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14 octubre

178. ¿Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña?


Vista de la casa de Rosario de Acuña desde El Rinconín (archivo del autor)
Recientemente me acerqué hasta la casa de Rosario de Acuña. Quería comprobar si la conversación que había mantenido meses atrás con un viejo conocido, concejal del Ayuntamiento gijonés, había dado sus frutos; si en el panel informativo que se encuentra al borde de la senda de El Cervigón se había modificado el año de nacimiento de la ilustre librepensadora. Una vez allí, no di de primeras con el objeto buscado  y tuve que volver sobre mis pasos. Al fin, por el hueco existente en la tupida vegetación que rodea la finca, pude ver la lámina metálica, fuera de su sitio, tirada sobre el verde suelo del interior. ¡Qué decepción! No solo no habían cambiado el año –a pesar de que desde hace ya un tiempo disponemos de la documentación que prueba que nació en 1850 (⇑)  y no un año después como allí figura–, sino que la única fuente de información acerca de doña Rosario con la que contaban los numerosos vecinos y visitantes que por esta senda transitan yacía ahora por los suelos. Aquello era, sin duda, un paso atrás para cuantos llevamos años empeñados en la tarea colectiva de recuperación de la memoria, del testimonio vital, de quien fuera una de nuestras ilustres convecinas.

Casa de Rosario de Acuña. El panel informativo en el suelo (archivo del autor)

¿Cómo podía ser posible que precisamente ahora, cuando su nombre recupera protagonismo en otras ciudades, la casa en la que pasó los últimos años de su vida fuera a perder su singularidad para convertirse en una más, en otra de las edificaciones que, de tanto en tanto, jalonan este privilegiado sendero? Contrariado por el resultado de mi visita, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a revisar la documentación que disponía acerca de aquella vivienda cuya historia dio comienzo en 1909 cuando doña Rosario, que había decidido vivir en Gijón los últimos años de su vida, se avino a pagar los cuatro mil reales que le pidieron por aquel terreno situado sobre uno de los acantilados de El Cervigón y que ahora, ciento nueve años después, parece condenada a perder su singularidad para convertirse en un elemento más del maravilloso entorno en el que se halla.

* * *

Hace pocos días volví al sendero, volví a la casa. Regresé con la esperanza de que se hubiera reparado aquel lamentable desperfecto. Y, en efecto, así fue: alguien había hecho bien su trabajo y el panel estaba de nuevo en su sitio, razón por la cual es de justicia felicitar a los responsables. Bien está que así lo hagamos, y hecho queda. ¿Punto final? Aunque algunos, ciertamente, bien pudieran dar aquí el asunto por zanjado, creo, por el contrario, que este puede resultar el momento apropiado para plantearnos qué hacer con este edificio de propiedad municipal para conseguir que se convierta en un valioso activo del patrimonio de la ciudad y lograr que, al fin, la casa de Rosario de Acuña deje de estar sometida a los vaivenes de la memoria.

Alejada de la ciudad, la casa fue durante mucho tiempo un punto de referencia en el litoral gijonés (Fotografía de fecha desconocida cedida por Julián Rufino Gómez González)

Durante muchos años, aquella casa no fue otra cosa que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la abrupta costa gijonesa, tal y como manifiesta Patricio Adúriz (⇑), el último cronista oficial de Gijón: «Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña?  Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como esta: “estuve por Rosario Acuña” o “fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña” se repiten, al cabo del año, miles de veces». Ciertamente, a finales de los sesenta del pasado siglo el rastro de su existencia parece haberse esfumado por completo, incluso se ha olvidado la despedida que le tributó el pueblo gijonés aquella lluviosa tarde de domingo del mes de mayo de 1923. Se ha olvidado que cuatro décadas atrás fueron numerosos los gijoneses que se acercaron hasta El Cervigón para dar el último adiós a aquella mujer luchadora; que a pesar de la lluvia persistente, a pesar de lo desapacible del tiempo, una «multitud silenciosa y apenada» acompañó por las calles de la ciudad el modestísimo féretro que, habiendo sido «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo», así siguió, a hombros, durante el largo trayecto que separa la casa del acantilado del cementerio civil, tal y como proclamó a toda plana y en primera página el gijonés diario El Noroeste.

