las penas eternas
os han hablado;
pues decid que es impío
dogma tan trágico;
que muriendo entre fieras
y perdonando,
Jesucristo lo ha dicho
desde el Calvario!

No temáis al hallaros
fuera del dogma,
de la luz y del aire
quedar remotas;
Dios está donde quiera
que una alma adora;
¡Dios está en todas partes...
menos en Roma!

Habiendo contraído matrimonio en el año 1875, se trasladó a vivir a Madrid en un tiempo en el cual la joven Rosario de Acuña empezaba a alcanzar cierta notoriedad. Conoció el éxito de Rienzi, supo de la muerte de su padre («Y en el tiempo en que llanto, filial llorabas, en la fúnebre losa, bebí tus lágrimas») y, alborozado, aplaudió su adhesión al librepensamiento. Desde entonces ambos coincidirían en aquellas páginas, avanzadilla en la lucha contra el oscurantismo.

Habla así: así destruye;
luego edifica;
ven a nuestras canteras
y a nuestras minas,
do piquetas melódicas
labran activas,
caridad, virtud, ciencia:
piedras magníficas.

Caridad, virtud, ciencia,
fúlgidas gradas;
para alzarnos al éter
ellas nos bastan;
en su cumbre contemplan
nuestras miradas,
el abrazo inefable
de Dios y el alma!

Aunque los redactores de Las Dominicales no fueran espiritistas, los poemas de Sellés siempre fueron bien acogidos, apreciados como testimonio de un coaligado:  «Tenemos a los espiritistas por hombres sinceros y abnegados, fervorosos creyentes en un ideal sublime de redención humana, dispuestos siempre al sacrificio por la noble aspiración que constituye su lema: A Dios por la virtud y la ciencia. Conocedores de su amor al progreso, los hemos considerado hermanos en el libre pensamiento y como tales los hemos siempre amado y respetado; porque los hemos visto muchas veces y en ocasiones bien difíciles luchar sin tregua contra todo linaje de despotismo, así político como teocrático, dando ejemplos insignes de su apartamiento de los dogmatismos católicos.»

Hacer bien; dar magnánimos
del pan que falte,
(¡trigo o luz!) entre besos
de astro y arcángel;
sucumbir por los mismos
que nos infamen...
¡qué religión más santa
para salvarse!

 Ven; tu voz prestigiosa
mágica sea,
quien le diga al dormido
mundo:—¡Despierta;
que en torrentes de soles
y de planetas,
el inmenso Infinito
llama tus puertas!

Sellés combatía a su manera, desde la atalaya espiritista y bien pertrechado de florida versificación. «El 8 de septiembre de 1888 le fue expedido en Roma el título de socio de la Academia Internacional para el estudio del espiritismo y del magnetismo, y en 10 de mayo de 1891 fue nombrado, en la proyectada Masonería Espiritista, grado 7º (último de aquel ritual) con el seudónimo de Torcuato Tasso»


¡El inmenso Infinito,
vivo hormigueo
de creaciones innúmeras
y de Universos;
el inmenso Infinito,
único templo
digno de Dios, del mundo,
del siglo nuestro!—

y después de decirles:
—Esa es el ara,—
di, Rosario, a los hombres:
—Ved la plegaria.
Y ante Dios desbordándose
de amores tu alma,
di solemne en los cielos
estas palabras:

Dicen que en Madrid conoció a Rosario, que mantuvo con ella amistad. La suya fue la primera de las felicitaciones que apareció en el especial que Las Dominicales publicó tras el estreno, y la posterior prohibición gubernativa, de El padre Juan («Un poema bello, sublime a veces, y útil, necesario, indispensable, urgente»). Librepensadores, republicanos, combatientes... tendrían mucho de que hablar. Pasó el tiempo y los dos abandonaron la capital para buscar la brisa, la sal del mar. Ella al Cantábrico, al de Cueto primero, al de El Cervigón después; a su tierra originaria, a la ribera de Alicante, al Mediterráneo, marchó él.


