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28 febrero

249. «Rosario de Acuña. Una gloria menospreciada»

 

 Roberto Castrovido (1)  


Quiero en este tercer aniversario de la muerte en Gijón de la gran mujer, dedicar unas líneas a su memoria. Nunca más oportuno el recuerdo.

Si doña Rosario en vez de nacer en Madrid y de  ser su linaje castizo, clásico, patriótico, hubiera nacido en Cuba, como equivocadamente supuso y dijo en verso y en prosa José Martí (⇑), sería reverenciada, exaltada su memoria. Era española, muy española, honra de su raza –admitiendo la clasificación etnográfica–, descolló en el teatro, en la poesía lírica, en el periodismo, fue una conciencia pura, un carácter entero (no escribo el adjetivo «varonil» por no ofenderla), una idealidad abnegada, un alma grande en cerebro poderoso y una tierna, dulce sensibilidad.  

Fragmento del escrito publicado en El Noroeste (6/5/1926)
Madrid no la ha consagrado siquiera la denominación de una calle. Nació aquí en la que llaman de Fomento (2). Se la regatea el mérito por ignorancia y por maldad.

Su aparición y los primeros pasos de doña Rosario de Acuña en el camino de la belleza literaria fueron saludados por el Duque de Rivas, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera, Echegaray, Núñez de Arce, Antonio Sánchez Pérez. El hijo del gran actor, de don Victoriano Tamayo, creador del protagonista de Un drama nuevo ha recordado hace poco en una efemérides teatral el estreno de El padre Juan en el teatro de la Alhambra. La autora de Rienzi el tribuno después de no pocos disgustos pudo ver representado su «padre Juan». Asistí al estreno, uní mis aplausos a los de un público entusiasta. La autoridad con menguados pretextos, impidió las representaciones (3) . La autora era de la cáscara amarga, ya la tenían en el Índice; desde entonces hasta más allá de la tumba no han cesado de perseguirla. 

Doña Rosario de Acuña escribió con Chíes, Lozano, García Vao, Constantino Miralta, Salvador Sellés, Dorado, Odón de Buen y Francos Rodríguez en Las Dominicales del Librepensamiento. Una mujer, ¡qué escándalo! En 1884 se tenía en España todavía un concepto pobrísimo de la mujer. Era considerada bestia de trabajo o flor de deleite. El Derecho Romano y el Corán eran sus códigos. Por la costumbre se la esclavizaba todavía más que por la Ley. Todavía subsiste el bochornoso artículo penal que asegura la impunidad al parricida, padre o marido, que asesina a su hija o mujer. A ésta solo le era lícito la reclusión, ya en el hogar ya en el convento. Había retroceso, que no progreso, cuando vívía doña Rosario de Acuña respecto a los siglos XV y XVI y aún del XVIII.

Esta gran mujer, como sus contemporáneas o inmediatas antecesoras, Concepción Arenal, Rosalía de Castro, había de luchar no solo contra la ignorancia y contra las dificultades inherentes al dominio de una disciplina, de una técnica literaria o científica, sino contra la hostilidad de las gentes, contra la aspereza del medio. Marimachos, marisabidillas, bachilleras se llamaba a las pensadoras, a las poetisas, a las escritoras. De una de ellas, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, dijo Nicasio Gallego: «¡Es mucho hombre esta mujer!», masculinizándola para elogiarla. Hoy que llenan las aulas de institutos y universidades las mujeres, que acuden a las oposiciones, que trabajan en oficinas y talleres, que van solas por las calles, no se comprende lo que era para una mujer descollar, como una personalidad firme, en la literatura. 

Centuplicó la dificultad para Rosario de Acuña el ser no una poetisa más, sino una singular pensadora y el colocarse fuera de las naves del templo no, como otros, vistiendo las imágenes y adornando los altares, género de ocupaciones bien quistas que proporcionan honor y provecho a las que las realizan. 

Rosario de Acuña pensó por sí misma, lo que ya fue singular, y osó sin miedo y sin tacha manifestar lo que pensaba, hazaña comparable a lo heroico. Arrostró burlas, desafió prejuicios, soportó quebrantos, dio cara a las persecuciones y no se rindió ni a la calumnia, ni a la prisión, ni al destierro. Sincera, ¡firme siempre!, fue ejemplo. 

La claudicación le habría abierto las puertas de teatros, palacios, salones. No claudicó. Con simular renuncias y mentir ideas en vida habría sido rica y respetada, glorificada en muerte. Tuvo que refugiarse a la orilla del mar en Santander primero, en Gijón después. Se la bloqueó, se le negó el fuego y la sal; se azuzó contra ella a los perros negros fanáticos e ignorantes; se la calumnió, se la procesó, se la desterró, no se la dejó morir en paz y, muerta, se le regatea la gloria, se pellizca en su corona de laurel, se la niega, se la cuenta en montón con escritores de poco fuste y se desconoce, o se aparenta desconocer, que solo tiene par con doña Concepción Arenal, que la excede en el vigor científico de su campaña, no la sobrepasa en cuanto prosista. Poetisa era la Acuña, no la Arenal. 

Una de las más ruines consejas que contra la buena fama de doña Rosario de Acuña se pusieron en circulación con siniestro fin, fue la de suponerla enemiga de la juventud escolar y su procaz injuriadora. A la puerta de la Universidad Central se agruparon, no recuerdo por cuál circunstancia, los escolares que no entraban en clase (4) . Acertó a pasar por la calle de San Bernardo una muchachita a la cual requebraron. La jovenzuela escapó corriendo y llorando, como ninfa perseguida por los sátiros. Los periódicos de Madrid refirieron el suceso. Leyó la noticia doña Rosario y en defensa de la mujer y recordando acaso que ella había sido y era perseguida como una cierva por los perros y los cazadores, perseguida por fariseos, juristas, levitas y malos pastores, puso su pluma en defensa de la mujer y de la juventud escolar, y en contra de los errores educativos, de los padres indignos de serlo y de los catedráticos chambones, egoístas, traficantes en libros de texto, atentos únicamente a su conveniencia, incapaces de enseñar al alumno lo que no tienen: educación, dignidad, desinterés, altruismo, solidaridad, las virtudes que adornaron a don Francisco Giner de los Ríos. 

Inflamada su santa, generosa ira, escribió en El Progreso su famoso artículo que la chusma interpretó solapadamente, interesada en encismar a la escritora con los estudiantes. Los pocos de estos que leyeron el artículo comprendieron la sana intención de la escritora y echaron de ver que nada iba contra ellos, sino contra vicios de educación y de enseñanza que harto conocían y sufrían. Pero la mayoría no leyó el artículo, ni se enteró por sí, sino que fue mañosamente soliviantada, torpemente enterada e impulsada contra la mujer que maternalmente los quería y procuraba corregirlos. Contra doña Rosario se amotinaron los estudiantes hostigados por malos profesores y por gente sin conciencia. Los de París amotináronse contra Emilio Zola. La juventud, ciega, generosa, materia propicia a la moldeadura, fue en Francia y en España vilmente engañada y explotada. Se la convirtió en proyectil. Conseguido lo que quería la legión enemiga, se procesó y se hizo huir a doña Rosario de Acuña. 

Confío en que la juventud, cuando conozca a doña Rosario de Acuña por sus obras, será la primera en el entusiasmo hacia una pensadora que albergó en su mente ideas nobles, sanas, beneficiosas para la humanidad, contrarias a la guerra, a la superstición, la ignorancia y la injusticia, y que acertó a sembrar en las inteligencias, ya con punzante reja de arado, profundamente, ya a volteo con arte bello de poeta y de prosista. 

Doña Rosario de Acuña es una figura intelectual y literaria que honra a su tiempo y a su patria, que debe de ser orgullo de su sexo, y vergüenza, humillación, de los hombres dúctiles, maleables, ocultadores de sus ideas, esclavos de sus vanidades y de sus egoísmos, serviles, aduladores, terceros del abuso, cómplices de las injusticias, emplomados con todas las debilidades y flaquezas que ellos en su orgullo proclaman mujeriles. 

Hombres flacos, sin sexo, atiplados cantores de todas las Sixtinas, arrollaos ante la gran mujer espejo de virtud, ejemplo de entereza, fuerte en su conducta, bella en las manifestaciones de su arte. 

¡De rodillas, eunucos!

