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23 julio

293. Callejero particular de su Madrid natal


Placa de la calle de Fomento de Madrid
Nació en pleno centro de Madrid el primer día del mes de noviembre de 1850, cuando la capital no había alcanzado aún la cuarta parte del millón de habitantes; creció a la sombra de los viejos edificios de los Austrias y de las nuevas estampas isabelinas; y se marchó antes de cumplir los veintiséis, para vivir en Zaragoza primero, luego en Pinto, Cantabria y Gijón, donde falleció en mayo de 1923. Aunque ya no volverá a residir en su ciudad natal (salvo un breve periodo en los años noventa), volvió y volvió, sin importarle que el regreso tuviera que hacerlo en un vagón de tercera.  

Lo que sigue es un recorrido por su callejero madrileño, por los escenarios que, de una u otra forma tuvieron alguna importancia en su vida. Sobre un plano de Madrid de 1877 (José Pilar Morales, Guía del plano de Madrid y sus contornos en 1877, Madrid, Tipografía de Gregorio Estrada, 1877) se han situado las veinticinco referencias seleccionadas y que se comentan seguidamente.

1. Calle de Fomento. Aunque no fuera la que ilustra este comentario (mucho más moderna, pues, como otras realizadas por el ceramista Alfredo Ruiz de Luna para el Viejo Madrid, fue instalada en 1992), la placa que daba nombre a esta calle debió de ser una de las primeras que leyó, dado que para ella no era una más del callejero madrileño: en una vivienda del número 29, auxiliada por el buen hacer de un médico amigo de la familia (⇑), sus ojos vieron la luz por primera vez a las cinco y media de la mañana del primero de noviembre de 1850. 

El nombre le viene del ministerio del ramo, que durante algunas décadas tuvo su sede en esta misma calle, en el palacio que había ocupado anteriormente el Consejo Supremo de la Inquisición.

2. Iglesia parroquial de San Martín (calle Desengaño). Originariamente formaba parte del convento de Portacoeli, que se había establecido en este lugar a mediados del siglo XVII. El edifico actual fue construido en 1725 en sustitución de la antigua iglesia, en estado ruinoso. En 1836 se convierte en parroquial de San Martín, al desaparecer la anterior, que estaba situada junto a la plaza de las Descalzas Reales.  

En esta iglesia, considerada una muestra representativa del barroco madrileño, el sábado 2 de noviembre, tan solo un día después de su nacimiento, la hija de Dolores Villanueva y Felipe de Acuña es bautizada con el nombre de María del Rosario Santos Josefa. Tal y como se cuenta en el comentario 83. Que no, que no... que nació en Madrid (⇑), la copia de esa partida de bautismo, firmada por Sebastián Fernández, el cura que la bautizó, zanjó por fin el asunto: no nació en 1851, como se afirmaba; y no lo hizo en Pinto, Bezana, Galicia o Cuba, que nació en Madrid el primer día de noviembre de 1850.

3. Ministerio de Fomento (calle de Atocha).  En 1847 Felipe de Acuña Solís, tras su boda con Dolores Villanueva Elices, abandona los estudios en la Facultad de Jurisprudencia para ponerse a trabajar como escribiente en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, anteriormente Ministerio de Fomento, con sede en la calle del mismo nombre, la misma en la que instalaron su domicilio, la misma en la que nació su hija. 

Algunos años después, el ministerio se trasladó al antiguo convento de la Santísima Trinidad (Trinitarios Calzados), sito en la calle de Atocha. Desde entonces, el edificio pasó a tener un significado especial para Rosario: se convirtió en el lugar donde trabajaba su padre, el antiguo escribano, ahora auxiliar en sus distintas clases (séptimos, sextos, quintos...), y más tarde inspector (también inspector jefe) de ferrocarriles... Sin duda, aquel fue un lugar de referencia para ella, más aún después de que el primo Pedro Manuel (⇑) fuera nombrado director general en ese mismo ministerio y que, como consecuencia del nombramiento, su padre asumiera nuevas responsabilidades, sus tíos ocuparan cargos de relevancia, y a su marido le dieran una buena ocupación, bien remunerada. 

Aquella situación duró lo que duró, y el edificio que ocupó el ministerio, denominado de nuevo de Fomento, fue derribado a finales del XIX.  

4. Embarcadero de Atocha. Retrocediendo algunos años, volviendo a su niñez, resulta que cuando Rosario contaba cuatro años comenzó a padecer los primeros síntomas de una enfermedad ocular llamada conjuntivitis escrofulosa: sin previo aviso, sus ojos se poblaban de doloras vesículas. Tan solo encontraban alivio en contacto con la naturaleza, con los aires serranos de las tierras que su familia paterna poseía en Jaén, de donde llegaba la sabia prescripción de su abuelo paterno: «¡Venga esa niña al campo!» Y al campo se iba la niña (⇑),  acompañada las más de las veces de su joven padre. 

Hacían el viaje en el tren andaluz, al que se subían en el embarcadero de Atocha, la estación provisional que se abrió en febrero de 1851 con ocasión de la inauguración del ferrocarril que unía Madrid con Aranjuez, primer trayecto de un viaje que, atravesando las tierras manchegas, les llevaría con los suyos, «en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena». 

Ese mismo embarcadero también será, años después, la puerta de entrada y salida que comunicará su quinta campestre, situada a las afueras de Pinto, cerca de la estación, con su ciudad natal. Pero eso, queda dicho, será más adelante. 

5. Estación provisional en las proximidades de la montaña de Príncipe Pío. No solo en las serranías andaluzas encontraban alivio sus doloridos ojos, también les sentaba bien los efectos salutíferos de las brisas marinas. Y con quince o dieciséis años tomó el tren y se fue a Gijón, a las orillas del Cantábrico, a las aguas, y empezó a enamorarse de Asturias (⇑)

Durante su infancia y juventud Rosario viajó con cierta frecuencia, en compañía de su madre, de su padre o de ambos. Viajó, como queda dicho, para buscar alivio a sus ojos, también para conocer nuevos lugares, en España y fuera de ella.   

Por suerte para ella, eran tiempos de expansión del ferrocarril; por suerte para ella, vivía en una ciudad que se estaba convirtiendo en un nudo ferroviario, puerta de salida para distintas direcciones. En 1861 la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España construyó una estación provisional en las proximidades de la montaña de Príncipe Pío con motivo de la inauguración de la línea Madrid-Irún. Desde entonces aquella nueva estación se convirtió también en el inicio de viajes y más viajes (⇑), para conocer Gijón, París, Bayona o Roma.

Guía del plano de Madrid y sus contornos en 1877

6. Teatro Real (plaza de Oriente). La dolorosa enfermedad ocular que la condenaba a padecer episodios de ceguera temporal trastocó todos los planes. Ya no iba a ir a ningún colegio de monjas, tal y como habían previsto sus progenitores;  los suyos se hicieron cargo de su educación, adaptándose a sus periodos de ceguera y a los cuidados que precisaban sus ojos: de la mano de su madre fue conociendo las primeras letras; de la de su padre, la historia y la literatura. Los viajes y el contacto con la naturaleza le abrieron nuevos campos de conocimiento. 

Y para que nada faltara, todo ello fue completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y la mejor ópera, que pudo disfrutar en su juventud, temporada tras temporada, en el palco familiar o, usando sus propias palabras, «desde nuestro palco del Real». Tal y como se cuenta en el comentario 279. De la clásica a la copla, de la ópera a la bulería (⇑), en este prestigioso teatro de ópera, inaugurado formalmente pocos días después de su nacimiento, escuchó a la soprano Adelina Patti, al tenor Mario de Candia o a Enrico Tamberlick, también tenor y amigo de su padre.

7. Liceo Piquer (calle Leganitos).  Aunque no pudo asistir a ningún colegio de monjas, aunque no pudo seguir el programa regulado por la nueva Ley de Instrucción Pública (La denominada Ley Moyano de 1857), parece que Rosario alcanzó entre los suyos una educación similar a la que por entonces recibían las hijas de las familias de economía desahogada. Fue creciendo entre viajes, conciertos y libros; fue acumulando muchas vivencias, ilusiones o dudas que tan solo aguardaban el momento propicio de ser contadas, de convertirse en escritura.

Por lo que sabemos, en su casa alentaron estas aficiones literarias de la joven, hasta el punto de que su padre utilizó su valiosa red de contactos (⇑) para lograr que los escritos de su hija fueran publicados. Al principio se trata de artículos o pequeños relatos, como los que publica la barcelonesa Gaceta Universal, que dirige su amigo Agustín Urgellés de Tovar; luego poesías. En el verano de 1874, cuando contaba con veintitrés años, La Ilustración Española y Americana publica su poema «En las orillas del mar». Unos meses después recitó sus versos en público, lo hizo ante la «selecta concurrencia» que se había reunido en el Liceo Piquer. Fue su primer recital y no debió olvidarlo.

A finales de la década de los cincuenta, el escultor José Piquer Duart compró dos edificios contiguos en la calle de Leganitos y los rehízo, el uno como domicilio familiar y el otro como pequeño teatro, un lugar de reunión para que sus próximos, amantes de las artes en general, y del teatro y de la música en particular, pudieran deleitarse en las veladas que allí habrían de celebrarse. En la noche del treinta de enero de 1875, la distinguida concurrencia de aquel Liceo –regido desde la muerte de su fundador por Emilia Llull Mitjavila, la viuda de Riquer– disfrutó de diversas obras musicales y «tuvo ocasión de admirar también por vez primera a la poetisa señorita de Acuña, cuyos inspirados versos agradaron mucho».

