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28 enero

148. Poeta de calendario


Estaba decidida. ¡Se acabó! Ninguna duda al respecto. Si alguna vez se había encontrado a las puertas del Parnaso nacional (⇑), desde ese mismo momento renunciaba a intentar dar ese paso definitivo que podría conducirla a los pies de la gloria. Abandonaba cualquier afán por conseguirla. Finales de 1884: ponía fin a su carrera literaria. Renunciaba a todo, incluso a lograr que la aureola del éxito inundara el recuerdo del ausente padre; a que, tras los homenajes del triunfo, la voz paterna, «con el ritmo conmovedor de la emoción, vibre húmeda con tus lágrimas, interrumpida por tus besos diciéndome: "¡Gracias, hija mía!"». Renunciaba a todo. 

Finales de 1884: firmemente decidida a cruzar a la otra orilla, su pluma se ponía al servicio del librepensamiento y, con ello, a la edad de treinta y cuatro años recién cumplidos daba por concluida su carrera literaria.

Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística.

Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas en aquella lucha requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

Portada del Almanaque para 1908, Madrid: Regino Velasco ImpresorNo obstante, aunque arrinconada en la intimidad, no abandona la poesía. De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto, la composición poética que más utiliza, la que construye con mayor soltura, aquella con la que más cómoda parece sentirse. Escribió sonetos siendo muy joven, cuando de su rubia melena colgaban tirabuzones; no mucho después, hizo recitar a Rienzi aquél, tantas veces reproducido, que así se iniciaba:  ¡Oh!, libertad, fantasma de la vida (⇑). Con un soneto despidió a su querido padre (⇑); con otro anunció el reencuentro con su madre (⇑) , uniendo para siempre sus destinos. Decenas y decenas de sonetos, algunos de los cuales permanecieron inéditos hasta después de su muerte. Hubo otros que habrían seguido la misma suerte de no haber sido por un avispado impresor, que intuyó cómo funcionaba el asunto del marketing mucho antes de que se generalizara tanto su uso, que los guardianes del idioma se vieran obligados a recomendar el uso de alternativas: bien su adaptación («márquetin») o su sustitución por «mercadeo» o «mercadotecnia».

Lo cierto es que el tal Regino Velasco, que así es como se llamaba este entusiasta de la publicidad, consiguió convertir su Almanaque en una codiciada publicación que, año tras año y durante más de tres décadas, esperaban sus cada vez más numerosos seguidores. La primera vez que vio la luz tan afamado almanaque debió de suceder en los primeros años noventa –de no haberlo hecho antes– pues a finales de 1892 La España Artística anuncia que don Regino, en cuyo taller se imprime la citada publicación,  repartirá muy en breve entre sus numerosos favorecedores, el bonito y elegante almanaque de bolsillo con que acostumbra a obsequiarlos cuando ya se dan vuelta las últimas páginas del anterior. Y así año tras año hasta los primeros veinte cuando se bruscamente se interrumpió tan feliz iniciativa, pues el señor Velasco falleció a primeros de septiembre de 1921, tras ser empitonado en la plaza madrileña por un toro que logró saltar al tendido.

Fragmento del soneto «A Benlliure», publicado en el calendario de 1899


Digamos, por redondear, que fueron treinta años. Treinta almanaques de tamaño reducido, de bolsillo o de cartera: alrededor de doscientas páginas de diez centímetros de largo por seis y medio de ancho, con un tipo de letra de pequeño tamaño, no compatible con la presbicia. Dos partes: la primera, el almanaque propiamente dicho, con una página por mes, en la cual figura el día de la semana, el santo del día y una columna para notas; la segunda, denominada «Álbum», aparece repleta de poesías escritas por un nutrido grupo de autores, «desde los poetas de más campanillas hasta los más modestos metrificadores». Ramón de Campoamor, Vital Aza, Ramos Carrión, Echegaray, los hermanos Álvarez Quintero, Emilia Pardo-Bazán, Muñoz Seca... Y entre las firmas asiduas de la publicación se encuentra Rosario de Acuña, cuyo esperado soneto ocupó, las más de las veces, lugar destacado. Desde los comienzos, pues consta que ya apareció en el de 1893, hasta el que vio la luz en 1912. El exilio debió de ser el motivo que interrumpió esa larga colaboración. 


Reproducción de las páginas del Almanaque para 1911 en las que aparece el soneto «A la memoria de mi perro Tom»

Con el pasar de los años fueron unos cuantos los sonetos escritos por doña Rosario que vieron la luz en el popular Almanaque, algunos posteriormente reproducidos en periódicos, revistas y antologías (El beato (⇑), Almanaque para 1896; ¡Triste destino! (⇑), 1905;  La muerte (⇑), 1909;  ¡Por saturación!... (⇑), 1910). De todos ellos hay uno, publicado en el Almanaque para 1911, que, en mi opinión, merece especial atención,  por plasmar los «íntimos afectos de su alma», por la honda ternura con que la autora añora la ausencia de un ser querido; también por el comentario que lo acompaña.


A la memoria de mi perro Tom

¡Leal amigo del alma! ¡Cuán hermoso
bajo el amparo de un hogar creciste!
En los trece años que, a mi lado, fuiste
¡cuán noble, fiel, valiente y cariñoso!

¡Jamás te olvidaré! ¡Siempre animoso
por montañas y costas me seguiste!
¡Cuántas veces de apoyo me serviste!
¡Cuántas fuiste guardián de mi reposo!

Sin hablar, nuestras almas se entendieron;
bastábanos cruzar una mirada
y, al mirarme llorar, también lloraste.

