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14 octubre

178. ¿Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña?


Vista de la casa de Rosario de Acuña desde El Rinconín (archivo del autor)
Recientemente me acerqué hasta la casa de Rosario de Acuña. Quería comprobar si la conversación que había mantenido meses atrás con un viejo conocido, concejal del Ayuntamiento gijonés, había dado sus frutos; si en el panel informativo que se encuentra al borde de la senda de El Cervigón se había modificado el año de nacimiento de la ilustre librepensadora. Una vez allí, no di de primeras con el objeto buscado  y tuve que volver sobre mis pasos. Al fin, por el hueco existente en la tupida vegetación que rodea la finca, pude ver la lámina metálica, fuera de su sitio, tirada sobre el verde suelo del interior. ¡Qué decepción! No solo no habían cambiado el año –a pesar de que desde hace ya un tiempo disponemos de la documentación que prueba que nació en 1850 (⇑)  y no un año después como allí figura–, sino que la única fuente de información acerca de doña Rosario con la que contaban los numerosos vecinos y visitantes que por esta senda transitan yacía ahora por los suelos. Aquello era, sin duda, un paso atrás para cuantos llevamos años empeñados en la tarea colectiva de recuperación de la memoria, del testimonio vital, de quien fuera una de nuestras ilustres convecinas.

Casa de Rosario de Acuña. El panel informativo en el suelo (archivo del autor)

¿Cómo podía ser posible que precisamente ahora, cuando su nombre recupera protagonismo en otras ciudades, la casa en la que pasó los últimos años de su vida fuera a perder su singularidad para convertirse en una más, en otra de las edificaciones que, de tanto en tanto, jalonan este privilegiado sendero? Contrariado por el resultado de mi visita, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a revisar la documentación que disponía acerca de aquella vivienda cuya historia dio comienzo en 1909 cuando doña Rosario, que había decidido vivir en Gijón los últimos años de su vida, se avino a pagar los cuatro mil reales que le pidieron por aquel terreno situado sobre uno de los acantilados de El Cervigón y que ahora, ciento nueve años después, parece condenada a perder su singularidad para convertirse en un elemento más del maravilloso entorno en el que se halla.

* * *

Hace pocos días volví al sendero, volví a la casa. Regresé con la esperanza de que se hubiera reparado aquel lamentable desperfecto. Y, en efecto, así fue: alguien había hecho bien su trabajo y el panel estaba de nuevo en su sitio, razón por la cual es de justicia felicitar a los responsables. Bien está que así lo hagamos, y hecho queda. ¿Punto final? Aunque algunos, ciertamente, bien pudieran dar aquí el asunto por zanjado, creo, por el contrario, que este puede resultar el momento apropiado para plantearnos qué hacer con este edificio de propiedad municipal para conseguir que se convierta en un valioso activo del patrimonio de la ciudad y lograr que, al fin, la casa de Rosario de Acuña deje de estar sometida a los vaivenes de la memoria.

Alejada de la ciudad, la casa fue durante mucho tiempo un punto de referencia en el litoral gijonés (Fotografía de fecha desconocida cedida por Julián Rufino Gómez González)

Durante muchos años, aquella casa no fue otra cosa que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la abrupta costa gijonesa, tal y como manifiesta Patricio Adúriz (⇑), el último cronista oficial de Gijón: «Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña?  Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como esta: “estuve por Rosario Acuña” o “fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña” se repiten, al cabo del año, miles de veces». Ciertamente, a finales de los sesenta del pasado siglo el rastro de su existencia parece haberse esfumado por completo, incluso se ha olvidado la despedida que le tributó el pueblo gijonés aquella lluviosa tarde de domingo del mes de mayo de 1923. Se ha olvidado que cuatro décadas atrás fueron numerosos los gijoneses que se acercaron hasta El Cervigón para dar el último adiós a aquella mujer luchadora; que a pesar de la lluvia persistente, a pesar de lo desapacible del tiempo, una «multitud silenciosa y apenada» acompañó por las calles de la ciudad el modestísimo féretro que, habiendo sido «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo», así siguió, a hombros, durante el largo trayecto que separa la casa del acantilado del cementerio civil, tal y como proclamó a toda plana y en primera página el gijonés diario El Noroeste.

Todo parece haberse olvidado. Y es que, a pesar de que durante algunos años se sucedieron recuerdos y homenajes que mantuvieron viva su memoria; a pesar de que tras la proclamación de la nueva República, dio nombre a varias calles en unas cuantas ciudades, a alguna que otra escuela y algún que otro colegio, tal parece que su recuerdo se esfumó al final de la década de los treinta: una densa borrina ocultó todo rastro de su activa presencia. El nuevo orden establecido por la fuerza de las armas no podía permitir que persistiera la memoria de aquella mujer, masona y librepensadora, empecinada luchadora en pro de la libertad, convencida feminista que siempre defendió el protagonismo de la mujer en la regeneración patria, infatigable luchadora frente a las injusticias, presta a brindar su apoyo a los más desfavorecidos.

La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Fue tan eficaz el mecanismo del olvido que en la década de los sesenta, tal y como señalaba Adúriz, muy pocos eran los que tenían noticia alguna acerca de quién era la tal Rosario de Acuña. Nadie parecía acordarse de que a aquella casa de El Cervigón solían acudir algunos destacados miembros de la sociedad gijonesa del momento (tal es el caso de Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial; Lucas Merediz, destacado dirigente del Partido Reformista; el periodista Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste; o el maestro e higienista Luis Huerta Naves). Tampoco de que aquella vivienda hubiera sido destino del dramaturgo Joaquín Dicenta (⇑), del actor y músico José Tejada; de la dirigente socialista Virginia González o del notable ilustrador y caricaturista Exoristo Salmerón –uno de los hijos de don Nicolás– que cada mes de agosto pasaba allí una temporada en compañía de su mujer (véase el comentario 119. El Cervigón: parada y fonda ⇑). Menos aún de que, en dos ocasiones, fuera también objetivo de las fuerzas policiales. La primera, en diciembre de 1911 cuando la Guardia Civil se encontró la casa vacía pues doña Rosario había huido a Portugal (⇑) para evitar ser detenida, como consecuencia del escándalo que sacudió la universidad española tras la publicación de un artículo suyo en el que condenaba crudamente las vejaciones a las que fueron sometidas unas estudiantes a la salida de clase; la segunda, en el verano de 1917 cuando varios agentes de orden público realizan un minucioso registro a lo largo de cinco horas buscando, al parecer, algunos de los panfletos que animaban a los trabajadores secundar la huelga general. Se ignoraba asímismo que año tras año, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, los obreros realizaban una gira hasta su casa para manifestarle su admiración y respeto. En el olvido permanecía también la visita a El Cervigón de Manuel Azaña (⇑), quien en un viaje realizado a Gijón en el verano de 1933 quiso conocer la vivienda en la que vivió y murió aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.

