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26 noviembre

200. El buen discípulo


Fragmento de «La escuela de Atenas», de Rafael Sanzio (Museos Vaticanos)
Cuando me incorporé a la tarea colectiva (⇑) de recuperación del testimonio vital de Rosario de Acuña, di por bueno lo que contaban quienes sobre ella habían indagado anteriormente; no podía ser de otra manera. Por aquel entonces, tal y como he contado en el comentario 105. ¡Maldita neblina! (⇑), asumí que había nacido en 1851, que era condesa o que se había educado en un colegio de monjas.

A medida que iba profundizando en la investigación, encontré evidencias que me hicieron dudar de algunas de estas afirmaciones. Llegaron después los documentos que probaban que el apellido correcto de su marido era Auset y no Anset; que había nacido en Madrid y que lo había hecho en el año 1850 (⇑); que no contamos con fuentes que prueben su relación con un supuesto título de condesa de Acuña (⇑)... Asunto bien diferente es aquel que tiene que ver con la figura de Carlos Lamo Jiménez y con el tipo de convivencia que mantendría con doña Rosario: mantengo dudas razonables acerca de que fuera una «relación de pareja» (esto es, que Carlos era su amante o compañero sentimental, expresiones que se han venido utilizando al respecto), pero en este caso no dispongo de documento alguno que pueda respaldar mi suposición, aunque sí de algunos indicios que, a mi juicio, la sustentan.

Todo comenzó al leer la carta que en 1920 envía a José Nakens (⇑), director de El Motín, para agradecerle su mediación en la concesión del Premio Ayuso (y de las mil pesetas con que estaba dotado). La descripción que realiza de los pagos efectuados entonces, los números de la rendición de cuentas del dinero recibido, convierten al escrito en una impactante radiografía de las penurias por las que está pasando aquella mujer:

Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre. Treinta y cinco duros para pagar los réditos de la hipoteca que pesa sobre esta casuca [...] Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden las de vacas. [...] Diez duros de carbón vegetal que se debían y que es el combustible que gasto en un año, a más de unas cuantas pesetas de jabón para el lavado y otros avíos caseros. Sobre todo esto pagado, ¡ah! que se me ha quitado de encima y que pesaba como una tonelada, habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno. Total me quedan unos cuarenta duros que, bien administrados, me aseguran tres meses de la alimentación acostumbrada (pues ya sabe usted que cuento con mil pesetas anuales de viudedad) y un año de seguridad en mi casuca sin andar con la ropa al hombro, en sobresalto continuo...

Pero, bueno, ¿dónde estaba Carlos?, ¿qué hacía? Me resultaba difícil entender aquella situación: Carlos Lamo Jiménez era abogado, pertenecía al minoritario grupo de quienes en aquella España mayoritariamente iletrada había conseguido realizar estudios universitarios... Tenía por entonces cincuenta y un años, y estaba perfectamente capacitado para el desempeño de diversos trabajos... Dediqué tiempo a aquel asunto. Recuerdo que lo hablé con Lidia Falcón, sobrina nieta de Carlos, que me vino a decir que su tío abuelo no debía de estar muy interesado en las cuestiones crematísticas. Bien, vale, pero... cincuenta duros para rescatar alhajas empeñadas, sesenta duros para saldar deudas de comestibles, diez duros para pagar el carbón que se había comprado a fiado...

No consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista

Resumamos. No consta que en aquella casa de El Cervigón entraran más ingresos que las noventa y tantas pesetas mensuales de su pensión de viudedad  (que vienen a ser un poco más de las mil anuales a las que ella hace mención en su carta, del importe del Premio Ayuso); no consta que Carlos tuviera a su cargo las tareas domésticas, que debieron de ser de la sola competencia de Rosario hasta el mismo día de su muerte, así lo evidencian algunos de sus escritos; no consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista; no consta que participara en aquellas jornadas interminables que comenzaban a las tres y media de la madrugada y concluían a las nueve de la noche... Creo suficiente lo hasta aquí apuntado para poder afirmar que la de Rosario de Acuña y Carlos Lamo no parece que haya sido una relación entre iguales. Y no siéndola, conviene recordar algunas de las cosas que ella escribió al respecto:

Hay que engendrar la pareja humana, de tal modo que vuelva a prevalecer el símbolo del olmo y la vid, que tal debe ser el hombre y la mujer: los dos subiendo al infinito de la inteligencia, del sentimiento, de la sabiduría, del trabajo, de la gloria y de la inmortalidad; y los dos, juntos, sufriendo, con la misma intensidad, los dolores; gozando, en el mismo grado, de los placeres...