¡Cuando al morir tus ojos no me vieron,
presintiendo mi voz acongojada,
me buscaste la mano y expiraste!


Nota. Este noble perro San Bernardo, soberbio ejemplar, fue una maravilla de inteligencia, valor y lealtad.

Toda la cordillera Cántabra, desde el puerto de La Sía (Santander) hasta Las Portillas (Zamora), de cumbre en cumbre; todas las costas, desde Cabo Mayor al Miño; toda Castilla la Vieja, León y una parte de Portugal, fueron recorridos por mí a caballo durante los cuatro meses de los veranos de once años seguidos y en todas estas expediciones me acompañó este portentoso animal cuyo valor, entendimiento, previsión –así como suena– y fortaleza fueron en varias ocasiones  la salvación de mi vida; y en las ascensiones a ventisqueras y picachos, algunos a dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar; en jornadas nocturnas por despeñaderos, entre el fragor de la tempestad, en pernoctaciones entre pastores, o en solitarias y abruptas costas, fue siempre una providencia para mi seguridad, la de mi acompañante y mis caballos. Se necesitaría un libro –¡cuánto sentiré no poderlo escribir!– para relatar las maravillosas acciones de este animal que, más de una vez, demostró estirpe superior a la humana. Séame permitido dejar en el Almanaque de Regino Velasco, libro destinado a gran perpetuidad, un homenaje a la memoria de mi llorado Tom. ¿Qué menos puedo hacer por el amigo que pasó su vida defendiéndome y acompañándome? ¿Y no es verdad que, a quien trabajó todo lo que pudo por el progreso de la humanidad, se le debe dispensar que, alguna vez, muestre los íntimos afectos de su alma, aunque éstos se dediquen a un perro?

¡Perdonen los maestros que firman en el Almanaque estas lágrimas de mujer ante la memoria de un pobre animalito!

De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto... aunque para ello tenga que convertirse en una poeta de calendario.




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17 septiembre

129. «Rosario de Acuña», por Ramón de la Huerta Posada


Grabado del autor publicado en el semanario El Álbum Ibero Americano, 22-1-1896
Ramón de la Huerta Posada (Llanes, 1833- Madrid 1908), tras estudiar la carrera de Leyes en la Universidad de Oviedo, se trasladó a Madrid donde desempeñó una larga carrera en la administración pública, por cuyos «extraordinarios servicios» le fueron concedidos en 1892 los honores de Jefe Superior de Administración civil, con motivo de su jubilación.

Compaginó esta dedicación a los asuntos públicos con su actividad literaria de la cual, dejando aparte alguna obra editada, han quedado numerosas colaboraciones en diversos periódicos y revistas como La Ilustración Española y Americana, El Oriente de Asturias o El Álbum Ibero Americano. Fue precisamente en este semanario donde publicó la serie La Mujer. Semana a semana, siguiendo un riguroso orden cronológico,  Ramón de la Huerta fue trazando los principales rasgos biográficos de algunas de las mujeres que, en su opinión,  más se habían significado en la sociedad, ya fuera por su ascendencia o por su trayectoria. En el mes de agosto de 1896 le llega el turno a nuestra protagonista. He aquí el texto a ella dedicado:



Rosario de Acuña Villanueva de Laiglesia, nacida en Madrid en 1851 [véase la transcripción de la Partida de bautismo (⇑), donde se señala que su nacimiento tuvo lugar el 1-11-1850] no pudo recibir esmerada educación a causa de una grave enfermedad en la vista, que la tuvo casi ciega hasta la edad de dieciséis años. No obstante, su afición a toda clase de estudios, y con especialidad a los literarios, le hacía quebrantar los preceptos facultativos, que la prohibían toda clase de lectura, y más de una vez la sorprendió su familia llenando cuartillas de papel con renglones desiguales, que su padre, don Felipe, leía a hurtadillas, para no aumentar el entusiasmo que sentía su hija por el cultivo de la gaya ciencia.

Curada de aquella enfermedad, pudo entregarse de lleno a su pasión favorita, y pronto se la conoció por sus composiciones líricas en la república de las letras. Pero, sin detenerse en las nebulosas regiones del subjetivismo, vago y sentimental, de las primeras ilusiones, se levantó osadamente en alas de su poderosa intuición, sintiéndose con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las lachas de la vida y, no contentándose con pulsar la quejumbrosa lira de las Saphos de nuestro siglo, porque sentía que una fuerza superior a su sexo y a su edad la impelía a calzar el coturno trágico, la representación, verificada en la noche del 12 de febrero de 1876 por la compañía que dirigió el inolvidable Rafael Calvo, en el teatro del Circo de esta corte, de su drama Rienzi el tribuno, en que dio una evidente señal de su abundante vena poética y de su feliz inspiración dramática; en que resuenan los acentos del patriotismo; en que lanzan sus gritos ardientes y desgarradores el entusiasmo o la nostalgia de la libertad; en que el contraste de la pasión amorosa abraza los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros y adivinada en sus resortes más maravillosos; en que todos los elementos, que intervienen en la acción son de tal naturaleza, que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril; en que abundan las imágenes valientes, los rasgos grandemente humanos, las situaciones con brillantez sentidas e imaginadas, y la sublimes bellezas, que no desdeñaría un verdadero dramaturgo, poseedor de los secretos del arte y acostumbrado a los laureles escénicos; en que el genio centellea en medio del caos, porque la poetisa madrileña, sin que le espantase el peso que sobre sí echaba, supo hallar, en su talento, esfuerzo suficiente para expresar las pasiones, los entusiasmos, loa siniestros rugidos de la perversidad, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles admirable expresión de verdad... Fue un triunfo tan espontáneo y ruidoso, cual se cuentan pocos en los anales del teatro español. No había terminado aún el primer acto, cuando el público, seducido por los pensamientos que abrillantaban versos rotundos, galanos y armoniosos, quiso conocer el nombre del autor, y su sorpresa, al saberle, así que terminó aquél, fue tan grande, que los aplausos, al ver presentarse en la escena una joven, que aún no contaba veinticinco años, fueron unánimes, calurosos, ensordecedores, y la prensa confirmó entonces, bajo la firma de los más eminentes críticos, el juicio que había merecido a los espectadores.