—Por la esfera y el átomo;
por lo que vemos
infinito en lo grande
y en lo pequeño;
por el ser más sublime
y el más abyecto,
de las razas que invaden
tierras y cielos;

Por los genios, los mártires,
los redentores;
por los Newton que pesan
mundos y soles;
por aquellos que roban
fuego a los dioses,
para dar generosos
alma a los hombres;

La Revelación, revista espiritista alicantina; El Luchador, diario republicano... en Alicante siguió escribiendo. En 1918 se convirtió en el primer presidente del Círculo de Bellas Artes. Siete años después  el Ayuntamiento de su ciudad le concedió el título de Hijo Predilecto. Las Juventudes de Izquierda Republicana solicitaron para él la banda de la Orden de la República, que el Gobierno le concedió, siéndole comunicada tal distinción personalmente por el ministro de Instrucción Pública. 

Por Colón arrancando
del mar sombrío
continentes de perlas
y paraísos;
por Jordanos y Sócrates,
Budhas y Cristos,
que a estos horas espiran
en los abismos;

Por los monstruos que incendian,
tañendo, Romas;
por las razas esclavas;
por las que azotan;
por los cepos infames;
por las coronas...
¡por verdugos y víctimas!
¡¡misericordia!!-

Falleció el 9 de febrero de 1938 cuando contaba 89 años: «Escribí versos contra la esclavitud, contra el cadalso, contra la guerra, contra la reacción, contra el convento, contra el Vaticano, contra el Palacio de los reyes. Y en favor de la paz, de la luz, de la libertad y del progreso. Hice poesías para Chíes, para Lozano, para Nakens, para Rosario de Acuña; no hice ninguna para princesas tristes con los labios de fresa ni otras frutas.»

Se acabaron los versos de su larga poesía y aún no he escrito el título: «A doña Rosario de Acuña»





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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26 noviembre

139. Con la «gente nueva»

A partir de su carta de adhesión al librepensamiento Rosario de Acuña reconocerá como próximos a republicanos, librepensadores, regeneracionistas, masones, institucionistas, socialistas…; identificará como correligionarios a periodistas de la «mala prensa», a científicos no creacionistas, a lideres republicanos, a socialistas, a masones, a autores de «obras impías»… Una vez que ya es pública y manifiesta su condición de librepensadora y masona, su nombre se convierte en una referencia para quienes, como ella, representan una alternativa a la «gente vieja» que permanece anclada en el conservadurismo y la tradición. Tal distinción no resulta ninguna novedad; de tiempo en tiempo, aparece algún grupo –con voluntad o no de serlo, con voluntad o no de configurarlo– al cual se denomina «nuevo», «moderno», «novísimo» o algún otro término similar que remarque las diferencias que mantiene con lo que por entonces está vigente.

Anuncio de Gente nueva publicado en El Motín

Quienes han estudiado a estos nuevos disidentes, integrantes del grupo que en los años ochenta del siglo XIX fue conocido como «Gente Nueva», coinciden a la hora de señalar algunos de los rasgos que identifican a sus miembros: proclives a las novedades del progreso científico, su voluntaria marginación del poder, cierto carácter iconoclasta y revolucionario, su vocación de punta de lanza o avanzada social. Puestos a concretar, hay quien señala dos hitos de importancia en la génesis del grupo: las huelgas estudiantiles de finales de 1884 y los actos de homenaje a Giordano Bruno promovidos por alumnos de la Universidad Central. Del primero ya se ha hecho mención en el comentario 137. Yo pago la matrícula (⇑): la virulencia de los ataques contra el discurso pronunciado por el profesor Miguel Morayta en la inauguración del curso en la universidad madrileña subleva a muchos estudiantes, ante lo que consideran una embestida contra la libertad de cátedra. En cuanto al segundo, baste decir que los universitarios madrileños se sumaron con premura y entusiasmo a la celebración «del aniversario del suplicio de Giordano Bruno» que pretenden realizar sus colegas de la universidad de Roma. Con este motivo acuerdan invitar al resto de universidades españolas para que se unan a dicha solemnidad, nombrar presidente de honor al profesor Morayta y crear comités locales en las sedes universitarias.