8. Teatro del Circo (plaza del Rey). Ciertamente, la «señorita de Acuña» quería ser poeta (más que "poetisa"), pero no fue la tolerada lírica femenina de sus primeros poemas la que le llevará a las puertas del Parnaso madrileño. No; será con el verso grave y viril de un drama trágico con el que reciba el reconocimiento del público y la crítica capitalina. 

El 12 de febrero de 1876, cuando la autora tan solo contaba con veinticinco años de edad, tuvo lugar el estreno de su primera obra dramática: Rienzi el tribuno, que recibió los aplausos del público y el reconocimiento de los críticos más afamados del momento. El exitoso estreno (⇑), no lo olvidará, tuvo por escenario el teatro del Circo, situado en la plaza del Rey. Allí se mantuvo en cartel durante dos semanas; luego varias compañías lo representaron por diversos teatros de España. No volverá al mismo escenario, pues el teatro del Circo fue destruido por un incendio ocurrido ese mismo año. Tiempo adelante, en el mismo solar se edificó el Teatro-Circo de Price.

9. Iglesia del Carmen Calzado (calle del Carmen). Pocas semanas después de los entusiastas aplausos recibidos en el teatro y de las alabanzas que por su obra le brindaron conocidos escritores del momento, el jueves 27 de abril de 1876,  Rosario de Acuña se casa con Rafael de Laiglesia Auset, un joven teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra, de quien, al decir de los próximos, está muy enamorada. Según nos cuenta Fernández de Bethencourt en su Historia genealógica, la boda se celebra en la parroquia de Santa Cruz, que por aquel entonces tiene su sede en la iglesia del Carmen, tras su ubicación temporal en el convento de Santo Tomás, a donde se había trasladado después de que fuera demolida la antigua iglesia de Santa Cruz, sita en la plaza del mismo nombre.

Tras otorgarse mutua promesa de fidelidad eterna ante el católico ministro y sus respectivas familias (⇑), Rosario y Felipe inician un viaje por Andalucía,  a la vuelta del cual deberán desplazarse a Zaragoza, donde ha sido destinado el militar.

10. Domicilio familiar, calle Concepción Jerónima, 13. El traslado a la capital zaragozana supuso un cambio brusco en su vida, no solo por su nueva condición de mujer casada, sino también por el alejamiento de lo que por entonces era el principal centro literario del país. Madrid estaba, ciertamente, muy lejos y durante el año 1877 su firma parece haber desaparecido de los periódicos (⇑)

Todo parece más complicado, como queda de manifiesto con ocasión del estreno de Rienzi en Valladolid. El empresario del teatro vallisoletano, que quiere contar con su presencia, remite telegramas a Zaragoza y a Madrid, a la calle Concepción Jerónima 13, el nuevo domicilio de sus progenitores; envía un representante a recogerla; su padre se traslada a Valladolid... Luego está lo de su nueva obra. Le asaltan las dudas. En el otoño se estrena en su nueva ciudad; lo hace, por primera y única vez, con seudónimo. A pesar de que fuera muy aplaudido por el público, las dudas persistían. Así que, cuando vuelve a Madrid en las Navidades de ese año, decide reunirse con algunos de sus amigos escritores en su casa, supuestamente en al nuevo domicilio familiar de Concepción Jerónima. Al ver el decaimiento de la joven autora (⇑), todos los presentes, entre los que se encontraban Echegaray y Núñez de Arce, exigieron y obtuvieron la promesa de que proseguiría en el empeño.  

Guía del plano de Madrid y sus contornos en 1877

11. Domicilio familiar, calle Carretas, 31. La casa mortuoria. Por lo que luego supimos, su descontento no obedecía solo a su actividad como escritora, tenía mayor alcance, como bien se puede deducir de esta frase que escribió tiempo después: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre…». El caso es que se marchan de Zaragoza; Rafael es autorizado a trasladarse a Madrid y, poco tiempo después, se encuentran residiendo en una quinta campestre que se ha hecho construir a las afueras de Pinto, una localidad que por entonces no alcanza los dos mil habitantes. 

Su marido comienza a trabajar en el Ministerio de Fomento; ella se dedica a recuperar el contacto con la naturaleza y a convertir su nueva morada en una unidad de producción autosuficiente. La nueva vida en el campo parece satisfacerla plenamente. 

No obstante, aquella nueva y esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. El 27 de enero de 1883 fallece su padre, joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. La inesperada pérdida de su progenitor supuso un mazazo para ella, apenas mitigado con las públicas muestras de apoyo que le brindaron los regidores de su nuevo pueblo, agradecidos como estaban a las gestiones realizadas por su padre en beneficio de Pinto (⇑).

12. Cementerio de San Justo. Tal y como recoge el certificado de defunción, el «ilustrísimo señor» (como corresponde a los honores de Jefe de Administración Civil que le habían sido concedidos años atrás) don Felipe de Acuña y Solís falleció en su domicilio, sito en la calle Carretas, número 31, cuarto tercero (la tercera dirección que les conocemos, tras la de Fomento y la de Concepción Jerónima) a consecuencia de una «congestión cerebral».  

Varias fueron las esquelas publicadas en la prensa madrileña. El excelentísimo señor ministro de Fomento, el también excelentísimo señor director general de Agricultura, su desconsolada viuda, su hija D.ª Rosario, hijo político, hermanos, tíos y primos, daban cuenta del fatal suceso e informaban del funeral que tendría lugar en la parroquia de Santa Cruz (calle del Carmen). También informó del entierro, de la comitiva fúnebre, de los más de setenta carruajes que acompañaron sus restos mortales hasta el cementerio de la Sacramental de San Justo.  

Tras la pérdida de su querido padre, Rosario vivió un tiempo de agonía constante, de existenciales dudas, de juveniles evocaciones, de replanteamiento. Fueron meses de reacomodo, de cambio, de metamorfosis (⇑): se separó de su marido, se convirtió en una propagandista de la libertad de conciencia, ingresó en la masonería...

13. Ateneo de Madrid (calle del Prado). El éxito alcanzado años atrás con Rienzi la convirtió en una escritora conocida, razón por la cual la prensa suele publicar cualquier noticia con ella relacionada y, en ocasiones, también tomará partido al respecto, más aún si vienen a poner en cuestión la ortodoxia, el orden establecido. 

En la España de nuestras tatarabuelas los hombres ejercían el protagonismo social;  a la mujer le habían asignado el papel de «ángel del hogar», buena esposa y mejor madre que ejercía sus funciones en el reducto del hogar. ¡Ay de aquella que osara poner en cuestión este reparto de papeles! Resultó que, en pleno proceso de reflexión, ella decidió que no estaba por la labor, y el 19 de abril del año ochenta y cuatro se convierte en la primera mujer en ocupar la tribuna del Ateneo de Madrid (⇑).

Desde su fundación en 1835, el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid había reservado aquel destacado estrado para los hombres, y el hecho de que una joven dramaturga y poeta rompiera la tradición (y lo hiciera, además, en el nuevo edificio que había sido inaugurado unos meses atrás en un solemne acto presidido por Antonio Canóvas,  presidente del Consejo de Ministros y presidente también del Ateneo) abrió una intensa polémica. No será la primera en la que Rosario de Acuña va a estar presente.

14. Café de Fornos (esquina callé Alcalá-calle de Peligros o Virgen de los Peligros). El catedrático Miguel Morayta pronuncia el discurso inaugural del curso 1884-85 en la Universidad Central de Madrid. La prensa confesional, que lo tilda de herético, inicia una campaña contra él y contra el Gobierno que, a su juicio, se muestra muy permisivo con los profesores liberales. Buena parte de los universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra. El rectorado, que quiere atajar el asunto, anuncia medidas drásticas. Rosario de Acuña sale en defensa de  los universitarios (⇑) y se ofrece a pagar  «la matrícula del estudiante que más adelantado en su carrera y con mejores notas, poseyendo dicho privilegio lo perdiese por resistirse a entrar en clase». 

Nueva polémica, que se avivará aún más cuando se conozca que nuestra protagonista ha invitado a un banquete a los representantes de los universitarios (⇑) que tiene por escenario el Café de Fornos, uno de los establecimientos más conocido del Madrid de la época, por ser sede de tertulias literarias y lugar de encuentro de la vida artística capitalina. Trasciende también que entre los presentes se encuentran algunos conocidos librepensadores como el citado Miguel Morayta o Ramón Chiés, codirector del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento. Lo que no contó la prensa fue que la anfitriona informó a sus invitados de que tenía tomada la decisión de sumarse a la lucha por la defensa de la libertad de conciencia. Pocas semanas después se conocerá públicamente y, desde entonces, se hablará de ello largo y tendido. 

15. Hospital Asilo de Santa Lucía (Calle la Ruda o Calle de la Ruda). A los cambios que experimenta su vida tras la imprevista muerte de su padre, hay que sumar uno de gran trascendencia para ella: en el año 1885 sus ojos podrán, al fin, verse libres de la lacra a la cual han estado sometidos desde la primera infancia, gracias a una intervención quirúrgica realizada por el doctor Santiago de los Albitos Fernández (1845-1908).

