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12 diciembre

248. Una vieja luchadora en la Huelga del Diecisiete

 

A pesar de que España se mantuvo oficialmente neutral en la devastadora guerra que asolaba a Europa, la vida se fue haciendo más dura para buena parte de su población como consecuencia de aquel conflicto que años después se denominó Primera Guerra Mundial. El aumento de la actividad económica, provocada por una mayor demanda de aquellos productos que habían dejado de producir los países en guerra, derivó en un descontrolado proceso inflacionario: las constantes subidas de precios se comían rápidamente los aumentos salariales. La carestía de las subsistencias azuzó el descontento social, hasta el punto de que en el seno de los dos sindicatos mayoritarios se fueron abriendo paso las propuestas más contundentes.  Con el objetivo de forzar al Gobierno a intervenir en el control de los precios, la Confederación Nacional del Trabajo y la Unión General de Trabajadores acordaron convocar una huelga general de veinticuatro horas. Fue la primera de este tipo en España y tuvo lugar el 18 de diciembre de 1916 con altas tasas de seguimiento (en algunas ciudades solo abrieron las farmacias y los estancos). Animados por  el éxito obtenido, los sindicatos empiezan a pensar en la posibilidad de convocar una huelga general indefinida si las autoridades gubernamentales no se avienen a sus peticiones.

Como si la unidad mostrada por la clase trabajadora hubiera provocado reacciones balsámicas en su ya cansado organismo, Rosario de Acuña parece encarar el nuevo año con renacida esperanza, dispuesta a continuar interviniendo en la tribuna pública, dando por terminado el voluntario silencio que siguió tras el regreso de su exilio portugués. El año empieza, en efecto, con una mayor presencia en la prensa amiga de lo que ha sido habitual en los últimos tiempos, pues a sus propios escritos hay que añadir aquellos otros que se ocupan de su persona, bien para alabar su trayectoria vital («Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y estudie…»), para sumarse a la propuesta de convertirla en miembro de la Academia Española que públicamente realiza Castrovido en El País; o la elevan a la categoría de ejemplo vivo de la heterodoxia («es muy conocida en todos los centros intelectuales donde haya un poco de arte y un mucho de revolución»).

En cuanto a los que ella publica, tal parece que están cargados de una renacida radicalidad, lo cual debió de poner nervioso a más de uno en un momento en el que militares, fuerzas de la oposición y sindicatos están poniendo en evidencia la descomposición del sistema político de la Restauración. No duda en reafirmar su antiguo republicanismo, arremeter contra «las fuerzas reaccionarias» en las que «renace el espíritu inquisitorial, cruel, sanguinario, de tiempos pasados»; o tomar partido por los países aliados que están haciendo frente en las trincheras europeas a quienes defienden «la regresión hacia ideales gastados, desmenuzados, inútiles ya para el camino de progresión». Se posiciona, de forma y clara y rotunda,  frente a las fuerzas que sustentan al Gobierno o, quizás mejor, al lado de quienes pretenden derribarlo.

Probablemente sea el artículo que aparece en El Noroeste el 12 de mayo con el título «La hora suprema» el que más recelos pudo haber despertado en los círculos regionales de poder. Se trata de un escrito en el cual, dirigiéndose «particularmente a las izquierdas de Asturias», les impele a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto». Aquellas palabras no pudieron pasar inadvertidas a los delegados gubernativos en la región, pues bien parecen que están alentando a que convoquen esa huelga general de la cual no hace más que hablarse desde que a finales de marzo se firmara en Madrid un acuerdo entre la UGT y la CNT. Tampoco debió de pasarles inadvertida su asistencia al gran mitin aliadófilo que se celebró en Madrid el último domingo de mayo organizado por las fuerzas de la oposición, y del cual la escritora dio cumplida cuenta en el artículo «Ráfagas de huracán» que publicó el semanario madrileño El Motín.

 José Uría y Uría: Después de la huelga (Museo de Bellas Artes de Asturias)

La llamada pública a la unión de las fuerzas «de izquierda»  es lo que en aquella primavera de 1917 parece inquietar especialmente a las autoridades provinciales, recelosas ante todo lo que pudiera estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se para de hablar. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid. En los inicios del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la librepensadora. Buscaban panfletos, pasquines... las «proclamas de Marcelino Domingo», el mismo diputado socialista que, tan solo unos días antes y en las páginas de El Noroeste, había planteado que nuevos hombres, desligados de los partidos en turno, asumieran la dirección del Estado y dieran paso a un proceso constituyente. No encontraron nada, tan solo la contundente respuesta de la dueña de la casa: «Yo no necesito leer proclamas, si acaso las escribiría».   