Madrid - Gijón, 1926

 

El Noroeste, Gijón, 6/5/1926

 

Notas

(1)  Roberto Castrovido (Madrid, 1864-México, 1941) fue periodista de dilatada carrera y una figura destacada del republicanismo español. Tras iniciarse como redactor en algunos periódicos federales barceloneses, se trasladó a Santander donde dirigió La Voz Cántabra y más tarde a Madrid, donde fue director de El País desde 1904 a 1921. Se inició como diputado en 1912 (Partido Republicano Federal) y revalidó su acta en las elecciones de 1916, 1918, 1919 y 1931 como integrante de las diferentes coaliciones electorales formadas entre republicanos y socialistas. En cuanto al origen de su amistad con Rosario de Acuña, bien pudiera situarse en los años noventa, ya en Madrid (dice en este escrito que acudió al estreno de El padre Juan), ya en Cantabria, pero tendremos que esperar hasta la segunda década del siglo siguiente para contar con documentos que la constaten fehacientemente. En cualquier caso, él será una de las personas que más batallaron por preservar la memoria de su amiga. Además del presente escrito, de su pluma salieron algunos de los más sentidos recordatorios: «También era mucho hombre esta mujer» (⇑), «Rosario de Acuña. En muerte como en vida» (⇑), «Las calles de doña Rosario y el marqués de Comillas» (⇑)...

(2) A pesar de que Castrovido dejó escrito que Rosario de Acuña había nacido en Madrid (y que lo había hecho en la calle que «llaman de Fomento»), durante muchos años se escribió que lo había hecho en Cuba, en Cantabria o en Pinto. También que 1851 había sido su año de nacimiento. Hubo que esperar un tiempo hasta que pudimos contar con un documento (⇑) que probaba que, tal como dijo Castrovido,  había nacido en Madrid y lo había hecho el 1 de noviembre de 1850.

(3) En el comentario «194. La batalla de El padre Juan» (⇑) se da cuenta de lo sucedido con la preparación, estreno y suspensión gubernativa de esta obra.

(4) Ciertamente,  aunque sí menciona las consecuencias, no recuerda Castrovido muy bien cuáles fueron las circunstancias que dieron lugar a la publicación de «La jarca de la Universidad». De unas y de otras  se da cuenta en «134. Proceso, exilio e indulto» (⇑) .





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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04 febrero

169. En una caja de cerillas

 A medida que avanzamos en la investigación, a medida que conocemos con mayor detalle la trayectoria vital de Rosario de Acuña Villanueva, mayor es el asombro y la perplejidad que nos ocasiona la relectura de testimonios que evidencian la avidez del tiempo pasado para quedarse con su memoria y sepultarla en lo más recóndito del olvido.

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces.

Tal y como atestigua Patricio Adúriz (⇑), a finales de los sesenta del pasado siglo, apenas cuatro décadas después de su muerte, pocos eran los que sabían decir algo acerca de doña Rosario, de esa «Rosario Acuña» que daba nombre a un lugar situado en los acantilados gijoneses.  ¡Y eso pasaba en la ciudad en la cual había pasado los últimos quince años de su vida!

 Evidentemente tal olvido no se explica solo por el tiempo transcurrido. Su nombre estaba íntimamente unido a la masonería, a la libertad de pensamiento, a la reivindicación de los derechos de la mujer, al anticlericalismo más combativo, a la defensa de los más desfavorecidos... Parece evidente que el nuevo Estado instaurado en España tras el golpe militar de 1936 procedió en consecuencia y, a la vista de los resultados, bien podemos decir que logró su objetivo.

Algunas de las fototipias que integran la serie dedicada a escritoras
A pesar de alguna que otra omisión, tenemos que admitir que el borrado al que fue sometida la memoria colectiva resultó eficaz en grado sumo, habida cuenta del grado de notoriedad que alcanzó en la España de su época doña Rosario de Acuña Villanueva. No debemos de olvidar que dio a la imprenta, al menos, veinticuatro obras (⇑) de diferente contenido (dramas, artículos, conferencias, poemarios...) y extensión variable, de algunas de las cuales se hicieron varias ediciones. Que sus escritos fueron publicados en los principales periódicos del país y que luego fueron copiados en otros muchos, hasta superar en varias decenas el centenar de publicaciones que hasta el momento tenemos catalogadas.  Que algunas de sus obras ( Un certamen de insectos (⇑), La casa de muñecas ⇑...)  fueron autorizadas para servir de texto en la primera enseñanza. Que hubo un tiempo en el cual la Administración adquiría sus obras para destinarlas a las diferentes bibliotecas (tal sucedió, por ejemplo,  con su poemario Ecos del alma (⇑), del cual el Ministerio de Ultramar adquirió un lote de ejemplares el mismo año en que fue publicado).  Que  durante, al menos, dieciocho años alguno de sus sonetos abría el Almanaque (⇑) que el impresor Regino Velasco enviaba  a las redacciones de los periódicos, a los anunciantes y a sus muchos clientes.  Que fue tal escándalo que se produjo con la publicación de su artículo La jarca de la Universidad (⇑) que bien se puede afirmar que no hubo periódico en España que no se hiciera eco de las protestas de los estudiantes contra su autora. Que no sólo eran conocidas sus obras, sino también su aspecto físico, pues su retrato ecuestre (⇑), en el que aparecía tal y como había realizado su viaje por León, Asturias y Galicia (⇑), fue puesto a la venta por los responsables de El Porvenir Editorial.

Fototipia nº 41 de la serie número 27, dedicada  a «célebres poetisas y grandes escritoras» (Archivo del autor)
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la popularidad de nuestra protagonista hubo de aumentar de forma considerable cuando su rostro ilustró las cajas de cerillas.

Fue a principios del siglo XX cuando la Compañía de Cerrillas y Fósforos, arrendataria del monopolio, decidió poner en circulación una nueva serie de fototipias, la número 27, dedicada en esta ocasión a «célebres poetisas y grandes escritoras», que venía a dar continuidad a otras anteriores que tuvieron por protagonistas a guerreros, escritores, reinas y princesas o toreros.

Diseñada para su colección en un álbum, estaba ordenada cronológicamente e integrada por autoras de diversas nacionalidades. La galería de escritoras, integrada por setenta y cinco láminas se inicia con Aspasia de Mileto y termina con Bertha Kinsky, baronesa de Suttner. Entre las españolas, además de doña Rosario, figuran Beatriz Galindo, santa Teresa de Jesús, sor Ágreda de Jesús, Juan Inés de la Cruz, Isidra Quintana, Cecilia Bohl de Faber, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Concepción Arenal, Pilar Sinués, Concepción Gimeno o Patrocinio de Biedma.

La fototipia de Rosario de Acuña, que ocupa el número 41, mantiene el programa iconográfico que caracteriza la serie: el retrato, realizado a partir del grabado de Camacho de 1876 (⇑) que se publicó en el poemario Ecos del alma (⇑),  se sitúa sobre un fondo en el cual aparece a la derecha la musa Clío ante un templo. En la parte superior se muestra el país de la autora entre el número de serie y el de la fototipia. Por lo que respecta a la cartela situada bajo el retrato, podríamos aventurar que no sería muy del gusto de nuestra protagonista pues ni acertaron con el año de su nacimiento (que nació en 1850 como ella ha dejado escrito y, por si no bastara, confirma su partida de bautismo ⇑), ni tampoco con el término que utilizan, pues si dejó claro que no le gustaba el de «poetisa» (Si han de ponerme nombre tan feo,/ todos mis versos he de romper... ⇑), no creo que se sintiera muy a gusto con el de «literata», habida cuenta de la connotación negativa que tal palabra tuvo en determinados círculos durante la época isabelina.

«Literata» y con el año de nacimiento erróneo... Vale. Lo cierto es que su nombre se popularizó todavía más con aquellas cajas de cerillas en las iba su retrato. Dado que por entonces las cerillas eran un producto de gran consumo –de ahí el establecimiento del monopolio, fuente segura de ingresos para el erario–, es dado suponer que  aquellas cajas que llevaban en su interior la fototipia de «célebres poetisas y grandes escritoras» se vendieran con profusión, a pesar de que hubiera otras más baratas. Parece que la idea fue todo un éxito ya que según fuentes del sector, las ventas de las cajas que llevaban una fototipia en el interior aumentaron un cincuenta por ciento.