La operación tuvo lugar en el Hospital Asilo de Santa Lucía que el doctor Albitos había abierto un año antes en  la madrileña calle de la Ruda, en pleno barrio de La Ribera. Allí recibía tanto a clientes de pago, que acudían desde cualquier punto de España, como a pobres y menesterosos, a quienes operaba gratuitamente.

Gracias a la pericia de don Santiago, aquella mujer que tan sólo unos meses antes había abandonado el campo del oscurantismo abrazando la causa del librepensamiento, podía ahora abrir sin temor sus ojos a  la luz recuperada (⇑).

 Guía del plano de Madrid y sus contornos en 1877

16. Palacio de Justicia (Plaza de las Salesas). El hecho de que residiera en Pinto no fue óbice para que siguiera desplazándose a Madrid. De hecho, los viajes a la capital, donde seguía viviendo su madre,  debieron de ser frecuentes. Y en uno de ellos, de regreso a su casa, se encontró con que uno de los paquetes venía envuelto con el papel de un periódico que nunca antes había leído Las Dominicales del Libre Pensamiento (⇑).  

Tal y como contará en los escritos que desde entonces aparecerán en este semanario librepensador, no le gusta lo que ve y se dedica a combatir la sinrazón o las supersticiones. El análisis sociológico debe parecerle insuficiente para explicar el desvarío humano, razón por la cual se adentra en el campo psicológico, en los límites entre la cordura y la locura. Convoca un premio de investigación sobre el tema y sigue con atención dos de los sucesos que mayor conmoción producen en la sociedad de entonces: el asesinato del primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá por disparos del sacerdote Cayetano Galeote y el crimen de la calle de Fuencarral, caso sobre el que hará públicas sus reflexiones en un folleto que se publica por entonces (⇑)

Sabemos que asiste a diario al Palacio de Justicia porque la presencia en la sala de una mujer provista de lápiz y cuartillas no pasa inadvertida a los periodistas que allí se encuentran, y alguno hay que lo hace público. Ella es, en efecto, «la mujer del rincón», la que toma notas de cuanto ocurre en la sala, y, una vez señalada,  no duda en contar las razones que la mueven a seguir con detalle lo que allí ocurre (⇑)

17. Palacio de la Industria y de las Artes (final del paseo de la Castellana; en la actualidad calle José Gutiérrez Abascal, 2). El hecho de que hubiera decidido vivir a las afueras de una pequeña localidad, alejada de la vida ciudadana, no quiere decir que no se enterase de lo que sucedía en su Madrid natal; tampoco que renunciara a acudir a cualquier evento que considerara interesante. 

En el mes de mayo de 1887 se inaugura el Palacio de la Industria y de las Artes, para cuya construcción se había convocado un concurso con motivo de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1881, al objeto  de que acogiera de forma permanente estas exposiciones. Tras la inauguración oficial quedó abierta al público la Exposición de ese año, que debió de ser visitada por Rosario de Acuña pocos días después pues, tal y como se cuenta en el comentario 160. Convertida en  crítica literaria (y de otras artes) (⇑), por entonces publica dos artículos dedicados a comentar dos de las obras allí presentadas.

18. Fomento de las Artes (Calle del Horno de la Mata,7). Gracias a la asiduidad con la que suelen aparecer sus escritos en Las Dominicales (que también publica todo cuanto con ella esté relacionado) no tardará en estar completamente integrada en el seno del librepensamiento español, como bien se puede deducir de las muestras de apoyo y las cartas de adhesión que aparecen en sus páginas.  El dominical también publica los discursos y conferencias que doña Rosario envía a las diversas sociedades que se lo demandan. 

En el caso de la sociedad madrileña Fomento de las Artes, fundada en 1847 como centro de instrucción del obrero y cuyo objetivo era el mejoramiento moral y material de sus asociados, es la propia Rosario de Acuña la que visita su sede para pronunciar dos conferencias tituladas «Los convencionalismos» y «Consecuencias de la degeneración femenina», que no pasarán desapercibidas, especialmente la última, que provoca alguna que otra virulenta respuesta por parte de la prensa confesional (⇑).  

Al Fomento acudirá también como oyente, a escuchar a su amiga Ángeles López de Ayala (⇑) hablar de un tema que tiene gran interés para ambas: «La mujer y su misión». 

19. Teatro Alhambra (Calle de la Libertad, esquina calle San Marcos). El primero de noviembre de 1890 cumplirá cuarenta años, «la crítica edad de los cuarenta», el momento elegido para dar por concluida la campaña de Las Dominicales, para «retirarse del trabajo activo de la inteligencia», ocasión propicia para preparar algo especial, su despedida. Buena conocedora de la eficacia del teatro como medio de propaganda escribe El padre Juan, una obra al servicio de la causa del librepensamiento.

No encontrado empresario alguno que quisiera aventurarse en la empresa, a ella le toca hacer todo: forma una pequeña compañía con actrices y actores aficionados, dirige los ensayos, alquila el teatro, cuida de los detalles de los decorados y el vestuario y, al fin, tras dos meses de preparativos, en la noche del viernes 3 de abril de 1891, con el oportuno permiso gubernativo, se alza el telón del madrileño teatro Alhambra, que se encontraba repleto de público. 

Tras esa exitosa función ya no habrá más (⇑), pues el gobernador de Madrid firmó una orden suspendiendo las representaciones de la obra, prohibiéndose la venta de billetes. 

20. Domicilio de su madre (calle Bailén, 35). Tiempo después de la muerte de su marido, Dolores Villanueva Elices abandona la vivienda de la calle Carretas. Quizás busque alguna que se ajuste a sus nuevas necesidades y a los reducidos ingresos que recibe como viuda. De hecho no está de acuerdo con la pensión que le pagan, pues cree que le corresponden 6125 pesetas anuales con cargo al Monte Pío del Ministerio de Fomento y no las 1250 que le ha asignado la Junta de Pensiones Civiles. Presenta recursos y más recursos en un largo proceso durante el cual consta que tuvo, al menos, dos domicilios diferentes: calle del Carmen, 39, izquierda (marzo de 1883) y este de la calle Bailén, donde firma en abril de 1896 una nueva solicitud para que se le permute la pensión que recibe por la del Monte Pío. 

Calles señaladas, domicilio de los suyos. Quizás la de Bailén fuera la última, pues poco tiempo después de la firma de esta última solicitud Rosario y su madre Dolores se marchan a vivir a Cantabria, cerca del mar.  

Guía del plano de Madrid y sus contornos en 1877

21. Jardín del Buen Retiro. A principios del verano del año noventa y dos, tras varios meses postrada en la cama por unas fiebres palúdicas que la situaron al borde mismo de la muerte, hace público su renovado propósito de retirada,  de «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Y allí se fue al fin. En la costa gallega, estuvo un tiempo; luego marchó a Cantabria, en compañía de su madre y de Carlos Lamo, su buen discípulo (⇑). En Cueto, una localidad situada por entonces a unos pocos kilómetros del centro de Santander, pondrá en marcha una granja avícola (⇑)

Si los peritos titulados ponían el énfasis en la selección,  ella optó por el mestizaje: «La selección, sí, pero antes la variabilidad. Sigamos humildemente a la Naturaleza, que para seleccionar mezcla antes siempre». Y tal parece que su opción resultó satisfactoria ya que obtuvo el segundo premio (Medalla de plata) en la Exposición Internacional de Avicultura que se celebró en el madrileño Jardín del Buen Retiro en el mes de mayo de 1902.  

22. Teatro Español (Plaza de Santa Ana). Su actividad como avicultora prosiguió, con algún que otro percance, hasta el robo de la primavera de 1905: unos intrusos penetran en su granja y se llevan gallos y gallinas con un valor que, a precios de mercado, suponía el importe de un año de trabajo. El descalabro económico fue importante, pero lo peor era vivir con el convencimiento de que los ladrones residían en las proximidades. 

Hasta ahí llegó (⇑). Se acabaron las jornadas de sol nacer a sol poner, todos los meses del año, todos los días de la semana. A partir de entonces pudo moverse libremente por Cantabria, pudo regresar a Madrid. El 7 de marzo del año siete está de nuevo en su ciudad natal, a donde ha viajado para asistir al estreno de Daniel, drama en cuatro actos escrito por su amigo Daniel Dicenta (⇑).  

A pesar de las reformas habidas en los últimos años, el escenario no le es desconocido, pues en el teatro Español también se estrenaron dos de sus obras: Tribunales de venganza (1880) y La voz de la patria (1893). Han pasado unos cuantos años desde aquellos lejanos aplausos; ahora es ella quien aplaude con entusiasmo tras presenciar la obra: «Bravo, Dicenta; la noche del estreno mis manos se llenaron de vejigas de tanto aplaudir...».

23. Monumento a Castelar (Plaza del Obelisco). Tras el abandono de su actividad como avicultora, se toma un tiempo antes de iniciar una nueva etapa en su vida. Está decidida a establecerse en Asturias (⇑), razón por la cual y tal y como ella nos cuenta en 1908 pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara de cómo podría ser su vida en esta villa asturiana. Debió de resultar satisfactoria, pues unos meses después firma el contrato de compra de un terreno situado sobre un acantilado del litoral gijonés, alejado de la población. 