A Rienzi el tribuno siguieron los dramas Tribunales de venganza, Amor a la patria, El padre Juan y el cuadro dramático La voz de la patria, que confirmaron el dictado de hija de Melpóneme, con que había sido ya bautizada esta artista de la palabra.

Su colección de poesías Ecos del alma, en que sobresalen los sonetos A D. Pedro Calderón de la Barca, A la muerte, A una flor, Al siglo XIX, Casualidad, El dolor, Europa, La eternidad, La fraternidad, Los celos,  Mi canto;  las odas A el amor, A García Tassara, A la gloria, A la Virgen. Ante una tumba, La felicidad, La vida, La última esperanza, Una rosa en un sepulcro; y las cartas, en verso, Al señor D. Agustín Felipe Peró y Al señor D. Daniel Carballo; sus poemas En las orillas del mar, Morirse a tiempo y Sentir y pensar; su cuento Melchor, Gaspar y Baltasar; sus apuntes Algo sobre la mujer; sus bocetos Intermediarios; sus Memorias de un canario: el primer día de libertad; sus obras La casa de muñecas, La siesta y Tiempo perdido; sus artículos El arte, El estudio, La casa, La costura, La familia, La huerta y La velada, publicadas bajo el título El trabajo; sus Lecciones instructivas para los niños: páginas de la naturaleza; y tantas otras producciones como han brotado de su pluma, la colocan en el número de nuestras mejores poetisas y de nuestras más fecundas escritoras, así como en la conferencia, que dio en el Fomento de las Artes, el 21 de Abril de 1888, sobre las Consecuencias de la degeneración femenina, probó que posee la facultad de persuadir al oyente y conmover el ánimo por medio de la palabra.

Ha colaborado en las obras Escritoras españolas contemporáneas y Álbum de la Mujer, y en varias publicaciones periódicas, entre ellas La Ilustración Española y Americana y El Correo de la Moda, de Madrid, y El Oriente de Asturias, de Llanes.

Esta literata, que tanto se había distinguido en la poesía lírica y en la dramática, ha cambiado de rumbo, dedicándose a los estudios filosóficos, y actualmente sustenta, con sus radicalismos, perniciosas doctrinas en materias religiosas, hasta el extremo de que un notable crítico ha dicho que «es para los hombres una literata y para las mujeres una libre pensadora, y no inspira simpatías entre unos y otras.» De lamentar es ciertamente que profese y propale ideas contrarias a las creencias, que tan profundas raíces tienen en los corazones femeninos españoles; pero la experiencia y el tiempo, unidos a su talento y a su ilustración, le harán comprender dónde se halla la senda de la verdad, y por ella, así lo esperamos, iluminada por la luz del ingenio, volverá, para gloria suya al campo del catolicismo, donde le esperan las «simpatías de los hombres y de las mujeres.»

El Álbum Ibero Americano, Madrid, 14-8-1896





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20 agosto

125. La pesada losa de Rienzi


Tan sólo tenía veinticinco años y el éxito de Rienzi (⇑) le había situado en el centro del escenario; los ojos de cuantos tenían algo que decir en el mundo del teatro nacional estaban puestos sobre ella. Todos esperaban el estreno de una nueva obra para poder confirmar que aquella joven había llegado para quedarse; que de su fecunda y ardorosa inspiración podían surgir primorosos dramas; que Rosario de Acuña Villanueva podía convertirse en la sucesora de la Avellaneda.

Imagen de la portada de Rienzi el tribuno
Ella sabía de la sorpresa y admiración que aquel estreno había causado. Conocía las alabanzas de Manuel de la Revilla, de Peregrín García Cadena, de Ramón de Navarrete, Asmodeo. Sabía que Rienzi le brindaba la  oportunidad de consagrarse como poeta dramático, de alcanzar la gloria literaria, de agradecer los desvelos que su padre había realizado para ilustrar a su hija semiciega, de colmar de orgullo y satisfacción a los suyos... Lo sabía bien. Y fue pronto consciente de ello, pues pocas semanas después del estreno escribe en el prólogo de su poemario Ecos del alma (⇑) lo que sigue:

  «…él me sirvió de carta de naturaleza entre los aspirantes a la entrada del Parnaso, y aunque en el número de orden sé que estoy de los últimos, no por eso dejo de vanagloriarme de haber logrado siquiera la aproximación a los umbrales de tan hermoso reino…»

 En efecto, sabía de los parabienes que su primer drama había cosechado, pero también de los defectos que los críticos habían encontrado en Rienzi, achacables –según opinión compartida– a la inexperiencia de la autora. García Cadena habla de elementos desordenados y señala que «el conjunto está desprovisto de cohesión y de sólida contextura». Manuel de la Revilla, por su parte,  afirma que es un drama «mejor sentido y escrito que pensado, lleno de inexperiencia», por más que también diga  que la obra rebosa inspiración, que los personajes están «vigorosamente acentuados», que la autora utiliza recursos atrevidos, versificación robusta, bellas imágenes y hermosos pensamientos.