En ambos sucesos tuvo participación destacada Luis París y Zejín, a la sazón un activo estudiante de Medicina. En noviembre de 1884, cuando tienen lugar las protestas estudiantiles, conocidas como «La Santa Isabel», en defensa del profesor Morayta, Luis París forma parte de la comisión de estudiantes sublevados, y en calidad de tal firma la carta en la cual los universitarios agradecen a Rosario de Acuña el apoyo que les ha brindado, ofreciéndose a correr con las gastos de matrícula de uno de los estudiantes que, contando con el derecho de matrícula de honor, «lo perdiese por resistirse a entrar en clase, mientras no se dé satisfacción cumplida a la maltratada dignidad de la cátedra».

Por lo que respecta al homenaje a Giordano Bruno, bien pudiera considerarse un episodio más de aquella batalla que se libra en defensa de la libertad. Entre los mensajes de apoyo y solidaridad recibidos por los estudiantes de la Universidad Central no faltaron los de numerosos profesores y alumnos del resto de las españolas; también de otras extranjeras, entre las cuales figuraron las de Turín y Roma. Los representantes de esta última, tras alabar el heroísmo de los universitarios madrileños que sufren persecuciones por reivindicar la libertad de enseñanza y de pensamiento, manifiestan su intención de «abrir como protesta contra esta cruzada de los clericales una suscripción internacional para levantar en Roma un gran monumento a Giordano Bruno».

Aquel comunicado recibido desde Italia parece dar alas a los huelguistas, que intensifican sus acciones de protesta. Algunos de sus más destacados integrantes, entre los cuales se encuentra Luis París, son procesados «por ejercer coacción sobre sus compañeros para que no entrasen en clase». No obstante, el campo de batalla no se reduce al entorno de la universidad, está también en los periódicos, está en la calle. Los estudiantes, sabedores de que una parte de la prensa les es hostil, no tardan en editar La Universidad, «periódico escolar libre pensador», y convertirlo en su «órgano de prensa». Será en las páginas de esta publicación donde aparezca un comunicado firmado el 14 de febrero de 1885 y dirigido a «Los estudiantes de España»:

El día 17 del corriente mes de febrero cúmplense doscientos ochenta y cinco años que Giordano Bruno, de Nola, subió a la hoguera, levantada en Roma por la Inquisición, a sufrir el martirio impuesto por la intolerancia religiosa, en castigo a haber afirmado el libre examen en las escuelas y universidades de Italia, Suiza, Francia, Inglaterra y Alemania. Nuestros compañeros los estudiantes italianos reclaman el concurso de los españoles… 

Tal parece que se ha abierto una fisura en el monopolio ideológico ejercido por la jerarquía católica. El discurso de Miguel Morayta resultó ser el detonante y los estudiantes han salido a la calle en defensa de la libertad de cátedra. Quienes en España se han venido significando en defensa de la libertad de pensamiento aprovechan aquella coyuntura favorable. El impulso venido desde Italia alienta sus esfuerzos: Giordano Bruno es el mejor de los estandartes en aquella guerra abierta contra la intransigencia. Los universitarios madrileños, haciéndose eco de las propuestas de sus camaradas italianos, constituyen una comisión organizadora de los actos de homenaje a Giordano Bruno y convocan a los estudiantes de toda España a constituir comisiones similares y a enviar «trabajos en prosa o en verso sobre el asunto que mejor les plazca, pero relacionado con el acto que en ella se conmemora». Está claro que algo se está moviendo. También fuera de los recintos universitarios: el 17 de febrero Las Dominicales publica un número extraordinario dedicado a Giordano con escritos de Demófilo, Emilio Castelar, Rosario de Acuña, José Nakens, Rafael M. de Labra, Miguel Morayta, Ramón Chíes y otros colaboradores.