Aunque la espera fue larga, al final se volvieron las tornas. Las investigaciones que –con el apoyo y el estímulo que desde el exilio mejicano le brindó Amaro del Rosal (⇑)– realizó Luciano Castañón, por un lado, y las del ya citado Patricio Adúriz, por otro, confluyeron en Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑), una vecina de Roces que, habiendo conocido a doña Rosario en su juventud, atesoraba valiosos recuerdos que contribuyeron a disipar una parte de la neblina que durante tantos años había ocultado su recuerdo. No obstante, aún habrá que esperar hasta los primeros años ochenta para asistir a un cambio significativo en este asunto. Entonces confluyeron dos elementos que hicieron posible un nuevo escenario. Por un lado, la decidida voluntad de las autoridades municipales para lograr que el litoral gijonés (desde El Rinconín a Rosario Acuña) se convirtiera en una zona de recreo y disfrute paisajístico; por el otro, el interés del Ateneo Obrero por recuperar la figura de quien fuera una de sus colaboradoras más ilustres. La conjunción de estos elementos, recuperación paisajística del litoral y un mayor conocimiento de aquella ilustre vecina tanto tiempo olvidada, propició que en 1987 los dirigentes municipales se mostraran decididos a comprar la que fuera casa de Rosario de Acuña con la intención de convertirla en un albergue juvenil, «uno de los mejores albergues de España por su ubicación y su calidad», según se dijo entonces.
Estado de la casa antes de la conclusión de las obras de reforma (El Comercio, 1-5-1991)
Tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento acuerda la compra de la vivienda, que se encuentra en situación ruinosa. El proyecto de reforma establece la ineludible necesidad de realizar una ampliación del inmueble: el nuevo albergue tendrá dos plantas, una planta bajo cubierta y un sótano. Dos años más tarde se muda de opinión y, «ateniéndose a criterios puramente estratégicos», se decide que lo que iba a ser un albergue se convierta en una escuela-taller medioambiental que, finalmente, abrirá sus puertas a finales de marzo 1992, manteniéndose en funcionamiento unos cuantos años.

Pero hace tiempo que la escuela taller dejó de funcionar; hace tiempo que aquella casa tiene sus puertas cerradas, sin uso conocido. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años ¿No creen las concejalas y los concejales del Ayuntamiento de Gijón que bien pudiera ser este el momento para darle un uso adecuado a este equipamiento municipal? Ahora que conocemos con cierto detalle su biografía; ahora que tenemos a nuestro alcance buena parte de su obra, bien en papel (gracias al inapreciable trabajo realizado por José Bolado en las Obras reunidas ⇑), bien en formato digital (disponible en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), que mantengo actualizada desde hace años); ahora que ha recuperado protagonismo y está presente en diversos portales culturales (Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑), Biblioteca Nacional (⇑)…); ahora que tanto en Pinto como en Madrid han decidido darle su nombre a diversos equipamientos culturales… ¿no sería posible que aquí en Gijón, el lugar que ella eligió para pasar los últimos años de su vida, se dieran los pasos necesarios para convertir este edificio en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron? ¿No sería posible, por tanto, que pudiera también albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista? ¿No sería posible que, en el caso de que la vigente Ley de Costas planteara impedimentos para que este uso fuera posible, el Ayuntamiento realizara los trámites necesarios hasta conseguir la pertinente autorización, de la cual disfrutan hoy otros edificios del litoral destinados a usos hosteleros, hoteleros o recreativos?

De no ser por el panel informativo que allí se encuentra, la casa de Rosario de Acuña no sería más que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo en la abrupta costa gijonesa. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años. Creo que ha llegado el momento de encontrar una alternativa.

La Nueva España, edición de Gijón, 7-11-2018





Casi cinco años después de que fuera publicado el texto anterior, añado lo que sigue.

En el otoño del año veintidós, como paso previo a la organización de la exposición que me habían encargado organizar con motivo del centenario de su muerte,  visité la Casa. La encontramos tal y como quedó hace años, tras haber cerrado sus puertas como escuela taller. Bueno, no exactamente, pues el viento (que en El Cervigón suele soplar con fuerza), la lluvia y el paso del tiempo hicieron de las suyas, dejando algunas cicatrices en el edificio...

La Casa de Rosario de Acuña en octubre de 2022

Tocaba vaciar el interior y también limpiar el poso acumulado a lo largo todo los años que estuvo cerrada. Además, había que recuperar la muy azotada fachada...  En eso se quedó, pero pasaban los meses y no se veía movimiento alguno en el lugar, parecía que no se llegaría a tiempo. 

Por fin, a mediados de marzo pisé la nueva capa de asfalto recién añadida sobre el camino de los Tilos, en su tramo más cercano a la casa. Pocos días después, todo se activó. Cerraron el hueco en el seto, el que quedó abierto en el lugar que  había ocupado aquella placa, que ya lucía –ahora en el exterior, próxima al sendero– con el año correcto de su nacimiento; se afanaron en preparar el espacio exterior: plantaron tres higueras y un peral, habilitaron un espacio de huerto y otro de jardín de coloridas flores (tal parece que no se atrevieron ni con la parra ni con el gallinero, que eran los otros elementos que figuraban en la descripción de la finca que realizó Mario de la Viña en los años treinta, y que con toda la ilusión les facilité cuando así me la pidieron); repararon el muro bajo, que a modo de zócalo, bordea el exterior de la finca; emplastecieron la fachada y luego la pintaron de un acomodaticio blanco: resplandeciente al sol, irisado de violeta en el nublado... Todo quedó en perfecto estado para la inauguración de la exposición en la fecha prevista.