¿De cuántas cajas de cerillas estamos hablando? En un reportaje publicado en 1903 en las páginas de un semanario madrileño, «entre las cerillas que encendemos, las que nos apaga el aire y las que fallan»,  los españoles consumirían al año un total de veinticinco mil millones de cerillas. Si todas fueran en las cajas con mayor cantidad, las que llevan noventa, el resultado final se aproximaría a los doscientos ochenta millones. Existen otras estimaciones que sitúan el consumo en cifras más modestas, pero las cantidades siempre son de varios millones para los diferentes tipos de cajas de cerillas vendidas cada año.

Millón arriba, millón abajo, fueron muchas. Demasiadas para que no resulte sorprendente que, tan solo unas décadas después, hubiera tal desconocimiento sobre aquella mujer. Tanto que a finales de los sesenta del pasado siglo, alguien hiciera público manifiesto el desasosiego que le producía la magnitud del olvido que habían apilado sobre su memoria.

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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27 diciembre

91. Rosario de Acuña en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


1. SATISFACCIÓN

El pasado 28 de febrero [de 2013, añado cuatro años más tarde] la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes inauguró un portal (⇑) dedicado a Rosario de Acuña Villanueva, con lo cual esta infatigable luchadora pasa a compartir espacio con otras destacadas escritoras del diecinueve como Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Imagen del portal dedicado a Rosario de Acuña en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Esta es, sin duda, una excelente noticia para quienes, en una u otra medida, hemos venido contribuyendo durante los últimos años en la divulgación de la vida y obra de esta singular mujer. Y lo es porque damos por supuesto que el referido portal contribuirá grandemente a esta tarea colectiva, a la que se hace mención en la Presentación (⇑) de este espacio: «A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido.»

Entonces, y de esto hace ya cuatro años, se decía que las cosas habían empezado a cambiar y que gracias a las aportaciones de Patricio Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la España que le tocó vivir.


2. ¿HALAGO?

Tras navegar por el contenido al cual dan acceso sus cinco pestañas, no sé si lo que siento al final tiene que ver con el halago. Reconozco como propias muchas de las cosas que allí se recogen. Ya el texto de la portada me recuerda mucho al que figura en la contraportada de  Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑). Algo parecido me sucede cuando leo «La autora: biografía». Lo mismo cuando pincho en «Su obra» y luego en  «Estudios»: la relación que allí aparece es muy similar a la que desde 2009 figura en Obras referidas a Rosario de Acuña (⇑) que se encuentra en la pestaña «Bibliografía» de la página Rosario de Acuña. Vida y obra.

Cuando pregunté acerca de tan evidente similitud, se me contesta con éstas o similares palabras: «¿Para qué volver a hacerlo todo desde cero  si alguien que la conoce bien ya lo tiene hecho?» (¡¡!!).  En fin.

3. ASOMBRO

Unas semanas antes, en el periodo que podríamos considerar como la fase de preparación de los contenidos del nuevo portal, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes aparecen publicados todos y cada uno de los capítulos del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato


Pantalla de acceso al capítulo 7
Captura de la pantalla correspondiente al capítulo 7

Con asombro comprobé que allí se encontraba la edición digital del libro. Completa. Y era una obra que se había editado a finales del 2009: aún se encontraba en las librerías ¿Con quién habían hablado? ¿A quién habían pedido permiso? A la editorial, no; al autor, tampoco.

Después de varios correos y alguna conversación telefónica, desaparecieron los contenidos del servidor y dejaron de estar accesibles. El director de la biblioteca pidió disculpas, y lo achacó todo a un error. Al parecer, la directora del portal Escritoras españolas, facilitó a la profesora encargada de poner en marcha la biblioteca de autor de doña Rosario «una bibliografía de las monografías y estudios críticos más importantes que se podrían incluir en la misma y ha citado: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato» Todo había sido un error. Alguien, por error, había picado un texto de 476 páginas; alguien, por error, había dado el formato habitual de la biblioteca al archivo; alguien, por error, lo había colgado en el portal;  y allí estuvo varias semanas...


4. ESPERANZA

En fin, decía al principio que era una buena noticia que la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes hubiese dedicado una Biblioteca de Autor a Rosario de Acuña. Y lo es. Una noticia excelente. Esperamos mucho de tan prestigioso aliado (⇑), pues tras varios años de funcionamiento la BVMC se ha consolidado como un indiscutible espacio de referencia de la cultura en español, el gran fondo de obras clásicas en lenguas hispánicas en la Red. Si con el esfuerzo individual de unos pocos hemos conseguido lo que hemos conseguido, qué no podremos esperar de una estructura tan potente.

Es previsible que, no tardando, tanto la cronología de la vida de la autora (⇑), la bibliografía a ella referida (⇑), el número de obras digitalizadas (⇑) (disponibles en la Red desde el año 2009), así como el resto de información que ahora tenemos a nuestra disposición, se vea sensiblemente mejorado, lo cual redundará en un mejor conocimiento del testimonio vital que nos legó doña Rosario de Acuña Villanueva.

Notas

(1) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 8-3-2013.

(2) En el mes de marzo de 2017 añado el siguiente texto:



... 5. NORMALIZACIÓN

Transcurridos cuatro años desde que en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes se abriera el portal dedicado a nuestra protagonista, vuelvo a este espacio para actualizar la información que aquí se ha contado. Si en su momento me asombré ante el hecho de que, sin consulta previa a la editorial o al autor, en este espacio virtual aparecieran publicados todos y cada uno de los capítulos del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, ahora, cuando la edición en papel de esa obra se ha agotado, creo llegado el momento de colgar su contenido en la Red para facilitar su consulta a aquellas personas interesadas, razón por la cual he autorizado a los responsables de la Biblioteca Virtual (también a los de Dialnet (⇑), de la Universidad de La Rioja) para que procedieran a su publicación. 

  
Página de la Biblioteca Virtual que da acceso al contenido del libro





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24 diciembre

62. «La fosa de Rosario de Acuña», por Mario Eduardo de la Viña


I

En Gijón, cerrando por el Este el horizonte de mar que se abarca desde su playa, hay una loma lenta y voluptuosa, toda de verdes jugosos y tierras de sembradura, crasas y sabrosas. Casi al fin de esa loma, cerca ya del acantilado fuerte y heroico, una casita de paredes morenas y tejado rojo se alza tranquila, rodeada de una cerca baja de piedra caliza. Por encima de ella, cuando sopla viento de travesía, viento del Norte, pasan las nubes blancas y gordas, como ovejas lanudas, y planean las gaviotas altas y serenas.

Imagen actual de la tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (archivo del autor)La casita —tierra de siena tostada y naranja muy madura— es allí como un pedazo más, natural y vivo, de la loma donde se asienta, como un árbol, como una linde de zarzamoras y ortigas salvajes. Los habitantes de la agridulce villa del Cantábrico la ven, y la ven en cuanto se asoman al mar, y la tienen ya hecha paisaje amigo y fiel en sus ojos. Y para un extraño, para un viajero, la casita, vigía allá lejos de distancias remotas, aun siendo toda nueva para él, en cuanto que llega a sus sentidos y ellos la gustan y la gozan enteramente, conviértese de golpe en paisaje definitivo y sereno, paisaje limpio, claro y puro.

Nadie que la vea podrá después imaginarse, sin un gran desasosiego profundo, el fin de la loma sin ella. Ella es allí gracia, galanía y gentileza, adorno y remate donoso de todo lo que la rodea. Ella preside y acaba con perfección suprema la finura larga y reposada del pequeño cabo donde se levanta. Y sin ella, el perfil tibio y apacible de aquel trozo de tierra arrogante que avanza brioso mar adentro perdería su gracia y su espíritu, su valor y su emoción de esperanza y de fe inagotables.

La casita está formada por un cuerpo central de planta baja y por otros dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero. Tiene en la fachada que da al Sudoeste cinco ventanas, todas enrejadas, y dos puertas. Y en la otra, en la que mira al Nordeste, una sola ventana, también enrejada —ahora le han abierto otras dos—, y ninguna puerta.

Antes, delante de la casita había rosales, y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre hacia el sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared. Y todo ello estaba muy cuidado por las manos fervorosas de doña Rosario de Acuña, dueña y moradora de aquella finca diminuta y cordial.

En aquel retiro solitario la escritora vivía, apartada de todo y de todos. Al principio aquello fue una verdadera reclusión voluntaria. A la puerta de la casita había un letrero que decía: «Inútil llamar: no se recibe a nadie». Más tarde, en sus paseos por aquella costa valiente, tuvo ocasión de hablar con algunas personas que la admiraban de corazón: aldeanos sencillos, obreros modestos, y el calor y la fidelidad de sus palabras la movieron a cultivar de nuevo el trato de algunos escogidos.