Era consciente de que se encontraba a la puerta que daba acceso al Parnaso; también de que  franquearla o no dependía en gran medida de lo que hiciera a continuación, de su segundo drama. ¿Sería capaz? ¿Podría conseguirlo? Las dudas acechan; la responsabilidad cobra entonces mayor presencia que cuando escribiera Rienzi; la inseguridad se va abriendo camino... Por si fuera poco, se encontraba lejos de todo, lejos de los suyos, lejos de los amigos que bien pudieran aconsejarla...

Bien. De la necesidad se hace virtud: está en Zaragoza, pues Zaragoza será el escenario. Su segundo drama  estará ambientado en la heroica defensa de la capital zaragozana durante la Guerra de la Independencia. Se llamará Amor a la patria (⇑). Una vez tomada la decisión, no queda más que coger la pluma y aplicarse a la labor, por más que las dudas surjan una y otra vez. La presión no aminora cuando la obra está concluida. ¿Será buena?, ¿estará a la altura de lo que de mí se espera? ¿Estrenarla en Madrid o mejor en Zaragoza? ¿Qué dirá la crítica?... Dudas y vacilaciones que seguían acechando, hasta tal punto de que a ellas bien pudiera deberse el hecho de que usara un seudónimo –por primera y única vez– cuando a finales de noviembre de 1877 se estrenara la obra en la capital aragonesa.

Y con el estreno de su segundo drama no se aquietó su ánimo, por más que fuera aclamado por el público, por más que fuera alabado y aplaudido por José Ortega y Munilla. No, las dudas persistían, los temores seguían al acecho. Así que, apenas unas semanas después del segundo estreno, cuando las fiestas navideñas la retornan a Madrid, llama a algunos de sus amigos escritores para pedirles auxilio y consejo. A su llamada acuden, al menos,  José Echegaray, Francisco Pérez Echevarría, Gaspar Núñez de Arce y Ramón Rodríguez Correa. La velada tuvo por protagonista el teatro: se leyó el único acto de la obra recién estrenada  y se trataron los problemas que se encontraba su autora para estrenarla en Madrid; también se habló de un nuevo proyecto en el cual la joven poeta estaba trabajando... Y todos se dieron cuenta del estado en que se encontraba su anfitriona. Rodríguez Correa nos lo cuenta:

...al ver el decaimiento de la autora para escribir más dramas, en vista de las dificultades que se experimentan para ponerlo en escena, dificultades que si forman una carrera de obstáculos para un hombre, son casi insuperables para una dama, todos los que allí estábamos, dejando aparte la galantería, exigimos y obtuvimos la promesa de ver pronto en el mundo un hermano de Rienzi, comprometiéndonos todos a que si el niño nacía viable correríamos con los afanes y cuidados de sacarle de pila.

Pocos meses después, los asistentes a aquella velada son convocados de nuevo para asistir en el teatro Español de Madrid a la lectura de Tribunales de venganza (⇑), un drama en tres actos inspirado en las Germanías valencianas. De nuevo es Rodríguez Correa quien nos cuenta las impresiones de los presentes tras aquella lectura:

...causó el entusiasmo de cuantos le oíamos, en lo que se refiere a la forma bellísima literaria y a la admirable sujeción a la verdad histórica de su asunto y personajes. Todos opinamos que el drama tenía un flaco y era el segundo acto en el que, además de parecer más premiosa la inspiración de la autora, se acumulaban recursos que podían comprometer el éxito de la obra. En cambio, la nitidez de la exposición en el primer acto y las maravillas de versificación, de majestad y de grandeza que formaban el tercero, reducido a una protesta elocuente y en acción contra la pena de muerte por delitos políticos, constituía un asunto que debía ser simpático en la época moderna, y en cuya representación no había peligro si se llegaban a salvar los inconvenientes que a nuestro juicio ofrecía la representación del segundo acto.

Después de algunas dificultades y más de un retraso, el martes 6 de abril del año ochenta se estrena el drama en el escenario del teatro Español. Su autora no utiliza en esta ocasión un seudónimo, pero su nombre no es conocido por el público. Parece que las dudas continúan. Están presentes hasta tal punto que, según cuentan las crónicas, Rosario de Acuña no asistió al estreno, y ello a pesar de haberse trasladado de Zaragoza a Madrid con esa intención. Dicen que, a última hora, decidió no acudir y pasar la noche en Aranjuez.  Allí se entera de que, finalizado el primer acto,  los presentes aplauden y llaman al autor al escenario, pero se mantiene la incógnita.  Entre aplausos se escucha el segundo, volviendo a pedirse al final el nombre del autor, que continúa sin saberse. Se aplauden varios trozos del tercer acto, pero al caer el telón y ser llamado nuevamente el autor, se establece una división entre el público.

Dicen que alguien de su entorno se encontraba en el teatro, y que comunica por telegrama el resultado. Al conocer el inconsistente veredicto del público, Rosario de Acuña toma una drástica decisión: aquella sería la primera y también la última representación del drama, no habría más. Las dudas que albergaba desde que Rienzi la hubiera llevado hasta las puertas de la gloria, no se disipaban. Sus amigos escritores le habían aconsejado que modificara el segundo acto, y el público lo aplaudió;  alabaron el tercero («maravillas de versificación, de majestad y de grandeza»), y al público no le convenció...