Adecuación de la Casa de Rosario de Acuña para la exposición

Tal y como se cuenta en el comentario 273. En la Casa de Rosario de Acuña (⇑) (pulsando en el enlace se puede acceder a buena parte de los contenidos expuestos), el último domingo del mes de julio se clausuró la exposición «Rosario de Acuña (1850-1923). Una aproximación desde el archivo de José Bolado», después de permanecer abierta al público durante tres meses. A las ocho de la tarde de ese día se cerraron sus puertas. A las ocho de la tarde del 30 de julio de 2023 se abrió de nuevo el tiempo de las preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña? ¿Volverá a estar cerrada durante años, sin uso alguno? ¿Qué hará la nueva corporación municipal gijonesa al respecto?

Veremos.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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04 septiembre

176. Republicana


Dibujo alegórico del triunfo de la República (La Flaca, 6-3-1873)
Tenía veintidós años por entonces y es bastante probable que la proclamación de la República viniera a agitar sus inquietudes, contagiada por la zozobra que a buen seguro sentiría su querido padre, vinculado  –fidelidad obliga– al largo historial de vaivenes estratégicos del general Serrano, quien en más de una ocasión había cambiado de papel, pasando de ser favorito de Isabel II a encabezar la rebelión –junto a Prim y el almirante Topete– que la derrocó. Los Acuña (véase el comentario 175. La sobrina descarriada ⇑) habían ligado su posición política a la de don Francisco Serrano Domínguez, para lo bueno y para lo no tan bueno. En 1868, conocido el triunfo de La Gloriosa, Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, al grito de «¡Viva la libertad y viva la soberanía nacional!», se apresura a constituir y asumir la presidencia de la junta provisional de Andújar; poco después es nombrado gobernador de Jaén; y en los primeros días de octubre estaría entre los andujareños que en la estación de Baeza reciben alborozados al general Serrano, de camino hacia Madrid para presidir el Gobierno Provisional. Tras la proclamación de la República, el general marcha a Francia, a verlas venir. Rosario de Acuña Villanueva, también. Es probable que lo hiciera en compañía de su padre y de su madre. De lo que sí hay constancia escrita es que permaneció una temporada en el sur del país vecino, en Bayona y sus alrededores.

Tal parece que la proclamación de la República había teñido de incertidumbre el futuro de aquella joven, emparentada con la vieja nobleza castellana (⇑), que había crecido escuchando las lecturas que su padre entresacaba de los volúmenes que Modesto Lafuente iba publicando de su Historia General de España. Aquellas lecciones paternales consiguieron que Rosario asumiera aquella visión de la historia común: formaba parte de una nación que hundía sus raíces en la antigüedad y que se había forjado en los principios cristianos y monárquicos. De ahí que el destronamiento de Isabel II no hacía más que agrietar parte del confortable escenario en el que había crecido, razón por la cual no podía compartir de buen grado las muestras de entusiasmo que aquel hecho provocaba en otros compatriotas. De haber visto por entonces la imagen que ilustra este texto (una alegoría del triunfo de la República que insertó en sus páginas centrales la revista satírica La Flaca), cabe pensar que no sería ilusión lo que experimentaría la hija de Felipe de Acuña, sino más bien algo parecido a la zozobra. Al menos eso parece deducirse de algunos de sus escritos de entonces.

En la Bayona francesa, donde reside por entonces, publica un folleto titulado Un ramo de violetas (⇑), que tiene por destinataria a la mismísima Isabel II, exiliada en el país galo. En sus páginas manifiesta bien a las claras la lealtad y consideración que siente por la destronada reina: «...pues si bien mi canto nunca llegó a Vuestras plantas, mi amor y mi respeto, siempre lo habéis tenido a vuestro lado». También queda patente la visión que por entonces tiene de los sucesos que acontecen en España: « y el día en que Vuestra patria y la mía, vislumbre la aurora de la felicidad en medio de la oscura noche que la envuelve, cuando la veáis para jamás perderla...». No es este el único escrito en el que muestra a las claras su adhesión a la causa monárquica. Apenas un par de años después saluda con ilusión la llegada del nuevo rey a la restaurada corte canovista con una poesía: Al rey don Alfonso (⇑):

¡Llamado estás a despertar a España
del letárgico sueño en que yacía;
tú borrarás la fratricida saña
que la ambición titánica encendía!
¡Tú la puedes borrar, mi voz extraña
acaso torne el cielo en profecía;
Tú puedes, al tomar nuestra bandera,
hacer del mundo la nación primera!

La derrocada reina conoce estos cariñosos escritos y, en carta fechada en París en abril de 1875, le agradece aquellos recuerdos de su patria que le llegan impregnados con aroma de violetas, así como los versos que la joven poeta dedica a su hijo. No será esta la única carta que Rosario reciba de quien fuera reina de España.  En su archivo personal (⇑) se conservan otras dos:  en la primera, de finales de abril del setenta y seis, la por entonces madre del rey de España felicita a Rosario por el éxito obtenido con su drama Rienzi el tribuno, al tiempo que lamenta no haber podido asistir al estreno al tener prohibida su entrada a la patria; en la segunda le da la enhorabuena por su reciente matrimonio.
 
Monárquica y católica: Acuña de vieja raigambre, por más que la suya fuera una rama secundaria y que el entorno familiar en el que había crecido respirara un aire más liberal. En cualquier caso y como quiera que las biografías no vienen escritas al nacer, sino que se van construyendo día a día, resulta que las firmes convicciones que hasta entonces había sostenido empezaron a resquebrajarse tras la muerte de su padre («toda la sombra esparcida en mi existencia, que, como humana que es, no está libre de sombras, se extendió fría y desolada en mi derredor»)... y saltaron hechas añicos cuando decidió adherirse al bando que luchaba en defensa de la libertad de pensamiento, tras estudiar durante casi un año los contenidos publicados en el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento («¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar!»). Sombra y luz.