Ella veía desde allí la ciudad, posada como un gran pájaro en el fondo del valle dilatado. Y más lejos, las altas chimeneas de las fábricas peinando sus cabelleras de humo cansado. El mar también era de ella, todo de ella, hasta el filo frío del horizonte, y de ella eran también, gozosamente, los barcos que pasaban por él, dejando amplios adioses geométricos en la carne profunda del agua: veleros con toda la lona extendida navegando a bolina; vapores negros y rojos con su tormenta de espuma bajo la popa confiada.

Yo la vi sólo tres veces en mi vida: mejor dicho, dos, porque la última vez iba ya camino de la negrura y del silencio eternos. Una fue en verano, en una tarde de domingo amplia y madura, en la que, volviendo con un amigo de bañarnos en una playa recogida y sola, el camino y el sol nos hicieron sentir sed muy reseca. Y como las fuentes conocidas y los casales aldeanos quedaban lejos, llamamos a la puerta de la casa de doña Rosario. Y ella misma nos salió a abrir y nos ofreció el agua ansiada en un botijo moreno de barro frío.

La segunda vez fue en invierno —invierno largo y duro aquél—. El viento y la mar de travesía aconcharon a una goleta de dos palos sobre los bajos de la costa, en un lugar señalado en las cartas marinas con el nombre del Cervigón —el pueblo llama a aquel cabo Rosario de Acuña— Todavía recuerdo el nombre de la goleta naufragada: «Nuestra Señora del Carmen». Venía de Zumaya cargada de cemento, y al partirse el casco contra los peñascos se inundaron las bodegas y el buque quedó como una piedra. Los ramalazos del mar barrían la cubierta y allí no quedaba nada en pie. El patrón se amarró por la cintura al palo bauprés. Un marinero trepó como un loco por el trinquete hasta los más altos estayes. Murieron dos tripulantes al intentar ganar la tierra a nado. Después los demás, como la embarcación aguantó, cuando bajó la marea, se pusieron a salvo a pie (1).

El naufragio ocurrió por la noche, en medio de un chubasco terrible. El barco tocó roca talmente bajo la casa de doña Rosario (⇑). Y ella fue la que dio la voz de alarma, y la que organizó los primeros socorros, y la que atendió con tibiezas de madre en su propio hogar a los náufragos ateridos.

A la mañana siguiente fuimos unos cuantos estudiantes a ver el velero perdido. Ya no había nadie a bordo, y a cada golpe de mar la campana del buque sonaba tristemente. Y entonces fue cuando vi por segunda vez a doña Rosario, asomada a la ventana de su casa que se abría sobre el mar infinito.

Luego recuerdo que ella publicó unos trabajos bellísimos (⇑), en los que contaba cómo había oído los gritos de los náufragos en medio del infierno de la tempestad; ella, a todas horas sintiendo los lamentos del mar y arrullada y dormida por ellos.

Y la última vez..., la última vez fue en primavera, el 6 de mayo de 1923. Pronto hará diez años de aquello. El día anterior, doña Rosario de Acuña, asaltada violentamente por un ataque cerebral, se derrumbó vencida a las doce en punto de la noche.

Su entierro se realizó bajo una lluvia incesante, lenta y melancólica. Era domingo, y una muchedumbre espesa y silenciosa se congregó en las cercanías de la casa de la muerta. Yo recuerdo mejor esto, porque aún está todo muy amigo y muy fiel, muy limpio y muy transparente en mi memoria.

Las escasas palabras que sonaban caían temblorosas y profundas, empapadas de pena y de dolor muy grandes…El cadáver, guardado en una caja humilde, fue sacado de la casa a hombros de obreros y bajado así hasta la carretera. Allí esperaba la carroza fúnebre, toda negra, negra; pero resultó innecesaria, porque el pueblo, el pueblo auténtico, los bajos, los últimos, los que viven al día de su trabajo de todos los días, luchaban y se disputaban el honor de sentir sobre sus fuerzas el peso de aquel tesoro caído, que le había dedicado los frutos mejores de su talento y de su vida larga y penosa.

Iban también en el acompañamiento mujeres y familias enteras de labradores que vivían por aquellos contornos y sabían de las bondades y de la excelsitud ejemplar de la finada.

Encima del féretro llevaba una golondrina muerta con las alas extendidas como desmayada. Y verdaderamente como aquella avecilla parlera había sido ella, que luchó y luchó hasta su última hora por quitarnos a los hombres de la frente algo de esta pesada corona de espinas que nos hace sangrar desde que somos hombres.

El cortejo —la reliquia al frente— se paró un momento ante el Ateneo. Y después siguió pasando por una calle dedicada a otra mujer inolvidable —Concepción Arenal—, camino de la tierra amorosa que ya esperaba abierta para abrazarse a su hija por siempre jamás.

Y distante, lejana, allá atrás, sola y callada sobre su punta verde y marinera, la casita miraba cómo se le iba su dueña, su madre, para no volver nunca ya. Y cuando la perdió de vista fue como si le clavasen siete puñales muy buidos en el corazón, y sintiose vacía, y helada, y muerta también.

………………………………………..

Perdonadme si, llevado por los hilos y la emoción del recuerdo, me distraje a sabiendas y me aparté voluntariamente de lo que os prometí en el título de estas palabras de hoy. Pero yo espero que lo que os conté no os habrá sido muy molesto y me disculparéis totalmente.

Y para un día cercano os hago promesa de otras cuatro cuartillas humildes, en la que os diré a todos —y a los madrileños muy especialmente, que Rosario de Acuña es coterránea vuestra— algo que da dolor y vergüenza y que quiero que sepa España entera.

La Libertad, Madrid, 28 de abril de 1933



II


Hace unos días salí a pasear por las afueras de la ciudad con un amigo mío pintor, buen pintor y buen amigo. Era una de esas contadas tardes de sol amplio y bueno que en Asturias hay que saber aprovechar muy a tiempo. Recorrimos calles absurdas con nombres peregrinos, esas calles que circundan a toda población grandes, que no son calles ni son campo, sucias y llenas de arrugas, con racimos de chiquillos revolucionarios y muchachas frescas y sensuales asomadas a las ventanas bajas, y, al fin, nos sumergimos alborozadamente en el paisaje blando de verdes y de sienas obscuros de las tierras fecundadas. Y caminando caminando llegamos a las cercanías del cementerio, que se descolgaba por el seno de una colina pura y tranquila, y decidimos entrar en él. Ya en su aire, siempre un poco denso y emotivo, me asaltó a la memoria, no sé por qué, la figura limpia y señera de Rosario de Acuña. Y como sabía que sus restos yacían allí y nunca había visto su tumba, sentí deseos de sufrirla —una tumba se sufre siempre—, y así se lo comuniqué a mi amigo. El no puso reparo alguno a aquello y nos encaminamos hacia la parte que antes se reservaba a los que no morían en gracia del Dios de Roma.

Antes de llegar al sitio apetecido, yo recordé, y así se lo dije a mi amigo, un soneto que había visto grabado en una losa de mármol, y que la distancia, obscureciéndome la memoria, me hizo creer compuesto por doña Rosario para ser colocado sobre su tumba.

(Este soneto que empieza: Ya estoy contigo, madre (⇑) , nuestras vidas-caminaron por sendas diferentes, es al que se refiere la escritora en su testamento cuando dice:…y cuando yo muera, póngase sobre el sepulcro de mi madre una losa de mármol con el adjunto soneto, esté o no esté mi cuerpo enterrado junto al de mi madre.)

Y en esa creencia buscamos el lugar deseado. Y claro es, nosotros nos fijábamos solamente en los túmulos amplios, sobresalientes, creyendo con lógica natural que a tan grande mujer los hombres la habían honrado en muerte, ya que por ellos, en vida, contados habían sido para ella los momentos de alegría y de tranquilidad completas.

Pero por mucha atención y cuidado que poníamos en nuestra búsqueda no acabábamos de dar con lo pretendido. Y ya empezábamos a hacer conjeturas complicadas y raras, cuando por pura casualidad, al pasar por junto a un grupo de cipreses callados, vimos en el suelo, como olvidada allí sobre la tierra lisa e igual, una pequeña, casi insignificante, loseta de mármol blanco. Y en ella leímos: «Aquí yacen los restos de doña Rosario Acuña».

