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04 septiembre

275. Una carta llegada desde el exilio

 

Poco a poco, como a cuentagotas, vamos conociendo algunos de los hitos de su exilio portugués. Tal y como se cuenta en el comentario 134. Proceso, exilio e indulto (⇑), sabemos que debió de entrar por la frontera de Tuy y que los primeros meses estuvo alojada en un hotel de Valença, a la espera de saber cómo se desarrollaban los acontecimientos; que apoyó al Gobierno Provisional de la República (⇑) frente a las fuerzas clericales que se oponían a la nueva legislación para secularizar el Estado; que a finales del mes de marzo de 1912 abandonó la localidad fronteriza en dirección a Lisboa; que a partir de entonces se dedicó a recorrer el país vecino; que compartió mesa y mantel con Alfonso Costa, quien no tardando se convertirá en presidente de la República, o que durante una de sus expediciones por aquellas tierras ascendió hasta la zona de las lagunas en la Sierra de la Estrella, como pone de manifiesto esa fotografía suya, tan repetida últimamente,  que tiene por escenario un nevero en la laguna Redonda.

Pues bien, ahora podemos añadir un nuevo dato, un nuevo documento. Se trata de una carta que desde el exilio envió como respuesta a la que había hecho llegar Berthe Delaunay. Pero, vayamos por partes, ¿quién es ella y cuál era el objeto de su misiva?

Página inicial del artículo (izda.), fotografía de Berthe Delaunay (dcha.)

Aunque no se apellidaba Delaunay, que era el apellido de su marido, como Berthe Delaunay era conocida en el mundo periodístico y en el ámbito de las vanguardias intelectuales. Colaboró en diversos medios franceses como Gil BlasLe Gaulois o Matin, en cuyas páginas se publicó la entrevista que mantuvo  con el dictador venezolano Cipriano Castro, la única que concedió durante su visita a Francia en diciembre de 1909. De su interés por la cultura y la vida española pueden dar buena cuenta sus frecuentes visitas o su residencia en Barcelona en los años de la Primera Guerra Mundial; también la carta que envía al director de Heraldo de Madrid con diversas observaciones sobre algunas reformas efectuadas en el Museo del Prado, a resultas de las cuales las obras de Goya han quedado dispersas en varias salas. 

Conocedora de las protestas populares contra el envío de tropas, especialmente de reservistas, para luchar en tierras marroquíes en la llamada Guerra de Melilla (que dieron lugar en el verano de 1909 a la conocida como Semana Trágica, con varias decenas de muertos, centenares de heridos y millares de detenidos), Berthe se propone conocer cuál es la opinión de los españoles sobre Marruecos, sabiendo como sabe, y así lo afirma desde el principio, que existe un temor generalizado ante las amenazas que suponen las guerras coloniales, así como una airada repulsa contra los políticos responsables  de haber metido al país en la aventura marroquí. 

En la lista de personas que piensa entrevistar en su periplo por diversos lugares de España se encuentran un jefe de cocina de Bilbao, un soldado, un diputado, un canónigo, el presidente de la Cámara de Comercio de Madrid, el líder del Partido Socialista o la escritora Rosario de Acuña.

Además de por ser mujer y escritora distinguida, («la decana de las mujeres de las letras españolas», ardiente polemista que llevaba ya largos años combatiendo, pluma en mano, los prejuicios, la hipocresía y la injusticia, según ella cuenta en su artículo), creo que, al menos, hay otras dos razones que pueden explicar el hecho de que doña Rosario forme parte de esa lista. La primera tiene que ver con la amistad que ambas comparten con Luis Bonafoux (⇑), razón por la cual resulta verosímil pensar que el nombre de Rosario de Acuña hubiera surgido en alguna de sus conversaciones parisinas, como sí sabemos que lo hizo, por ejemplo, el del pintor Evaristo Valle por quien se interesó Berthe al contemplar algunos de sus cuadros, y de quien Bonafoux dio cumplidas explicaciones, de su estancia en París y de su muerte como artista, en el caso de que el Ayuntamiento de Gijón persistiera en su intención de retirarle la pensión que años atrás le había concedido. La otra tiene más que ver con el asunto de su investigación periodística, pues años atrás doña Rosario había escrito La voz de la patria, su última obra dramática, que tiene por protagonista a un reservista que es llamado para combatir en Melilla, en la anterior guerra, conocida como Primera Guerra del Rif. En 1909, con ocasión de las revueltas que siguen a la nueva llamada de reservistas en esta nueva guerra, la autora la recupera el drama, dirige los ensayos y la estrena en el gijonés teatro Jovellanos: «Su sentido patriótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a "hacerla" en Gijón».

Fuera por estas o por otras razones, lo cierto es que Berthe quiere entrevistar a esta escritora de quien sabe que lleva décadas combatiendo «pluma en mano, los prejuicios, la hipocresía y la injusticia». Sabe que vive a las afueras de Gijón, en una pequeña casa de campo situada al lado del mar. Viene bien informada pero, sorpresivamente, cuando llega hasta allí se encuentra con que las puertas están cerradas y no hay rastro de que allí viva alguien. Intrigada por aquel inesperado revés preguntó por los motivos de aquella ausencia y fue entonces cuando le dijeron que se había ido del país «porque los estudiantes habían ido a tirar piedras contra su casa a raíz de un artículo que había publicado contra ellos». Bueno, en realidad, sabemos que no fue por las piedras, que fue para evitar las consecuencias del proceso que se había abierto contra ella por el asunto de La Jarca (⇑)

El caso es que a la señora Delaunay aquel asunto le hizo olvidar el motivo de su presencia en aquella casa o, al menos, que pasara a un segundo lugar. Lo que entonces quería saber qué crimen había cometido doña Rosario para que se viera obligada a huir de aquella manera. Así que, no sé muy bien cómo, pero le hizo llegar una carta a Valença que era, dadas las fechas, donde por entonces se encontraba. 