Cuatro años atrás, cuando el estreno de Rienzi, público y crítica habían coincidido en las alabanzas. Amor a la patria, que cosechó el aplauso de sus nuevos vecinos zaragozanos, seguía siendo desconocido por la crítica madrileña. Y ahora que, ilusionada por el aliento de los próximos,  había conseguido volver a estrenar en Madrid: para Tribunales de venganza, la tibieza, la división de opiniones. El éxito cosechado por Rienzi constituía una pesada losa. Los dos dramas que había escrito después no habían conseguido brillar a la misma altura. Rienzi era la medida. El cronista lo resume perfectamente: «Tribunales de Venganza contiene grandes bellezas líricas; como drama vale mucho menos que Rienzi, primera y afortunada tentativa teatral de su aventajada autora».

La pesada losa de Rienzi estará siempre presente; hasta el final; hasta el estreno de su último drama. A finales de 1893 estrena La voz de la patria (⇑), con el cual retorna en buena medida al ámbito más literario, tras el paréntesis militante que supuso El padre Juan (⇑). Aquella obra supone su último intento de superar la alargada sombra de Rienzi:

Al llevar al tribunal de la pública opinión este drama, no es factor insustituible mi presencia en el teatro: no es obra de lucha, de controversia; es el eco de una realidad del presente; no se trata en él de sellar, con la vida si fuera preciso, la libertad de conciencia, de pensamiento; anexo a él no va más que el hecho escueto de la aprobación, o repulsa, hacia un talento literario: ¡Triunfo o derrota baladí, porque es personalísimo, esencial a mí, sin trascendencia para la ejemplaridad, para el apostolado del progreso!...




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23 diciembre

53. A las puertas del Parnaso


Madrid, 12 de febrero de 1876. Tras la agitación vivida años atrás, las cosas parecían haberse calmado una vez que Cánovas, don Antonio, se había hecho con el control de la situación. La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra; ópera en el Real; teatro en la Comedia, en el Apolo o en el Martín... Rienzi el tribuno (⇑) en el teatro del Circo: un estreno del que se venía hablando desde hacía unos días, desde el mismo día del estreno de la ópera Rienzi. ¿Quién era el tal, que tan de moda se había puesto? La ópera de Wagner en el Real, y este drama en el Circo de autoría desconocida... Bueno, algo sí que se sabía a juzgar por lo que el mismo día del estreno publicaba El Imparcial:

La Correspondencia ha dicho que es una traducción y semejante noticia carece absolutamente de fundamento. El drama que se estrenará esta noche es original de una joven y distinguida poetisa que ha honrado ya las columnas de EL IMPARCIAL con algunas de sus siempre inspiradas composiciones [por ejemplo la oda A la muerte (⇑) ], y cuyo nombre no revelamos porque ella y su apreciable familia, que nos favorecen con su amistad, nos han rogado que acerca de este punto guardemos silencio. Podemos, en cambio, determinar una circunstancia verdaderamente notable: la obra de que se trata ha sido escrita en cuatro semanas.

Para qué más. La expectación era tanta que el teatro se llenó. Aunque –a decir de los críticos– en el primer acto se notó la inexperiencia de la autora «el público caminó de sorpresa en sorpresa, agradablemente sorprendido, oyendo las varias rimas de una versificación verdaderamente viril, admirando la profunda intención de los pensamientos, conmoviéndose con los delicados rasgos de un corazón que brota a raudales de sentimientos».

Terminado el primer acto, los presentes hicieron patentes sus deseos de conocer el nombre de la autora hasta el punto que Rafael Calvo, el primer actor, tuvo que suplicarles que aguardaran a la finalización de la obra.

Esto, sin embargo, no pudo ser así. La bellísima situación del acto segundo, que sorprendió a todos vivamente por su originalidad, por la nobleza del sentimiento en que está inspirada, y por su corte, en fin, altamente dramático, electrizó al público, y entre salvas y nutridísimos e incesantes aplausos, se presentó la joven autora de distinguida figura y simpática belleza, la cual recibió aquella entusiasta ovación con sencilla modestia, pero también con elegante soltura, como quien recibe elogios por méritos de que, a la verdad, no presume.

Andrea Appiani: Il parnaso (1811) - Galleria d'Arte Moderna, Milán

El estreno fue un éxito, no hay duda alguna. Basta leer los elogiosos comentarios publicados en los siguientes días en las páginas de El Imparcial, La Época o La Iberia.

A la conclusión, la señorita doña Rosario Acuña se presentó repetidas veces, aclamada a una sola voz. La musa de Rienzi entra en la escena sobre una alfombra de flores y bajo arcos de palmas.

La discreción y natural compostura del bello sexo es causa las más veces de que no se asocie a las manifestaciones tumultuosas de un público que se siente herido con energía en el cerebro o en el corazón por las inspiraciones de un autor dramático; pero el bello sexo creía tener ayer justa disculpa para sus entusiasmos, y aplaudía ruidosamente a la autora que así sabía entrelazar los laureles de la gloria en la diadema de perlas de la hermosura.

Gran número de autores dramáticos y literatos acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña, conviniendo todos ellos en que este su primer ensayo revela condiciones excepcionales para la escena dramática.

La empresa del teatro del Circo merece elogios y agradecimientos de los aficionados al arte escénico por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda.

La Época, 13-2-1876


Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil. Nada lo denuncia, nada lo revela, ni en el género, ni en la entonación... Verdad es que tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero era una mujer en toda la plenitud de sus facultades intelectuales... Ignoro si la joven es un autor dramático, pero puedo asegurar ya que es un poeta de gran aliento, de rica fantasía y de alto vuelo...