Nuestro asombro no tuvo límites. Quedamos bastante tiempo como de piedra. ¿De modo que aquello era todo?... Yo no podía creer lo que estaba ante mis ojos. ¿Qué olvido, qué olvido imperdonable, o qué maldad llegando hasta lo eterno hacía que aquello fuese así, tan desoladamente así? ¿Había una mujer luchado como una heroína altísima durante toda su vida, y padecido vejámenes, y persecuciones, y destierros, y pobreza hasta la muerte por los hombres, por la redención de los bajos, de los últimos, de los humildes, para que sus huesos estuviesen abandonados, tirados, perdidos en una vulgaridad mil veces más vergonzosa que el anónimo absoluto?... ¿Y ésta, esta República real, efectiva, de hoy, por la que ella se había partido el pecho en todo momento, resistiendo, haciendo cara sin miedo y sin desmayar a los peligros, consentía aquello?

Vale más no abrir otras interrogantes. Yo sólo os diré que la realidad es así, desnudamente, crudamente, ásperamente: Que la fosa de Rosario de Acuña y la fosa de un animal cualquiera son una misma cosa. Que si a alguien le da por llevarse de allí aquel trozo miserable de mármol que hay sobre sus huesos, ya nadie podrá saber donde descansan los restos de la inolvidable mujer. Y que aquello da frío, y dolor, y vergüenza al más insensible.

***
Y ahora recobremos la serenidad e intentemos reparar con algo la gran injusticia que ha pasado, y sigue pasando aún, sobre lo que queda de la en otro tiempo esforzada escritora.

Y antes de nada voy a dar aquí de su testamento ológrafo (⇑), fechado en 20 de febrero de 1907, un párrafo interesante a este fin, y que no puedo resistir, aunque sea un poco largo, el deseo de darlo a conocer íntegro. Dice así Rosario de Acuña:

Cuando mi cuerpo dé señales inequívocas de descomposición (antes de ningún modo, pues, es aterrador ser enterrado vivo) se me enterrará sin mortaja alguna, envuelta en la sábana en que estuviese, si no muriera en cama, écheseme como esté en una sábana, el caso es que no se ande zarandeando mi cuerpo ni lavándolo y acicalándolo, lo cual es todo baladí; en la caja más humilde y barata que haya, y el coche más pobre (en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase, todo esto cosa impropia de la austeridad de la muerte) se me enterrará en el cementerio civil, y si no lo hubiere donde muera, en un campo baldío, o a la orilla del mar o en el mar mismo, pero lo más lejos posible de las moradas humanas. Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento. Que vaya una persona de confianza a entregar mi cuerpo a los sepultureros y testificar dónde quedé enterrada. Si no se me enterrase en Santander que no se ponga en mi sepultura más que un ladrillo con un número o inicial; nada más.

Como veis, con estas palabras sencillas y humildes, Rosario de Acuña cierra el paso a todo intento de homenaje suntuoso sobre su tumba. Pero esto no debe hacernos retroceder en nuestro empeño, sino que, por el contrario, esa misma sencillez, esa misma humildad cristiana que vibra en su última voluntad es la que ha de movernos más eficazmente al logro de nuestros deseos.

Por otra parte, otras cláusulas de su testamento no han sido observadas fielmente, ya que se la enterró a las diecisiete horas de su fallecimiento, cuando aún parecía que estaba dormida, y sobre su fosa hay algo más que un número o inicial, como ella dejó ordenado. Además, un ladrillo puede ser de muchos tamaños y de muchas materias; y…, en fin, nuestra propia dignidad, y decoro, y conciencia, colocándose a la hora presente por encima de las determinaciones radicales de la muerte, no nos consienten, ni por un día más, que aquello siga así, tan frío, tan solo y tan doloroso.

Hay que hacer algo. Es necesario, es preciso hacer algo. Y algo grande y sonado, que Rosario de Acuña bien se lo ha ganado y bien se lo merece.

Lo ideal sería adquirir la casa donde murió —la casita paisaje, tierra de siena tostada y naranja muy madura— y reunir de nuevo todos los objetos que pertenecían a la finada y que con ella estaban a la hora de la muerte, y hacer allí algo como un santuario del librepensamiento, de la constancia y del heroísmo. Pero esto, aunque económicamente pudiera llegar a ser realizado, prácticamente es algo imposible, porque el heredero universal de doña Rosario aventó en pública subasta —la biblioteca fue vendida en 500 pesetas— todos los objetos y recuerdos, hasta los más íntimos, de la escritora.

Otra idea buena para llevarla a la realidad sería ampliar aquel pequeño edificio e instalar allí un grupo escolar de verano, que llevase su nombre. O elevar un obelisco, alto, sereno y firme —como su vida— en la punta brava de aquel cabo valiente que tanto supo de ella.

Todo esto sin perjuicio de que su fosa, la fosa de Rosario de Acuña, se adecente y deje de ser como la del último animal.

Pero perdón; llevado de mi celo estoy ya dando ideas, y esto, esta labor, debe quedar reservada para otros mejores que yo.

Lo único que me queda por hacer ya es llamar, y llamar muy reciamente, a la puerta de Madrid, a la puerta de España. Llamar para que la autora de Tiempo perdido (⇑), de Rienzi el tribuno (⇑), y sobre todo la mujer de carne y hueso, la Rosario de Acuña auténtica, la de los artículos, la de los gestos, la que celebró en un soneto el alzamiento de Villacampa (⇑), la buena y la indomable, la humilde con los humildes y la poderosa con los poderosos, la alta, la serena, la pura y la heroica, sea honrada y levantada hasta el cenit como es de justicia. Y mi llamada la hago a todos, a todas las conciencias. A los escritores, a los políticos, al Estado, al pueblo, a este pueblo de hoy que camina derecho hacia su redención, y que en los momentos de dolor, y de ignominia, y de cansancio, halló mano amiga, cabeza firma, pecho caliente y defensa fiel en la persona siempre fiel de Rosario de Acuña.

Y mi llamada, mi voz, queda aquí en pie impaciente esperando.


Mario Eduardo de la Viña
Gijón, abril, 1933
La Libertad, Madrid, 2 de mayo de 1933



Notas  

(1) En el comentario 247. Un recado para los responsables del puerto de El Musel se relata con detalle el naufragio, el socorro de Rosario de Acuña a las víctimas y sus intervenciones posteriores.

(2) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 4-6-2010.




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23 diciembre

54. De "señora de Laiglesia" a combativa feminista


[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 8 de abril de 2010 en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón con motivo de la celebración del XX aniversario de la creación del Instituto Rosario de Acuña]

Buenas tardes.

A finales de los sesenta del pasado siglo, pocos eran los que podían decir cosa alguna acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que fuera enterrada y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer, cuyo nombre permanecía incrustado en lo más profundo de los acantilados de El Cervigón. Patricio Adúriz, quien años más tarde sería nombrado cronista oficial de Gijón, lo contaba así en las páginas del diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, éste que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Entre los curiosos a los que hacía mención don Patricio se encontraba Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido secretario adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil [Véase el comentario  35. El impulso que vino de México (⇑)]. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va reuniendo todo aquel material que tuviera alguna relación con la escritora, pues —según sus propias palabras— tenía como objetivo «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida...».

Las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑), quien en una casa situada a las afueras de Gijón recordaba su etapa de librepensadora, militante del Partido Republicano Democrático Federal y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Ella fue quien facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo fechado en 1907 que ahora conocemos. Gracias a esta mujer, la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época».

Equipo de hockey de la Agrupación Deportiva Femenina hacia 1934 (Fototeca de Asturias)

Los esfuerzos de Amaro del Rosal, Patricio Adúriz y Luciano Castañón no fueron en vano. Gracias a ellos y a cuantos les sucedieron en el intento por recuperar la memoria de quien fuera una de las vecinas más ilustres de Gijón, hoy conocemos mucho mejor quién fue doña Rosario de Acuña y Villanueva. En la actualidad, cualquier persona interesada puede consultar la práctica totalidad de sus escritos, bien sea en la edición realizada por José Bolado, bien en Internet, donde podemos encontrar una página dedicada monográficamente a nuestra protagonista, a la que nos podrá conducir cualquier buscador con tan sólo teclear «Rosario de Acuña. Vida y Obra (⇑)». Contamos, además, con estudios recientes que se han ocupado de analizar el papel que la librepensadora desempeñó en la soterrada batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano.