La publicación de su carta de adhesión (⇑) («...vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento, con la mesura del caminante que, viajando solo, ni se precipita ni retrocede») supone también, como es lógico pensar, el abandono de sus anteriores creencias religiosas. Ya no es católica: es público y notorio tanto para quienes la colman de parabienes, como para aquellos que la repudian desde entonces. Aún habrá que esperar hasta que se pueda constatar que también ha dejado de ser monárquica. Tan solo es cuestión de tiempo, pues en aquella redacción, en aquellas páginas, las ideas republicanas afloran por doquier, no sólo en los escritos de Ramón Chíes y Fernando Lozano, codirectores del semanario librepensador, sino en los de buena parte de sus colaboradores entre los que encontramos, con mayor o menor frecuencia,  a José Francos Rodríguez, Odón de Buen, Antonio García Vao, Miguel Morayta, Manuel Curros Enríquez, Salvador Sellés, Francisco Pi y Margall o Joaquín Dicenta, cuya militancia republicana es de sobra conocida. Tan solo es cuestión de tiempo, pues como ella misma afirma en una carta fechada en 1888 y dirigida a Antonio Ros de Olano, vizconde de Ros, «allí donde mi nombre aparezca con alguna representación ha de respirarse el ambiente librepensador, republicano, anticatólico...» . Era cuestión de tiempo... y hubo que esperar.

En una carta abierta dirigida a Anselmo López (quien probablemente fuera el primer presidente del Sporting de Gijón tal y como planteo en un comentario anterior ⇑) publicada a principios de 1917 doña Rosario, en una larga descripción retrospectiva de sus años de lucha en defensa de la libertad de conciencia, nos cuenta que en cierta ocasión, encontrándose en la zona en la cual se unen las tierras cántabras y palentinas, decidió ascender a lo más alto del pico Cordel portando una gran bandera; y que, una vez alcanzada la cima situada a más de dos mil metros de altura, puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre...». No consta cuándo tuvo lugar tal ascensión. Quizás fuera en los años ochenta, en alguna de las expediciones a caballo (⇑) que por entonces acostumbraba  realizar  recorriendo durante meses las tierras patrias; quizás ocurriera más tarde, en los primeros años del siglo veinte, cuando –habiendo dado por finalizada su trabajo de avicultora que con tanto afán había desarrollado en Cantabria– se dedicó a recorrer la Montaña (⇑) y los territorios limítrofes. Aunque este «¡Viva la República!» no tenga fecha, sí que sabemos que en el verano de 1910, al poco de fijar su residencia en Gijón, participó en una manifestación en defensa de la llamada Ley del candado enarbolando una bandera republicana. También que, unos años antes, no dudó a la hora de adherirse a una iniciativa encaminada a reorientar e impulsar el partido republicano. Veamos.


En la primavera de 1902 José Nakens, director del semanario El Motín, hace pública una propuesta a los periódicos republicanos para que tomen la iniciativa y lideren la convocatoria de una asamblea  «que fije y determine la marcha futura del partido», en la que participen cuantos republicanos puedan costearse el viaje para, olvidándose de lo que les diferencia, sean capaces de elegir un líder, «un hombre de autoridad, prestigio y voluntad», que ponga al partido «en condiciones de lucha». Se trata de logar el partido republicano y no un (otro) partido republicano y así lo entienden los periódicos y exsenadores republicanos que se suman a la iniciativa. Tras varios meses de propuestas y contrapropuestas, de réplicas y matices, el 14 de febrero de 1903 se reúnen los representantes de las distintas facciones republicanas y alcanzan un acuerdo: se constituye una comisión «que, puesta de acuerdo con los elementos republicanos que se han declarado, y aún puedan declararse, partidarios de la Asamblea general, prepare y realice con ellos la urgente convocatoria de la misma».  Con el fin de que los republicanos de toda España pudieran participar en aquel proceso de unificación, se publican unos boletines de adhesión en los cuales las personas interesadas designan un delegado que los represente. Pues bien, allí está ella y José Nakens es la persona en quien delega.



Cuarta lista de adhesiones a la Asamblea Republicana

Al fin, el 25 de marzo de 1903 se celebra en el teatro Lírico de Madrid la «magna asamblea republicana» que dio origen a la Unión Republicana, presidida por Nicolás Salmerón. Aquella unificación casi completa de los republicanos (el Partido Republicano Democrático Federal se mantuvo aparte, aunque accedió a una alianza electoral) se tradujo, tal y como predecía José Nakens, en una mejora evidente en los resultados electorales. En las elecciones celebradas en aquella primavera, la Unión Republicana obtuvo treinta y seis diputados, algunos de los cuales contaban con la amistad y admiración de la republicana Rosario de Acuña. Tal es el caso de Miguel Morayta (⇑), Joaquín Costa (⇑), Melquíades Álvarez o Nicolás Salmerón (Exoristo, uno de sus hijos, era uno de los invitados habituales (⇑) a la casa de El Cervigón). A ellos habría que unir los nombres de otros ilustres republicanos que también contaron con su afecto y respeto: Ramón Chíes, Fernando Lozano, José Nakens, Roberto Castrovido, Joaquín Dicenta (⇑), José María Esquerdo (⇑) o Luis Bonafoux (⇑).

Aunque fue reacia a que se la adscribiera a formación política alguna, resulta evidente a la luz de todo lo anterior que no tuvo mayor inconveniente –antes al contrario– a que su nombre figurara en el campo del republicanismo español.




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Fotografía del autor (Archivo Fotográfico de la Fundación Pablo Iglesias)67. «La herencia del Cervigón», por Javier Bueno
Rosario de Acuña tenía una casita en el Cervigón, en Asturias, frente al mar. Es posible que ella creyese que tenía una alhaja; pero pudo desengañarse cuando, puesta en el trance de hipotecar la casita...



Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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18 marzo

155. Querida Julia



Grabnado de Julia de Asensi publicado en 1897 en su libro de cuentos Brisas de primavera
Así, con esa fórmula de cortesía y afecto, solían empezar los artículos que nuestra protagonista envía a Julia de Asensi y que son publicados en La Mesa Revuelta, revista que dirige el hermano de la destinataria, Tomás. El primer número de la publicación aparece el siete de abril de 1875 y a lo largo de ese año son varios los escritos que llevan la firma de la joven Rosario: Correspondencia de Andalucía (⇑), Una corona marchita (⇑), Una peseta (⇑), El mejor recuerdo (⇑), Una ramilletera en Venecia (⇑).

