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29 septiembre

295. Melquíades Álvarez y Rosario de Acuña: encuentros en el camino

 

«En mi casa se ha leído y estudiado su admirable discurso sobre el proceso Ferrer, causándonos un entusiasmo hondísimo...», escribe Rosario de Acuña en una carta dirigida al diputado Melquíades Álvarez, que hace pública El Noroeste el lunes 3 de abril de 1911. El diario gijonés había dedicado las portadas de los días anteriores a reproducir buena parte de lo expuesto por el político republicano en su discurso ante el pleno del Congreso, en sus dos partes, pues la sesión fue interrumpida por petición del interviniente cuando estaba en el uso de la palabra. En la reanudación, recordó a los presentes cuál era su posición al respecto:

«Os acordaréis, señores diputados, que ayer sostuve que Ferrer era inocente; que la sentencia fue notoriamente injusta por deficiencias de una ley de carácter inquisitorial y por la campaña insidiosa de la prensa clerical, con el apoyo del Gobierno de entonces.»

Recordemos. Francisco Ferrer Guardia (1859-1909), librepensador, masón, pedagogo, activista político y promotor de la Escuela Moderna (centro de enseñanza laica y mixta que abrió sus puertas en Barcelona en 1901) fue condenado a muerte por un tribunal militar que dio por probado que había  sido uno de los instigadores de los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona de julio de 1909. La reacción internacional al proceso Ferrer y la extensión de las protestas internas (al grito de «¡Maura, no!») contra las medidas represivas, calificadas de desproporcionadas y arbitrarias, provocaron la caída del Gobierno de Antonio Maura. Meses después, en el transcurso del debate que tiene lugar en el Congreso de los Diputados para tratar acerca de una propuesta de «revisión del proceso a Ferrer», Melquíades Álvarez repasa de una forma minuciosa el caso y concluye afirmando de forma categórica que Francisco Ferrer Guardia era inocente y que su sentencia de muerte había sido injusta.

En palabras del profesor Francisco M. Balado Insunza, aquella intervención parlamentaria de Melquiades Álvarez en la primavera de 1911 le ayudó a «erigirse definitivamente en el líder del republicanismo liberal y democrático». El tribuno asturiano, que pocos años atrás había formado parte del Bloque Liberal –alianza de republicanos y liberales dinásticos contra el conservadurismo de Maura–, aprovechaba la nueva coyuntura, que ha propiciado la formación de la Conjunción Republicano Socialista, para reclamar una profunda revisión del orden constitucional frente al programa reformista que defendía el Gobierno de Canalejas.  

Como quiera que algunas de las medidas que por entonces reivindica (soberanía nacional, revisión de la prerrogativa regia, secularización del Estado, reconocimiento de la libertad de conciencia...) son muy del agrado de Rosario de Acuña, no debiera de resultar extraño que nuestra protagonista haga públicas sus simpatías hacia el político, tampoco que terminen por conocerse personalmente y que lo hagan en Gijón, ciudad natal del tribuno y la que ella ha elegido para vivir sus últimos años. 

Texto de la carta enviada por Rosario de Acuña (izquierda); retrato de Melquíades Álvarez incluido en el libro de Antonio L. Oliveros, Un tribuno español, Melquiades Álvarez, 1999 (derecha)

De no haberlo hecho con anterioridad en los días previos, tenemos constancia de que Melquíades Álvarez González-Posada y Rosario de Acuña Villanueva coincidieron por primera vez en Gijón el 29 de septiembre de 1911 en el teatro  Los Campos Elíseos, donde pronunciaron sendos discursos en la ceremonia de inauguración de la Escuela Neutra Graduada. 