Unos días antes del registro, los ferroviarios de Valencia habían iniciado una huelga que precipitará los acontecimientos: el Gobierno declara el estado de guerra, la Federación Nacional de Ferroviarios anuncia que si los trabajadores valencianos no son readmitidos convocará a todos sus afiliados del país a una huelga general para el 10 de agosto, la empresa no cede... La huelga de los ferroviarios sorprende a los dirigentes ugetistas trastocando el plan acordado con la CNT. A pesar de considerarla prematura, la UGT, que no podía dejar abandonados a los ferroviarios, decidió convocar una huelga general indefinida que se iniciaría el lunes 13 de agosto. Aunque las circunstancias no eran las más convenientes, pues quedaban muchos aspectos por debatir y muchos temas por concretar, no había marcha atrás y la huelga debería de ser general y revolucionaria y así lo hizo saber el comité de huelga en el manifiesto publicado el día anterior: no cesaría «hasta no haber obtenido las garantías suficientes de iniciación del cambio de régimen». 

A pesar de lo precipitado de la convocatoria, la huelga fue un hecho: pararon los principales centros industriales y mineros del país, así como las grandes ciudades. El Gobierno (que al decir de algunos habría precipitado los acontecimientos para no dar tiempo a los sindicatos a organizarse convenientemente) detuvo a los integrantes del comité de huelga y reprimió duramente a los huelguistas, dando por restablecido el orden cinco días después, aunque se mantuvo activa en Asturias algunas jornadas más. Dispuestos a acabar con aquel último reducto huelguista, los regidores gubernativos no quisieron dejar ningún cabo suelto. En la madrugada del 22 de agosto varios guardias civiles se presentan de nuevo en la casa de doña Rosario, uno de ellos, de paisano, armado de pala y azadón: venían a cavar en busca de  «bombas, armas, municiones y papeles» que supuestamente allí se habían enterrado. 

Aunque aquellos intempestivos registros no hacían más que confirmar que su nombre volvía a estar en el punto de mira de los celosos guardianes de la ortodoxia, aunque lo más sensato y razonable hubiera sido, por tanto, alejarse de la primera línea de confrontación, ella no podía hacerlo sin antes saldar una deuda de solidaridad con los miembros del comité de huelga que habían sido  detenidos, sometidos a un consejo de guerra bajo la acusación  de sedición y condenados a cadena perpetua. El domingo 25 de noviembre acude a la manifestación convocada por socialistas, republicanos y reformistas para exigir la amnistía para Anguiano, Besteiro, Saborit y Largo Caballero: en la cárcel también estaba encerrada la esperanza que había depositado en la clase trabajadora, ansiaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso.

Lejos han quedado los tiempos en que confiaba que la regeneración patria podía venir de la mano de aquellas mujeres ilustradas que, abandonando la enfermiza vida urbana e instaladas en sus nuevas residencias campestres darían a luz a una nueva sociedad ilustrada y racionalista. Las dificultades económicas por las que atraviesa en los últimos años de su vida van a situarla al lado mismo de los más necesitados, con quienes compartirá estrecheces y penalidades, anhelos e ilusiones. Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!». De ahí que tras aquella huelga general, también está más próxima a aquellos que encabezan la lucha.

La madrileña Agrupación Feminista Socialista, tras enterarse por la prensa de los registros, hace pública su enérgica protesta contra semejante tropelía, al tiempo que manifiestan su admiración por la librepensadora y su deseo de contar con ella «para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación». Tiempo después, al aproximarse el aniversario de la huelga, los socialistas quieren contar con su testimonio para hacerlo público en el órgano del partido obrero y doña Rosario no puede menos de manifestar en las páginas de El Socialista cierta desazón por los magros logros cosechados por una huelga que pretendió ser revolucionaria. Tras varios días de horrores y de martirios, de correr sangre por ciudades y campos, la Semana Roja dio paso a una revolución blanca, una serie de leyes «liberales, progresivas, emancipadoras». No cabe otra cosa que seguir mirando al futuro con la esperanza puesta en las mujeres proletarias:

De las mujeres del pueblo, que son las que aguantan las bestialidades de toda clase de machos, ha de surgir el núcleo de las rebeldes, e ínterin ellas primero y todas después no se rebelen en todos los órdenes de la vida moral y social de España, seguirán haciéndose revoluciones blancas.