Así las cosas, dando por alcanzado el objetivo de rescatar del olvido a tan preclara mujer, consideré que mi intervención hoy aquí podría resultar más provechosa si, en vez de intentar realizar una aproximación a la figura de doña Rosario, me afanaba en focalizar la atención  hacia uno de los aspectos más interesantes de su brillante legado: su pensamiento feminista o, si se prefiere, sus ideas sobre la situación de la mujer en la España que le tocó vivir. Asunto éste en el que, como pueden suponer, no mantuvo una posición única e invariable a lo largo de su vida. Antes al contrario, en su biografía nos vamos a encontrar con una fractura producida en los primeros años ochenta, cuando ella contaba treinta y pocos, que marcará un antes y un después en la posición que adopta ante la vida. De ahí el título que he elegido para mi intervención: «De “señora de Laiglesia” a combativa feminista», que sugiere un punto de partida, otro de llegada y, entre ambos, una transformación, un profundo cambio.

Vayamos, por tanto, al momento inicial de esta historia: 27 de abril de 1876. Ese sábado un grupo de notables de la Villa y Corte se reúne en la parroquial de Santa Cruz para asistir a la ceremonia que habrá de unir en matrimonio a Rosario y a Rafael. Allí vemos a doña Dolores Villanueva de Elices junto a don Felipe de Acuña y Solís arropando a su única hija, una joven que luce con garbo la hermosa juventud de sus veinticinco años; y a don Augusto de Laiglesia y Laiglesia (⇑), viudo de doña María del Rosario Auset y Pérez de Lema, haciendo lo propio con el novio, que es algo más joven, pues en enero ha cumplido los veintidós. A no dudar que entre los presentes se encontrarían destacadas personalidades de la sociedad madrileña, pues, no hay que olvidar que el hermano mayor del novio (⇑) no hace mucho que se ha convertido en diputado del Partido Conservador por la circunscripción de Puerto Rico, ni que uno de sus cuñados es Emilio Gutiérrez-Gamero y Romate, quien a su faceta de afamado escritor une la de ex diputado. La novia, por su parte, es hija del inspector jefe de Ferrocarriles del ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña y Solís, gobernador civil cesante de Castellón, prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros (⇑), diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela, así como del marqués de Rianzuela y de la condesa de Benazuza, y cuenta entre sus parientes con el académico, senador por la provincia de Jaén y ex ministro don Antonio Benavides y Fernández Navarrete, y con el hermano de éste, don Francisco de Paula, por entonces Patriarca de las Indias Orientales y no tardando cardenal y arzobispo de Zaragoza.

Conozcamos ahora a los protagonistas. El novio es Rafael Pedro Pablo Ramón de Laiglesia y Auset nacido en Madrid el 31 de enero de 1854. Era el cuarto hijo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, una sevillana de padre catalán y madre gallega, y de Augusto de Laiglesia y Laiglesia, madrileño de nacimiento, aunque parte de su familia, asentada en Cádiz, procedía de la vecina Francia. Por lo que respecta a su crianza, hay un hecho que conviene resaltar, cual es la prematura muerte de su madre, que fallece de parto cuando Rafael apenas había cumplido los ocho años. Es de suponer que la temprana ausencia de la figura materna condicionaría en alguna medida su educación, por más que su hermana María Dolores, diez años mayor que él, asumiera alguna responsabilidad en ese sentido. Lo cierto es que desde muy pronto se sintió atraído por la vida militar, influido probablemente por el peso de una tradición familiar que había comenzado su abuelo paterno, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación, al tiempo que autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Tal era el interés de Rafael, que solicita el ingreso en el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería cuando tan solo contaba con trece años de edad. No obstante, las modificaciones que se introdujeron por entonces en la enseñanza militar retrasarán su ingreso en el Ejército hasta el mes de junio de 1871, momento en el que se convertirá en Caballero Cadete, aunque, curiosamente, no de la que era su primera opción, sino del Arma de Infantería. A la vista de lo anterior, bien podremos afirmar que el novio pasó su infancia preparándose para llegar a ser cadete, que superó con discreta calificación las preguntas que sobre Gramática castellana, Elementos de Geografía de España, Elementos de Historia de España, Aritmética y Sistema métrico decimal le hizo el tribunal y que tenía un buen nivel de francés.

En cuanto a la novia, digamos que nació el primero de noviembre de 1850 de la unión de dos jóvenes vástagos de familias acomodadas, «de la alta burguesía» diría ella más tarde, razón por la cual sus jóvenes progenitores disponen lo necesario para que su hija, su única hija, reciba la educación que corresponde a su distinguida posición. Le espera un reputado colegio de monjas donde habría de recibir las enseñanzas acostumbradas por entonces: Lectura, Escritura, Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada, Labores propias de su sexo y alguna que otra materia de las llamadas de realce como Piano o Francés. Así está previsto y así se habría de hacer, pero algo viene a truncar el camino señalado. Cuando la pequeña apenas contaba con cuatro años de edad, se le diagnostica una enfermedad ocular que le ocasiona grandes padecimientos: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. La enfermedad echa abajo todos los planes, hasta el punto que Rosario va a tener que recibir una educación alternativa, alejada de cualquier institución escolar: el padre y la madre sustituyen a las monjas; la Historia se hace sitio junto a los bordados; las Ciencias Naturales se abren de par en par ante sus doloridos ojos en el campo jienense; la Geografía se convierte en materia de estudio a lo largo de los diversos viajes que realiza en compañía de sus progenitores.... Y así es que, cuando las llagas oculares le conceden un respiro, sus ojos se afanan en observar minuciosamente todo lo que la rodea, como si quisiera aprehenderlo todo, ansiosamente, cuando su vista se lo permite, antes de que se vuelva a nublar de nuevo. Aquella visión discontinua parece haber estimulado sus capacidades de observación y de análisis, lo cual, a la postre, le van a permitir alcanzar mayores conocimientos que los que estaban reservados a las jóvenes de su edad y condición. Su atípica formación se completará con algunas estancias en el extranjero. Así, apenas cumplidos los veinte años, pasará una larga temporada en el sur de Francia, conociendo otras costumbres, otra cultura y otra lengua. Unos años más tarde residirá durante unos meses en Italia, en la residencia de su pariente Antonio Benavides, por entonces embajador de España ante la Santa Sede, tiempo este que aprovechará para satisfacer sus inquietudes artísticas.

La cita es —como queda dicho— en la iglesia de Santa Cruz. Observadlos. Allí está el novio: joven, instruido, miembro de una familia pudiente, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Allí, la novia: joven, instruida, miembro de una familia pudiente, escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, tras el celebrado estreno de Rienzi el tribuno, su primer drama. Si, con lo que hasta aquí sabemos, tuviéramos que valorar con objetividad los méritos y capacidad de cada uno de los contrayentes nos costaría, así, de buenas a primeras, decidir cuál de los dos los posee en mayor grado. La prudencia nos obligaría a concluir que, a falta de otros datos, la valía de novio y novia son similares. Pero, claro, nuestra escala de valores no es la que existía por entonces. Para la sociedad de la época, para los allí presentes, a Rosario le corresponde someterse a la voluntad de su marido, a pesar de ser dos años mayor que él; a pesar de tener, al menos, la misma capacidad que él; a pesar de poseer, al menos, los mismos recursos que él.

Y es que lo de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre venía de muy atrás. Tan atrás que algunos se remontaban en sus justificaciones a aquella escena bíblica en la que Yavé Dios le dijo a la mujer: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis: 3,16). La debilidad de Eva ante la manzana tentadora trajo consigo esta secular condena: la mujer será dominada por su marido. Y los Padres de la Iglesia consolidarán la sumisión de la mujer. Basta con leer este texto de San Pablo:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión. No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

La Iglesia católica, fiel a esta interpretación bíblica, se encargará de transmitir la divina voluntad a los creyentes, convenientemente interpretada por el magisterio apostólico, y durante siglos justificará el papel secundario que la mujer ha de asumir en el matrimonio y en la sociedad. En la católica España la inferioridad de la mujer con respecto al hombre ha sido durante largo tiempo casi un dogma y la inmensa mayoría de las españolas asumen, de mejor o peor grado, el papel que la tradición les ha asignado. Algunas, incluso, se afanan en dar consejos a sus congéneres sobre la forma en que mejor pueden desempeñar la función de buena esposa y buena madre. Ahí están revistas como El Bello Sexo, El Periódico de las Damas, El Ángel del Hogar, La Violeta o El Correo de la Moda, que será la que mayor presencia tendrá en los hogares españoles, pues estuvo en la calle durante buena parte de la segunda mitad del diecinueve. Ángela Grassi, Faustina Sáez, Pilar Sinués o Joaquina García Balmaseda pusieron su pluma al servicio del modelo de mujer más difundido: el ángel del hogar, esto es, buena esposa y buena madre, dueña y señora del ámbito doméstico, baluarte de los valores familiares, sustento espiritual del marido y de los hijos, avanzadilla de la regeneración patria…