Antes de la mudanza se desplaza de nuevo a Madrid para participar en la manifestación que ha convocado el diputado republicano Sol y Ortega como culminación a la «campaña de moralidad» contra el Gobierno de Maura. Dicen que fue un acto multitudinario como antes no se había visto; hablan de unas 150.000 personas a lo largo del recorrido (El Prado, Recoletos, Castellana). 

La prensa cuenta que Rosario de Acuña llegó a la por entonces denominada plaza del Obelisco acompañada de José Nakens, director de El Motín, a quien conocía desde tiempo atrás y que la homenajeará tras su muerte (⇑). Allí escuchó el discurso pronunciado por Sol y Ortega. 

24. Plaza de toros (Fuente del Berro, Goya o de la carretera de Aragón). En Gijón inicia la última etapa de su vida, caracterizada por su gran compromiso social. Aunque la casa de El Cervigón se encuentra alejada de la ciudad, aunque busque el retiro y el abrazo de la Naturaleza, no se muestra indiferente a lo que sucede a su alrededor y establece vínculos con las «agrupaciones librepensadoras y radicales» de la ciudad. 

Un suceso no previsto, la protesta estudiantil contra su artículo «La jarca de la Universidad», la obligará a exiliarse durante dos años en Portugal para evitar ser apresada. Aquella obligada estancia en tierras portuguesas la sitúan en una situación de «seminecesidad» (⇑). El acercamiento a los obreros y a los partidos de izquierdas se hace patente y no duda en trasladarse de nuevo a Madrid para asistir al gran mitin aliadófilo del 27 de mayo de 1917 en la plaza de toros. La opción estaba tan clara para ella que  había ofrecido amistad y madrinazgo (⇑) a uno de los españoles voluntarios en la Legión Francesa.

Su presencia en el mitin tampoco pasó inadvertida. Cuando Roberto Castrovido ocupa la tribuna  así se lo hace saber a los presentes, que responden con una gran ovación en el momento en el que el orador le envía su saludo.

25. Glorieta de Neptuno. Tan evidente era su cercanía a las agrupaciones obreras (⇑), tan conocidas sus llamadas a la unidad de las izquierdas que, con ocasión de la huelga general de 1917, las autoridades gubernativas ordenaron en dos ocasiones el registro de su casa gijonesa. 

A pesar de lo precipitado de la convocatoria, la huelga fue un hecho: pararon los principales centros industriales y mineros del país, así como las grandes ciudades. El Gobierno estaba decidido a frenarla cuanto antes: se detuvo a los integrantes del comité de huelga y reprimió duramente a los huelguistas.

Rosario de Acuña vuelve a Madrid en noviembre para participar en la manifestación convocada por socialistas, republicanos y reformistas para exigir la amnistía para Anguiano, Besteiro, Saborit y Largo Caballero. El lugar de concentración se encuentra en la fuente de Neptuno, que es preciso expandir por el Paseo del Prado hasta la estación de Atocha y por el otro lado hasta Cibeles Finaliza ante el monumento a Castelar, donde intervienen los distintos oradores.

Durante el regreso a Gijón, de nuevo en un vagón de tercera (⇑), quizás comience a lamentar aquella ocasión perdida, pues como ella contará poco después en las páginas de El Socialista siente cierta desazón por los magros logros cosechados por una huelga que pretendió ser revolucionaria. No cabe otra cosa que seguir mirando al futuro con la esperanza puesta en las mujeres proletarias: «De las mujeres del pueblo, que son las que aguantan las bestialidades de toda clase de machos, ha de surgir el núcleo de las rebeldes, e ínterin ellas primero y todas después no se rebelen en todos los órdenes de la vida moral y social de España, seguirán haciéndose revoluciones blancas.»

 




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«Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos ...



Imagen de la página Proyecto Ensayo Hispánico42. Rosario de Acuña en «Proyecto Ensayo Hispánico»
En 1997 vio la luz el Proyecto Ensayo Hispánico gracias a la iniciativa de José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico de la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. Es un espacio...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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06 noviembre

279. De la clásica a la copla, de la ópera a la bulería



«Macrino Fernández Riera nos lleva de la mano para adentrarnos en el mundo musical que rodeó a Rosario de Acuña, desde su contacto con la ópera en su primera infancia hasta su amor por la copla. Las palabras de Macrino estarán ilustradas con fragmentos musicales y con la ejecución de varias coplas musicadas para la ocasión por Alicia Álvarez» 
 
Biblioteca Pública Jovellanos, Gijón - Jueves 26 de octubre - 19 horas
 

Rosario de Acuña y la música

Buenas tardes y muchas gracias por haber venido a esta penúltima actividad del centenario. Digo penúltima porque habrá más. Como el homenaje que las montañeras de La Muyereda (⇑) le ofrecerán el próximo domingo en La Pica del Jierro; el nuevo libro (⇑) que en un par de semanas estará en las librerías con los artículos publicados en La Nueva España (y con algún que otro regalo); o el precioso cuento escrito por Itziar Gutiérrez y dirigido a los más pequeños (⇑), a las primeras lectoras, de cuya presentación oficial tendremos noticia no tardando. Pero, eso será en los próximos días; vayamos a lo que toca aquí y ahora. 

Hace ya unos meses, Ana Velasco, responsable de la fonoteca de esta casa, me contó que había leído algunos de mis escritos publicados en el blog acerca de la relación de Rosario de Acuña con la música y me propuso este proyecto: hablar de ello y hacerlo con el apoyo de algunos fragmentos musicales que ilustraran la charla. Le dije que sí, porque era un asunto que apenas se había tratado y el formato resultaba muy atrayente. Me reuní con ella y con Fernando García, director de la Biblioteca Jovellanos, y fuimos dando los primeros pasos. A medida que avanzaba en el asunto, más de una vez me vino a la cabeza un «¿y si…?». 

A primeros de septiembre se lo planteé a Ana: ¿Y si le pedimos a Alicia Álvarez que cante alguna de sus coplas? Cierto es que ella es autora, no intérprete, que no se dedica a cantar lo que otros escriben, que lo suyo es componer. También lo es que es una acuñista confesa, que es bien conocida su simpatía por doña Rosario. Ahí estábamos, en el ¿y si…? Cuando, al fin, Alicia dijo que sí, os aseguro que el proyecto inicial ganó muchos enteros. Para nuestro disfrute, ha conseguido dar nueva vida a unas viejas coplas escritas y cantadas hace más de cien años por aquella batalladora gijonesa que vivió en El Cervigón. Son unas preciosas canciones que tendréis ocasión de escuchar dentro de unos minutos. Pero antes, para ponerlas en su contexto, me parece necesario que realicemos un breve recorrido por su biografía, con algunas paradas musicales.

Creo que lo mejor que puedo hacer para entrar en materia es decir que nuestra protagonista fue heterodoxa y polifacética, pues estos dos atributos son los que, probablemente, nos puedan aportar mayor información en esta primera aproximación.

Portada de El Ángel del Hogar, semanario dirigido por María del Pilar Sinués
Su vida no se ajustó, ciertamente, a las maneras generalmente admitidas por entonces, pues no debemos olvidar que nació en 1850 y creció en los años del reinado de Isabel II, una época en la cual la vida de las mujeres se desarrollaba casi por entero en el entorno doméstico, escenario en el cual desempeñaban el papel de buena esposa y mejor madre, que la tradición, la religión y el triunfante modelo del «ángel del hogar» les había asignado. 

Desde bien joven dio muestras de que no se acomodaba de buen grado a aquel escenario tan reducido. No se encontraba a gusto ni siquiera en el ámbito literario, esa aceptada ampliación del cotidiano espacio a la cual les era permitido acceder a las mujeres, siempre que lo hicieran para el cultivo de su fibra más sensible: para cantar a las flores y a los pájaros, al platónico amor, y a cuantos efluvios líricos albergaban, supuestamente, las almas femeninas. Y sí que lo hizo (⇑). Aunque no le gustaba la palabra «poetisa», ella fue de las que escribió poemas y no tardó en darlos a conocer. Fue poeta, sí, pero no solo eso; también fue dramaturga, y articulista, y conferenciante, y publicista. 

 Con todo, no se conformó con desempeñar el tolerado papel de escritora, y también ejerció de librepensadora, de regeneracionista o de masona (⇑). Llegado el momento, de la teoría pasó a la práctica y se convirtió en promotora teatral, cuando no encontró empresarios que se arriesgaran con alguna de sus obras. Y andando el tiempo, para defender la holgura económica de su hogar, decidió abrir una granja avícola, y como avicultora se ganó la vida durante algunos años, vendiendo huevos para la incubación, así como patos, gallos y gallinas.