Nada que ver. Suena bien diferente: sin limitaciones externas a su propio desarrollo; comparten dolores y placeres, con la misma intensidad, en el mismo grado; ninguna de las partes sale injustamente mejorada en perjuicio de la otra... Me cuesta mucho trabajo aceptar que quien – y no solo en el texto anterior–  proclama la equidad en la pareja (y lo hace en un escrito que, no lo olvidemos, fue el que provocó su exilio portugués ⇑), que quien lleva buena parte de su vida luchando contra la postergación que padece la mujer española, pudiera llegar a asumir una relación de pareja como la que, supuestamente, mantuvo con Carlos Lamo Jiménez, más propia de un sobrino (quizás un tanto consentido), que fue el parentesco que los próximos le atribuyeron. Sobrino era en Cantabria para José Estrañi, director de El Cantábrico, o para el doctor Magarzo; sobrino era en Gijón para Antonio López-Oliveros, director de El Noroeste, o para el joven periodista José Díaz Fernández que acudía de cuando en cuando a la casa de El Cervigón.

Si para los próximos era su sobrino, ¿qué era Carlos para ella?,  ¿cómo calificaba Rosario su relación con él? Al principio lo trató como amigo («Estimado amigo: Empiezo por suplicarte que me dispenses el tuteo...», así iniciaba una carta que le escribió en 1888 (⇑); «A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico...», contaba en 1891. También le llamó públicamente «sobrino»: «Salió mi sobrino de la casa y volvió al poco rato diciéndome que, efectivamente, un buque de vela se hallaba en peligro inminente a un centenar de metros», decía en 1923, poco antes de su muerte, con ocasión del naufragio de una goleta en los acantilados próximos a su casa. Como «compañero» le calificó  en varias ocasiones  («Decidimos que yo escribiría al general Burguete y que mi compañero iría, comisionado, a llevarle la carta, enterándole de la estulticia que se estaba cometiendo conmigo...»), lo cual pudiera ser razón suficiente para que se diera por válida la acepción coloquial del término («persona con la que se convive maritalmente»), desechando a priori alguna otra que, quizás, pudiera cobrar mayor sentido en textos como el siguiente:  «…no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta». 

En cualquier caso, no deberíamos olvidar que ella no es, para nada, una mujer timorata, a quien le importe gran cosa el qué dirán; no es de las que refrene su pluma por temor, por más que algunos de sus escritos le ocasionaran no pocos sufrimientos (⇑). Cabe pensar, por tanto, que de haber alguna razón para que no afirmase abiertamente que Carlos era su amante, compañero sentimental o cualquier otro término similar utilizado por entonces, en ningún caso pudiera ser atribuible a consideraciones de conveniencia social, a un deseo de no violentar las convicciones morales o religiosas de sus convecinos. Tampoco conviene pasar por alto que sus enemigos son poderosos y que, a buen seguro, no dudarían en arrojar sobre ella toda la munición que su supuesto adulterio les brindaría (recordemos que hasta 1901, año de la muerte de Rafael de Laiglesia, su estado civil era el de casada). Quienes afirmaron que  «ni era mujer ni española», quienes la calificaron públicamente de «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias» no hicieron mención alguna, al menos que yo sepa, a su «vida licenciosa» ni caracterizaron a Carlos como «su amante».