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29 enero

182. Amigo Teodomiro


Teodomiro Menéndez Fernández (Oviedo, 1879-Madrid, 1978). Fotografía publicada en 1918
Cierto es que dejó escrito (⇑) que no pertenecía a ningún grupo social organizado («yo que no soy -ista de ninguna clase...»), que a nadie ni a nada rendía la integridad de su razón; cierto es también que manifestó (⇑) que no se consideraba socialista «en el sentido dogmático y científico de la palabra». Pero no es menos cierto que mantuvo buenas relaciones con unos cuantos dirigentes socialistas y que colaboró en algunas de sus iniciativas; que ya en Cantabria participó en un ciclo de conferencias organizado por la federación local de la UGT, pronunciando una dirigida a las mujeres que llevaba por título  «La higiene en la familia obrera» (⇑), y que colaboraba con el  semanario La Voz del Pueblo, dirigido por el socialista Isidoro Acevedo, quien de tanto en tanto le solicitaba sus escritos.

Esta proximidad a los socialistas se hizo aún más patente durante la última etapa de su vida, la de su residencia en Gijón. Fueron los integrantes de la Juventud Socialista Gijonesa quienes tomaron la iniciativa: decidieron incluir en los actos del Primero de Mayo de 1914 la celebración de un té fraternal presidido por la ilustre librepensadora, en lo que constituía el primer acto público en el cual participara desde su reciente regreso del exilio portugués (⇑).  A partir de entonces, la clase obrera gijonesa no se olvidó de aquella veterana luchadora en las celebraciones sucesivas. Durante los últimos años de su vida, la ilustre librepensadora recibía en esa fecha tan señalada a las decenas de trabajadores que hasta su casa se acercaban para interesarse por su estado y mostrarle su respeto.

El proceso de acercamiento progresivo a la clase trabajadora, iniciado en tierras cántabras, es ahora, tras su retorno del exilio, mucho más evidente. No es solo por justicia social; es también una  cuestión de esperanza: anhelaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso. No podía menos que confiar en quienes, hurtando horas al merecido descanso tras las largas jornadas de trabajo intenso, eran capaces de  acudir a las clases nocturnas: «No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse». Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!».

No es de extrañar, por tanto, que tras varios meses de retiro y de silencio durante los cuales el olvido se afanó en tapar las ofensas recibidas,  fuera una publicación socialista la que acogiera sus palabras: a primeros de septiembre de 1915 La Aurora Social, periódico de las agrupaciones socialistas de Asturias publicará una carta suya (⇑). Desde entonces, terminado el periodo de voluntario alejamiento de la pública tribuna, sus escritos aparecerán de forma esporádica en las páginas del semanario socialista editado en Oviedo. También en las de  Acción Socialista, «revista semanal ilustrada», órgano del grupo de igual nombre constituido por militantes pertenecientes a las Juventudes Socialistas Madrileñas, cuyo director era Andrés Saborit, en cuyas páginas aparecerán por entonces algunas obras de doña Rosario, en el mes de octubre de ese año quince se publica en portada su soneto «¡Por saturación...!» (⇑) y unas semanas después un artículo titulado «Los deportes del porvenir» (⇑).

No solo se acercó a las páginas de la prensa de los trabajadores (se confiesa lectora habitual de El Socialista), sino que también mantiene una buena relación con alguno de los dirigentes socialistas. Tal es el caso de Isidoro Acevedo, al que me he referido anteriormente, y de Teodomiro Menéndez, directores ambos, claro está que en momentos diferentes, del semanario La Aurora Social. Si la amistad con el primero se fraguó en los años en que ambos vivían en Cantabria, la que entabló con Teodomiro fue más tardía, no por ello menos intensa ni fluida, pues a su condición de socialista unía este último la de su pertenencia a la masonería, lo cual, supuestamente, habría de facilitar la comunicación entre ambos.

El jueves 13 de enero de 1916 el diario gijonés El Noroeste publica un escrito remitido por Teodomiro Menéndez en el cual denuncia las malas artes de «la gente reaccionaria y clerical» de Oviedo. Resulta que las huestes eclesiales acechan día tras otro el hogar de un obrero moribundo, militante antiguo,  «un hombre honrado que defendió siempre los ideales de la libertad y del socialismo». Ofrecen un escapulario para su letal tuberculosis, ayuda y protección para sus hijos. Y todo a cambio de que aceptara la entrada de un padre carmelita «para reconciliarle con la Iglesia y absolverle de sus errores».