Aunque quizás lo más sorprendente a los ojos de sus contemporáneos fueran sus actividades ecuestres (⇑) y montañeras. Enamorada con pasión de la naturaleza, durante años cabalgó por buena parte de las tierras de su querida España, y lo hizo en expediciones de varios meses de duración. No solo recorrió a caballo valles y llanuras; también caminó, y mucho, por todo tipo de terrenos; y ascendió a algunas de las cumbres del Sistema Central, Sierra Morena o la cordillera Cantábrica, Picos de Europa incluidos (⇑)

amazona y montañera

Parece evidente que resulta un tanto complicado delimitar su heterodoxa, transgresora y polifacética personalidad. Tiempo atrás, cuando hube de hacerlo en uno de los libros a ella dedicados, necesité utilizar una larga serie de nombres y de adjetivos: dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, articulista, puritana, iberista, avicultora, filosocialista, autodidacta, deísta, republicana… Y concluí aquella lista con el adjetivo «melómana», o amante de la música, que es la razón por la cual hoy nos hemos reunido aquí, para hablar de la pasión de doña Rosario por el «arte de las musas».

Portada de Poema del cante jondo de Federico García Lorca
Pero tengo que advertir que, tal y como se apunta en el título, tampoco en este tema resultó del todo ortodoxa, pues no se limitó a los conciertos o a la ópera, muy del gusto de la buena sociedad de la época, sino que también disfrutó con «las dulces melodías de una tonada astur» o con las coplas –que ella misma componía y cantaba–, recuerdos de sus andanzas por las serranías andaluzas, y en las que varios estudiosos han querido ver el primer sustrato en el cual se cimentó el gusto de Federico García Lorca por el flamenco, y que alguna cantaora ha incorporado a su repertorio. Bien; vayamos al principio. 

A pesar de que murió gijonesa, pobre, republicana y bien alejada de la mayoritaria religión, Rosario de Acuña nació en pleno centro de Madrid, en una cuna burguesa, católica y monárquica. Fue la única hija de una familia acomodada: su abuelo materno era médico y naturalista; el paterno, un propietario de fincas en la Campiña Jiennense. Como es lógico pensar, a la recién nacida le esperaba una educación similar a la que por entonces recibían otras niñas de su misma condición. Al parecer, sus jóvenes progenitores ya tenían elegido el colegio de monjas donde habría de estudiar. Dada su proximidad al domicilio familiar, no deberíamos de descartar que hubieran optado por el Colegio de Nuestra Señora de la Presentación, el cual, a pesar de estar ubicado en una céntrica calle de la capital, era conocido popularmente como Colegio de niñas de Leganés, en razón de su vinculación con un marqués de tal nombre. 

Aunque originariamente acogía a niñas huérfanas, la alabada calidad de su enseñanza y la necesidad de recaudar fondos para su mantenimiento, llevó al patronato que lo regía a admitir a algunas niñas de familias pudientes, primero en la modalidad de pensionistas y más tarde también como externas. Tal fue el caso de Elena Sanz y Martínez de Arizola, quien en aquellos años se convertía en alumna del colegio y, tiempo después, llegaría a ser una notabilísima cantante de ópera.

No se dio el caso de que Rosario fuera su compañera, que bien podía haberlo sido, pues, aunque Elena era seis años mayor que ella, permaneció en el colegio tiempo más que suficiente para que allí hubieran coincidido. Pero no pudo ser. Cuando la niña de Felipe de Acuña y de Dolores Villanueva contaba con unos cuatro años de edad, le fue diagnosticada una dolorosa enfermedad ocular que, sin aviso previo, la sumía en episodios de ceguera temporal de incierta duración. 
 
Detalle del grabado de Camacho publicado en 1876
 
Todos los planes se vinieron abajo entonces. Ya no iba a ir a ningún colegio de monjas, no era posible. Los suyos se encargarían de su educación (⇑), adaptándose a sus periodos de ceguera y a los cuidados que precisaban sus ojos. Así, de la mano de su madre fue conociendo las primeras letras; de la de su padre, la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; y de la Naturaleza, todo lo demás.

Pasó temporadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén, donde, cuando sus ojos se lo permitían, fue desarrollando una gran capacidad de observación, como si ansiara guardar hasta el más pequeño detalle que aquella visión temporal le proporcionaba. Varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Portugal, Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y la mejor ópera, que pudo disfrutar en su juventud, temporada tras temporada, en el palco familiar o, usando sus propias palabras, «desde nuestro palco del Real». 

Elena Sanz, La favorita, Teatro Real
Quizás en ese tiempo del que ella nos habla, en sus años juveniles, no pudiera escuchar a la contralto Elena Sanz, que por entonces triunfaba en la Scala de Milán. Tal vez sí lo hizo más adelante, cuando cantó en el Real en la temporada 1877-78. De esta actuación, interpretando el papel de Leonor de Guzmán en la ópera La favorita de Donizetti, da cuenta Galdós, su admirado Galdós (⇑),  en una de las novelas de sus Episodios Nacionales. Y lo hace utilizando dos registros diferentes: el de la ficción del libreto y el de la realidad biográfica de la ya famosa cantante; el de Leonor, amante de Alfonso XI, rey de Castilla en el siglo XIV, y madre de su hijo Enrique II de Trastámara, y el de Elena quien, como era bien conocido en los ambientes cortesanos del Madrid de la época, era una de las mujeres de Alfonso XII, la favorita del rey, y madre de dos de sus hijos.
 
1: Giacomo Donizetti, La favorita, «O mio Fernando», interpretada por Olga Borodina
 
 
 
Entrando ya el ámbito de las certezas, sabemos que le dedicó una poesía al cantante de ópera Francisco Salas, fundador del Teatro de la Zarzuela. También que desde el palco familiar del Real sí que escuchó, porque así nos lo ha contado, a la soprano Adelina Patti, probablemente en su primera actuación en Madrid, que tuvo lugar en noviembre de 1863. La joven Rosario, que por entonces acababa de cumplir los trece años, debió de quedar tan impresionada como el resto del público que aplaudió con entusiasmo su interpretación de Amina en La sonámbula, de Vincenzo Bellini. Más aún al enterarse de que Adelina había nacido tan solo siete años antes que ella y lo había hecho en Madrid, donde su madre, también cantante, actuaba por entonces en el madrileño Teatro del Circo.
 
Entre sus recuerdos contados se halla asimismo «la cultísima voz de Mario, varonil y persuasiva, sin feminidades, ni asperezas», tal y como Rosario la describe, que no puede ser otra que la de Mario de Candia o del Tenor Mario o, simplemente, Mario, como ella lo llama, que eran los nombres por los que era conocido Giovanni Mateo de Candia, uno de los más famosos tenores del siglo XIX, quien, al parecer, así prefería ser llamado para mantener al margen a su familia, de recio raigambre nobiliario. Mario, que había debutado en el Teatro Real en 1859, repitió año tras año en su cartelera, razón por la cual la joven Rosario tuvo ocasiones más que sobradas para admirar esa voz que tiempo después tanto alabó. 
 
 
Tampoco se olvida en sus recuerdos escritos de Enrico Tamberlick, también tenor, también italiano, que tuvo una larga presencia en el Real y que era bien conocido del público. Dada la expectación existente entre los abonados en escuchar por primera vez al cantante en aquel escenario, no sería de extrañar que Rosario estuviera en el palco familiar el tres de marzo de 1866, día en el cual interpretó a Vasco de Gama en La africana. Desde entonces y hasta 1880, Tamberlick fue uno de los cantantes habituales en la programación del teatro madrileño, donde lució su amplio repertorio, llegando a interpretar hasta doce papeles diferentes en una misma temporada, en óperas tan aplaudidas como Guillermo Tell, El trovador, Don Gionvanni, Fausto, Norma, Rigoletto o El barbero de Sevilla. No podía haberlo olvidado, pues no le faltaron ocasiones para escucharlo; no pudo olvidarlo, ya que a él, a su corazón de artista y a su gloriosa estrella, dedicó un publicado soneto; no pudo olvidarlo, pues era amigo de su padre.
 
Felipe de Acuña no era conde, por más que no falten quienes se empeñen en convertir a su hija en condesa de Acuña (⇑). Trabajó toda su vida desempeñando diversos puestos en la Administración, desde que con tan solo diecinueve años ingresó como escribiente en el por entonces denominado Ministerio de Comercio, y poco después de Fomento. No fue conde, pero su familia paterna forma parte de una de las ramas de los Acuña de Baeza, la del señorío de la Torre de Valenzuela, con cierta relevancia en la vida política de entonces: su padre había sido alcalde, su hermano fue gobernador, al igual que su primo, y contó con parientes que fueron ministros en diversos gabinetes. El propio Felipe mantuvo relaciones de amistad tanto con Francisco Serrano como con Sagasta, cimentadas en las frecuentes cacerías que compartieron. Además de en estos círculos políticos, el padre de Rosario se movía con soltura en el ámbito artístico, y el entorno de los escenarios no le resultaba extraño. Sabemos de sus gestiones en apoyo de un proyecto del director de escena del madrileño teatro Rossini o de su estrecha amistad con Lorenzo París, maestro sastre del Teatro Real y padre de quien será director del mismo durante más de dos décadas, así como uno de los dos albaceas testamentarios que figuran en el testamento de Rosario de Acuña (⇑)
 
Si al rico entramado familiar de los Acuña unimos este entreverado círculo de amistades que cultiva don Felipe, tendremos como resultado un fértil sustrato que alimenta la naciente actividad literaria de su hija. No faltan conocidos escritores que le devuelven a vuelta de correo comentarios con sugerencias a los textos de la joven escritora, o directores de periódicos que se brindan a hacerlos públicos. Con el viento a favor, tan solo necesita que surja la ocasión propicia… y que la sepa aprovechar. Así sucedió al poco de haber cumplido los veinticinco. 
 