Como queda dicho, Luis París Zejín jugó un destacado papel en las huelgas del mes de noviembre de 1884; en la creación La Universidad, órgano de prensa de los estudiantes; y en los actos que en honor del filósofo italiano tuvieron lugar en los meses siguientes. Su nombre encabezó manifiestos y convocatorias; será su nombre también el que figure al pie de la obra Giordano Bruno y su tiempo, uno de aquellos trabajos que la comisión organizadora había solicitado a los estudiantes de toda España de uno y que Luis sometió al juicio de sus compañeros. Será también Luis París quien, unos años más tarde, ponga nombre y apellido a aquella «gente nueva», pues en 1888 publicará Gente Nueva. Crítica inductiva, en cuyas páginas se analizan la personalidad y la obra de Pompeyo Gener, Luis Bonafoux (⇑), Mariano de Cavia, Federico Degetau, José Nakens (⇑), Alejandro Sawa, Carlos Fernández Shaw, José Zahonero, Federico Urrecha, Manuel Paso, Joaquín Dicenta (⇑), Juan B. Amorós, Emilio Ferrari, Eduardo López Bago, Rafael Altamira, José Verdes Montenegro y José Ortega Morejón. Y, por supuesto, Rosario de Acuña, la única mujer entre todos los integrantes. De ella dice París:

En estos últimos años ha emprendido una campaña periodística que la ha hecho popular y que ha dado no poco brillo e importancia a Las Dominicales del Libre Pensamiento, acumulando en cambio sobre su cabeza odios y persecuciones que hubieran hecho vacilar y detenerse a cualquiera, pero que a ella sólo le han impulsado más y más, sirviéndole de acicate y estímulo para continuar su tarea, muy fructuosa en la propaganda de los ideales racionalistas. 

Con algunos de los integrantes de aquella «gente nueva» mantuvo doña Rosario una relación que va más allá de las coincidencias ideológicas. Tal es el caso, del propio Luis París y Zejín, de Nakens –con quien mantendrá una fluida correspondencia, al menos en los últimos años de su vida– Bonafoux o Dicenta. En el caso de estos dos últimos, el lazo afectivo se habría alimentado con algunos encuentros personales, haciéndose extensivo a la parentela de ambos escritores.




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17 julio

2. La casa del diablo


Francisco de Goya, «Las brujas»Sabía lo que se hacía cuando renunció a la cómoda vida que su cuna le tenía reservada. Sabía que el camino que había decidido recorrer no sería un camino de rosas. Ya lo preveía en 1884 cuando hizo pública adhesión a los ideales del librepensamiento, en una conocida carta (⇑) aparecida  en Las Dominicales del Libre Pensamiento:
Ahora entremos con resolución en el camino de la Verdad, estrecho y orlado de precipicios. Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos.
Su activa militancia en el bando de los heterodoxos le supuso todo un rosario de penalidades: insultos, desahucios (tuvo que abandonar su granja avícola de Cueto «porque la dueña de la finca donde la tenía instalada, señora feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander, sintió terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje, y me arrojó de ella»), procesamientos, exilio... y la inquina de algunos de sus vecinos. Detrás de muchos de estos padecimientos doña Rosario siempre vio la mano de poderosos enemigos, algunos vestidos de negro, los cuales no desaprovechaban ocasión para sembrar la insidia y la calumnia a su alrededor. Ejemplos no le faltaban para apoyar sus sospechas. Uno de ellos, quizás el más claro, es el que le refiere a José Nakens en una carta que le envía en abril de 1920, en donde le da noticias de un artículo escrito por un periodista asturiano y publicado ocho años antes en el Diario de la Marina de La Habana, «en que se probaba que yo era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba».

El artículo en cuestión llevaba por título «La casa del diablo» y «fue repartido profusamente por los caseríos del contorno con la piadosa intención que es de suponer. ¡Como ellos no se atreven todavía a quemarnos quieren que  nos quemen los embrutecidos por ellos!».



La casa del diablo

Manuel Álvarez Marrón



Parece que por acá no han enterado las gentes de una carta que publicó doña Rosario de Acuña, hará unos tres meses, en un periódico de Barcelona, en la cual insultaba, en estilo genuinamente libre-pensador, a las mujeres españolas, a los niños, a los estudiantes, al clero, a la burguesía, a los marinos, a los militares, a los bomberos... En una palabra: a toda la sociedad española. Cuando una mujer librepensadora se engrifa, es implacable.