Julia era hija del diplomático Tomás de Asensi Lugar y de Rosario de Laiglesia Laiglesia, apellidos que, de seguro, resultarán bien conocidos a quienes siguen lo que en este espacio se va contando. En efecto, esta Rosario, madre de Tomás y de Julia, era hermana de Augusto, el padre de Dolores, Francisco, María del Consuelo y Rafael de Laiglesia  Auset. Julia de Asensi y de Laiglesia era, por tanto,  prima carnal de quien no tardando se habría de convertir en marido de Rosario de Acuña Villanueva.

Para aquella jovencita aficionada a la poesía debió de resultar muy estimulante: la novia de su primo Rafael era algo mayor que ella y podía ser un buen espejo en el que mirarse,  pues había adquirido cierta soltura en el asunto de la versificación.  A Julia, ciertamente,  le gusta escribir poemas y en 1873, el año en el que cumplía los catorce, ya consigue ver alguno publicado. Al año siguiente, siguiendo una costumbre bien extendida entre las jovencitas de la buena sociedad de la época,  abre las páginas de su Álbum para que amigos y conocidos escriban sus poesías a ella dedicadas.

Fragmento del poema que Rosario de Acuña escribió en el álbum de Julia de AsensiAl pie de los versos allí escritos encontramos alguna que otra firma conocida. Están las de Gaspar Núñez de Arce, Juan Eugenio Hartzenbusch o Ramón de Campoamor, frecuentes en estos menesteres; también la de Joaquín Dicenta al pie de un soneto. La mayoría es obra de hombres más o menos duchos en el arte de la rima; dos son los poemas  escritos por mujer: el uno es obra de la sevillana Mercedes de Velilla y Rodríguez; el otro de Rosario de Acuña Villanueva. Precedida de la pertinente dedicatoria y convenientemente firmada, rubricada y datada (noviembre de 1874) en la página veintinueve encontramos «Una gota de rocío (⇑)», tres quintillas en el álbum manuscritas y que dos años después serán incluidas en Ecos del alma, el primer poemario publicado por su autora.

A Julia le gustaba escribir y a la escritura  se dedicó durante buena parte de su vida. Poesía, pero también alguna que otra obra dramática, artículos y, sobre todo, narraciones infantiles. En los primeros años coincide con Rosario, la mujer de su primo, en varias publicaciones. En las dos firmas aparece el apellido «de Laiglesia», el de su padre en el caso de la primera, el de su marido, en el de la segunda.  Así sucede en el Álbum calderoniano. Homenaje que rinden los escritores portugueses y españoles al esclarecido poeta don Pedro Calderón de la Barca... que ve la luz en 1881.

(Julia)
Cual poeta asombraste al mundo entero
y unir supiste a tan brillante dote
la de ser bravo y singular guerrero
y esclarecido y recto sacerdote
...

(Rosario)
Pasan los siglos, pasan las edades
a hundirse entre las sombras del olvido;
polvo queda no más de lo que han sido
populosas y espléndidas ciudades.
...

También en la obra colectiva Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, en la cual Julia participa con tres escritos («La aristócrata devota», «La trapera» y «La pupilera»), mientras que Rosario lo hace con uno («La cordobesa» ).

A partir de la segunda mitad de la década de los ochenta sus trayectorias se distancian. La separación de Rafael, primero, y su adhesión al librepensamiento, después, terminarán por alejarlas definitivamente. La escritura, que anteriormente tanto las había unido, reflejará bien a las claras la distancia que se va abriendo en sus vidas. Julia de Asensi parece sentirse cómoda transmitiendo a jóvenes y adultos las bondades de la tradición; Rosario se dedica a combatir con afán las supersticiones y el fanatismo.

Están en orillas diferentes. Son militantes de dos bandos antagónicos,  como bien se demostrará con ocasión de los violentos sucesos que en 1909 tuvieron lugar en Barcelona, la Semana Trágica. La orden del Gobierno ordenando el envío de miles de reservistas –la mayoría padres de familias obreras– a Marruecos desencadena movilizaciones, protestas, huelgas contra la guerra y una dura represíón posterior. Ni Julia de Asensi ni Rosario de Acuña se mantienen calladas ante aquella situación. Ambas toman partido y lo hacen en trincheras diferentes.

Julia, escandalizada por los ecos que le llegan de Barcelona,  no duda en formar parte de la comisión constituida por las damas del Centro de la Defensa Social de Madrid  al objeto de recabar firmas en toda España no solo contra los revolucionarios, sino también contra el  «crimen de lesa patria y de alta traición que tales atropellos significan ejecutados cuando España tenía que defender en el Rif el honor nacional». A su lado se encuentran dos docenas de mujeres que, a tenor de los títulos que exhiben, bien pudieran ser consideradas genuinas representantes de la sociedad de orden, patriota, bienpensante... que no iba a la guerra. El escrito promovido por aquellas damas decía entre otras cosas lo que sigue:

Los vandálicos sucesos que sembraron de luto las calles de Barcelona y de otras poblaciones de Cataluña, no pueden pasar sin la más enérgica protesta de las personas honradas. Los templos y conventos  incendiados, los sacrilegios y profanaciones de cosas y personas sagradas, los robos y asesinatos y los delitos de alta traición y de lesa patria que los revolucionarios cometieron en los últimos días del mes de julio con escándalo del mundo civilizado, están pidiendo a gritos, no sólo un castigo ejemplar, sino una manifestación unánime y vigorosa de toda España para reprobar con indignación tan criminales atentados y para pedir a los poderes públicos, la adopción de medidas gubernativas que libren a la nación de tan siniestras desdichas...