Resulta que en el mes de marzo de 1875 su tío Antonio Benavides y Fernández de Navarrete es nombrado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en la Santa Sede. Pocos meses después, el tío Antonio, que como tal era tratado aunque en realidad lo era de la mujer de uno de sus tíos, recibe en la residencia oficial a la joven Rosario que ha llegado desde Madrid para conocer Roma. Durante varias semanas disfrutó de los vestigios de su glorioso pasado (⇑), de una historia que hasta entonces tan solo había imaginado: el Coliseo, el Círco Máximo, el panteón de Agripa, las basílicas paleocristianas, las catacumbas o el Vaticano, donde fue recibida en audiencia privada por Pío IX. En el equipaje de regreso se lleva muchas y variadas sensaciones, algunas de ellas esbozadas en unas cuantas cuartillas. 
 
Ya de vuelta, encuentra cierto revuelo en los ambientes operísticos de la capital. Se dice que el empresario que gestiona el Real, tiene previsto abrir la programación a nuevas obras, que no sean las acostumbradas óperas italianas. Se habla de Rienzi de Richard Wagner, y la sola mención al compositor alemán provoca el recelo del público más tradicional y el decidido apoyo de sus seguidores, por más que hubieran preferido que fuera otra ópera la elegida, alguna más reciente. Al final, el proyecto se concreta y el estreno de la obra wagneriana se programa para los inicios del mes de febrero. 
 
 
Es probable que aquella noticia activara los recuerdos recientes de Rosario, y se acordara entonces de aquel romano llamado Nicolás Rienzi, que fue proclamado tribuno en el siglo XIV y que ansiaba recuperar la grandeza de la antigua Roma. Lo cierto es que (según se contó tiempo después) en tan solo unas semanas la joven escritora había concluido Rienzi el tribuno, un drama en tres actos y en verso. 
 
2: Richard Wagner, Rienzi, «Obertura», Escuela Superior de Música Franz Liszt Weimar

 
 
El sábado cinco de febrero de 1876 en el Teatro Real de Madrid se escucha el toque de una trompeta llamando al pueblo a levantarse contra los nobles: es el inicio de la primera representación de una ópera de Wagner en España. Sobre el escenario Enrico Tamberlick, Alice Spack o Juan Ordinas dan vida a los principales personajes de Rienzi. Algo más de cuatro horas después (pues, como comenta Jacinta, a quien Galdós situó esa noche en uno de los palcos, «la obra, como de Wagner, es muy larga») el público abandona el local. En los pequeños grupos que se forman a la salida, además de argumentos contrapuestos sobre lo que acaban de ver y de escuchar, se comenta que en unos días se estrenará en el Teatro del Circo una obra que también tiene a Rienzi como protagonista y que está escrita por una mujer, cuyo nombre se desconoce. 
 
En efecto, una semana después, el día 12, en el teatro de la madrileña calle del Rey se estrena Rienzi el tribuno. Cuando el expectante público se sienta en sus localidades sigue sin saberse quién es su autora. Sí que lo sabe Tamberlick quien, no pudiendo acudir al estreno pues aún continuaba en cartel la ópera de Wagner y preocupado por la suerte que correría el estreno de la primera obra dramática de la hija de su amigo Felipe, echó mano de un emisario o recadero para que le mantuviera informado. 
 
Aunque, a decir de los críticos, en las primeras escenas se notó la inexperiencia de la autora, el público se mostró agradablemente sorprendido con lo que veía y escuchaba. Tanto fue así que, terminado el primer acto, desde el patio de butacas se pidió de forma reiterada conocer el nombre de la dramaturga, hasta el punto de que el actor Rafael Calvo tuvo que pedir paciencia, que esperaran al final de la obra. Sin embargo, mediado el segundo acto la sala respondió con un unánime y espontáneo aplauso que obligó a la joven autora a saludar agradecida. Al finalizar la obra, Rosario de Acuña salió varias veces al escenario, aclamada a una sola voz. El emisario partió hacia el Real para contar a Tamberlick que el estreno había sido un éxito, que el público ya hablaba con entusiasmo de la musa de Rienzi. 
 
Felicitación de E. Tamberlick (Biblioteca Histórica Municipal de Madrid)
La felicitación del tenor romano fue de las primeras en llegar a las manos de la joven autora: la envió la misma noche del estreno, en papel con membrete del Teatro Real. A ella seguirán otras muchas de amistades de la familia, como la de Benigno Gil, su anfitrión durante sus estancias veraniegas en Gijón, de empresarios teatrales que ofrecen a la joven autora sus escenarios, de directores que le piden colaboraciones para sus periódicos, o de Isabel II que le envía una elogiosa carta desde su exilio parisino. Los críticos tampoco se quedaron cortos en las alabanzas, sorprendidos de que aquella obra, de «pensamiento profundo y lenguaje viril» hubiera salido de la pluma de una mujer que, además, era muy joven.
 
Cuando el dos de marzo y tras dieciséis representaciones, Rienzi se despide del Teatro del Circo e inicia un largo periplo por los escenarios españoles (⇑), Rosario sabe que tras aquel éxito se halla a las puertas de una nueva etapa en su vida, y no solo en lo que respecta a su trayectoria como escritora. Tan solo unas semanas después contraerá matrimonio con un joven militar (⇑), el teniente de Infantería Rafael de Laiglesia Ausset y con él se traslada a vivir a Zaragoza, ciudad a la que ha sido destinado. 
 
A pesar de que ya había estado años atrás en la capital aragonesa, casi todo le resulta novedoso. El escenario de sus nuevos días no es el acostumbrado, pero Madrid queda lejos y no le queda otra que ir acomodándose a los usos y costumbres de su nueva ciudad; también al entorno militar en el que se desenvuelve su marido. En cuanto a la música, sabemos de alguna novedad y también de un reencuentro. 
 
Luis Ducassi era el representante en Zaragoza de la sociedad madrileña Administración Lírico Dramática, la encargada de gestionar las obras de Rosario de Acuña, y en calidad de tal, meses antes de la llegada de la escritora y a petición de su padre, ya realiza gestiones con el director del teatro Principal para el estreno de Rienzi. Cuando la joven escritora se establece en la ciudad lo conocerá personalmente; también a su hijo, un chico que ha desarrollado tales capacidades para la música que Rosario no puede menos que contárnoslo, admirada. 
 
Nació enfermo, ha vivido enfermo, tiene trece años y casi representa nueve, de tan retrasado como se encuentra su desarrollo físico –nos dice. No así su inteligencia musical de la que dio temprana muestra: desde bien niño se pasaba horas enteras creando armonías desconocidas con un tosco violín que le habían regalado. Esta predisposición fue la que impulsó a sus progenitores, con el permiso del médico, a proporcionarle los primeros elementos de la música, y tan solo un año después de adentrarse en el mundo del pentagrama, ya se afana en anotar sobre el papel las melodías que compone en el piano donde estudia. Rosario que lo ha visto y escuchado, cuenta que «escribe valses, polcas, marchas y sonatas […] sus manitas que apenas alcanzan a la octava […] hacen brotar del piano acordes, escalas y trinos, que van sacando del caos de la nada una pieza musical adivinada por el genio».

Tal es el entusiasmo que muestra por el joven músico que no resultaría nada extraño que, habida cuenta de que su marido era militar con destino en aquella plaza, ella hubiera tenido algo que ver con el estreno de una de sus obras, un pasodoble que fue interpretado por la banda del regimiento; tampoco que cogiera su pluma y escribiera un largo y sentido escrito contando las habilidades musicales de Rafael Ducassi en uno de los periódicos madrileños de mayor difusión (⇑).
 
En cuanto al reencuentro, tuvo por protagonista a un veterano cantante romano que había actuado en media Europa, un viejo conocido del Real, amigo de su padre. Enrico Tamber-lick actuaba en el zaragozano teatro Pignatelli y el último día de julio tuvo lugar la función de despedida de la compañía. Al finalizar, tras los entusiastas aplausos con los que le obsequió el entusiasmado público, le hicieron entrega de diversos obsequios entre los que se encontraba una corona de flores en una de cuyas cintas se podía leer el soneto que le había dedicado su amiga Rosario. 
 
 
Soneto A Tamberlick

Fueron dos momentos emocionantes, para recordar. Seguro que hubo más, pero los años pasados en Zaragoza no debieron de resultar tal y como ella los había imaginado. Por cuanto supimos después, parece que allí empezó a ver de otra manera la vida urbana (⇑). La ciudad se muestra ante sus ojos alimentada por convencionalismos, envuelta en apariencias y aliñada con cierta hipocresía. Por su alejamiento de la naturaleza, la vida en las ciudades resultaba más artificiosa, menos auténtica. Tras mucho darle vueltas, decidió que no quería seguir viviendo así y se plantó, tal y como después contó en frase un tanto enigmática: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre...».
 