Los estudiantes de Barcelona, los de Madrid y los de todas partes celebraron manifestaciones de protesta contra dicha carta contra dicha señora, y la Prensa de todos los colores, desde el rojo hasta el amarillo, protestó también. Hasta España Nueva calificó de asquerosa la obra de doña Rosario de Acuña. Todo esto, por supuesto, no le habrá dado calor ni frío a la ilustre dama, porque en el mundo del librepensamiento se usa una moral y un cutis diferentes de los que se usan en los demás mundos.

Yo, que por entonces vivía en Gijón, acabé por prestar oído atento al alboroto y acabé por decirme:

–Pues señor... La Acuña... Este nombre me suena.

En efecto: el nombre de doña Rosario es célebre en Gijón y en toda la comarca; solo que las gentes de por allí no la conocen por su nombre cristiano, sino por el de espiritista, la librepensadora, la nigromántica, en lo cual la han hecho un gran favor, porque para ella el nombre cristiano de Rosario debe de ser una especie de sambenito.

Además de esto los tales motes tenían su razón lógica y natural, dado el extraño género de vida que llevaba doña Rosario. Hace algunos años mandó edificar una casa en la cima de un promontorio bravío a la vista de Gijón, y allí se pasaba una vida misteriosa y esquiva y apartada en absoluto del trato de sus semejantes... si es que, como dijo el otro, una librepensadora puede tener semejantes.

Pues así y todo la señora de Acuña parecía encontrarse a sus anchas en aquella soledad. Algunos que la conocían me dijeron luego que también se hallaba a gusto con que tan rara criatura viviese en lugar tan remoto. Ella, por su parte, había tomado las más eficaces medidas para huir del trato de los humanos. Un día que pasé por delante de su puerta vi colgado del muro este cartel: «Es inútil llamar, no se abre a nadie» Algo parecedlo se encontró el Dante a las puertas del Infierno –dije para mí– y en esto bien se echa de ver el poco espíritu comercial que posee esta señora. Si fuera tan lépera como algunas de sus colegas podría explotar el fenómeno poniendo a peseta la entrada, lo cual la enriquecería, porque acudirían a verla y a oírla gentes de todos los vientos.

Fragmento de la publicación

Para nadie, en efecto, se han abierto jamás aquellas puertas, ni para los ahítos ni para los hambrientos, ni para los dichosos ni para los infortunados. El que se aventurase a llamar podía correr el riesgo de ser destrozado por un perrazo enorme que de día y de noche vigilaba la entrada. Era el Cancerbero de aquella pavorosa mansión.

Otro día volví a pasar por cerca de la Casa del Diablo, como la llamaban los campesinos de aquellos contornos. Al entrar por una senda que cruza la ería del Piles me encontré con un labrador de Cabueñes, conocido mío, y con él sostuve el diálogo siguiente:

–Dígame, Morcín, y dispense: ¿usted conoce a la persona o personas que viven en aquella casa?

–No; no la conozco ni maldita la falta que me hace.

–No sé si es mala o si es buena; lo que sé es que Dios nos libre de ella.

–Pues a mí me consta que esa persona no ha hecho mal a nadie.

–Hay quien dice eso, y, sin embargo, desde que esa mujer vive ahí con sus espíritus o sus diablos nunca jamás volvió a brotar una hierba en ese ribazo; los ganados de Cabueñes padecen enfermedades que antes no tenían, y hasta algunos niñinos se van secando, secando sin saber por qué. Nada, que esa mujerona ha venido a esparcir por estos sitios un aliento fatal.

–Pues ella bien escondida y bien sola vive, Morcín.

–Eso de vivir solos no reza con los espiritistas ni con los nigrománticos. Por de pronto no es la primera vez que le oigo hablar a grandes voces con sus gatos o sus puercos o sus gallinas o sus perros...

–¿Qué tiene eso de particular? Es una casa de campo...

–En otra persona no lo tendría, pero en esa... ¡vaya! Dicen que es además librepensadora...

–¿Y usted sabe lo que es un librepensador, Morcín?