La Época, 20-2-º876


Aunque los comentarios de los diarios madrileños resultaron elogiosas, todavía había que esperar el juicio de eso que se ha dado en llamar «la crítica», esto es el sesudo y reposado análisis de aquellos que gozaban del poder de hundir en los infiernos de la indiferencia o encumbrar hasta las puertas del Parnaso. Ese era el caso de Peregrín García Cadena, reputado crítico teatral que por entonces oficiaba en La Ilustración Española y Americana en cuyas páginas publicó lo que sigue a continuación:



Peregrín García Cadena

La quincena ha dado fin con un señalado acontecimiento teatral. Una poetisa de diez y seis abriles [yerra el señor Peregrín pues la autora tiene veinticinco], hija predilecta de las musas, de cuyo peregrino ingenio habían dado ya alguna muestra muy notable las columnas de LA ILUSTRACIÓN, acaba de conquistar en la escena un triunfo muy lisonjero. Aludo a la Srta. D.ª Rosario Acuña y a su drama Rienzi el Tribuno, representado por primera vez en el teatro del Circo en la noche del sábado anterior.

Rosario Acuña era ya conocida en el mundo literario por algunas composiciones líricas que revelaban un ingenio poético nada común, pero en las cuales era imposible traslucir el desenvolvimiento imprevisto y la mágica dirección a que iban encaminadas sus facultades. La revelación de su potencia poética ha sido un suceso que con razón ha causado maravilla y ha puesto en emoción a nuestra república literaria. La sorpresa se explica fácilmente: Rosario Acuña ha ofrecido el ejemplo de un fenómeno psicológico muy raro: en plena primavera de su edad, cuando el alma poética de la mujer, que posee este don soberano, se entrega al subjetivismo vago y sentimental de las primeras ilusiones, el númen de Rosario Acuña, sin detenerse en esas regiones nebulosas, se levanta osadamente, en alas de una poderosa intuición, y se siente con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las luchas de la vida. La joven poetisa no se contenta con pulsar la lira quejumbrosa y semi-afónica de las Safos del siglo: una fuerza que parece superior a su sexo y a su temprana edad la impele a calzar el coturno trágico, sin que le espante el grave peso con que agobia su pie de niña, y la primera inspiración grandiosa de su inquieta musa es un drama en que han de resonar los viriles acentos del patriotismo, en que han de lanzar sus gritos ardientes o desgarradores el entusiasmo y la nostalgia de la libertad, en que el contraste de la pasión amorosa ha de abrazar los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros, y adivinada en sus resortes más odiosos, y en que todos los elementos, en suma, que intervienen en la ficción son de naturaleza tal que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril.

Rienzi, tal como lo ha comprendido Rosario Acuña en el drama que acaba de producir tan gran entusiasmo en el teatro del Circo, es el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad. Colonna es el orgullo y el despotismo de raza en un carácter capaz de llevar la pasión criminal a los últimos límites de la bajeza y la perversidad. María es la mujer amante que se asimila los sentimientos y los fanatismos del objeto de su ternura, y se eleva con él a las alturas excepcionales en que se desenvuelven las grandes luchas de la vida. Juana es el amor vigilante y la incorruptible fidelidad, arraigadas en un alma fuerte y en una naturaleza asiática, en quien la pasión concentrada, árbitra absoluta de sus destinos en la tierra, camina derechamente al sacrificio, y cuyo heroísmo postrero se traduce de este modo: Abnegación, fatalidad.

Se ve, pues, que los afectos que ha llevado a la escena la joven poetisa no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo; son palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril. Pues bien: Rosario Acuña ha encontrado en su talento poético bríos bastantes para expresar esas pasiones, esos entusiasmos y esos siniestros rugidos de la perversidad humana, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles más de una vez admirable expresión de verdad. Su drama está lleno de imágenes valientes, de rasgos grandemente humanos, de situaciones superiormente sentidas e imaginadas, de bellezas que no desdeñaría un poeta dramático iniciado en los secretos del arte y avezado a los laureles de la escena. El conjunto ideado por la Srta. de Acuña es defectuoso, falto de artificio y de armonía; descúbrese en él una gran fuerza de intuición, luchando con una inexperiencia no menos visible; pero sobre ese conjunto desprovisto de cohesión y de sólida contextura se cruzan sin cesar las corrientes de una inspiración ardorosa y de una poesía llena de savia y de vigor y las llamaradas de un númen levantado y fecundo. Los elementos son desordenados, pero el genio centellea en medio del caos.

Rienzi no es un carácter histórico; ya lo he dicho: es una pasión, una idea, un entusiasmo. Es el espíritu vigilante de la libertad consagrado a su obra de redención: ni la inercia resignada al yugo le detiene en el camino de la abnegación, ni le turba el pensamiento del martirio. No es un hombre; es un ideal. Cuando le arguyen con el desvío del pueblo adormecido al son de sus cadenas, Rienzi responde:

"El cuerpo duerme, pero el alma vela."

Porque Rienzi es la idea que se abre camino a través del tiempo, penetrada de su virtud: no la impacienta la tardanza del brazo que ha de llevarla a la victoria. La frase es bellísima, y en ella, como en otros pasajes del drama, se echa de ver el propósito de revestir de cierto idealismo -que, a la verdad, no siempre se sostiene en estas alturas- la trágica figura del tribuno romano. En este mismo sentimiento está inspirado un notable soneto a la libertad que la señorita de Acuña pone en boca de Rienzi, en un monólogo del tercer acto, y que voy a transcribir en la seguridad de que ha de ser del agrado de mis lectores.

Dice así:

¡Oh! libertad, fantasma de la vida,
astro de amor a la ambición humana
el hombre en su delirio te engalana,
pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida
cruzas la tierra, como sombra vana;
se te busca en el hoy para el mañana,
viene el mañana y se te ve perdida.