Desconozco si lo del placer ciudadano del hombre tendría algo que ver con las supuestas infidelidades del marido, lo que sí sabemos es que a principios de 1881 a Rafael se le concede autorización para residir en Pinto y, tras pasar a la situación de supernumerario en el Ejército, se convierte en visitador de Agricultura, Industria y Comercio en el Ministerio de Fomento, donde tan solo unas semanas antes el primo Pedro Manuel de Acuña había ocupado una de las direcciones generales (⇑). En pocos meses todo parece haber cambiado. Instalada en una quinta construida a las afueras de aquella pequeña localidad del sur de Madrid, cerca de la Naturaleza, rodeada de frutales y de las plantas de su huerta, acompañada de las gallinas de su corral, de las palomas del palomar, de sus perros y de sus caballos, la joven Rosario inicia una nueva vida.
 
Como queda dicho, la casa está alejada del centro de la población, pero próxima a la estación de ferrocarril, cerca de los suyos en Madrid. La nueva ocupación de su marido y la cercanía a la naturaleza, a sus leyes y a sus ritmos, aventuran unas mejores perspectivas. Pero, todo cambiará apenas dos años después con la prematura muerte de su padre. Tras separarse de su marido y después de varios meses de pensar y repensar, Rosario decide implicarse de lleno en la lucha por la libertad de conciencia y empieza a colaborar en el semanario Las Dominicales del Librepensamiento (⇑), meses después ingresa en la masonería. Transitando por esa senda que ahora inicia se irá convirtiendo en una empecinada luchadora contra la marginación de la mujer, en una incansable defensora de los más desfavorecidos.
 
A pesar de que aquel nuevo papel que había asumido como activista de la libertad de conciencia ocupaba buena parte de su tiempo, no por ello perdió su conexión con la vida cultural de la capital, gracias, en buena medida, al cercano ferrocarril. Conociendo su afición a la ópera, no debería de resultarnos extraño que acudiera al Real para disfrutar de nuevo con Adelina Patti, a quien ya conocía, o Julián Gayarre, una nueva voz para ella. Sí sabemos, por sus escritos de entonces, que visitó exposiciones de pintura, que asistió a algunos estrenos teatrales de su amigo Echegaray (⇑) o que escuchó en concierto al compositor y guitarrista Jiménez Manjón, no muy conocido en España a pesar de sus exitosas actuaciones en otras capitales europeas como Londres o París, donde, por cierto, había participado meses atrás en un gran concierto a beneficio de los republicanos españoles junto a Tamberlick y Elena Sanz, cuya intervención no deja de resultar un tanto sorprendente, a pesar de que ya hubiera transcurrido algo más de un año desde la muerte de Alfonso XII.
 
A comienzos del mes de diciembre de 1888 los periódicos capitalinos se prodigaron al anunciar el concierto que iba a protagonizar Antonio Jiménez Manjón en el Círculo de Bellas Artes (al fin y al cabo, la velada estaba dedicada a la prensa). A la hora de presentarlo coincidieron en resaltar tanto el largo y exitoso periplo europeo que atesoraba el compositor e intérprete como su condición de ciego. Al de Bellas Artes siguieron otros conciertos más. En alguno de ellos se produjo el encuentro del que Rosario de Acuña da cuenta en un artículo (⇑) publicado en los primeros días del mes siguiente en El Imparcial y, tiempo después, en el diario gijonés El Comercio.  

 
  3: Antonio Jiménez Manjón,  Fantasía gitana (Intérprete: Robert Trent)
 
 

El escrito, además de una manifiesta admiración por este «genio enamorado de la música», como ella lo define, es un canto a la pluralidad, a la diversidad, la que Jiménez Manjón es capaz de mostrar con su guitarra y la que ella ha mamado desde bien joven. Las cuerdas que han ejecutado con primor la música ideada por Beethoven, Mendelsoohn o Haydn son las mismas que entonan con maestría los cantos de la tierra, esos fandangos, jotas y malagueñas que, según cuenta Rosario, «empiezan a desparramarse de manera prodigiosa, como si una voluntad gigantesca hubiera recogido el alma entera del pueblo español y con ella tocase en aquella guitarra». 
 
Las evocaciones de aquellas melodías no le resultaban ajenas. Al fin y al cabo, Jiménez Manjón había nacido en Villacarrillo, localidad que no estaba muy alejada del terruño familiar y bien próxima a los paisajes serranos que Rosario había disfrutado desde niña, escenario de las fiestas campestres que ella describe en alguno de esos escritos que, al decir de varios flamencólogos, cimentaron el gusto de García Lorca por el flamenco (⇑). Escritos y coplas que también sirvieron de inspiración a la cantaora Carmen Linares, quien toma alguna de las suyas para componer la bulería «A mi Lucía», que incluye en La luna en el río.

 
  4: Carmen Linares,  «A mi Lucía» 
 
  
 
 
Casi dos años después de su encuentro con Jiménez Manjón, Rosario cumplirá los cuarenta, momento en el cual tiene pensado abandonar la primera línea de combate en su fatigoso batallar por la libertad de conciencia. Sabedora de la eficacia del teatro como propagador de ideas, nada mejor para concluir su campaña de Las Dominicales que crear una obra de propaganda de sus ideales. Así es como surge El padre Juan, donde las cosas están muy claras: los buenos son muy buenos y el malo lo es en grado sumo. Es fácil elegir entre la altruista pareja de librepensadores que protagonizan el drama y el nefasto franciscano padre Juan, que controla las gentes que pueblan la aldea asturiana donde se desarrolla la acción. 
 
Como no encuentra empresario alguno que quiera arriesgarse, ella será quien se encargue de todo: de encontrar a actrices y actores, de confeccionar el vestuario con sus propias manos, de dirigir los ensayos, de alquilar el local, de solicitar los permisos pertinentes… El día del estreno el teatro estaba lleno, probablemente de simpatizantes con la causa. Aquel éxito asustó a más de uno y el gobernador cedió a las presiones prohibiendo la obra: no hubo más representaciones. 
 
El revés económico sufrido por la suspensión de El padre Juan (⇑) no fue lo peor que le ocurrió por entonces. Pocos meses después cayó enferma de paludismo y su salud empeoró hasta tal punto que, atendiendo al consejo de los próximos, abandona su casa de Pinto para recibir cuidados en la capital. Dejó escrito que estuvo al borde de la muerte y que en aquellas horas de agónica fiebre tan solo soñaba con volver a los campos, a las montañas, a las costas; que, apenas pudo tenerse en pie y sin escuchar a nadie, acribillándose a dosis de quinina para no decaer en su determinación, corrió al encuentro con el océano; y que al pisar la primera aldea gallega de aquellas costas se le fue la fiebre. Un mes después empezó a sentir la fuerza en su agotado organismo; y a los tres meses se movía ágil, fuerte y sana por las rocas. 
 
Tras su regeneradora estancia en tierras gallegas, se marchó a Cantabria, y en Cueto, una aldea cercana a Santander, puso en marcha una granja avícola (⇑): diseñó la instalación, la dotó de las últimas novedades mecánicas, compró lotes de las mejores razas ponedoras y se dedicó de lleno al cuidado de gallos, patos y gallinas, apostando decididamente por el mestizaje. Frente a la tendencia generalizada que ponía el énfasis en la selección, la nieta del darwinista Juan Villanueva lo hace en el cruce de razas o, como ella decía: «La selección, sí, pero antes la variabilidad. Sigamos humildemente a la Naturaleza, que para seleccionar mezcla antes siempre».
 
No tardando, su apuesta empieza a dar sus frutos y los productos de su granja reciben las alabanzas de los compradores de la provincia. Tanto es así que, deseosa de que en las aldeas prenda la ciencia avícola, da a conocer su experiencia en una serie de artículos que se publican en el diario santanderino El Cantábrico. Las tareas domésticas, el cuidado de la granja, los artículos y la correspondencia convierten sus días en largas jornadas de trabajo, que se inician de madrugada y concluyen bien entrada la noche. Salvo las seis horas reglamentarias de sueño y el autoimpuesto descanso de un par de horas las tardes de los domingos, que solía aprovechar para sentarse en un acantilado próximo y disfrutar de la inmensidad del océano, el resto de su tiempo estaba totalmente ocupado. Ni que decir tiene que durante estos años, los conciertos y la ópera habitaban en el rincón de los recuerdos, y que en su vida cotidiana no habría más música que la que ella misma cantara, tarareando arias y oberturas o improvisando cantares y coplas, de aquellas que escuchara en las serranías andaluzas y escribiera en su juventud. 

 
5. Alicia Álvarez,  «Las palabras del amor» 
 
 

Sus muchas horas de trabajo obtuvieron recompensa, pues cuenta que recibía encargos de buena parte de España y de varios países de Hispanoamérica, que en un solo año vendió catorce mil huevos para la incubación. Por si todo ello no bastara, obtuvo la Medalla de Plata en la Exposición Internacional de Avicultura que se celebró en Madrid en 1902. Pero, además de la lógica satisfacción, aquella distinción también tuvo otras consecuencias, y es que al enterarse de quién era su arrendataria, la dueña de la finca, «feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander», la obligó a desalojar su propiedad, al sentir «terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje». 
 