–¡Carape! Ello mismo lo dice: es el hombre que tiene la cabeza sin atadero. En cuanto a la individua esa, yo tengo la seguridad de que sus gatos y sus perros son personas que ella tiente encantadas allí convertidas en bestias.

–¡Qué disparate!

–Encantadas, sí, señor. No hay un espiritista ni un librepensador que no sepa convertir a las personas en bestias. Por lo tocante a lo demás, en esa casa endemoniada nunca se vio cristiano viviente, y a pesar de eso, algunas noches se sienten allí una de claridades y de ladridos y de maldiciones que Dios tirita.

–¿Usted oyó eso?

–Sí, señor, y además ruido de cadenas y aullidos de lobos y alaridos de curuxas... ¡Uy, si usted lo oyera! Pasaba yo por aquel surco a las nueve de la noche del día de difuntos cuando entre los silbidos del viento oí...

–¡Hombre, usted delira!

–¡Deliraban! ¡Mal rayo me coma! Entonces también deliraron Antón del Radial y Juan de Naveces...

–¿Qué les pasó?

–¡Me valga Dios! ¡Casi nada! Volvían a las once de la noche de allá de la Providencia... la noche de la tormenta grande, cuando al pasar por cerca del acantilado oyeron entre los ronquidos del mar y los bufidos del viento unos gritos... que... ¡La apocalipsis! Unos gritos que sonaban en el aire, entre el nublo. De pronto ábrense las nubes y entre las nubes vieron un fulgor sangriento y entre el fulgor y las nubes vieron que volaba, en medio de un gran remolino de espantables espíritus, a esa mujerona montada sobre los riñones de un gran demonio de color verde, con unas alas...

–¡Qué barbaridad!

–Será lo que usted quiera, pero para mi gusto, esa hembra o lo que sea, tiene el alma nadando en los infiernos.

Al volver a mi casa me encontré con el puentecito de madera que atraviesa el río Piles con uno de la curia de Gijón, el cual me informó de que iba a proceder al encarcelamiento de doña Rosario de Acuña con motivo de la carta famosa. Entonces le dije:

–Amigo Tintales: sea usted clemente con esa infeliz. Ahora me acaba de contar un vecino de Cabueñes que la ha visto andar volando por entre esos riscos, como alma en pena, en noches de tempestad, y sentada ¡horrorícese usted!, sentada sobre los riñones de un demonio verde, alado, espantable... ¿Qué mayor castigo? ¿Qué mayor tormento?

–¿Y usted lo ha creído?... ¡Hombre!...

–¿No lo he de creer? Sépase usted que la Acuña es atea y para los espíritus sin Dios no puede haber reposo ni consuelo...


Publicado por el Diario de la Marina, La Habana, en la edición del 7 de marzo de 1912
es reproducido en 1920 en las páginas de El Motín, Madrid, (24-4-1920)




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Mientras ella se ganaba la vida con los productos de su granja avícola, había ilustres compatriotas que instalaban un gallinero para entretenimiento de la esposa, para que lo pasara menos aburrido, distrayéndose en llevar a sus pollitos el migón de pan... 
 
 


Fotografía de Joaquín Dicenta, Crónica (3-5-1931)126. Su amigo Joaquín Dicenta
De lo que sí tenemos constancia es de alguno de sus encuentros, como el que tuvo lugar en marzo de 1907, cuando Rosario de Acuña se traslada de Santander a Madrid para acudir al estreno del drama Daniel. La librepensadora asiste a la representación, pública...




Fragmento del artículo «Cádiz a Garrucha», publicado en El Motín el 30-3-191182. «Romanticismo y positivismo», por Ignacio Rodríguez Abarrátegui
Ignacio Rodríguez Abarrátegui fue un conocido activista del librepensamiento, lo cual le ocasionó más de un contratiempo. En una de éstas, viéndose obligado a mudarse a tierras almerienses...



Miguel de Unamuno. Grabado publicado en 191015. Las explicaciones de Unamuno
La ira estudiantil alcanzaba también a Bonafoux y a cuantos no condenaran abiertamente el escrito. En las asambleas se empieza a criticar la posición de don Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca por entonces, de quien se dice que «se había adherido...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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