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05 mayo

290. La abuela de la «revolución»

 

Cuando, apenas cumplidos los veinticinco, irrumpió en el mundo del teatro con un drama histórico y en verso, hubo quien se vio en la necesidad de acudir a Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba, 1814-Madrid, 1873) para encontrar un referente a aquella jovencita que se adentraba por los vericuetos del «verso viril». Años después, esta referencia dejó de servir, pues Rosario de Acuña, abandonando su prometedora trayectoria literaria, decidió convertirse en una activa publicista de la libertad de conciencia, y en una masona. Fue entonces cuando su nombre empezó a unirse al de la escritora anarquista francesa Luisa Michel (1830-1905), convirtiéndola en su «competidora», «segunda edición» o semejante a ella, una «especie de Luisa Michel atenuada».

Catalina Breshkovskaya (1844-1934)
Catalina Breshkovskaya (1844-1934)

No fueron los únicos nombres de mujer que se unieron al suyo para ilustrar o ejemplificar el relato de sus acciones, de sus manifestaciones, de sus batallas, de su vida. Además del de Flora Tristán (1) o Rosa Luxemburgo (2) , en la última etapa de su vida, la de su residencia en Gijón, la de su acercamiento a «las izquierdas», al movimiento obrero, no faltaron quienes se acordaron de Catalina Breshkovskaya (1844-1934), escrito de esta forma o en cualquiera de las distintas transcripciones de su nombre utilizadas en la prensa española para referirse a la llamada «abuela de la revolución rusa».

Regresó del exilio portugués más cansada, más decepcionada y bastante más pobre que cuando se vio obligada a marchar para evitar ser procesada por aquel asunto de La jarca (⇑). Tras los dos años pasados en las tierras portuguesas, sus ahorros se han esfumado y debe de acostumbrarse a vivir, a malvivir, con la pensión de viudedad que tiene asignada. Su situación económica la aproxima más aún a los más humildes de sus convecinos. Se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!».

No es de extrañar, por tanto, que tras varios meses de retiro y de silencio, fuera una publicación socialista la que acogiera sus nuevos escritos: a primeros de septiembre de 1915 La Aurora Social, periódico de las agrupaciones socialistas de Asturias que por entonces dirigía Isidoro Acevedo, un viejo conocido de los tiempos de Santander con quien ya había colaborado, publica un artículo suyo. A partir de entonces,  sus escritos aparecerán de forma esporádica en las páginas del semanario socialista editado en Oviedo y, más asiduamente, en las de El Noroeste, portavoz oficioso de los reformistas. Es ahí, en el ámbito de «las izquierdas», donde parece encontrarse cómoda: cerca de los líderes obreros y de los republicanos reformistas: «¡que honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!». De ahí que, a pesar de su avanzada edad, a finales de mayo de 1917 no dude en tomar el tren y desplazarse a Madrid para acudir al mitin que en apoyo de los aliados habían organizado los partidos «de izquierda». Allí recibirá el público reconocimiento de los presentes, tras ser saludada desde la tribuna por Roberto Castrovido, uno de los oradores de aquel multitudinario acto.

Por entonces, las autoridades provinciales la tienen bajo sospecha, pues recelan de todo cuanto que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad de las izquierdas en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su presencia en el mitin aliadófilo. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

A medida que todo aquello se va sabiendo (⇑) (también que acude a Madrid para participar en la manifestación que pide la libertad de los integrantes del comité de huelga), se suceden las reacciones de apoyo y de simpatía hacia aquella mujer, que ya en la vejez, sigue luchando por conseguir una España más justa: «Antes de pudrirnos del todo ¿podremos, las viejas y los viejos, ver la revolución, aunque sea blanda, como alba de justicia y libertad? 