Reseña necrológica publicada en El Cantábrico el 21 de julio de 1905Volviendo al sobrinazgo, parece conveniente que recordemos en este punto dos aspectos que bien pudieran aportarnos alguna luz acerca de la naturaleza de este vínculo. Alude el primero al hecho de que su condición de sobrino fue, de alguna forma, heredada, pues antes de serlo de Rosario, lo fue de su madre, Dolores Villanueva (así consta, por ejemplo, en las reseñas necrológicas aparecidas en El País y en El Cantábrico, en este último caso quien la escribe parece saberlo de primera mano, pues dice que es buen amigo de Carlos). El segundo tiene por protagonista a Regina Lamo, quien en un escrito de 1933 se refiere a la relación que ambas mantuvieron utilizando las siguientes palabras: «Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...» Ya antes había compartido sobrinazgo con su hermano llamándola públicamente «mi tía», ahora compartía con su padre la admiración que sentían hacia ella. Tal parece que, más que una relación de pareja, lo que se vislumbra es la existencia de otra más amplia que implica a los integrantes de ambas familias. Todo comenzó en la segunda mitad de la década de los ochenta, momento en el cual  nuestra protagonista conoce a los Lamo Jiménez (⇑): a Carlos, a su hermana, a su madre y a su padre.

A finales de 1884 los universitarios madrileños salen a la calle en defensa de la libertad de cátedra tras los ataques vertidos contra el profesor Miguel Morayta, a quien se acusa de haber pronunciado un discurso herético en la inauguración del curso. Rosario de Acuña no duda en salir a la palestra para defenderlos públicamente,  ofreciéndose a correr con los gastos de matrícula de uno de los estudiantes que, contando con el derecho de matrícula de honor, «lo perdiese por resistirse a entrar en clase, mientras no se dé satisfacción cumplida a la maltratada dignidad de la cátedra». Días después ofrece un banquete en un conocido restaurante madrileño (⇑) a una comisión de estudiantes y al propio Morayta. A partir de entonces compartirá ideales y esfuerzos con la juventud liberal, como ella misma contará tiempo después:

Hace cuatro años que en fraternal banquete de protesta contra los sucesos del 19 de noviembre reuní a compañeros vuestros atropellados por la soberbia e insultante política conservadora. Desde aquella memorable fecha vengo consagrando mi inteligencia a la defensa de todos los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad, dispuesta siempre a aplaudir sus triunfos y participar de sus desgracias.

Estas palabras forman parte de un escrito titulado «A los estudiantes de Madrid», en el cual manifiesta su apoyo a la comisión que redactó un mensaje de adhesión a los universitarios sevillanos, quienes, unos días antes y aprovechando la visita a la ciudad de Cánovas del Castillo que lo hacía acompañado de quien fuera gobernador civil cuando se produjeron las protestas, se habían manifestado en gran número por las calles de la capital andaluza recordando «la improcedente conducta observada por don Raimundo Fernández Villaverde y sus secuaces contra los estudiantes de Madrid» cuatro años atrás. A una parte de la prensa le preocupaba que el recuerdo de los sucesos de la Santa Isabel, que la protesta sevillana se extendiera por el resto de las universidades españolas. Como quiera que el temor se incrementara cuando los universitarios madrileños publicaron su «entusiasta felicitación», hubo quien ya proponía que se procesase a la comisión que había redactado el escrito. Rosario de Acuña, una vez más, se apresuró a tomar la pluma para mostrar públicamente su apoyo a «los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad»:

Entusiasmada con el magnífico mensaje de adhesión que habéis suscrito a vuestros compañeros de Sevilla, y habiendo sabido que espíritus ruines y caracteres innobles intentan procesar a la comisión iniciadora y redactora de tan elocuente, profundo y digno escrito, me apresuro a poner en vuestro conocimiento que de aquí a cuando sea requerida por la Justicia (si así sucede) la susodicha comisión, suscribo con mi firma el documento. 