A pesar de las pérdidas económicas que le supuso aquel desalojo, no decayó en su proyecto y abrió una nueva granja a unos pocos kilómetros, en el municipio de Bezana. Y allí continuó algunos años más con su actividad, hasta que los ladrones lo echaron todo a perder (⇑). Ya había habido algún que otro intento, pero Rosario los desbarató disparando unos tiros al aire con su vieja escopeta. No hubo la misma suerte en la primavera de 1905, cuando consiguieron llevarse un buen lote de gallos y gallinas con un valor que, a precios de mercado, equivalía a un año de trabajo. Mucho peor que el descalabro económico era vivir con la sospecha de que los ladrones no están lejos («eran muy conocedores de todo lo que había en el gallinero») y la certidumbre de que los animales robados se venden impunemente en el mercado de la capital, pues allí encontró algunas de sus gallinas. Desmoralizada al tiempo que indignada, decide poner fin a su etapa como avicultora y se dedica a recorrer las tierras de Cantabria; también a emprender un viaje a pie hasta la cercana Asturias. 
 
Gijón. Vista de la pasarela de madera sobre el río Piles
 
Quizás durante aquella expedición fue cuando tomó la decisión de cumplir aquel sueño que albergaba desde hacía tanto tiempo: «vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo». Lo cierto es que dos años después de aquel viaje pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón; al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última morada; y unos meses después, tras la firma de un escrito suyo que publica El Noroeste aparece el siguiente texto: «En mi casa de El Cervigón (Gijón) 1º de julio de 1910». Datación tan inusualmente precisa prueba su satisfacción por encontrarse, al fin, en su nueva vivienda (⇑), tan cerca del mar y bien alejada de la teatralidad urbana. Toca disfrutar de la cambiante melodía del océano y de la maravillosa panorámica que se contempla desde su casa. Es hora también de contactar con ese sector de la población que batalla contra el oscurantismo y la sinrazón, y para ello nada mejor que enviar una carta a la prensa saludando a todas las agrupaciones librepensadoras de Gijón a las que ofrece su incondicional adhesión.
 
No tarda en recuperar los contactos con el Ateneo Obrero (⇑), entidad con la que ya había colaborado en el pasado, y envía unas cuartillas a la sucursal de La Calzada para ser leídas en la inauguración de las actividades culturales; comienza a colaborar en el diario El Noroeste, portavoz oficioso de los reformistas melquiadistas, donde, con motivo de su primer Primero de Mayo gijonés, anticipa un mañana sin privilegios, sin religión, sin razas o sin naciones, o donde alaba la intervención de Melquíades Álvarez en el Congreso en favor de Ferrer Guardia. Anarquistas y melquiadistas le piden que pronuncie un discurso en la ceremonia inaugural de la Escuela Neutra y así lo hace ante el numeroso público que se congrega para la ocasión en el teatro de los Campos Eliseos.
 
Cierto es que una cosa es estar alejada de las apariencias y de los convencionalismos de la vida urbana y otra, bien diferente, vivir ajena a cuanto pasa a su alrededor. Está alejada del bullicio urbano, pero cerca de quienes padecen. Bueno… está lejos, pero no tanto, pues dice haber escuchado a un organillo que en alguna calle o plaza tocaba el conocido vals de La viuda alegre ¡Ah! ¡La música…! Bien sabe de los efectos emocionales de la música, de los goces, de la pasión… Por eso cuando se enteró de que unos humildes campesinos que habitaban en las cercanías tenían un hijo en el Paraguay, y que el joven emigrante les había pedido que le enviasen una gaita, a Rosario le faltó tiempo para comprarle una, nuevecita, de boj. En su casa se empaquetó, después de que allí mismo la probara un hábil tañedor. Cuenta que desde el cerro partieron las dulces melodías de una tonada astur, cuyos ecos morían entre las rompientes del mar. Al día siguiente, partió por barco rumbo a América. 
 
¡La música…! Las rondeñas y las coplas que oyó y aprendió de niña en la tierra de su padre, en las serranías de Jaén; las añoradas veladas en el Real… Quizás ahora pueda volver a disfrutar de las óperas, de las zarzuelas y de los conciertos. El teatro Dindurra está bien cerca y se habla de un tal Paco Meana, gijonés por más señas, que acaba de debutar como cantante de ópera en Madrid junto a Titta Ruffo, el gran barítono italiano. 
 
Se las prometía muy felices en su nueva casa del acantilado, tan alejada del gentío, tan cerca de la esperanza, de la razón… de la música… Pero todo se vino abajo, con aquel asunto de La jarca, un escrito en el que arremetió con duras palabras contra los agresores de una joven estudiante a las puertas de la madrileña Universidad Central. Les llamó de todo, y los universitarios se sintieron tan ofendidos que se negaron a entrar en las clases. Tanta fue la presión que el Fiscal general interpuso una querella contra ella, y la autora de La jarca huyó a Portugal para no ser detenida (⇑)
 
Tras pasar dos años en tierras portuguesas, y solo cuando tuvo la seguridad de que estaba incluida en el indulto para delitos de imprenta que había firmado Alfonso XIII, regresó a Gijón. Lo hizo más cansada, más desilusionada y bastante más pobre que cuando marchó, hasta el punto de que tuvo que hipotecar su casa. Así que no le queda otra que estirar todo lo que puede su pensión de viudedad, la que cobra desde que se muriera aquel capitán del Ejército que fue su marido, y de cuando en cuando se ve obligada a comprar al fiado o a empeñar algunas de las joyas de su familia.
 
Qué lejos quedan aquellos tiempos en los cuales era una mujer pudiente y arengaba a las hijas del pueblo; ahora comparte con ellas estrecheces, penurias y apechugar con las labores de la casa a pesar de los años, pues no están las cosas como para contar con una asistenta, criada las llamaban por entonces, que entre salario y manutención, le llevaría quince de los veinte duros que cobra de pensión. La respuesta se la da ella misma: «Con cinco duros más tengo yo que atender absolutamente a todos los gastos de mi hogar…» Así que no le queda otra que fregar y fregar. 
 
Cantares que yo canto - letra

6. Alicia Ávarez, «Los cantares que yo canto» 
 
 
 
Y fregando estaba cierto día del año diecisiete; fregando y cantando las coplas que improvisa mientras trajina por la casa, cuando de pronto escuchó una melodiosa y potente voz, que surgía del fondo del acantilado. Sorprendida, dejó el estropajo a un lado para prestar toda la atención. Nada mejor que sus palabras para hacernos una idea de lo que sintió entonces: «una canción cantada de una manera incomparable, armoniosamente, deliciosamente expresada; llena de matices suaves, melancólicos, varoniles; con una entonación y un ritmo y una seguridad de artista superior…».
 
Al preguntar quién podría ser aquel cantante, todas las respuestas le dieron el mismo nombre: Servando Bango, un obrero gijonés que gracias a una ayuda económica del Casino fue a realizar estudios a Barcelona para perfeccionar sus dotes naturales para el canto, siendo pensionado tiempo después por el Ayuntamiento de Gijón. En 1914, tras diversas actuaciones en Italia, debutó Bango en el teatro Dindurra con la ópera Aida. Desde entonces, fue habitual su presencia en escenarios españoles e italianos. Cuando lo escuchó Rosario de Acuña acababa de ser contratado por la empresa del madrileño teatro Apolo para cantar Maruxa. No sería de extrañar, por tanto, que en El Cervigón estuviera entonando algunas de las canciones de la ópera de Amadeo Vives. 
 
Aquella canción surgida del acantilado le hizo recordar las noches del Real, las voces de Tamberlick, de Mario, de Adelina Patti… pero el estropajo seguía ahí y había que seguir trajinando en aquella nueva trinchera. De hecho, unos meses después la policía registró su casa en busca de proclamas que alentaban a la huelga general, primero, y de armas y explosivos, después. Sus escritos y sus actos la convertían en sospechosa: asistió a mítines convocados por las fuerzas de la izquierda; solicitó el apoyo de las mujeres, sus hermanas, para pedir responsabilidades por las muertes en la guerra de Marruecos; apoyó al candidato socialista Teodomiro Menéndez en su campaña para diputado a Cortes; reclamó protección para los marineros abandonados a su suerte; participó en un mitin (⇑) organizado por la Agrupación Femenina Socialista de Turón junto a la activista Virginia González… Es bien sabido que en la casa de El Cervigón vive una tenaz propagandista de la libertad de conciencia, una empecinada luchadora contra la marginación de la mujer, una incansable defensora de los más desfavorecidos. 
 
 
Tan conocidas eran sus credenciales que, llegado el Primero de Mayo, las organizaciones obreras gijonesas incluían entre los actos de tan señalado día una gira o excursión hasta su casa para saludarla, conversar con ella y rendirle un sencillo homenaje de gratitud por una vida de lucha. De la última visita (⇑), la que tuvo lugar en 1923, sabemos que la anfitriona conminó a socialistas, comunistas, sindicalistas y anarquistas a unirse en un solo bloque para hacer frente a «esa avalancha que amenaza Europa, que es el fascismo». No hubo más encuentros. Cuatro días después, en la tarde del sábado cinco, una embolia cerebral la condujo a la muerte cuando se ocupaba de las cotidianas tareas domésticas, acompañando quizás su labor con alguna de aquellas coplas que escribiera en su juventud, inspirada en los cantares del pueblo que había escuchado en las serranías andaluzas: 
 
Cae una hojita de un árbol - letra
 
 
7. Alicia Álvarez, «Cae una hojita de un árbol» 
 





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