Rosario, escandalizada por la desolación provocada por aquella leva forzosa que obligaba a miles de padres, a miles de obreros, a abandonar a su suerte a sus familias, decidió poner en escena La voz de la patria. Una obra estrenada en Madrid en 1893, «con ocasión de la otra guerra de Melilla»,  que refleja una situación similar a la que vivirían entonces muchas familias españolas. Trata de las disputas familiares que se originan ante la próxima partida de Pedro, quien, como reservista que es, ha sido llamado para combatir a las tropas marroquíes que llevan tiempo hostigando la ciudad de Melilla. La madre, que no entiende aquella guerra («¡Maldita guerra, maldita!»), quiere que su hijo huya por los montes hacia Francia; el padre no quiere ni oír hablar del asunto de la huida, pues es el honor el que está en juego («una guerra que es por honra/ no la maldicen las madres»). Por si fuera poco, Pedro tiene una novia que en la víspera le va a anunciar que va a ser padre... ¡Maldita guerra, maldita! Rosario de Acuña Villanueva, recién instalada en Gijón ciudad en la que ha decidido pasar los últimos años de su vida, no tiene otra forma de luchar contra aquella guerra que con sus palabras. Recupera La voz de la patria, dirige los ensayos y la presenta a sus nuevos vecinos en el gijonés teatro Jovellanos.

Rosario, escandalizada por la ejecución de Francisco Ferrer Guardia, a quien un consejo de guerra había condenado a muerte acusado de ser el máximo responsable de la Semana Trágica, alaba públicamente a Melquíades Álvarez por la defensa que realiza en el parlamento español del pedagogo y librepensador:  «Me enorgullece ser conciudadana de quien ha sabido de un modo maravilloso defender la majestad de la Justicia y la supremacía de la Razón», escribe con ocasión del discurso que aquél pronuncia durante el debate que se sigue en el Congreso acerca del llamado Proceso Ferrer.

Julia de Asensi y Rosario de Acuña se escandalizan por cosas bien diferentes. La poesía las unió en otro tiempo, la vida vivida las situó en orillas diferentes, por momentos enfrentadas.




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24 diciembre

143. El Cervigón: parada y fonda


Un día que pasé por delante de su puerta vi colgado del muro este cartel: «Es inútil llamar, no se abre a nadie» Algo parecedlo se encontró el Dante a las puertas del Infierno –dije para mí– y en esto bien se echa de ver el poco espíritu comercial que posee esta señora. Si fuera tan lépera como algunas de sus colegas podría explotar el fenómeno poniendo a peseta la entrada, lo cual la enriquecería, porque acudirían a verla y a oírla gentes de todos los vientos.

Para nadie, en efecto, se han abierto jamás aquellas puertas, ni para los ahítos ni para los hambrientos, ni para los dichosos ni para los infortunados. El que se aventurase a llamar podía correr el riesgo de ser destrozado por un perrazo enorme que de día y de noche vigilaba la entrada. Era el Cancerbero de aquella pavorosa mansión.

La utilización del adjetivo «lépera» lo delata, pues en Cuba se utiliza como sinónimo de «perspicaz». El astuto autor de los párrafos anteriores es un escritor nacido en el asturiano concejo de Tineo que en Cuba ejerció de periodista. Se llamaba Manuel Álvarez Marrón, y de su pluma salió un artículo en el cual se afirmaba que Rosario de Acuña era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba (véase su contenido en el comentario  2. La casa del diablo).

Aunque la leyenda (negra; negra jesuítica, diría la interesada), pintaba aquella casa con lúgubres colores, lo cierto es que el hogar de doña Rosario tenía las puertas siempre abiertas. Claro es que no para todos. Faltaría más.

Bodegón con manzanas  de Juan de Zurbarán (hacia 1640)

Hasta allí sube con cierta frecuencia el periodista Antonio L. Oliveros, quien, según sus propias palabras, aceptó la dirección de El Noroeste por consejo de su anfitriona; al igual que lo hacía su antecesor Rafael Sánchez de Ocaña Fernández. También acude de vez en cuando el  maestro Luis Huerta, con quien la escritora mantiene largas conversaciones acerca de la maternidad, la naturaleza y las nuevas generaciones (véase lo que al respecto cuenta el interesado en «La barca de Acuña»). Hasta El Cervigón se acerca algunas tardes José Díaz Fernández, un joven periodista que gustaba de charlar largo y tendido con la escritora, a pesar de que a ella no le gustaran ni el cine ni sus poesías (⇑). Tampoco se olvida de visitar a la escritora el joven marino (⇑) Fernando Dicenta quien, habiéndola conocido en su niñez, no dudaba en pasar por su casa cada vez que arribaba a puerto. Además de estas amistades que han dejado rastro escrito de sus visitas, sabemos que también la visitaban otros conocidos gijoneses como Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial y distinguido republicano; Lucas Merediz, uno de los más destacados militantes del Partido Reformista gijonés que será nombrado delegado regio de Primera enseñanza de la provincia en 1919; Eduardo García, quien fuera presidente del Ateneo Obrero de Gijón cuando la escritora llegó a la ciudad; Javier Aguirre de Viar, agente de Cambio y Bolsa y sucesor del anterior en la presidencia; y otras personas menos conocidas, pero no por eso menos apreciadas en la casa de la anciana librepensadora. Entre éstas últimas es preciso destacar a las hermanas Rosario y Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑) con quienes mantuvo una relación bastante estrecha.

Además de las visitas más o menos habituales, hubo otras que han dejado constancia de su estancia en la casa de El Cervigón. Tal es el caso de Eduardo Torralba Beci (⇑), quien, llegado a Asturias para intervenir en algunos mítines, no quiso desaprovechar la ocasión y subió hasta el acantilado en compañía de Wenceslao Roces y del joven socialista César Rodríguez González; o de Virginia González, madre de este último y la primera mujer española que formó parte de la dirección de una organización política española al incorporarse en el año 1913 al Comité Nacional y a la Ejecutiva del PSOE; fue miembro también de la ejecutiva de la UGT. Se conocieron en un mitin celebrado en Turón (⇑). Allí hablaron largo y tendido y en Gijón consolidarían su amistad.

 Sabíamos que la puerta de la casita solitaria, situada en un alto a orillas del mar,que nunca se abría a ninguna visita convencional, quedaba de par en para cuando se aproximaban a ella los obreros. Tardes inolvidables, en las que, cogidas del brazo, marchábamos por aquellos acantilados hablando de tantas cosas. Hablando del problema social, como una iluminada, profetizaba el gran cataclismo que pondrá fin al régimen capitalista.