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte
y piensa que te ve ¡triste quimera!
Con la esperanza de llegar a verte

ruedan los años sobre la ancha esfera
y en el último trance de la muerte,
aun nos dice tu voz, ¡espera, espera!

Con esta fuerza poética ha expresado la señorita de Acuña el sentimiento en su primera obra escénica, y con esta valentía se ha entrado de rondón en las entrañas del drama trágico, donde riñen fiera batalla los más grandes afectos del corazón humano.

Lo que hay, pues, de superior en la obra de la joven poetisa, y lo que da grandes esperanzas de un rápido desenvolvimiento de sus facultades, es la energía de la concepción, el nervio y el calor de la expresión poética y los rasgos verdaderamente admirables con que ha acertado a expresar ciertos movimientos de la pasión. El que impele ciegamente a Rienzi a destruir la amañada prueba que le presenta Colonna contra la virtud de María; el que provoca, con el final del drama, el acto hermoso de desesperación con que Juana se arroja a las llamas con el cuerpo inanimado de la mujer del tribuno, para que sus restos no sean profanados por el odioso vencedor, son de una belleza y de una fuerza que revela un extraordinario instinto y un gran sentimiento de la belleza. Verdad es que estos grandes rasgos y otros muchos que la gallarda poetisa ha sembrado en su creación son llamaradas del genio, que resplandecen en un conjunto defectuoso, en que frecuentemente se echa de ver una falta natural de iniciación en los secretos del arte y un ingenio desorientado. No se debe ocultar por un exceso de inoportuna galantería, de que no ha de menester la señorita de Acuña para recibir muy colmada la medida del elogio, que el plan de su composición tiene mucho de endeble; que el movimiento del drama en los dos primeros actos es de una vitalidad escasa e intermitente; que la aparición de los personajes no siempre está justificada; que algunas de las principales figuras, dotadas de gran actividad moral, producen poco movimiento en la marcha del drama: que Rienzi tiene grandes arranques dramáticos, como el que le inspira su fe inquebrantable en el amor y en la virtud de su esposa, y como los que abundan en la escena del segundo acto con Colonna; pero que aparte de éstos y otros enérgicos latidos de la pasión, su actitud es más bien, a veces, la de un soñador que la de un entusiasmo personificado que vive en la lucha: en suma, que el poema tiene de imperfecto en la concepción general, en la marcha y en el desarrollo de los caracteres, lo que tiene de superior en la energía del númen poético que lo vivifica constantemente y en la belleza de ciertos movimientos dramáticos. La Srta. Acuña no ha venido al palenque de la escena a recoger una ovación transitoria, arrancada a la benevolencia y a la galantería: tiene grandes dotes de autor dramático, tiene vocación verdadera, y ha de volver a la liza en busca de nuevos laureles. La crítica, pues, no pagaría completo tributo a su privilegiado ingenio, si creyéndole llamado a realizar nuevas empresas, no procurase alejarle de los obstáculos del camino, señalándole francamente los defectos de que no ha podido triunfar en el primer paso un instinto feliz. Rienzi es un brillante alarde de facultades poéticas, una primera alentada del númen trágico, aposentado en alma de niña, y en la que se perciben todavía vagidos infantiles. Rosario Acuña ha acreditado la fuerza con pruebas irrefragables; necesita desenvolverla en la armonía. La poetisa ha dejado oír los altos acentos de una poderosa inspiración: esperemos a la artista.

Una palabra para terminar: la empresa del teatro del Circo no ha honrado las primicias dramáticas de Rosario Acuña con la galante ofrenda de una buena decoración final, y el cuadro postrero del poema, el bellísimo rasgo trágico que pone término a la obra, si no han sido perdidos para la gloria de la poetisa, lo han sido en gran manera para la ilusión del espectador. No se comprende, ciertamente, cómo ha podido ocurrir esta falta de galantería en un teatro tan hospitalario como el del Circo, donde el bárbaro Atila acaba de ser objeto de tan urbana y tan espléndida acogida.

La Ilustración Española y Americana, 15 de febrero de 1876


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 5-4-2010.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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13 septiembre

22. Vuelve a Cuba, mi tórtola gallarda (José Martí)


José Martí  (La Habana,1853-Dos Ríos, 1895) fue un político, diplomático, poeta, ensayista, periodista y filósofo cubano, fundador del Partido Revolucionario Cubano y líder de la Guerra de Independencia de Cuba, durante la que murió en combate 

 = = =

Portada de Lira Guerrera, publicado por la editorial Atlántida

 

 

A Rosario Acuña


Poetisa cubana, autora del drama «Rienzi el tribuno», laureado en Madrid






= = = = =


Espíritu de llama,
del Cauto arrebatado a la corriente,
ansioso de aire, libertad y fama;
espíritu de amor, trópico ardiente;
de Anáhuac portentoso
oye el aplauso que en mi voz te envía
al hispánico pueblo el más hermoso
que mares ciñen y grandezas cría.
      
   Mas ¿cómo no te dueles,
¡oh poetisa gentil!, de que en extraña
tierra enemiga, te ornen los laureles
amarillos y pálidos de España,
si en tu patria de amor te espera fieles
y el odio allí su brillantez no empaña?
¿Cómo, cuando Madrid te coronaba,
hija sublime de la ardiente zona,
sin Cuba allí, no viste que faltaba
a tu cabeza la mejor corona?
¡Ay! cuando entre tus manos,
albas y juveniles,
sin el beso de amor de tus hermanos,
sembradoras de mayos y de abriles,
la corona española brilla y rueda,
¿no se yergue ante ti sombra de espanto,
pecadora inmortal, nube de llanto,
la sombra de la augusta Avellaneda?
            