Todo parece haberse olvidado. Y es que, a pesar de que durante algunos años se sucedieron recuerdos y homenajes que mantuvieron viva su memoria; a pesar de que tras la proclamación de la nueva República, dio nombre a varias calles en unas cuantas ciudades, a alguna que otra escuela y algún que otro colegio, tal parece que su recuerdo se esfumó al final de la década de los treinta: una densa borrina ocultó todo rastro de su activa presencia. El nuevo orden establecido por la fuerza de las armas no podía permitir que persistiera la memoria de aquella mujer, masona y librepensadora, empecinada luchadora en pro de la libertad, convencida feminista que siempre defendió el protagonismo de la mujer en la regeneración patria, infatigable luchadora frente a las injusticias, presta a brindar su apoyo a los más desfavorecidos.

La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Fue tan eficaz el mecanismo del olvido que en la década de los sesenta, tal y como señalaba Adúriz, muy pocos eran los que tenían noticia alguna acerca de quién era la tal Rosario de Acuña. Nadie parecía acordarse de que a aquella casa de El Cervigón solían acudir algunos destacados miembros de la sociedad gijonesa del momento (tal es el caso de Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial; Lucas Merediz, destacado dirigente del Partido Reformista; el periodista Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste; o el maestro e higienista Luis Huerta Naves). Tampoco de que aquella vivienda hubiera sido destino del dramaturgo Joaquín Dicenta (⇑), del actor y músico José Tejada; de la dirigente socialista Virginia González o del notable ilustrador y caricaturista Exoristo Salmerón –uno de los hijos de don Nicolás– que cada mes de agosto pasaba allí una temporada en compañía de su mujer (véase el comentario 119. El Cervigón: parada y fonda ⇑). Menos aún de que, en dos ocasiones, fuera también objetivo de las fuerzas policiales. La primera, en diciembre de 1911 cuando la Guardia Civil se encontró la casa vacía pues doña Rosario había huido a Portugal (⇑) para evitar ser detenida, como consecuencia del escándalo que sacudió la universidad española tras la publicación de un artículo suyo en el que condenaba crudamente las vejaciones a las que fueron sometidas unas estudiantes a la salida de clase; la segunda, en el verano de 1917 cuando varios agentes de orden público realizan un minucioso registro a lo largo de cinco horas buscando, al parecer, algunos de los panfletos que animaban a los trabajadores secundar la huelga general. Se ignoraba asímismo que año tras año, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, los obreros realizaban una gira hasta su casa para manifestarle su admiración y respeto. En el olvido permanecía también la visita a El Cervigón de Manuel Azaña (⇑), quien en un viaje realizado a Gijón en el verano de 1933 quiso conocer la vivienda en la que vivió y murió aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.

Aunque la espera fue larga, al final se volvieron las tornas. Las investigaciones que –con el apoyo y el estímulo que desde el exilio mejicano le brindó Amaro del Rosal (⇑)– realizó Luciano Castañón, por un lado, y las del ya citado Patricio Adúriz, por otro, confluyeron en Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑), una vecina de Roces que, habiendo conocido a doña Rosario en su juventud, atesoraba valiosos recuerdos que contribuyeron a disipar una parte de la neblina que durante tantos años había ocultado su recuerdo. No obstante, aún habrá que esperar hasta los primeros años ochenta para asistir a un cambio significativo en este asunto. Entonces confluyeron dos elementos que hicieron posible un nuevo escenario. Por un lado, la decidida voluntad de las autoridades municipales para lograr que el litoral gijonés (desde El Rinconín a Rosario Acuña) se convirtiera en una zona de recreo y disfrute paisajístico; por el otro, el interés del Ateneo Obrero por recuperar la figura de quien fuera una de sus colaboradoras más ilustres. La conjunción de estos elementos, recuperación paisajística del litoral y un mayor conocimiento de aquella ilustre vecina tanto tiempo olvidada, propició que en 1987 los dirigentes municipales se mostraran decididos a comprar la que fuera casa de Rosario de Acuña con la intención de convertirla en un albergue juvenil, «uno de los mejores albergues de España por su ubicación y su calidad», según se dijo entonces.
Estado de la casa antes de la conclusión de las obras de reforma (El Comercio, 1-5-1991)
Tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento acuerda la compra de la vivienda, que se encuentra en situación ruinosa. El proyecto de reforma establece la ineludible necesidad de realizar una ampliación del inmueble: el nuevo albergue tendrá dos plantas, una planta bajo cubierta y un sótano. Dos años más tarde se muda de opinión y, «ateniéndose a criterios puramente estratégicos», se decide que lo que iba a ser un albergue se convierta en una escuela-taller medioambiental que, finalmente, abrirá sus puertas a finales de marzo 1992, manteniéndose en funcionamiento unos cuantos años.