El primero de los doce nombres de la comisión redactora que figuraba al pie de aquel escrito era el de Carlos Lamo Jiménez, estudiante de veinte años de edad, alumno de tercer curso de la carrera de Leyes y domiciliado en la madrileña calle Montera, donde su padre tiene abierta una sastrería. Anselmo Lamo y Micaela Jiménez habían decidido abandonar su residencia en Úbeda para instalarse en Madrid con el objetivo de que su hijo Carlos y su hija Regina pudieran educarse en un entorno más abierto y tolerante. Su llegada a la capital debió de producirse a finales del año ochenta y dos o principios del ochenta y tres, y Anselmo no tardó mucho en encontrar los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en Jaén. A pesar de la manifiesta comunión de ideales con Rosario de Acuña, parece que no fue él sino su hijo el primero en entablar amistad con nuestra protagonista: Carlos es presidente de una entidad cultural denominada Ateneo Familiar que ha decidido nombrarla presidenta honoraria, y ella acepta el nombramiento (⇑). Unos meses después se convierte en anfitriona de una fiesta en su quinta de Pinto a la que acuden unos cuarenta integrantes del ateneo. Entre los invitados se encuentra la familia Lamo Jiménez al completo. En el transcurso de aquella velada de ambiente familiar se alabaron los méritos de los ateneístas, se recitaron poesías, se «cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo», y también se bailó. A la hora de los brindis, habló Carlos en calidad de presidente de aquella fraternal sociedad; lo hizo también Anselmo, quien «presentó sencillamente su vida como ejemplo de lo que pueden lograr la constancia y el trabajo honrado»; la anfitriona puso fin a las intervenciones con entusiastas palabras a favor de una trinidad presente y viva: «libertad, mujer y juventud».

Copia de la firma de Carlos Lamo en una de las solicitudes de matrícula en la Unversidad Central

«Libertad, mujer y juventud»... Anselmo Lamo era lector habitual de Las Dominicales del Libre Pensamiento (consta que a principios del ochenta y cuatro colabora en la suscripción abierta para pagar una multa impuesta al semanario), vocal en la directiva del Casino Democrático de Madrid, presidente de la sección de sastres constituida en la sociedad Fomento de las Artes, secretario del comité de Coalición Republicana del distrito del Congreso, y habría leído sus escritos en el periódico de Chíes y de Lozano, y habría escuchado sus conferencias en el Fomento: «Los convencionalismos» (⇑), que pronunció en enero y «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑), tres meses después, en abril de 1888.  Ese debió de ser un año de gran significación en las relaciones entre los Lamo Jiménez y Rosario de Acuña, y más aún si consideramos que el 5 de abril tiene lugar la constitución del Grande Oriente Español a partir de la fusión de dos de las obediencias masónicas existentes en España. Tal era la importancia de aquella unión que la fecha dio nombre a una de las logias que se constituyó por entonces. Ni Rosario, ni Micaela, ni Anselmo, ni Carlos, ni Regina debían de andar muy lejos de las masonas y masones que la componían. Coincidirían con sus integrantes en los anhelos por conseguir una masonería más fuerte, más unida; abierta de par en par a las mujeres. También en la defensa del iberismo, tan querido por muchos republicanos de entonces, y que se habría de poner a prueba en 1890 con ocasión del ultimátum del gobierno británico a Portugal para que retirase sus tropas del territorio comprendido entre Angola y Mozambique. Fue entonces cuando aquella logia decide enviar un escrito de apoyo. Lleva por título «La logia 5 de abril del 88 al pueblo portugués» (⇑) y está firmado por una nutrida lista de nombres, que encabeza el de Rosario de Acuña y entre los que se encuentran los de Anselmo Lamo y Micaela Jiménez, los de Carlos y Regina Lamo Jiménez.

Abandonaron las tierras de Jaén para que su prole pudiera educarse en un entorno más abierto y tolerante. Parece que lo están logrando. Carlos sigue los pasos de su padre y se ha convertido en un joven comprometido con la lucha por la «libertad de la patria» frente a los «ídolos innobles»: republicano como él (es procesado por publicar un artículo en el que afirma que no hay otro medio para el establecimiento de la república que el procedimiento revolucionario), librepensador como él (es elegido por el grupo cubano Roque Barcia como delegado en el Congreso de Librepensadores celebrado en Madrid en 1892), iberista como él (proclamando vivas a Portugal, a la península Ibérica y a la raza latina), admirador como él de aquella luchadora mujer. En abril del noventa y tres obtiene el grado de licenciado en Derecho.