Las integrantes de la Agrupación Femenina Socialista de Madrid hacen público su apoyo y admiración en una carta pública (⇑). La casa de El Cervigón, la que fue objeto de dos minuciosos registros en busca de proclamas revolucionarias, se convierte en destino obligado para algunos jóvenes socialistas de visita en la región, tal y como tiempo atrás había propuesto (⇑) un joven portugalujo llamado Volney Conde-Pelayo. Sabemos que en mayo de 1918, unos meses después de los sucesos de agosto, César Rodríguez González (el hijo de la dirigente socialista Virginia González Polo e integrante de las Juventudes Socialistas), Wenceslao Carrillo (secretario general del Sindicato Metalúrgico de Asturias) y Emilio Torralba Beci (director durante un tiempo de El Socialista) la visitan tras haber intervenido en un mitin, tal y como nos cuenta este último en un escrito publicado en España Nueva (⇑) , en el cual manifiesta su más profunda admiración por su anfitriona, a quien no duda en comparar con Catalina Breskovskaia: «A nuestros labios, sin que el respeto nos permitiera enunciarla, vino una palabra que nos salía del corazón; ¡«Babuchsca»!... Se nos representó en doña Rosario de Acuña la abuela de la revolución, Catalina Breskovskaia».

La misma imagen de la abuela Breskovskaia es la que le viene a la mente al joven publicista Ángel Samblancat cuando la visita en El Cervigón en el verano de 1919. Samblancat, que había venido a Asturias a intervenir en varios mítines, ya había publicado algunos escritos en los que manifestaba su admiración por aquella mujer ejemplar. Ahora, tras haberla conocido en persona, nos dejó escritas algunas de las cosas que le contó su anfitriona:

 

 «Cosas de la abuela Rosario»

Abuela Rosario de Acuña, usted me recuerda siempre a María Breskoskaya, la abuela de la revolución rusa, que se pasó cuarenta o cincuenta años en presidio, y a la que, al caer el zarismo, hicieron dormir los revolucionarios en la cama de la emperatriz Alejandra. 

–Pues los revolucionarios de aquí tenéis la palabra. No tengo ganas de dormir en ningún lecho imperial o real, entre otras razones por temor a ciertos contagios; pero del presidio de barbarie sarracena y de estupidez clerical en que vivimos, ya es hora de que salgamos, ¡redios!

 * * *

–Mi apellido es portugués. Es la traducción castellana de Da Cunha. Los Da Cunhas lusitanos tienen grandes pretensiones nobiliarias. Parece que la primera astilla del árbol genealógico fue cierto paje del rey de Portugal. Este rey perdió una batalla, y en la fuga tomó al paje sobre la grupa de su caballo. La bestia, abrumada por la carga, no iba bastante ligera, y cayera el monarca en poder de sus perseguidores, si el paje no se apeara y facilitara de este modo la huida de su señor. El paje cayó prisionero, y para que dijera a sus enemigos hacia dónde se había dirigido su señor, le aplicaron el tormento y le pusieron cuñas entre los dedos. El mozalbete resistió heroicamente el suplicio, y como escapara de la muerte y el cautiverio, el rey lo premió, autorizándole a utilizar cinco cuñas en su escudo. 

 * * *

–Confío en los obreros, en los hijos de hombres rudos y madres feas. Los señoritos, los niños «bien», son todos unos cretinos. Son hijos de dos faldas y de un par de pantalones: las faldas de la mujer, las faldas del padre confesor y los pantalones vacíos del marido.

 * * *

–El ideal de las muchachas españolas es un cadete, un niño zangolitino, un pelele para marido; y para amante, un garañón, un semental, y si es vestido de negro, mejor. Cuando un padre jesuita ha casado a una chica con un niño gótico, con una sombra de hombre, va él a ofrecer sus relevantes servicios a la desconsolada mujer. 

 * * *

–No he visto generación de castrados y de «manfloritos» como la actual. Todos los hombres son impotentes o de una frigidez desesperante. Sin duda, por eso las mujeres cada día van más ligeras de ropa: a ver si los animan.

 * * *

–Barcelona, Andalucía: ¿puedo creer lo que usted me cuenta? Los incendios de Andalucía todavía no se ven desde aquí. En cuanto a los atentados de Barcelona, hasta que la sangre no llegue desde aquel mar a este mar y me moje los zapatos, creeré que todo es pura broma. 