El de la nueva gijonesa estuvo dirigido a las mujeres, que en gran número habían acudido al acto, preocupadas, sin duda, por todo cuanto se había venido diciendo en los días anteriores sobre aquella escuela, calificada en los ambientes confesionales gijoneses como una escuela atea, una escuela alejada de Dios. Su intervención trató de demostrar que allí se iba a enseñar el funcionamiento de las leyes de la Naturaleza, páginas sublimes que pueden iniciar en la inteligencia infantil la idea, el concepto, de la creación: «La escuela neutra deslinda el campo de las creencias; a un lado todos los que moldean y sistematizan la divinidad; del otro lado la ciencia donde las almas que pueden ver y oír encontrarán fácilmente a su Dios». El discurso, titulado  «El ateísmo en las escuelas neutras» (⇑), tuvo una gran acogida, y no solo quedó recogido íntegramente en las páginas de El Noroeste, sino que fue impreso, a modo de hoja volandera, siendo repartido profusamente, tanto en la región como en las colonias asturianas de Hispanoamérica. 

Melquíades Álvarez también quiso salir al paso de las críticas vertidas contra la escuela por los supuestos ataques a Dios. Lo hizo desde otra perspectiva:

«Dicen que una escuela neutra es una escuela donde se combate a Dios; si se combatiese a Dios no sería escuela neutra. Lo que en la escuela neutra se proscribe es la enseñanza dogmática y confesional, a cambio de la otra, maestra de la vida y luz de la verdad. Allí se enseña la moral que formaron los hombres y adoraron los sabios antiguos y que forma los sentimientos de justicia y de igualdad.» 

Aunque su intervención fue ampliamente recogida en la prensa gijonesa (también en las páginas de El Principado, beligerante con la nueva escuela), no tuvo el mismo trato que la de su compañera de mesa, su discurso no fue publicado íntegramente. De ahí que, al día siguiente doña Rosario escriba una carta  a los socios del Circulo Melquiadista de la ciudad para pedirles que tomen las medidas pertinentes para que no se pierda ni uno más de sus intervenciones públicas:

Ningún discurso, ninguna disertación, ninguna conferencia que este asturiano ilustre pronunciara en su patria, debe perderse para las generaciones venideras. Ese círculo debía tener a sueldo un taquígrafo con el solo objeto de dejar consignada, en el papel, esa portentosa verbalidad del genio que flamea, con luz meridiana, entre las brumas de este hermoso país cántabro.

La admiración que se desprende de sus palabras, la sintonía que parece existir entre ambos, la coincidencia de sus posicionamientos –en relación con el papel de la Iglesia, el acercamiento a los sectores obreros o la defensa de la república–, parecen presagiar una relación consistente y duradera, más aún si tenemos en cuenta que, tan solo unos meses después de la inauguración de la Escuela Neutra de Gijón, Melquíades Álvarez (Triboniano) es iniciado en la masonería, hermandad de la que hace años forma parte doña Rosario (Hipatia).

En cuestión de semanas todo se torció. Hasta su casa gijonesa de El Cervigón llegó la noticia de la agresión (⇑) a la que habían sido sometidas unas estudiantes de la madrileña Universidad Central. Tomó la pluma y escribió un artículo arremetiendo contra los agresores. Y se armó una buena, tanto que tuvo que exiliarse en Portugal para evitar ser procesada. 

Cuando dos años después regresó a Gijón, la situación ha cambiado: ella vuelve más cansada, decepcionada y pobre que cuando marchó; Melquíades Álvarez pone en pie un nuevo instrumento (Partido Reformista) para intentar llevar adelante su proyecto regeneracionista desde el propio régimen, aunque para ello tuviera que arriar la bandera del republicanismo y desplegar la de la accidentalidad de las formas de Gobierno: tanto en una república como en una monarquía era posible desarrollar un régimen de libertades que condujera a una verdadera democracia.

Fragmentos de los dos textos escritos por Fernando Mora

Sin embargo, el aprecio que doña Rosario siente por el tribuno gijonés parece que sigue intacto. Al menos eso es lo que podemos deducir tras la lectura de la carta que envía al escritor Fernando Mora en respuesta al artículo «Nido de águila» a ella dedicado y que fue publicado en el diario madrileño El Radical. Tras agradecerle las frases lisonjeras que el autor le dedica, pasa a recriminarle que el escrito sea más halagador que justiciero, pues «no se hace justicia a una persona, denigrando o escarneciendo a otras personas», y eso es lo que, en su opinión, se ha hecho en este caso:

¡Cuánta pena y amargura, me causó ver, en su «Crónica» el nombre de Melquíades Álvarez, escarnecido y maltrecho!, y precisamente puesto en comparación (nunca provechosa) con el mío, que no representa absolutamente nada, nada, en el concurso de valores de los días del presente 

Cuando el autor del artículo se lo envió por carta, probablemente lo hizo con toda la buena intención,  como prueba de la admiración que le profesa y de la que ha dejado prueba en su escrito («Rosario de Acuña, en su nidal de águila, nos parece grande y respetable...»); y ella se lo agradece. Lo que ya dudo es que el señor Mora pudiera sospechar que aquella portada fuera a despertar recuerdos que su destinataria había procurado borrar. Resulta que aquel diario es una de las cabeceras de Alejandro Lerroux, propietario también de El Progreso, en cuyas páginas se publicó «La jarca de la Universidad», habiéndolo copiado de El Internacional de París sin permiso de su autora, y luego pasó lo que pasó, quizás no por casualidad. Y en este mismo periódico, en El Radical que le ha enviado Fernando Mora, se calificó a su escrito como «artículo repugnante».

Quizás también se acordara de lo abandonada que se sintió por entonces, de lo cicateros que fueron en sus apoyos aquellos que decían ser sus correligionarios. De los públicos, poca cosa. La pregunta que, interesándose por su situación, realizó en el Congreso Álvaro de Albornoz, diputado del Partido Republicano Radical, liderado también por Lerroux; y unos pocos escritos de apoyo (⇑), como el de Tomás Rey que fue publicado en El Socialista en aquellos días. 

Desconozco si supo de las gestiones que realizó Melquíades Álvarez en relación con este asunto, mucho más discretas. Parece ser que visitó al conde de Romanones al poco de convertirse en presidente del Gobierno, que le solicitó la promulgación de un indulto para los procesados y condenados por delitos políticos y de prensa; y que su interlocutor mostró su disposición favorable a lo demandado, hasta el punto de que a los pocos días se publica el correspondiente real decreto. 

De ser así, de conocer que el político gijonés tuvo algo que ver (⇑) en aquella medida que –no sin dudas y vacilaciones– le permitió volver al fin a su casa, resulta del todo comprensible que su estima se mantuviera invariable a pesar de la mudanza estratégica, de la tibieza republicana. Lo hiciera como amigo, como político o como nuevo integrante de la logia Jovellanos (que sí se movilizó por entonces (⇑), para conseguir «el regreso de los desterrados y expatriados», entre quienes se encuentra la «ilustre h .·. Rosario [de] Acuña») sería, sin duda, para agradecerle el gesto. «¡Cuánta pena y amargura, me causó ver, en su «Crónica» el nombre de Melquíades Álvarez, escarnecido y maltrecho!». Menos mal que no era lectora habitual del periódico, razón por la cual no creo que leyera lo que semanas atrás Fernando Mora publicó en una Crónica anterior con el título «Los melquiadistas intelectuales». 

De su obligada estancia en tierras portuguesas regresó más pobre (dice que se gastó cerca de tres mil duros, el equivalente a lo que cobraría durante quince años de su pensión de viudedad) y muy desilusionada, hasta el punto que se muestra decidida a alejarse de la primera línea de batalla, a recluirse en aquel alejado enclave del litoral gijonés donde decidió construir su última morada. Poco tiempo le duró el retiro. En los primeros días del año dieciséis se ve obligada a pedir ayuda: en las proximidades han abierto una cantera y sobre su casa llueven piedras de todos los tamaños (⇑). Con la esperanza de que al denunciarlo públicamente cese el bombardeo, escribe una carta al director de El Noroeste dando cuenta de lo ocurrido. Eligió Asturias por su belleza, por su mar cambiante, por sus montañas y sus valles, pero también porque la habitaban «algunos entusiastas de la razón y de la libertad». Ahora que se siente víctima de una guerra sorda en torno a su hogar por parte de las huestes del clericalismo, no espera otra cosa que el trabajo  en pro de la regeneración emprendido por el Partido Reformista, de notable influencia en Asturias, comience a dar sus frutos:

Deseando vivamente que la actuación de Melquíades Álvarez en Asturias sirva para manumitir la más hermosa región de España, rayéndole la sarna del odio, de la brutalidad y del fanatismo, y permitiéndonos a las alondras, cantar sin miedo a los buitres de sotanas, de levita o de alpargatas 

En vista de que, aunque lo intente, no puede pasar desapercibida y dado que el tiempo va curando desazones y desengaños, vuelve poco a poco a la escritura, a la opinión, a la tribuna pública. En este retorno son de resaltar sus colaboraciones con la prensa obrera, en consonancia con su progresiva sintonía con las organizaciones obreras gijonesas, en especial con los socialistas. Por entonces su firma aparece por entonces en Alicante Obrero o en la revista madrileña Acción Socialista. Con ocasión del Primero de Mayo de 1916 escribe tres textos: uno más corto y dirigido a las mujeres que se publica en Acción Fabril (Órgano de la Federación Fabril y Textil de España, editado en Mataró); los otros dos, en clave reivindicativa («De vosotros, proletarios del mundo, es el porvenir»), aparecen en las páginas de El Noroeste y El Socialista, Órgano del Partido Obrero. 

Llegamos así a 1917, el año en el que Rosario de Acuña y Melquíades Álvarez coinciden en tres asuntos relevantes: la dirección de El Noroeste; su confluencia en el bando de los aliadófilos en la pugna ideológica que los enfrenta a los germanófilos durante aquella guerra mundial que todo lo envuelve;  y su apoyo (y participación, en una u otra medida), en la huelga general de agosto de ese año. 

El Noroeste, que había comenzado su andadura en 1897 como «Diario republicano», era uno de los diarios de la Sociedad Editorial Española (editora también de El Liberal, Heraldo de Madrid, El Imparcial y otros diarios regionales) hasta que se convirtió en el órgano oficioso del Partido Reformista. Fue entonces cuando el consejo de administración pensó en Antonio López Oliveros para la dirección. Tardaron en convencerlo a tenor de lo que dejó escrito:

Se apeló por los consejeros a mis ideales democráticos, se me requirió en sentido de sacrifico para que salvase a El Noroeste de desaparecer y lo convirtiese en un heraldo vigoroso de la causa de la democracia. Aún vacilé. Uno de esos días Rosario de Acuña y Villanueva, a la que yo visitaba con frecuencia en su retiro de El Cervigón (Gijón), me compelió en nombre del liberalismo español a que aceptase la dirección de El Noroeste, en el que ella vertía muy a menudo las nobles estridencias de su espíritu revolucionario indomable. Tantos requerimientos, unidos a las facultades extraordinarias de que me investía el consejo de administración para que yo diese a El Noroeste la organización que estimase más adecuada y el ruego telefónico, por último, que me dirigió desde Madrid Melquíades Álvarez, orientador del periódico, insistiendo en lo mismo, vencieron mi resistencia.

En ese mismo periódico se publicó «La hora suprema», un escrito en el que Rosario de Acuña, dirigiéndose a las «izquierdas de Asturias» las anima a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto», que parece alentar la convocatoria de esa huelga general de la que no hace más que hablarse en aquellos días. También se da cuenta en esas mismas páginas de su asistencia al gran mitin aliadófilo que se celebró en Madrid el último domingo de mayo organizado por las fuerzas de la oposición.

Y aquí se encuentra de nuevo con Melquíades Álvarez. En la plaza de toros madrileña, aunque en sitios bien diferentes (él en la tribuna de oradores, ella entre el público asistente); también en el apoyo a la huelga general que, finalmente convocan conjuntamente la CNT y la UGT. De nuevo el político gijonés se encuentra al lado de los socialistas, al lado de los trabajadores; ha vuelto a reajustar su estrategia. Cuenta el profesor Suárez Cortina que, puesto que «la savia renovadora del reformismo se había ido diluyendo entre esperanzas palaciegas que no se cumplían», al Partido Reformista no le quedó otra que la «amenaza a la Corona», integrándose en el proceso del verano de 1917. 