El autor del escrito, Teodomiro Menéndez Fernández, tenía por entonces treinta y seis años de edad y contaba con una ya larga trayectoria en el seno de la UGT y del PSOE. Compatibilizó su trabajo en la ovetense fábrica de armas con los cursos de la Extensión Universitaria y en 1901 ingresó en la Agrupación Socialista de Oviedo. Asistió como delegado a los congresos de la UGT celebrados en 1905 y 1908. Fue presidente de las Juventudes Socialistas y director de La Aurora Social  desde 1909 a 1911, año en el que fue elegido concejal del Ayuntamiento de Oviedo. En 1912 ingresó en la masonería, en la logia  Jovellanos nº 337 de Gijón. 

Quien no tarda en darse por enterada de la denuncia es Rosario de Acuña y Villanueva, que cuenta por entonces con sesenta y cinco años de edad y una larga trayectoria como incansable luchadora en defensa de la libertad y de los más desfavorecidos. Quisiera descansar, gozar de la tranquilidad de una vida retirada, al lado del mar, pero noticias como esta, agresiones como las que sufren algunos de sus convecinos, se lo impiden. Tras leer lo que en el escrito se cuenta, tras conocer el asedio al que es sometido aquel enfermo desahuciado, no puede hacer otra cosa que coger la pluma y salir de nuevo a la palestra, para escribir dos cartas, la una remitida a Teodomiro Menéndez (⇑), la otra al obrero ovetense Faustino Fernández (⇑).

Al año siguiente volverán a estar en la misma trinchera. Desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de 1917,  algunos creen llegado el momento de alcanzar un gran acuerdo entre las organizaciones de la izquierda para hacer frente a las fuerzas reaccionarias. Tal es el caso de Rosario de Acuña quien, en «La hora suprema» (⇑), se dirige a «las izquierdas de Asturias» para decirles que «es hora ya de ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones, conservando en la actuación las particularidades de cada grupo (que es lo secundario para el gran ideal de la libertad) e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto...». La convocatoria de una huelga general, apoyada por republicanos y socialistas, va tomando cuerpo.  Al inicio del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro. Teodomiro Menéndez, que tuvo un destacado papel en aquellos días de agosto como responsable que era del Sindicato Ferroviario, fue detenido, encarcelado y, posteriormente, desterrado.

En 1919 se celebran elecciones al Congreso y Teodomiro Menéndez presenta su candidatura por la circunscripción de Gijón. Rosario de Acuña abandona su retiro de El Cervigón para apoyar públicamente al candidato asistiendo al mitin de cierre de campaña. Tras la victoria, coge la pluma y escribe una carta a su amigo (⇑) en la cual, muestra su alegría por el triunfo conseguido («Y he aquí, en Gijón, hecho el milagro, que es de necesidad, se realice en toda España de unirnos, en haz apretado todos cuantos suspiramos […] los albores de una nueva edad»), para conminarle después a trabajar duramente para conseguir el objetivo final: «¡Alerta!, mi muy estimado amigo, […] siga recto derecho y sin más rodeos que las aparentes curvas de los atajos, que, a la postre, hacen más breve la caminata».

Cierto es que manifestó que no se consideraba socialista en el sentido dogmático y científico de la palabra, pero no es menos cierto que colaboró en la prensa del partido, que mostró públicamente su admiración por Pablo Iglesias (⇑), que recorrió decenas de kilómetros para escuchar la intervención de Virginia González (⇑), que en alguna de sus cartas enviadas a algún socialista se autodefinió como «compañera», y que entre sus amistades figurara el amigo Teodomiro.




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12 marzo

102. ¿Qué opina de Pablo Iglesias?



Me preguntan ustedes cuál es mi opinión respecto a Pablo Iglesias. Pues la de que es uno de los pocos españoles por los cuales no se siente absoluta vergüenza de llamarse español...

A pesar de no considerarse socialista en sentido estricto, a pesar de que «no rinde la integridad de su razón a nadie ni a nada», sí que ha confesado ansiar «la hora solemne en que a las cumbres suban los miserables y bajen a las honduras los ensoberbecidos»; también su simpatía por algunos dirigentes socialistas.  La sintonía con algunos de ellos viene de atrás, al menos desde los primeros años del siglo XX, cuando residía en Cantabria. Por entonces colabora con el primer periódico socialista que se editaba en Santander, el semanario La Voz del Pueblo que dirigía  el asturiano Isidoro Rodríguez González (conocido como Isidoro Acevedo), quien, según él mismo nos ha contado «requería el concurso de su pluma –y en alguna ocasión el de su palabra hablada– para asociarla a determinadas tareas de nuestra obra colectiva». Esta colaboración proseguirá en Asturias, cuando doña Rosario traslade su residencia a Gijón y Rodríguez Acevedo reciba el encargo de dirigir el semanario ovetense La Aurora Social.