Pero hace tiempo que la escuela taller dejó de funcionar; hace tiempo que aquella casa tiene sus puertas cerradas, sin uso conocido. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años ¿No creen las concejalas y los concejales del Ayuntamiento de Gijón que bien pudiera ser este el momento para darle un uso adecuado a este equipamiento municipal? Ahora que conocemos con cierto detalle su biografía; ahora que tenemos a nuestro alcance buena parte de su obra, bien en papel (gracias al inapreciable trabajo realizado por José Bolado en las Obras reunidas ⇑), bien en formato digital (disponible en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), que mantengo actualizada desde hace años); ahora que ha recuperado protagonismo y está presente en diversos portales culturales (Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑), Biblioteca Nacional (⇑)…); ahora que tanto en Pinto como en Madrid han decidido darle su nombre a diversos equipamientos culturales… ¿no sería posible que aquí en Gijón, el lugar que ella eligió para pasar los últimos años de su vida, se dieran los pasos necesarios para convertir este edificio en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron? ¿No sería posible, por tanto, que pudiera también albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista? ¿No sería posible que, en el caso de que la vigente Ley de Costas planteara impedimentos para que este uso fuera posible, el Ayuntamiento realizara los trámites necesarios hasta conseguir la pertinente autorización, de la cual disfrutan hoy otros edificios del litoral destinados a usos hosteleros, hoteleros o recreativos?

De no ser por el panel informativo que allí se encuentra, la casa de Rosario de Acuña no sería más que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo en la abrupta costa gijonesa. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años. Creo que ha llegado el momento de encontrar una alternativa.

La Nueva España, edición de Gijón, 7-11-2018





Casi cinco años después de que fuera publicado el texto anterior, añado lo que sigue.

En el otoño del año veintidós, como paso previo a la organización de la exposición que me habían encargado organizar con motivo del centenario de su muerte,  visité la Casa. La encontramos tal y como quedó hace años, tras haber cerrado sus puertas como escuela taller. Bueno, no exactamente, pues el viento (que en El Cervigón suele soplar con fuerza), la lluvia y el paso del tiempo hicieron de las suyas, dejando algunas cicatrices en el edificio...

La Casa de Rosario de Acuña en octubre de 2022

Tocaba vaciar el interior y también limpiar el poso acumulado a lo largo todo los años que estuvo cerrada. Además, había que recuperar la muy azotada fachada...  En eso se quedó, pero pasaban los meses y no se veía movimiento alguno en el lugar, parecía que no se llegaría a tiempo. 

Por fin, a mediados de marzo pisé la nueva capa de asfalto recién añadida sobre el camino de los Tilos, en su tramo más cercano a la casa. Pocos días después, todo se activó. Cerraron el hueco en el seto, el que quedó abierto en el lugar que  había ocupado aquella placa, que ya lucía –ahora en el exterior, próxima al sendero– con el año correcto de su nacimiento; se afanaron en preparar el espacio exterior: plantaron tres higueras y un peral, habilitaron un espacio de huerto y otro de jardín de coloridas flores (tal parece que no se atrevieron ni con la parra ni con el gallinero, que eran los otros elementos que figuraban en la descripción de la finca que realizó Mario de la Viña en los años treinta, y que con toda la ilusión les facilité cuando así me la pidieron); repararon el muro bajo, que a modo de zócalo, bordea el exterior de la finca; emplastecieron la fachada y luego la pintaron de un acomodaticio blanco: resplandeciente al sol, irisado de violeta en el nublado... Todo quedó en perfecto estado para la inauguración de la exposición en la fecha prevista.