En los días previos a la huelga general de agosto, las autoridades gubernativas ordenaron el registro de la casa de Rosario de Acuña (véase el comentario 248. Una vieja luchadora en la Huelga del Diecisiete ⇑). Lo hicieron en dos ocasiones. Melquíades Álvarez, por su parte, fue responsable del comité de huelga de Asturias y León.

Mayo de 1923. El primer sábado del mes la muerte encontró a Rosario de Acuña Villanueva trajinando por la casa. Una embolia cerebral acabó con su vida. Diecinueve días después, Melquíades Álvarez González-Posada es nombrado presidente del Congreso de los Diputados. Ya no se volverán a encontrar, salvo en los textos que se publicaron en memoria de la ilustre librepensadora fallecida en Gijón. Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste, dejó escrito: «De espectadora, asistió también a varios actos públicos; especialmente a aquellos en que intervenía Melquíades Álvarez, cuya maravillosa palabra la sugestionaba. Roberto Castrovido, por su parte y recordando los sucesos de 1917, escribe: «Tan apremiantes y dolorosas fueron una vez esas quejas que sobre la suerte de doña Rosario me enviaban, que hube de escribir a varios amigos de Asturias. Me oyeron, y don Melquíades Álvarez, con otros correligionarios suyos y amigos míos, acudió en auxilio de doña Rosario, quien entonces me escribió por primera vez acerca de su situación, dudosa sobre la aceptación del auxilio».




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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18 marzo

155. Querida Julia



Grabnado de Julia de Asensi publicado en 1897 en su libro de cuentos Brisas de primavera
Así, con esa fórmula de cortesía y afecto, solían empezar los artículos que nuestra protagonista envía a Julia de Asensi y que son publicados en La Mesa Revuelta, revista que dirige el hermano de la destinataria, Tomás. El primer número de la publicación aparece el siete de abril de 1875 y a lo largo de ese año son varios los escritos que llevan la firma de la joven Rosario: Correspondencia de Andalucía (⇑), Una corona marchita (⇑), Una peseta (⇑), El mejor recuerdo (⇑), Una ramilletera en Venecia (⇑).

Julia era hija del diplomático Tomás de Asensi Lugar y de Rosario de Laiglesia Laiglesia, apellidos que, de seguro, resultarán bien conocidos a quienes siguen lo que en este espacio se va contando. En efecto, esta Rosario, madre de Tomás y de Julia, era hermana de Augusto, el padre de Dolores, Francisco, María del Consuelo y Rafael de Laiglesia  Auset. Julia de Asensi y de Laiglesia era, por tanto,  prima carnal de quien no tardando se habría de convertir en marido de Rosario de Acuña Villanueva.

Para aquella jovencita aficionada a la poesía debió de resultar muy estimulante: la novia de su primo Rafael era algo mayor que ella y podía ser un buen espejo en el que mirarse,  pues había adquirido cierta soltura en el asunto de la versificación.  A Julia, ciertamente,  le gusta escribir poemas y en 1873, el año en el que cumplía los catorce, ya consigue ver alguno publicado. Al año siguiente, siguiendo una costumbre bien extendida entre las jovencitas de la buena sociedad de la época,  abre las páginas de su Álbum para que amigos y conocidos escriban sus poesías a ella dedicadas.

Fragmento del poema que Rosario de Acuña escribió en el álbum de Julia de AsensiAl pie de los versos allí escritos encontramos alguna que otra firma conocida. Están las de Gaspar Núñez de Arce, Juan Eugenio Hartzenbusch o Ramón de Campoamor, frecuentes en estos menesteres; también la de Joaquín Dicenta al pie de un soneto. La mayoría es obra de hombres más o menos duchos en el arte de la rima; dos son los poemas  escritos por mujer: el uno es obra de la sevillana Mercedes de Velilla y Rodríguez; el otro de Rosario de Acuña Villanueva. Precedida de la pertinente dedicatoria y convenientemente firmada, rubricada y datada (noviembre de 1874) en la página veintinueve encontramos «Una gota de rocío (⇑)», tres quintillas en el álbum manuscritas y que dos años después serán incluidas en Ecos del alma, el primer poemario publicado por su autora.