La batalla de El padre Juan pone fin a su campaña de Las Dominicales (⇑). Unas fiebres palúdicas la llevan al borde de la muerte. En el verano del noventa y dos publicó un cuento en Heraldo de Madrid, precedido de una agradecida dedicatoria al doctor que la atendió en su enfermedad, en la cual anuncia que está pensando seriamente en marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano. Tan pronto como pudo tenerse en pie marchó a Galicia donde pasó algunos meses devolviendo la fortaleza a su debilitado cuerpo. Regresó a Madrid y en diciembre de 1893 presentó en el teatro Español el que habría de ser su último estreno: La voz de la patria. Tiempo después marchó de la capital, ahora para siempre, y en este viaje sí llevó consigo a Carlos Lamo Jiménez, por entonces más unido, si cabe, a quien era su guía, mentora y compañera, pues poco tiempo atrás había ingresado en la logia Española nº 176, con el nombre simbólico de Michelet.

En los últimos años  del siglo diecinueve tres personas conviven en una finca de la localidad cántabra de Cueto, por entonces situada a unos pocos kilómetros del centro de Santander. Se trata de Dolores Villanueva Elices, de su hija Rosario de Acuña y de su sobrino Carlos Lamo Jiménez. Fallecida su madre en 1905, Rosario continúa al lado de Carlos. Ambos se trasladan en 1909 a Gijón, instalándose en una casa situada sobre un acantilado, a las afueras de la ciudad. Allí los encuentra la Guardia Civil cuando en el verano de 1917 acuden para registrar la vivienda en busca de las proclamas de la huelga general:

Llega una mañana de agosto –olvidé la fecha– y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca. El pariente que, hace ya muchos años, se abrogó el derecho de defender mi persona y mi hogar de villanos ataques, habitaba en el piso bajo de la casa y yo en el alto. Y como nuestra vida es racional, nos levantamos y acostamos con la luz del día. «¿Llaman?», nos dijimos por el hueco de la escalera. «Yo voy», dijo mi compañero, y salió a abrir.

Aquel pariente que un día decidiera seguir los pasos de quien, en palabras de su padre, era un «ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...», no solo la defendía de los villanos ataques, sino que también seguía sus enseñanzas, y como buen discípulo era capaz de hablar de avicultura (como hiciera en 1905 en Puente de San Miguel, en el municipio de Reocín, donde pronunció una conferencia titulada «Avicultura rústica») o de «La higiene en el hogar obrero» (que tuvo por escenario la sucursal de La Calzada del Ateneo Obrero de Gijón y con un título bien similar (⇑) a la leída por doña Rosario en el Centro Obrero de Santander en el año 1902). Lo que no hizo fue cumplir el encargo testamentario de «ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) [...] de todas mis obras literarias, publicadas o inéditas, en prosa o en verso». Será su hermana Regina quien pondrá todo su afán para intentar cumplir el deseo de su tía. A finales de la década de los veinte pone en marcha la Editorial Cooperativa Obrera, Publicaciones EC., que publicará la colección La Novela Blanca con una periodicidad quincenal. Las dos primeras entregas están dedicadas por entero a Rosario de Acuña: el número uno contiene los cuentos titulados El secreto de la abuela Justa, que da título al volumen, y El pedazo de oro, así como Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra; en el número dos, titulado El país del sol, se incluye un cuento homónimo y ¡España! (Estudio sobre España hecho para América). En 1933 ve la luz Rosario de Acuña en la escuela, con una selección de artículos, diálogos teatrales, cuentos o poesías de la escritora, destinados a la lectura escolar.

Sus obras. Sus maravillosas obras eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotaron la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!.

Anuncio de la subasta de la casa de Rosario de Acuña (julio 1930)
¿Y Carlos? Desconozco cómo se las arregló a partir de la muerte de su mentora, a partir del momento en que dejaron de entrar en aquella casa las noventa y tantas pesetas mensuales de la pensión de viudedad de doña Rosario. Lo que sí sabemos es que obtiene la ayuda de algunos amigos de Galicia, Extremadura y Santander, así como de las logias alicantinas Numancia y Constante Alona, para hacer frente al importe de la lápida (⇑) (también del grabado y del transporte al cementerio de Ciriego) que se colocará en la tumba de su tía Dolores Villanueva con los versos del soneto que su hija le había dedicado. Sabemos también que en 1924 vendió la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla por mil quinientas pesetas; que a finales de la década inicia los trámites para vender la casa de El Cervigón (⇑) y que unos años antes, entre los expositores que concurren a la IV Feria de Muestras Asturiana, que se celebra en la ciudad gijonesa, figura Carlos Lamo Jiménez con una serie de objetos que se describen como «reliquias».