Adecuación de la Casa de Rosario de Acuña para la exposición

Tal y como se cuenta en el comentario 273. En la Casa de Rosario de Acuña (⇑) (pulsando en el enlace se puede acceder a buena parte de los contenidos expuestos), el último domingo del mes de julio se clausuró la exposición «Rosario de Acuña (1850-1923). Una aproximación desde el archivo de José Bolado», después de permanecer abierta al público durante tres meses. A las ocho de la tarde de ese día se cerraron sus puertas. A las ocho de la tarde del 30 de julio de 2023 se abrió de nuevo el tiempo de las preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña? ¿Volverá a estar cerrada durante años, sin uso alguno? ¿Qué hará la nueva corporación municipal gijonesa al respecto?

Veremos.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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24 diciembre

143. El Cervigón: parada y fonda


Un día que pasé por delante de su puerta vi colgado del muro este cartel: «Es inútil llamar, no se abre a nadie» Algo parecedlo se encontró el Dante a las puertas del Infierno –dije para mí– y en esto bien se echa de ver el poco espíritu comercial que posee esta señora. Si fuera tan lépera como algunas de sus colegas podría explotar el fenómeno poniendo a peseta la entrada, lo cual la enriquecería, porque acudirían a verla y a oírla gentes de todos los vientos.

Para nadie, en efecto, se han abierto jamás aquellas puertas, ni para los ahítos ni para los hambrientos, ni para los dichosos ni para los infortunados. El que se aventurase a llamar podía correr el riesgo de ser destrozado por un perrazo enorme que de día y de noche vigilaba la entrada. Era el Cancerbero de aquella pavorosa mansión.

La utilización del adjetivo «lépera» lo delata, pues en Cuba se utiliza como sinónimo de «perspicaz». El astuto autor de los párrafos anteriores es un escritor nacido en el asturiano concejo de Tineo que en Cuba ejerció de periodista. Se llamaba Manuel Álvarez Marrón, y de su pluma salió un artículo en el cual se afirmaba que Rosario de Acuña era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba (véase su contenido en el comentario  2. La casa del diablo).

Aunque la leyenda (negra; negra jesuítica, diría la interesada), pintaba aquella casa con lúgubres colores, lo cierto es que el hogar de doña Rosario tenía las puertas siempre abiertas. Claro es que no para todos. Faltaría más.

Bodegón con manzanas  de Juan de Zurbarán (hacia 1640)

Hasta allí sube con cierta frecuencia el periodista Antonio L. Oliveros, quien, según sus propias palabras, aceptó la dirección de El Noroeste por consejo de su anfitriona; al igual que lo hacía su antecesor Rafael Sánchez de Ocaña Fernández. También acude de vez en cuando el  maestro Luis Huerta, con quien la escritora mantiene largas conversaciones acerca de la maternidad, la naturaleza y las nuevas generaciones (véase lo que al respecto cuenta el interesado en «La barca de Acuña»). Hasta El Cervigón se acerca algunas tardes José Díaz Fernández, un joven periodista que gustaba de charlar largo y tendido con la escritora, a pesar de que a ella no le gustaran ni el cine ni sus poesías (⇑). Tampoco se olvida de visitar a la escritora el joven marino (⇑) Fernando Dicenta quien, habiéndola conocido en su niñez, no dudaba en pasar por su casa cada vez que arribaba a puerto. Además de estas amistades que han dejado rastro escrito de sus visitas, sabemos que también la visitaban otros conocidos gijoneses como Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial y distinguido republicano; Lucas Merediz, uno de los más destacados militantes del Partido Reformista gijonés que será nombrado delegado regio de Primera enseñanza de la provincia en 1919; Eduardo García, quien fuera presidente del Ateneo Obrero de Gijón cuando la escritora llegó a la ciudad; Javier Aguirre de Viar, agente de Cambio y Bolsa y sucesor del anterior en la presidencia; y otras personas menos conocidas, pero no por eso menos apreciadas en la casa de la anciana librepensadora. Entre éstas últimas es preciso destacar a las hermanas Rosario y Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑) con quienes mantuvo una relación bastante estrecha.

Además de las visitas más o menos habituales, hubo otras que han dejado constancia de su estancia en la casa de El Cervigón. Tal es el caso de Eduardo Torralba Beci (⇑), quien, llegado a Asturias para intervenir en algunos mítines, no quiso desaprovechar la ocasión y subió hasta el acantilado en compañía de Wenceslao Roces y del joven socialista César Rodríguez González; o de Virginia González, madre de este último y la primera mujer española que formó parte de la dirección de una organización política española al incorporarse en el año 1913 al Comité Nacional y a la Ejecutiva del PSOE; fue miembro también de la ejecutiva de la UGT. Se conocieron en un mitin celebrado en Turón (⇑). Allí hablaron largo y tendido y en Gijón consolidarían su amistad.