 * * *

–A nuestros burgueses y a nuestras clases ricas les espanta lo de Rusia. Y aquello no es más que un rigodón. Cien años de orgía revolucionaria se necesitan. Cien años de quebrantar leyes, de pisotear prejuicios, de romper cacharros, de tumbar cachivaches. A los cien años de cólera popular, la atmósfera del mundo empezaría a ser respirable.

 * * *

–He visto que las izquierdas no han celebrado este año el aniversario de la revolución de agosto de 1917. Han hecho bien. Aquello no fue más que una revolución intestinal. Una revolución blanca, como dijo Araquistain. ¿Revolución blanca? –me pregunto yo cuando leí esto. ¿Revolución blanca? Pues revolución leche.

 * * *

–En nuestras inclusas matan de hambre a los niños y en nuestros asilos, a los viejos. ¿No sería más humano encerrar a toda esta población sobrante en una estufa y axfisiarlos como a los perros? Si de todos modos los hemos de asesinar, ¿para qué andarnos con dilaciones, con repulgos y con hipocresías?

Ángel Samblancat

Gijón

España Nueva, 14 de septiembre de 1919


Notas

(1) Amaro del Rosal Díaz, un socialista asturiano que en su juventud había conocido a Rosario de Acuña, fue uno de los que, tal y como se ha contado en un comentario anterior (⇑),  solía comparar la figura de nuestra protagonista con la de la luchadora francesa Flora Tristán (1803-1844).

(2) Sobre los paralelismos entre las trayectorias vitales de Rosario de Acuña y Rosa Luxemburgo trató la conferencia pronunciada por el profesor Antonio García Menéndez (⇑), incluida en el amplio programa de actividades desarrollado por el Seminario de Historia Local de Pinto con motivo del centenario de la muerte de quien fue vecina de la localidad madrileña.

 

 



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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07 abril

288. Carrillo, Rodríguez y Beci: del mitin a El Cervigón

 

Bien parece que los sucesos del año anterior supusieron un hito significativo para las organizaciones obreras del país. La huelga general de agosto de 1917 fue diferente a las anteriores: su objetivo ya no se limitaba a exigir medidas para paliar la crisis de subsistencias, sino que perseguía un cambio en las estructuras políticas y económicas del país.

Aquella huelga sirvió también para que Rosario de Acuña se afianzara aún más en los postulados obreristas que había ido predicando tras regresar de su exilio portugués. Aunque ya desde finales del quince contamos con varios indicios de su aproximación a los círculos obreros,  será en 1917 cuando se hagan más evidentes. En mayo publica «La hora suprema», un escrito en el cual insta a las izquierdas a «ponerse en pie». Unas semanas después se desplaza a Madrid para asistir al gran mitin aliadófilo que allí tiene lugar. Las autoridades recelan de ella y ordenan registrar su casa (⇑). Las fuerzas de orden lo hacen en dos ocasiones. En noviembre volverá a su ciudad natal para participar en la manifestación organizada para reclamar la libertad de los miembros del comité de huelga que permanecían encarcelados...

«Asamblea del año XIII», boceto de autor desconocido

Unos meses después, en los primeros días del mes de mayo de 1918, el Sindicato Metalúrgico de Asturias organiza un mitin en Gijón en el cual intervienen Eduardo Torralba Beci, director durante un tiempo del El Socialista y activo colaborador del diario, César Rodríguez González, de las Juventudes Socialistas, y Wenceslao Carrillo, secretario general del Sindicato. Los dos primeros habían llegado desde Madrid para participar en distintos actos en la región con motivo del Primero de Mayo, así como del centenario del nacimiento de Carlos Marx, que fue el tema de su intervención en los discursos que pronunciaron en Sama el día anterior.

El primero en intervenir es Carrillo, que exhorta a la unión de todos los metalúrgicos de Asturias, y de toda España, en apoyo de las reclamaciones presentadas a la patronal, entre las que destaca la jornada laboral de ocho horas y el establecimiento de un salario mínimo. César Rodríguez centra su intervención en la huelga, pasada, y la guerra, presente. De la primera: «los obreros organizados aspiran a luchar y combatir a la clase patronal»; de la segunda: triunfen unos u otros, los capitalistas se habrán enriquecido y a la clase obrera mundial no le quedan más opciones que «soluciones revolucionarias». Torralba, por su parte, reclama la liberación de Anguiano, Besteiro, Largo Caballero, Saborit, los cuatro integrantes del comité de huelga detenidos en el penal de Cartagena, y exhorta a la unión de la clase trabajadora;  «nuestro consejo de corazón, puro y sincero, es el de constituyáis en un solo ejército contra un enemigo único: el capitalismo». 