A Julia le gustaba escribir y a la escritura  se dedicó durante buena parte de su vida. Poesía, pero también alguna que otra obra dramática, artículos y, sobre todo, narraciones infantiles. En los primeros años coincide con Rosario, la mujer de su primo, en varias publicaciones. En las dos firmas aparece el apellido «de Laiglesia», el de su padre en el caso de la primera, el de su marido, en el de la segunda.  Así sucede en el Álbum calderoniano. Homenaje que rinden los escritores portugueses y españoles al esclarecido poeta don Pedro Calderón de la Barca... que ve la luz en 1881.

(Julia)
Cual poeta asombraste al mundo entero
y unir supiste a tan brillante dote
la de ser bravo y singular guerrero
y esclarecido y recto sacerdote
...

(Rosario)
Pasan los siglos, pasan las edades
a hundirse entre las sombras del olvido;
polvo queda no más de lo que han sido
populosas y espléndidas ciudades.
...

También en la obra colectiva Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, en la cual Julia participa con tres escritos («La aristócrata devota», «La trapera» y «La pupilera»), mientras que Rosario lo hace con uno («La cordobesa» ).

A partir de la segunda mitad de la década de los ochenta sus trayectorias se distancian. La separación de Rafael, primero, y su adhesión al librepensamiento, después, terminarán por alejarlas definitivamente. La escritura, que anteriormente tanto las había unido, reflejará bien a las claras la distancia que se va abriendo en sus vidas. Julia de Asensi parece sentirse cómoda transmitiendo a jóvenes y adultos las bondades de la tradición; Rosario se dedica a combatir con afán las supersticiones y el fanatismo.

Están en orillas diferentes. Son militantes de dos bandos antagónicos,  como bien se demostrará con ocasión de los violentos sucesos que en 1909 tuvieron lugar en Barcelona, la Semana Trágica. La orden del Gobierno ordenando el envío de miles de reservistas –la mayoría padres de familias obreras– a Marruecos desencadena movilizaciones, protestas, huelgas contra la guerra y una dura represíón posterior. Ni Julia de Asensi ni Rosario de Acuña se mantienen calladas ante aquella situación. Ambas toman partido y lo hacen en trincheras diferentes.

Julia, escandalizada por los ecos que le llegan de Barcelona,  no duda en formar parte de la comisión constituida por las damas del Centro de la Defensa Social de Madrid  al objeto de recabar firmas en toda España no solo contra los revolucionarios, sino también contra el  «crimen de lesa patria y de alta traición que tales atropellos significan ejecutados cuando España tenía que defender en el Rif el honor nacional». A su lado se encuentran dos docenas de mujeres que, a tenor de los títulos que exhiben, bien pudieran ser consideradas genuinas representantes de la sociedad de orden, patriota, bienpensante... que no iba a la guerra. El escrito promovido por aquellas damas decía entre otras cosas lo que sigue:

Los vandálicos sucesos que sembraron de luto las calles de Barcelona y de otras poblaciones de Cataluña, no pueden pasar sin la más enérgica protesta de las personas honradas. Los templos y conventos  incendiados, los sacrilegios y profanaciones de cosas y personas sagradas, los robos y asesinatos y los delitos de alta traición y de lesa patria que los revolucionarios cometieron en los últimos días del mes de julio con escándalo del mundo civilizado, están pidiendo a gritos, no sólo un castigo ejemplar, sino una manifestación unánime y vigorosa de toda España para reprobar con indignación tan criminales atentados y para pedir a los poderes públicos, la adopción de medidas gubernativas que libren a la nación de tan siniestras desdichas...