A la vieja amistad que le une a Isidoro Acevedo, hay que añadir la de Teodomiro Menéndez (⇑) a quien apoya públicamente en la campaña electoral de 1919, o la de Virginia González, dirigente nacional con quien coincide en algunos mítines celebrados en Asturias y a quien rinde homenaje en las páginas de El Socialista con ocasión del Primero de Mayo de 1920 (⇑)... No hay que olvidar tampoco que en 1917 doña Rosario afirma  que solo lee El Socialista y algunos periódicos portugueses, ni que, desde que retornara a Gijón tras el exilio portugués, su figura adquiere cierto protagonismo en las celebraciones del Primero de Mayo gracias a la iniciativa de las Juventudes Socialistas de invitarla en 1914 a los actos que organizan ese día.

Fotografía de Pablo Iglesias publicada en la portada de Acción Socialista, 26-12-1915
Pablo Iglesias
Acción Socialista, 26-12-1915

Poco antes, el 21 de marzo, se publica en Madrid el primer número de  Acción Socialista, «revista semanal ilustrada», órgano del grupo de igual nombre constituido por militantes pertenecientes a las Juventudes Socialistas Madrileñas. Dirigida por Andrés Saborit, sus páginas acogerán artículos de carácter doctrinal junto a otros de actualidad. En el número 81, de tres de octubre de 1915, modifica su cabecera para añadir la leyenda «literatura, cuentos, poesías, estudios sociales y científicos, etc.». Será entonces cuando en sus páginas aparezca la firma de Rosario de Acuña junto a las de Pablo Iglesias, Jaime Vera, Daniel Anguiano o el propio Saborit. Ese mismo mes de octubre se publica en portada su soneto «¡Por saturación...!» (⇑) y unas semanas después un artículo titulado «Los deportes del porvenir» (⇑).

Para contrarrestar «la cobarde calumnia lanzada misteriosamente por [el semanario] El Dominó Negro» la revista lleva a cabo una encuesta entre diversas personalidades a quienes  proponen responder a la siguiente pregunta: ¿Qué opina usted de Pablo Iglesias?

Las respuestas se publican en el número que sale a la calle el día 26. Allí están las opiniones de Gabriel Alomar, Joaquín Dicenta, José Ortega y Gasset, Américo Castro, Miguel de Unamuno, Antonio Zozaya, Gumersindo de Azcárate... He aquí la que envió Rosario de Acuña y que está fechada en Gijón el 15 de diciembre:

Me preguntan ustedes cuál es mi opinión respecto a Pablo Iglesias. Pues la de que es uno de los pocos españoles por los cuales no se siente absoluta vergüenza de llamarse español.

Si la burguesía patria, esa masa amorfa de la que apenas sale ya otra cosa que zoquetes deformes: unos, para ser molinillos en el remate de la perinola de la pedantería, y otros, para chapotear en el fangal de todas las bribonadas. Si esa burguesía contase siquiera con un millar de hombres de la hombría de bien, seriedad, firmeza de convicción, constancia en el ideal y voluntad activa y seguida para la propaganda, podría decirse que había clase media en España, y no una inmensa manada de atortolados, que berrean, mirando a dos polos: el de la vanidad o el de la gamella. 

Pablo Iglesias, como otra escasísima porción de hombres de España –unos muertos ya y olvidados, y otros vivos aún, pero olvidados también– representará en la historia de nuestros últimos días la sagrada hueste que quiso –y vivió y trabajó para lograrlo– rehacer en lo posible la personalidad recia, honrada, valiente, sensata y digna que tuvimos... (y perdimos, creo que para siempre) los españoles.

Y no hagan caso de esos pasquines y libelos que pululan por la corte. En un ambiente en que la justicia anda a trompicones, siempre haciendo zalemas al mando y cortesías al éxito; en un país tan completamente disgregado en bandos, banditos y bandidajes de todas castas y colores, las escorias humanas borbotean en las superficies y salpican, sin ton ni son, unas veces a unos y otras a otros... Mas en los crisoles queda siempre el oro puro y brillante. ¡Si fuéramos a entretenernos en quitarnos salpicaduras, ya teníamos trabajo para toda la vida! Bien está una sacudida de cuando en cuando, pero sin más trascendencia. A Pablo Iglesias no podría mancharle ya ni aun una apostasía: su obra de cuarenta años le asegura la inmortalidad, sin pasquines y aun sin defensores. 