Terminado el mitin, los tres acuerdan que al día siguiente caminarán hasta El Cervigón para visitar a la ilustre luchadora que allí vive, pues, como dejó escrito Torralba, «Estar en Gijón y no haber ido a visitar a doña Rosario de Acuña hubiera sido imperdonable delito».

En El Cervigón, donde algunas visitas son muy bien recibidas (⇑), debían de estar sobre aviso, pues los caminantes,  después de recorrer un buen trecho por el litoral no encontraron el camino que les habían aconsejado tomar. No obstante, pudieron llegar a la casa siguiendo las indicaciones que por señas realizaba desde lo alto Carlos Lamo, «el sobrino de doña Rosario» (⇑). «Estrechamos cariñosamente las manos del antiguo y querido amigo y, precedidos de él, franqueamos la puerta de la huerta que hay delante de la casa. Allí estaba esperándonos ya doña Rosario». 

Wenceslao Carrillo (Archivo Fundación Pablo Iglesias)
Wenceslao Carrillo
Ya están dentro las cinco personas que intervienen en esta historia: Rosario de Acuña Villanueva (67 años), Carlos Lamo Jiménez (49 años), Emilio Torralba Beci (36 años), Wenceslao Carrillo Alonso-Forjador (28 años) y César Rodríguez González, el más joven, pues tan solo cuenta con 23 años de edad, y de cuya filiación es fácil suponer que se habló en la reunión, pues es hijo, el único hijo, de Virginia González Polo, la primera mujer en formar parte de la Ejecutiva del partido socialista y la primera también en la dirección de un sindicato en España, la única mujer en el Comité de la huelga general de agosto de 1917, por la cual Rosario de Acuña sentía una gran admiración, tanta como para desplazarse hasta la localidad mierense de Turón, donde iba a pronunciar un mitin, y así conocerla personalmente (⇑). 

Lo que sigue es el relato de aquel encuentro, tal y como nos lo ha contado Torralba Beci, autor también de un elogioso artículo de su anfitriona (⇑), referido a la presencia de Rosario de Acuña en el mitin aliadófilo que tuvo lugar en la plaza de toros de Madrid en mayo del año anterior. 

 

 «Hablando con doña Rosario de Acuña»

[...]

La encontramos recia, en una robusta ancianidad, curtida por las brisas cantábricas y por la sana vida rústica. Llevaba arrollada a la cabeza una toquilla negra, a modo de turbante. El rostro, en el que se reflejaba esa noble ternura de las ancianas que han amado  mucho y que no cesan nunca de amar, estaba aureolado por venerables cabellos blancos. A nuestros labios, sin que el respeto nos permitiera enunciarla, vino una palabra que nos salía del corazón; ¡«Babuchsca»!... Se nos representó en doña Rosario de Acuña la abuela de la revolución, Catalina Breskovskaia. En otro medio que el medio asfixiante de España, doña Rosario hubiera alcanzado la gloriosa exaltación de la admirable mártir rusa. Pero aquí, donde más aún que las persecuciones de los que despóticamente gobiernan y juzgan, hieren y desgarran el alma de los luchadores de corazón los escarnios, las envidias, las concupiscencias de los que se llaman hermanos de ideal y obran como si fueran los enemigos más encarnizados de él, doña Rosario de Acuña no ocupa el puesto de honor que merecía. Baldón es ello, y no pequeño, para los que ponen en los anhelos de redención, la misma superficial ligereza que pondrían en ganar una partida de balompié.