Como señala Virginia González, la casa de El Cervigón estaba abierta de par en par cuando a ella llegaban los obreros. Prueba de ello fueron las tradicionales giras que, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, tenían por destino la casa de Rosario de Acuña. De la última, ocurrida cuatro días antes de la muerte de la librepensadora, tenemos un testimonio valioso. Manuel Tejedor, uno de los que hasta allí acudieron, publicó un artículo (⇑) en El Socialista dando cuenta de sus impresiones acerca de aquella visita.

Parece, pues, evidente que, en contra  de lo que se afirma en el artículo publicado por Álvarez Marrón en El Diario de la Marina, las puertas de la casa de Rosario de Acuña sí que se abren, de par en par, para muchos de los que hasta allí se acercan. La mayoría pasan en su compañía unas horas en animada conversación. Otros hay que, llegados desde más lejos, se alojan  en la casa de El Cervigón unos días, disfrutando de la tranquilidad, de las incomparables vistas que el lugar ofrece y de las atenciones que les brindan sus anfitriones.

Tal es el caso del escritor Joaquín Dicenta Benedicto de quien sabemos que en alguna de sus visitas a Gijón estuvo allí alojado (⇑). También de algunos miembros de la familia portugaluja (⇑) Conde-Pelayo con la cual doña Rosario mantuvo relación, tanto con Volney (⇑), como con su hermano Ángel y su cuñado, el actor y músico José Tejada, quienes en el verano de 1917 pasaron unos días en El Cervigón. Así como del propagandista Ángel Samblancat (⇑) que no dudó en acercarse hasta allí cuando en 1919 visitó Asturias para pronunciar varios mítines. Y ya en los últimos años era habitual la visita veraniega de Tito y Esperanza, hijo y nuera de quien fuera presidente de la Primera República. Exoristo Salmerón García era uno de los hijos de don Nicolás, nacido en el exilio parisino –de ahí el nombre– y un notable ilustrador y caricaturista  que, como ha dejado escrito Carlos Lamo, acudía en compañía de su mujer, siempre en agosto, a aquella cita anual que tenía en la  «casa del diablo», a la cual y al decir de algunos, nadie se atrevía a entrar. 

Manuel Azaña en la terraza del Real Club de Regatas de Gijón (22-9-1932; fotografía de Constantino Suárez, Fototeca del Pueblu d'Asturies)

Hubo otros ilustres personajes que también quisieron conocer la casa de El Cervigón, aunque no lo hicieran como invitados. Tal es el caso del también madrileño Manuel Azaña Díaz, quien en septiembre de 1932 y siendo jefe del Gobierno realizó un viaje a Asturias, visitando Oviedo, la fábrica de armas de Trubia y Gijón, donde el Ayuntamiento de la ciudad le obsequió con un banquete en el Real Club de Regatas. La concha de San Lorenzo aguardaba a los comensales cuando salieron a la terraza a tomar el café. En el otro extremo del escenario se encontraba la que había sido la última morada de Rosario de Acuña. 

No parece probable, dado lo apretado del programa de aquella visita, que el señor Azaña se acercara hasta el otro extremo de la bahía para visitar aquella casa que se contemplaba desde la terraza del Club de Regatas.  Pero si no fue posible en 1932, sí que lo fue al año siguiente, en un nuevo viaje que realizó el jefe de Gobierno a Asturias. A mediados de agosto visitó Oviedo, Covadonga, Ribadesella... y volvió a Gijón... y subió hasta El Cervigón para conocer la casa de aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.




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17 diciembre

142. La víbora de Asnieres


Fotografía de Bonafoux publicada en 1931
Así era conocido Luis Bonafoux, por lo afilado y mortífero de su pluma y también por la localidad cercana a París donde residió durante un tiempo, cuando era corresponsal del diario  Heraldo de Madrid: tenía su domicilio en el número 46 de la avenida Pereire en la ciudad de Asnieres, departamento del Sena. Dos características éstas que lo definen en gran medida, pues don Luis fue escritor y periodista, un periodista de raza a decir de algunos, y no se contentó con escrutar el escenario desde un sólo lugar, sino que lo hizo desde localidades bien diferentes: Burdeos, Puerto Rico, Cuba, Salamanca, Madrid, Santander, París, Londres...

Su padre, un francés que comerciaba con vinos que traía de su tierra, llevaba años asentado en Guayama (localidad puertorriqueña por la que, andando el tiempo, se convertirá en diputado el mismísimo Galdós) cuando en uno de sus viajes conoce a Clemencia, hija del político venezolano Ángel Quintero. Se casan y embarcan para Francia, donde no tardando nacerá Mario Luis Bonafoux Quintero. Poco después padre, madre e hijo regresan a Guayama, lugar en el que Luisito pasará sus primeros años. Parece que en poco tiempo ya está escrito una parte de su libreto: niño de origen franco-venezolano, nacido en Saint Loubez, a las orillas del Garona, y residente en Puerto Rico, España.

Algunas pifias cometidas en sus tiempos de bachiller dirigen sus destinos universitarios a la metrópoli. En Madrid inicia sus estudios de Leyes, que continuará en Salamanca, donde realizará sus primeras incursiones en el mundo del periodismo. Primero fue El Eco del Tormes; luego, ya en Madrid, El Solfeo, revista en la que se dará a conocer Leopoldo Alas, Clarín, con quien mantendrá una encarnizada polémica al acusarle de haber plagiado La regenta; más tarde El Globo, Alma Española, El Liberal, El País, Vida Nueva...

Amigo Bonafoux: Me envían el recorte de un periódico con un artículo que dice son «hampa dorada» los que colaboran en el Heraldo de París. No sabía yo que había vuelto a publicarse su Heraldo, pero sí sé que es un verdadero honor el contarme entre sus colaboradores, pasados o presentes. Como yo escribí en él (y escribiera si esta lucha feroz de trabajo y penalidades en que estoy metida me dejase algunos minutos de tiempo para honrarme en las columnas de su periódico), le ruego me haga partícipe de todo ese cieno que los sapos de la prensa española arroja sobre el Heraldo...