Probablemente no se encontrara entre los elementos expuestos la carta que Rosario de Acuña le escribiera a Fernando Mora en 1915, pero, sin duda, las frases que en la misma le dedicaba tenían  para él mayor valor sentimental que el resto:

  …no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta

= = = = = 

LOS PREVISORES DEL PORVENIR

Líneas arriba escribía que ignoraba cómo se las había arreglado Carlos Lamo Jiménez tras la muerte de su mentora, cuando ya no pudo contar con los dineros de la pensión de viudedad, que vendió la biblioteca, la casa y puso a la venta unas «reliquias» en una feria de muestras. Añado ahora que en 1927, cuatro años después de la muerte de Rosario de Acuña, se va a convertir en beneficiario de una pensión vitalicia, gracias a la previsión de aquella mujer que un día debió de preguntarse qué sería de Carlos cuando ella faltara. Veamos.

Mediada la primera década del siglo XX, la apacible cotidianidad de su estancia en Cantabria, primero en Cueto y luego en Bezana, se resquebraja. La muerte de su madre en junio de 1905 y el obligado final de su actividad como avicultora (⇑), acuciada por las pérdidas económicas derivadas del desahucio de su primera granja y del robo de gallinas en la segunda, la empujan a tomar decisiones mirando al futuro. No tardará en mudarse a Asturias, donde vivirá hasta el día de su muerte, tampoco en integrarse en Los Previsores del Porvenir, una asociación mutua de ahorro para pensiones vitalicias que había sido fundada en mayo de 1904: el asociado pagaba una cuota mensual de una a cinco pesetas, para recibir a los veinte años de su ingreso una renta anual, pagadera por trimestres vencidos.  

La opción resulta interesante, por más que ese periodo de veinte años supusiera unas perspectivas bien diferentes, pues a finales de 1906 Rosario de Acuña tenía 56 años y Carlos 38. Ciertamente él cuenta con una mayor probabilidad de poder cobrar la pensión vitalicia, pero visto lo visto, parece que de eso es de lo que se trata. El caso es que doña Rosario da el paso adelante: en el mes de enero de 1907 ingresan en la sociedad Los Previsores del Porvenir como «asociados protectores», una categoría establecida en los estatutos para quienes, en vez de ingresar la cuota correspondiente mes a mes durante dos décadas, optan por satisfacer las 240 cuotas mensuales en un solo pago.  

La opción elegida implica que no hay que darle más vueltas al asunto, que no hay que estar pendiente del pago cada uno de los meses y que solo habrá que esperar veinte años: a finales de 1926 llegará esa pensión vitalicia. 

Rosario de Acuña Villanueva no la llegó a cobrar, pues se murió el 5 de mayo de 1923, tres años antes de la fecha señalada. Carlos Lamo Jiménez, sí. En los inicios del año 1927, tras haber enviado la oportuna solicitud con el justificante de su derecho a pensión, recibe el carnet-libreta de pensionista con el número 51652-B.   

 



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26 diciembre

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández


Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

–Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría (1), que le decía de sus dibujos:

–Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Fotografía de Rosario de Acuña en El Cervigón Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes (2) de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

–¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

–¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

–Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández
El Noroeste, Gijón, 4-5-1924


Notas

(1) Probablemente se refiera a Luis Bavaría Bou (Barcelona, 1882-La Habana, 1940), caricaturista que desarrolló buena parte de su carrera profesional en Madrid, en el diario El Sol.

(2) Joaquim Pereira Teixeira de Vasconcelos (1877-1952), considerado por algunos el poeta portugués moderno más importante hasta la aparición de Fernando Pessoa, quien dijo de él que era «uno de los mayores poetas vivos y el mayor poeta lírico de la Europa actual».

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 19-11-2010.




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25 diciembre

69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández

Como se contaba en el comentario anterior (⇑), en el año 1924 Carlos Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922), que de cuando en cuando subía hasta El Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas, aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia:

Imagen de una biblioteca (archivo del autor)

La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos, que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

En un retrato reciente (⇑), bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de don Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.
La Libertad, Madrid, 19-10-1924


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 23-7-2010.




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