Eduardo Torralba Beci (Archivo Fundación Pablo Iglesias)
Eduardo Torralba
Pasamos a la cocina, una amplia cocina, limpísima. No había otra habitación mejor en la casa. «Cuando aquello de los estudiantes –nos dijo doña Rosario– empezaba a arreglar esta vieja casa solariega. Tuve que huir precipitadamente y refugiarme en Portugal (⇑). Al volver, todo estaba devastado. Aún no he podido arreglarlo. Eso cuesta mucho dinero, y no lo tengo.» 

No lo tiene. Doña Rosario es pobre, ciudadanos (⇑). Toda su hacienda consiste en aquella casa, la pequeña huerta que la circunda y una pensión de 75 pesetas mensuales. Nada más. ¿No es esto un dolor y una vergüenza? Doña Rosario de Acuña no pide una limosna. La inferiría una ofensa insufrible quien se la propusiera. Pero con el trabajo de su intelecto pudiera ganar una cantidad apreciable que la permitiera una más desahogada existencia, ¿No habéis leído recientemente, en este  mismo año y en el pasado, sus trabajos en «La Aurora Social», en «El Noroeste» y en algún otro periódico? Su estilo es hermoso, lleno de fuego, de vivacidad, de robustez. Hay en él un ardiente lirismo que 1a coloca al lado de los más preclaros poetas castellanos. Y hay, sobre todo –y por eso doña Rosario no está hoy inmortalizada en vida e incensada por todos los «botafumeiros» de periódicos y Academias–, una valentía de expresión y un varonil desgarro en la formulación de la idea, siempre atrevida e hiriente como una espada; una sinceridad y una verdad que no se ven ni aun en los escritores menos apegados al medio de hipocresías y contenciones a que obliga un mal entendido convencionalismo social. Y siendo así, que así es, no podemos explicarnos, no podemos justificar que periódicos y revistas que se dicen avanzados no soliciten y paguen una colaboración preciosa. Cuando hay tantos arribistas, tantos analfabetos, que viven, y viven muy bien, de lo que ganan escribiendo, es un crimen que doña Rosario de Acuña no tenga para su existencia más que los miserables 15 duros de pensión.

Había en nosotros una profunda amargura cuando oíamos esto. En doña Rosario, no. Estaba jovial, indiferente a todas las desdichas, inaccesible a todos los miedos, pronta siempre a todos los sacrificios. ¡Qué grande alma la suya! Cuando nos hablaba de lo de los estudiantes, que trastornó su bienestar, no había timbres de rencor en su voz. Una nota de gratitud, sí. Fue para D. Miguel de Unamuno (⇑), cuya pluma generosa fue la única que la defendió. Bien que no lo hizo en ningún periódico de España. Acaso ninguno de los que viven de no disgustar a la gran muchedumbre de gentes vulgares se lo hubiera admitido en aquellos momentos. ¡Si parece que aún, después de los años transcurridos, respiran todavía el ambiente de cobardía que entonces les infamaba! Don Miguel de Unamuno defendió briosamente a doña Rosario de Acuña en «La Nación», de Buenos Aires. Es ello un blasón honroso de Unamuno.

Jovial, nos hablaba doña Rosario de su miseria. Es mayor aún de lo que hemos dicho. La casa tendrá que pasar por una hipoteca, que no podrá levantarse, y sin ese postrero refugio se quedará esta nuestra abuela de la revolución. «Babuchsca» se quedará en el arroyo tendrá que ir por los caminos...

Con una serena placidez nos lo decía: «Cogeré un cerdito y me iré carretera adelante. Las buenas almas, por esos pueblos y esas aldeas, me darán un pedazo de pan, y yo les pagaré desgarrando con mis palabras la tiniebla en que yacen sus espíritus. Romperé su fanatismo. Las hablaré de lo malos que son el cura y el cacique y el acaparador y cuantos les mantienen en esa negra miseria moral que asesina a la población agrícola española.» Esta perspectiva trágica exaltaba a la admirable anciana. «Me echarán de un pueblo  e iré a otro, y a otro, y a otro, y así acabaré mi vida, en un apostolado humilde de la verdad y de la redención de España.» Y añadía, riendo: «¿Quiere alguno de ustedes acompañarme?...»

«Volveré a ver la España que estuve once años recorriendo a caballo (⇑), cuando yo era rica y joven, y veré las transformaciones que se han ido operando en ella.» 