Como quiera que las costumbres suelen hacer leyes, la legislación vigente por entonces, la misma que regula el matrimonio que están a punto de celebrar Rosario y Rafael, sanciona de forma clara y manifiesta la inferioridad de la esposa: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab-intestato sin licencia de su marido…». Esto es, la plasmación legal del discurso de la domesticidad que tan bien anclado estaba en las bases ideológicas de la sociedad española, tanto de los adalides del liberalismo, como de los defensores del Antiguo Régimen. Desde el mismo momento en que la enamorada e ilusionada Rosario, aceptaba unir su vida a la de Rafael, estaba asumiendo el papel de subordinación que correspondía a la Perfecta Casada, al Ángel del Hogar. Concluida la ceremonia matrimonial, salía del templo convertida en Rosario de Acuña y de Laiglesia. A los pocos días, la pareja pone rumbo a Andalucía para iniciar su viaje de novios.

Si bien es de suponer que nuestra protagonista conocía el papel que, como señora de Laiglesia, le tocaba desempeñar a partir de entonces —aunque sólo fuera por el cercano ejemplo de su madre, primorosa mujer de su casa, a decir de su propia hija—, tengo dudas acerca de su capacidad para asumir, de buenas a primeras, las consecuencias que la asunción del subordinado papel que le tocaba representar le habían de deparar en su cotidiano vivir. Al fin y al cabo, su formación fue un tanto excepcional, en cuanto no habitual, tanto en el tipo de educación recibida como en el papel que en la misma había desempeñado su padre.

Sea como fuere, lo cierto es que Rosario ha iniciado una nueva etapa en su vida y debe ir adaptándose a su nueva condición. Al regreso de su viaje por Andalucía, tiene que enfrentarse a un nuevo cambio ya que a Rafael lo destinan a Zaragoza y ella, cómo no, debe acompañarlo. Dada la profesión de su marido hay que pensar que la joven escritora ya contaría con la posibilidad de un traslado. De todas formas, la legislación vigente, la que por entonces regulaba el matrimonio, era muy clara al respecto: a la mujer corresponde «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde éste traslade su domicilio o residencia»: ésa es una de las consecuencias de su reciente matrimonio. No fue la única, como veremos a continuación.

A finales del mes de junio de 1876 ya se encuentra en la capital aragonesa, el escenario en el que habrá de representar su nuevo papel de mujer casada, para el que ya tiene reservado un nuevo nombre, pues, por obra y gracia de su reciente matrimonio aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como Rosario de Acuña y Villanueva para convertirse en la esposa de, en Rosario de Acuña de Laiglesia. Con ello no hace más que imitar una costumbre que siguen muchas mujeres de su posición social, quizás porque están convencidas de que el uso de tal preposición les otorga mayor respetabilidad ante sus conciudadanos. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran. Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido representa una clara pérdida de su identidad, lo cual podría llegar a tener cierta trascendencia cuando, como es el caso, nos encontramos a varias mujeres que en la misma familia tienen el mismo nombre y, lógicamente, idéntico su primer apellido.

La utilización del apellido del marido también es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar, María del Pilar Sinués… de Marco o Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que, en este caso, lo hacen para demostrar públicamente que cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Siendo esto así, no nos debería de resultar extraño que cuando nuestra protagonista decide estrenar en Zaragoza  Amor a la patria (⇑), su segundo drama, se hubiera presentado al público como Rosario de Acuña de Laiglesia, pero —y esto es lo sorprendente— lo hace ocultándose tras un seudónimo: Remigio Andrés Delafón. Puesto que fue ésta la única ocasión en que lo hizo, deberíamos preguntarnos acerca de las razones que le impulsaron a tomar tal decisión en ese momento: ¿tendría que ver con cierto temor a defraudar al público tras el clamoroso éxito de su primer drama o, tal vez, habría que buscar la explicación en su nueva condición de mujer casada? ¿Tuvo el marido algo que ver en ello? No tenemos, que yo sepa, dato alguno al respecto, pero, no sería de extrañar que al joven Rafael, teniente de infantería con el grado de capitán por méritos de guerra y a quien se le había autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil no le hiciera mucha gracia que su mujer se las diera de bachillera ante sus nuevos convecinos, no fuera a pasarle lo que años más tarde le aconteció a José Quiroga y Pérez de Deza, marido de doña Emilia Pardo Bazán, quien, al parecer, no pudiendo soportar las críticas con las que sus vecinos coruñeses recibieron la publicación de La cuestión palpitante, prohíbe a su mujer que continué escribiendo amparándose en lo que la legislación vigente por entonces señalaba: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente».

¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor a la patria (⇑)? ¿Admitió de buen grado Rafael que su mujer se ausentara del domicilio conyugal para supervisar el estreno en Valladolid de Rienzi el tribuno (⇑) o para asistir en la Corte al estreno de alguno de los dramas del momento? Ahí queda la pregunta sin que podamos darle respuesta concluyente. No obstante, en relación con el tema que nos ocupa sí sabemos que el nombre que utiliza para firmar todos los escritos publicados entre 1876 y 1884 es el de Rosario de Acuña y de Laiglesia. También que durante el transcurso de su residencia en tierras aragonesas, la relación matrimonial quedó muy dañada por más que aún permanecieran algún tiempo juntos.

¿Tuvo que ver en ello algo de lo que aquí estamos apuntando, esto es que el marido no aceptó de buen grado la actividad literaria de nuestra protagonista o la ruptura se debió a la infidelidad de Rafael, tal y como apuntan algunas fuentes? Parece ser que en algún momento de su corta convivencia en común tuvo lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969, tras haberlo recogido de Aquilina Rodríguez Arbesú, una gijonesa que había mantenido fuertes lazos de amistad con la escritora. Según escribió entonces, en cierta ocasión Rosario se trasladó a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido. Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa».

Sea por un motivo, sea por otro, o —tal vez— por ambos, lo cierto es que a finales de 1880 el matrimonio parece pasar por una crisis que se resuelve con lo que bien pudiera ser un nuevo pacto entre ambos, a juzgar tanto por lo sucedido tiempo después como por las pistas que nos da la propia Rosario cuando —refiriéndose a este momento— nos dice: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…[««Avicultura femenina» (⇑)1901]. Aislamiento campestre: esa es la condición, y en enero de 1881 la pareja retorna a Madrid, instalándose en Pinto, una localidad del sur de la provincia, en donde se hacen construir una pequeña villa un tanto alejada del resto de la población.

En su residencia pinteña, en su Villa-Nueva (⇑), Rosario inicia una nueva vida. No podía seguir viviendo como lo había hecho en sus primeros años de casada y puso sus condiciones: viven en una casa a las afueras de una pequeña localidad y Rafael cambia de trabajo, queda desligado temporalmente del Ejército, siendo nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, además de miembro del equipo responsable de Gaceta Agrícola, una publicación que desde 1876 edita el Ministerio de Fomento para divulgar entre los agricultores los nuevos avances técnicos y en la que la escritora publicará varios artículos [Por ejemplo: «Influencia de la vida del campo en la familia» (⇑),«El lujo en los pueblos rurales» (⇑) o «La educación agrícola de la mujer» (⇑)].

Es evidente que su visión de la sociedad ha cambiado en estos cuatro años largos que ha pasado en tierras zaragozanas. La mirada con la que Rosario contempla ahora a sus congéneres se vuelve más crítica, más sensible a cuanto suene a huero, falso e hipócrita. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades. La patria, su querida patria, necesita una cura... España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con quienes afirman que, puesto que la semilla de todo cambio se siembra en el hogar, es preciso involucrar a la mujer, dueña y señora del ámbito doméstico. Rosario piensa que todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier avance es imposible. Lo tiene claro, y ha empezado por ella misma, por enderezar el rumbo de su vida.

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que por entonces alberga Rosario, y el alejamiento de la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje en el transcurso del cual visitarán diversos lugares de España y Francia. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y así cuando en el mes de enero de 1883 se produce la repentina muerte del padre de la escritora todo parece derrumbarse. Antes de que acabara el mes Rafael cesa en el puesto que ocupaba en el ministerio de Fomento y en mayo ya se encuentra en Badajoz, a donde se ha trasladado para hacerse cargo de la jefatura de la Sección de Contribuciones de la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense. Rosario se queda en Pinto. Ya no volverán a estar juntos (⇑).