 Sabíamos que la puerta de la casita solitaria, situada en un alto a orillas del mar,que nunca se abría a ninguna visita convencional, quedaba de par en para cuando se aproximaban a ella los obreros. Tardes inolvidables, en las que, cogidas del brazo, marchábamos por aquellos acantilados hablando de tantas cosas. Hablando del problema social, como una iluminada, profetizaba el gran cataclismo que pondrá fin al régimen capitalista.

Como señala Virginia González, la casa de El Cervigón estaba abierta de par en par cuando a ella llegaban los obreros. Prueba de ello fueron las tradicionales giras que, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, tenían por destino la casa de Rosario de Acuña. De la última, ocurrida cuatro días antes de la muerte de la librepensadora, tenemos un testimonio valioso. Manuel Tejedor, uno de los que hasta allí acudieron, publicó un artículo (⇑) en El Socialista dando cuenta de sus impresiones acerca de aquella visita.

Parece, pues, evidente que, en contra  de lo que se afirma en el artículo publicado por Álvarez Marrón en El Diario de la Marina, las puertas de la casa de Rosario de Acuña sí que se abren, de par en par, para muchos de los que hasta allí se acercan. La mayoría pasan en su compañía unas horas en animada conversación. Otros hay que, llegados desde más lejos, se alojan  en la casa de El Cervigón unos días, disfrutando de la tranquilidad, de las incomparables vistas que el lugar ofrece y de las atenciones que les brindan sus anfitriones.

Tal es el caso del escritor Joaquín Dicenta Benedicto de quien sabemos que en alguna de sus visitas a Gijón estuvo allí alojado (⇑). También de algunos miembros de la familia portugaluja (⇑) Conde-Pelayo con la cual doña Rosario mantuvo relación, tanto con Volney (⇑), como con su hermano Ángel y su cuñado, el actor y músico José Tejada, quienes en el verano de 1917 pasaron unos días en El Cervigón. Así como del propagandista Ángel Samblancat (⇑) que no dudó en acercarse hasta allí cuando en 1919 visitó Asturias para pronunciar varios mítines. Y ya en los últimos años era habitual la visita veraniega de Tito y Esperanza, hijo y nuera de quien fuera presidente de la Primera República. Exoristo Salmerón García era uno de los hijos de don Nicolás, nacido en el exilio parisino –de ahí el nombre– y un notable ilustrador y caricaturista  que, como ha dejado escrito Carlos Lamo, acudía en compañía de su mujer, siempre en agosto, a aquella cita anual que tenía en la  «casa del diablo», a la cual y al decir de algunos, nadie se atrevía a entrar. 

Manuel Azaña en la terraza del Real Club de Regatas de Gijón (22-9-1932; fotografía de Constantino Suárez, Fototeca del Pueblu d'Asturies)

Hubo otros ilustres personajes que también quisieron conocer la casa de El Cervigón, aunque no lo hicieran como invitados. Tal es el caso del también madrileño Manuel Azaña Díaz, quien en septiembre de 1932 y siendo jefe del Gobierno realizó un viaje a Asturias, visitando Oviedo, la fábrica de armas de Trubia y Gijón, donde el Ayuntamiento de la ciudad le obsequió con un banquete en el Real Club de Regatas. La concha de San Lorenzo aguardaba a los comensales cuando salieron a la terraza a tomar el café. En el otro extremo del escenario se encontraba la que había sido la última morada de Rosario de Acuña. 

No parece probable, dado lo apretado del programa de aquella visita, que el señor Azaña se acercara hasta el otro extremo de la bahía para visitar aquella casa que se contemplaba desde la terraza del Club de Regatas.  Pero si no fue posible en 1932, sí que lo fue al año siguiente, en un nuevo viaje que realizó el jefe de Gobierno a Asturias. A mediados de agosto visitó Oviedo, Covadonga, Ribadesella... y volvió a Gijón... y subió hasta El Cervigón para conocer la casa de aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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