Rosario, escandalizada por la desolación provocada por aquella leva forzosa que obligaba a miles de padres, a miles de obreros, a abandonar a su suerte a sus familias, decidió poner en escena La voz de la patria. Una obra estrenada en Madrid en 1893, «con ocasión de la otra guerra de Melilla»,  que refleja una situación similar a la que vivirían entonces muchas familias españolas. Trata de las disputas familiares que se originan ante la próxima partida de Pedro, quien, como reservista que es, ha sido llamado para combatir a las tropas marroquíes que llevan tiempo hostigando la ciudad de Melilla. La madre, que no entiende aquella guerra («¡Maldita guerra, maldita!»), quiere que su hijo huya por los montes hacia Francia; el padre no quiere ni oír hablar del asunto de la huida, pues es el honor el que está en juego («una guerra que es por honra/ no la maldicen las madres»). Por si fuera poco, Pedro tiene una novia que en la víspera le va a anunciar que va a ser padre... ¡Maldita guerra, maldita! Rosario de Acuña Villanueva, recién instalada en Gijón ciudad en la que ha decidido pasar los últimos años de su vida, no tiene otra forma de luchar contra aquella guerra que con sus palabras. Recupera La voz de la patria, dirige los ensayos y la presenta a sus nuevos vecinos en el gijonés teatro Jovellanos.

Rosario, escandalizada por la ejecución de Francisco Ferrer Guardia, a quien un consejo de guerra había condenado a muerte acusado de ser el máximo responsable de la Semana Trágica, alaba públicamente a Melquíades Álvarez por la defensa que realiza en el parlamento español del pedagogo y librepensador:  «Me enorgullece ser conciudadana de quien ha sabido de un modo maravilloso defender la majestad de la Justicia y la supremacía de la Razón», escribe con ocasión del discurso que aquél pronuncia durante el debate que se sigue en el Congreso acerca del llamado Proceso Ferrer.

Julia de Asensi y Rosario de Acuña se escandalizan por cosas bien diferentes. La poesía las unió en otro tiempo, la vida vivida las situó en orillas diferentes, por momentos enfrentadas.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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05 marzo

101. Si no se descatoliza a la mujer... ¡Nada!


En el verano de 1909 España vivió uno de sus momentos más convulsos. El domingo 11 de julio de aquel año se publica un decreto en la Gaceta de Madrid por el cual se autoriza al ministro de Guerra a «llamar a filas los soldados de la Reserva activa que considere precisos para nutrir los cuerpos y unidades del Ejército que estime necesarios». Días antes se había producido un ataque de las cabilas de la zona a los obreros que trabajaban en la construcción del ferrocarril que habría de unir el puerto de Melilla con las minas de Beni Bu Ifrur, cuya concesión estaba en manos de la Compañía Española de Minas del Rif. Se iniciaba así la denominada Guerra de Melilla.

A quien más preocupaba aquella movilización de los reservistas, decretada para asegurar el control de la zona de influencia española en el norte de Marruecos –y para proteger los intereses de algunas conocidos empresarios y/o políticos que eran accionistas de la sociedad propietaria de las minas–, era a las clases populares, pues eran sus integrantes los que tendrían que empuñar las armas. Quienes tenían el dinero suficiente podrían eludir el llamamiento, bien porque consiguieran que un sustituto a cambio de una cantidad ocupara su puesto, bien porque pagara al erario público una cantidad (seis mil reales: una cantidad que no estaba al alcance de la mayoría de la población) a cambio de la redención.

¡España masculina! ¡Hombres en cuyo cerebro se enciende el rayo de la idea, en vano agitaréis su luminaria, si en la oscuridad del hogar está resuelta la mujer a entenebrecer el porvenir! (Rosario de Acuña: «La mujer española» ⇑)

En las ciudades el descontento era mayor, pues al generado por esta leva forzosa habría que añadir el producido por el aumento de la competencia que el aumento del número de frailes y monjas suponía a la hora de encontrar un trabajo. Y es que a los que llegaban procedentes de Francia (lo hacían como consecuencia de la legislación laicista que se fue aprobando durante la Tercera República; en especial tras la aprobación en 1905 de la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado), habría que añadir aquellos otros repatriados de Cuba y Filipinas. Con su presencia se complicaba el acceso a puestos de trabajo en  escuelas, hospitales, asilos, reformatorios o prisiones.

La situación era aún peor en Barcelona, donde la conflictividad social se había ido agravando en los últimos meses alimentada por la crisis algodonera que desde el año anterior afectaba a su entorno rural más cercano. Será en la capital catalana, puerto de embarque de los primeros reservista, donde a finales de julio las tensiones obreras y anticlericales provoquen un estallido de acontecimientos violentos que la historiografía ha dado en llamar Semana Trágica.