En la soledad de su Villa Nueva se acelera el proceso de cambio. El desengaño matrimonial y la posterior muerte de su querido padre terminan por despojarla de buena parte del equipaje que había utilizado hasta ahora: ya no le sirve para el nuevo camino que está dispuesta a emprender. Noches de insomnio y cavilaciones: una nueva visión, un profundo cambio en su vida que se hará bien visible cuando, tras un largo periodo de reflexión, decide volver a coger su pluma ya no pinta cascadas de espuma en las crestas del embravecido mar (⇑), ni tañe perdidos suspiros que escuchar pudiera una viajera golondrina (⇑), ni entona sus pobres cantares que en el espacio se pierden y en el olvido se acaban... No; bien parece que lo que ha vivido y ha visto a lo largo de estos primeros años ochenta le han agrietado un tanto el alma y su pluma —romántica y esperanzada en otro tiempo— no está ya para dulces cantilenas. Aquella mujer que prometió amor eterno en solemne ceremonia religiosa, que aceptó las condiciones de una unión desigual en la que la mujer quedaba subordinada al hombre por el mandato de la ley y el imperio de las costumbres, que dejó todo para acompañar a su marido allá donde la superioridad les había destinado... Aquella mujer ya no era la misma. Basta leer este fragmento publicado en el mes de enero de 1885 para comprobarlo:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia… ( «Resumen (⇑)», 10-1-1885)

Indudablemente, la visión que nuestra protagonista tiene ahora de la mujer y del papel que la sociedad le tiene reservado es bien diferente de la que tenía aquel jueves 27 de abril cuando en la parroquial de Santa Cruz se convirtió en señora de Laiglesia. Ahora, ocho o nueve años más tarde, bien puede decirse que, en lo tocante a la por entonces denominada «cuestión de la mujer», nuestra protagonista mantiene posiciones de vanguardia, combatiendo —según sus propias palabras— a cuantos se oponen a la ilustración de la mujer y a la dignificación de la compañera del hombre. No serán pocos los escritos y las conferencias que desde mediados de los ochenta hasta el momento de su muerte tengan a las mujeres por destinatarias, cuando no por protagonistas, pero los principios fundamentales de su discurso sobre la cuestión ya están claramente definidos en los textos que hace públicos entre 1885 y 1888.

La tesis inicial sobre la que construye su discurso feminista es —como no podía ser de otra forma— la negación de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, es decir, su oposición a admitir como cierto el pensamiento dominante, según el cual el varón es superior por su propia naturaleza, por voluntad de la divinidad, tal y como viene defendiendo la Iglesia desde los primeros tiempos, y tal como por entonces pretenden demostrar algunos frenólogos, o similares, con argumentos anatómicos y fisiológicos. Rosario de Acuña, al igual que hiciera años antes Concepción Arenal, replica a unos y a otros proclamando que la desigualdad existente entre hombres y mujeres se debe a la postergación ancestral que ha sufrido la mujer y no a una supuesta inferioridad original:

...no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. («Algo sobre la mujer» (⇑), 1881)

Si esto decía en 1881, años después se mostraría más concluyente cuando en el Acto de Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso (⇑) afirmaba: «La mujer puede y debe pensar; ningún límite impuso la naturaleza a sus facultades racionales». Así las cosas, dejando bien sentado que el hecho de que sean los hombres quienes despunten socialmente no se puede justificar por razón de su superior naturaleza, sino por las favorables condiciones en que se han criado, lo que, en coherencia, sigue es reclamar para las mujeres el mismo trato, la misma formación. Y eso es lo que de forma reiterada hace Rosario de Acuña:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón

No es original en esto. Hay otras mujeres, como Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o Sofía Tartilán, que mantienen puntos de vista semejantes en cuanto a la exigencia de igualdad en materia de educación entre hombres y mujeres. No ocurre lo mismo en otros puntos. Tal sucede con respecto al papel que la Iglesia ha venido ejerciendo durante siglos en el sometimiento de la mujer: he ahí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña. Si en otros aspectos coincide con algunas de sus contemporáneas, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella, la Iglesia católica es la principal responsable de la postergación que sufre la mujer, y lo es por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral que avala la dominación del varón. Así de claro lo tiene y así de claro lo expone en el artículo «A las mujeres del siglo XIX» (⇑) que publica en 1887:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre…

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo no sólo es de todo punto imprescindible apartarla de la nefasta influencia que sobre ella ejerce la larga sombra del confesionario sino que, además, es preciso evitar que sucumba a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina. Duda de aquellos hombres que, al calor de la disputa ideológica, se muestran partidarios de conceder en la tribuna pública lo que, en la mayoría de los casos, niegan en el hogar. Si no se dan previamente las condiciones necesarias, el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer y así se lo advierte en abril de 1888 a las mujeres que acuden a escucharla a la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

...solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración,[…] Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión. («Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑), 1888).

No podemos concluir este análisis sin mencionar otro de los rasgos distintivos de su pensamiento y es que la lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue. En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia. En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós, entre otros. El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad:

No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…» («Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra» (⇑)).

A partir de todo lo dicho hasta ahora, podemos concluir que el pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que son reconocidas como pioneras del feminismo en España (rechazo de la inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran, imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…), al tiempo que difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que la mujer pueda realizar; imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como medio para lograr su emancipación…). En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva —con los matices que se quieran hacer al respecto— antes de haber cumplido los cuarenta, y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres allí donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» (Véase el comentario «21. El escrito que provocó su reacción» (⇑)). Se despachó a gusto, no cabe duda. Basta leer los dos párrafos siguientes para comprobarlo:

¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!, ¿qué van a ser ellos?, ¿amas de cría? No, no; los destinos hay que separarlos; los hombres a los doctorados, a los tribunales, a las cátedras, a las timbas y a las mancebías de machos, a ser unas veces ellas y otras veces ellos; las mujeres a la parroquia, o al locutorio, a comerse o amasar el pan de San Antonio; y luego las de la clase media, a soltar el gorro y la escarcela, a ponerse el mandil de tela de colchón, y aliñar las alubias de la cena, a echar culeras a los calzoncillos, o a curarse las llagas impuestas por la sanidad marital; si son de la clase alta, a cambiarle semanalmente de cuernos al marido, unas veces con los lacayos y otras con los obispos...Este, este es el camino verdaderamente derechito y ejemplar de las mujeres.

¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la Universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿Adónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos en el machito! ¡Pues qué! ¿Es acaso persona una mujer? ¿No andan ya los sabios a vueltas para ver si es posible sustituirlas por engendradoras artificiales?... (««La jarca de la universidad» (⇑), 1911)

Por las reacciones que el artículo suscitó entre los estudiantes, parece evidente que no se dieron por aludidos en lo que respecta al fondo de la cuestión. Curiosamente lo que, al parecer, les ofendió fue el hecho de que la pluma de doña Rosario hubiera puesto en entredicho el buen nombre de sus santas madres con frases como las siguientes:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho. Como la mayoría son engendros de un par de sayas —la de la mujer y la del cura o el fraile— y de unos solos calzones —los del marido o querido— resultan con dos partes de hembra, o por lo menos hermafroditas, por eso casi todos hacen a pluma y a pelo.

Y se armó una buena, ¡vaya si se armó!: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía… Y la autora no tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar lo que ella calificó como un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando, y ello a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del cansancio acumulado por tanta lucha baldía, a pesar de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo. La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera» ⇑, 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo, la protagonista de El padre Juan (⇑) : «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso lo hicieron nuestras almas al darse juramento de amor». Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, un futuro más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que en 1917 asisten a un mitin femenino organizado por la Unión Republicana de Gracia (⇑):

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien sea abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre .

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos van a permitir posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando; la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién osará mantener impunemente que la mujer sólo puede ser esposa y madre? La Nueva Edad que nuestra protagonista vislumbraba al final de aquella primera guerra se encuentra más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance, pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó para siempre.

El día de su entierro fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel primer sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas, mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes muchas de ellas o habían hecho por escrito agradeciéndole tantos años de lucha, incansable lucha, en su misma trinchera. Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que a muchas guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Ahí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… Ahí las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

Muchas gracias.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 10-4-2010.




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