La hablamos de las asociaciones socialistas que en los pueblos agrícolas se han ido formando. «Eso está bien, muy bien –nos argüía–; pero tendrán ustedes que pelear mucho contra el terrible enemigo eterno, contra la Iglesia. Vean los sindicatos agrícolas católicos... Siguen las mismas huellas de ustedes, y siempre haciendo daño. ¡Y como disponen del dinero!... Hay que hacer mucho, mucho, en esos pueblos contra el caciquismo y contra e1 fanatismo, que son los dos menstruos que los devastan.» 

Un giro de la conversación le dio ocasión de dedicarnos a los autodidactos elogios que hubieron de ruborizamos. Correspondimos refiriéndonos a la obra gigantesca que ella había realizado. «Es verdad-–nos dijo con una sinceridad simpática–; son dignos de admiración los que ascienden desde un estado inferior hasta el plano de una intelectualidad brillante; pero también lo son los que, habiendo nacido en un medio aristocrático, se desprenden de él para mezclarse con la clase que trabaja y que sufre, y luchar mezclados con ella por redimirla de su dolor.»

Volvió a pasar por nuestra mente el recuerdo de «Babuchsca», de Sofía Perovskaia, de aquellas heroínas de las revoluciones rusas desprendidas de una aristocracia abyecta para mezclarse con las capas más bajas del pueblo. Porque Rosario de Acuña desciende también de esa grandeza española, estúpida y degenerada. Se crió en la corte de Isabel II, donde aprendió a odiar las lacras morales de la clase dorada, de las que su alma está limpia.

«Siempre pensé –nos decía– que yo no tenía derecho a disfrutar de riquezas y comodidades que no había ganado, mientras había miles y miles de seres infelices para quienes la vida no tenía sino trabajos y penas. Hoy mismo, cuando en una fábrica próxima oigo tocar el pito que llama a las obreras al trabajo en las tibias horas de la madrugada, yo también dejo el lecho, porque no quiero ser más que ellas; no quiero disfrutar de lo que ellas, las infelices, no disfrutan. Y trabajo también.» Nos señaló el suelo, resplandeciente de limpieza. «Esta mañana, yo misma he fregado el suelo, he arreglado la casa, he trabajado en la huerta. Yo soy mi propia criada, y no necesito más.» Y repetía con un digno y honroso orgullo: «Yo también madrugo y trabajo...»

¿Cómo no hablar en los breves instantes de que disponíamos del movimiento de agosto? Doña Rosario al referirse a él tuvo un gesto de honda decepción. «Se ha malogrado el sueño de mis últimos años. ¡No he visto arder España por sus cuatro costados!...»

No está conforme doña Rosario de Acuña, testigo de las epopeyas revolucionarias de antaño, enamorada de las gloriosas hazañas de los pueblos en armas, con que la, masa, en agosto, se resignara a morir o a ir a la prisión. «Es terrible, sí –decía–, pero en toda revolución hace falta un poquito de sangre.» 

Nos dio una noticia preciosa; está escribiendo sus memorias. Las memorias que salgan de la pluma de doña Rosario de Acuña serán un soberbio monumento histórico y literario del pensamiento español. Sin embargo, la ilustre escritora dudaba de que haya un editor que se las admita y las publique. ¿Será posible?...

Corrían rápidas las horas. Era forzoso ya despedirse de la autora de El padre Juan y de Rienzi, el tribuno. Nos despidió efusivamente. Y a la puerta de su casa –de aquella casa hipotecada, de aquella casa de donde la avaricia de algún ricacho sin entrañas la expulsará para siempre– estuvimos contemplando largo rato su noble figura. Erguida, majestuosa, flotando su modesta vestidura al viento, no sé qué salto de la imaginación nos hizo recordar a la Victoria de Samotracia. Pero en nuestro corazón había otro nombre, que repetía cada latido:

 «Babuchsca», santa y querida «Babuchsca»!...

E. Torralva Beci (1)

España Nueva, 16-5-1918

Nota

 
(1) En ocasiones, como es el caso, su apellido aparece escrito así.




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