De la respuesta que no tardó en recibir conocemos una parte, la que su destinataria incluyó en su reportaje titulado «Opinions espagnoles sur le Maroc» que fue publicado, junto a los textos de las entrevistas que sí realizó, en el periódico parisino La Grand Revue y a cuyo contenido, traducido del original por Irene Fernández Fernández, podemos acceder pulsando aquí (⇑).

 



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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05 noviembre

136. Un abanico contra el hambre


Tras la revolución bolchevique, no resultaba inhabitual que la prensa occidental dedicara algún que otro espacio a comentar las penurias que sufría la población rusa. Cada cierto tiempo «el hambre en Rusia» surgía también en las páginas de los periódicos españoles (¡hay sitios donde están peor que nosotros!; ¡la revolución no es el camino!), con noticias acerca de la miseria que asolaba los campos rusos, que obligaba al pueblo a rebuscar entre la basura y aprovechar las cáscaras de patatas. Dejando a un lado lo que de propaganda pudiera haber en las noticias publicadas, lo cierto es que a principios del año 1921, la situación parece haberse agravado hasta el punto de que Máximo Gorki, en un telegrama enviado al escritor alemán Gerhart Hauptmann, solicita con urgencia «al mundo civilizado de Europa y América» pan y medicamentos para hacer frente al hambre que padecen millones de rusos a causa de una mala cosecha.
 
Fotografía de unos niños rusos a la espera de recibir ayuda alimentaria (otoño 1921)

La difusión del llamamiento de Gorki surte sus efectos y en América y Europa surgen iniciativas de ayuda. Pero la solidaridad no puede ser absoluta. Para los gobiernos occidentales el régimen ruso representa la revolución y ayudar a Rusia es dar soporte a la revolución. Mientras los dirigentes de uno y otro lado se echan la culpa de la situación (los gobiernos occidentales, firmantes de la Entente, cargan contra la economía comunista; los soviéticos dicen que el hambre resurge en Rusia cuando las cosechas son malas y que el bloqueo les impide abastecerse en el exterior para paliar la escasez), los millones de rusos hambrientos encuentran  la solidaridad del proletariado universal.

Son numerosas las iniciativas que se ponen en marcha en España para recaudar fondos con los cuales socorrer a las víctimas de la hambruna. En Gijón es el Ateneo Obrero quien toma la iniciativa de convocar a diversas entidades de la ciudad al objeto de «aunar voluntades y de ejecutar la acción mancomunada que se considere más oportuna». El proyecto echa a andar con varias vías de recaudación: por un lado, se abre una colecta pública a la que contribuyen  particulares y sociedades; por el otro, se organiza una exposición de arte con las obras que varios pintores han donado para la ocasión. Allí se encuentran cuadros de Manuel Medina, Nicanor Piñole, Evaristo Valle o Paulino Vicente. A su lado, un abanico, un hermoso abanico que, según se dice en la dedicatoria, fue bordado décadas atrás por Dolores Villanueva Elices.   

Nada que ver con aquellos otros que regalara, cuando Madrid era una fiesta, en las funciones de homenaje a las actrices, como la celebrada en el teatro Español a beneficio de Elisa Mendoza Tenorio en la primavera del ya lejano 1880. Rosario de Acuña, la donante, cuenta ahora setenta y un años de edad y su situación económica no es nada boyante. Por mejor decir, pasa necesidad. Tras regresar del exilio portugués, que se llevó la mayor parte de sus ahorros,  tuvo que hipotecar su vivienda y como en aquella casa no entran al mes más cuartos que los veinte duros de su pensión, en alguna ocasión se vio obligada a empeñar alguno de sus ya menguados recuerdos familiares. Aunque la situación no está para dispendios, el dolor de sus semejantes no le es ajeno, nunca lo ha sido. La solución: el abanico. Un abanico de gran valor sentimental que será subastado el último día de la exposición. Un abanico que tiene además una dedicatoria:

Este abanico fue bordado por mi madre, Dolores Víllanueva, para mi canastilla de boda. Hace 50 años que la ofrenda de sus manos primorosas está en mi poder, y hoy la entrego a la comisión organizadora para socorrer, desde Gijón, a los hambrientos de Rusia, siendo mi deseo que los afortunados de esta hermosa Asturias, en cuyos lares se rinde tan fervoroso culto a los progenitores, justiprecien mi donativo, no sólo por su valor intrínseco y artístico, sino atendiendo a la representación del puro amor materno, conservado, con veneración filial, durante medio siglo. ¡Que los próceres asturianos, que los enriquecidos por su laboriosidad inteligente, engasten en el oro de su generosa piedad esta presea, para mí riquísima, y quedando unidos, por la virtud de la caridad, su noble desprendimiento y mi renuncia a la posesión de este recuerdo, logremos salvar de la muerte algunos seres, desgraciados hermanos nuestros.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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