   Y de Orgaz el potente, ¿la olvidada
memoria no te humilla,
castigo digno de su lira hollada,
alma de Heredia que encarnó en Zorrilla?
         
   ¡Que el campo estalla! ¿Que la voz del bardo
gloria pidiendo, el ánimo conturba?
¡También estalla en mí; yo también ardo!
Mas si en el mar de los olvidos bogo
y aire de sombra el aire me perturba,
los turbulentos cánticos ahogo,
y al hierro vuelve la domada turba.
            
   No hay gloria, no hay pasión; el mismo cielo,
la libertad espléndida es mentira,
si se la goza en extranjero suelo,
y con aire prestado
y llanto avergonzado,
huésped se llora, ¡siervo se respira!
–¿Qué hace el cantor?
–¡Cantar, mas de manera
prez de la tierra que mancilla España,
con su laúd sobre la espada muera!
Y tú, mujer, y yo –desventurado
con alma de mujer varón formado–,
¡perdónemelo Dios! porque a mis bríos
con su miseria el hálito han cortado
viejos y niños, carne y huesos míos.
¿Qué hacer cuando en el alma se agiganta
la divina ambición?... ¡Patria divina!
y ¿lo pregunto yo? ¡Vida mezquina
la que alienta la voz en la garganta!
            
    ¡Callar! Este es un canto
de voz de mártir, de celeste duelo,
y si el cielo es verdad, en sacro espanto
me encumbrará de mi canción al cielo;
mas si al ánimo vil, de vil tributo
siervo, no basta en el lugar de luto
este silencio pálido y benigno,
calle su voz, de los infiernos fruto:
¡Morir! Esto es más digno.
¡Morir! ¡Qué gran valor! Cuando pudiera
robusto el brazo encadenar la gloria,
y en la patria bandera
trocar la estrella en sol de la victoria,
escribir lentamente en extranjera
tierra una débil y cobarde historia;
y sentir aquel sol que arrancaría
de la melena del rugiente hispano
por dar con él la brillantez del día
a mi adorado pabellón cubano;
y andar, cuerpo viviente,
entre un pueblo a este mal indiferente;
y decir sin cesar este delirio
en un canto que el labio nunca entona,
¿qué más, que más laurel? ¿Cuándo el martirio
no fue en la frente la mejor corona?
            
    ¿Quién pide gloria al enemigo hispano?
el que los ojos vuelva hacia el tirano,
nueva estatua de sal al mundo asombre.
            
    ¿Qué plátano sonante,
qué palma cimbradora,
qué dulce piña de oro
al cierzo burgalés aroma dieron,
ni en castellana tierra florecieron?
         
    ¿Quién vio imagen del Cauto rumoroso,
de ondas, sonoras de movible plata,
en el mísero Duero rencoroso
que entre duros guijarros se desata?
             
    Allá, Rosario, el alma se acongoja,
el cuerpo se entumece,
cubre la tierra helada la amarilla
veste que el árbol moribundo arroja,
en la noche invernal nunca amanece,
y la blanca y morada maravilla
que en la niñez ornó tu faz sencilla,
púdica y débil de temor no crece.
¿Tú, apretada en el pecho del invierno,
ardiente hermana mía?
¿Tú, presa en tierra fría,
hija de tierra del calor eterno?
Y el puerto del Caney hogar paterno
te dio, y amante halago,
dulcísima caricia,
y truecas a tu plácido Santiago
por el rudo Santiago de Galicia?
   
    Y llanos vastos de nevada espuma
que el alma tropical mira oprimida,
y ¡tú en aquellos llanos, blanca pluma
en los ingratos témpanos perdida!

    ¡Oh, vuelve, cisne blanco,
paloma peregrina,
real garza voladora;
vuelve, tórtola parda,
a la tierra do nunca el Sol declina,
la tierra donde todo se enamora;
vuelve a Cuba, mi tórtola gallarda!

    Y si funesto azar lauros te ofrece,
plácidos para ti, y en calma queda
la corona en tu mano, y reverdece,
piensa, ¡oh poetisa! qu ese lauro crece
en la tumba de Orgaz y Avellaneda.

    Si la cándida garza peregrina
en hora aciaga tiñe;
si lauros nuevos a su frente ciñe,
nueva Gertrudis y fatal Corina,
piensa que el árbol que en el patrio suelo
y el amplio tronco disentió robusto
y en las hinchadas venas sangre hervía,
hallará a su traición castigo justo,
si otro sol y otra sangre torpe ansía;
que el lauro envenenado
en la sangre de hermanos empapado,
en la frente del vil que lo ciñera
la deshonra en espinas trocaría;
que muere triste en la Germania fría
golondrina del África viajera.

    Y si en tu frente, seno poderoso
de los rayos del sol, la vanagloria
tendido hubiera el manto luctuoso;
si nuevo lauro España le ciñera,
y la espina del lauro no sintiera;
si plugiese a sus fáciles oídos
cuanto de amor que no es amor cubano,
y junto a sus laureles corrompidos
el cadáver no viese de un hermano,
¡arroje de su frente,
porque no es suyo, nuestro sol ardiente!
¡Devuélvanos su gloria,
página hurtada de la patria historia!
y ¡arranca, oh patria, arranca
de su seno infeliz el ser perjuro,
que no es tórtola ya, ni cisne puro,
ni garza regia, ni paloma blanca!

México, agosto 1876


(en MARTÍ, José: Lira guerrera. Madrid: Editorial Atlántida 192...)




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