La carta de Rosario de Acuña es del año 1904. Había colaborado en el pasado en Heraldo de París y antes en La Campaña, dos periódicos que Bonafoux publicó en París. Su amistad viene, por tanto, de tiempo atrás. Quizás se conocieran en los últimos años del XIX, cuando la librepensadora residía en las proximidades de Santander, habida cuenta de que el señor Bonafoux tenía lazos familiares en aquella tierra y la visitaba con cierta frecuencia. Resulta que en una ocasión en que los días de bohemia le habían dejado la bolsa esquilmada, recibe una propuesta sorprendente: convertirse en gerente de unas minas de cobre localizadas en Soto de Campoo, en las cercanías de Reinosa. Ni sus estudios de Leyes, ni su experiencia periodística... la oferta tenía mucho más que ver con el hecho de que uno de los fundadores de la empresa fuera tío suyo. Lo cierto es que a finales de 1888 Luis Bonafoux ya está en tierra cántabra y que un año después se casa con  Ricarda Encarnación Valenciaga y Gordejuela, una joven de veinte años que trabajaba en la fonda que en Soto regentaba su padre. No aguantó durante mucho tiempo Bonafoux aquella vida tranquila y sedentaria, y meses después el matrimonio se traslada a Puerto Rico. Se marchó de allí,  pero volverá a Soto, a Santander, una y otra vez, desde Madrid, desde París... Dicen que sentía la obsesión de las cumbres...

«Si los apologistas de la costa de Esmeralda fuesen costeando de San Sebastián a Deva, Saturrarán y Motrico; si hubieran hecho el fantástico viaje de Zumárraga a Bilbao, o visto a Bárcena desde los riscos por donde trepa el tren de Santander, o entrado en Solares al despuntar el sol sobre el tupido follaje que envuelve el pueblo, o internándose, con doña Rosario de Acuña o con don Ángel de los Ríos, en el atormentado laberinto de aquella provincia hasta llegar a los Picos de Europa, no pareceríales tan pintoresca la impresión que la costa de Esmeralda deja en la retina».


Aunque es probable que hubieran coincidido en alguna cima admirando las cumbres de La Montaña, donde tenemos constancia de que sí lo hicieron fue en las páginas de Gente Nueva, escrito por Luis París. Allí compartieron ambos  espacio y protagonismo con Pompeyo Gener,  Nakens, Dicenta, Mariano de Cavia, Degetau, Fernández Shaw, Zahonero, Alejandro Sawa, Urrecha y otros escritores disidentes (⇑).

Con algunos de los integrantes de aquel grupo mantuvieron los dos una amistad compartida. Tal fue el caso de Joaquín Dicenta y el propio Luis París. De la relación que mantuvo con ellos doña Rosario ya ha quedado constancia en anteriores comentarios. Por lo que respecta a Bonafoux, baste decir que los dos arriba mencionados fueron sus amigos y confidentes  y que el madrileño café Fornos fue testigo de las animadas tertulias que –junto a otros integrantes de aquella «gente nueva» como  Manuel Paso o Alejandro Sawa– mantuvieron durante años. 

La relación entre Rosario de Acuña y Luis Bonafoux lo fue de amistad pero también profesional. El español nacido en Francia, que la trataba de «amiga y compañera» y no olvidaba enviarle recuerdos de su mujer e hijos («Ricarda saluda cordialmente a usted. Mis muchachos le envían muchos cariños»; «en casa todos la recordamos a usted con cariño y respeto»), solía hablarle de sus proyectos periodísticos ( «Creo que resucitaré La Campaña y que el primer número podrá salir el 15 de este mes...»; «Creo que sacaré un nuevo periódico la semana próxima, periódico más literario que político, pero dando de vez en cuando una campanada política») para los cuales le pedía una y otra vez colaboración: un articulito de media columna o «publicar en cada número algo de las memorias íntimas de usted. Sé que el público, mi público, las querría y admiraría». Su amiga Rosario, desde Madrid primero y desde Cantabria después, le enviaba artículos o poesías;  también un cuento (El secreto de la abuela Justa (⇑), dedicado a los hijos de Bonafoux)... y algunas cartas: todo lo publicaba el hispano-francés (incluso una fotografía (⇑) que por casualidad llegó a sus manos).

Decía más arriba que quizás se hubieran conocido en Cantabria. Si probable es que hubieran coincidido en cualquier paraje de La Montaña –habida cuenta de que, cuando el periodismo y la bohemia soltaban amarras, volvía don Luis a Santander y doña Rosario allí vivió unos cuantos años–, de lo que no cabe duda alguna es que ambos concitaron la ira de muchos españoles en el año once, cuando estalló el escándalo de La jarca (⇑): la pensadora le envió el ácido escrito y el periodista lo publicó al instante. Fue en París... pero todo se termina sabiendo. Mucho más si alguien está por la labor de que así sea. Se supo... y se armó una buena. Los nombres de Luis Bonafoux y de Rosario de Acuña estuvieron en todas las protestas, en todas las proclamas, en todas las manifestaciones, en todas las quejas. Uno ya estaba fuera de España, la otra se tuvo que ir. También coincidieron en esto.




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Agradecida por habérsele concedido permiso para leer los libros de la Biblioteca Circulante les adjunta dos presentes: una revista y un retrato suyo. Por lo que respecta a la publicación, de la cual se atreve a asegurar que hay poquísimos ejemplares...



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A instancias de la revista Acción Socialista, Rosario de Acuña responde: «Me preguntan ustedes cuál es mi opinión respecto a Pablo Iglesias. Pues la de que es uno de los pocos españoles por los cuales no se siente absoluta vergüenza de llamarse español...




Fotografía de Regina Lamo, fundadora del Banco de Crédito Popular de Valencia46. Unas palabras de Regina Lamo en memoria de su «excelsa ascendiente»
Regina Lamo fue una mujer que se dedicó, apasionadamente, al activismo sindical y cooperativista, a la lucha feminista... Y a mantener vivo el testimonio vital de Rosario de Acuña. En 1938 escribió esta introducción...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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