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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15 septiembre

23. Un busto para el colegio Rosario de Acuña


Aunque tras su fallecimiento no faltaran quienes se dedican a enaltecer su memoria (además de Carlos Lamo, su inseparable compañero (⇑), y de su hermana Regina, es preciso destacar a Roberto Castrovido, director de El País, que no desaprovechará ocasión alguna para reclamar público reconocimiento para la escritora ⇑), no será hasta la proclamación de la Segunda República cuando empiecen a surgir voces reivindicando el legado de Rosario de Acuña y Villanueva, «una figura intelectual y literaria que honra a su tiempo y a su patria, que debe de ser orgullo de su sexo...»

Las nuevas autoridades no se olvidan de ella a la hora de las denominaciones oficiales para los nuevos centros escolares que se construyen por entonces: uno de los dieciocho colegios que integran el ambicioso plan del Gobierno de la Segunda República para paliar la escasez existente llevará su nombre.


El grupo escolar Rosario de Acuña está situado en la calle España, barrio de Aluche, distrito de La Latina. Tiene capacidad para 300 alumnos distribuidos en seis aulas y dispone de cuarto de duchas, comedor, patio de recreo cubierto, y un local destinado a inspección médico-escolar.

Tras la apertura del pertinente plazo para que las familias pudieran inscribir a sus hijos en los nuevos colegios, todo está preparado para la ceremonia de inauguración, acto solemne que se quiere hacer coincidir con el aniversario de la proclamación de la Primera República. Para que nada falte la Junta Municipal de Enseñanza edita un folleto titulado ¿Quien fue Rosario de Acuña? destinado a los niños y a los vecinos de la barriada donde se ubica el colegio.

Busto de Rosario de Acuña  Obra del escultor Jose Mª Palma  (Heraldo de Madrid, 13-2-1933)Coincidiendo con tan señalada celebración, el Ateneo de Madrid organiza una velada en honor de la escritora que tiene lugar el 10 de febrero de 1933, la víspera de la inauguración del colegio que lleva su nombre.

En el centro del estrado, y en plano superior sobre las rojas cortinas, destaca el busto en bronce de la ilustre escritora que el escultor Palma acaba de perfilar, y en el cual un parecido exactísimo refleja el carácter firme y enérgico de aquella mujer, toda delicadeza para el débil, toda entereza para resistir a los fuertes.


En el transcurso del acto intervinieron los diputados Eduardo Barriobero y Rodolfo Llopis quienes, al igual que el resto de oradores, pronunciaron palabras de reconocimiento hacia la figura de la homenajeada: «El señor Barriobero afirmó que, si en ocasiones él hace oposición al Gobierno de la República porque desea una mayor perfección, ahora tiene que agradecer a la República que rotule un grupo escolar con el nombre de Rosario de Acuña, cuyos libros deben circular en las escuelas. Este homenaje responde a un sentimiento unánime del pueblo asturiano. El señor Barriobero lamentó que no se pueda encontrar en las enciclopedias, redactadas por jesuitas, el nombre de aquella insigne librepensadora»

Durante la velada, el escultor José María Palma hizo la presentación del busto de Rosario de Acuña, destinado a ocupar un sitio de honor en el nuevo grupo escolar.

Nota 

Como queda dicho más arriba, el 10 de febrero de 1933 una imagen de Rosario de Acuña –entonces una escultura en bronce– preside la velada que se celebra en su honor en el Ateneo de Madrid. Casi noventa y dos años después, el viernes 31 de enero de 2025, otra imagen suya –en este caso una pintura– vuelve a presidir un acto en la sociedad cultural madrileña: la entrega del cuadro que será integrado en la Galería de Retratos del Ateneo, donde ya figuran las efigies de «históricas ateneístas que contribuyeron a engrandecer la institución, la cultura, la política y el ámbito social español de los siglos XIX y XX». No hay que olvidar que Rosario de Acuña fue la primera mujer en ocupar su tribuna 

Por iniciativa de la Asociación Feminista Les Comadres, el Ayuntamiento de Gijón encargó la obra al pintor Carlos Roces y desde entonces, desde ese 31 de enero de 2025, comparte espacio con los de Carmen Laforet, Carmen de Burgos, Almudena Grandes, Rosa Chacel, Clara Campoamor, Elena Fortún o María Zambrano.

 



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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