A las decenas de muertos, centenares de heridos y edificios incendiados (muchos de ellos religiosos), les sigue la inmediata represión que pone en marcha el gobierno de Maura. Se clausuran los sindicatos, se cierran las escuelas laicas y se detiene a miles de personas. Los consejos de guerra  concluyen  con varios centenares de condenados a destierro o a cadena perpetua.  Cinco de los detenidos fueron sentenciados a pena de muerte, entre ellos el pedagogo anarquista Francisco Ferrer Guardia, acusado de ser el máximo responsable de los sucesos.

Tras la condena se sucedieron manifestaciones y protestas en las principales capitales europeas, que se intensificaron tras la ejecución de Ferrer que tuvo lugar el 13 de octubre. En España, cada vez son más los que se unen bajo el lema «Maura, no».

Días antes, el 6 de octubre, los principales diarios habían publicado un manifiesto de Benito Pérez Galdós, por entonces diputado por Madrid,  en el cual anima a sus compatriotas a abandonar la «resignación fatalista». Es hora, dice, de poner «fin a las persecuciones inicuas, al enjuiciamiento caprichoso, los destierros y vejámenes, con ultraje a la humanidad y desprecio de los derechos más sagrados». Es preciso enderezar el rumbo de la situación: «La desaforada aventura de la guerra del Rif y las enormidades de Barcelona reclaman enmienda urgente». Y para ello es preciso «Que la nación hable, que la nación actúe, que la nación se levante...»

Los liberales, los republicanos y los socialistas se movilizan en contra del gobierno de Antonio Maura y acuerdan celebrar una manifestación el domingo día 24. 

Portada del diario El País del 25 de octubre de 1909
Portada del diario El País del lunes 25 de octubre de 1909

Rosario de Acuña Villanueva, que no puede permanecer ajena a cuanto está pasando en su patria, decide salir a la arena pública y manifestar su opinión. Lo había hecho en septiembre poniendo en escena  La voz de la patria (⇑), cuadro dramático que había estrenado en 1893 coincidiendo con la denominada Primera Guerra del Rif, trasfondo de su argumento. «Su sentido patriótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulso a "hacerla" en Gijón», según cuenta ella misma en  una entrevista.

Semanas después, el mismo día de la manifestación convocada por liberales, republicanos y socialistas,  El País publica una carta (⇑) suya dirigida a Galdós, en la cual,  aceptando la invitación de su manifiesto, se pone a su entera disposición:

...y dígame dónde he de ponerme; si mi palabra escrita vale para fustigar la cobardía de las masas, dígame dónde he de escribir. Allí donde me mande sabré trabajar, sufrir y morir, como me lo ordena mi condición de española y de racional.

Y el día de la manifestación... ¡ella no podía faltar! No está en Madrid, pero sí en Gijón: ella es una de las miles de personas que asisten al mitin que se celebra en la plaza de toros. En el acto intervinieron oradores anarquistas, socialistas y republicanos y durante sus intervenciones se dieron «estruendosos vivas a Ferrer y a la Escuela Moderna y se han formulado terribles anatemas contra Maura y los jesuitas».

Al día siguiente, cuando la prensa se hace eco del clamor popular contra Maura, Rosario de Acuña coge de nuevo la pluma para enfriar los ánimos de todos y decir que aquello solo es un espejismo:

Todas las tempestades de aplausos que ayer resonaron en las ciudades y pueblos de España, ya están hoy desmenuzadas, enlodadas, corrompidas, por el mando de la Iglesia, que cuenta con las legiones femeninas, salvo excepciones y que serán, al fin inmoladas, oscura o solemnemente, por los odios de hiena del catolicismo 

 En su escrito, titulado «La mujer española» (⇑),  afirma de manera clara y categórica que «todo cuanto se haga será inútil, si no se descatoliza el femenino patrio».

¡Jamás, jamás se verá la patria libre de la lepra que la ensucia y la ahoga, si no se extirpa esa semilla del alma femenina!




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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